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El eterno problema de la perfección y la felicidad. Pero, ¿y la libertad? La imperfección humana nos hace libres. La perfección nos convierte en algo distinto, probablemente mejores, pero sin libertad. Quizás algún día la tecnociencia nos permita autoevolucionarnos, pero dejaremos de ser homo sapiens, pero tampoco hay que tener prejuicios por ello. ¿Quién puede asegurar rotundamente que no seamos máquinas que se creen libres? ¿Y qué es todo lo que nos rodea con lo que interactuamos con nuestras interfaces y nuestro cerebro, sino información?

Es algo bien estudiado que no se hubiese llegado al exterminio nazi sin el consentimiento de la población. Un ejemplo gordo. Actual, los más de cuatro millones de muertos por el coltán en el Congo. El Coltán es un metal para nuestros móviles. Los funcionarios no llegaron ni a un 15 por ciento de huelga por la bajada de sueldo, sólo ha habido movilizaciones en las grandes capitales por la eliminación de la paga extraordinaria. Sí, hay ruido, pero es de una inmensa minoría. Es necesario alcanzar un umbral suficiente para que la sociedad en su conjunto se movilice y no consienta la tiranía, también hay ejemplos pasados y recientes en la historia de esto. Por eso, particularmente, insto a la desobediencia civil como forma de que los ciudadanos recuperen su ciudadanía y su consciencia. Ejemplo de esto, los derechos civiles con Luther King. La caída del imperio británico con Gandhi. Un ejemplo más antiguo, pero del que viene todo lo actual, la conquista, tras la toma de la Bastilla, de los derechos del hombre y del ciudadano.



 Perdonad, pero no habéis entendido nada de lo que he querido decir. Primero, dije, para avisar, “sin ánimo de molestar”, sólo quería recordar. Segundo, Andrés, en términos absolutos estamos igual que en términos relativos. No hagas demagogia. Tercero, estoy hablando de política de verdad. Vosotros habéis seguido en la línea de la política menor. Por eso es de muy mal gusto esa afirmación de que soy afín, o simpatizante o cercano, no sé lo que has dicho a IU. Mis críticas, en términos generales, son iguales a IU, que a los otros partidos y en términos particulares, pues no vienen ahora al caso, pero son contundentes. Mi discurso, y precisamente para no entrar en discusiones de “y tú más”, está en un nivel más elevado, es decir, en un nivel del planteamiento de qué es la democracia, qué significan los partidos políticos y qué lugar ocupa el ciudadano y la sociedad civil. Y eso se lo digo al PSOE, al PP, a IU… y a quien sea; y ahora es precisamente el momento de plantearlo. Porque es mi deber como ciudadano y porque el sistema nos ha llevado al fracaso total, de la democracia, de los partidos y de la ciudadanía. Así que regodearse en los discursitos de Monago, o de cómo lo esté haciendo IU en el parlamento, me parecen problemas menores. Yo planteo una política subversiva para ciudadanos valientes y autónomos que no sigan consignas. Que no llega a ninguna parte, pues nada nuevo bajo el sol. Sócrates murió en manos de la democracia y era más desarrollada que la nuestra pero con algunos defectos similares. La Boêtie ya escribió “La servidumbre humana voluntaria.” Montaigne sus Ensayos. Montesquié La división de poderes. En fin, que ni digo ni invento nada nuevo y que si me equivoco ya lo decían otros infinitamente más sabios que yo. Además de los dichos: Leopardí, Fernando Pesoa y el imprescindible Ciorán. Hay que leer no por leer, sino para crecer y enseñar no para seguir modas. Otro que se me olvidaba Ernesto Sábato, que hace dos años que murió y sus dos últimas obras., además de Uno y el Infinito. Como veis, pongo mi discurso en la boca de otros, no por cobardía, sino por no ser pretencioso. Porque el saber, en el fondo, no es más que una gran recapitulación.

            Por cierto, hoy ha habido un acto en homenaje a los caídos por defender la República y la libertad en Castuera donde un equipo ha exhumado quince cadáveres asesinados por los golpistas y su plan de exterminio sobre el que la izquierda (el PSOE, se le supone) durante treinta años ha echado un tupido velo y, al final, ha creado una pacata ley de Memoria Histórica. ¿Dónde estaban los políticos? Celebrando la mamarrachada de autonomía que sólo ha servido para aumentar la corrupción. Las autonomías, lo sabéis, de ahí la necesidad de una nueva constitución, realmente existentes y con carácter histórico son la vasca y la catalana. Todo lo demás fue una salida constitucional para ofrecer reinos de Taifa. Una sangría del estado. (Si me oyen los de IU, Andrés, tan autonomistas ellos y tan progres, algunos, porque otros no han pasado la página de Stalin) En fin, que mi discurso iba con muy buenas intenciones y me habéis malinterpretado de ahí estos exabruptos, no falsos por ser tales, sino por ser contundentes. Y para que no se me vuelvan a clasificar pues llevo toda la vida luchando por la independencia y la libertad. Y, como decía Nietzsche, “Sobre todo que no se me malinterprete…” Saludos y un feliz día como todos los demás.

Vamos a ver. Espero no haberte ofendido por mi tono, lo utilizo muchas veces por escrito y oralmente. Y creo que es cuando me salen los mejores discurso. Y ese tono se debe a un estado de ánimo indignado, cercano a la cólera que la canalizo por medio de la razón del discurso. Por eso mi diatriba no iba contra ti sino contra la política, además, de hacer un alegato de mi independencia que para mí tiene mucha importancia porque es el esfuerzo de toda una vida. Independencia sin neutralidad participando democráticamente con el voto o el no voto. Ahora estoy en una posición absolutamente radical porque creo que es la única forma de salvar la democracia.

Sé de dónde vienen tus palabras y conocía el discurso de Monago y participo de tus críticas.

Pero, por último, lo que no admito es esa defensa irracional del partido socialista. Inevitablemente y verdaderamente y es de agradecer, aunque es su deber como supuesto partido de izquierda, que ha habido avances sociales muy importantes en los gobiernos socialistas. Pero se deben más a la inercia de la exigencia de un estado democrático que a la propia praxis del partido. El partido socialista ha dejado mucho que desear en el desarrollo del estado de bienestar como bien demuestra Vicenç Navarro en “Bienestar insuficiente” cuando tuvo todas las armas para desarrollarlo. Por el contrario, en el partido socialista se generó corrupción e, incluso, terrorismo de estado. El partido socialista ha fomentado el bipartidismo, lo cual es un violación de la libertad real de expresión y ha prolongado las antiguas estructuras de poder franquista, también esto lo hizo el partido comunista. La transición no fue modélica, esto es un mito que hay que desenmascarar y del que los partidos de izquierda deben dar cuenta. Y de esa mala transición viene nuestro deficiente estado de bienestar y el trato de favor al capital, al poder. Y, también, a la iglesia, que todo hay que decirlo.

Y en cuanto a lo de la mundialización que es un proceso del capital y que no es nuevo, ya Marx lo anuncia en el Manifiesto comunista, comienza en el Renacimiento. Pero si queremos fijarnos en las características actuales pues tiene sus comienzos tras la crisis del petróleo del setenta y tres. Y ahí es donde viene la claudicación de la izquierda, de toda la izquierda mundial ante el neoliberalismo que se había desarrollado treinta o cuarenta años antes con Von Mises y Hayek, pero estos no eran tan brutales, su liberalismo era un liberalismo filosófico que abarcaba muchos más ámbitos que el de la economía. Pero lo que le pasó a la izquierda cuando acepta el neoliberalismo de la globalización es que lo acepta como un desarrollo histórico inevitable. Es decir, acepta un determinismo económico de la historia y, políticamente, afirma lo que últimamente estamos cansados de oír, “no hay alternativas”. Pues esto significó la ruina de la izquierda, de la democracia y el surgimiento de la ultraderecha económica. De lo que yo llamo el fascismo económico en el que estamos instalados. La izquierda vivió un espejismo, porque durante tres décadas el crecimiento fue brutal y encima cae el muro de Berlín, por lo tanto sólo existe un modo de desarrollo histórico, un fin de la historia y una muerte de las ideologías. Ésta fue la tumba de la izquierda y de la política. Pero sí había alternativas lo que ocurrió es que no se escucharon, porque la política toda se corrompió. Por eso urge ahora esa recuperación de la política y de la sociedad civil. Un afectuoso saludo.

