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Ya hemos hablado de esto. La corrupción que ha aparecido en España no es nueva y no es puntual, sino que está institucionalizada. Ha existido desde los inicios de la democracia. Las causas políticas, hablando generalmente son dos: el proceso de transición y nuestra constitución con su ley de partidos que da lugar el bipartidismo y todas las consecuencias que ello conlleva, principalmente la acumulación de poder y, por tanto, la posibilidad de corromperse y la alternancia en el poder. La segunda causa política somos nosotros. Los ciudadanos, con nuestro voto, hemos consentido la corrupción. Ya digo, la corrupción no es nueva. La corrupción que existía en el PSOE en los años noventa era tremenda, también en el PP, pero menos a causa de que tenían menos poder. No obstante millones de españoles miraban para otro lado y los votaban. El libro, del nada sospechoso Javier Pradera (libro póstumo, escrito en 1994 y publicado este año) lo confirma, “Política y poder”. Entre los primeros años 90 la corrupción del PSOE era generalizada, llegó incluso a tener a miembros del gabinete de gobierno en la cárcel, se cometió la mayor corrupción del gobierno, el crimen de estado. Y la ciudadanía, porque recuerdo arduas discusiones, lo justificaba: al fin y al cabo, decían, a los que habían matado eran terrorista, en realidad fue una tremenda chapuza, además de socavar los cimientos mismos de la democracia. No obstante eso es una razón antidemocrática, porque la democracia está para lo contrario. Para que cualquiera tenga un juicio justo. Todos somos iguales, terroristas o no, ante la ley. No teníamos, ni tenemos y menos que vamos a tener, cultura democrática. (No olvidemos que las asignaturas que, en principio ofrecen esta cultura desaparecen del curriculum con la LOMCE: Educación para la ciudadanía, Ética e Historia de la Filosofía)

Lo nuevo de ahora, aunque no sabemos en qué terminará esto, es que la ciudadanía, por primera vez se ha hartado y su intención de voto ha cambiado. Pero veo dos problemas: el primero es que esto se deba a la situación de crisis y no a un aumento de la conciencia democrática. Y, en segundo lugar, Podemos está jugando una carta difícil. Ha entrado en el sistema y, probablemente, éste lo absorba. De todas formas, mientras tanto, son aire fresco y esperanza.

 



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