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Filosofía desde la trinchera

Ágora virtual

TRIBUNA: JOSEP RAMONEDA

Islamofobia: el enemigo en casa

Hay doctrinas que generan una imparable bola de nieve de odio y violencia. Los atentados terroristas de Noruega se producen en pleno auge en Europa del discurso ultraderechista de rechazo a los musulmanes

JOSEP RAMONEDA 29/07/2011

En los años treinta era el antisemitismo, ahora es la islamofobia la que canaliza los resentimientos, los miedos y las paranoias de una Europa en crisis económica, política y moral. Las dos acciones terroristas de Noruega son una señal que no debería pasar desapercibida: el peligro también está en casa. A primera hora de la tarde del pasado viernes, cuando empezaron a llegar las noticias de un coche bomba en Oslo, los primeros datos concordaban con los prejuicios establecidos: terrorismo islamista. Pero poco después, cuando se conoció que un francotirador estaba ejecutando una masacre en la isla de Utoya, se empezó a comprender que los prejuicios no ayudan al conocimiento y que la realidad a menudo no encaja con las sospechas preestablecidas.

Poco a poco el perfil de un fanático islamófobo fue reemplazando al estereotipo del terrorista islamista. La realidad se nos iba de un extremo al otro. Y cundía un cierto desasosiego: el que producen los acontecimientos cada vez que contradicen los clichés a los que ya nos habíamos adaptado.

No hay que sacar excesivas conclusiones de los argumentos de un personaje que, como demuestran sus escritos, llevaba una empanada mental considerable. Pero hay algunos -entre ellos una parte de la extrema derecha- que ha buscado a toda prisa el atajo: declararlo loco para evitar que sus políticas queden manchadas con la sangre que este ciudadano ha provocado. Quedémonos con las cosas ciertas y concretas; Anders Behring Breivik es un asesino, por confesión propia, que ha ejecutado fría y calculadamente su acción, que la considera cruel pero necesaria para sus dos objetivos: luchar contra la invasión musulmana atacando al partido socialdemócrata que ha traicionado a Noruega al ponerse a su servicio. Es decir, su acción tiene toda la estructura de "los crímenes de lógica" (Albert Camus) propios de la cultura totalitaria. Con esto es suficiente para entender la seria advertencia que representan los atentados de Noruega.

En los años treinta, unos Gobiernos "decididos en la indecisión" y "omnipotentes en su impotencia", en expresiones de Churchill, no quisieron ver las señales que se acumulaban anunciando el desastre. Ahora, en Europa, con unos Gobiernos con las mismas debilidades que tipificaba el político inglés, hay que evitar que se imponga una vez más la trágica solución de mirar a otra parte.

Los dos atentados de Noruega demuestran que el fanatismo no es exclusivo de ninguna cultura. Y que hay doctrinas cuya insistente propagación genera una bola de nieve del odio que, a partir de cierto tamaño, no hay quien la detenga. Frente a estas doctrinas no caben los esfuerzos de comprensión y los intentos de recuperación que van a su propio terreno. Ciertamente, no hay que tomar la parte por el todo: un terrorista blanco no justifica la descalificación de toda la extrema derecha, como un terrorista islamista no justifica la descalificación de todo el islam. Pero este atentado se da en unas circunstancias muy propicias al crecimiento del discurso antielitista, islamófobo y antidemocrático de la extrema derecha y en un clima de auge de estas doctrinas, como demuestran los resultados electorales en muchos países europeos. Por eso la petición de reforma de la política y revigorización de la democracia vuelve a tener a todo el sentido. Como escribía Jorge Semprún: "Es la democracia la que está en el origen de la paz, por mucho que algunos piensen lo contrario. La paz, por lo menos en su forma perversa de apaciguamiento, puede incluso ser el origen de la guerra".

Europa sufre una crisis que está empobreciendo muy gravemente a sectores de las clases medias y obreras que ya no contaban que esta pudiera ser su suerte. Europa asiste al espectáculo de la impotencia del poder político frente al poder económico que no hace sino aumentar el desprestigio de las élites, territorio favorable a los populismos de extrema derecha que se presentan como defensores del pueblo sano ante los poderosos corruptos. Europa vive en la crítica situación de ver cómo los Gobiernos rinden cuentas a los mercados y no a los ciudadanos. Europa contempla cómo, insensible a las consecuencias de la crisis, los especuladores viven instalados en el principio de que todo es posible, todo les está permitido. Y el malestar es profundo. A diferencia de los años treinta, no hay en este momento un conflicto frontal de clases. Pero el deterioro de las condiciones sociales es grande y las desigualdades se acercan a los umbrales de lo insostenible. Entonces el chivo expiatorio fueron los judíos, ahora son los musulmanes y aquellos que "les abren las puertas".

Como estos días nos muestra la prensa con sus gráficos, la extrema derecha crece hasta porcentajes cercanos al 20% en muchos países. Algunos de ellos históricos de la Unión Europea como Francia y Holanda. En España, su peso es difícil de cifrar en la medida en que una parte importante de la extrema derecha se esconde bajo el amplio manto del PP.

A la extrema derecha la protegen las libertades de expresión y de asociación y deben seguir protegiéndola. Nunca se arregla nada negando la palabra. Pero precisamente por ello hay que combatir sus ideas y no dejarse llevar por la atracción populista y por la demagogia. El discurso de comprensión con la extrema derecha es un gran error porque la legitima. Se empieza diciendo que expresan preocupaciones comprensibles de la ciudadanía y se acaba asumiendo las soluciones de la extrema derecha como propias, como hemos visto a menudo en materia de inmigración, sin que por ello la influencia de esta disminuya. La Unión Europea no puede mirar a otra parte cuando proliferan los discursos del odio y de la exclusión. Y desde luego no puede permitir que sus políticas se confundan con las de esta gente.

Lo peor que podría pasar es que de esta tragedia de Noruega solo quedarán dos cosas: restricciones a las libertades y a los derechos de los noruegos, en nombre de la seguridad; y el tranquilizador discurso de que es la obra de un loco, es decir, algo imprevisible que carece de valor de precedente. Acusarle de enajenado es una forma de quitarle de la escena: su acto ha existido, sus devastadores efectos también, pero son como un desastre de la naturaleza, que se impone como algo inevitable. Y de este modo se borra del escenario toda la sangre que ha provocado. Y se sienten inmunes todos los que podían haber sido salpicados por ella.

