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La ley se superpone a la pasión.

                Ha sido demasiada la polvareda que ha levantado la sentencia del tribunal de Estrasburgo de los DDHH. Una polvareda, en forma de indignación, que es sólo comprensible, por lo que es la naturaleza humana, que luego veremos, pero injustificable desde una cultura que debería tener asumido el significado de la democracia, los derechos humanos y lo que vela por todo ello que es el estado de derecho, la ley. Y creo que esta indignación que se ha producido, sobre todo en las víctimas de asesinatos horrendos de la banda terrorista de ETA, debe ser dirigida hacia el sentido común, todo lo contrario de lo que la clase política, en especial el Partido Popular han hecho. Y lo que han hecho es estrictamente demagogia. Es decir han engañado en su propio interés, poner a su favor el dolor de las víctimas, apelando a las más bajas pasiones, mientras que con la boca chica afirmaban acatar la sentencia, entre otras cosas porque no le queda más remedio al formar parte de Europa y haber reconocido la validez universal del tribunal de Estrasburgo. La sentencia argumentaba y tumbaba la doctrina Parot por ir en contra de los derechos humanos. Y los juristas están de acuerdo en su inmensa mayoría. Ahora bien, los políticos que nos gobiernan, algunos intelectuales, como Savater o Albiac, por mencionar algunos, están en contra, pero no han ofrecido ni un solo argumento jurídico ni ético. Entre otras cosas, porque no los hay. Los políticos han apelado a las bajas pasiones, estrictamente a la venganza, de lo que hablaremos después, los intelectuales han sido más sutiles, pero han retorcido los conceptos, Savater ha hecho demagogia de la democracia y Albiac ha intentado rizar el rizo haciendo una distinción forzada entre la redención, que es posible desde la teología, pero no desde la ciudadanía, al ser éste un concepto estrictamente religioso. En ambos casos, intelectuales orgánicos, vendidos al poder, uno al de la derecha y otro al de la izquierda. Desde luego que más comprensible es Savater habiendo sido un blanco de ETA durante muchos años, haber tenido una actitud valiente frente a la banda armada que le hizo tener que abandonar la Universidad, que ayudó a fundar, el País Vasco y vivir largos años con escolta. Una actitud valiente y heroica, pero ello no le exime de no entender la sentencia y de hablar desde la pasión y no desde la razón, que es desde donde debe hablar un filósofo por mucho que le duela. Hubiese sido un último acto de heroísmo.

                Pero lo lamentable es la actitud de los políticos y de la ciudadanía en general. Los políticos en lugar de dar ejemplo de racionalidad y de defensa al estado de derecho han instado a las bajas pasiones. Y ello ha alimentado el monstruo que todos llevamos dentro, la necesidad de venganza. Las asociaciones de víctimas han sacado este monstruo a la luz, lo cual las pone en igualdad con el asesino. La diferencia entre el hombre civilizado y el asesino es que el primero está bajo la ley, mientras que el segundo está por encima de la ley y del bien y del mal. Es comprensible la actitud de las asociaciones debido al dolor sufrido y que siguen padeciendo, pero el estado de derecho, la isonomía, el imperio de la ley, lo que garantiza es que todos tengan un juicio justo por igual y elimina la posibilidad de la venganza al intervenir un tercero, que es el poder judicial que aplica la ley desde la isonomía, el imperio de la ley. Y eso es lo que marca la civilización.

                El hombre, en tanto que homínido, en su estado de naturaleza, que diría Locke, tiene el poder absoluto de la venganza y libertad absoluta sobre la propiedad. Pero al resultar que todos los hombres tienen el mismo poder, pues la vida en el estado de naturaleza es un sufrimiento, un estado de angustia permanente. Estoy amenazado por cualquiera, porque cualquiera se ve en el derecho de arrebatarme mi propiedad e, incluso, mi propia vida, por venganza, si así lo estima oportuno. De ahí que surja el contrato social. Y éste consiste en una ley igual para todos que limita nuestro derecho absoluto de propiedad, de venganza y de libertad. Pero bajo esta ley vivimos protegidos y ya no tenemos que preocuparnos de las amenazas. Esto no elimina el sentimiento de venganza, que es una de las pasiones más fuertes del hombre. Pero ya no soy yo el que ejecuto la ley, que emana del poder legislativo, sino que es el poder judicial. Y, de esa manera se canaliza la venganza y se le reconoce al otro el hecho de ser hombre; es decir, su dignidad. Porque la venganza no reconoce la humanidad del otro, por muy brutal que el otro haya sido es un ser humano al que hemos dotado, por ley, de dignidad. La venganza, al ser irracional, se salta la ley, no la contempla, y nos lleva al estado primitivo. A la imposibilidad del gobierno y de la vida social. La venganza es una monstruosidad porque va acompañada del placer del dolor infligido al otro al que se le considera un monstruo. Pero el mismo acto de la venganza nos convierte en monstruos, en incivilizados, nos hace perder la dignidad. Es la ley la única garantía de nuestra dignidad. Y es la ley la única que garantiza nuestra libertad, porque es el cumplimiento de la ley lo que hace posible vivir en paz y tranquilidad, sin miedo al otro y considerando a éste, como otro yo: un sujeto de derecho y también un sujeto sintiente. Por ello su dolor es mi dolor. En este sentido la ley, además de darme la libertad, me dignifica al civilizarme, que no es más que ser capaz de tener conciencia del dolor del otro. De modo que la instigación de los políticos a las bajas pasiones sólo puede alimentar al monstruo de la venganza y lo que hace es destruir una sociedad, crear monstruos y odio por todas partes. El político, al contrario, debe ser ejemplar. Y, con su vida y su palabra, debe defender la ley, el estado de derecho, la isonomía. Y más cuando estamos hablando de un Tribunal Internacional de los DDHH, la fuente y la garantía de la dignidad de los hombres. Pero, la verdad, esperar esto del político, cuando no son capaces de hacer cosas más fáciles, es mucho esperar. El político ya no es un pedagogo ni un filósofo, es un oportunista y un demagogo. Pero esta vez ha jugado con fuego y alimentado una de las pasiones más bajas del ser humano: la venganza y el odio y lo ha contagiado a la sociedad en general. Y ello ha supuesto bajar un escalón más en la democracia, si es que ello era posible. En fin, un espectáculo lamentable, bochornoso y esperpéntico. Y no estoy defendiendo a ningún asesino, defiendo al ser humano y a la ley que es la que nos humaniza.

