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Se muestran los artículos pertenecientes a Abril de 2014.

Epílogo. La fortuna y la necesidad como condición de la felicidad.

            Cada vez considero más que la felicidad no es el objeto de la vida, sino, como he defendido muchas veces, la libertad y la virtud. Pero es el caso que sin un cierto bienestar la vida es imposible. Pero, incluso, no ya cultural y espiritualmente, sino desde el punto de vista más animal y biológico. Pero, claro, es que resulta que la felicidad, mejor llamarla bienestar, por ser la primera algo que tiene connotaciones religiosas y filosóficas, depende, en gran medida, de la fortuna, de la suerte. Es una lotería. Pero entonces entra en juego aquí el problema de la libertad. Si nuestra vida depende en parte de nuestra libertad, de las acciones que tomamos, las cuales tendrán sus consecuencias: viviremos más o menos bien o no (además de afectar al prójimo), entonces está claro que nuestro bienestar está, al menos, condicionado por la libertad. Pero, ¿y si como cada vez sospecho más, no es este el caso? Entonces estaríamos hablando de la inexistencia de la libertad, me refiero a la libertad que tenemos de constituirnos como personas, no a la libertad política, ésa es otra historia. Y si hay una ausencia de la libertad para construirnos, para habérnosla con nuestras circunstancias, que diría Ortega, entonces nuestro bienestar está en manos de otros factores. La fortuna, que decían los clásicos o los condicionantes causales que nos marcan las ciencias: desde la historia hasta la física. Es decir, que todo el conjunto de leyes que estas ciencias describen, muy importante señalar las neurociencias, condicionan lo que de alguna manera somos. Que, en definitiva, no es más que información. Y que la confluencia entre estas leyes y su entrecruzamiento es lo que hemos llamado fortuna, o suerte, o azar y sobre ello no tenemos ningún dominio. Estamos absolutamente sometidos.

            Esto me lleva a pensar en el sabio Spinoza, al que es el momento de releer, igual que a Cioran y de nuevo la tranquila sabiduría de los estoicos, que nos decía que todo se reducía a una única substancia, un único ser, absolutamente determinado, donde no cabe el azar y todo se reduce a la necesidad de la causalidad. Y esa sustancia es la sustancia infinita, o dios, o la naturaleza. Es la postura teológica-filosófica denominada panteísmo. Dios es la naturaleza o la naturaleza (el universo) es dios. Y esa substancia infinita tiene infinitos atributos, pero nosotros sólo percibimos dos (espacio y tiempo). Y, a su vez, cada atributo tiene infinitos modos de ser, que son los seres particulares que observamos en el universo. Pero en realidad todo es apariencia porque el ser es uno. En fin, de todo ello se deduce, por la vía de la necesidad, que todo está determinado y que la libertad no es más que apariencia. Por tanto, nuestro bienestar o malestar vendrá determinado o bien por el determinismo férreo, o por el azar ciego. Pero, si seguimos a Spinoza, o los sabios estoicos, entonces resulta que nuestra felicidad consistiría en la aceptación de nuestro ser. Y en ello consistiría nuestra libertad y la alegría de vivir. En aceptar lo inevitable, eliminar el deseo, identificarse con la ley universal del cosmos para diluirse en él. Algo, también, muy similar a la sabiduría budista.

            Todo esto está muy bien, pero lo que ahora me preocupa es que los que no somos sabios, sólo gente de a pie, como mucho filósofos, tomamos cada día decisiones que construyen nuestra vida, además de afectar a la de los que nos rodean y, a veces, decisiones radicales, en el sentido de que producirán un cambio radical en nuestra vida, quizás irreversible, casi siempre. Y estos son los dilemas con los que nos vemos enfrentados a veces. Y digo bien, dilemas, las dos o más opciones que se nos plantean son posibles. Y por ello los dilemas no tienen solución porque cualquier solución es viable. Los problemas, en cambio, tienen solución. En nuestra vida, en tanto que estamos constituidos éticamente, nos las tenemos que haber siempre con dilemas. Sólo la sabiduría y la prudencia nos pueden ayudar; pero, ¡son tan inalcanzables!

La utilidad de lo inútil.

