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Filosofía desde la trinchera

Es menester estar en guerra con el mundo y en paz con los hombres.

 

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            Se han cumplido treinta años del asesinato de monseñor Romero en el Salvador. Otra muerte asesina exenta de la justicia universal. Dos cosas importantes hay que señalar. La actitud de la iglesia y la de la política. La iglesia, desde su moral pacata e interesada; una moral hipócrita, aliada al poder, no sabe ver la dimensión social de su mensaje evangélico. Dimensión que los teólogos de la liberación, como Ignacio Ellacuría, asesinado, en el mismo El Salvador, diez años después, han sabido entender y practicar. Como señala Jon Sobrino, jesuita y teólogo de la liberación: “fuera de los pobres no hay salvación”. Y esto es lo que la iglesia no ha entendido. Creo que si el mensaje eclesiástico se dirigiese más en esta dirección, y olvidase, las formas, los ritos, la pose, y dogmática, tendría más repercusión social. El vacío de la conciencia en el que la ciudadanía está cayendo necesita ser rellenado por valores universales. El hombre es un ser de creencias y necesita valores por los que luchar. La iglesia, como todas las religiones, los tiene, es menester sacarlos a la luz. Esa lucha que el Papa encamina contra el relativismo es importante, pero dirigir después el ataque contra la modernidad y la ilustración, es errar el tiro, es volver al oscurantismo, el dogmatismo y el absolutismo. Tras la crítica al relativismo tiene que recuperar el mensaje evangélico, no la dogmática. Su compromiso ético y teológico debe ser por la justicia universal, no por los dogmas y las formas. Eso sería una forma de salvación de la religión cristiana, a la par, que harían un gran favor a la humanidad, a la que tantas explicaciones le deben por su larga historia criminal.

 

            En cuanto al aspecto político hay que señalar que la historia de la humanidad es una historia de opresión, y que, si algún progreso moral existe, ha de ir encaminado a la consecución de la justicia universal. Éste es un viejo ideal de la ilustración. El poder siempre ha ido contra los débiles. Ha intentado siempre ocultar sus crímenes. La ventaja de los regímenes democráticos es que tienen los mecanismos para realizar la justicia. La misión es no dejar que la democracia degenere, de tal manera, que la justicia se pueda aplicar. Por eso, a la democracia, como forma política debe subyacer la ética. La democracia como forma de vida. Ello quiere decir, que la democracia requiere la interiorización de una serie de valores.

 

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            Vuelve a aparecer la polémica sobre la investigación con embriones y células madre, concretamente, en Estados Unidos. La polémica está tremendamente viciada. Hay múltiples factores que intervienen: la religión, los intereses científicos, la política, el capital de las multinacionales farmacéutica, la salud… de ahí que la discusión sea tremendamente compleja.

 

            Para empezar, podemos decir, que el desarrollo tecnocientífico no implica, de suyo, un desarrollo ético-político de la humanidad. Y esto vale también para el desarrollo en el ámbito de la medicina. Lo que ocurre es que, como la medicina tiene que ver con nuestra salud, identificamos salud con mejora ética y política. No es cierto, la salud es un bien, no una virtud. Eso sí, los bienes ayudan a la consecución de la virtud, pero no la implican. Nos encontramos dos fanatismos, en este debate, encontrados. Por un lado el del mito del progreso científico y, por otro, el fanatismo religioso. Los dos son irreconciliables entre sí porque los dos son pensamientos excluyentes al autoconsiderarse verdades absolutas. La religión mantiene que los embriones son criaturas humanas, hijas de dios, y por tanto, sujetos de dignidad (es curioso que la iglesia se preocupe tanto de estos embriones y tan poco de la gran miseria de la humanidad, y esto no es demagogia, son hechos, lo que sucede es que hoy en día, el pensamiento políticamente correcto, confunde la realidad con la demagogia, dicho sea esto de paso), ello quiere decir que no pueden ser manipulados. Utilizar un embrión, como abortar, es considerado un asesinato. Por su lado, la creencia en el progreso, neutralidad y autonomía de la ciencia, considera que el desarrollo científico es imparable y dirige el cambio social. Intentar poner trabas éticas al desarrollo científico es absurdo. Tenemos que pensar, dicen con una nueva ética. Esto último es una gran estupidez. Lo que hace falta es actuar con los valores universales que ya tenemos, que no es poco; y que estos estén contemplados en las diferentes legislaciones. Los creyentes en el progreso científico sostienen, además, que todo desarrollo científico es un bien para la humanidad porque, como hemos dicho, enlazan progreso tecnocientífico con progreso ético-político. Esto es, como sabemos, un error, que la historia demiente, y pura ideología. De modo que, ambos discurso, no pueden nunca entenderse porque son dogmáticos. Es necesario un discurso crítico para ver un poco de luz en este entramado de intereses.

