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Filosofía desde la trinchera

Lo políticamente correcto es muy peligroso y más si viene defendido con una pseudocultura libresca. El pensamiento políticamente correcto es uno de los lobos del poder de hoy en día. Por eso se pretende descuidar la educación del niño hablando de la necesidad de cuentos edificantes. Pero, qué es un cuento edificante. Muy sencillo, aquel que oculta la realidad. Nuestra condición humana, nuestros sentimientos y afectos. El Poder y su poder sobre nosotros. Aquel que anula la libertad porque sólo enseña una cara de la realidad, aquel que nos tiene atados en el fondo de la caverna. Aquel que teme a los traumas, como si las heridas no enseñasen, como si fuese posible criar a alguien en una pompa de jabón. Lo políticamente correcto es el control de las emociones a través del control del pensamiento. Es lo establecido en nombre del bien del niño para poder controlarlo. Es la difusión de lo pueril, de lo ingenuo, de lo controlable y maleable. Es preparar al individuo para convertirlo en ganado, al ser que llevamos dentro para ser domesticable. Eso es lo políticamente correcto. El autoritarismo sin fuerza. El autoritarismo de la transparencia, como dice el filósofo coreano de moda Han. Lo políticamente correcto es parte de la ideología posmoderna del poder neoliberal que ha vaciado el yo de contenido y lo ha reducido a la supuesta libertad de un “me gusta” en una red social.

 

La escuela es parte de ese mundo mediático que nos narcotiza y esclaviza. Y el debería ser (el ámbito de lo ético, que debería corresponder a la escuela para formar ciudadanos libres y autónomos) me parece que ha desaparecido, para la inmensa mayoría, docentes incluidos, de su horizonte vital. Vivimos en el mundo del ser, de la tecnobarbarie, del paraíso prometido de las TICs, del ludismo hedonista y egoísta. Del entretenimiento banal, de la mediocridad. Vivimos allá donde el ser coincide con el deber ser, estamos viviendo el inicio de la utopía. Que, como cualquier otra, es el inicio de una época de barbarie, estulticia y esclavitud. De modo que la escuela ni es, ni puede serlo, paréntesis de nada. Al contrario, cada día se diluye más en la sociedad. Se puede ampliar escuela a toda la enseñanza sin ningún problema.

La libertad frente al estado intervencionista.

Mucho se ha defendido y se defiende la socialdemocracia y el estado del bienestar. Y yo no seré el que ataque a los derechos del ciudadano que tanto han costado conquistar, tanto ética, como políticamente. Pero soy un defensor de la libertad y creo que justicia, entendida como equidad, y libertad deben coexistir. Me explico, a mi manera de ver, y a la de muchos teóricos, el estado del bienestar se ha transformado en un estado benefactor, protector y, en la máquina de vigilancia del individuo. Dicho de otra manera, la socialdemocracia aparece como una forma alternativa de desarrollo de la democracia al liberalismo o las llamadas democracias liberales. Y nace como una forma de control del capitalismo en la que la riqueza ha de repartirse, el objetivo es la justicia social. Esto está muy bien. Pero aquí, lo que ha pasado es que el triunfo se lo ha llevado el neoliberalismo. Y la cosa está bien clara. La socialdemocracia y su estado de bienestar asociado no ha sido más que otra forma que ha tenido el capital para transmutarse y seguir existiendo y desarrollándose. De tal manera que, a partir de los años setenta, se empieza a fundir con el capitalismo y la democracia liberal. Pero, claro, lo que ha ocurrido es que como la socialdemocracia tenía acceso a los individuos, de forma política. Y, la política ha ido deviniendo en una unión con el capital. Pues el capital, a través de la mano política se ha introducido en nuestras vidas para controlarnos. El sistema que nos salvaba de los desmadres del capital nos hace sus esclavos y sin darnos ni cuenta. No hay lucha, aceptamos lo que el estado nos ofrece/obliga y le estamos muy agradecidos. Y, de paso, el estado se convierte en el gran hermano (Big Brooder) que nos vigila. Es decir, se nos ha robado nuestra libertad sin ser consciente de ello porque nos sentimos absolutamente libres y que se preservan nuestros derechos. Éste es el gran engaño que impide la resistencia, porque estamos satisfechos, nos creemos libres, estamos anestesiados por el opio del consumo y hemos perdido la capacidad de la fraternidad, de ponernos en el lugar del otro y en nuestro propio lugar. Porque cuando se habla de emprendimiento de lo que se está hablando es de autoesclavizarte. Es decir, que sufres una doble alienación, la propia del trabajo y la explotación que tú a ti mismo te impones. Pero lo haces alegre y contento. Esto es lo que subyace al discurso del emprendimiento, la doble explotación del capital, que ya no tiene nada que perder. Se convierte en el amo absoluto del ciudadano que deja de ser tal, para ser cosa: una mercancía al servicio del capital y autoexplotada, es decir, doblemente alienada.

