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                               La ambigüedad de la utopía.

                El pensamiento utópico es atractivo per se. Responde a la connatural esperanza del hombre. A la tercera pregunta kantiana, ¿Qué nos cabe esperar? A esta pregunta hasta el siglo XVIII daba respuesta la religión. De esta manera la teología tenía un discurso sobre el sentido de la historia y de la vida particular. El sentido de la historia es el de la salvación del hombre y el de nuestra vida, pues el de la salvación de nuestra alma, la salvación particular. El cristianismo consigue dar un sentido a los hechos de la historia. Sustituye a las estructuras políticas del imperio romano y da un sentido de trascendencia a la ciudad terrenal. De ahí su doble discurso de la ciudad terrenal y la ciudad de dios. La primera es la ciudad física, Roma y todos los imperios que han existido, la segunda es la iglesia. La iglesia ocupa Roma físicamente, pero la trasciende espiritualmente. Donde hay un cristiano allí está la ciudad de dios. La ciudad de dios no tiene límites, es la cristiandad. De ahí el proselitismo del cristianismo. Éste quiere extenderse por doquier y llevar el mensaje de dios a todas las criaturas. Porque una vez que dios sea conocido en toda la tierra y aceptado por todas sus criaturas tendrá lugar la segunda venida del mesías. Y esto supone el fin de los tiempos, el apocalipsis y la llegada del reino de dios y, con él, la restauración de la justicia universal y divina.

                Como se ve subyace a esta visión de la historia, la primera filosofía de la historia que existe y que cuaja en el pensamiento de Agustín de Hipona, la idea de progreso. De ahí que el progreso no sea una idea, sino un mito. Y de ahí precisamente todos los problemas, porque todas las filosofías de la historia beben de la filosofía de la historia primera, la del cristianismo. El progreso es un mito, una creencia. No hay nada que lo justifique. Sí podemos pensar que existe un progreso científico-técnico, pero nada garantiza que perdure o permanezca, que se desvanezca, como ha ocurrido en más de una ocasión en la historia. Pero el problema es cuando esta creencia o mito se aplica a la historia y a la praxis política. Y es esto precisamente lo que ocurre tras la muerte de dios en los siglos XVIII y XIX. Si dios ha muerto todo carece de sentido. Y el hombre es un ser de sentido. Y lo que hace es buscar un sentido a lo que ha quedado sin él. El hombre, en tanto que individuo y en tanto que ser histórico, tiene que dar respuesta a la tercera pregunta kantiana, ¿Qué nos cabe esperar? Si ya no nos cabe esperar el reino de los cielos pues lo que hacemos es que nos inventamos un reino de los cielos en la tierra. Y de ahí nacen todas las utopías políticas. Pero, ¿cuál es el problema? Pues que todas las utopías políticas se basan en una falsa y mítica visión de la historia. En primer lugar consideran que la historia tiene un sentido, un principio y un fin. Que hay una historia de la salvación de la humanidad, que existe un fin en el que habrá justicia, paz y felicidad y se acabará el sufrimiento. Esto es un mito. Una idea del cristianismo que se cuela en los discursos históricos y políticos porque el peso del cristianismo, a pesar de la muerte de dios es demasiado grande. Y porque la condición humana es así, quiero decir, que el hombre vive de sus esperanzas. Cuando realmente, u ontológicamente, sólo hay un sentido biológico. Y el sentido biológico es que somos una especie más, como podríamos no haber sido y, como seguramente, dejaremos de ser. De modo que en el discurso histórico político se cuela el mito del progreso, la creencia de que vamos hacia algo mejor. En segundo lugar, el discurso político se fundamenta en supuestas teorías de la historia, como el hegelianismo, el marxismo, el liberalismo, el capitalismo, el cientificismo… que creen que la historia está determinada y ellos conocen las leyes de la historia que la determinan. De modo que sólo es necesario actuar, y ésa es la praxis política y lo peligroso, es la perversión de la razón ilustrada que se endiosa y cae en lo mismo que critica, para dirigir la historia hacia la emancipación del hombre y, con ello, hacia el estado de justicia y felicidad. Pues bien, todos estos pensamientos, ideologías, filosofías y políticas, como también el cristianismo, lo que han producido es precisamente lo contrario: el genocidio y el exterminio, el infierno en la tierra. Y este es el fundamento filosófico de los totalitarismos: el mito del progreso y la visión determinista de la historia aliada a una razón endiosada y absoluta que, contrariamente a su origen, deshumaniza al hombre y lo convierte en un objeto.

