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Se muestran los artículos pertenecientes a Noviembre de 2015.

La soledad.

“La medicina cuida los males del cuerpo, la sabiduría suprime los males del alma”. Demócrito de Abdera.

La soledad es la eterna compañera del hombre. Podemos huir o buscarla. Pero ella siempre vendrá a nuestro encuentro. El dolor y el sufrimiento que son los que nos hacen tomar consciencia de nosotros mismos, de nuestro yo, son intransferibles, son los que nos anuncian quiénes somos realmente. Pues bien, este dolor y sufrimiento se nos dan en la más estricta soledad. No podemos comunicar nuestro sufrimiento, sólo lo podemos sufrir nosotros. Nacemos solos y morimos solos. Y nuestras relaciones con los demás son relaciones teatrales, generalmente, de máscaras que nos ponemos y quitamos, según las circunstancias y con quien estemos.

En realidad, estamos siempre solos, pero no nos damos cuenta porque los demás nos distraen de nuestra soledad. Y eso es lo que buscamos, distracción, no saber nada de nosotros, echar tierra encima. No nos queremos ver. No huimos, en realidad, de la soledad, huimos de nosotros mismos. Huimos de nuestros monstruos, de aquello a lo que no nos queremos enfrentar, nuestras emociones y afectos, lo que realmente somos. Cada vez que huimos de la soledad nos negamos a nosotros mismos. Y no es que niegue el carácter social del hombre, ni mucho menos. El hombre es tal porque es social. Sino que lo que quiero decir es que nos construimos a nosotros mismos en relación con los demás. Pero esas relaciones con los demás y con el mundo, el principio de realidad, que diría Freud, nos produce fracasos, frustraciones y, todo ello, da lugar a la represión y a la autonegación del sí mismo. A vivir una existencia inauténtica. Esos son los fantasmas de los que hablo y, por eso, digo que uno huye de sí mismo y no de la soledad. Es imposible huir de la soledad porque la soledad, igual que la sociabilidad, conforma nuestra condición. Estamos “condenados” irremediablemente a vivir solos. Los amigos se van y uno se queda solo, al final siempre se queda sólo. Y, mientras más miedo se tenga a sí mismo, mientras más quiera ocultarse, más ansía la compañía de los demás. Son curiosos esos dos personajes contrapuestos de las fiestas, el que permanece quieto en un rincón, observando, con su vaso en la mano, incapaz de comunicar nada a nadie, a pesar de que su cerebro está en plena ebullición. Y ese otro danzarín que no para de ir de un lado para otro, de saludar a gente, de estar continuamente hablando y no decir nada. Ahí tenemos a nuestros personajes, el solitario, que no encaja en las multitudes; es alguien que cuando hay más de tres empieza a diluirse y el que huye de sí mismo y va picoteando como una mariposa de uno en otro.

Si vivimos fundamentalmente en la multitud nos olvidamos de nosotros mismos, aunque a veces suframos el aguijón de la soledad. Pero no aprenderemos nada en nuestra vida, a menos que suframos una tremenda desgracia, que la sufriremos, porque así contemplaremos la muerte: como una desgracia, una gran pérdida, con miedo, porque la muerte es la máxima soledad, siempre se muere solo, en ese tránsito no nos acompaña nadie.

