Los modelos de belleza física han ido cambiando durante toda la historia. No la belleza de la sensibilidad y la inteligencia. La belleza física es cultural en parte y dirigida a la procreación, en otra parte, por eso se pasa, igual en el hombre. Lo que ocurre es que en los tiempos que vivimos la mujer, su belleza física, se ha convertido en un objeto del capitalismo. Hace tiempo leí un libro de una antropóloga y filósofa marroquí titulado “El Islam en occidente” El último capítulo era sorprendente, sólo con el título es suficiente: “El burka en occidente es la talla 38.” De modo que la mujer se convierte en esclava de ese objeto creado por el capitalismo y el hombre en esclavo del consumo de ese objeto. En fin, que el capitalismo siempre esclaviza y aquello que las mujeres pensaban que las hacía libres, por el contrario, las hace esclavas, objetos de consumo. Y al hombre esclavo de este consumo. La sensibilidad y la inteligencia se iban quedando por el camino, quizás para reencontrarlas en la vejez, que la sociedad, de forma antinatural se empeña en alejar cada día más. De esa forma nos mantiene entretenidos e inconscientes. Un saludo.
Una teoría de la clase política española
Los partidos han generado burbujas compulsivamente
EVA VÁZQUEZ
En este artículo propongo una teoría de la clase política española para argumentar la necesidad imperiosa y urgente de cambiar nuestro sistema electoral para adoptar un sistema mayoritario. La teoría se refiere al comportamiento de un colectivo y, por tanto, no admite interpretaciones en términos de comportamientos individuales. ¿Por qué una teoría? Por dos razones. En primer lugar porque una teoría, si es buena, permite conectar sucesos aparentemente inconexos y explicar sucesos aparentemente inexplicables. Es decir, dar sentido a cosas que antes no lo tenían. Y, en segundo lugar, porque de una buena teoría pueden extraerse predicciones útiles sobre lo que ocurrirá en el futuro. Empezando por lo primero, una buena teoría de la clase política española debería explicar, por lo menos, los siguientes puntos:
1. ¿Cómo es posible que, tras cinco años de iniciada la crisis, ningún partido político tenga un diagnóstico coherente de lo que le está pasando a España?
2. ¿Cómo es posible que ningún partido político tenga una estrategia o un plan a largo plazo creíble para sacar a España de la crisis? ¿Cómo es posible que la clase política española parezca genéticamente incapaz de planificar?
3. ¿Cómo es posible que la clase política española sea incapaz de ser ejemplar? ¿Cómo es posible que nadie-salvo el Rey y por motivos propios- haya pedido disculpas?
4. ¿Cómo es posible que la estrategia de futuro más obvia para España -la mejora de la educación, el fomento de la innovación, el desarrollo y el emprendimiento y el apoyo a la investigación- sea no ya ignorada, sino masacrada con recortes por los partidos políticos mayoritarios?
En lo que sigue, argumento que la clase política española ha desarrollado en las últimas décadas un interés particular, sostenido por un sistema de captura de rentas, que se sitúa por encima del interés general de la nación. En este sentido forma una élite extractiva, según la terminología popularizada por Acemoglu y Robinson. Los políticos españoles son los principales responsables de la burbuja inmobiliaria, del colapso de las cajas de ahorro, de la burbuja de las energías renovables y de la burbuja de las infraestructuras innecesarias. Estos procesos han llevado a España a los rescates europeos, resistidos de forma numantina por nuestra clase política porque obligan a hacer reformas que erosionan su interés particular. Una reforma legal que implantase un sistema electoral mayoritario provocaría que los cargos electos fuesen responsables ante sus votantes en vez de serlo ante la cúpula de su partido, daría un vuelco muy positivo a la democracia española y facilitaría el proceso de reforma estructural. Empezaré haciendo una breve historia de nuestra clase política. A continuación la caracterizaré como una generadora compulsiva de burbujas. En tercer lugar explicitaré una teoría de la clase política española. En cuarto lugar usaré esta teoría para predecir que nuestros políticos pueden preferir salir del euro antes que hacer las reformas necesarias para permanecer en él. Por último propondré cambiar nuestro sistema electoral proporcional por uno mayoritario, del tipo first-past-the-post, como medio de cambiar nuestra clase política.
