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Filosofía desde la trinchera

                               Chil Rajchman. Treblinka. Seix Barral. 2014.

Un viaje a la condición humana: olvido, deshumanización, esperanza.

                Una nueva obra sobre el Holocausto. Pero como toda obra nueva sobre el tema es absolutamente actual. Porque en definitiva se habla de la condición humana, de su universalidad, de la capacidad intrínseca de producir el mal, de la supervivencia, de la despersonalización, del fracaso del hombre, también de su superación, su esperanza y desesperación. Una obra absolutamente desencarnada. Una descripción aséptica de lo que ocurría en el campo de concentración de Treblinka contado por un superviviente. Un campo destinado a la muerte. En el que observamos toda la maquinaria racional y tecnológica puesta al servicio del exterminio del hombre por el propio hombre.

                Un exterminio que comienza por la deshumanización. Se trata de convertir en cosa, en objeto al hombre. De esa manera la empatía que pudiese producir su sufrimiento queda anulada. Pero esa despersonalización no es sólo de cara al verdugo, sino que se produce en la propia víctima. Ésta al ser despojada de sus posesiones al llegar al campo, al ser desnudados, pierde su dignidad y se encaminan como animales dóciles, como ganado, al matadero, asumiendo sumisamente su destino. Otro factor interesante de esta maquinaria de exterminio y despersonalización es que el trabajo  de toda la cadena que configura el plan de exterminio lo llevan a cabo los mismos que, tarde o temprano, serán exterminados. Los verdugos, los asesinos, como son llamados en la obra, único juicio de valor, el resto es descripción, un diario, por eso es desolador, se encargan de la vigilancia y de eliminar a todo aquel que se salga de las normas. O, simplemente, por puro capricho o diversión son eliminados de mil y una maneras para ver cuál es la mejor.

                Y curioso es también como se llega a los campos de exterminio. Hay dos tipos fundamentales. A aquellos que se les ha prometido un trabajo, que vienen de los guetos y que ya, de alguna manera se barruntan lo peor, y que al llegar, si no han muerto o han sido asesinados en el tren donde han sido obligados a subir con todas sus posesiones, para después serles expoliadas, van a ser divididos y separados, hombres de mujeres, padres e hijos. Nada tiene sentido social ni moral. Son objetos y así han de ser tratados. Van a ser exterminados. Pero en todo este proceso se les sacará incluso su rendimiento. Se les confiscará la ropa, las joyas, el dinero y todas sus posesiones. Y después de pasar por las cámaras de gas serán desposeídos de sus piezas de valor, como dientes de oro o plata, que serán arrancados de cuajo, por sus mismos compañeros, esos que antes han tomado sus ropas y las han ordenado, quienes los han rapado, porque su pelo también será aprovechado. Por eso muchos de los presos acaban en el suicidio. Cada mañana aparecen como mínimo dos o tres ahorcados en los barracones. U otra forma de suicidio, incumplir las normas para que los guardianes los eliminen con un disparo en la nuca. La mejor forma de estar en Treblinka es estar muerto. La desesperación es total, la seshumanización llega al límite.

En los verdugos confluyen dos ideas que hacen posible su deshumanización. La primera es la ideología nazi y fascista. La de la raza aria superior y el odio al judío, al comunista, al gitano, homosexual…y, por otro, la obediencia ciega al sistema, la bananalización del mal, que lo llamo Hanna Arendt. Esta mezcla de odio y obediencia deja las conciencias perfectamente tranquilas y hace de estos verdugos asesinos y genocidas personas normales cuando están fuera del campo, e, incluso, “cultos”, que no humanistas.

