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El mal es connatural al hombre. Ello no quiere decir que el hombre sea malo por naturaleza, esto es un absurdo, por naturaleza el hombre no puede ser ni bueno ni malo. Puede ser agresivo o cooperativo. Y es las dos cosas. Pero el hombre ha generado cultura. Y de las múltiples formas culturales ha triunfado la nuestra, que es una cultura de la violencia, la depredación y la autodestrucción a la larga. La historia podría haber sido otra, pero es la que es. Cuando se habla de progreso no es más que un engaño, unas anteojeras reduccionistas que sólo nos dejan ver lo que a los poderosos les interesa impidiéndonos ver toda la maldad que las distintas formas de poder han utilizado para llegar donde han llegado. El resto de la humanidad no somos más que títeres engañados. Pero que, a pequeña escala nos comportamos como los grandes poderosos: nos mueve la ambición, la codicia, la fama, el dinero, las apariencias, parecer lo que no se es ante los demás. Me gustaría, no ya que la historia, sino la base de ésta, que el hombre, su condición, fuese otro. Pero nuestra condición humana es la que es, puede alcanzar lo más sublime y lo más bárbaro. Pero el hecho es que la historia de la humanidad, desde que comenzó el neolítico es una historia de horror y de crimen, de ambición, de poder, de desigualdad, de engaños, mentiras, crímenes, genocidios, torturas, dominación, esclavitud, vanidad e hipocresía. Algunas antorchas iluminan esa historia: grandes logros culturales, científicos, actos altruistas, descubrimiento de principios éticos cuasi universales, la conquista teórica de los derechos humanos, el arte, una de las formas que la cultura nos proporciona para escapar de la barbarie y que nos acerca a los dioses. Pero, el balance, a mi modo de ver, es negativo. Sólo hay que mirar a nuestro alrededor y contemplar el mal, por un lado, y, por otro, lo cerca que estamos del fin, de un colapso civilizatorio.



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