Por el contrario, la soledad es nuestra maestra. Ya lo decía Pascal: todos los males del hombre empiezan porque no es capaz de permanecer una hora solo en su cuarto. O, también, decía: todos los males del hombre proceden del momento en el que cruza el umbral de su casa. Es decir cuando abandona la soledad, su sí mismo, para echarse en manos de la multitud. Decía que la soledad es nuestra maestra. Y lo es en el sentido de que la soledad nos enseña a mirarnos a nosotros mismos cara a cara. La soledad es la única manera que tenemos de sacar a la superficie nuestros fantasmas, esos que habitan en el inconsciente, sobre los que hemos echado toneladas de escombros encima para no verlos. La soledad y el silencio es el estado en el que hay que estar para enfrentarnos a nuestras heridas del pasado. Hay que reconocer las heridas, hay que saber qué emociones han producido y, después, soltarlas, son el pasado, ya no pueden hacernos daño y así podemos ser quien realmente somos sin el condicionante del pasado y, de esta forma, ya no necesitamos máscaras para relacionarnos con el mundo somos lo que somos y nada más. Todos nuestros miedos, nuestras frustraciones, odios, iras, cóleras…van alimentando nuestro ego para tapar esas heridas. Y, a medida que el ego engorda, nuestro yo interior se va ocultando, tiene miedo, está totalmente anulado y sustituido por el ego. Es en el ego en donde vivimos. Por tanto vivimos una existencia inauténtica. Y, de ahí, el miedo a la soledad. Porque a ésta el ego no le engaña. La soledad es el profundo silencio y en el silencio nos escuchamos a nosotros mismos, primero al cuerpo, después a la mente y, por último, al espíritu. Ante el profundo silencio el ego queda desarmado y entonces es cuando aparecen nuestras emociones, todo aquello que no queremos oír, todo lo que tenemos oculto bajo el ego. Vivimos en el engaño del ego, pero basta un poco de soledad para desenmascararlo. Pero, para esto hace falta valor. En realidad nos enfrentamos a la construcción que hemos hecho de nosotros mismos y todo para ocultar las heridas del pasado. Y ahora resulta que todo se nos viene abajo, que todo es apariencia. Lógicamente, esto, salvo casos excepcionales, no se da en un momento, sino que es un proceso en el que poco a poco vamos reconquistando nuestro yo interior, para empezar, porque realmente este es el comienzo. El siguiente paso es recobrar la dimensión espiritual de ese yo interior. Cuando digo espiritual me refiero a la dimensión ética, social y mistérica que tiene el hombre, no me refiero a la religión como institución, independientemente de que el espíritu religioso sea eminentemente espiritual.

En consecuencia la aceptación de la soledad es la aceptación del reto a encontrarnos con nosotros mismos. Es lo que nos llevará, en un eterno diálogo, a un autoconocimiento. Un diálogo entre racional e intuitivo y, como resultado de este diálogo comenzará a surgir nuestra sabiduría. Porque aprenderemos realmente quién es el otro, no la máscara del ego con el que se nos presenta, sino alguien igual que yo y, por eso mismo, igual que yo soy digno de compasión, él también lo es. Debemos dar este salto en nuestra consciencia: ser compasivos y autocompasivos. Pero no podemos ser lo primero sin ser lo segundo. Y nos tenemos compasión porque hemos llegado a conocernos a nosotros mismos. Y lo hemos hecho a través de la soledad. Podemos utilizar la reflexión, la oración, la meditación, el viaje en solitario (que es siempre un viaje interior), el deporte en soledad…da igual, el caso es que será la soledad y su silencio siempre nuestra compañera de viaje. Y, al final, el sabio será siempre el mismo e igual ante todos.

La educación como vuelta al Ser.

Nos encontramos en una encrucijada civilizatoria y, como tal, exige un cambio paradigmático. Más que un cambio es una transformación una revolución de todas las estructuras sociales. Desde mi punto de vista esta transformación tiene que tener una dirección y un sentido. Y yo creo que es la vuelta al Ser, la eliminación de la dualidad y el reconocimiento de que somos Uno. Esto en lo que se refiere a todos los ámbitos, la estructura misma de la sociedad y los individuos. Pero en esta ocasión vamos a hablar someramente de educación. No se trata de hacer una crítica a la situación actual, éstas ya se hicieron en su momento. Ahora, una vez demolido lo viejo, al menos en el sentido teórico, hay que volver a la construcción. El león, siguiendo a Nietzsche, se transforma en niño. Y, justamente ese es el sentido de la nueva sociedad, la creatividad. Pero ésta ha de aprenderse en la escuela o, dirigirse, porque todos tenemos más o menos creatividad. Además de que la creatividad se dirige a muchos ámbitos múltiples y diversos.