"Que no es una ciencia productiva resulta evidente ya desde los primeros que filosofaron; en efecto, los hombres -ahora y desde el principio- comenzaron a filosofar al quedarse maravillados ante algo, maravillándose en un primer momento ante lo que comúnmente causa extrañeza y después, al progresar poco a poco, sintiéndose perplejos también ante cosas de mayor importancia...Ahora bien, el que se siente perplejo y maravillado reconoce que no sabe...Así pues, si filosofaron por huir de la ignorancia, es obvio que perseguían el afán de conocimiento y no por utilidad alguna." ARISTÓTELES.

Acabo de leer un magnífico librito de Nuccio Ordine publicado con este título en la editorial Acantilado y me ha hecho recordar de dónde viene uno, cual es la tradición de Occidente, el valor de la ciencia, el conocimiento, el arte y la filosofía. Me ha recordado el valor del saber, inmensamente mayor que el valor del tener y del intercambio mercantil. Me ha recordado los fundamentos teóricos de Europa a los que hemos renunciado cayendo en un reduccionismo barato, pueril y extremadamente peligroso, el de la utilidad y, sobre todo, el confundir la utilidad con el valor del mercado. Este último reduccionismo ha creado un mundo unidimensional en los que los ciudadanos, en pro de la utilidad de toda actividad humana se han convertido en esclavos del mercado, clonados por el mismo patrón, sin pensamiento y sin ser.

Tanto la ciencia en sus orígenes, que es lo mismo que la filosofía, es un saber que es estrictamente inútil, y ésa es su gran virtud, lo que lo convierte en teoría que únicamente obedece al afán del conocer por el mero hecho de saber, instigado este afán por la curiosidad y el asombro o admiración ante el misterio de lo real. Misterio que se resuelve por el ejercicio de la razón, desinteresadamente saber qué es lo que subyace debajo de esos fenómenos enigmáticos que nos maravillan. Y este proceder es el cultivo del alma. Las artes la ciencia y la filosofía nos humanizan. Esa es la utilidad de su inutilidad.

Pero el problema no está en los griegos, que distinguen muy bien entre técnica y teoría, sino que comienza en el Renacimiento, cuando se produce una ruptura, con el nacimiento de la ciencia moderna en el siglo XVII, entre el saber técnico, ligado ya para siempre a la ciencia (aunque ésta siga existiendo como saber puro y teórico) y las llamadas humanidades: las artes, la historia y la filosofía. El principio que empieza a declararse es que el saber no sólo tiene como objetivo el saber, sino el hacer. “Saber para poder”. El concepto de utilidad introduce la finalidad. El saber no tiene el fin en sí mismo, sino fuera de él y a eso se le llama la utilidad. El saber es tal en tanto que es útil y útil significa que sirve para transformar el mundo y dominarlo. Los saberes que no tienen esta dimensión dejan de ser saberes, son inútiles y despreciados. La visión del mundo ha cambiado. El siguiente paso, que comienza con el desarrollo del capitalismo y llega a nuestros días, es cuando lo útil se reduce a la utilidad económica. Entonces todo el conjunto de la sociedad se somete al valor omnipresente y omnipotente del mercado. Todas las relaciones sociales, las relaciones con la naturaleza y las relaciones de trabajo, son relaciones mercantiles. Las instituciones, tenemos el caso paradigmático de la educación, se reducen al valor del mercado. El ciudadano deja de ser tal, para convertirse en mera mercancía, que es lo único que tiene valor evaluable económicamente.

Pero esto es la barbarie y no tiene nada que ver con la tradición europea, al menos en sus orígenes, ni tampoco con el humanismo del Renacimiento, ni con la libertad y la dignidad que la razón ilustrada nos aporta. Lo que ha sucedido es que se han reducido, de forma bárbara, las capacidades y las diferentes dimensiones de la existencia humana. La vida, la existencia, el quehacer diario, no se reducen a lo útil, y menos a la utilidad económica. Eso sin mencionar que la actividad teórica científica, que realizan los científicos por pura admiración, siguiendo el antiguo espíritu griego, después se ha transformado, sorprendentemente e inesperadamente en algol útil, y además en algo económicamente útil. Pero si sustituimos la actividad teórica del científico nos estamos quedando sin el manantial del que brota el saber. Y eso está ocurriendo porque el saber se ha reducido al saber económicamente útil. Es el único financiado.

