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El mito y la religión han sido formas de explicación del mundo, la naturaleza. El surgimiento de la ciencia (su segundo surgimiento, en el Renacimiento, ya existió antes en Grecia, pero desapareció, como está ocurriendo hoy en día) desplaza al mito y la religión como formas de entender y explicar el mundo. Las instituciones religiosas se resisten. La batalla al principio es dura y cruel, porque en el fondo es una cuestión de poder. Poco a poco se cede el terreno a la par que la religión (la iglesia) pierde poder. Pero el conflicto permanece. Y, luego, curioso, nuestro cerebro funciona en este ámbito de forma esquizofrénica. Se puede ser un gran científico y un perfecto creyente. Y eso es así porque las áreas del cerebro implicadas son distintas. Claro, al científico creyente pues hay que decirle que delira cuando intenta explicar fenómenos naturales por medio de la fe, o creer en un dios uno y trino, o la virginidad de Mario, sin comentarios… Ya digo, fruto de una escisión en nuestro cerebro. Y ello no implica que la ciencia sea la única manera de entender el cosmos. Para empezar la ciencia no es la verdad, sino la búsqueda de la verdad, además de muchas cosas más y, para seguir, la ciencia entiende la naturaleza desde su dimensión lógico matemática. Un poeta interpreta un atardecer de otra manera igualmente válida. Lo que ocurre es que no está dentro de la metodología científica.



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