La seguridad absoluta no existe, aspirar a ella es un disparate, que solo sirve para restringir libertades. En Europa, estos años, los terroristas han conseguido un éxito innegable: excitar nuestras paranoias y hacernos vulnerables al recorte de libertades. Por más loco que sea Anders Behring Breivik, las razones de su acción corresponden a un clima islamófobo, antidemocrático y antielitista que está en auge en Europa. Pero este discurso no se combate recortando libertades.

Sería de desear que este atentado acabara con ciertos prejuicios. No forzosamente son los de fuera los que traen el terror, muchas veces el terror está en casa, en manos de un vecino que la gente recuerda como afable y educado, esta es la terrible banalidad del mal. Anders Behring Breivik presenta su crueldad como necesaria, todos los terroristas lo dicen. El mal radical de hoy siempre busca su justificación en el bien absoluto de mañana. Resistir al mal es precisamente combatir las promesas de bien absoluto. Y no mirar a otra parte cuando vemos pasar los cadáveres.

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Ahora hago la guerra con lo que escribo,
digo y hago. No puedo entrar en el orden
social sino como un vagamundo.
JEMES JOYCE
No se puede callar ahora ni por
convenienia ni por cortesía,
cuando se decide, en cada instante,
la suerte del hombre futuro, callar
por conveniencia o por cortesía es
un crimen.
JORGE DEBRAVO

“Sólo una movilización popular e intelectual, insistida y de gran calado, podrá ayudarnos a acabar con tanta patraña y tantas desvergüenzas. ¿Cuándo dejaremos de tolerar tanta ignonimia, cuándo pondremos fin a tanta indignación” José Vidal-Beneyto.

JORGE SEMPRÚN Adiós a un testigo de la barbarie

El archipiélago del horror nazi

El escritor leyó en 2010 este discurso en Buchenwald, con motivo del 65º aniversario de la liberación del campo de concentración. Allí asistió entre los 20 y los 22 años a la gran tragedia de su vida y por extensión del siglo XX

JORGE SEMPRÚN 08/06/2011

El 11 de abril de 1945 -hace pues 65 años- hacia las cinco de la tarde, un jeep del Ejército americano se presenta a la entrada del campo de concentración de Buchenwald.

Dos hombres bajan del jeep.

De uno de ellos no se sabe gran cosa. Los documentos asequibles son poco explícitos. Está establecido, en todo caso, que se trata de un civil. Pero, ¿por qué estaba allí, a la vanguardia de la Sexta División Acorazada del Tercer Ejército norteamericano del general Patton? ¿Qué profesión ejerce? ¿Cuál es su misión? ¿Es acaso periodista? ¿O, más probablemente, experto o consejero civil de algún organismo militar de inteligencia?

No se sabe a ciencia cierta.

Está allí, sin embargo, presente, a las cinco de la tarde de un día memorable, ante la puerta de entrada monumental del campo de concentración. Está allí, acompañando al segundo tripulante del jeep.

Este sí está identificado: es un teniente, mejor aún, un primer teniente, un oficial de inteligencia militar asignado a la Unidad de Guerra Psicológica del Estado Mayor del general Omar N. Bradley.

Tampoco sabemos lo que pensaron los dos americanos al bajarse del jeep y contemplar la inscripción en letras de hierro forjado que se encuentra en la verja del portal de Buchenwald: Jeden das Seine.

No sabemos si tuvieron tiempo de tomar nota mentalmente de tamaño cinismo, criminal y arrogante. ¡Una sentencia que alude a la igualdad entre seres humanos, a la entrada de un campo de concentración, lugar mortífero, lugar consagrado a la injusticia más arbitraria y brutal, donde solo existía para los deportados la igualdad ante la muerte!

El mismo cinismo se expresaba en la sentencia inscrita en el portal de Auschwitz: Arbeit macht frei. Un cinismo característico de la mentalidad nazi.

No sabemos lo que pensaron los dos americanos en aquel histórico momento. Pero sí sabemos que fueron acogidos con júbilo y aplauso por los deportados en armas que montaban la guardia ante la entrada de Buchenwald. Sabemos que fueron festejados como libertadores. Y lo eran, en efecto.

No sabemos lo que pensaron, no sabemos casi nada de sus biografías, de su historia personal, de sus gustos o disgustos, de su entorno familiar, de sus años universitarios, si es que los tuvieron.

Pero sabemos sus nombres.

El civil se llamaba Egon W. Fleck y el primer teniente, Edward A. Tenenbaum.

Repitamos aquí, en el Appeliplatz de Buchenwald, 65 años después, en este espacio dramático, esos dos nombres olvidados e ilustres: Fleck y Tenenbaum.

Aquí, donde resonaba la voz gutural, malhumorada, agresiva, del Rapportführer todos los días de la semana, repartiendo órdenes o insultos; aquí donde resonaba también, por el circuito de altavoces, algunas tardes de domingo, la voz sensual y cálida de Zarah Leander, con sus sempiternas cancioncitas de amor, aquí vamos a repetir en voz alta, a voz en grito si fuera necesario, aquellos dos nombres.

Egon W. Fleck y Edward A. Tenenbaum.

Así, maravillosa ironía de la historia, increíble revancha significativa, los dos primeros americanos que llegan a la entrada de Buchenwald, aquel 11 de abril de 1945, con el Ejército de la liberación, son dos combatientes judíos. Y por si fuera poco, dos judíos americanos de filiación germánica, más o menos reciente.

Ya sabemos, pero no es inútil repetirlo, que en la guerra imperialista de agresión que desencadena en 1939 el nacionalsocialismo, y que aspira al establecimiento de una hegemonía totalitaria en Europa, y acaso en el mundo entero, ya sabemos que en dicha guerra, el propósito constante y consecuente de exterminar al pueblo judío constituye un objetivo esencial, localmente prioritario, entre los fines de guerra de Hitler.