La vida tiene distintas dimensiones, la utilidad es una y la mercantil es una de estas. Pero el deleite estético, la contemplación, la amistad, el juego, la familia. Y luego los valores políticos: libertad, fraternidad, igualdad y justicia forman parte de un hombre integral, de un ser libre en una sociedad libre, regida por la ética y no por el mercado. Y son estas múltiples dimensiones las que abarcan las humanidades: los saberes estrictamente inútiles. Y ahí está precisamente su valor. No sirven para nada, salvo para ser, que no es poco. Pero hoy en día este inmenso saber de siglos ha sido abandonado precisamente por su valor, su inutilidad, ha sido relegado al pasado y con ello estamos en un extremo peligro, estamos cayendo en la barbarie, en la ausencia de pensamiento, de sensibilidad, de libertad y estamos vendiendo nuestra vida al diablo. Nos estamos convirtiendo, bajo el paradigma del pragmatismo y utilitarismo, en esclavos del mercado en auténticos autómatas de visión plana incapaces de ver en profundidad porque el saber acumulado de siglos le ha sido arrebatado. El saber que nos construyó como personas y ciudadanos es despreciado, vilipendiado y arrinconado. Estamos perdiendo la humanidad que es la utilidad de lo inútil y la estamos cambiando por un egoísmo-hedonista con sede en el consumo que es el motor que alimenta al mercado. El hombre actúa en función de sus valores. Si los valores han desaparecido y sólo queda el valor del mercado, el hombre deja de ser tal y se convierte en cosa que se puede consumir. Es el ideal del mercado: convertirlo todo en objeto de consumo, incluido al propio hombre y las instituciones sociales que lo rigen y gobiernan.

Por ello es menester recuperar esa inutilidad y de ahí su utilidad. El humanismo nos recuerda que somos seres dentro de un cosmos en el que no ocupamos el centro precisamente. Pero nuestra vida es un disfrute de los sentidos y la razón, sin ir más allá de este disfrute. La razón, por su parte, nos hace accesible el conocimiento. Pero el valor del conocimiento es la libertad, pero no la del mercado, sino la de la persona. Somos en tanto que somos libres, sujetos autónomos, ahí radica nuestro ser: en la dignidad. Por eso el conocimiento es un camino hacia la libertad. Y hacernos más libres es hacernos más persona y más ciudadano. Y ésta es la utilidad de lo inútil: hacernos, en una palabra, humanos.



La felicidad y la amistad. 

“Debemos buscar a alguien con quien comer y beber antes de buscar algo que comer y beber, pues comer solo es llevar la vida de un león o un lobo.” Epicuro.

Un escéptico sin esperanza acaba convirtiéndose en un nihilista. Aunque parezca contradictorio el escéptico mantiene la esperanza porque su actitud no es la negación, como popularmente se le atribuye, sino la búsqueda. Lo que ocurre es que el escéptico, desde la razón, duda y desconfía, pero desde el corazón mantiene la esperanza, aunque desde la provisionalidad. Y esto viene a cuento de que hoy voy a hablarles de la felicidad y la amistad. Desde muchos años acá, como saben, estoy convencido que lo importante en la vida es la libertad y la dignidad. Que la felicidad tiene que pasar a segundo plano e, incluso, que ésta, en el mundo posmoderno e individualista en el que vivimos no es más que una forma de control sobre el pueblo para convertirlos en súbditos divertidos. Pero todo ello no quiere decir que la felicidad, en su sentido más profundo, no sea una dimensión fundamental, yo diría que connatural, del  hombre. Todo hombre, como nos decía Aristóteles, busca el bien supremo y a esto es a lo que llamamos felicidad. Y ésta consiste en la conquista de la virtud moral y la virtud intelectual. Y la conquista de ambas requiere esfuerzo y ejercicio. La virtud moral es elegir el justo medio entre dos vicios. No es la eliminación, sino la mesura. Por eso es la prudencia la que nos hace elegir el justo medio y la fortaleza la que nos mantiene en el ejercicio de la virtud hasta que ésta, se convierte en hábito. Y es curioso que este ejercicio de la virtud nos hace libres, porque el vicio moral, como el físico, nos hace esclavos, la virtud nos hace libres. Y por aquí hay una unión entre felicidad y virtud. Las virtudes intelectuales son el cultivo de las ciencias, el arte, la filosofía, todo aquello que es la contemplación intelectual. Y como nuestra propia naturaleza es la racionalidad, pues nuestro fin propio es el cultivo de ella y de ese cultivo, más el ejercicio de las virtudes morales surge la felicidad, el bien supremo, que, en definitiva, es un placer. Y aquí se nos une el pensamiento aristotélico con Epicuro y el hedonismo. La felicidad reside en el placer. No se concibe una vida feliz sin placer. Pero el placer está en la mesura. Toda desmesura es proteica, como ha ocurrido con la civilización occidental, y autodestructiva. Infelicidad y desgracia.