La historia
Los políticos de la Transición tenían procedencias muy diversas: unos venían del franquismo, otros del exilio y otros estaban en la oposición ilegal del interior. No tenían ni espíritu de gremio ni un interés particular como colectivo. Muchos de ellos no se veían a sí mismos como políticos profesionales y, de hecho, muchos no lo fueron nunca. Estos políticos tomaron dos decisiones trascendentales que dieron forma a la clase política que les sucedió. La primera fue adoptar un sistema electoral proporcional corregido, con listas electorales cerradas y bloqueadas. El objetivo era consolidar el sistema de partidos políticos fortaleciendo el poder interno de sus dirigentes, algo que entonces, en el marco de una democracia incipiente y dubitativa, parecía razonable. La segunda decisión, cuyo éxito se condicionaba al de la primera, fue descentralizar fuertemente el Estado, adoptando la versión café para todos del Estado de las autonomías. Los peligros de una descentralización excesiva, que eran evidentes, se debían conjurar a partir del papel vertebrador que tendrían los grandes partidos políticos nacionales, cohesionados por el fuerte poder de sus cúpulas. El plan, por aquel entonces, parecía sensato.
Pero, tal y como le ocurrió al Dr. Frankenstein, lo que creó al monstruo no fue el plan, que no era malo, sino su implementación. Por una serie de infortunios, a la criatura de Frankenstein se le acabó implantando el cerebro equivocado. Por una serie de imponderables, a la joven democracia española se le acabó implantando una clase política profesional que rápidamente devino disfuncional y monstruosa. Matt Taibbi, en su célebre artículo de 2009 en Rolling Stone sobre Goldman Sachs “La gran máquina americana de hacer burbujas” comparaba al banco de inversión con un gran calamar vampiro abrazado a la cara de la humanidad que va creando una burbuja tras otra para succionar de ellas todo el dinero posible. Más adelante propondré un símil parecido para la actual clase política española, pero antes conviene analizar cuáles han sido los cuatro imponderables que han acabado generando a nuestro monstruo.
En primer lugar, el sistema electoral proporcional, con listas cerradas y bloqueadas, ha creado una clase política profesional muy distinta de la que protagonizó la Transición. Desde hace ya tiempo, los cachorros de las juventudes de los diversos partidos políticos acceden a las listas electorales y a otras prebendas por el exclusivo mérito de fidelidad a las cúpulas. Este sistema ha terminado por convertir a los partidos en estancias cerradas llenas de gente en las que, a pesar de lo cargado de la atmósfera, nadie se atreve a abrir las ventanas. No pasa el aire, no fluyen las ideas, y casi nadie en la habitación tiene un conocimiento personal directo de la sociedad civil o de la economía real. La política y sus aledaños se han convertido en un modus vivendi que alterna cargos oficiales con enchufes en empresas, fundaciones y organismos públicos y, también, con canonjías en empresas privadas reguladas que dependen del BOE para prosperar.
En segundo lugar, la descentralización del Estado, que comenzó a principios de los 80, fue mucho más allá de lo que era imaginable cuando se aprobó la Constitución. Como señala Enric Juliana en su reciente libro Modesta España, el Estado de las autonomías inicialmente previsto, que presumía una descentralización controlada de “arriba a abajo”, se vio rápidamente desbordado por un movimiento de “abajo a arriba” liderado por élites locales que, al grito de “¡no vamos a ser menos!”, acabó imponiendo la versión de café para todos del Estado autonómico. ¿Quiénes eran y qué querían estas élites locales? A pesar de ser muy lampedusiano, Juliana se limita a señalar a “un democratismo pequeñoburgués que surge desde abajo”. Eso es, sin duda, verdad. Pero, adicionalmente, es fácil imaginar que los beneficiarios de los sistemas clientelares y caciquiles implantados en la España de provincias desde 1833, miraban al nuevo régimen democrático con preocupación e incertidumbre, lo que les pudo llevar, en muchos casos, a apuntarse a “cambiarlo todo para que todo siga igual” y a ponerse en cabeza de la manifestación descentralizadora. Como resultante de estas fuerzas, se produjo un crecimiento vertiginoso de las Administraciones Públicas: 17 administraciones y gobiernos autonómicos, 17 parlamentos y miles -literalmente miles- de nuevas empresas y organismos públicos territoriales cuyo objetivo último en muchos casos, era generar nóminas y dietas. En ausencia de procedimientos establecidos para seleccionar plantillas, los políticos colocaron en las nuevas administraciones y organismos a deudos, familiares, nepotes y camaradas, lo que llevó a una estructura clientelar y politizada de las administraciones territoriales que era inimaginable cuando se diseñó la Constitución. A partir de una Administración hipertrofiada, la nueva clase política se había asegurado un sistema de captura de rentas -es decir un sistema que no crea riqueza nueva, sino que se apodera de la ya creada por otros- por cuyas alcantarillas circulaba la financiación de los partidos.