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Muchas gracias, y gracias a ti que me has impulsado a escribirlo. Esta mañana lo he sometido a una prueba con alumnos de segundo de bachillerato y no lo ha pasado. Piensan que la doctrina Parot es correcta y no razonan, sólo sienten. Es fruto de la desinformación y el control de las mentes. Estos alumnos de entre 17 y 18 años no conocían, por ejemplo el GAL. Es tremendo el país en el que vivimos. Hemos sido engañados desde la muerte de Franco con una falsa transición y una democracia hueca en la que un presidente del gobierno, González, posiblemente la famosa X, nos dice que la democracia a veces hay que defenderla desde las cloacas. Los del PP se manifiestan contra el tribunal de derechos humanos de Estrasburgo, no renuncian del franquismo y no lo condenan como golpe de estado, mientras devuelven la religión a las aulas y eliminan la ética y la filosofía. Esto es un país de esperpentos, de conciencias dormidas, señoritos satisfechos y fachas. Se le ríen las gracias a un defraudador de hacienda como Messi (no sé si se escribe así, tengo el orgullo de haberlo conocido por su crimen, no por ser jugador de futbol) y se defiende su arte de dar patadas a un balón. Mientras otros como él nos roban el dinero para escuelas, hospitales, pensiones, dependencias. Se le entrega el dinero a los bancos y se estruja el bolsillo de los ciudadanos. Se eliminan los impuestos del IBEX 35, y se congelan por quinto año consecutivo, sin contar con las bajadas de hasta un 8%, el sueldo a los funcionarios. Se despiden a veinticinco mil profesores interinos y aumenta el número de alumnos en más de 100.000. Demencial. Mientras nos anuncian que la jubilación ha de ser por lo menos hasta los setenta años y el número de años cotizados cuarenta para cobrar la jubilación completa. Que el número de pobres alcanza ya más de tres millones, que los que viven con menos de 375 euros al mes son entre seis y ocho millones. Y la ciudadanía, por llamarle de alguna manera, sigue votando a su verdugo. No se da cuenta de que el sistema está periclitado. Que es necesaria una insumisión generalizada que dé paso a un proceso constituyente pacífico antes de que todo explote. Que el cinismo político se hace ya insoportable. Un abrazo,

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No es la técnica la que pone en jaque a la filosofía, es el poder. La democracia, les digo a mis alumnos, es la condición de posibilidad política –inventada por la propia filosofía- del pensamiento (diálogo en la pluralidad de ideas) y el pensamiento la condición de posibilidad intelectual de la democracia. Sin diferencia de ideas no es posible la democracia, como ocurre hoy en día con el llamado pensamiento único. Por eso los gobernantes no gobiernan, sino que obedecen el mandato de los que rigen el mercado. Y dicen aquello de que “no hay alternativa”. Mentira, sí las hay, lo que ocurre es que para los que rigen el mundo hay una alternativa que es la mejor para ellos. Y el poder político en unos casos está atado y no tiene margen de maniobra y, en otros, es directamente connivente del poder económico (que, insisto, tiene nombres y apellidos.) Por eso la cuestión es desde siempre, ya Platón en un diálogo expone la crítica que se le hacía a Sócrates por dedicarse a la filosofía. Y se decía que estaba muy  bien y era saludable para la juventud, pero, al pasar a la vida adulta hay que dedicarse a algo serio. Una tremenda crítica que se puede ver en Gorgias o la sabiduría, y que tiene un fondo político entre líneas. Y, por eso, a Sócrates se le acusa de corrupción de la juventud y de impiedad. Los dos crímenes van contra el poder, contra lo establecido. Ésa es su gravedad y la importancia de la filosofía. La tensión entre el poder, que tiende a barbarizarse y tiranizarse, y la filosofía, que tiende a la civilización, ha sido una constante dialéctica de la historia. Los periodos más largos, estables y oscuros de la historia son afilosóficos, momentos en el que el poder se ha hecho dueño del pensamiento y ha proclamado su pensamiento único, como es el caso de la Edad Media y la filosofía cristiana. Pues, curiosamente, hoy en día avanzamos hacia una nueva barbarie, un nuevo oscurantismo, una nueva Edad Media. Proclamación de un pensamiento único, eliminación del pensamiento y la filosofía, adoctrinamiento progresivo del hombre hasta convertirlo en vasallo.

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En torno a las vallas en Ceuta y Melilla. Sin comentarios. La barbarie. Este mundo es demencial y está dirigido por los más mediocres, vanidosos, ambiciosos e inmorales de todos los hombres. Porque el poder lo ocupan quienes han pisado muchas cabezas y para mantenerse en él, han de seguir haciéndolo. La condición humana. Menos mal que además de demonios tenemos algo de ángeles...pero en estos tiempos andan demasiado escondidos o aterrorizados.