Pero resulta que tanto Aristóteles, como los hedonistas no se conforman con decir que la felicidad está en la virtud, sino que hablan de los bienes, que son aquellas cosas que podemos poseer y que nos hacen la felicidad más accesible. Y ambos coinciden que el mayor bien es la amistad. Sin amistad no hay posibilidad de felicidad. El hombre es un ser social y necesita de compañía, amigos y comunicación. Pero la amistad auténtica está sólo al alcance de los que han alcanzado la virtud. Generalmente la amistad está regida por el interés propio, el egoísmo. Es necesaria, pero es una amistad inferior. La amistad superior es la que se tienen dos hombres que hablan desde la contemplación, desde el mundo de la inteligencia, la razón y la sensibilidad. Es el complemento de la sabiduría, porque el conocimiento sin comunicación es un conocimiento que no acaba de realizarse. Y esta amistad es desinteresada, porque tiene un interés común, el mundo del espíritu o de la cultura o de la inteligencia. Esta amistad lo que produce es una comunión de los espíritus de ahí la sensación de habitar en un mismo pensamiento, una misma conciencia, de identificación plena con el otro, aunque haya desacuerdos en la conversación, un sentimiento de complicidad. Esta amistad no está sometida a las leyes del tiempo. Al no haber interés de por medio la separación sólo puede producir nostalgia, nunca rencor y menos odio, como ocurre en las amistades regidas por el interés propio, aunque sea el mero interés de no estar solos. La amistad de los hombres nobles salta por encima del mundo físico y se instala en el mundo de la conciencia. De ahí esa sensación, pasado el tiempo, de complicidad, intimidad, simultaneidad, cuando se vuelve a hablar con el amigo. En fin, que la virtud más la amistad del hombre noble es una garantía de auténtica felicidad. El hombre noble también puede alimentarse con la amistad de los hombres del pasado o del presente a través de la lectura porque ésta es la conversación de la humanidad. Pero aquí hay ya una mediación y una falta de la presencia física que es fundamental.

Hay un tema muy interesante que es el del amor y la amistad. En primer lugar el enamoramiento, que nos hace felices y pletóricos, en realidad es un estado transitorio, una distorsión de la conciencia, que decía Ortega, o una idealización cristalizada, que diría Stendhal. Éste no supera la prueba del tiempo. Más bien es un mecanismo biológico dirigido a la procreación. De ahí su duración, de uno a tres años, después la idealización se convierte en rutina y tiempo que todo lo destruye. Pero como somos animales culturales pues resulta que tras el enamoramiento, pues puede surgir el amor, que sería la amistad que queda tras los rescoldos del enamoramiento una vez destruido por el tiempo. Pero esta amistad también está sometida al interés y por eso decía Ortega que el enamoramiento es algo que a uno le pasa, pero que el amor es tarea. Por ello, quizás es muy difícil que la amistad que surja de este amor sea la amistad del hombre noble, no digo que no pueda ser, que en muchos casos lo es. Además en la amistad a través del amor intervienen otros factores, como es la convivencia, un proyecto de vida en común, en fin, múltiples factores, que lo mismo que unen indisolublemente, pueden separar irremediablemente.

¿Y la amistad entre hombre y mujer es posible sin mediación sexual, o está sometida a éste interés particular? Difícil y apasionante tema del que cada cual tendrá su experiencia y que dejamos para otra ocasión.

 

La felicidad y la amistad II

 

Vivo sin vivir en mí
Y tan alta vida espero
Que muero porque no muero.

Vivo ya fuera de mí,
Después que muero de amor;
Porque vivo en el Señor,
Que me quiso para sí:
Cuando el corazón le di
Puso en él este letrero,
Que muero porque no muero. Santa Teresa de Ávila.
 

 

 

¿Y la amistad entre hombre y mujer es posible sin mediación sexual, o está sometida a éste interés particular? Difícil y apasionante tema del que cada cual tendrá su propia experiencia.

