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…y no estaban ellos…

 

En una mañana calurosa de un ocho de septiembre, en Castuera, localidad de la Serena extremeña, un grupo de ciudadanos se dan cita con motivo de la finalización de las exhumaciones que un grupo de arqueólogos y voluntarios a instancia de la sociedad por la recuperación de la memoria histórica de Castuera y Extremadura han realizado durante un mes. El resultado ha sido la exhumación de dieciocho cadáveres de represaliados de la guerra civil. Hombres y mujeres asesinados impunemente, después de la prisión y la tortura. Les recuerdo que en Castuera hubo un campo de concentración por el que pasaron quince mil personas, muchas de las cuáles murieron por las inhumanas y adversas condiciones y otras, la mayoría, fueron asesinadas de forma vil y cobarde obedeciendo a un plan de exterminio del enemigo que el ejército golpista había planeado. ¿Quién no estuvo allí a pesar de ser invitados por la asociación? Pues los políticos que estarían en cosas más agradables que las de enfrentarse a los fantasmas del pasado, como puede ser la celebración del día de Extremadura. Pero no me voy a extender sobre esa ausencia. Por sí sola es significativa y lo dice todo. Me voy a detener en el significado de memoria y justicia.

            Después de treinta y muchos años ya de la finalización de la dictadura que procedió de un golpe de estado tras el que se siguió un programa de exterminio del enemigo que duró muchos años después de finalizar la guerra, no se ha hecho justicia con los asesinados. Se asesinaba a las personas y con ellas a la democracia y la libertad en nombre de una gran mentira y con la connivencia absolutamente explícita de la iglesia. Sin la memoria de estos asesinatos no habrá nunca justicia. Y hablo de justicia moral, pero no en abstracto, sino en concreto. Es necesario la recuperación de cada uno de los cuerpos de los que fueron asesinados por defender el régimen legalmente establecido, cuyo fundamento eran la libertad y la democracia, por muchos defectos que tuviese, como nuestra democracia actual. Si no se hace justicia con estos asesinados nunca se podrá pasar página en la historia de España, porque siempre habrá vencedores y vencidos. Y esto no se ha hecho. La transición fue una claudicación de la izquierda ante el poder de las antiguas estructuras del franquismo. Hubo demasiado miedo y demasiado poder que quería perpetuarse. La izquierda no supo enfrentarse a la iglesia y ponerla en su lugar. Aceptó la ley de amnistía y quiso cerrar página. Pero eso es imposible, porque los muertos siguen gritando justicia desde la soledad y el fondo de las cunetas. El olvido no es el instrumento psicológico de la justicia, sino, muy al contrario, la memoria. Y hablo de justicia, no de venganza. Lo pasado pasado está, pero es necesario su conocimiento, tanto  el histórico como el personal. El olvido es para los cobardes, para los que no se atreven a mirar quiénes son y de dónde vienen. Si aquí se cometió una tremenda injusticia contra cientos de miles de personas y contra un régimen de libertad y democracia, eso debe ser absolutamente conocido y denunciado moralmente. Y, además, corresponde al estado esta misión, no a meras asociaciones sin recursos y con cortapisas por los distintos poderes. El estado tiene una deuda pendiente con la historia de España desde hace treinta años. Y digo el estado como tal, no el gobierno de un partido o de otro, los dos partidos mayoritarios, supuestamente democráticos, y precisamente por eso, tienen el mismo deber. Los muertos anónimos claman por sus nombres y piden justicia. La historia exige verdad. Y los ciudadanos debemos reclamar esto, sin miedo, sin odio, sin rencor. Para aprender de los errores y de los excesos a los que es capaz de llegar la condición humana. Como un antídoto para el presente y el incierto futuro que puede dar lugar a discursos populistas, mesiánicos y apocalípticos que son precisamente los que nos llevan a estos atropellos, masacres y genocidios. Y, sobre todo, por dar un nombre, una vida, una familia a quienes durante más de setenta años yacen olvidados en las cunetas y las paredes de los cementerios de nuestro país.



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