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Bueno, pues ya tenemos aquí la alerta mundial. Como siempre el brote aparece en los países pobres y los ricos nos protegeremos cerrando nuestras fronteras a cal y canto. Y, esta vez, la cosa no es de broma. Estamos hablando de una enfermedad letal, en torno al 80% de mortalidad. El miedo a la muerte ayudará a las decisiones políticas de seguridad, nos gusten o no. Pero, mientras, hemos ido viviendo, durante décadas, en una burbuja de crecimiento ilimitado a costa de producir pobreza, miseria y muerte. Ahora son enfermedades, pero llegará la escasez de alimentos (grandes hambrunas), la de agua y la de los recursos energéticos. Y, mientras, se sigue pensando en las contradictorias políticas de crecimiento económico. No puede haber un crecimiento ilimitado en un planeta limitado. Estamos asistiendo a los avisos (crisis económica, emergencia de autoritarismo mercantil, países emergentes, desaparición de la democracia y los derechos humanos, guerras geoestratégicas y geoenergéticas, cambio climático, olvidado, pero es el epicentro), de un colapso civilizatorio. Tenemos que poner remedio, pero para ello hace falta voluntad ciudadana y conciencia. Los poderosos no lo van a hacer por nosotros.



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