Ante todo, para intentar un acercamiento a una respuesta, imposible, por otro lado, hay que tener en cuenta que el amor es una cuestión cultural. Que forma parte de nuestra segunda naturaleza y que emerge estrictamente de lo biológico que tiene como fin la reproducción. Pero, claro, sobre esta base biológica surge el amor y también la amistad como formas culturales. Por eso existen múltiples formas de amor a lo largo del tiempo y las culturas. Si nos vamos a nuestros orígenes griegos tenemos la referencia fundamental de Platón en sus dos obras, El Banquete o del amor y Fedro o de la belleza. Las dos hablan del amor-amistad sólo que desde diferentes perspectivas, el primero desde lo que le ocurre al sujeto y el segundo desde cuál es el objeto del amor. Y en ambos casos se presenta de forma dialéctica. Es decir, el amor  entendido como un proceso que va desde lo particular a lo universal. Por eso el primer discurso de El Banquete está basado en un mito. Eros, el dios del amor, arrebata la conciencia del enamorado, de ahí la ceguera de éste, su estado de locura y alienación. Como nos dice después Ortega. Y el último discurso es el de Sócrates, que asume los anteriores discursos en lo universal. En definitiva el amor es identificado con el deseo. Y el deseo es siempre de algo que no se tiene. Si lo tenemos no hay amor. Ahora bien, también queremos no perderlo. El amor en tanto que carencia busca realizarse en la posesión de lo que no tiene. Y lo que le falta al amor, que ya no es un dios, es precisamente: la verdad, la belleza, el bien y la justicia. Por eso entre los griegos el amor es entendido como búsqueda de la belleza que unifica todo lo demás. El amor es la tensión que sentimos cuando buscamos “engendrar en la belleza”: buscamos y encontramos la belleza en un cuerpo, después en todos los cuerpos, más tarde, en la naturaleza, posteriormente en la ciencia (las leyes que rigen la naturaleza: la verdad) y, por último, en la justicia: las leyes que rigen la ciudad. Y todo esto en su totalidad nos lleva a la belleza en sí. La amistad entre hombre y mujer, entendida desde esta perspectiva del amor, se puede considerar, perfectamente, como una búsqueda de la belleza y la verdad. Pero, claro, y aquí está la cuestión, en el mundo griego, para empezar, este amor-amistad se da entre los varones acomodados que tienen tiempo para la filosofía y el arte. Y, para seguir, la sexualidad no es un tabú, sino algo natural. De aquí la homosexualidad griega. Por ello, para ellos nuestra pregunta carece de sentido. Los griegos amaban el cuerpo. Aunque en Platón está el germen del dualismo cuerpo-alma, persiste el espíritu dionisiaco, aunque bastante extirpado ya, como denuncia Nietzsche. Pero, claro, nuestra civilización tiene tres patas: la griega, la cristiana y la romana. Y es el cristianismo, de la mano fundamentalmente de Agustín de Hipona, interpretando a Platón, “el cristianismo es platonismo para el pueblo”, decía Nieztsche, el que va a considerar el cuerpo como el origen del mal, sobre todo en lo que a la sexualidad se refiere. Y la mujer va a ser la parte que más pierde en todo esto; porque nos vamos a encontrar toda una fundamentación mitológico religiosa del patriarcado que durante siglos aplastará a la mujer y cuya visión aún permanece. La sexualidad sigue siendo tabú, el espíritu dionisiaco fue aplastado definitivamente hasta que es recuperado por Nietzsche y el romanticismo y pensado por Freud. Y es en éste último en el que nos vamos a fijar. Freud lo reduce todo al instinto o pulsión del placer y al de muerte. De tal forma que toda relación, desde la infancia a la muerte, viene mediada por el principio del placer. El principio del placer abarca la sexualidad, no se reduce a ella. Es decir, que no tiene como objetivo la procreación. Y, desde aquí sí podemos aventurar una respuesta. La relación de amistad entre hombre y mujer viene mediatizada por el principio del placer, pero como toda relación. Puede ser que haya más carga sexual en esta amistad, lógicamente, por imperativo biológico. Por eso la amistad entre hombre y mujer es más inquietante, estimuladora, se dan más la confidencia y los silencios, es más impulsiva y menos serena, porque en el fondo siempre está esa sexualidad del principio del placer acechando. Y el tabú de la sexualidad heredado del cristianismo, cristalizado en forma de represión, guiando nuestros impulsos.

En fin, la filosofía ha tenido como temas fundamentales el amor y la muerte. Ahora son también objeto de la ciencia. Pero, por mi parte, creo, que es el arte: la literatura, la pintura y la música, el que nos abre las puertas al “entendimiento” de todo esto. Pero el arte muestra, no demuestra nada, ni falta que le hace. Y muestra lo inefable. Y el amor, la amistad, la muerte forman parte de lo inefable.

 

 



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