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La actitud de la iglesia con respecto al conflicto de Gaza es, como siempre lo ha sido, endeble, oscura, hipócrita, sin compromiso. Vamos, que no se pringa. La iglesia nunca se opone a los poderosos. Desde que empezó la secularización, la iglesia no ha querido perder el norte del estado para obtener cualquier prebenda. Ante la injusticia mira hacia otro lado y no señala a los culpables. No quiere enemistarse con el poder. Pero no se puede ser neutral en un mundo que no lo es. En un mundo en el que hay ricos y pobres, fuertes y débiles, desalmados y nobles e injusticia por doquier. Y el núcleo de la religión es la moral, todo lo demás es mito y ritual. Por eso la iglesia rechaza la teología de la liberación, porque ésta se posicionó al lado de los pobres. Como decía Jon Sobrino “fuera de los pobres no hay salvación”. La iglesia se refugia en la oración. Ésta, sin señalar al culpable, no sirve de nada, salvo para anestesiar la conciencia del creyente, para no ver. La oración sigue siendo el opio recomendado por la iglesia contra la injusticia. Desde luego una gran lección de política maquiavélica, pero, a la vez, de inmoralidad.

 

 



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