 

Aprender a leer y, en grado menor, a escribir son, sin duda, los mayores acontecimientos en el desarrollo intelectual de una persona”. Karl Popper. “Búsqueda sin término. Una autobiografía intelectual”.

Efectivamente, es cierto, y las neurociencia dan pruebas ahora de ello. Es un acontecimiento revolucionario y radical que nos permite "pensar" el mundo y a nosotros mismos. Y pensar es guardar distancia, abstracción, ver desde lejos, objetivar. Para la persona es una revolución en su proceso socializador. Para la humanidad representó un paso en el proceso civilizador y de humanización.

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Hombre, hace tiempo que no coincido con el amigo Savater. Camus es filósofo mundano, no académico. Por cierto, como deberían ser todos los filósofos, el resto son especialistas o doxógrafos. Y en cuanto a lo de la literatura, pues es fundamental. Hay filosofías y caracteres filosóficos que sólo se pueden transmitir por medio de la literatura que es más ancha que el corsé intelectual que nos pone la escritura filosófica. Y, por último, hay que señalar la clarividencia de Camus y su valentía al enfrentarse a toda la intelectualidad de izquierda que defendía el comunismo al modo soviético, liderados todos ellos por Sartre, el incontestable, pero absolutamente equivocado. Camus vio el error de las verdades absolutas y del totalitarismo y optó por la única vía, la democracia, por imperfecta que sea.

“Pero se equivocan quienes expulsan a Camus del jardín de la filosofía, porque sin la filosofía no se entienden ni se justifican sus ficciones, que son el modo que utiliza para hacerla comprensible. “¿Por qué escribes novelas o dramas teatrales?”, pregunta la filosofía; y Camus responde: “Para vivirte mejor…”.

Y esa rebelión no es simple grandilocuencia, sino búsqueda de soluciones políticas, es decir, contra el estado de guerra que exige mantenerse en el odio. Para Camus, la democracia –despreciada por los revolucionarios y por Sartre- tiene el gran mérito de solicitar modestia: nadie puede zanjarlo todo por sí mismo, hace falta el consejo de otros y el acuerdo. Rebelarse contra la infelicidad del terror exige evitar el absolutismo decapitador de los principios y a menudo atenerse a los matices, a las medias tintas…” Fernando Savater.

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La crisis económica se ha convertido en una cortina de humo, en una forma de ocultar problemas más profundos de los que además emerge la crisis. En definitiva, hablamos del problema ecosocial, como le gusta llamarlo a Riechmann. Y una de sus manifestaciones es el cambio climático y sus consecuencias: humanas, sociales, geográficas y económicas. La crisis económica que padecemos es el síntoma de la quiebra del capitalismo global y éste está ligado al problema ecosocial que tiene varias patas interconectadas, entre ellas la economía capitalista, la imagen antropocéntrica que configura las relaciones hombre-naturaleza, el posmodernismo y su relativismo con el fin de los grandes relatos y la confianza en la razón, la tecnociencia como nuevo dios que nos promete el paraíso, pero nos lleva a la tecnobarbarie y algunas cosas más. Hasta ahora hemos olvidado todo esto con la cortina de humo de la crisis y lo que intentamos es parchear. Podremos conseguir, quizás un remedio, pero será transitorio. Por otro lado, no debemos olvidar que todos los derechos que hemos perdido, porque nos han  sido robados, no se nos devolverán, será necesario una revolución, como en el pasado, esto no implica violencia, sino manifestaciones, huelgas, concentraciones, ilustración, desobediencia civil, en fin todas las armas que hemos utilizado en el pasado para conseguir lo que teníamos. Porque el poder, por sí mismo, no nos ha dado ni un sólo derecho, ni social ni civil, todos han sido conquistado por la presión de la ciudadanía. Es necesario tener muy en cuenta esto y no dejarse engañar por los cantos de sirena de los políticos. Si salimos de la crisis, si es que salimos, no se nos devolverá nada a menos que lo volvamos a conquistar. Tenemos una gran tarea por delante, para nosotros, para los jóvenes de ahora y para las futuras generaciones.

El poder nos engaña y utiliza los medios de comunicación de masas, o de manipulación de las conciencias para deformar nuestra visión del mundo. Utiliza la distracción. De lo que se trata es de mantenernos entretenidos, el antiguo pan y circo de los romanos. Futbol, mucho futbol, telenovelas y series que transmiten falso valores y recrean una falsa realidad del pasado. Todo este entretenimiento evita el que pensemos y dediquemos el tiempo a los problemas importantes. El poder también inventa problemas para despistar al ciudadano. Amplifica la violencia terrorista, por ejemplo, o se regodea en la crisis, para conseguir que el pueblo acepte las medidas que el propio poder le ofrece, que es, en definitiva, lo que el poder quiere. También los poderosos, utilizan las medidas graduales. No realizan una reforma radical, en tal caso la ciudadanía se le echaría encima. Van haciendo pequeñas reformas que el ciudadano, aunque un poco a regañadientes, va aceptando. Así hemos pasada de tener una serie de derechos sociales adquiridos a ir perdiéndolos progresivamente, de tal forma que nuestra situación laboral es ya, mayoritariamente, la del “precariado”. El efecto de todo ello, es que no nos rebelamos, porque hemos sido, poco a poco, narcotizados. Hemos pasado de trabajadores a precarios, y ahora comenzamos a perder nuestros derechos civiles (libertad de expresión, de reunión,…) y ello nos está preparando para convertirnos en vasallos o esclavos. El poder también utiliza el instrumento de diferir los problemas. Lo que nos viene a decir es que las medidas que se toman son necesarias. Esto es una gran mentira, existen otras alternativas. Lo que nos exigen es un sacrificio; es decir, que aceptemos el robo de nuestros derechos (porque los hemos conquistado nosotros, nadie nos lo regaló) en pro del bien común y luego ya vendrán otros tiempos. Mentira, no sabemos si vendrán, pero lo que sí sabemos es que lo perdido, perdido está. En fin, en nuestra mano está el tomar conciencia, indignarse y reaccionar, a menos que prefiramos la servidumbre. Yo, particularmente, no.