Sin tapujos ni concesiones a ninguna restricción mortal, el antisemitismo racial forma parte del código genético de la ideología del nazismo, desde los primeros escritos de Hitler, desde sus primerísimas actividades políticas.

Para la llamada solución final de la cuestión judía en Europa, el nazismo organiza el exterminio sistemático en el archipiélago de campos especiales del conjunto Auschwitz-Birkenau, en Polonia.

Buchenwald no forma parte de dicho archipiélago. No es un campo de exterminio directo, con selección permanente para el envío a las cámaras de gas. Es un campo de trabajo forzado, sin cámaras de gas. La muerte, en Buchenwald, es producto natural y previsible de la dureza de las condiciones de trabajo, de la desnutrición sistemática.

Como consecuencia, Buchenwald es un campo judenrein.

Sin embargo, por razones históricas concretas, Buchenwald conoce dos periodos diferentes de presencia masiva de deportados judíos.

Uno de esos periodos se sitúa en los primeros años de existencia del campo, cuando, después de la Noche de Cristal y del pogrom general organizado, en noviembre de 1938, por Hitler y Goebbels personalmente, miles de judíos de Francfort, en particular, son enviados a Buchenwald.

En 1944, los veteranos comunistas alemanes se acordaban todavía de la mortífera brutalidad con que fueron maltratados y asesinados a mansalva, masivamente, aquellos judíos de Francfort, cuyos supervivientes fueron luego enviados a los campos de exterminio del Este.

El segundo periodo de presencia judía en Buchenwald se sitúa en 1945, hacia finales de la guerra, en los meses de febrero y de marzo concretamente. En aquel momento, decenas de miles de supervivientes judíos de los campos del Este fueron evacuados hacia Alemania central por el SS, ante el avance del Ejército Rojo.

A Buchenwald llegaron miles de deportados escuálidos, transportados en condiciones inhumanas, en pleno invierno, desde la lejana Polonia. Muchos murieron durante un viaje interminable. Los que consiguieron alcanzar Buchenwald, ya sobrepoblado, fueron instalados en los barracones del kleine Lager, el campo de cuarentena, o en tiendas de campaña y carpas especialmente montadas para su precario alojamiento.

Entre aquellos miles de judíos llegados por entonces a Buchenwald, y que nos aportaron información directa, testimonio vivo y sangrante del proceso industrial, salvajemente racionalizado, del exterminio masivo en las cámaras de gas, entre aquellos miles de judíos había muchos niños y jóvenes adolescentes.

La organización clandestina antifascista de Buchenwald hizo lo posible para venir en ayuda de los niños y adolescentes judíos supervivientes de Auschwitz. No era mucho, pero era arriesgado: fue un gesto importante de solidaridad, de fraternidad.

Entre aquellos adolescentes judíos se encontraba Elie Wiesel, futuro premio Nobel de la Paz. Se encontraba también Imre Kertesz, futuro premio Nobel de Literatura.

Cuando el presidente Barack Obama, hace unos meses, visitó Buchenwald, le acompañaba Elie Wiesel, hoy ciudadano americano. Se puede suponer que Wiesel aprovechó aquella ocasión para informar al presidente de EE UU de la experiencia de aquel pasado imborrable, de su experiencia personal de adolescente judío en Buchenwald.

En cualquier caso, me parece oportuno recordar aquí, en este momento solemne, en este lugar histórico, la experiencia de aquellos niños y adolescentes judíos, supervivientes del campo de Auschwitz, último círculo del infierno nazi. Recordar tanto a los que se hicieron célebres, como Kertesz y Wiesel, por su talento literario y su actividad pública, como a aquellos que permanecieron, sencillos héroes, en el anonimato de la historia.

Además, no es esta mala ocasión para subrayar un hecho que se perfila inevitablemente en el horizonte de nuestro porvenir.

Como ya dije hace cinco años, en el Teatro Nacional de Weimar, "la memoria más longeva de los campos nazis será la memoria judía. Y esta, por otra parte, no se limita la experiencia de Auschwitz o de Birkenau, Y es que, en enero de 1945, ante el avance del Ejército soviético, miles y miles de deportados judíos fueron evacuados hacia los campos de concentración de Alemania central. Así, en la memoria de los niños y adolescentes judíos que seguramente sobrevivirán todavía en 2015, es posible que perdure una imagen global del exterminio, una reflexión universalista. Esto es posible y pienso que hasta deseable: en este sentido, pues, una gran responsabilidad incumbe a la memoria judía... Todas las memorias europeas de la resistencia y del sufrimiento solo tendrán, como último refugio y baluarte, dentro de diez años, a la memoria judía del exterminio. La más antigua memoria de aquella vida, ya que fue, precisamente, la más joven vivencia de la muerte".

Pero volvamos un momento al día del 11 de abril de 1945. Volvamos al momento en que Egon W. Fleck y Edward A. Tenenbaum detienen su jeep ante el portal de Buchenwald.

Probablemente, si tuviera muchos años menos, acometería ahora una indagación histórica, una investigación novelesca acerca de estos dos personajes, investigación que abriría el camino de un libro sobre aquel 11 de abril de hace más de medio siglo, un trabajo literario en el cual ficción y realidad se apoyarían y enriquecerían mutuamente.

Pero no me queda tiempo para semejante aventura.

Me limitaré pues a recordar algunas frases del informe preliminar que Fleck y Tenenbaum redactaron dos semanas después, el 24 de abril exactamente, para sus mandos militares, informe que consta en los Archivos Nacionales de EE UU.

"Al desembocar en la carretera principal", escriben los dos americanos, "vimos a miles de hombres, harapientos y de aspecto famélico, en marcha hacia el Este, en formaciones disciplinadas. Estos hombres iban armados y tenían jefes que los encuadraban. Algunos destacamentos portaban fusiles alemanes. Otros llevaban al hombro panzerfausts. Se reían y hacían gestos de furiosa alegría mientras caminaban... Eran los deportados de Buchenwald, en marcha hacia el combate, mientras nuestros tanques los rebasaban a 50 kilómetros por hora...".