 

En qué situación nos encontramos. Pues como digo el hombre es un ser de esperanzas y esperanzado pero que se ha quedado sin dios. A las utopías que nos han prometido un mundo mejor pero nos han llevado a la catástrofe se les ha llamado utopías negativas. Hay todo un género literario de este tipo, no sólo las que se han producido en la realidad histórico-política. Las utopías en este sentido son un pensamiento cerrado, un pensamiento único y una anulación y exterminio del pensamiento y del disidente como portador de ideas heterodoxas. De ahí que en las ideas totalitarias esté el germen del exterminio, porque es necesario eliminar al disidente, al que piensa de otra manera, al hereje, que eso es lo que significa en griego. De ahí que en otro lugar haya definido a la democracia como disidencia. La democracia es el modelo político que te permite la disidencia. Y esto nos lleva directamente a la situación actual. Hoy en día estamos instalados, y casi sin saberlo, o sin saberlo la mayoría, en un totalitarismo que elimina el pensamiento y la disidencia. Ese totalitarismo es la unión del neoliberalismo como teoría económica y praxis política unida a la religión de la tecnociencia y su avanzadilla las tecnologías de la información. Lo que se nos promete desde este conjunto de pseudoteorías económicas y cientificotécnicas es la salvación del hombre y de la humanidad. Sólo hay que “comulgar” (estar en comunión, en comunidad de fieles y creyentes) con estas creencias para ser dignos de entrar en el reino de los cielos. Estamos viviendo, porque estamos instalados en ello, una utopía negativa. El pensamiento único que se nos ofrece como alimento y que se nos despacha por los medios de control y manipulación de masas, a los que se les llama medios de comunicación, o, incluso, medios de conocimiento, como internet, es un pensamiento único, sin alternativas, sin posibilidad de disidencia. Y es un pensamiento que mata, porque el capitalismo, en su afán de crecimiento, que le es consustancial, mata. Es una forma de exterminio en la medida en la que el crecimiento no es homogéneo, sino que se basa en esquilmar al otro para que una parte crezca. Eso, por un lado, por otro, se trata de esquilmar el planeta para que las generaciones futuras se queden sin nada. El grave problema es que la utopía negativa en la que estamos instalados y esclavizados, porque nuestro pensamiento ha sido secuestrado por los medios de control y manipulación de las masas, nos lleva, a la larga, al colapso global. De ahí que no estemos en una crisis, sino en la quiebra del capitalismo global y que lo que nos espera en el futuro es la guerra y la depredación, algo que ha empezado ya hace tiempo y que hace poco ha empezado a llamar a nuestras puertas. Porque el capitalismo se autodevora.

                Por tanto, la utopía es un pensamiento negativo. Pero nos encontramos con la naturaleza esperanzada del hombre. No renunciamos a la esperanza porque es un mecanismo instalado en nuestro cerebro y adquirido por la selección natural que ha sido exitoso y nos ha permitido sobrevivir. De ahí que nos agarremos a la esperanza como a un clavo ardiendo. Pues esto me parece bien, nunca debemos cejar en nuestro intento de mejorarnos. Pero hay que hacer una serie de advertencias. No confundir la esperanza con la utopía, en primer lugar, en segundo lugar, ser conscientes de que no existen leyes deterministas de la historia y, en tercer lugar, aceptar los límites de nuestra razón, que son los límites de la falibilidad del conocimiento, y los límites de nuestra acción. Y, por último, aceptar que no existe un progreso ni un fin de la historia. Que todo progreso es parcial y contingente, fruto del esfuerzo humano, pero que, en cualquier momento, puede venirse abajo. En la historia, como en nuestra vida, todo es provisional; y todo depende de nuestra voluntad para mantenerlo y mejorarlo. Si ésta falla todo se viene abajo. Estamos, que sepamos, solos en el universo, somos una de las miles de millones de especies que hay y han existido en el universo, somos contingentes, podríamos no haber existido. Y no hay una trascendencia que guíe nuestro destino. Por eso, una vez que hemos cometido el grave error de los totalitarismos, anclados en el mito cristiano del progreso, debemos ser cuidadosos y regular nuestra esperanza de tal forma que no se convierta en un pensamiento megalómano. La esperanza, y esta es nuestra vuelta al inacabado pensamiento ilustrado, a la corrección de su perversión, debe ser la guía de nuestra acción política. Y el fin de nuestra acción política es la consecución de una sociedad cosmopolita de repúblicas libres y la paz dentro de ellas y entre ellas, pero desde la libertad y el diálogo. Es decir, que la esperanza (es un sentimiento, no una idea), no la utopía (que es una idea, un pensamiento cerrado) debe ser la guía de la acción política. Por eso hay que cuidarse mucho del pensamiento utópico, de los grandes ideales y poner los pies sobre la tierra. Pero lo primero de esta praxis es desmontar el mito sobre el que estamos instalados. Una utopía negativa, como hemos dicho, definitivamente letal. Nuestro proceso de construcción pasa por la deconstrucción. Si no somos capaces de hacer esto, la deconstrucción o el derrumbe, mejor, vendrá por sí mismo.