Pues son estos principios los que debemos aplicar a la educación. Pero, para eso, debemos de corregir una serie de conceptos que se usan tanto teórica, como prácticamente, de forma errónea. Estos conceptos son los de educar, aprender, aprehender, conocimiento e información y sabiduría. Para empezar lo que yo propongo es que el objetivo de la educación y de la enseñanza es conseguir formar a hombres sabios. Ése es el fin último de la educación. Y es un fin en sí mismo que conlleva, por ello, la libertad y autonomía del alumno que ha de ir siendo fomentada y acompañada desde el principio hasta el final. No se confunda la libertad y la autonomía con dejar al alumno hacer lo que quiera, la disciplina, en el sentido de guiar, es imprescindible. Guiar es llevar por el buen camino, advertir de los senderos y atajos que no llevan a ningún sitio. No tiene nada que ver con la fuerza, sí con la autoridad moral e intelectual del profesor. Por eso, antes de nada, el profesor ha de ser preparado como un sabio. Advierto que algunos pueden empezar a ver esto como una utopía. Pues no lo es, lo que sucede es que la educación y enseñanza que yo propongo va unida al cambio de paradigma que ha empezado y durará décadas si se puede llegar a realizar, porque, la verdad, tenemos serios peligros de autodestrucción.

Bien, pues educar es guiar, llevar de la mano, pero teniendo en el horizonte la autonomía. El niño no aprende sino hace las cosas sólo, si no se equivoca. Ahora bien, no estoy hablando sólo de aprender y de aprender lo de siempre, sino que estoy hablando de aprehender y en todos los ámbitos de la vida. La educación infantil no debe reducirse a la enseñanza, debe ser educación, fundamentalmente. Lo mismo que la enseñanza media no debe ser educación, sino, fundamentalmente enseñanza. Pero cuando hablo de enseñanza no me refiero a la enseñanza de lo de siempre. Hemos dicho que el objetivo es conseguir hombres sabios. Y el sabio, no es el que sabe mucho, eso es un hombre erudito, de conocimientos, pero no tiene por qué ser sabio. El sabio, para empezar, ha integrado el saber, sea mucho o poco y tiene, por otro lado, un saber integral, científico-técnico, humanístico, artístico, ético y espiritual. Y ese saber, en tanto que lo hace sabio lo va a dotar de una forma comprometida de estar en el mundo. Una forma que le va a llevar a intentar transformar el mundo y a buscar la justicia. Por otro lado, la sabiduría es unidad. Lo que va a recordar el sabio es la unidad perdida. Y esa unidad es la unidad con el Ser y con toda la humanidad. Si de nuestras escuelas salen sabios no habrá dualidad y sin ella, no habrá violencia. Pero para ello es necesario educarlos en toda la amplitud del espíritu y en todas las dimensiones de su inteligencia. Al estar en un momento revolucionario lo que sucede es que estamos pasando de un paradigma (forma de ver y estar en el mundo) a otro que desconocemos y que no podemos ver. Pasar de paradigma requiere de un salto, de una revolución. Por eso es más fácil que lo vean las futuras generaciones que nosotros. Lo que nosotros podemos hacer es anunciar y abrir el camino. Somos los que nos hemos dado cuenta de las anomalías del antiguo paradigma e intentamos, a tientas, poner las bases para el nuevo.