            Pero voy más lejos. Se utilizan los derechos humanos como ideología para la alienación y absorber tanto nuestra libertad empírica, como nuestra libertad política. El estado del bienestar, en nombre de la justicia, debe garantizar el acceso de la ciudadanía a los derechos básicos. Y aquí, también hay una cosa importante. Tus derechos son tus deberes. Lo que ha sucedido es que las sociedades del bienestar, al ser paternalistas, han anulado la conciencia del deber en los ciudadanos y los han convertido en “señoritos satisfechos” que, no respetan lo público y sólo son conscientes de que tienen derechos. Cuando, en realidad, ontológicamente hablando, nadie tiene derechos. Éstos se los da el hombre a sí mismo. Pero no quiero extenderme en esto, sólo señalarlo porque es un grave problema ético, puesto que a cada derecho corresponde un deber y a cada deber una responsabilidad. Pero si se rompe la cadena con lo que nos encontramos es con individuos irresponsables. Es decir, desde el punto de vista ético: sinvergüenzas. Aquellos que no sienten vergüenza de no cumplir con su deber y, por ello, se convierten en inmorales y corruptos.

            Pero vamos más allá todavía. El estado del bienestar, convertido en estado benefactor y, tutelado por el capital, decía, nos roba nuestra libertad. Pongo un ejemplo que es esencial y, además el fuste de una sociedad y que de él depende el tipo de sociedad que tengamos. Todos tenemos el derecho a la educación. Perfecto. El estado debe garantizar este derecho. Pero esto no es lo que pasa. El estado interfiere en nuestras vidas de una forma perversa y descarada robándonos absolutamente nuestra libertad. En primer lugar, el estado declara la educación (que tendríamos que distinguir también, porque la confusión ha sido interesada por la neolengua del poder, entre enseñanza y educación, la primera es la transmisión del saber de la humanidad, unido a los valores implícitos en el propio saber, como son: el amor al saber, el respeto por el saber y por quien lo transmite, la capacidad del diálogo para avanzar en el saber, lo que implica la tolerancia y la diversidad de ideas que se pueden discutir teniendo en común la razón, el valor del esfuerzo, la autodisciplina, el orden… mientras que la educación es algo que depende de los padres) como obligatoria. Si la educación es obligatoria se me está privando de mi libertad. Hoy en día el estado, por boca del capital, nos habla de la formación permanente, como si hubiesen descubierto algo nuevo. Cualquiera que sienta pasión por una disciplina sabe que le dedicará toda su vida al estudio, como han hecho sus predecesores. Pero no, ahora la formación permanente es una forma de enriquecimiento de la industria educativa privada en connivencia con las empresas. Son los famosos masters que comenzaron a aparecer hace unas décadas, cuando antes eran cursos o cursillos, si eran menores. Pero, en fin, el caso es que esa formación permanente es la manera de tener esclavizado, de por vida, al supuesto ciudadano, porque es un esclavo y autoesclavo, a la cadena de montaje del sistema de producción capitalista que ha absorbido a la enseñanza. Pero hay más. La educación no sólo es que sea obligatoria. Es que tú vas a estudiar el curriculum que al estado le dé la gana, perdón, al capital (no se vea éste como algo abstracto, está personificado en gente de carne y hueso, los superricos que son los dueños de la banca y las multinacionales, un puñado, en definitiva). Es decir, que con la sopa boba del derecho a la educación te están explotando desde la cuna hasta la tumba. Y no sólo explotando, sino vaciando tu cerebro de la capacidad de pensar, que es en lo que consiste la libertad, y adoctrinándote en una serie de valores y quehaceres, con lo cual te están robando tu libertad empírica, es decir, lo que tú querrías ser en tu vida. Tú serás lo que el sistema haga de ti, no lo que tú quieras ser, que ni si quiera tendrás la posibilidad de pensarlo. Pero sin sentimiento de obligación ni de trauma, sino alegre, contento, satisfecho y agradecido. Un vasallo ejemplar.