En tercer lugar, llegó la gran sorpresa. El poder dentro de los partidos políticos se descentralizó a un ritmo todavía más rápido que las Administraciones Públicas. La idea de que la España autonómica podía ser vertebrada por los dos grandes partidos mayoritarios saltó hecha añicos cuando los llamados barones territoriales adquirieron bases de poder de “abajo a arriba” y se convirtieron, en la mejor tradición del conde de Warwick, en los hacedores de reyes de sus respectivos partidos. En este imprevisto contexto, se aceleró la descentralización del control y la supervisión de las Cajas de Ahorro. Las comunidades autónomas se apresuraron a aprobar sus propias leyes de Cajas y, una vez asegurado su control, poblaron los consejos de administración y cargos directivos con políticos, sindicalistas, amigos y compinches. Por si esto fuera poco, las Cajas tuteladas por los gobiernos autonómicos hicieron proliferar empresas, organismos y fundaciones filiales, en muchas ocasiones sin objetivos claros aparte del de generar más dietas y más nóminas.
Y en cuarto lugar, aunque la lista podría prolongarse, la clase política española se ha dedicado a colonizar ámbitos que no son propios de la política como, por ejemplo y sin ánimo de ser exhaustivo, el Tribunal Constitucional, el Consejo General del Poder Judicial, el Banco de España, la CNMV, los reguladores sectoriales de energía y telecomunicaciones, la Comisión de la Competencia… El sistema democrático y el Estado de derecho necesitan que estos organismos, que son los encargados de aplicar la Ley, sean independientes. La politización a la que han sido sometidos ha terminado con su independencia, provocando una profunda deslegitimación de estas instituciones y un severo deterioro de nuestro sistema político. Pero es que hay más. Al tiempo que invadía ámbitos ajenos, la política española abandonaba el ámbito que le es propio: el Parlamento. El Congreso de los Diputados no es solo el lugar donde se elaboran las leyes; es también la institución que debe exigir la rendición de cuentas. Esta función del Parlamento, esencial en cualquier democracia, ha desaparecido por completo de la vida política española desde hace muchos años. La quiebra de Bankia, escenificada en la pantomima grotesca de las comparecencias parlamentarias del pasado mes de julio, es sólo el último de una larga serie de casos que el Congreso de los Diputados ha decidido tratar como si fuesen catástrofes naturales, como un terremoto, por ejemplo, en el que aunque haya víctimas no hay responsables. No debería sorprender, desde esta perspectiva, que los diputados no frecuenten la Carrera de San Jerónimo: hay allí muy poco que hacer.
Las burbujas
Los cuatro procesos descritos en los párrafos anteriores han conformado un sistema político en el que las instituciones están, en el mal sentido de la palabra, excesivamente politizadas y en el que nadie acaba siendo responsable de sus actos porque nunca se exige en serio rendición de cuentas. Nadie dentro del sistema pone en cuestión los mecanismos de capturas de rentas que constituyen el interés particular de la clase política española. Este es el contexto en el que se desarrollaron no sólo la burbuja inmobiliaria y el saqueo y quiebra de la gran mayoría de las Cajas de Ahorro, sino también otras “catástrofes naturales”, otros “actos de Dios”, a cuya generación tan adictos son nuestros políticos. Porque, como el gran calamar de Taibbi, la clase política española genera burbujas de manera compulsiva. Y lo hace no tanto por ignorancia o por incompetencia como porque en todas ellas captura rentas. Hagamos, sin pretensión alguna de exhaustividad, un brevísimo repaso de las principales tropelías impunes de las últimas dos décadas: la burbuja inmobiliaria, las Cajas de Ahorro, las energías renovables y las nuevas autopistas de peaje.
La burbuja inmobiliaria española fue, en términos relativos, la mayor de las tres que estuvieron en el origen de la actual crisis global, siendo las otras dos la estadounidense y la irlandesa. No hay duda de que, como las demás, estuvo alimentada por los bajos tipos de interés y por los desequilibrios macroeconómicos a escala mundial. Pero, dicho esto, al contrario de lo que sucede en EE UU, las decisiones sobre qué se construye y dónde se construye en España se toman en el ámbito político. Aquí no se puede hablar de pecados por omisión, de olvido del principio de que los gestores públicos deben gestionar como diligentes padres de familia. No. En España la clase política ha inflado la burbuja inmobiliaria por acción directa, no por omisión ni por olvido. Los planes urbanísticos se fraguan en complejas y opacas negociaciones de las que, además de nuevas construcciones, surgen la financiación de los partidos políticos y numerosas fortunas personales, tanto entre los recalificados como entre los recalificadores. Por si el poder de los políticos –decidir el qué y el dónde- no fuese suficiente, la transmisión del control de las Cajas de Ahorro a las comunidades autónomas añadió a los dos anteriores el poder de decisión sobre el quién, es decir, el poder de decisión sobre quién tenía financiación de la Caja de turno para ponerse a construir. Esto supuso un salto cualitativo en la capacidad de captura de rentas de la clase política española, acercándola todavía más a la estrategia del calamar vampiro de Taibbi. Primero se infla la burbuja, a continuación se capturan todas las rentas posibles y, por último, a la que la burbuja pincha… ¡ahí queda eso! El panorama, cinco años después del pinchazo de la burbuja, no puede ser más desolador. La economía española no crecerá durante muchos años más. Y las Cajas de Ahorro han desaparecido, la gran mayoría por insolvencia o quiebra técnica. ¡Ahí queda eso!