Este informe preliminar es importante por varias razones. En primerísimo lugar, porque los dos americanos, testigos imparciales, confirman rotundamente la realidad de la insurrección armada, organizada por la resistencia antifascista de Buchenwald, y que fue motivo de polémica en los tiempos de la guerra fría.

Lo más importante, sin embargo, al menos para mí, desde un punto de vista humano y literario, es una palabra de este informe: la palabra alemana panzerfaust.

Fleck y Tenenbaum, en efecto, escriben su informe en inglés, como es lógico. Pero cuando se refieren al arma individual antitanque, que se denomina bazooka en casi todos los idiomas del mundo, y en todo caso en inglés, recurren a la palabra alemana.

Lo cual hace pensar que Fleck y Tenenbaum, el civil y el militar, son americanos de reciente filiación germánica. Y esto abre un nuevo capítulo de la investigación novelesca que me apetecería acometer.

Pero hay otra razón, más personal, que me hace importante la palabra panzerfaust, o sea, literalmente, "puño antitanque". Y es que yo estaba, aquel día de abril de 1945, en la columna en marcha hacia Weimar, aquella columna de hombres armados, furiosamente alegre. Yo estaba entre los portadores de bazookas.

El deportado 44.904, en el pecho el triángulo rojo estampado en negro con la letra "S", de Spanier, español, ese era yo, entre los jubilosos portadores de bazooka o panzerfaust.

Hoy, tantos años después, en este dramático espacio del Appeliplatz de Buchenwald. En la frontera última de una vida de certidumbres destruidas, de ilusiones mantenidas contra viento y marea, permítanme un recuerdo sereno y fraternal hacia aquel joven portador de bazooka de 22 años.

Muchas gracias por la atención.

TRIBUNA: RAFAEL ARGULLOL

Fecha límite: 2016

RAFAEL ARGULLOL  24/05/2011

El pasado 1 de mayo, en el downtown de Los Ángeles, el domingo por la tarde transcurría con la peculiar rutina -esa mezcla de pesadez del aire y lentitud de las horas- con que transcurren los domingos por la tarde en todas las ciudades del mundo, aunque con un ingrediente propio: los diversos elementos del paisaje urbano conformaban un escenario que ya se acercaba mucho al proporcionado por la película Blade runner. Es explicable, pensé, pues al fin y al cabo no faltan tantos años para llegar al 2019 del filme, y muchos estamos de acuerdo en que Blade Runner fue una de las más acertadas aproximaciones al futuro que se hicieron en el siglo XX. Únicamente ocho años antes de llegar a la fecha señalada. Es verdad que no hay replicantes, ni coches voladores, ni audaces expediciones espaciales (y en cambio sí teléfonos móviles e Internet, algo que no previó Philip K. Dick, el inspirador literario de la película de Ridley Scott, y que, por cierto, tampoco vislumbraron Aldous Huxley y Georges Orwell en sus respectivos pronósticos); sin embargo, en nuestro mundo se perfila con creciente nitidez aquella confusión de lenguas, de razas, de arquitecturas, aquella combinación de sofisticación tecnológica y pobreza espiritual, de experimentos científicos ilimitados y carencias morales también ilimitadas. Y no había duda de que Los Ángeles había sido una elección adecuada.

La tarde del domingo 1 de mayo se consumía, pues, como tratando de acercarse al guión de Blade runner en las calles semivacías del downtown angelino. Al contrario de la película, en la que llueve todo el tiempo, lucía un sol radiante pero, por lo demás, todo parecía preparado para la deshumanización anunciada en el choque brutal de los brillantes rascacielos y los edificios desahuciados, y en el gesto lentísimo de multitud de home-less que deambulaban alrededor de los grandes aparcamientos al aire libre, antes de sumergirse en extrañas tiendas de campaña confeccionadas con bolsas de basura. Para hacer más verosímil la representación anticipada de Blade runner donde, que yo recuerde, no aparece un solo libro, en Main Street, cerca del hotel en el que estaba alojado, me topé con una librería que se llamaba The Last Bookstore in Los Angeles. El amigo que me acompañaba, nacido en la ciudad, me informó de que se trataba de algo literal y de que aquella, en efecto, era la única librería que no había sucumbido al efecto de las grandes superficies comerciales.

El decorado era casi perfecto, en su intención bladerunneriana, cuando en la propia Main Street se oyeron exclamaciones procedentes de algunos bares en los que relucían gigantescas pantallas de televisión: así me enteré de la muerte de Bin Laden. Con mi amigo, un americano muy anglosajón pero poco nacionalista, entramos en uno de ellos para contemplar la imagen de Obama, pálido y serio, mientras hacía el anuncio. Hubo unamago de entusiasmo por parte de un grupo de blancos que bebían cerveza, e incluso uno de ellos se puso a entonar un patriótico U-S-A, como si contemplara un espectáculo deportivo; en general, sin embargo, los parroquianos se mantuvieron come didos y en silencio. Me dio la impresión de que, para los mexicanos y para los negros, el anuncio tampoco era nada del otro mundo.

A partir de este momento, y durante los días siguientes, las pantallas de televisión norteamericanas -y las de todo el planeta- vomitaron, como es sabido, imágenes relacionadas con la muerte de Bin Laden, una ceremonia de monopolio visual solo equiparable, precisamente, al acontecimiento con que esa muerte se relacionaba: los atentados del 11 de septiembre de 2001. No obstante, con anterioridad a la explotación de esa historia macabra, las televisiones americanas estaban muy ocupadas con otra historia no menos apocalíptica pero que, al principio, me resultaba misteriosa. En hoteles, bares y restaurantes los televisores proponían una fecha, 2016, acompañada de una anotación inquietante: deadline. Como en la actualidad no es necesario mirar la televisión para que, gracias a las omnipresentes pantallas, la televisión te mire a ti mientras estás comiendo, bebiendo o simplemente paseando por el vestíbulo de tu hotel, pronto logré hacerme una cierta idea de lo que ocurrirá en el año 2016 según un ejército de analistas, sociólogos, politólogos y economistas que se exhibían en preocupadas tertulias: ese año se producirá la gran catástrofe y la economía china sobrepasará por primera vez a la norteamericana. El desastre. El único día que, en la habitación del hotel, escuché con atención un programa de la CNN destinado al asunto comprobé que el deadline era, como se subtitulaba el reportaje, "el fin del imperio americano en el mundo". Me sorprendió que durante casi dos horas los analistas que intervenían solo se mostraran tremendamente preocupados por el factor económico y que apenas entraran en juego consideraciones acerca de la libertad, la cultura o la moral. Al parecer el papel de China como el Gran Acreedor -de todos nosotros pero especialmente de los estadounidenses- había debilitado cualquier resistencia ante un modelo que compagina, con toda naturalidad, el más incontinente de los capitalismos con el totalitarismo político. Desde hacía tiempo nadie se atrevía a denunciar este hecho, como temiendo la furia del Gran Acreedor.