La ética como regulación del derecho y la democracia como proyecto ético-político.

                Ni la ética se reduce al derecho ni a la inversa. Pero tampoco son ajenas. Existe una relación histórico-sistemática entre ambas. No hay ética sin derecho ni derecho sin ética. El derecho, enunciado de forma positivista, podríamos entenderlo como la normalización de la ética o conjunto de normas que hacen posible la convivencia. Pero, aún así, ni el derecho agota la ética, ni la ética el derecho. Lo que sí podemos decir es que el hombre es un animal social y necesita de normas para sobrevivir, como dijera Kant, “hasta un pueblo de demonios necesita de sus leyes…” El derecho es la plasmación positiva de la ética. Ahora bien, el objetivo del hombre es una ética universal. Pero para poder tener una ética universal, o buscarla, tiene que ser, como diría Adela Cortina, una ética de mínimos. Unos mínimos exigibles y consensuados por el diálogo comunicativo entre seres racionales que coinciden con todas las diversas morales existentes. En cuanto nos vayamos a unos máximos empezarán las diferencias. Y por eso el marco político de organización social que haga posible esta ética y que se plasme en el derecho es la democracia. Por eso, tanto la ética, como el derecho, como la democracia son conquistas del hombre. Conquistas en las que el hombre se ha ido autoconociendo o reconociendo o inventándose o construyéndose. Y por eso constituyen una forma de vida.

                Y, también, por este motivo, la democracia es contraria al pensamiento utópico. La utopía es producto de un pensamiento cerrado y acabado. Mientras que la democracia surge del pensamiento en creación, en diálogo, inacabado. La democracia se va haciendo y obedece a la ley de la entropía, si no se la persigue y perfecciona continuamente, degenera. Lo característico del pensamiento utópico es un pensamiento ya construido, que se cree conocedor de la historia y, por tanto, de su devenir y, por ello, puede marcar y delinear el futuro. Este pensamiento es excluyente, elimina al disidente y acaba en totalitarismo. Por el contrario, el esfuerzo de la democracia es la búsqueda de la universalidad, pero no la imposición de mi supuesta creencia universal. La democracia debe de ser capaz, mediante su reglamentación jurídica, de dar cabida a todas las expresiones éticas, siempre y cuando cumplan los mínimos exigibles. Pero es aquí donde se suscitan las mayores cuestiones. ¿Cuáles son esos mínimos exigibles? Yo creo que la cuestión está clara desde la Ilustración y que en lo que consiste el asunto es en proseguir con el proceso inacabado de la Ilustración. Me refiero a la concepción del hombre como sujeto. Cosa que viene formalizada en el imperativo categórico kantiano en su más suculenta formulación: obra siempre de tal forma que consideres al otro como un fin en sí mismo y no como un medio. Es decir, que aquí lo que se nos está definiendo es el concepto de persona. La persona es un fin, por tanto, un sujeto, alguien como yo. Por eso me hace falta la empatía para reconocerme en el otro y actuar moralmente, ser capaz de ver su alegría o su sufrimiento. Es decir, que la persona es un sujeto, por ello tiene dignidad y, en tanto que tiene dignidad, es persona. De todo ello se desprende que es merecedor del máximo respeto, lo que implica que no puede ser instrumentalizado. Pues bien, esta base ética es la que debe defender políticamente la democracia y jurídicamente el derecho. Ahora bien, esto implica que la democracia no es sólo una cuestión formal, sino de contenido. La democracia es una forma de vida, algo que ya inventaron los griegos y que redescubrimos, pero que debe ser guía de nuestros principios y acciones, de nuestra ética, porque es la ética mencionada la que la alimenta, pero sin esfuerzo, ni compromiso, todo se viene abajo. Esto, por un lado, es decir, en lo que compete al ciudadano. Y, en cuanto a lo que compete a los poderes e instituciones pues también están sometidos a una misma ley, como hemos dicho, la de no instrumentalizar. Cada vez que cualquier forma de poder o institución nos toma como instrumento, nos mediatiza, nos convierte en objeto, está destruyendo la democracia. Pero aquí viene algo muy importante. Cuando esto ocurre en una sociedad que se llama a sí mismo democrática es necesario actuar de inmediato. Y la forma de actuar es la desobediencia civil, porque en definitiva el poder, cuando nos mediatiza, se convierte en una tiranía. Y contra la tiranía es legítima la desobediencia civil; eso, si queremos conservar la democracia. Por eso en la sociedad actual, en la española, es necesario un proceso constituyente para recuperar la democracia.



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