Las otras dos burbujas que mencionaré son resultado de la peculiar simbiosis de nuestra clase política con el “capitalismo castizo”, es decir, con el capitalismo español que vive del favor del Boletín Oficial del Estado. En una reunión reciente, un conocido inversor extranjero lo llamó “relación incestuosa”; otro, nacional, habló de “colusión contra consumidores y contribuyentes”. Sea lo que sea, recordemos en primer lugar la burbuja de las energías renovables. España representa un 2% del PIB mundial y está pagando el 15% del total global de las primas a las energías renovables. Este dislate, presentado en su día como una apuesta por situarse en la vanguardia de la lucha contra el cambio climático, es un sinsentido que España no se puede permitir. Pero estas primas generan muchas rentas y prebendas capturadas por la clase política y, también hay que decirlo, mucho fraude y mucha corrupción a todos los niveles de la política y de la Administración. Para financiar las primas, las empresas y familias españolas pagan la electricidad más cara de Europa, lo que supone una grave merma de competitividad para nuestra economía. A pesar de esos precios exagerados, y de que la generación eléctrica tiene un exceso de capacidad de más del 30%, el sistema eléctrico español ostenta un déficit tarifario de varios miles de millones de euros al año y más de 24.000 millones de deuda acumulada que nadie sabe cómo pagar. La burbuja de las renovables ha pinchado y… ¡ahí queda eso!
La última burbuja que traeré a colación, aunque la lista es más larga (fútbol, televisiones…), es la formada por las innumerables infraestructuras innecesarias construidas en las últimas dos décadas a costes astronómicos para beneficio de constructores y perjuicio de contribuyentes. Uno de los casos más chirriantes es el de las autopistas radiales de Madrid, pero hay muchísimos más. Las radiales, que pretendían descongestionar los accesos a Madrid, se diseñaron y construyeron haciendo dejación de principios muy importantes de prudencia y buena administración. Para empezar, se hicieron unas previsiones temerarias del tráfico que dichas autopistas iban a tener. En la actualidad el tráfico no supera el 30% de lo previsto. Y no es por la crisis: en los años del boom tampoco había tráfico. A continuación ¿incomprensiblemente? el Gobierno permitió que los constructores y los concesionarios fuesen, esencialmente, los mismos. Esto es un disparate, porque al disfrazarse los constructores de concesionarios mediante unas sociedades con muy poco capital y mucha deuda, se facilitaba que pasara lo que acabó pasando: los constructores cobraron de las concesionarias por construir las autopistas y, al constatarse que no había tráfico, amenazaron con dejarlas quebrar. Los principales acreedores eran ¡oh sorpresa! las Cajas de Ahorro. Los más de 3.000 millones de deuda nadie sabe cómo pagarlos y acabarán recayendo sobre el contribuyente pero, en cualquier caso, ¡ahí queda eso!
La teoría
Termino aquí la parte descriptiva de este artículo en la que he resumido unos pocos “hechos estilizados” que considero representativos del comportamiento colectivo, no necesariamente individual, y esto es importante recordarlo, de los políticos españoles. Paso ahora a formular una teoría de la clase política española como grupo de interés.
El enunciado de la teoría es muy simple. La clase política española no sólo se ha constituido en un grupo de interés particular, como los controladores aéreos, por poner un ejemplo, sino que ha dado un paso más, consolidándose como una élite extractiva, en el sentido que dan a este término Acemoglu y Robinson en su reciente y ya célebre libro Por qué fracasan las naciones. Una élite extractiva se caracteriza por:
"Tener un sistema de captura de rentas que permite, sin crear riqueza nueva, detraer rentas de la mayoría de la población en beneficio propio".
"Tener el poder suficiente para impedir un sistema institucional inclusivo, es decir, un sistema que distribuya el poder político y económico de manera amplia, que respete el Estado de derecho y las reglas del mercado libre. Dicho de otro modo, tener el poder suficiente para condicionar el funcionamiento de una sociedad abierta -en el sentido de Popper- u optimista -en el sentido de Deutsch".