 

            No hay ningún fundamento que nos haga pensar que el embrión sea una persona. De facto no lo es, en potencia, desde la filosofía aristotélica, que es la que subyace al cristianismo, sí podría llegar a serlo. Pero el ser persona es algo que nosotros otorgamos a los individuos. Y eso fue una lección que aprendimos en la ilustración. Los derechos no son naturales, por muy evidentes que se nos muestren a la consciencia, sino construcciones. Lo que hemos conquistado es el concepto de dignidad que, por cierto, algo aportó la religión cristiana a esto. Y por eso la discusión hay que centrarla en la dignidad. Un embrión, no es un sujeto de dignidad, esto es algo posterior. Ahora bien, una vida sin salud, puede ser una vida indigna. Y aquí es donde está el nudo del problema ético. Investigar con embriones puede dar lugar a un tipo de conocimiento que a la larga haga la vida más saludable a las personas o, que permita salir de un estado de vida indigna a algunos hombres. Esto es cierto, pero hay que tener mucho cuidado con este argumento, porque en seguida podemos caer en el mito del progreso. Todo descubrimiento científico tiene su cara y su cruz. El progreso es siempre también un regreso. Si justificamos toda investigación con el motivo del bien para la humanidad, además de caer en el mito del progreso, hemos caído en el realismo político de que el fin justifica los medios. Los medios, en este caso, son la ciencia y la técnica. Y, de esta manera, separaríamos la ciencia de la ética, cosa que les interesa a los cientificistas. Pero la ciencia, como hemos señalado, no es neutral. Hay valores éticos, cuyo centro es el de la dignidad humana y el bien de la ecosfera, que deben dirigirla. No todo está permitido en ciencia. Además, hay un problema epistemológico. El conocimiento científico es limitado. No podemos predecir con certeza, ni cuánto va a avanzar nuestro conocimiento, ni cómo y, por supuesto, qué consecuencias sociales va a tener. Por ello, es necesario aplicar el principio de precaución. Lo contrario es jugar a ser como dioses y puede ser que destapemos la caja de los truenos, cosa que ya hemos hecho más de una vez y que, por lo demás, tiene a la humanidad en alerta máxima. Por ello, lo que debe dirigir la investigación científica es la ética y no los intereses políticos particulares y, menos aún, que es la realidad, de la que no hemos hablado, los intereses económicos y militares. Lo del bien de la humanidad es la ideología que el poder político-económico utiliza para convencer a la ciudadanía. Y lo de la salud, precisamente, como es lo que más nos toca, pues es un argumento que el poder económico utiliza sabiendo que el poder de persuasión es inmenso. Hay que estar vigilantes ante todo esto. Pero antes hay que exigirles a nuestros políticos que estén por encima de las multinacionales. El esperpento de la gripe porcina (gripe A) de este año, además de un tremendo coste económico que podría haber sido dirigido a otros asuntos sociales, ha dejado bien claro quien manda. Y no son, precisamente, ni los políticos de los diferentes estados, ni la organización mundial de la salud, sino unos pocos miembros de las diferentes industrias farmacéuticas. Mientras que esta estructura social no cambie, en nombre de nuestra salud, estaremos en manos de los especuladores de las diferentes multinacionales farmacéuticas. Y no vayamos a creernos que a estas industrias les interesa nuestra salud, ¿no sería mejor pensar todo lo contrario…?; sino qué sentido tienen…

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