No obstante, creo que también es una hipocresía atribuir a China la proposición de un futuro mucho más inclinado a la codicia que a la libertad. De ser cierto que hemos aceptado un mundo casi exclusivamente moldeado por el factor económico poco podríamos reprocharle a China, a no ser el vértigo de su voracidad, vinculado a la rotundidad de la miseria de la que partía. No han sido los chinos, sino los occidentales, quienes han forjado, a través de sus políticos y sus medios de comunicación, la imagen de una humanidad esclava de la supremacía absoluta del mercado. Hay un símbolo totalmente elocuente de esta tiranía en nuestra grotesca antropomorfización de ese dios único. Hoy he leído en el periódico "el mercado celebra el ascenso de Keiko Fujimori en los sondeos"; y no hay día que no sea informado de los sentimientos y emociones de la divinidad: el "mercado sufre", el "mercado está ansioso", el "mercado juzga"... Fuera de estos sentimientos y emociones nada parece contar. China, el Gran Acreedor, lo único que va a hacer es llevar este desvarío -el auténtico deadline- a las últimas consecuencias.

El año 2016, por tanto, no es, seguramente, tan decisivo como sugieren todos esos analistas. En realidad la frontera crucial es la que viene marcada por la venta del alma mediante un trueque siniestro: libertad por mercado (hasta hace poco se alegaba que ambos términos se complementaban). Si hemos cruzado irreversiblemente esta frontera el mejor año para vernos reflejados es 2019, el de Blade runner, con una humanidad que duda de su condición humana, y en una ciudad que ha dejado de tener ciudadanos para albergar seres acorralados por el miedo y la rapacidad.

Arturo Pérez Reverte



Hay un problema laboral del colectivo de controladores aéreos que afecta al 1,2% de la población española (600.000 personas) y casi todos saltáis como energúmenos pidiendo hasta el linchamiento de ese colectivo cuando el día anterior hacen otra reforma del sistema laboral más restrictiva, quitan los 420 euros de ayuda a 688.000 parados que están en la ruina y anuncian cambios drásticos a peor en la ley de pensiones que afectan al 80% de la población y nadie se indigna ni dice nada. ¿Sois idiotas?
 

Estáis pidiendo a gritos al Gobierno que se apliquen medidas que quitan el derecho a la baja laboral, a los permisos retribuidos y a las horas sindicales, sacar militares a la calle ¿sois idiotas?

Estáis leyendo que mintieron en los vuelos de la CIA, en el caso Couso, que González era la X del GAL, que gente del PP cobraba de la trama Gürtel, que hay políticos que cobran más de 230.000 euros al año, pero que nos cuestan más de 3 millones de euros, que la corrupción en la política no es excepción, sino norma, que ellos mismos se adjudican el derecho a cobrar la jubilación máxima con pocos años en las Cortes y a nosotros nos piden 40 de cotización, banqueros que consiguen del gobierno medidas duras contra los trabajadores y que tenían que estar en la cárcel por delitos demostrados de fraude fiscal y no decís nada, os quitan dinero para dárselo a esa gente que cobra cientos de miles de euros año, especula con nuestro dinero, defrauda a Hacienda y seguís callados ¿sois idiotas?

Tenéis una monarquía que se ha enriquecido en los últimos años, que apoya a los poderosos, a EEUU, a Marruecos y a todo lo que huela a poder o dinero, hereditaria como en la Edad Media ¿sois idiotas?

En Inglaterra o Francia o Italia o en Grecia o en otros países los trabajadores y los jóvenes se manifiestan hasta violentamente para defenderse de esas manipulaciones mientras en España no se mueve casi nadie ¿sois idiotas?

Consentís la censura en los medios de comunicación, la ley de partidos, la manipulación judicial, la tortura, la militarización de trabajadores sólo porque de momento no os afecta a vosotros ¿sois idiotas?

Sabéis quién es toda la gentuza de las revistas del corazón, futbolistas supermillonarios pero jamás escucháis a nadie como Saramago o Chomsky u otros mil intelectuales veraces y comprometidos con vuestros problemas ¿sois idiotas?

Si mucha gente responde sí, aún nos queda un poco de esperanza de conseguir acabar con la manipulación de los políticos y poderosos.
Si la mayoría contesta no, entonces estamos jodidos.

EL GOBIERNO: Ha bajado el sueldo a los funcionarios, suprimido el cheque-bebé, congelado las pensiones y reducido la ayuda al desempleo, (EL PARO), para afrontar la crisis que han generado los bancos los políticos y los especuladores bursátiles.

Nos gustaría transmitirle al Gobierno lo siguiente:

Dediquen su empeño en rebajar LA VERGÜENZA DEL FRAUDE FISCAL,que en España se sitúa alrededor del 23% del P.I.B. (10 puntos por encima de la media europea) y por el que se pierden miles de millones de €uros, fraude que repercute en mayores impuestos para los ciudadanos honestos.

TENGAN LA VERGÜENZA de hacer un plan para que la Banca devuelva al erario público los miles de millones de euros que Vds. les han dado para aumentar los beneficios de sus accionistas y directivos; en vez de facilitar el crédito a las familias y a las empresas, erradicarlas comisiones por los servicios bancarios y que dejen de cobrar a los españoles más humildes €30.01, cada vez que su menguada cuenta se queda sin saldo. Cosa que ocurre cada 1º de mes cuando les cargan las facturas de colegios, comunidades, telefonía, Etc. y aun no les han abonado la nómina.