 

Una teoría de la clase política española

Los partidos han generado burbujas compulsivamente

En este artículo propongo una teoría de la clase política española para argumentar la necesidad imperiosa y urgente de cambiar nuestro sistema electoral para adoptar un sistema mayoritario. La teoría se refiere al comportamiento de un colectivo y, por tanto, no admite interpretaciones en términos de comportamientos individuales. ¿Por qué una teoría? Por dos razones. En primer lugar porque una teoría, si es buena, permite conectar sucesos aparentemente inconexos y explicar sucesos aparentemente inexplicables. Es decir, dar sentido a cosas que antes no lo tenían. Y, en segundo lugar, porque de una buena teoría pueden extraerse predicciones útiles sobre lo que ocurrirá en el futuro. Empezando por lo primero, una buena teoría de la clase política española debería explicar, por lo menos, los siguientes puntos:

1. ¿Cómo es posible que, tras cinco años de iniciada la crisis, ningún partido político tenga un diagnóstico coherente de lo que le está pasando a España?

2. ¿Cómo es posible que ningún partido político tenga una estrategia o un plan a largo plazo creíble para sacar a España de la crisis? ¿Cómo es posible que la clase política española parezca genéticamente incapaz de planificar?

3. ¿Cómo es posible que la clase política española sea incapaz de ser ejemplar? ¿Cómo es posible que nadie-salvo el Rey y por motivos propios- haya pedido disculpas?

4. ¿Cómo es posible que la estrategia de futuro más obvia para España -la mejora de la educación, el fomento de la innovación, el desarrollo y el emprendimiento y el apoyo a la investigación- sea no ya ignorada, sino masacrada con recortes por los partidos políticos mayoritarios?

En lo que sigue, argumento que la clase política española ha desarrollado en las últimas décadas un interés particular, sostenido por un sistema de captura de rentas, que se sitúa por encima del interés general de la nación. En este sentido forma una élite extractiva, según la terminología popularizada por Acemoglu y Robinson. Los políticos españoles son los principales responsables de la burbuja inmobiliaria, del colapso de las cajas de ahorro, de la burbuja de las energías renovables y de la burbuja de las infraestructuras innecesarias. Estos procesos han llevado a España a los rescates europeos, resistidos de forma numantina por nuestra clase política porque obligan a hacer reformas que erosionan su interés particular. Una reforma legal que implantase un sistema electoral mayoritario provocaría que los cargos electos fuesen responsables ante sus votantes en vez de serlo ante la cúpula de su partido, daría un vuelco muy positivo a la democracia española y facilitaría el proceso de reforma estructural. Empezaré haciendo una breve historia de nuestra clase política. A continuación la caracterizaré como una generadora compulsiva de burbujas. En tercer lugar explicitaré una teoría de la clase política española. En cuarto lugar usaré esta teoría para predecir que nuestros políticos pueden preferir salir del euro antes que hacer las reformas necesarias para permanecer en él. Por último propondré cambiar nuestro sistema electoral proporcional por uno mayoritario, del tipo first-past-the-post, como medio de cambiar nuestra clase política.

La historia

Los políticos de la Transición tenían procedencias muy diversas: unos venían del franquismo, otros del exilio y otros estaban en la oposición ilegal del interior. No tenían ni espíritu de gremio ni un interés particular como colectivo. Muchos de ellos no se veían a sí mismos como políticos profesionales y, de hecho, muchos no lo fueron nunca. Estos políticos tomaron dos decisiones trascendentales que dieron forma a la clase política que les sucedió. La primera fue adoptar un sistema electoral proporcional corregido, con listas electorales cerradas y bloqueadas. El objetivo era consolidar el sistema de partidos políticos fortaleciendo el poder interno de sus dirigentes, algo que entonces, en el marco de una democracia incipiente y dubitativa, parecía razonable. La segunda decisión, cuyo éxito se condicionaba al de la primera, fue descentralizar fuertemente el Estado, adoptando la versión café para todos del Estado de las autonomías. Los peligros de una descentralización excesiva, que eran evidentes, se debían conjurar a partir del papel vertebrador que tendrían los grandes partidos políticos nacionales, cohesionados por el fuerte poder de sus cúpulas. El plan, por aquel entonces, parecía sensato.

Pero, tal y como le ocurrió al Dr. Frankenstein, lo que creó al monstruo no fue el plan, que no era malo, sino su implementación. Por una serie de infortunios, a la criatura de Frankenstein se le acabó implantando el cerebro equivocado. Por una serie de imponderables, a la joven democracia española se le acabó implantando una clase política profesional que rápidamente devino disfuncional y monstruosa. Matt Taibbi, en su célebre artículo de 2009 en Rolling Stone sobre Goldman Sachs “La gran máquina americana de hacer burbujas” comparaba al banco de inversión con un gran calamar vampiro abrazado a la cara de la humanidad que va creando una burbuja tras otra para succionar de ellas todo el dinero posible. Más adelante propondré un símil parecido para la actual clase política española, pero antes conviene analizar cuáles han sido los cuatro imponderables que han acabado generando a nuestro monstruo.

En primer lugar, el sistema electoral proporcional, con listas cerradas y bloqueadas, ha creado una clase política profesional muy distinta de la que protagonizó la Transición. Desde hace ya tiempo, los cachorros de las juventudes de los diversos partidos políticos acceden a las listas electorales y a otras prebendas por el exclusivo mérito de fidelidad a las cúpulas. Este sistema ha terminado por convertir a los partidos en estancias cerradas llenas de gente en las que, a pesar de lo cargado de la atmósfera, nadie se atreve a abrir las ventanas. No pasa el aire, no fluyen las ideas, y casi nadie en la habitación tiene un conocimiento personal directo de la sociedad civil o de la economía real. La política y sus aledaños se han convertido en un modus vivendi que alterna cargos oficiales con enchufes en empresas, fundaciones y organismos públicos y, también, con canonjías en empresas privadas reguladas que dependen del BOE para prosperar.

En segundo lugar, la descentralización del Estado, que comenzó a principios de los 80, fue mucho más allá de lo que era imaginable cuando se aprobó la Constitución. Como señala Enric Juliana en su reciente libro Modesta España, el Estado de las autonomías inicialmente previsto, que presumía una descentralización controlada de “arriba a abajo”, se vio rápidamente desbordado por un movimiento de “abajo a arriba” liderado por élites locales que, al grito de “¡no vamos a ser menos!”, acabó imponiendo la versión de café para todos del Estado autonómico. ¿Quiénes eran y qué querían estas élites locales? A pesar de ser muy lampedusiano, Juliana se limita a señalar a “un democratismo pequeñoburgués que surge desde abajo”. Eso es, sin duda, verdad. Pero, adicionalmente, es fácil imaginar que los beneficiarios de los sistemas clientelares y caciquiles implantados en la España de provincias desde 1833, miraban al nuevo régimen democrático con preocupación e incertidumbre, lo que les pudo llevar, en muchos casos, a apuntarse a “cambiarlo todo para que todo siga igual” y a ponerse en cabeza de la manifestación descentralizadora. Como resultante de estas fuerzas, se produjo un crecimiento vertiginoso de las Administraciones Públicas: 17 administraciones y gobiernos autonómicos, 17 parlamentos y miles -literalmente miles- de nuevas empresas y organismos públicos territoriales cuyo objetivo último en muchos casos, era generar nóminas y dietas. En ausencia de procedimientos establecidos para seleccionar plantillas, los políticos colocaron en las nuevas administraciones y organismos a deudos, familiares, nepotes y camaradas, lo que llevó a una estructura clientelar y politizada de las administraciones territoriales que era inimaginable cuando se diseñó la Constitución. A partir de una Administración hipertrofiada, la nueva clase política se había asegurado un sistema de captura de rentas -es decir un sistema que no crea riqueza nueva, sino que se apodera de la ya creada por otros- por cuyas alcantarillas circulaba la financiación de los partidos.

En tercer lugar, llegó la gran sorpresa. El poder dentro de los partidos políticos se descentralizó a un ritmo todavía más rápido que las Administraciones Públicas. La idea de que la España autonómica podía ser vertebrada por los dos grandes partidos mayoritarios saltó hecha añicos cuando los llamados barones territoriales adquirieron bases de poder de “abajo a arriba” y se convirtieron, en la mejor tradición del conde de Warwick, en los hacedores de reyes de sus respectivos partidos. En este imprevisto contexto, se aceleró la descentralización del control y la supervisión de las Cajas de Ahorro. Las comunidades autónomas se apresuraron a aprobar sus propias leyes de Cajas y, una vez asegurado su control, poblaron los consejos de administración y cargos directivos con políticos, sindicalistas, amigos y compinches. Por si esto fuera poco, las Cajas tuteladas por los gobiernos autonómicos hicieron proliferar empresas, organismos y fundaciones filiales, en muchas ocasiones sin objetivos claros aparte del de generar más dietas y más nóminas.