La otra forma de llegar al campo es tremenda, también basada en el engaño, pero más cruel. Son aquellos que han sido hechos presos, sin conciencia de ello: ingleses, americanos, franceses, que podían encontrarse de vacaciones en algún país conquistado por Alemania. Y, precisamente, se los montaba en trenes de lujo, a familias enteras, y se les comunicaba que los llevaban a cualquier lugar de vacaciones, un viaje de placer. El choque debería ser brutal al llegar a Treblinka y bajar del tren y ser apuntados por los guardianes y separados de sus familias despojados de todas sus posesiones y desnudados. En fin, la obra es escarnecedora, porque es una descripción, apenas sin reflexión, ni juicios de valor. Se cuenta el proceso del exterminio con toda la normalidad del mundo. Como cuando llega Himmler al campo y se queda mirando la fosa de cadáveres, cientos de miles, y tras un rato (esto fue después de la derrota de Stalingrado, el comienzo del fin de la guerra) y afirma que los cadáveres deben desaparecer. Que no debe quedar ni rastro de lo que allí está ocurriendo. Y entonces comienza la construcción de hornos crematorios que funcionarían día y noche. Se estima que en diez meses, tirando por las cuentas más bajas, se exterminaron a tres millones de personas. Hablamos de exterminio, no de guerra.

                Y porqué de nuevo un libro de esto. De algo que todo el mundo sabe. El tema es, a mi modo de ver, como señala el autor y en un formidable epílogo de Grossman, el del olvido, la memoria, la justicia y la esperanza. Si olvidamos lo que ocurrió estamos perdidos, primero porque no rendimos culto a los muertos y, segundo, porque no nos enfrentamos al demonio interior de la condición humana. Esto lo hemos hecho nosotros la humanidad. Cualquiera podríamos haber participado. Es más, participamos de grandes males. Es lo que llamamos el mal consentido. Pero incluso podríamos participar más directamente resguardándonos en el latiguillo de que obedecíamos órdenes, de que el sistema es el que hay y hay que obedecer. Es lo que hacemos continuamente por cobardía. No nos atrevemos a la disidencia, ni a la desobediencia civil, simplemente por miedo o ignorancia, obecedemos. Y, la capacidad de realizar el mal radical está en todos. Porque, como decía Terencio, hombre soy y nada de lo humano me es ajeno. Si cambian las circunstancias ya veríamos cómo actuábamos. Los héroes son pocos y los cobardes, la mayoría. Y la omisión es culpa. Es connivencia. Está perfectamente documentado la participación de intelectuales y científicos en este Holocausto, como lo está también el silencio cómplice de la sociedad civil. Se conocía, aunque no fuese en detalle, lo que estaba ocurriendo. La memoria, la historia, que es la que nos ofrece esa memoria es absolutamente necesaria. No se puede ni ocultar ni obviar. Debe estudiarse en los planes de estudio, como la guerra civil en España, como el resultado de un golpe de estado y un posterior plan de exterminio y genocidio, del que aún no se ha recuperado la memoria. Increíble. Y recuperar la memoria no es invocar al rencor, sino a la justicia y, de paso, a la esperanza. Si reconstituimos la justicia en el pasado tendremos la esperanza de pensar en un mundo mejor para que el mal radical no se vuelva a producir. Y otra consecuencia importante del recuerdo es que el mal radical no solo es el que se produjo en el Holocausto, sino que se ha producido durante todo el siglo XX, la diferencia es la racionalización y mecanización tecnológica que le dieron los alemanes del nazismo, pero el siglo XX y lo que va del XXI está plagado de genocidios y exterminios. El propio sistema capitalista es una forma de exterminio. Como reza el título de un libro: “El crecimiento mata”. Crecer, acumular riqueza, ha sido posible a costa de otros. Ha sido posible a costa de un neocolonialismo que se nos derrumba, que ha producido, desequilibrios políticos, guerras, hambre, miseria, migraciones masivas…y un agotamiento del planeta del que hemos sobrepasado sus límites. Es necesaria la historia para recordar. Y es necesaria la filosofía para saber de dónde vienen las ideas. Porque bajo el mantra de “para qué sirve la filosofía” nos encontramos filosofías absolutamente peligrosas que justifican el mal radical. Como decía el filósofo Reyes Mate especialista en el judaísmo y en la memoria histórica, en una conferencia en Cáceres, quizás un poco excesivamente, el pueblo judío estaba exterminado ya en el sistema hegeliano. Las ideas, unas veces justifican y otras producen los hechos. El estudio de la historia de la filosofía es absolutamente necesario para entender el pasado y pensar un futuro, no utópico por supuesto, que nos dé esperanzas, si es que cabe, sobre una sociedad más justa o feliz. O, para el escéptico sin esperanza, para entender por qué nuestra historia no tiene un final feliz, ni puede tenerlo.

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