El objetivo hasta ahora de la educación era, sin tener en cuenta lo social, que lo veremos después, era el aprender. Pero esto tiene un grave problema. El aprender es algo que se nos queda en la superficie. Lo aprendido se nos va con la primera ráfaga de viento. Y, mucho más, si ha sido aprendido por la fuerza y sin la colaboración del alumno. Con el aprender podemos conseguir conocimientos, que no está mal, además son necesarios para desarrollar las actividades de la vida, pero, no sabiduría. El conocimiento es un conjunto ordenado y deducible del saber, que es necesario aprender. Pero hay que dar un paso más. Advierto que cuando hablo del conocimiento me refiero a todo el ámbito del saber. Y ese paso más es el que nos lleva a la sabiduría. De lo que se trata no es sólo de aprender, sino, fundamentalmente de aprehender, de que el alumno haga suyo el conocimiento, de que lo interiorice. Si interioriza el conocimiento se obrará un milagro en su ser. Podrá dialogar consigo mismo y aprehender cada vez más. Se obrará una transformación interna. Porque somos nuestros pensamientos. Nuestros pensamientos nos construyen y nos hacen sentir y actuar. Por eso tienen una proyección ética, política, espiritual, estética… Y, además, esos pensamientos están en continuo diálogo. De esta manera, el saber juega su papel fundamental que es el de transformar al individuo convirtiéndolo en sabio. No hay que olvidar que nuestra línea directriz es la autonomía y la libertad. Por tanto, el proceso de enseñanza debe fomentar esta actitud, tanto en el alumno como en el profesor. El profesor, desde su autonomía, debe tratar al alumno como sujeto, no como objeto; es decir, como alguien que puede pensar por sí mismo. Lo que necesita es la ayuda y ciertos conocimientos imprescindibles para aprender a pensar por sí mismo, a ser libre. La mejor manera de pensar por uno mismo es aprehender, interiorizar el conocimiento. Si sólo se aprende, no hay nada sobre lo que pensar y el alumnado, como es el caso en la actualidad, sale de los centros educativos sin conocimiento y esclavos. Han aprendido a la fuerza, de memoria, sin placer, sin interiorizar, sin interés, compitiendo por una nota. Esto no es educación, esto es un sistema de esclavitud. Por eso hoy en día en la sociedad hay masa, no ciudadanía. Hay vasallos, no ciudadanos, hay esclavos que obedecen, no sabios que quieren transformar el mundo, hay miedo y odio, en lugar de unidad con el Ser, compasión y fraternidad. Sigo siendo socrático, el saber nos ennoblece, nos da la virtud. Pero solo el saber aprehendido, no el mero conocimiento que, incluso, puede ser utilizado con la mayor maldad posible como ya hemos visto a lo largo de estos últimos siglos.

Y, hablando de Sócrates, es necesario hacer un breve apunte de cómo se enseña. Pues muy sencillo, la metodología para enseñar y que el alumno aprenda es la dialéctica, el diálogo o la mayéutica. El diálogo, y esto es válido para cualquier ámbito del saber, despierta la admiración y la curiosidad connatural al niño y al joven de saber. Con el diálogo sacamos sus aptitudes para el saber, a la par que le damos la autonomía del aprehender. Porque si el alumno se da cuenta mediante el diálogo de que es él quien aprende (el profesor socrático señala el camino, es la autoridad y la disciplina), entonces lo que aprende lo aprehende y esto es realmente lo que nos importa, porque esto lo hará libre, perderá el miedo y la pereza y se atreverá a pensar por sí mismo, será un hombre sabio.

                Por el contrario, en la actualidad las escuelas son fábricas de trabajadores o asalariados, cada vez más precarios. El objetivo de la escuela es la empleabilidad. Es decir, que se produce, desde el inicio, una alienación total y absoluta del alumno, que no es considerado persona sino mercancía. De ahí la  obligatoriedad de la enseñanza. ¿Cómo es posible pensar democráticamente en un sistema obligatorio de enseñanza? Esto es una prueba de que realmente no estamos en democracia porque la mayoría, siguiendo a Platón es ignorante, que es lo que al poder le interesa. Por eso votan por tradición, por intereses particulares, por miedo…nunca por la justicia social. Y, siempre, desde el dualismo: el malo y el bueno. Pero de la democracia desde la perspectiva de la vuelta al Ser hablaremos otro día.

El sistema actual de educación es una maquinaria de producción para poder alimentar al capital que es insaciable debido a su premisa de crecimiento ilimitado, la cual es contradictoria. De modo que el alumno es enseñado por la fuerza en una serie de destrezas que le permitirán realizar un oficio, desde el de médico hasta el de carpintero. Todos brillan por su deshumanización. Porque es eso de lo que carece la enseñanza: humanización. Si se educa en la esclavitud y la competencia lo que se hace es deshumanizar. Se separa al hombre del Ser y de la propia humanidad. El dualismo es absoluto. Por eso nuestras sociedades son sociedades: del miedo, la escisión, la locura, la pobreza, la miseria, la competencia, la ausencia de sentimientos, la deshumanización, el valor absoluto del dinero, la unidimensionalidad que nos da una visión plana de las cosas, que nos muestra unas apariencias al gusto de los poderosos.

