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La arquitectura de la escuela como sostén de la esclavitud pedagógica. Estoy comprobando que la estructura arquitectónica, modo cárcel, al estilo biopoder de Foucault, impide la más mínima reforma en profundidad de la educación. En lo que se refiere a la relación entre los alumnos y entre los alumnos y el profesor. En esta estructura arquitectónica el profesor es el carcelero; cuando, realmente el profesor tiene que ser el que indique el camino hacia la libertad. Por su parte, la estructura administrativa ejerce el poder simbólico, con lo que la posibilidad de acción del profesor, si quiere salirse del guion es casi imposible. Sólo te das cuenta de tu esclavitud, de tu borreguismo sumiso, cuando intentas hacer algo distinto, cuando te quieres salir del guion. Los profesores somos tremendamente culpables del mal en la educación –por nuestra servidumbre humana voluntaria-, somos piezas esenciales en el engranaje del sistema que hemos aceptado, sumisamente, por un plato de lentejas, la función encomendada por el Padre Estado. Cuando intentas moverte, innovar, te das cuenta de que el sistema es kafkiano. La arquitectura juega un papel esencial en nuestras vidas. No es que vayamos a defender un determinismo de la arquitectura sobre nuestras emociones y sentimientos, pero sí que se puede afirmar, con certeza, el papel indudable de ésta en el ser humano: la familia, el pueblo, las instituciones. En referencia a la educación me preocupa enormemente el tema. La dinámica del espacio tiene que ver con la dinámica del espíritu, mente o alma, o como ustedes lo quieran llamar. El caso es que la estructura actual condiciona, de entrada, la conducta, tanto de alumnos como profesores. Y no me estoy refiriendo, por ejemplo, a las tarimas, que en determinados momentos vienen muy bien y que fueron eliminadas en el momento de ceguera de la igualdad. Profesor y alumno no son iguales, ni la educación es horizontal, tampoco vertical. Las cosas son mucho más complejas. La educación es un sistema complejo de retroalimentación en el que el profesor es un nodo importante del sistema (importante en el sentido de transmitir de conocimientos y de dirigir al alumno a la búsqueda de conocimientos) Pero el espacio, en sí, marca unos papeles determinados que uno no adquiere conscientemente, sino que asume el rol que le toca sencillamente por el espacio que ocupa. El alumno ocupa el lugar de la sumisión, el profesor el del poder, con o sin tarima, es igual. Pero el alumno de hoy en día, no quiere sumisión, es rebelde por naturaleza, no indisciplinado. La disciplina debe aprenderla de la mano de los padres y del profesor. Pero la disciplina no es verticalidad en las relaciones, tampoco se puede ejercer desde la absurda horizontalidad, sino que debe realizarse como un proceso de comprensión. El alumno debe aprehender cuál es su lugar en el sistema de aprendizaje (conocimientos, emociones, sentimientos: integralidad del ser humano) para realizarse como ser humano. No como un ser obediente y sumiso, un esclavo del mercado, que es lo que es ahora, ni como una cabra loca que danza por el monte a su aire (como las pedagogías posmodernas nos indican). El alumno debe aprehender los valores de la educación. Pero estos son imposibles de que puedan ser aprendidos siempre y cuando las relaciones espaciales arquitectónicas impongan el papel que alumno y profesor van a desempeñar, justo al entrar ambos por primera vez en las aulas. El movimiento y la dinamicidad espacial son importantísimos para la adquisición de conocimientos. Estar atados a una silla lleva al alumno más inteligente a la rebeldía y al mal llamado trastorno de hiperactividad y atención. El problema de los primeros es que su inteligencia necesita espacio, movimiento: ya lo decían grandes pensadores como Nietzsche, Freud, Kierkegard, Schopenhauer, Unamuno, Ortega y el mismo Sócrates, y la misma Stoa griega (la escuela), refleja el espacio y la posibilidad del movimiento. En el segundo caso, la hiperactividad y el déficit de atención no es más que un invento de la industria farmacéutica. Una enfermedad inexistente. El problema es que, como no han sido tratados emocionalmente ni han tenido una crianza afectiva, desde la infancia, en la adolescencia, estos niños con una sorprendente capacidad de atención diversa, pues, psicológicamente se desordenan y se convierten en desobedientes e, incluso, agresivos. Y, en lugar de sanarlos emocionalmente, recurrimos a encasillarlos y medicarlos. Un error en los dos casos. Grandes cerebros se nos están yendo por las alcantarillas. Menos mal que algunos, muchos, tienen capacidad de adaptación y triunfan sobre el sistema. Pero, al final, cuando empiezan sus estudios universitarios, su triunfo se convierte en un sometimiento porque nadie les ha enseñados los valores de la insumisión, de la rebeldía, de la indignación frente a la injusticia, lo contrario, han aprendido que, adaptándose, triunfan, por tanto se convierten en ovejitas, en engranajes perfectamente engrasados del sistema.



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