"Abominar la 'destrucción creativa', que caracteriza al capitalismo más dinámico. En palabras de Schumpeter "la destrucción creativa es la revolución incesante de la estructura económica desde dentro, continuamente destruyendo lo antiguo y creando lo nuevo". Este proceso de destrucción creativa es el rasgo esencial del capitalismo.”Una élite extractiva abomina, además, cualquier proceso innovador lo suficientemente amplio como para acabar creando nuevos núcleos de poder económico, social o político".
Con la navaja de Occam en la mano, si esta sencilla teoría tiene poder explicativo, será imbatible. ¿Qué tiene que decir sobre las cuatro preguntas que se le han planteado al principio del artículo? Veamos:
- La clase política española, como élite extractiva, no puede tener un diagnóstico razonable de la crisis. Han sido sus mecanismos de captura de rentas los que la han provocado y eso, claro está, no lo pueden decir. Cierto, hay una crisis económica y financiera global, pero eso no explica seis millones de parados, un sistema financiero parcialmente quebrado y un sector público que no puede hacer frente a sus compromisos de pago. La clase política española tiene que defender, como está haciendo de manera unánime, que la crisis es un acto de Dios, algo que viene de fuera, imprevisible por naturaleza y ante lo cual sólo cabe la resignación.
- La clase política española, como élite extractiva, no puede tener otra estrategia de salida de la crisis distinta a la de esperar que escampe la tormenta. Cualquier plan a largo plazo, para ser creíble, tiene que incluir el desmantelamiento, por lo menos en parte, de los mecanismos de captura de rentas de los que se beneficia. Y eso, por supuesto, no se plantea.
- ¿Pidieron perdón los controladores aéreos por sus desmanes? No, porque consideran que defendían su interés particular. ¿Alguien ha oído alguna disculpa de algún político por la situación en la que está España? No, ni la oirá, por la misma razón que los controladores. ¿Cómo es que, como medida ejemplarizante, no se ha planteado en serio la abolición del Senado, de las diputaciones, la reducción del número de ayuntamientos…? Pues porque, caídas las Cajas de Ahorro -y ante las dificultades presentes para generar nuevas burbujas- la defensa de las rentas capturadas restantes se lleva a ultranza.
- Tal y como establece la teoría de las élites extractivas, los partidos políticos españoles comparten un gran desprecio por la educación, una fuerte animadversión por la innovación y el emprendimiento y una hostilidad total hacia la ciencia y la investigación. De la educación sólo parece interesarles el adoctrinamiento: las estridentes peleas sobre la Educación para la Ciudadanía contrastan con el silencio espeso que envuelve las cuestiones verdaderamente relevantes como, por ejemplo, el elevadísimo fracaso escolar o los lamentables resultados en los informes PISA. La innovación y el emprendimiento languidecen en el marco de regulaciones disuasorias y fiscalidades punitivas sin que ningún partido se tome en serio la necesidad de cambiarlas. Y el gasto en investigación científica, concebido como suntuario de manera casi unánime, se ha recortado con especial saña sin que ni un solo político relevante haya protestado por un disparate que compromete más que ningún otro el futuro de los españoles.
La teoría de las élites extractivas, por lo visto hasta aquí, parece dar sentido a bastantes rasgos llamativos del comportamiento de la clase política española. Veamos qué nos dice sobre el futuro.
La predicción
La crisis ha acentuado el conflicto entre el interés particular de la clase política española y el interés general de España. Las reformas necesarias para permanecer en el euro chocan frontalmente con los mecanismos de captura de rentas que sostienen dicho interés particular. Por una parte, la estabilidad presupuestaria va a requerir una reducción estructural del gasto de las Administraciones públicas superior a los 50 millardos de euros, un 5% del PIB. Esto no puede conseguirse con más recortes coyunturales: hacen falta reformas en profundidad que, de momento, están inéditas. Se tiene que reducir drásticamente el sector público empresarial, esa zona gris entre la Administración y el sector privado, que, con sus muchos miles de empresas, organismos y fundaciones, constituye una de las principales fuentes de rentas capturadas por la clase política. Por otra parte, para volver a crecer, la economía española tiene que ganar competitividad. Para eso hacen falta muchas más reformas para abrir más sectores a la competencia, especialmente en el mencionado sector público empresarial y en sectores regulados. Esto debería hacer más difícil seguir creando burbujas en la economía española.