Y, por último, afirmar que sólo cambiaremos el mundo cambiando nuestras consciencias. El tiempo de los partidos, los sindicatos…ha pasado. La crítica a las instituciones ha sido la tarea necesaria de demolición para llegar al momento de construir algo nuevo. Pero, insisto, esto ha de hacerse desde la transformación de nuestra consciencia. No podemos cambiar al otro, pero sí podemos cambiarnos a nosotros mismos. Entonces el otro cambiará.



La única esperanza es un salto de consciencia. Pasar del paradigma del egoísmo y la competitividad al del altruismo y la compasión. Es decir, trascender el dualismo.

“Tiene más valor una mazorca de maíz que un anillo de oro”

 

Nosotros no somos los dueños de la tierra, somos los habitantes de la tierra, sus hijos y hermanos de todos los seres vivos. La idea fuerza de la cultura occidental de considerar la tierra como propiedad da lugar a la destrucción de la humanidad. La idea de que somos parte e hijos de la tierra da lugar a la convivencia pacífica con la naturaleza y con los demás. Es la diferencia entre la competitividad y el egoísmo, frente al altruismo y la compasión. Hacemos y somos lo que pensamos y creemos y así ha funcionado nuestra civilización, pero hay muchas otras que no han funcionado así. Hemos triunfado sobre todas las demás porque nuestra civilización tiene en su origen una idea fuerza depredadora “Creced y multiplicaos y dominad la tierra” que al unirse con el desarrollo científico y la revolución industrial nos llevó a la situación actual de colapso civilizatorio. Pero hay otras ideas fuerzas en otras civilizaciones, incluso en la nuestra, como el naturalismo de los estoicos, los epicúreos,  los cínicos y los escépticos que habría que actualizar para tener una nueva idea fuerza que sustituya a nuestro pensamiento y nuestras creencias ancestrales que nos han llevado a este callejón sin salida. La tierra no tiene dueño, somos sus hijos. “Tiene más valor una mazorca de maíz que un anillo de oro”. Eso es lo que entiende el que vive con la naturaleza y no contra la naturaleza. La mazorca me va a alimentar y si siembro parte recogeré al año próximo. Es la vida. El anillo de oro está muerto y si nos unimos a él, nosotros también.

Si la tierra no pertenece a nadie y todos somos hijos de ella, esto significa que tenemos una buena idea para pensar en un estado cosmopolita. Si todos los bienes naturales son de todos y de nadie tenemos la idea para construir una nueva forma de relación del hombre con la tierra que no sea la explotación, dominación y destrucción. Un sistema de producción que no tiene porqué generar beneficios, sino vida, que es lo máximo que se puede tener. Pero para todo ello hemos de cambiar nuestra consciencia. No se puede pensar altivamente como dueño y señor, ni de forma competitiva y egoísta. Esto supone la destrucción de la vida. Es pensar en contra de la vida. De ahí que nos encontremos en esta circunstancia de fin civilizatorio, de caos mundial, de desigualdad y crueldad extrema, que aún se agudizará más. Hemos de pensar con y desde la tierra. Desde su perspectiva que es la Vida y nuestra perspectiva. Porque hemos olvidado que somos tierra, somos los hijos de la tierra por tanto somos tierra. Y la tierra es Vida. Si vivimos contra la tierra vivimos contra la vida. Nuestra perspectiva tiene que ser la Vida. Y la vida es colaboración, relación, no destrucción. La vida es equilibrio y cada vez produce más vida. Debemos volver al equilibrio, a la tierra. Porque, en el fondo, todo es Uno. Nosotros nos diferenciamos de la unidad por nuestro ego que nos hace pensar desde la dualidad. Pero nuestra mente contiene pensamientos y creencias que son artificiales. Pero esas creencias artificiales y esos pensamientos míticos son los que hacen que seamos lo que somos y que actuemos como actuamos. Por eso es menester cambiarlos para trascender esa dualidad en la que vivimos, que personalmente nos hace infelices, desgraciados y productores de infelicidad y, socialmente, hemos generado una sociedad absolutamente enferma. Una auténtica locura de sociedad en la que los hombres son objetos mercantiles, mera mercancía, mero número en la cadena de producción. Separados de la tierra y de los demás. Nos matamos los unos a los otros, simplemente por la peopiedad, en realidad, algo que no nos pertenece y de lo que nos hemos adueñado artificialmente. Vivimos esquizofrénicamente, esa es la dualidad. Por eso nuestro modelo social genera un tremendo sufrimiento, a nivel individual (en las tribus y culturas primitivas, e, incluso, por ejemplo, los saharauis, no existe el suicidio), en nuestra cultura es masivo, aunque está escondido. Si hay suicidio es porque la sociedad no está sana, no es el individuo, como se suele decir. El individuo busca la salida a una sociedad enferma y sinsentido a través del suicidio. Pero cuando se vive con la naturaleza y en armonía con ella, tenemos una sociedad sana y un individuo sano. Y, además, tenemos un sentido, el sentido de la propia Vida. Simplemente: Ser. Y éste es el sentido, no el tener. El Ser es la Vida y es eterno, consiste en el estar en el Aquí y el Ahora, mientras que el tener se da en el tiempo y crea la angustia que produce el deseo que es meramente aparente, pero produce dolor para siempre, porque el deseo no se satisface nunca. Ser en y con la naturaleza y Ser uno con todo lo que hay: el Universo. Esto es lo que ganamos con una nueva consciencia y una nueva idea de nosotros y del mundo.