Y en cuarto lugar, aunque la lista podría prolongarse, la clase política española se ha dedicado a colonizar ámbitos que no son propios de la política como, por ejemplo y sin ánimo de ser exhaustivo, el Tribunal Constitucional, el Consejo General del Poder Judicial, el Banco de España, la CNMV, los reguladores sectoriales de energía y telecomunicaciones, la Comisión de la Competencia… El sistema democrático y el Estado de derecho necesitan que estos organismos, que son los encargados de aplicar la Ley, sean independientes. La politización a la que han sido sometidos ha terminado con su independencia, provocando una profunda deslegitimación de estas instituciones y un severo deterioro de nuestro sistema político. Pero es que hay más. Al tiempo que invadía ámbitos ajenos, la política española abandonaba el ámbito que le es propio: el Parlamento. El Congreso de los Diputados no es solo el lugar donde se elaboran las leyes; es también la institución que debe exigir la rendición de cuentas. Esta función del Parlamento, esencial en cualquier democracia, ha desaparecido por completo de la vida política española desde hace muchos años. La quiebra de Bankia, escenificada en la pantomima grotesca de las comparecencias parlamentarias del pasado mes de julio, es sólo el último de una larga serie de casos que el Congreso de los Diputados ha decidido tratar como si fuesen catástrofes naturales, como un terremoto, por ejemplo, en el que aunque haya víctimas no hay responsables. No debería sorprender, desde esta perspectiva, que los diputados no frecuenten la Carrera de San Jerónimo: hay allí muy poco que hacer.

Las burbujas

Los cuatro procesos descritos en los párrafos anteriores han conformado un sistema político en el que las instituciones están, en el mal sentido de la palabra, excesivamente politizadas y en el que nadie acaba siendo responsable de sus actos porque nunca se exige en serio rendición de cuentas. Nadie dentro del sistema pone en cuestión los mecanismos de capturas de rentas que constituyen el interés particular de la clase política española. Este es el contexto en el que se desarrollaron no sólo la burbuja inmobiliaria y el saqueo y quiebra de la gran mayoría de las Cajas de Ahorro, sino también otras “catástrofes naturales”, otros “actos de Dios”, a cuya generación tan adictos son nuestros políticos. Porque, como el gran calamar de Taibbi, la clase política española genera burbujas de manera compulsiva. Y lo hace no tanto por ignorancia o por incompetencia como porque en todas ellas captura rentas. Hagamos, sin pretensión alguna de exhaustividad, un brevísimo repaso de las principales tropelías impunes de las últimas dos décadas: la burbuja inmobiliaria, las Cajas de Ahorro, las energías renovables y las nuevas autopistas de peaje.

La burbuja inmobiliaria española fue, en términos relativos, la mayor de las tres que estuvieron en el origen de la actual crisis global, siendo las otras dos la estadounidense y la irlandesa. No hay duda de que, como las demás, estuvo alimentada por los bajos tipos de interés y por los desequilibrios macroeconómicos a escala mundial. Pero, dicho esto, al contrario de lo que sucede en EE UU, las decisiones sobre qué se construye y dónde se construye en España se toman en el ámbito político. Aquí no se puede hablar de pecados por omisión, de olvido del principio de que los gestores públicos deben gestionar como diligentes padres de familia. No. En España la clase política ha inflado la burbuja inmobiliaria por acción directa, no por omisión ni por olvido. Los planes urbanísticos se fraguan en complejas y opacas negociaciones de las que, además de nuevas construcciones, surgen la financiación de los partidos políticos y numerosas fortunas personales, tanto entre los recalificados como entre los recalificadores. Por si el poder de los políticos –decidir el qué y el dónde- no fuese suficiente, la transmisión del control de las Cajas de Ahorro a las comunidades autónomas añadió a los dos anteriores el poder de decisión sobre el quién, es decir, el poder de decisión sobre quién tenía financiación de la Caja de turno para ponerse a construir. Esto supuso un salto cualitativo en la capacidad de captura de rentas de la clase política española, acercándola todavía más a la estrategia del calamar vampiro de Taibbi. Primero se infla la burbuja, a continuación se capturan todas las rentas posibles y, por último, a la que la burbuja pincha… ¡ahí queda eso! El panorama, cinco años después del pinchazo de la burbuja, no puede ser más desolador. La economía española no crecerá durante muchos años más. Y las Cajas de Ahorro han desaparecido, la gran mayoría por insolvencia o quiebra técnica. ¡Ahí queda eso!

Las otras dos burbujas que mencionaré son resultado de la peculiar simbiosis de nuestra clase política con el “capitalismo castizo”, es decir, con el capitalismo español que vive del favor del Boletín Oficial del Estado. En una reunión reciente, un conocido inversor extranjero lo llamó “relación incestuosa”; otro, nacional, habló de “colusión contra consumidores y contribuyentes”. Sea lo que sea, recordemos en primer lugar la burbuja de las energías renovables. España representa un 2% del PIB mundial y está pagando el 15% del total global de las primas a las energías renovables. Este dislate, presentado en su día como una apuesta por situarse en la vanguardia de la lucha contra el cambio climático, es un sinsentido que España no se puede permitir. Pero estas primas generan muchas rentas y prebendas capturadas por la clase política y, también hay que decirlo, mucho fraude y mucha corrupción a todos los niveles de la política y de la Administración. Para financiar las primas, las empresas y familias españolas pagan la electricidad más cara de Europa, lo que supone una grave merma de competitividad para nuestra economía. A pesar de esos precios exagerados, y de que la generación eléctrica tiene un exceso de capacidad de más del 30%, el sistema eléctrico español ostenta un déficit tarifario de varios miles de millones de euros al año y más de 24.000 millones de deuda acumulada que nadie sabe cómo pagar. La burbuja de las renovables ha pinchado y… ¡ahí queda eso!

La última burbuja que traeré a colación, aunque la lista es más larga (fútbol, televisiones…), es la formada por las innumerables infraestructuras innecesarias construidas en las últimas dos décadas a costes astronómicos para beneficio de constructores y perjuicio de contribuyentes. Uno de los casos más chirriantes es el de las autopistas radiales de Madrid, pero hay muchísimos más. Las radiales, que pretendían descongestionar los accesos a Madrid, se diseñaron y construyeron haciendo dejación de principios muy importantes de prudencia y buena administración. Para empezar, se hicieron unas previsiones temerarias del tráfico que dichas autopistas iban a tener. En la actualidad el tráfico no supera el 30% de lo previsto. Y no es por la crisis: en los años del boom tampoco había tráfico. A continuación ¿incomprensiblemente? el Gobierno permitió que los constructores y los concesionarios fuesen, esencialmente, los mismos. Esto es un disparate, porque al disfrazarse los constructores de concesionarios mediante unas sociedades con muy poco capital y mucha deuda, se facilitaba que pasara lo que acabó pasando: los constructores cobraron de las concesionarias por construir las autopistas y, al constatarse que no había tráfico, amenazaron con dejarlas quebrar. Los principales acreedores eran ¡oh sorpresa! las Cajas de Ahorro. Los más de 3.000 millones de deuda nadie sabe cómo pagarlos y acabarán recayendo sobre el contribuyente pero, en cualquier caso, ¡ahí queda eso!

La teoría

Termino aquí la parte descriptiva de este artículo en la que he resumido unos pocos “hechos estilizados” que considero representativos del comportamiento colectivo, no necesariamente individual, y esto es importante recordarlo, de los políticos españoles. Paso ahora a formular una teoría de la clase política española como grupo de interés.

El enunciado de la teoría es muy simple. La clase política española no sólo se ha constituido en un grupo de interés particular, como los controladores aéreos, por poner un ejemplo, sino que ha dado un paso más, consolidándose como una élite extractiva, en el sentido que dan a este término Acemoglu y Robinson en su reciente y ya célebre libro Por qué fracasan las naciones. Una élite extractiva se caracteriza por:

"Tener un sistema de captura de rentas que permite, sin crear riqueza nueva, detraer rentas de la mayoría de la población en beneficio propio".

"Tener el poder suficiente para impedir un sistema institucional inclusivo, es decir, un sistema que distribuya el poder político y económico de manera amplia, que respete el Estado de derecho y las reglas del mercado libre. Dicho de otro modo, tener el poder suficiente para condicionar el funcionamiento de una sociedad abierta -en el sentido de Popper- u optimista -en el sentido de Deutsch".