La infinita desgana con la que nuestra clase política está abordando el proceso reformista ilustra bien que, colectivamente al menos, barrunta las consecuencias que las reformas pueden tener sobre su interés particular. La única reforma llevada a término por iniciativa propia, la del mercado de trabajo, no afecta directamente a los mecanismos de captura de rentas. Las que sí lo hacen, exigidas por la UE como, por ejemplo, la consolidación fiscal, no se han aplicado. Deliberadamente, el Gobierno confunde reformas con recortes y subidas de impuestos y ofrece los segundos en vez de las primeras, con la esperanza de que la tempestad amaine por sí misma y, al final, no haya que cambiar nada esencial. Como eso no va a ocurrir, en algún momento la clase política española se tendrá que plantear el dilema de aplicar las reformas en serio o abandonar el euro. Y esto, creo yo, ocurrirá más pronto que tarde.
La teoría de las élites extractivas predice que el interés particular tenderá a prevalecer sobre el interés general. Yo veo probable que en los dos partidos mayoritarios españoles crezca muy deprisa el sentimiento “pro peseta”. De hecho, ya hay en ambos partidos cabezas de fila visibles de esta corriente. La confusión inducida entre recortes y reformas tiene la consecuencia perversa de que la población no percibe las ventajas a largo plazo de las reformas y sí experimenta el dolor a corto plazo de los recortes que, invariablemente, se presentan como una imposición extranjera. De este modo se crea el caldo de cultivo necesario para, cuando las circunstancias sean propicias, presentar una salida del euro como una defensa de la soberanía nacional ante la agresión exterior que impone recortes insufribles al Estado de bienestar. También, por poner un ejemplo, los controladores aéreos presentaban la defensa de su interés particular como una defensa de la seguridad del tráfico aéreo. La situación actual recuerda mucho a lo ocurrido hace casi dos siglos cuando, en 1814, Fernando VII – El Deseado- aplastó la posibilidad de modernización de España surgida de la Constitución de 1812 mientras el pueblo español le jaleaba al grito de ¡vivan las “caenas”! Por supuesto que al Deseado actual –llámese Mariano, Alfredo u otra cosa- habría que jalearle incorporando la vigente sensibilidad autonómica, utilizando gritos del tipo ¡viva Gürtel! ¡vivan los ERE de Andalucía! ¡visca el Palau de la Música Catalana! Pero, en cualquier caso, las diferencias serían más de forma que de fondo.
Una salida del euro, tanto si es por iniciativa propia como si es porque los países del norte se hartan de convivir con los del sur, sería desastrosa para España. Implicaría, como acertadamente señalaron Jesús Fernández-Villaverde, Luis Garicano y Tano Santos en EL PAÍS el pasado mes de junio, no sólo una vuelta a la España de los 50 en lo económico, sino un retorno al caciquismo y a la corrupción en lo político y en lo social que llevaría a fechas muy anteriores y que superaría con mucho a la situación actual, que ya es muy mala. El calamar vampiro, reducido a chipirón, sería cabeza de ratón en vez de cola de león, pero eso nuestra clase política lo ve como un mal menor frente a la alternativa del harakiri que suponen las reformas. Los liberales, como en 1814, serían masacrados –de hecho, en los dos partidos mayoritarios, ya se observan movimientos en esa dirección.
El peligro de que todo esto acabe ocurriendo en un plazo relativamente corto es, en mi opinión, muy significativo. ¿Se puede hacer algo por evitarlo? Lamentablemente, no mucho, aparte de seguir publicando artículos como éste. Como muestran todos los sondeos, el desprestigio de la clase política española es inmenso, pero no tiene alternativa a corto plazo. A más largo plazo, como explico a continuación, sí la tiene.
Cambiar el sistema electoral
La clase política española, como hemos visto en este artículo, es producto de varios factores entre los que destaca el sistema electoral proporcional, con listas cerradas y bloqueadas confeccionadas por las cúpulas de los partidos políticos. Este sistema da un poder inmenso a los dirigentes de los partidos y ha acabado produciendo una clase política disfuncional. No existe un sistema electoral perfecto -todos tienen ventajas e inconvenientes- pero, por todo lo expuesto hasta aquí, en España se tendría que cambiar de sistema con el objetivo de conseguir una clase política más funcional. Los sistemas mayoritarios producen cargos electos que responden ante sus electores, en vez de hacerlo de manera exclusiva ante sus dirigentes partidarios. Como consecuencia, las cúpulas de los partidos tienen menos poder que las que surgen de un sistema proporcional y la representatividad que dan de las urnas está menos mediatizada. Hasta aquí todo son ventajas. También hay inconvenientes. Un sistema proporcional acaba dando escaños a partidos minoritarios que podrían no obtener ninguno con un sistema mayoritario. Esto perjudicaría a partidos minoritarios de base estatal, pero beneficiaría a partidos minoritarios de base regional. En cualquier caso, el rasgo relevante de un sistema mayoritario es que el electorado tiene poder de decisión no solo sobre los partidos sino también sobre las personas que salen elegidas y eso, en España, es ahora una necesidad perentoria que compensa con creces los inconvenientes que el sistema pueda tener.