PONGAN COTO a los desmanes de las empresas de telefonía y de ADSL que ofrecen los servicios más caros de Europa y de peor calidad.

ELIMINEN la duplicidad de muchas Administraciones Públicas, suprimiendo organismos innecesarios, reasignado a los funcionarios de carrera y acabando con los cargos, asesores de confianza y otros puestos nombrados a dedo que, pese a ser innecesarios en su mayor parte, son los que cobran los sueldazos en las Administraciones Públicas y su teórica función puede ser desempeñada de forma más cualificada por muchos funcionarios públicos titulados y que lamentablemente están infrautilizados.

HAGAN que los políticos corruptos de sus partidos devuelvan el dinero equivalente a los perjuicios que han causado al erario público con su mala gestión o/y sus fechorías, y endurezcan el Código Penal con procedimientos judiciales más rápidos y con castigos ejemplares para ellos.
 

INDECENTE, es que el salario mínimo de un trabajador sea de 624 €/mes y el de un diputado de 3.996, pudiendo llegar, con dietas y otras prebendas, a 6.500 €/mes. Y bastantes más por diferentes motivos que se le pueden agregar.

INDECENTE, es que un profesor, un maestro, un catedrático de universidad o un cirujano de la sanidad pública, ganen menos que el concejal de festejos de un ayuntamiento de tercera.

INDECENTE, es que los políticos se suban sus retribuciones en el porcentaje que les apetezca (siempre por unanimidad, por supuesto, y al inicio de la legislatura).

INDECENTE, es que un ciudadano tenga que cotizar 35 años para percibir una jubilación y a los diputados les baste sólo con siete, y que los miembros del gobierno, para cobrar la pensión máxima, sólo necesiten jurar el cargo.

INDECENTE, es que los diputados sean los únicos trabajadores (¿?) de este país que están exentos de tributar un tercio de su sueldo del IRPF.

INDECENTE,es colocar en la administración a miles de asesores = (léase amigotes con sueldos que ya desearían los técnicos más cualificados)

INDECENTE, es el ingente dinero destinado a sostener a los partidos y sindicatos pesebreros, aprobados por los mismos políticos que viven de ellos.

INDECENTE, es que a un político no se le exija superar una mínima prueba de capacidad para ejercer su cargo (ni cultural ni intelectual).

INDECENTE,es el coste que representa para los ciudadanos sus comidas, coches oficiales, chóferes, viajes (siempre en gran clase) y tarjetas de crédito por doquier.

Indecente No es que no se congelen el sueldo sus señorías, sino que no se lo bajen.

INDECENTE, es que sus señorías tengan seis meses de vacaciones al año.

INDECENTE, es que ministros, secretarios de estado y altos cargos de la política, cuando cesan, son los únicos ciudadanos de este país que pueden legalmente percibir dos salarios del ERARIO PÚBLICO.

Y que sea cuál sea el color del gobierno, toooooooodos los políticos se benefician de este moderno "derecho de pernada" mientras no se cambien las leyes que lo regula.
¿Y quiénes las cambiarán? ¿Ellos mismos? Já.

Juntemos firmas para que haya un proyecto de ley con "cara y ojos" para acabar con estos privilegios, y con otros.

TRIBUNA: SANTIAGO EGUIDAZU

Deliberación moral y crisis del capitalismo

La situación económica ha puesto al desnudo nuestra incapacidad de realizar valores y nuestro empeño en producir disvalores. La refundación moral del sistema demanda un cambio generalizado de actitudes

SANTIAGO EGUIDAZU 02/05/2011

Toda culpa reclama un rostro. Y también una expiación. En estas mismas páginas, ha dicho Antón Costas en un soberbio artículo, Quiebra moral de la economía de mercado (EL PAÍS, 18 de abril), que hasta que la sociedad no manifieste su indignación contra el capitalismo financiero y la política no recobre su autonomía frente a este, no podrá darse una salida a la crisis, que ha de venir de una refundación moral de la economía de mercado. Los comentarios que siguen pretenden mostrar que esa quiebra moral que con mucha razón se predica de nuestra sociedad y del sistema económico que la sustenta, y la consiguiente destrucción de valores con que se retroalimenta, han tenido necesariamente que originarse en un colapso de nuestra capacidad y calidad deliberativas. En la antigüedad, la deliberación moral era considerada imprescindible para guiar la acción, y la ausencia de la misma se calificaba como imprudencia. El hombre prudente era, precisamente, el capaz de deliberar con rectitud de juicio, equidad, inteligencia crítica y conocimiento práctico. La prudencia así entendida es inseparable de la acción.

Los valores no nacen ni mueren; no son realidades objetivas ni existen exclusivamente en nuestras mentes; los valores se construyen por medio de procesos de deliberación individuales (esto es, de uno consigo mismo) o colectivos (de uno con otros o incluso de todos con todos). El hombre, a través de la interacción de deliberación y acción, realiza valores. Así es como progresa moral y a la postre materialmente la sociedad. La crisis ha puesto al desnudo nuestra incapacidad de realizar valores y nuestro empeño en producir disvalores. Y en ello vienen incidiendo, desde hace tiempo en Occidente, al menos tres factores que han estallado en la línea de flotación de nuestros principios morales. El primero ha sido la confusión de prudencia y ciencia. Los economistas académicos, los banqueros, las agencias de calificación, los propios Gobiernos y el consumidor en general han aceptado -más o menos interesadamente- como conocimiento "científico" que orienta y determina su conducta, unos modelos de decisión y comportamiento económico-financiero que se fueron gestando desde mediados del siglo pasado, y cuyo núcleo puede resumirse, simplificando mucho, en la asunción de una racionalidad maximizadora de los agentes, de una eficiencia perfecta en la asignación de recursos por los mercados, de la posibilidad técnica de descorrelacionar rentabilidad y riesgo, y de la superioridad financiera de la deuda en la creación de riqueza. Fue Aristóteles, el primer gran promotor de la prudencia como instrumento de deliberación para la acción, el que descartó tajantemente su aparejamiento con el conocimiento apodíctico propio de la sabiduría y la ciencia. Estas últimas tratan de lo necesario, mientras que la prudencia, la deliberación, versan sobre lo contingente. Al elevar a categoría de ciencia modelos que funcionan en el mundo de lo contingente, el hombre de hoy ha prescindido de deliberar y se ha dejado cómodamente llevar por aquello que los modelos predecían. Y al evadirse de un principio básico de la deliberación critica, a saber, asumir la responsabilidad final de las acciones, poniéndola en manos de modelos artificiales, poco le ha costado desprenderse de la siempre dura obligación de oponerse o descartar aquellas prácticas o acciones conflictivas con nuestros valores. De esta forma, hemos causado entre todos una enorme bola de fuego que se ha llevado por delante buena parte de lo construido durante décadas. Y digo entre todos porque -si bien en muy diferente grado- es irresponsable e imprudente el que da vueltas a un crédito con el exclusivo objeto de lucrarse, pero también el que lo acepta sabiendo que no podrá devolverlo. Y en esto disiento de aquellos que señalan como únicos responsables del marasmo a los representantes del denostado entramado financiero. El mundo financiero tiene desde luego una responsabilidad moral determinante, absoluta y final sobre lo que ha acontecido, pero eso no quiere decir que los muchos que se han dejado llevar por el espejismo del dinero fácil, los que han aceptado subirse a la ola mirando hacia otro lado y sin decir ni pío, no deban asumir la suya. En un sistema auténticamente ético la expiación de unos no exime de responsabilidad al resto; más bien al contrario, afirmaciones de esa guisa ofrecen la perfecta coartada al hombre-ausente para desvincularse de su propia responsabilidad moral.