"Abominar la 'destrucción creativa', que caracteriza al capitalismo más dinámico. En palabras de Schumpeter "la destrucción creativa es la revolución incesante de la estructura económica desde dentro, continuamente destruyendo lo antiguo y creando lo nuevo".  Este proceso de destrucción creativa es el rasgo esencial del capitalismo.”Una élite extractiva abomina, además, cualquier proceso innovador lo suficientemente amplio como para acabar creando nuevos núcleos de poder económico, social o político".

Con la navaja de Occam en la mano, si esta sencilla teoría tiene poder explicativo, será imbatible. ¿Qué tiene que decir sobre las cuatro preguntas que se le han planteado al principio del artículo? Veamos:

  1. La clase política española, como élite extractiva, no puede tener un diagnóstico razonable de la crisis. Han sido sus mecanismos de captura de rentas los que la han provocado y eso, claro está, no lo pueden decir. Cierto, hay una crisis económica y financiera global, pero eso no explica seis millones de parados, un sistema financiero parcialmente quebrado y un sector público que no puede hacer frente a sus compromisos de pago. La clase política española tiene que defender, como está haciendo de manera unánime, que la crisis es un acto de Dios, algo que viene de fuera, imprevisible por naturaleza y ante lo cual sólo cabe la resignación.
  2. La clase política española, como élite extractiva, no puede tener otra estrategia de salida de la crisis distinta a la de esperar que escampe la tormenta. Cualquier plan a largo plazo, para ser creíble, tiene que incluir el desmantelamiento, por lo menos en parte, de los mecanismos de captura de rentas de los que se beneficia. Y eso, por supuesto, no se plantea.
  3. ¿Pidieron perdón los controladores aéreos por sus desmanes? No, porque consideran que defendían su interés particular. ¿Alguien ha oído alguna disculpa de algún político por la situación en la que está España? No, ni la oirá, por la misma razón que los controladores. ¿Cómo es que, como medida ejemplarizante, no se ha planteado en serio la abolición del Senado, de las diputaciones, la reducción del número de ayuntamientos…? Pues porque, caídas las Cajas de Ahorro -y ante las dificultades presentes para generar nuevas burbujas- la defensa de las rentas capturadas restantes se lleva a ultranza.
  4. Tal y como establece la teoría de las élites extractivas, los partidos políticos españoles comparten un gran desprecio por la educación, una fuerte animadversión por la innovación y el emprendimiento y una hostilidad total hacia la ciencia y la investigación. De la educación sólo parece interesarles el adoctrinamiento: las estridentes peleas sobre la Educación para la Ciudadanía contrastan con el silencio espeso que envuelve las cuestiones verdaderamente relevantes como, por ejemplo, el elevadísimo fracaso escolar o los lamentables resultados en los informes PISA. La innovación y el emprendimiento languidecen en el marco de regulaciones disuasorias y fiscalidades punitivas sin que ningún partido se tome en serio la necesidad de cambiarlas. Y el gasto en investigación científica, concebido como suntuario de manera casi unánime, se ha recortado con especial saña sin que ni un solo político relevante haya protestado por un disparate que compromete más que ningún otro el futuro de los españoles.

La teoría de las élites extractivas, por lo visto hasta aquí, parece dar sentido a bastantes rasgos llamativos del comportamiento de la clase política española. Veamos qué nos dice sobre el futuro.

La predicción

La crisis ha acentuado el conflicto entre el interés particular de la clase política española y el interés general de España. Las reformas necesarias para permanecer en el euro chocan frontalmente con los mecanismos de captura de rentas que sostienen dicho interés particular. Por una parte, la estabilidad presupuestaria va a requerir una reducción estructural del gasto de las Administraciones públicas superior a los 50 millardos de euros, un 5% del PIB. Esto no puede conseguirse con más recortes coyunturales: hacen falta reformas en profundidad que, de momento, están inéditas. Se tiene que reducir drásticamente el sector público empresarial, esa zona gris entre la Administración y el sector privado, que, con sus muchos miles de empresas, organismos y fundaciones, constituye una de las principales fuentes de rentas capturadas por la clase política. Por otra parte, para volver a crecer, la economía española tiene que ganar competitividad. Para eso hacen falta muchas más reformas para abrir más sectores a la competencia, especialmente en el mencionado sector público empresarial y en sectores regulados. Esto debería hacer más difícil seguir creando burbujas en la economía española.

La infinita desgana con la que nuestra clase política está abordando el proceso reformista ilustra bien que, colectivamente al menos, barrunta las consecuencias que las reformas pueden tener sobre su interés particular. La única reforma llevada a término por iniciativa propia, la del mercado de trabajo, no afecta directamente a los mecanismos de captura de rentas. Las que sí lo hacen, exigidas por la UE como, por ejemplo, la consolidación fiscal, no se han aplicado. Deliberadamente, el Gobierno confunde reformas con recortes y subidas de impuestos y ofrece los segundos en vez de las primeras, con la esperanza de que la tempestad amaine por sí misma y, al final, no haya que cambiar nada esencial. Como eso no va a ocurrir, en algún momento la clase política española se tendrá que plantear el dilema de aplicar las reformas en serio o abandonar el euro. Y esto, creo yo, ocurrirá más pronto que tarde.

La teoría de las élites extractivas predice que el interés particular tenderá a prevalecer sobre el interés general. Yo veo probable que en los dos partidos mayoritarios españoles crezca muy deprisa el sentimiento “pro peseta”. De hecho, ya hay en ambos partidos cabezas de fila visibles de esta corriente. La confusión inducida entre recortes y reformas tiene la consecuencia perversa de que la población no percibe las ventajas a largo plazo de las reformas y sí experimenta el dolor a corto plazo de los recortes que, invariablemente, se presentan como una imposición extranjera. De este modo se crea el caldo de cultivo necesario para, cuando las circunstancias sean propicias, presentar una salida del euro como una defensa de la soberanía nacional ante la agresión exterior que impone recortes insufribles al Estado de bienestar. También, por poner un ejemplo, los controladores aéreos presentaban la defensa de su interés particular como una defensa de la seguridad del tráfico aéreo. La situación actual recuerda mucho a lo ocurrido hace casi dos siglos cuando, en 1814, Fernando VII – El Deseado- aplastó la posibilidad de modernización de España surgida de la Constitución de 1812 mientras el pueblo español le jaleaba al grito de ¡vivan las “caenas”! Por supuesto que al Deseado actual –llámese Mariano, Alfredo u otra cosa- habría que jalearle incorporando la vigente sensibilidad autonómica, utilizando gritos del tipo ¡viva Gürtel! ¡vivan los ERE de Andalucía! ¡visca el Palau de la Música Catalana! Pero, en cualquier caso, las diferencias serían más de forma que de fondo.

Una salida del euro, tanto si es por iniciativa propia como si es porque los países del norte se hartan de convivir con los del sur, sería desastrosa para España. Implicaría, como acertadamente señalaron Jesús Fernández-Villaverde, Luis Garicano y Tano Santos en EL PAÍS el pasado mes de junio, no sólo una vuelta a la España de los 50 en lo económico, sino un retorno al caciquismo y a la corrupción en lo político y en lo social que llevaría a fechas muy anteriores y que superaría con mucho a la situación actual, que ya es muy mala. El calamar vampiro, reducido a chipirón, sería cabeza de ratón en vez de cola de león, pero eso nuestra clase política lo ve como un mal menor frente a la alternativa del harakiri que suponen las reformas. Los liberales, como en 1814, serían masacrados –de hecho, en los dos partidos mayoritarios, ya se observan movimientos en esa dirección.

El peligro de que todo esto acabe ocurriendo en un plazo relativamente corto es, en mi opinión, muy significativo. ¿Se puede hacer algo por evitarlo? Lamentablemente, no mucho, aparte de seguir publicando artículos como éste. Como muestran todos los sondeos, el desprestigio de la clase política española es inmenso, pero no tiene alternativa a corto plazo. A más largo plazo, como explico a continuación, sí la tiene.

Cambiar el sistema electoral

La clase política española, como hemos visto en este artículo, es producto de varios factores entre los que destaca el sistema electoral proporcional, con listas cerradas y bloqueadas confeccionadas por las cúpulas de los partidos políticos. Este sistema da un poder inmenso a los dirigentes de los partidos y ha acabado produciendo una clase política disfuncional. No existe un sistema electoral perfecto -todos tienen ventajas e inconvenientes- pero, por todo lo expuesto hasta aquí, en España se tendría que cambiar de sistema con el objetivo de conseguir una clase política más funcional. Los sistemas mayoritarios producen cargos electos que responden ante sus electores, en vez de hacerlo de manera exclusiva ante sus dirigentes partidarios. Como consecuencia, las cúpulas de los partidos tienen menos poder que las que surgen de un sistema proporcional y la representatividad que dan de las urnas está menos mediatizada. Hasta aquí todo son ventajas. También hay inconvenientes. Un sistema proporcional acaba dando escaños a partidos minoritarios que podrían no obtener ninguno con un sistema mayoritario. Esto perjudicaría a partidos minoritarios de base estatal, pero beneficiaría a partidos minoritarios de base regional. En cualquier caso, el rasgo relevante de un sistema mayoritario es que el electorado tiene poder de decisión no solo sobre los partidos sino también sobre las personas que salen elegidas y eso, en España, es ahora una necesidad perentoria que compensa con creces los inconvenientes que el sistema pueda tener.

