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El viajar y ver (el turismo) se ha convertido en un objeto de consumo que no te permite deleitarte. Es como la vida cotidiana, llena de prisas y masificación. La gente va a los sitios casi que por decir que ha estado allí. Pero no conocen nada de lo visitado: ni historia, ni cultura, ni pensamiento. Ya el mismo viaje, sea en coche, tren o avión o los típicos cruceros, son un traslado veloz de un lugar a otro. Antes el viaje te transformaba por dentro. Ahora en una hora y cuarto estás en Atenas. Y, simplemente, ir a Madrid, como hay autovía, te priva totalmente del deleite del viaje, no ves ni un solo pueblo, no paras. Es como si cruzases un páramo, un no lugar. Es un traslado físico en el que la mente permanece estática. Llegas igual que saliste de casa. Y si se te ocurre ir al Prado, pues ya sabes lo que te espera. Para viajar prefiero un libro. De momento…



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