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De entrada condeno el vandalismo y más cuando se hace cobardemente encubierto en los que luchan por sus derechos laborales, que son, en última instancia, los de todos. Pero hay un mensaje subliminal en este artículo. La domesticación de la protesta. El abuso de que los demás ciudadanos tienen sus derechos. Nos olvidamos, que en última instancia los huelguistas luchan por los derechos de todos, porque luchan contra un sistema atroz, bárbaro, esclavizador y avasallador. Y no olvidar que el primer perjudicado es el huelguista así que lo que habría que hacer es alabar su valentía, que ya está bien, de medias tintas y de paños calientes. Se nos quiere domesticar desde todos los medios de comunicación. Quieren descabezar un movimiento civil general que pongo todo patas arriba para iniciar un proceso nuevo. Un proceso constituyente, no la pantomima del PSOE este fin de semana.

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Tienes razón. Eso queda por perfilar. Y es a lo que me refería. Hay un problema de orden político que precisamente esta mañana les explicaba a mis alumnos al hilo de la teoría del estado de Platón. Si afirmamos más estado, eliminamos progresivamente al individuo y, con él, la libertad. Es el caso de Platón que acaba en totalitarismo. Y, claro, la educación en Platón es fundamental y, por eso, debe estar en manos de los gobernantes, del estado. Porque éste es el responsable del ciudadano. La existencia de éste está supeditada a la del estado. Todo viene normalizado y legislado por el estado. Ésta es la concepción comunitarista y holística u organicista del estado. En el lado extremo tenemos al liberalismo radical en el que el centro es el individuo. Hoy en día este liberalismo, aliado al capitalismo, ha tenido un desarrollo económico y nos encontramos con el neoliberalismo. El liberalismo quiere, mientras menos estado, mejor. Ahora bien, eso nos lleva al neoliberalismo con sus contradicciones porque ha acudido al estado cuando lo ha necesitado. Pero, en lo que a la educación se refiere, el neoliberalismo quiere la privatización de la educación, pero no, la libertad de educación. Por el contrario, utiliza la educación no sólo ya como sistema de control, sino como vehículo de transmisión de una ideología a la que tendrán acceso unas élites que son las llamadas a controlar el mundo. Y esto es algo que ya existe, lo que ocurre es que en Europa lo estamos empezando a vivir ahora. Nos encontramos en un dilema, o la intervención del estado, que tiende a hacerse totalitario, incluso en las democracias (es increíble la normativa que existe para regular cualquier acción y la ausencia progresiva de libertad en el seno mismo de las democracias), o bien el liberalismo, que defiende en el bien sentido la libertad y al individuo frente al Leviatán del estado, pero que, aliado al capitalismo nos ha llevado a otra forma de totalitarismo que es el neoliberalismo. La cuestión, se me hace muy compleja. Ambos extremos, que han constituido la tensión dialéctica de la política en la historia nos llevan a diferentes formas de totalitarismos en los que se ha transitado por breves momentos de democracia. Mi apuesta, como he dicho muchas veces, es el ecosocialismo. Y, en el tema de la educación pues, como el ecosocialismo nos lleva a un decrecimiento y, con él, a una simplificación de las estructuras sociales, por tanto a mayor localización, frente a la globalización, pues la educación sería dirigida más localmente y menos estatalmente y tendría como fines las propias ideas del ecosocialismo de economía decreciente.

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La educación como un monstruo y el profesor como un profesional al servicio del poder.

 

Ante las huelgas de alumnos contra la LOMCE sólo falta añadir que gran parte del profesorado es inconsciente de los males de la educación y de la posibilidad de los remedios. La prueba son las movilizaciones del profesorado y sus comprobadas tragaderas con cualquier ley educativa que lo único que hace es empeorar el ambiente en escuelas e institutos. Los primeros responsables somos los profesores que hemos tragado desde los años noventa con esto y que ha convertido la enseñanza en algo, literalmente, insufrible. ¿Qué nos ha pasado a los profesores que hemos admitido esto y lo sufrimos calladamente? Esto por no mencionar al listo de turno que ha aprovechado bajas, puentes y demás para escacaerse todo lo posible y que ha dado la peor imagen de la educación, incluso dentro de los grupos de dirección, que en muchas ocasiones, toman al profesor como el enemigo, cuando el enemigo es la ley que es el marco jurídico que hace posible que exista un alumnado de determinadas características, un sistema de promoción, una optatividad determinada, un bilingüismo segregador y farsante, adaptaciones curriculares, diversificaciones, PCEPIs, educación de adultos (ESPA), la formación profesional junto al bachiller y la ESO, los niños pequeños de educación estrictamente de primaria junto con los mayores. La educación, un monstruo con muchas cabezas, en la que lo menos importante es la formación para la libertad, el conocimiento y la autonomía.

