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En el mito del progreso que nace entre el Renacimiento y la Ilustración, el progreso se va a reducir al progreso científico-tecnológico, que supuestamente tendría una repercusión ético-moral dando lugar a una sociedad justa y feliz. En el Renacimiento y la Ilustración se unen el ideal religioso cristiano “Creced y multiplicaos y dominad la tierra” con el imperativo de la nueva ciencia “Conocer para dominar”, ya no se trata del mero hecho del saber por el mero hecho de saber de la antigua ciencia griega, como aparece en sus orígenes. Luego el optimismo ilustrado identifica educación con ilustración y ésta con liberación o libertad. Pero ésta ecuación resulta que no es cierta. Pasado los siglos nos hemos dado cuenta de que no existe esta relación causa efecto. Pero sólo unos pocos. La inmensa mayoría, incluidos nuestros gobernantes, piensan que el progreso, ahora visto como crecimiento económico, nos lleva a un estado justo y feliz. Y todo porque ha habido una pseudociencia, la economía, que se ha endiosado y ha embrujado a los poderosos. Y porque, por debajo de todo esto está el mito del cientifismo, que nos viene a decir que la ciencia es igual a la verdad, así, de forma religiosa o rebelada. Y de eso se ha recubierto hoy en día la economía y por eso el poder político obedece; eso, cuando no, el mismo poder político se identifica con el poder económico.

 



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