Un sistema mayoritario no es bálsamo de Fierabrás que cure al instante cualquier herida. Pero es muy probable que generase una clase política diferente, más adecuada a las necesidades de España. En Italia es inminente una propuesta de ley para cambiar el actual sistema proporcional por uno mayoritario corregido: dos tercios de los escaños se votarían en colegios uninominales y el tercio restante en listas cerradas en las que los escaños se distribuirían proporcionalmente a los votos obtenidos. Parece ser que el Gobierno “técnico” de Monti ha llegado a conclusiones similares a las que defiendo yo aquí: sin cambiar a una clase política disfuncional no puede abordarse un programa reformista ambicioso. Y es que, como le oí decir una vez a Carlos Solchaga, un “técnico” es un político que, además, sabe de algo. ¿Para cuándo una reforma electoral en España? ¿Habrá que esperar a que lleguen los “técnicos”?
César Molinas publicará en 2013 un libro titulado “¿Qué hacer con España?”. Este artículo corresponde a uno de sus capítulos.
Vamos a ver. Espero no haberte ofendido por mi tono, lo utilizo muchas veces por escrito y oralmente. Y creo que es cuando me salen los mejores discurso. Y ese tono se debe a un estado de ánimo indignado, cercano a la cólera que la canalizo por medio de la razón del discurso. Por eso mi diatriba no iba contra ti sino contra la política, además, de hacer un alegato de mi independencia que para mí tiene mucha importancia porque es el esfuerzo de toda una vida. Independencia sin neutralidad participando democráticamente con el voto o el no voto. Ahora estoy en una posición absolutamente radical porque creo que es la única forma de salvar la democracia.
Sé de dónde vienen tus palabras y conocía el discurso de Monago y participo de tus críticas.
Pero, por último, lo que no admito es esa defensa irracional del partido socialista. Inevitablemente y verdaderamente y es de agradecer, aunque es su deber como supuesto partido de izquierda, que ha habido avances sociales muy importantes en los gobiernos socialistas. Pero se deben más a la inercia de la exigencia de un estado democrático que a la propia praxis del partido. El partido socialista ha dejado mucho que desear en el desarrollo del estado de bienestar como bien demuestra Vicenç Navarro en “Bienestar insuficiente” cuando tuvo todas las armas para desarrollarlo. Por el contrario, en el partido socialista se generó corrupción e, incluso, terrorismo de estado. El partido socialista ha fomentado el bipartidismo, lo cual es un violación de la libertad real de expresión y ha prolongado las antiguas estructuras de poder franquista, también esto lo hizo el partido comunista. La transición no fue modélica, esto es un mito que hay que desenmascarar y del que los partidos de izquierda deben dar cuenta. Y de esa mala transición viene nuestro deficiente estado de bienestar y el trato de favor al capital, al poder. Y, también, a la iglesia, que todo hay que decirlo.
Y en cuanto a lo de la mundialización que es un proceso del capital y que no es nuevo, ya Marx lo anuncia en el Manifiesto comunista, comienza en el Renacimiento. Pero si queremos fijarnos en las características actuales pues tiene sus comienzos tras la crisis del petróleo del setenta y tres. Y ahí es donde viene la claudicación de la izquierda, de toda la izquierda mundial ante el neoliberalismo que se había desarrollado treinta o cuarenta años antes con Von Mises y Hayek, pero estos no eran tan brutales, su liberalismo era un liberalismo filosófico que abarcaba muchos más ámbitos que el de la economía. Pero lo que le pasó a la izquierda cuando acepta el neoliberalismo de la globalización es que lo acepta como un desarrollo histórico inevitable. Es decir, acepta un determinismo económico de la historia y, políticamente, afirma lo que últimamente estamos cansados de oír, “no hay alternativas”. Pues esto significó la ruina de la izquierda, de la democracia y el surgimiento de la ultraderecha económica. De lo que yo llamo el fascismo económico en el que estamos instalados. La izquierda vivió un espejismo, porque durante tres décadas el crecimiento fue brutal y encima cae el muro de Berlín, por lo tanto sólo existe un modo de desarrollo histórico, un fin de la historia y una muerte de las ideologías. Ésta fue la tumba de la izquierda y de la política. Pero sí había alternativas lo que ocurrió es que no se escucharon, porque la política toda se corrompió. Por eso urge ahora esa recuperación de la política y de la sociedad civil. Un afectuoso saludo.