Sólo me cabe pensar que el profesor ha sido abducido por el sistema, se ha vuelto egoísta y hedonista. Se ha vuelto, lo peor que puede ser un maestro, un profesional, que aplica técnicas aprendidas en los centros de profesores de manos de los pedagogos, que han vaciado la educación de contenido y la han llenado de técnica, de un saber hacer vacío. Han eliminado la educación como arte y pasión, lo que es una vocación, para convertirla en profesión. Y se alza el valor de la profesionalidad. Y así estamos a un paso de admitir la ideología del mercado. El profesor es una pieza más, que encaja perfectamente en el engranaje de la ideología mercantilista. Su función es aplicar técnicas y obtener competencias básicas en los alumnos. El conocimiento, la libertad, la ética, la pasión por el saber y la justicia, no existen porque no entran dentro del mercado. Porque aunque el mercado lo quiera reducir todo a sus leyes, no puede. Y lo que no reduce lo elimina. El profesor juega el papel profesional, perfectamente evaluable por criterios objetivos y externos, de domesticación del alumnado para convertirlo en mano de obra para el mercado. La educación siempre ha sido el vehículo ideológico del poder, la mano ideológica del poder. Y ahora el poder es el mercado. El profesor es el instrumento de este poder y por eso obedece sumisamente, simplemente porque él no es más que un instrumento. Él también ha sido perfectamente domesticado en su tiempo. Y por eso hay pocas voces disidentes, porque es difícil salirse del rebaño, porque vivir a la intemperie es duro y la soledad, o nos curte, o nos devuelve al rebaño. El profesorado juega el papel que ha jugado en todos los tiempos: el gran domesticador como instrumento del poder.

Pero esto no es lo que defiende la Ilustración. La educación como instrumento de liberación por medio del conocimiento. Conocimiento que desmitifica. Que va contra las supersticiones y las ideologías, contra lo establecido, contra la doxa común, lo consuetudinario, que diría Ortega. La educación, en su sentido ilustrado es el camino de la libertad y de la individualidad, porque no hay libertad sin individualidad. Y estos son los valores supremos de la educación, lo demás es profesión, que también será necesario, pero en otro lugar. Y la educación es la enseñanza del respeto hacia el conocimiento y hacia el que porta el conocimiento, el maestro o profesor. Y este conocimiento es su principio de autoridad y su bagaje moral. Pero todos estos principios están en retirada, sino ya destruidos por el nuevo pensamiento dominante. Y el profesorado ha jugado su papel al profesionalizarse. Me gustaría pensar que estamos a tiempo para cambiar las conciencias del profesorado, pero esto sólo es posible si se produce una revolución social que dé lugar a un cambio de paradigma y, por lo tanto de valores.

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Motivo para la reflexión. Los únicos responsables del neofeudalismo al que nos dirigimos somos nosotros. Qué le vamos a hacer. Lo del progreso es un mito, en la historia también ha habido retrocesos y estamos asistiendo a uno que se irá, paradójicamente, acelerando. Y más cuando se una lo político con lo medioambiental.

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De la Ilustración a la nueva Edad Media. Discurso de presentación de “Un grito en el desierto de lo real”

Buenas Noches.

Agradecimientos: a los presentes, al director y a Juan Y Álvaro y sus excelentes discursos.

Mi tesis es que nos dirigimos a una nueva Edad Media. No es una tesis nueva, ya leí un libro hace unos quince años titulado, precisamente, “La nueva edad media” del filósofo francés Alan Minc. Pero hoy en día la cosa está mucho más clara y el avance del pensamiento único, compuesto de neoliberalismo y posmodernismo y dirigido por el capitalismo salvaje y sin bridas, se ha acelerado y va sin frenos y a todo ello se le ha unido una política reaccionaria, de tintes fascistas que tiene como objetivo la protección del capital y las clases poderosas. Y lo que significa que nos estamos dirigiendo a una nueva edad media es que estamos dejando de ser personas, por un lado y ciudadanos, por otro. Para convertirnos en individuos intercambiables, en este caso en manos del capital, por tanto mercancía, y vasallos. Y hay que tener en cuenta que el concepto de ser persona y ciudadano, no es algo que nos viene dado en nuestra propia naturaleza biológica, sino una conquista cultural del hombre. Una conquista objetiva, por supuesto, que ocuparía un lugar autónomo en el mundo tres popperiano, pero no una realidad necesaria, ni inmutable, ni imprescindible. Y esto me lleva de nuevo al tema del progreso, que tanto he tratado. Como siempre he defendido y creo que demostrado suficientemente, y la historia empíricamente, lo confirma, el progreso es un mito. Los progresos en la historia son accidentales, locales y pasajeros. Y los retrocesos son una realidad. Con ello quiero decir que el progreso en la historia no es inevitable, ni está sujeto a leyes deterministas, ni depende del “progreso” tecnocientífico, sino que es algo mucho más prosaico. Además de que la creencia en el progreso nos lleva a formas de totalitarismos como es el que hoy padecemos. Pero, sin entrar en el ámbito de la tecnociencia, sí es cierto que existe un progreso ético y político, un proceso de civilización y que depende del uso de la razón, frente a la fuerza. Y este progreso de la humanidad, que se da de forma local, es una conquista del hombre en cuya propia naturaleza está el tenerla o perderla.