Una segunda razón que ha eclipsado la práctica de la deliberación crítica en estos años ha sido el conformismo o la comodidad moral. En todo proceso de deliberación hay dos partes, una emocional y otra intelectual. John Dewey llamó a lo primero "valorar" y a lo segundo "valoración". Valorar es lo que hacemos intuitivamente al percibir un estado de cosas que nos incita a la acción. Las emociones, los hábitos, las costumbres generan una primera reacción, una propuesta inmediata para nuestra acción. Pero si no interviene la parte racional de nuestro cerebro, el proceso queda incompleto, no hay valoración propiamente dicha y, consecuentemente, no hay acción prudente. Pensar se ha vuelto doloroso, acaso peligroso, en los días que vivimos; ponderar, imaginar cursos de acción, valorar alternativas, prever consecuencias y tomar iniciativas no está a la altura de los tiempos; es menos costoso y arriesgado mantenerse a rueda. La actitud habitual del hombre de hoy es la de un polizón (free-rider) que trata de apropiarse de los beneficios del esfuerzo deliberativo y las acciones de otros sin incurrir en ninguno de los costes necesarios para generarlos. Así, cada vez menos votantes acuden a las urnas, cada vez menos accionistas elevan su voz en las juntas y cada vez menos lectores reclaman independencia y objetividad a sus medios. Un sistema que aspira a la regeneración moral, necesita que sus miembros asuman el coste a corto plazo de significarse, decir no cuando proceda y proponer estrategias alternativas. La buena deliberación no sólo consiste en elegir los medios adecuados para los fines deseados, sino también y sobre todo en analizar críticamente y decidir cuáles deben ser esos fines. Y nadie que no seamos nosotros mismos puede o debe hacerlo. El hombre peleó durante siglos para desprenderse del yugo moral de la religión y no tendría sentido entregarse ahora al de la indiferencia o la inacción.

El tercer escollo a nuestra capacidad de reacción es, precisamente, nuestra incapacidad para aceptar el fracaso moral, aprender de él y tomar medidas para superarlo. Es bastante habitual reconocer que uno aprende de los errores y no tanto de los éxitos. Pero otra cosa es el fracaso. Nos cuesta asumirlo pues creemos que se trata de una mancha irreversible, el principio del fin de nuestra intocable autoestima. Pero al igual que los individuos, las sociedades también se regeneran moralmente y para hacerlo necesitan digerir y aprehender los fracasos colectivos. También aquí la deliberación crítica juega un papel esencial. De la misma forma que todas las épocas de progreso intelectual, moral y al final material han estado precedidas por etapas de intensa deliberación individual y colectiva, también el renacimiento moral de las sociedades ha requerido -como ocurrió, por ejemplo, en la Alemania de posguerra- una vuelta del pueblo a la reflexión y deliberación críticas.

El resultado de estas tres limitaciones es bien conocido. La estructura de nuestros valores ha cambiado drásticamente. Los valores instrumentales, a saber, los que se intercambian y miden por unidades monetarias, han eclipsado a los valores intrínsecos, aquellos que son valiosos por sí mismos con independencia de su soporte. Un sistema de valores puramente instrumental empobrece al individuo y a la sociedad, trunca su capacidad de revolverse y luchar en las crisis, y desactiva el proceso de deliberación crítica. Es como un círculo vicioso: a menor capacidad y calidad de deliberación, mayor el peso de los valores instrumentales en nuestras vidas; en el límite, en un mundo puramente instrumental, la deliberación moral perdería buena parte de su sentido, se transformaría en una mera discusión técnica, en la búsqueda de los medios óptimos para producir valor instrumental puro. Esa sociedad seria inhumana; eficiente, pero poco equitativa. Si no queremos llegar a ella, empecemos por asumir el fracaso. Que los políticos recuperen su autonomía y que los financieros expíen su culpa, como reclama el profesor Costas; y que la indignación y la resistencia pasiva jueguen su papel dinamizador y revolucionario. Pero si los valores se construyen y realizan con base en procesos de deliberación moral, que cada uno en su círculo, organización o área de influencia se aplique a ello. La refundación moral de un sistema dinámico de relaciones multipolares y multipersonales, que es en lo que ha devenido el capitalismo, demanda un cambio generalizado de actitudes, y este pasa necesariamente por una recuperación de la facultad deliberativa crítica del individuo.