            Y el poder y su adoctrinamiento se extienden por las redes sociales, Internet, que se nos prometía, como el refugio de la libertad. Las redes sociales son formas sibilinas de adoctrinamiento y de control y vigilancia del individuo. Cada vez que le damos al botón me gusta, comulgamos con el sistema, además de ser observados por el Gran Hermano. Las redes sociales son las catedrales de la nueva religión. ¿Es posible la resistencia? Me pregunto y os pregunto.

Madre mía el diálogo que se ha montado en tu muro a cuenta del artículo. La verdad es que estamos fatal, pero miedo me dan esa pandillas de utópicos que desconocen lo más básico de la evolución y la etología animal y humana, además de la historia. Y no sé, seguro que son profesionales, pero eso no garantiza nada, viven bajo un paradigma. Por ejemplo todos los antropólogos, psicólogos, sociólogos, viven bajo el paradigma del relativismo cultural que, al final se ha desplazado hacia el buenismo, encima mal interpretado de Rouseau, porque él no decía eso de ningún modo. Sus utopías son igual de peligrosas que la que vivimos hoy en día del capitalismo salvaje ultracompetitivo y la redención de la tecnociencia.

Me llevaba yo a uno de estos a un clan del paleolítico donde se ofrecían las doncellas a la diosa Gea para obtener los bienes de la tierra. Y en épocas de hambruna se comían a los más desvalidos. Y a los niños se les reñía y se les prohibía. De dónde han surgido entonces los tabúes, los miedos (inscritos genéticamente) los mitos y la religión, entre otras cosas. Vamos hombre es que es de risa. Parecen cuatro hippies de los años sesenta y sus típicas comunas, que al final acabaron en forma jerárquica, que para eso somos primates, joder. Miremos a los primates y a los lobos, por ejemplo y aprenderemos un montón sobre crianza y educación. ¿O no hemos visto nunca a un gorila reprender a su cría, igual que la ama, o a un lobo, o un perro doméstico, de la misma manera? Pues tenemos su misma conducta jerárquica, social y cazadora.

Claro que hay que acabar con la escuela, y con el curriculum único y con la enseñanza obligatoria, y con la unificación en el aprendizaje respetando los ritmos de maduración cerebral, que son universales, pero diversos. Pero nunca con el esfuerzo y la disciplina. Nada en el mundo de la cultura existiría sin la persistencia y el esfuerzo. Todos los genios de la historia lo han dicho alguna vez. Mozart en una carta se quejaba a su padre de que la gente pensaba que la música le fluía sola del cerebro y él decía que era el hombre que más tiempo le dedicaba a estudiar música al cabo del día, lo cual es cierto, como lo es de otro genio entre los genios, Einstein. El talento está en el culo. Decía, yo creo que queda claro. Y así todos. Que sientan pasión, que amen su disciplina, pues claro, sino no se dedicaban a ello.

Y hay un error en el artículo se confunde la enseñanza con la educación. Y se confunde la enseñanza, sólo con la primaria, no con la enseñanza media o la universidad. Pero es que no merece la pena. Si los de ahora son malos los que vengan serán peores. Porque en el fondo la educación es un sistema de control. No se dan cuenta estos utópicos que lo que quieren formar, con buenas intenciones, claro, son idiotas maleables.