                Nosotros somos hombres que venimos de la modernidad, con sus logros y sus excesos y perversiones y que estamos instalados en lo que viene a llamarse la posmodernidad y la globalización neoliberal. Pues bien, mi tesis es que el paso de la modernidad a la posmodernidad conlleva la pérdida de ciertas conquistas ético-políticas. Ya sé que ustedes me podrán decir que los totalitarismos del siglo XX proceden de la Ilustración, y no lo negaré, lo puedo matizar. Pero lo que yo les digo es que precisamente, el neoliberalismo, el endiosamiento de la ciencia de la economía y la reducción de todo al valor del mercado es también un totalitarismo fruto de una perversión de la Ilustración enmascarado de una psuedofilosofía, el posmodernismo, que niega precisamente esa Ilustración, es curiosa esta paradoja que nadie ha observado. Y esto ocurre, precisamente, porque el posmodernismo, es la ideología del poder. Creo que tenemos dos niveles en el discurso, un nivel teórico filosófico y otro histórico empírico. El segundo es la confirmación de la tesis que mantengo en el primero. Si reducimos el periodo a los últimos cuarenta años, desde el punto de vista empírico, lo que podemos observar es que tras la máscara del progreso tecnocientífico, que no es un progreso humano, sino todo lo contrario, porque es el instrumento del poder para esclavizarnos, lo que tenemos es una paulatina pérdida de democracia, derechos sociales y derechos civiles. A la vez nos vamos convirtiendo cada vez más en siervos, tanto del mercado como de la política. Somos individuos mercantilizados, nos reducimos a nuestro valor de mercado. Éste es el hecho histórico contrastable. Lo cual implica que estamos adentrándonos en un periodo neofeudal, es decir, de carácter totalitario. También podríamos decir que nos adentramos en una nueva forma de totalitarismo fascista en la que el individuo queda anulado política y económicamente. Pues como digo, éste es el hecho histórico que creo que es innegable. Y nos sirve, tanto de punto de partida, como de confirmación de la tesis. Y eso es lo que toca ahora desarrollar teóricamente.

                La Ilustración de la que procede el mundo moderno es una defensa de la razón frente a la superstición. Es un intento de eliminar las explicaciones basadas en la superstición que el poder utiliza para manipular al pueblo y tenerlo sojuzgado, en estado de vasallaje y semiesclavitud. La razón aparece como una forma de liberación. En dos sentidos. La razón aplicada a la naturaleza nos sirve para conocer las leyes que la rigen y de esta manera dominarla. Además el conocimiento causal de los fenómenos, es decir, de una forma natural, elimina la explicación sobrenatural y supersticiosa, por tanto, esto socaba el poder del clero que en aquel entonces dominaba las conciencias. La salida de la Edad Media, que se inicia en el Renacimiento, se hace de manos de la ciencia. Y es necesario recordar aquí que el Renacimiento comienza precisamente en Al-Ándalus, durante el Califato de Córdoba, sobre todo con Abderramán I. Fue entonces cuando llega la sabiduría griega a Europa; y es traducida del griego al latín y al árabe. Y la traducción al latín permite que parte de esta sabiduría pase a las primeras universidades cristianas europeas y de ahí el desarrollo de la escolástica y el germen de la ciencia, que no sólo se recopiló en Al-Ándalus y todo el mundo árabe, sino que se amplió. Y estos son los verdaderos orígenes del Renacimiento como demuestran varios autores, como Koyré y, ahora, recientemente, en un magnífico libro, nuestro compañero Miguel Manzanera. Y, una vez dicho esto, que era necesario es menester seguir con el papel de la razón. La segunda dimensión a la que se aplica la razón es al ámbito de lo político. El poder no puede estar legitimado por dios, para empezar, éste ha sido puesto ya en duda por la razón natural. Dios ya no es lo absoluto, la naturaleza lo ha sustituido. Dios ya no es universal, lo universal es la razón. Por ello el estado no puede estar fundado ni legitimado ni en dios, ni en la herencia sanguínea, en la aristocracia. Es necesario el fundamento de la razón. Y de ese fundamento racional surgen la democracia y los derechos del hombre y del ciudadano. La razón nos proclama como iguales, libres y fraternos y nos lleva a la concepción de que la única manera de gobernarnos desde la igualdad es a partir de la democracia.

                Los derechos humanos y la democracia de esta manera dan lugar a un cambio en la concepción del hombre, o a la inversa. Lo que podemos decir es que la nueva concepción del hombre, que éste es una persona y un ciudadano hacen posible la organización política de los ciudadanos en forma de democracia. Y ésta sólo es posible si lo que tenemos son ciudadanos autónomos, libres y dotados de dignidad. Y ésta es la gran conquista política, ética y filosófica. El hombre ha dejado de ser un individuo y un vasallo sometido a la arbitrariedad del poder, tanto del clero, como de la aristocracia, para ser un sujeto autónomo, libre y que interviene en la cosa pública, la res pública (república), por eso Kant nos dice que la Ilustración es la salida del hombre de su autoculpable minoría de edad. Lo que Kant nos está diciendo es que la mayoría de edad consiste en ser autónomo y libre, en ser un fin en sí mismo, que eso es estar dotado de dignidad. Y esto se consigue por el uso de la razón, por el conocimiento.

                Pero en la propia Ilustración, aunque no vamos a entrar aquí en detalle, está el germen de su perversión. La razón se endiosa y se convierte en razón totalitaria: todo lo real es racional, todo lo racional es real, proclamaba Hegel, donde anida el fascismo que se desarrollaría en el siglo XX. Y de una visión invertida de su filosofía surgiría el marxismo, que en una visión simplificada, reduce la historia a mero determinismo que nos llevaría a los totalitarismos comunistas directamente. Lo mismo ocurriría con la idea de nación que encharcaría de sangre Europa. Y, si se dan cuenta ustedes, todos ellos tienen a la base la idea de progreso, que es el mito que los anima.