TRIBUNA: JOSÉ MARÍA LASSALLE

Jovellanos ejemplar

JOSÉ MARÍA LASSALLE  27/04/2011

Para quienes la moderación es falta de espíritu y el sentido común debilidad acomplejada, la figura de Jovellanos (1744-1811) resultará siempre incómoda. Antípoda de la radicalidad y desmesura, demostró cómo la razón práctica y la prudencia pueden ser los aliados más idóneos en las decisiones políticas. Al menos si se quiere fomentar con ellas la paz social y la prosperidad. Consciente de ello, Jovellanos contribuyó a edificar un clima de concordia nacional que potenciase reformas basadas en la "libertad, sin la cual nada prospera", y la justicia, que combate los abusos y estimula la instrucción pública del pueblo. Su disposición en pos de ambos objetivos fue infatigable, a pesar de los altibajos a los que se vio sometido. Diez años de destierro y siete de prisión no cambiaron su compromiso sincero con ellos. Algo que reflejan tanto su escritura como el tenor de sus reflexiones. En este sentido, los testimonios de templanza y sensatez que definen los contornos más tangibles de su vida siguen en pie 200 años después de su fallecimiento. Constituyen un ejemplo de patriotismo desinteresado, sin ápice de rencor ni visceral animadversión hacia el contrario. Precisamente esta circunstancia resulta inédita en nuestra historia, reciente y pasada, donde la política se ha vivido como si fuera una experiencia fanática que casi siempre ha ignorado los cauces de negociación y entendimiento, ya que el oponente, lejos de ser respetado en su diferencia, ha sido interpretado como un enemigo al que no había que convencer sino tan solo, digámoslo así, aniquilar.

Pinzado por los atavismos seculares de la intransigencia hispana, soportó los sinsabores de la calumnia y la envidia sin alterar el juicio, ni tampoco el estilo y las ideas. Lo señala en sus Diarios: "Lo que llaman fortuna es lo de menos, porque... es cosa de quita y pon, y que se va y viene y no se detiene"; añadiendo a renglón seguido: "Virtud, instrucción: he aquí lo que siempre dura". De ambas dio muestra a lo largo de su cursus honorum. Primero, como magistrado en Sevilla. Después, ejerciendo de alto funcionario del Consejo de Castilla. Más tarde, como ministro de Justicia. Y, finalmente, como miembro de la Junta Central en los difíciles momentos de la Guerra de Independencia, cuando Napoleón doblegaba la resistencia española y nuestro país se debatía en la crueldad de una invasión y una soterrada guerra civil. En cada uno de estos cargos, su compromiso con la virtud pública y su instrucción en el manejo del interés general fue sobradamente acreditado. Quizá porque, educado en los conceptos que Feijóo perimetró en el ensayo Amor a la patria, nunca dudó de algo que hoy se olvida con facilidad: que las personas son para los cargos y no los cargos para las personas. Llevado por este apego virtuoso al desempeño de sus responsabilidades no debe extrañar que suscitara recelos abruptos. Sobre todo si era capaz de encararse con la reina María Luisa deParma y preguntarle, ante la insistencia de ella a favor de uno de sus recomendados en la magistratura, sobre dónde había aprendido los saberes que le capacitaban para ello. A lo que respondió la esposa de Carlos IV con evidente enojo que: "En la escuela donde usted ha aprendido cortesía". Con tanto celo y apego a la ejemplaridad no es extraño que proliferaran sus enemigos. Especialmente entre los afines a Godoy y sus corruptelas, que estuvieron detrás del quebranto de su salud como ministro de Justicia y, después, de la condena sin proceso que lo condujo al castillo de Bellver acusado por la Inquisición de heterodoxia por su defensa de la Ilustración y el jansenismo.

Es sobradamente conocido que el hidalgo gijonés fue un actor decisivo para el desarrollo del programa de la Ilustración española. Estuvo en el corazón decisivo de ella, a la sombra de sus promotores: los Floridablanca, Campomanes, Aranda, Cabarrús, Olavide o Almodóvar, entre otros. Y aunque algunos, entre ellos Ortega y Menéndez Pelayo, despreciaron nuestro Siglo de las Luces, no cabe duda de que gracias al esfuerzo de los ilustrados, recuperamos en buena medida la sintonía perdida con el resto de Europa tras concluir la etapa final de los Austrias. Que nuestra Ilustración es digna de elogio lo demuestra precisamente la obra del asturiano. En ella se evidencia un pensamiento de altura, como sucede con el Informe sobre la ley agraria, receptivo a las novedades del continente pero, al mismo tiempo, generador de un poderoso impulso de modernidad y sugerencia. Lector de los ilustrados franceses, sin embargo, su torso más potente se aprecia en contacto con el pensamiento británico. En él es donde se palpa la huella de Locke, Ferguson, Adam Smith y Burke. Hasta el punto de percibir con nitidez en su pensamiento liberal-republicano el engarce entre los whigs británicos y los liberales españoles de Cádiz. Esta tesis, ya insinuada por Maravall en los años sesenta, merecería una atención más detallada. No hay que olvidar que Jovellanos llegó a afirmar que la dicha de España pasaba por emular el Estado político y económico de Inglaterra. Algo que reitera al adaptar la tesis de la Antigua Constitución blandida por los whigs en su lucha contra los Estuardo al invocar una Constitución española de carácter histórico y dinámico, abierta al cambio y que no respondería a un articulado en abstracto, sino a una progresiva decantación reformista que evitase institucionalmente el despotismo.

Cuando se cumple ahora el bicentenario de su fallecimiento, Gaspar Melchor de Jovellanos merece reivindicarse como un ejemplo a seguir a la hora de trenzar un relato que explique cómo afrontar la crisis que padecemos. Primero, porque encarna como pocos en nuestra historia la esencia del hombre moral que hizo de su servicio al país una empresa ejemplar de honradez, de dedicación admirable al interés general y al bien común. No en balde, su proyecto más personal y querido, el Instituto Asturiano, fue puesto al servicio de la "verdad y la utilidad pública", tal y como rezaba la leyenda que presidía una de sus puertas principales. Y segundo, porque nunca renunció a creer que, frente a las dificultades, no solo se pone a prueba la grandeza de los hombres y los pueblos, sino la fe en ellos mismos, pues la felicidad futura tan solo puede alcanzarse cultivando aquella mediocritas clásica basada en la austera aplicación, la sencillez esforzada y la entrega a un patriotismo que invoca la concordia y la unidad.