Bueno pues la verdad es que el artículo se funda en el buenismo rousseauniano que es falso y difícilmente adaptable a la sociedad actual. Estoy de acuerdo con lo de los diferentes ritmos de aprendizaje y la diversidad y las falsas enfermedades que en realidad encubren diferentes tipos de inteligencia. Y, sobre todo, estoy de acuerdo con la eliminación de la obligatoriedad y la imposición de un modelo educativo único que tiene más que ver con la ideología que con la ciencia. De todas formas también comete cierta contradicción cuando dice que la ciencia no nos puede decir nada, pero al final echa mano de la neurofisiología para corroborar sus tesis. De todas formas la educación es una mezcla de arte, conocimientos del profesor, actitudes y aptitudes del alumno y ciencia educativa basada, cada vez más, en el estudio de cómo aprende el cerebro. Pero, sobre todo, la educación debe ser libre, no obligatoria. Ésta, lo único que encubre bajo la igualdad de oportunidades, es un sistema de poder que daña a todo el mundo, tanto al que triunfa en el sistema, porque se adapta, como al que fracasa, generalmente, no por deficiencia, sino porque no se ha adaptado y se ha revelado. El grupo malo del que yo te hablo no es, de ninguna manera, un grupo de torpes, son tipos inteligentes. Pero se niegan absolutamente a hacer nada. El sistema los ha rebelado contra la sociedad y, al final contra ellos mismos que son infelices e inadaptados y se vuelven, incluso, hasta violentos. Son dignos de compasión, más que de castigo. Pero el profesor está dentro de la trampa y tiene que utilizar el castigo, que no es efectivo, sólo pasajeramente, además de humillante y va contra la dignidad humana, si no quiere acabar en un psiquiátrico o alcoholizado. Es curios que la ansiedad y la depresión, junto con el alcoholismo sean de las enfermedades más comunes en la enseñanza. Funcionan como válvula de escape a la frustración. O el cinismo, que es muy normal. En fin, lo primero eliminar la obligatoriedad y el curriculum único y, a la par, garantizar la posibilidad de la enseñanza para todos. Se aprende por curiosidad, pero esa luz interna, el amor al saber, no lo tiene todo el mundo. Por eso la educación ha de ser tremendamente diversificada. Yo ya es que de la educación no sé qué decir. Estoy totalmente desencantado y soy un defensor de la libertad. En el fondo, el estado benefactor, que pretende garantizar nuestro bienestar, lo que hace es meterse en nuestras vidas y eliminar nuestra libertad a base de leyes que regulan todos los ámbitos de nuestra vida: desde qué comida tenemos que hacer, si podemos o no fumar, hasta el contenido de historia que debemos aprender y cómo lo debemos aprender. Estoy volviendo a mis orígenes anarcofilosóficos igual que en el ámbito del conocimiento lo estoy haciendo al nivel de la sabiduría, que abarca los sentimientos y la inteligencia y no se reduce meramente al conocimiento. La sabiduría te hace, el conocimiento es algo añadido: información ordenada.

En defensa del ateísmo, la tolerancia y la libertad. Todas las religiones, y me refiero a las religiones del libro, llevan en sí el germen de la intolerancia. Son excluyentes y su primer principio. Al introducir la existencia de un solo dios verdadero excluye al otro. Su principio es la intolerancia y el dogmatismo. Ahora bien, si estas religiones están unidas al poder, entonces su dogmatismo se transforma en fanatismo y éste en violencia, que puede llegar incluso a ser genocida, como la historia nos demuestra. Mientras que el ateísmo es una garantía de la libertad y pluralidad de creencias porque va aliado con un estado laico. El laicismo no es intolerancia hacia la religión, como se nos hace ver desde las mentiras de la iglesia, que tiene mucho que callar y oculta demasiados cadáveres debajo de sus mullidas alfombras, todo lo contrario, fomenta el respeto y la fraternidad, la gran olvidada de la Ilustración. Y ésta es la que se empeña en recuperar el ateo y la podemos recoger en la máxima estoica de Terencio: “Hombre soy y nada de lo humano me es ajeno”. Mientras que ésta máxima es incluyente, las religiones monoteístas son excluyentes per se.

Los intelectuales y artistas deben estar comprometidos éticamente, es su deber, aunque puedan equivocarse, con la sociedad. Deben ser valientes. Tanto ellos, como su obra, debe ser ejemplar si queremos defender unos valores. No son tiempos de esteticismo estos momentos. Cuando hablo de intelectuales quedan fuera el conjunto de tertulianos que insulta a la inteligencia, además de ridiculizar ideas y menospreciar a ciudadanos sin pruebas y mal acostumbrando a la ciudadanía a que todo se puede decir y al relativismo de las opiniones. Estos han convertido el conocimiento en un circo. Es, simplemente, intolerable.

Desde luego para la ecosfera somos como un virus o una bacteria. La está destruyendo en gran parte, pero, el caso, es que no acabará con ella. Ni siquiera una guerra nuclear total acabaría con la vida en la tierra. Multitud de seres vivos como bacterias, virus e, incluso, muchas especies de insectos y plantas, sobrevivirían. La vida estaría garantizada, pero la civilización humana puede ser que tenga los días contados. Hay una teoría sobre el nivel de desarrollo tecnológico y la alta probabilidad del fin de una civilización. La solución ética ya estaba lista desde la época axial: Sócrates, Lao Tse, Confucio, los estoicos, Jesús de Nazaret, Buda. Y se modernizó con la Ilustración. Pero, como el sabio Rousseau dijo, el progreso tecnocientífico no conlleva un progreso ético y político. Si levantara la cabeza vería con claridad que hemos entrado, de la mano de la perversión de la razón ilustrada, en la tecnobarbarie, dejando a un lado lo ético y lo político.