                Después de la II guerra mundial se constituye, como solución definitiva de la crisis del 29, el estado del bienestar y la socialdemocracia y se proclaman los derechos humanos. Es el momento de máximo desarrollo de los ideales ilustrados de democracia, igualdad, libertad y fraternidad. Si bien es cierto, viviendo en una burbuja. Y, además, viviendo a costa de un tercer mundo, que acababa de descolonizarse y del que habíamos vivido durante quinientos años. Aunque esto es cierto y nuestro crecimiento era a costa de otros y además vivíamos en un enfrentamiento bipolar entre los dos bloques, también lo es que la socialdemocracia fue el mayor periodo de democracia, libertad e igualdad. Y también es cierto que no sólo hubo las conquistas de la democracia y de los derechos civiles, sino que hubo una conquista de derechos laborales y sociales. Y aquí también me gustaría hacer una matización. Todos los derechos conquistados son el fruto de una lucha de la clase oprimida contra los opresores. El poder no nos ha regalado nada, se lo hemos arrebatado por medio de la lucha. Por cierto, lucha que hoy en día no se ve y que además, no sólo es que el poder intente poner cortapisas y de esa manera conculcar tanto nuestros derechos sociales, como laborales. Sino que la ciudadanía ha aceptado el discurso del poder (por eso mantengo que nos hallamos en un mundo orwelliano en el que la población piensa a través de la neolengua del poder)

                Pues bien, es este estado de bienestar, siempre perfectible, y que hemos intentado exportar como idea al mundo entero a través de la creación de una serie de instituciones como la ONU, el que ha sido puesto en cuestión y está desapareciendo. Y está siendo sustituido por un estado feudal o fascista en el que ni la persona, ni la dignidad, ni la igualdad, ni la libertad, ni la fraternidad, y, por su puesto, ningún derecho social o laboral, tienen cabida. Y todo ello a manos de un pensamiento único, de carácter economicista que es el neoliberalismo y que, como explicaré ahora, constituye otra perversión de la razón ilustrada, acompañado por la ideología posmoderna que ha producido un nuevo concepto de hombre fragmentado, sin sentido, sin saber qué le pasa, ni a qué agarrarse, fácilmente maleable, precario, sin dignidad, ni libertad, ni futuro y con un dueño, el mercado. Por cierto, no olvidar nunca que el mercado tiene nombres y apellidos. Lo que ha sucedido entonces es que el capital, en competencia siempre, porque ése es otro error, el neodarwinismo sin base científica que se ha instalado, contra los trabajadores ha querido hacerse con todo el poder. Y para ello lo que necesita es acabar con el estado. Es decir, el neoliberalismo proclama la libertad absoluta del mercado asegurando que el propio mercado se autorregula y elimina las injusticias, cosa que probadamente no es así. Las tesis neoliberales, lo que llama Stiglitz, el “catecismo neoliberal” se ha intentado imponer en distintos lugares, empezando por Latinoamérica, y a lo que ha dado lugar ha sido a grandes catástrofes económicas. Esto es: hambre, miseria, paro, desaparición de servicios públicos, desregulación total del mercado laboral, por tanto, precariedad y, por el otro lado, el enriquecimiento exponencial de unos pocos que, por otra parte, ni pagan impuestos y evaden sus capitales, engordados con el dinero público, a paraísos fiscales. Pero el fracaso del neoliberalismo no es tal. Me explico. Desde el punto de vista de la población general es un fracaso, pero desde el punto de vista del capital es un triunfo. Nunca ha crecido tanto la economía como en estas últimas décadas. Incluso, con la crisis, pues se resolvió con dinero público y las grandes economías financieras, las multinacionales y las grandes fortunas privadas siguieron creciendo. Es decir, que al capitalismo le iba bien. O, dicho de otra manera, si concebimos en términos marxistas, la cuestión como una lucha de clases, pues resulta que existe, no como otros negaban, y encima la van ganando ellos, los ricos. Pero, ¿qué es lo que ha traído todo esto? Pues bien, una transformación revolucionaria de la sociedad que habría que analizar en múltiples niveles. Aquí nos fijaremos en algunos.

La economía del bienestar tutelada y reglada por el estado es sustituida por la economía del mercado. Es decir, privatización y desregulación. Privatización de los servicios públicos y desregulación del mercado, incluido el mercado laboral. Eso crearía, según los neoliberales mayor competitividad que es, según ellos, el motor de la economía. Es el neodarwinismo acientífico. Hay más cooperación en la evolución y la naturaleza, que competencia. Ese dogma neoliberal no es más que pura ideología. Y, por eso, tanto la privatización, como la desregulación crean desigualdad, precariedad y, al final miseria. Pero crea riqueza que se acumula en pocas manos. Pero, claro, este estado de cosas da lugar a un nuevo hombre y a un nuevo estado. El hombre precario, por un lado y la política al servicio del mercado, por otro. Lo que se ha venido en llamar el precariado es lo que está sustituyendo al trabajador. Al ser el mercado el que regula el mercado laboral pone las normas que más le favorecen y el trabajador no tiene más remedio que aceptarlas o ir a la calle. Porque el problema es que según estas normas no hay trabajo para todos. Así el trabajador pierde los derechos laborales y sociales conquistados durante décadas de lucha. (Hay que tener en cuenta que lo que hemos perdido costará años en reconquistar, si es que nos es posible) Pero el significado de esto es que el ciudadano está dejando de ser libre para convertirse en esclavo, en vasallo del nuevo poder que es el mercado, el capitalista. Por tanto se está produciendo una transformación de la persona. La persona está dejando de ser tal porque ya no es un fin en sí mismo, sino un instrumento en manos de las leyes del mercado. Y dejar de ser persona significa dejar de ser libres y de tener dignidad. La dignidad se disuelve en la necesidad del precariado de aceptar las condiciones laborables miserables. Y el trabajador ya no es persona porque no es un fin para sí mismo, sino para el mercado.