 

 

La soledad.

“La medicina cuida los males del cuerpo, la sabiduría suprime los males del alma”. Demócrito de Abdera.

La soledad es la eterna compañera del hombre. Podemos huir o buscarla. Pero ella siempre vendrá a nuestro encuentro. El dolor y el sufrimiento que son los que nos hacen tomar consciencia de nosotros mismos, de nuestro yo, son intransferibles, son los que nos anuncian quiénes somos realmente. Pues bien, este dolor y sufrimiento se nos dan en la más estricta soledad. No podemos comunicar nuestro sufrimiento, sólo lo podemos sufrir nosotros. Nacemos solos y morimos solos. Y nuestras relaciones con los demás son relaciones teatrales, generalmente, de máscaras que nos ponemos y quitamos, según las circunstancias y con quien estemos.

En realidad, estamos siempre solos, pero no nos damos cuenta porque los demás nos distraen de nuestra soledad. Y eso es lo que buscamos, distracción, no saber nada de nosotros, echar tierra encima. No nos queremos ver. No huimos, en realidad, de la soledad, huimos de nosotros mismos. Huimos de nuestros monstruos, de aquello a lo que no nos queremos enfrentar, nuestras emociones y afectos, lo que realmente somos. Cada vez que huimos de la soledad nos negamos a nosotros mismos. Y no es que niegue el carácter social del hombre, ni mucho menos. El hombre es tal porque es social. Sino que lo que quiero decir es que nos construimos a nosotros mismos en relación con los demás. Pero esas relaciones con los demás y con el mundo, el principio de realidad, que diría Freud, nos produce fracasos, frustraciones y, todo ello, da lugar a la represión y a la autonegación del sí mismo. A vivir una existencia inauténtica. Esos son los fantasmas de los que hablo y, por eso, digo que uno huye de sí mismo y no de la soledad. Es imposible huir de la soledad porque la soledad, igual que la sociabilidad, conforma nuestra condición. Estamos “condenados” irremediablemente a vivir solos. Los amigos se van y uno se queda solo, al final siempre se queda sólo. Y, mientras más miedo se tenga a sí mismo, mientras más quiera ocultarse, más ansía la compañía de los demás. Son curiosos esos dos personajes contrapuestos de las fiestas, el que permanece quieto en un rincón, observando, con su vaso en la mano, incapaz de comunicar nada a nadie, a pesar de que su cerebro está en plena ebullición. Y ese otro danzarín que no para de ir de un lado para otro, de saludar a gente, de estar continuamente hablando y no decir nada. Ahí tenemos a nuestros personajes, el solitario, que no encaja en las multitudes; es alguien que cuando hay más de tres empieza a diluirse y el que huye de sí mismo y va picoteando como una mariposa de uno en otro.