Un sistema mayoritario no es bálsamo de Fierabrás que cure al instante cualquier herida. Pero es muy probable que generase una clase política diferente, más adecuada a las necesidades de España. En Italia es inminente una propuesta de ley para cambiar el actual sistema proporcional por uno mayoritario corregido: dos tercios de los escaños se votarían en colegios uninominales y el tercio restante en listas cerradas en las que los escaños se distribuirían proporcionalmente a los votos obtenidos. Parece ser que el Gobierno “técnico” de Monti ha llegado a conclusiones similares a las que defiendo yo aquí: sin cambiar a una clase política disfuncional no puede abordarse un programa reformista ambicioso. Y es que, como le oí decir una vez a Carlos Solchaga, un “técnico” es un político que, además, sabe de algo. ¿Para cuándo una reforma electoral en España? ¿Habrá que esperar a que lleguen los “técnicos”?

César Molinas publicará en 2013 un libro titulado “¿Qué hacer con España?”. Este artículo corresponde a uno de sus capítulos.

Los modelos de belleza física han ido cambiando durante toda la historia. No la belleza de la sensibilidad y la inteligencia. La belleza física es cultural en parte y dirigida a la procreación, en otra parte, por eso se pasa, igual en el hombre. Lo que ocurre es que en los tiempos que vivimos la mujer, su belleza física, se ha convertido en un objeto del capitalismo. Hace tiempo leí un libro de una antropóloga y filósofa marroquí titulado “El Islam en occidente” El último capítulo era sorprendente, sólo con el título es suficiente: “El burka en occidente es la talla 38.” De modo que la mujer se convierte en esclava de ese objeto creado por el capitalismo y el hombre en esclavo del consumo de ese objeto. En fin, que el capitalismo siempre esclaviza y aquello que las mujeres pensaban que las hacía libres, por el contrario, las hace esclavas, objetos de consumo. Y al hombre esclavo de este consumo. La sensibilidad y la inteligencia se iban quedando por el camino, quizás para reencontrarlas en la vejez, que la sociedad, de forma antinatural se empeña en alejar cada día más. De esa forma nos mantiene entretenidos e inconscientes. Un saludo.

La desobediencia civil.

            Uno de los temas más peliagudos de la política y la ética de hoy en día. Una sociedad se mantiene como tal, cohesionada, si sus ciudadanos obedecen las leyes. De lo contrario reinaría la anarquía. Y, como sostenía Kant, hasta un pueblo de demonios necesitan sus normas para poder convivir. Ahora bien, sucede, a veces, que el poder utiliza su fuerza y crea leyes que violentan a los ciudadanos. El sentido de la ley es, en primer lugar, garantizar la libertad de los ciudadanos. Parece algo paradójico, pero no lo es. Somos libres porque obedecemos leyes. Si no obedeciésemos leyes seríamos esclavo del miedo y la inseguridad. Porque cualquiera podría actuar como nosotros. Es decir, que las leyes están para protegernos, máxime en un estado democrático. Para garantizar nuestra seguridad, libertad y tranquilidad de tal forma que podamos llevar una vida satisfactoria y plena. Que nos podamos realizar libres del miedo de ser oprimidos por los otros o cualquiera que se alce con el poder.

            Por eso insisto en que las leyes sirven para hacernos libres y es en ese sentido en el que podemos decir, que las leyes nos humanizan. El hombre tiene dos procesos evolutivos, uno de hominización, en el que llega a ser Homo sapiens sapiens, y otro de humanización que es el que se inicia, con la comunicación y el lenguaje que crea la cultura. Y, todo ello, porque el hombre es un animal que no es capaz de estar solo. El hombre es un animal social, político, que vive en polis y ciudades y éstas han de ser gobernadas por leyes. Y las leyes obedecidas por los hombres. Y la obediencia del hombre a la ley es la que garantiza su humanidad. Nos hacemos humanos porque inventamos normas morales y leyes que obedecemos y nos liberan de la naturaleza. Por medio de las leyes nos alzamos por encima de nuestra naturaleza biológica. Es nuestra doble naturaleza, si bien ésta segunda emerge de la primera. No planteamos aquí una dicotomía, aunque este no es el tema ni el sitio. Pues bien, decía que las leyes nos humanizan y nos hacen libres, libres de las ataduras de la naturaleza. Pero el caso es que ha habido una evolución en la ética y la legislación y esa evolución, a mi entender, ha ido dirigida a la consecución de la mayor libertad de los hombres. Me explico. En primer lugar, desde el punto de vista ético se ha conquistado un conjunto de normas que consideramos comunes y universales a toda la humanidad. Y desde el punto de vista legal hemos conquistado la república o la democracia cuya característica legal es el imperativo de la ley. Y bien, esto quiere decir que la ley está por encima de todos. Esta es la esencia de las democracias desde el punto de vista legal. Y a esto lo llamamos isonomía. Todos estamos bajo el imperio de la ley pero, a su vez, la ley emana del ciudadano (sobre todo en la república donde se exige la virtud y excelencia del mismo)

            Pero cuál es el problema que nos encontramos y que nos lleva a la desobediencia civil. La democracia, la república son las máximas conquistas éticas y políticas de la humanidad y emergen del uso del logos, la razón. Y la característica del logos es que no pertenece a nadie; como decía el viejo Heráclito, es lo común. Y en política el logos se ejerce en el ágora, que es la plaza, el lugar vacío en el que se discuten las leyes y se establecen siguiendo al logos, lo que nos hace iguales. En el ágora todos somos iguales porque el logos la razón nos unifica. Y el fruto de ese logos, en las democracias, son las leyes que están por encima de todos. Ese es el imperio de la ley, que es discutible desde el logos, pero que hay que obedecer mientras que no se nos convenza de lo contrario, de ahí lo de la isonomía. Y esto es importante. La democracia nos hace a todos iguales y sometidos de la misma manera a la ley, que por su parte nos protege y es fruto del consenso de la comunidad. Procede del ágora, lugar vacío en el que se expresa el logos por boca de los ciudadanos. Hasta aquí la obediencia a la ley es inviolable. A la ley o se la obedece o se la convence de su error. Y el lugar del convencimiento de su error es el ágora. Pero lo que ocurre es que las democracias se pervierten y la perversión de la democracia procede del poder, cuando éste, en sus múltiples formas, ocupa el ágora y eludiendo el logos y utilizando la fuerza impone sus leyes. Entonces hay quien está por encima de la ley y tiraniza a los ciudadanos. Es en este momento en el que se produce una violación de la democracia, el poder no emana del pueblo, y se rompe la isonomía, y aún peor, una violencia ética, porque en cuanto haya individuos que estén por encima de la ley e impongan su ley por el poder, entonces los ciudadanos dejan de ser tales, de ser personas y se convierten en instrumentos en manos del poderoso. Es decir, perdemos la dignidad, nos deshumanizamos. Y es esto, ni más ni menos, que la tiranía. Y es esto, lo que está ocurriendo hoy en día. ¿Y qué hacer ante esto? Sólo se puede contemplar una salida, la desobediencia civil. Ésta es el instrumento que le queda al ciudadano para restablecer la isonomía y para recuperar su dignidad. Si no nos rebelamos ante el poder extrademocrático, nos convertimos en cosas, objetos, perdemos la dignidad, somos esclavizados. Y lo peor es, como es el caso ahora mismo, cuando esta tiranía procede de la propia democracia, de su perversión. Por eso la democracia, mejor república, exige ciudadanos virtuosos, es decir, valientes y dignos, que conozcan y exijan el sentido de la ley. La desobediencia civil es un estado de excepción legal, no revolucionario que tiene como fin instaurar la isonomía, la justicia y la dignidad. Pero al poder le interesa confundir, y el pueblo anda en esta confusión, la desobediencia civil con la revolución y la violencia. Nada más lejos de la realidad. La revolución y la violencia proceden de la tiranía, precisamente de aquel que tiene el poder y se ha excedido en su administración convirtiéndose en un tirano que está por encima de la ley y de los ciudadanos. Cuando en una democracia se dice que no hay alternativas estamos ante la claudicación de la democracia frente a un poder externo y estamos acabando con la dignidad de los ciudadanos.