                Pero es curioso que esto lo hemos ido aceptando, entre otras cosas es porque las reformas se han ido produciendo poco a poco, gradualmente. Ésta es una de las formas de control del poder sobre los hombres, como nos cuenta Chomsky. Por otro lado, aquí juega un papel muy importante la ideología posmoderna, por un lado y, por otro, el desarrollo tecnológico, sobre todo de las nuevas tecnologías de la información. El posmodernismo defiende un relativismo ramplón, el todo vale. Es un discurso construido contra la Ilustración, contra la universalidad de la razón y contra la posibilidad de crear relatos creíbles sobre el mundo. Y, claro, si esto es así, la condición del hombre posmoderno es fragmentaria, provisional, adaptable a las circunstancias cambiantes, hedonistas, sin tiempo, sólo existe el presente. Las categorías son las contrarias a las de la Ilustración. El posmodernismo es una reacción, no una crítica. Y, por mi parte, yo considero que la Ilustración es un proyecto inacabado y, por lo tanto, su crítica es necesaria. El caso es que la conciencia que crea el posmodernismo es la de un ser adaptable, sumiso, acrítico, hedonista que vive el presente, escéptico e, incluso, cínico y con esta conciencia el individuo acepta cualquier cosa. Además a la conciencia posmoderna, debido a su hedonismo egoísta le falta la fraternidad. Y eso hace posible que no pueda, ni sepa, ni quiera rebelarse contra las injusticias. Simplemente no las reconoce. Acepta el mundo que le ofrecen. Está instalado en el desierto de lo real, sólo y en la miseria y sordo ante cualquier discurso porque niega de entrada la posibilidad del discurso. De ahí lo de un grito en el desierto de lo real. El hombre posmoderno ya no escucha argumentos, quizás ni le llegue ya el grito. Y, por eso hemos perdido nuestra conquista, ni hay democracia, que veremos ahora, ni ciudadanos, ni personas. Lo que hay en su lugar es un autoritarismo que tiende al fascismo, vasallos y mercancías. Y todo esto nos adentra en una nueva Edad Media. Es, de nuevo, el triunfo de la superstición sobre la razón. Sí, superstición, porque la ciencia que se nos vende, la economía se ha endiosado, en parte esto es la perversión de la razón ilustrada. Y en parte es también superstición. Porque funciona como una nueva religión que nos redime. Por lo del vasallaje y por lo de la nueva religión es por lo que podemos hablar de una nueva Edad Media con todo lo que ello conlleva para el que era un ciudadano y persona y se ha convertido en vasallo.

Por último habría que mencionar el aspecto político. El neoliberalismo ha succionado a la política. La política se ha convertido en sierva de la economía, más bien en esclava. Una vez aceptadas las reglas del neoliberalismo que nos llevan a la privatización y desregulación el estado queda reducido a mero gendarme, al poder militar y, por otro lado a guardián de las normas del neoliberalismo. De ahí ese manido discurso de que no hay alternativas. Pues claro que las hay. Lo que no hay alternativas es dentro del neoliberalismo. La política le hace el juego al gran capital ante los ciudadanos. Los políticos son los grandes farsantes que representan el teatro de la democracia. Cuando la democracia se ha disuelto en el mercado. La política es otra forma de engañar y entretener al pueblo, cuando el poder no reside ni en el pueblo, ni en los políticos. El poder político está aliado al poder económico, por tanto, es connivente de las atrocidades de éste. El poder político utiliza la democracia como demagogia, pero en el fondo la rechaza y opta por el poder del mercado, es decir, de los que rigen el mercado que son unos pocos y muchas veces algunos de esos políticos coinciden con algunos de esos pocos. El gran engaño es perfecto. El estado de alienación de las conciencias es casi absoluto, los medios de comunicación están en manos del poder político y económico. Desde ellos se transmite el nuevo pensamiento a través de la neolengua del poder. El pueblo asume la “verdad” del poder, pero como creencia, ni siquiera se lo plantea, porque los medios y la neolengua son omnipresentes. Y por eso triunfa la superstición sobre la razón. El hombre del capitalismo es insolidario, pero, fundamentalmente, es un hombre con miedo. Primero se ha creado una conciencia individualista que no es capaz de pensar en el otro, después se le amenaza con la pérdida del trabajo, su única forma de subsistencia, su único valor, puesto que ha sido reducido de persona a mercancía. Y por eso tiene miedo y el miedo engendra la superstición. Y lo tenemos claro, los “ciudadanos-vasallos” no acuden a los clásicos filosóficos y literatos, sino a los libros de autoayuda. Una autoayuda individualista, sálvese quien pueda. No se ofrece la alternativa de la unión social. Por otro lado, esos libros de autoayuda, además de ser un síntoma de la sociedad en la que estamos, son superficiales, en definitiva, no es más que otro entretenimiento para que el ciudadano no se preocupe de lo que verdaderamente tiene importancia. Y éste es el desierto de lo real en el que estamos instalados. Y este desierto es la zona de transición hacia la nueva Edad Media o neofeudalismo hacia el que transitamos.

Muy buenas noches.                   

26 de noviembre de 2013

 



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