Si vivimos fundamentalmente en la multitud nos olvidamos de nosotros mismos, aunque a veces suframos el aguijón de la soledad. Pero no aprenderemos nada en nuestra vida, a menos que suframos una tremenda desgracia, que la sufriremos, porque así contemplaremos la muerte: como una desgracia, una gran pérdida, con miedo, porque la muerte es la máxima soledad, siempre se muere solo, en ese tránsito no nos acompaña nadie.

Por el contrario, la soledad es nuestra maestra. Ya lo decía Pascal: todos los males del hombre empiezan porque no es capaz de permanecer una hora solo en su cuarto. O, también, decía: todos los males del hombre proceden del momento en el que cruza el umbral de su casa. Es decir cuando abandona la soledad, su sí mismo, para echarse en manos de la multitud. Decía que la soledad es nuestra maestra. Y lo es en el sentido de que la soledad nos enseña a mirarnos a nosotros mismos cara a cara. La soledad es la única manera que tenemos de sacar a la superficie nuestros fantasmas, esos que habitan en el inconsciente, sobre los que hemos echado toneladas de escombros encima para no verlos. La soledad y el silencio es el estado en el que hay que estar para enfrentarnos a nuestras heridas del pasado. Hay que reconocer las heridas, hay que saber qué emociones han producido y, después, soltarlas, son el pasado, ya no pueden hacernos daño y así podemos ser quien realmente somos sin el condicionante del pasado y, de esta forma, ya no necesitamos máscaras para relacionarnos con el mundo somos lo que somos y nada más. Todos nuestros miedos, nuestras frustraciones, odios, iras, cóleras…van alimentando nuestro ego para tapar esas heridas. Y, a medida que el ego engorda, nuestro yo interior se va ocultando, tiene miedo, está totalmente anulado y sustituido por el ego. Es en el ego en donde vivimos. Por tanto vivimos una existencia inauténtica. Y, de ahí, el miedo a la soledad. Porque a ésta el ego no le engaña. La soledad es el profundo silencio y en el silencio nos escuchamos a nosotros mismos, primero al cuerpo, después a la mente y, por último, al espíritu. Ante el profundo silencio el ego queda desarmado y entonces es cuando aparecen nuestras emociones, todo aquello que no queremos oír, todo lo que tenemos oculto bajo el ego. Vivimos en el engaño del ego, pero basta un poco de soledad para desenmascararlo. Pero, para esto hace falta valor. En realidad nos enfrentamos a la construcción que hemos hecho de nosotros mismos y todo para ocultar las heridas del pasado. Y ahora resulta que todo se nos viene abajo, que todo es apariencia. Lógicamente, esto, salvo casos excepcionales, no se da en un momento, sino que es un proceso en el que poco a poco vamos reconquistando nuestro yo interior, para empezar, porque realmente este es el comienzo. El siguiente paso es recobrar la dimensión espiritual de ese yo interior. Cuando digo espiritual me refiero a la dimensión ética, social y mistérica que tiene el hombre, no me refiero a la religión como institución, independientemente de que el espíritu religioso sea eminentemente espiritual.

En consecuencia la aceptación de la soledad es la aceptación del reto a encontrarnos con nosotros mismos. Es lo que nos llevará, en un eterno diálogo, a un autoconocimiento. Un diálogo entre racional e intuitivo y, como resultado de este diálogo comenzará a surgir nuestra sabiduría. Porque aprenderemos realmente quién es el otro, no la máscara del ego con el que se nos presenta, sino alguien igual que yo y, por eso mismo, igual que yo soy digno de compasión, él también lo es. Debemos dar este salto en nuestra consciencia: ser compasivos y autocompasivos. Pero no podemos ser lo primero sin ser lo segundo. Y nos tenemos compasión porque hemos llegado a conocernos a nosotros mismos. Y lo hemos hecho a través de la soledad. Podemos utilizar la reflexión, la oración, la meditación, el viaje en solitario (que es siempre un viaje interior), el deporte en soledad…da igual, el caso es que será la soledad y su silencio siempre nuestra compañera de viaje. Y, al final, el sabio será siempre el mismo e igual ante todos.



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