            Hoy más que nunca es necesaria la desobediencia civil, perder el miedo y recuperar nuestra dignidad. De lo contrario caeremos en el mal consentido y seremos coparticipes del poder tiránico que nos oprime.

…y no estaban ellos…

 

En una mañana calurosa de un ocho de septiembre, en Castuera, localidad de la Serena extremeña, un grupo de ciudadanos se dan cita con motivo de la finalización de las exhumaciones que un grupo de arqueólogos y voluntarios a instancia de la sociedad por la recuperación de la memoria histórica de Castuera y Extremadura han realizado durante un mes. El resultado ha sido la exhumación de dieciocho cadáveres de represaliados de la guerra civil. Hombres y mujeres asesinados impunemente, después de la prisión y la tortura. Les recuerdo que en Castuera hubo un campo de concentración por el que pasaron quince mil personas, muchas de las cuáles murieron por las inhumanas y adversas condiciones y otras, la mayoría, fueron asesinadas de forma vil y cobarde obedeciendo a un plan de exterminio del enemigo que el ejército golpista había planeado. ¿Quién no estuvo allí a pesar de ser invitados por la asociación? Pues los políticos que estarían en cosas más agradables que las de enfrentarse a los fantasmas del pasado, como puede ser la celebración del día de Extremadura. Pero no me voy a extender sobre esa ausencia. Por sí sola es significativa y lo dice todo. Me voy a detener en el significado de memoria y justicia.

            Después de treinta y muchos años ya de la finalización de la dictadura que procedió de un golpe de estado tras el que se siguió un programa de exterminio del enemigo que duró muchos años después de finalizar la guerra, no se ha hecho justicia con los asesinados. Se asesinaba a las personas y con ellas a la democracia y la libertad en nombre de una gran mentira y con la connivencia absolutamente explícita de la iglesia. Sin la memoria de estos asesinatos no habrá nunca justicia. Y hablo de justicia moral, pero no en abstracto, sino en concreto. Es necesario la recuperación de cada uno de los cuerpos de los que fueron asesinados por defender el régimen legalmente establecido, cuyo fundamento eran la libertad y la democracia, por muchos defectos que tuviese, como nuestra democracia actual. Si no se hace justicia con estos asesinados nunca se podrá pasar página en la historia de España, porque siempre habrá vencedores y vencidos. Y esto no se ha hecho. La transición fue una claudicación de la izquierda ante el poder de las antiguas estructuras del franquismo. Hubo demasiado miedo y demasiado poder que quería perpetuarse. La izquierda no supo enfrentarse a la iglesia y ponerla en su lugar. Aceptó la ley de amnistía y quiso cerrar página. Pero eso es imposible, porque los muertos siguen gritando justicia desde la soledad y el fondo de las cunetas. El olvido no es el instrumento psicológico de la justicia, sino, muy al contrario, la memoria. Y hablo de justicia, no de venganza. Lo pasado pasado está, pero es necesario su conocimiento, tanto  el histórico como el personal. El olvido es para los cobardes, para los que no se atreven a mirar quiénes son y de dónde vienen. Si aquí se cometió una tremenda injusticia contra cientos de miles de personas y contra un régimen de libertad y democracia, eso debe ser absolutamente conocido y denunciado moralmente. Y, además, corresponde al estado esta misión, no a meras asociaciones sin recursos y con cortapisas por los distintos poderes. El estado tiene una deuda pendiente con la historia de España desde hace treinta años. Y digo el estado como tal, no el gobierno de un partido o de otro, los dos partidos mayoritarios, supuestamente democráticos, y precisamente por eso, tienen el mismo deber. Los muertos anónimos claman por sus nombres y piden justicia. La historia exige verdad. Y los ciudadanos debemos reclamar esto, sin miedo, sin odio, sin rencor. Para aprender de los errores y de los excesos a los que es capaz de llegar la condición humana. Como un antídoto para el presente y el incierto futuro que puede dar lugar a discursos populistas, mesiánicos y apocalípticos que son precisamente los que nos llevan a estos atropellos, masacres y genocidios. Y, sobre todo, por dar un nombre, una vida, una familia a quienes durante más de setenta años yacen olvidados en las cunetas y las paredes de los cementerios de nuestro país.

Auschwitz, ¿comienza el siglo XXI?

Hitler como precursor

                El Autor Calr Amery ha escrito un libro con este título inquietante. Lo que sigue es una reflexión personal a partir de sus tesis. La solución final de Hitler fue un producto de su pensamiento, de su persona, que, en definitiva, dependía de factores históricos e ideológicos que coincidieron en él. Su obra, Mi lucha, es un mal escrito, un refrito de teorías de su tiempo, una serie de impresiones y prejuicios mal redactados, pero que tienen como piedra angular una serie de dogmas que pueden repetirse. Podemos acercarnos a una nueva solución final, pero de otro modo. La historia no se repite, sino que se desenvuelve desde los mismos esquemas. La teoría básica de Hitler es una mal digerida teoría de la evolución adaptada a la evolución histórica del hombre. Piensa el autor que existe una raza superior a las demás, concepto, por lo demás, desmentido por la antropología. Y que esa raza tiene que dominar el mundo por medio de la extinción de las razas humanas inferiores, igual que las demás especies humanas han desaparecido por la superioridad del Homo sapiens. Esto no se sostiene ni científica ni filosóficamente. No es más que un prejuicio para justificar un sentimiento de superioridad sin sentido. Pero esa raza superior está amenazada por los gérmenes o bacterias que pueden terminar con ella. Y la única tarea que nos queda para acabar con los gérmenes es la de la desinfección. Y en esto consiste el exterminio. Y para Hitler los judíos representan esa infección, de ahí que sea necesario el exterminio total. Es necesario acabar con la bacteria para que la reina, la clase superior triunfe. Por eso no sólo son los judíos, sino todos aquellos que amenazan la superioridad de la reina y su desarrollo: los discapacitados, los enfermos, los marginados, los gitanos, los homosexuales, los comunistas…y así. En esto consiste el plan de exterminio de Hitler. El gran dictador fascista, aun sabiendo ya perdida la guerra, sigue con su plan de exterminio, porque ésa es su gran obra.

                Y, ¿qué tiene esto que ver con la actualidad? Pues yo pienso, y lo he dicho muchas veces, que estamos pasando de un fascismo económico a un fascismo político. El neoliberalismo que se instauró hace cuarenta años ha ido progresivamente triunfando, se ha instalado en nuestras consciencias y se ha convertido en un pensamiento único, además de haber acabado con la política. Si el mercado, y los especuladores a través de sus corporaciones son los que dirigen los destinos de los estados, se acabó la política y, con ella, la democracia. Y esto es lo que está ocurriendo entre otras cosas. Nuestros políticos, a nivel europeo o mundial, sólo les queda decir que “no hay alternativas”. Y eso es lo mismo que decir, que ellos no son, que se lo dicen otros que son los que en realidad mandan. Son el vehículo de transmisión de decisiones que no toman ellos. Y ellos son nuestros representantes, luego, se acaba con la política y la democracia. Y, ¿cuáles son los dictados de esos poderosos? Pues recortar la riqueza de la clase media o acabar con la clase media a la que consideran una advenediza. Ellos se consideran los hombres superiores. El planeta está en serio peligro, el problema ecológico, hay que asegurarse el futuro y el dominio del pastel, porque no hay pastel para todos. Arremeten contra la clase media porque quieren acabar con ella. La quieren esclavizar, de hecho, ya lo hacen. Si no hay política ni democracia, las leyes no emanan del pueblo, sino de estos señores poderosos a los que obedecemos y consentimos, porque tiempo hemos tenido de quitárnoslos de encima, pero caímos en el gran engaño del posmodernismo y el ultraliberalismo salvaje y sin bridas del consumo fácil, nihilista y hedonista. En definitiva, nosotros también consentimos el mal. Dejamos que creciera y se convirtiera en un monstruo. Pues de lo que se trata es de eliminar la clase media porque nos consideran inferiores. Nos irán privando de todos nuestros derechos adquiridos por medio de la lucha social e intelectual. Perderemos la educación, la sanidad (esto es un plan de exterminio, cada vez que se alargan las listas de espera hay quien lo paga con la muerte: en definitiva, la supervivencia del más fuerte.) La educación para el que la pague. La pública, simplemente para tener recogido al personal y adoctrinarlo en los dogmas del sistema. Perderemos dinero y capacidad adquisitiva. Se aumentará nuestro horario laboral hasta que se trabaje hasta la extenuación a cambio de un consumo de supervivencia. Tampoco quedará mucho sobre la tierra para consumir. La energía, los alimentos y el agua se acaban. Hay que repartirlo entre unos pocos poderosos. Y esto no hace más que empezar. Estos poderosos planean sobre la clase media su exterminio, su conversión en proletariado y lumpenproletariado, los que se han caído del sistema, los miserables y apestados de la tierra. Ya hay miles de millones y millones de muertos por guerras ecológicas. Pero, para los poderosos esto no tiene importancia, no es más que cuestión de supervivencia. Y sobrevive el fuerte que es el más rico. Un nuevo neodarwinismo ideológico, ramplón, pero que les justifica sus crímenes, su plan de exterminio al modo del Informe Lugano de Susan George. Éste es el futuro que nos aguarda y que se irá desarrollando a lo largo de décadas. Es la quiebra del capitalismo global en el que los escenarios futuros pueden ser múltiples. Sólo cabe una esperanza, la rebelión del pueblo empezando por la desobediencia civil.

El universo, su origen y el tiempo.

                Cada vez los físicos y cosmólogos saben más sobre el origen del universo y su posible estructura. Así como qué es aquello que hace que el universo, al menos el nuestro, sea como es. Toda investigación sobre el origen del universo es una investigación en la que se retrocede en el tiempo. No podemos observar el universo en su estado actual. Esta es una de las limitaciones de la teoría de Einstein. El límite de la velocidad de la luz. El universo que observamos es el que fue en determinado tiempo, concretamente, el tiempo que tarda la luz en recorrer la distancia a la que está el objeto. En éste sentido no es que el tiempo sea relativo, sino que es una variable ligada al espacio, la velocidad y la masa. Lo que Einstein pone en relación es precisamente, en su primera teoría es el espacio y el tiempo con la velocidad encontrando un absolut que, a su vez, actúa como límite, la velocidad de la luz. Y en su teoría general de la relatividad, lo que pone en relación es el espacio y el tiempo con la masa. Le queda como anhelo la gran teoría unificada, que hoy llaman teoría del todo que es el intento de la unificación entre el mundo microfísico y sus fuerzas y el megafísico con su fuerza universal que es la gravedad.

                De ahí que el tiempo, como dijera Agustín de Hipona sea tan complejo. Decía, “si nadie me lo pregunta sé qué es, si me lo preguntan no lo sé.” La cuestión es que, de alguna manera podemos dilucidar, en términos generales la naturaleza física del tiempo, y esto es lo que hace la teoría de la relatividad y como resultado de ello se nos ofrece un cosmos peculiar y extraño. En ese cosmos el tiempo no es una constante absoluta, como en el universo newtoniano, sino que está sometida a la constante absoluta de la velocidad de la luz, de la masa y de la velocidad. Los objetos se dilatan o se aprietan temporalmente dependiendo de su velocidad y su masa. Y el tiempo no es eterno, sino que es una variable, una realidad ontológica que surge junto con el universo, una propiedad emergente del mismo, es inseparable de él y desaparecerá con él. Lo que ocurre es que no pensamos en términos relativistas, nuestra imaginación es newtoniana y euclidea. Por eso pensamos en un tiempo lineal y en una evolución lineal y direccional del universo. Pensamos que el universo tiene un tiempo con una dirección y sentido. Es lo de la flecha del tiempo que indica el segundo principio de la termodinámica. La entropía. Pero nadie nos puede asegurar que no existan múltiples universos en los que las leyes de la física sean absolutamente distintas. Es más, cada día se acepta más la hipótesis de los múltiples mundos. Además la teoría direccional del tiempo, además de estar contaminada por una visión newtoniana y euclídea, da pábulo a la idea de un universo con sentido. Es decir, a una idea teológica que está muy de moda que es la del diseño inteligente o argumento antrópico. Esta teoría escapa a la ciencia y la filosofía y la esgrimen los creyentes para intentar mostrar que la ciencia no contradice la existencia de dios, sino que la exige. En definitiva, no es más que una versión actualizada de la quinta vía tomista. Si hay un orden, habrá un ordenador. Pues bien, el orden que existe en el universo es meramente casual, podría existir otro. Esto es lo que nos dice la mecánica cuántica. Y lo que también nos dice, según algunos microfísicos, es que todas las posibilidades no se quedan en posibilidades matemáticas, sino en realidades físicas. Es la teoría de los muchos mundos de Everett y sus sucesores y de los universos paralelos.

                En otro orden de cosas, que no tienen que ver con la física, sino con la neurociencia, está la cuestión de la percepción del tiempo. El tiempo es una construcción de nuestro cerebro, un a priori, una condición de posibilidad que se moldea desde la infancia con la experiencia. El cerebro construye nuestra realidad, que no coincide con la realidad física o química. La realidad que construye el cerebro es una realidad adaptativa. Es, en última instancia, la que nos ha permitido sobrevivir. El cerebro es un gran fabulador de la realidad. Existe un a priori filogenético que es de naturaleza evolutiva. Este a priori con el que nacemos interactúa con el medio y configura nuestra visión del mundo: temporal, espacial, visual, auditiva… En definitiva, que el mundo que creemos real es una apariencia, una fabulación del cerebro. Pero una fabulación evolutivamente exitosa, si no no estaríamos aquí. Por eso tienen razón los budistas, la realidad es velo de Maya, apariencia, engaño, en realidad es Nirvana: nada. Y el yo es otra construcción del cerebro, aquella que da consistencia a la totalidad de nuestra percepción. Por eso el budismo insiste en que para anular todo deseo y traspasar el velo de Maya, es necesario anular la apariencia del yo.

Esta mañana, yendo al instituto, me ha vuelto a sorprender la condición humana y la pésima educación de la juventud en algo que nada tenemos que ver los profesores. Iba yo por la acera, cual respetuoso peatón y veo al final de la misma un grupo de adolescentes, bachilleres, probablemente, porque a los menores no se les deja salir del centro (era la hora del recreo) taponando la cera. Yo, tranquilo, sigo mi camino hasta que casi me topo con uno de los jóvenes que, sin mediar palabras, de disculpas, se supone, se aparta, y tras él otros y me permiten el paso un poco chulescamente. En esto, ya casi sobrepasado el grupo, una chica, de las que estaban apoyadas en el coche, comenta, “hay que ver por donde se le ocurre pasar al tío”. Me quedo tan perplejo, indignado, fuera de lugar, avergonzado, que me faltan los reflejos y no soy capaz de dirigirme a ella y al grupo en su conjunto y, como se dice, cantarles las cuarenta, y darles una lección de educación y urbanidad, que los padres, en otros menesteres debieron olvidar.

Entre las clases que me quedaban por dar estaba la famosa educación de la ciudadanía, para un nivel de tercero de la ESO. ¿Cómo se les va a enseñar y educar en la ciudadanía, si ni siquiera conocen las más mínimas normas de urbanidad? Y no es que no las practiquen, es que además ponen pega y te insultan. Y que no se me diga que para eso estamos los profesores de secundaria porque eso es falso. Para eso están los padres y colaboran los profesores de primaria. Pero para unos zagales de bachiller el estado se debe gastar el dinero en cosas más serias. Y la tan traída y llevada educación para la ciudadanía es una reflexión seria sobre el sentido de ser ciudadano, de lo que es una polis, un gobierno, de los que son las leyes y los diferentes gobiernos, los derechos humanos, la discriminación. Una reflexión crítica sobre todo esto que construya a ciudadanos autónomos y libres en el futuro, no una clase de urbanidad. Es como la limpieza en el instituto. Estoy cansado, como todos los profesores, de la suciedad de los centros y nos imponemos la tarea de limpiar el centro con ellos. Ningún muchacho que entre en el centro debería tirar un papel al suelo, ni romper a patadas una puerta o un grifo o un extintor, eso lo tendría que tener aprendido de casa. Pero, insisto, los padres estarán en otros menesteres. Y la administración ha considerado a bien que eso debe ser tarea de un profesor de secundaria. No hay vergüenza, ni por parte de la administración ni de los padres. Con estos mimbres poco podemos hacer. Cómo les voy a hablar de la clase política, de la corrupción de los partidos, del secuestro de la democracia, del poder económico, de la felicidad y la virtud. Y no es que esté hablando de un grupo de perversos e inadaptados, no, de jóvenes normales y corrientes, sólo que anodinos, indiferentes…será la crisis que los tiene deprimidos y sin perspectiva, ja.

El ministro Wert se acaba de cargar con la reforma la ética de cuarto de la ESO, la ha eliminado, simplemente. Es una reforma pragmática, tecnocrática y adoctrinadora en el neoliberalismo. Una reforma para crear esclavos productivos. Después irá la filosofía. Malos tiempos. Y todo es un engaño, cuando pedíamos seriedad y esfuerzo él nos lo ofrece, pero a cambio de un modelo educativo, unos contenidos, meramente laborales y mediatizados hacia el mundo del mercado. Una instrumentalización de los ciudadanos que dejan de ser tales. Cuando la educación es la liberación del hombre para convertirse en ciudadano, se eliminan aquellas disciplinas y conocimientos acumulados por la humanidad que lo humanizan. Si se trata de perder nuestros derechos lo mejor es que el alumno nunca los haya conocido. Así no sabrá ni lo que pierde.

Democracia de calidad frente a la crisis

Nos ha faltado un marco ético, capaz de estimular la responsabilidad social

Un gran número de españoles está viviendo la crisis actual como un auténtico fracaso del país en su conjunto. Hace ya más de tres décadas emprendimos una transición política y social que, con sus luces y sombras, como todo en este mundo, se ha convertido en una auténtica referencia para algunos países deseosos de dar el paso de la dictadura a la democracia. El poder político pasó paulatinamente de un partido de centro a partidos de centro-izquierda y centro-derecha, sin más ruido de sables que el del 23-F y sin más mecanismo que el de instituciones políticas y elecciones libres y bien reguladas. Se transformaron las infraestructuras, se modernizaron los medios de comunicación, aumentó el número de estudiantes universitarios, ingresamos en la Unión Europea, construimos un razonable Estado de justicia, creímos haber alcanzado la velocidad de crucero propia de países democráticos, no solo en política y economía, sino también, y sobre todo, en cultura. La disposición al diálogo, el espíritu abierto y tolerante parecían haber sustituido los viejos estilos de vida en una sociedad pluralista.

Pero en 2007 estalló en el nivel global y local esa crisis que había venido gestándose, una crisis que parece ser sobre todo económico-financiera y política, y descubrimos que el rey estaba en buena parte desnudo. Que, por desgracia, nos queda mucho camino por andar.

Para recorrer con bien ese camino importa preguntar qué nos ha pasado, qué ha fallado, y un punto esencial es que no se trata solo de una crisis económica y política, sino también de una crisis ética, que pone de manifiesto las carencias de espíritu cívico. En los últimos años, nos ha faltado un marco ético efectivo, capaz de estimular la responsabilidad social y un buen uso de la libertad.

Con el deseo de aportar algunas sugerencias para la elaboración de ese marco, el Círculo Cívico de Opinión dedica el sexto de los Documentos que ha publicado al tema Democracia de calidad: valores cívicos frente a la crisis, y en él apunta a modo de ejemplo medidas como las siguientes:

Los protagonistas visibles de la vida pública tienen un deber de ejemplaridad

Perseguir un bien común. En una democracia que es, a su vez, un Estado de derecho, es preciso perseguir un bien común que amplíe el horizonte de los intereses individuales como los únicos fines de la actividad económica y política. Por legítimos que sean los intereses privados, las instituciones y los ciudadanos se deben también a unos intereses comunes.

La equidad como fin. Sostener la equidad y mejorarla debería ser el principio irrenunciable de un Estado de derecho. En muy poco tiempo, España consiguió poner en pie un Estado de bienestar homologable con el resto de los países de nuestro entorno. Pero el modelo es frágil y no podrá sostenerse si no va acompañado de la voluntad de preservarlo por encima de todo. Hay que repensar el modelo con serenidad y con voluntad de conseguir acuerdos lo más amplios posibles.

Debe cambiar el orden de los valores. Los años de bonanza económica pasados han propiciado una cultura de la irresponsabilidad y del dinero fácil, que ha traído consigo corrupción, evasión de impuestos y un consumismo voraz. Si algo puede enseñar la crisis es que debe cambiar la jerarquía de valores transformando las formas de vida, entendiendo que el bienestar no se nutre solo de bienes materiales y consumibles. Formas de vida que fortalezcan cultural y espiritualmente al individuo y a la sociedad con valores como la solidaridad, la cooperación, la pasión por el saber, el autodominio, la austeridad, la previsión o el trabajo bien hecho.

Decir la verdad. La costumbre de ocultar la verdad por parte de políticos y controladores de la economía de distintos niveles ha sido responsable de la crisis en buena medida. Pero esa costumbre se ha extendido también entre intelectuales y otros agentes de la vida pública, plegados a lo políticamente correcto, sea de un signo o de otro. Entre la incompetencia y la ocultación saber qué pasa y anticipar con probabilidad qué puede pasar es imposible para la gente de a pie.

Cultura de la ejemplaridad. Los protagonistas visibles de la vida pública tienen un deber de ejemplaridad, coherente con los valores que dan sentido a las sociedades democráticas. La corrupción, la malversación de bienes públicos, el despilfarro, el desinterés por el sufrimiento de quienes padecen las consecuencias de la crisis, la asignación de sueldos, indemnizaciones y retiros desmesurados producen indignación en ocasiones, pero también modelos que se van copiando con resultados desastrosos.

Rechazar lo inadmisible. Para que una sociedad funcione bien es necesario que las leyes sean claras y que se apliquen, pero también que la ciudadanía rechace las conductas inaceptables. Es verdad que hay que ir con mucho cuidado con eso que se ha llamado la “vergüenza social” y que es una de las formas que tiene una sociedad para desactivar actuaciones que considera reprobables. Esa vergüenza ha causado tanto daño y es tan manipulable, la utilizan tan a menudo unos grupos para desacreditar a otros, que solo puede recurrirse a ella como una cultura, vivida por todos los grupos sociales, de que determinadas conductas no pueden darse por buenas.

El mejor instrumento para conseguir una sociedad mejor y cambiar los valores es la educación

Potenciar el esfuerzo. Lo que vale cuesta. Dar a entender que se pueden alcanzar las metas vitales sin trabajo alguno es engañar, condenar a las gentes a ser carne de fracaso y destruir un país. Aprender, por el contrario, que esfuerzo y ocio son dos caras del buen vivir, que ayudan a construir un buen presente y un buen futuro.

Superar la partidización de la vida pública. La partidización de la vida pública es uno de los lastres de nuestra política, que impide agregar voluntades para encontrar salidas efectivas y consensuadas a los problemas que nos agobian. Cuando ante cada uno de los problemas públicos la sociedad se divide siguiendo los argumentarios de los partidos políticos se destruyen la cohesión social y la amistad cívica indispensables para llevar una sociedad adelante.

El sentido de la profesionalidad. La profesionalidad, en todos sus ámbitos de ejercicio, es un valor que no debe medirse solo por la eficiencia y la competencia científica y técnica, siendo ambos valores altamente encomiables. Ser un buen profesional significa incorporar también ideales que hagan de las distintas profesiones un servicio a la sociedad y al interés común. Es buena la gestión estimulada no solo por la obtención de beneficios materiales, sino por un espíritu cívico y de servicio.

Promover la educación. El mejor instrumento de que disponemos para conseguir una sociedad mejor y cambiar el orden de los valores es la educación, entendida como formación de la personalidad y como una tarea de la sociedad en su conjunto. El ideal de autenticidad debe poder conjugarse con los valores propios de la vida democrática.

Recuperar el prestigio. Ni las instituciones ni las personas que ostentan los cargos de mayor responsabilidad han sabido ganarse la reputación y el prestigio imprescindibles para merecer confianza y credibilidad por parte de la ciudadanía. Además del déficit notable de ideas para gestionar y resolver la crisis, se echa de menos un liderazgo compartido por el conjunto de grupos políticos, que actúe con valentía y con prudencia, que corrija los despilfarros de otros tiempos, que sepa discernir la gravedad de cada problema y que tenga visión de futuro y no atienda únicamente al corto plazo.

Construir un marco de valores comunes. Es urgente construir un suelo de valores compartidos, fortalecer los recursos morales que surgen de las buenas prácticas porque solo así se generará confianza. Pero también crear espacios de deliberación que hagan posible construir pueblo, y no masa, que fortalezcan la intersubjetividad y no se disgreguen en la suma de subjetividades. Generar pueblo y sociedad civil tanto en España como en Europa, donde somos y donde queremos estar, es uno de los retos, porque tal vez sea esta una de las claves del fracaso de Europa: no haber intentado reforzar la conciencia de ciudadanía europea, la Europa de los ciudadanos, esa pieza que resulta indispensable para que sean posibles tanto la Europa económica como la política.

Victoria Camps, Adela Cortina y José Luis García Delgado, en representación del Círculo Cívico de Opinión.



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