Perdonad, pero no habéis entendido nada de lo que he querido decir. Primero, dije, para avisar, “sin ánimo de molestar”, sólo quería recordar. Segundo, Andrés, en términos absolutos estamos igual que en términos relativos. No hagas demagogia. Tercero, estoy hablando de política de verdad. Vosotros habéis seguido en la línea de la política menor. Por eso es de muy mal gusto esa afirmación de que soy afín, o simpatizante o cercano, no sé lo que has dicho a IU. Mis críticas, en términos generales, son iguales a IU, que a los otros partidos y en términos particulares, pues no vienen ahora al caso, pero son contundentes. Mi discurso, y precisamente para no entrar en discusiones de “y tú más”, está en un nivel más elevado, es decir, en un nivel del planteamiento de qué es la democracia, qué significan los partidos políticos y qué lugar ocupa el ciudadano y la sociedad civil. Y eso se lo digo al PSOE, al PP, a IU… y a quien sea; y ahora es precisamente el momento de plantearlo. Porque es mi deber como ciudadano y porque el sistema nos ha llevado al fracaso total, de la democracia, de los partidos y de la ciudadanía. Así que regodearse en los discursitos de Monago, o de cómo lo esté haciendo IU en el parlamento, me parecen problemas menores. Yo planteo una política subversiva para ciudadanos valientes y autónomos que no sigan consignas. Que no llega a ninguna parte, pues nada nuevo bajo el sol. Sócrates murió en manos de la democracia y era más desarrollada que la nuestra pero con algunos defectos similares. La Boêtie ya escribió “La servidumbre humana voluntaria.” Montaigne sus Ensayos. Montesquié La división de poderes. En fin, que ni digo ni invento nada nuevo y que si me equivoco ya lo decían otros infinitamente más sabios que yo. Además de los dichos: Leopardí, Fernando Pesoa y el imprescindible Ciorán. Hay que leer no por leer, sino para crecer y enseñar no para seguir modas. Otro que se me olvidaba Ernesto Sábato, que hace dos años que murió y sus dos últimas obras., además de Uno y el Infinito. Como veis, pongo mi discurso en la boca de otros, no por cobardía, sino por no ser pretencioso. Porque el saber, en el fondo, no es más que una gran recapitulación.
Por cierto, hoy ha habido un acto en homenaje a los caídos por defender la República y la libertad en Castuera donde un equipo ha exhumado quince cadáveres asesinados por los golpistas y su plan de exterminio sobre el que la izquierda (el PSOE, se le supone) durante treinta años ha echado un tupido velo y, al final, ha creado una pacata ley de Memoria Histórica. ¿Dónde estaban los políticos? Celebrando la mamarrachada de autonomía que sólo ha servido para aumentar la corrupción. Las autonomías, lo sabéis, de ahí la necesidad de una nueva constitución, realmente existentes y con carácter histórico son la vasca y la catalana. Todo lo demás fue una salida constitucional para ofrecer reinos de Taifa. Una sangría del estado. (Si me oyen los de IU, Andrés, tan autonomistas ellos y tan progres, algunos, porque otros no han pasado la página de Stalin) En fin, que mi discurso iba con muy buenas intenciones y me habéis malinterpretado de ahí estos exabruptos, no falsos por ser tales, sino por ser contundentes. Y para que no se me vuelvan a clasificar pues llevo toda la vida luchando por la independencia y la libertad. Y, como decía Nietzsche, “Sobre todo que no se me malinterprete…” Saludos y un feliz día como todos los demás.
Es algo bien estudiado que no se hubiese llegado al exterminio nazi sin el consentimiento de la población. Un ejemplo gordo. Actual, los más de cuatro millones de muertos por el coltán en el Congo. El Coltán es un metal para nuestros móviles. Los funcionarios no llegaron ni a un 15 por ciento de huelga por la bajada de sueldo, sólo ha habido movilizaciones en las grandes capitales por la eliminación de la paga extraordinaria. Sí, hay ruido, pero es de una inmensa minoría. Es necesario alcanzar un umbral suficiente para que la sociedad en su conjunto se movilice y no consienta la tiranía, también hay ejemplos pasados y recientes en la historia de esto. Por eso, particularmente, insto a la desobediencia civil como forma de que los ciudadanos recuperen su ciudadanía y su consciencia. Ejemplo de esto, los derechos civiles con Luther King. La caída del imperio británico con Gandhi. Un ejemplo más antiguo, pero del que viene todo lo actual, la conquista, tras la toma de la Bastilla, de los derechos del hombre y del ciudadano.
El eterno problema de la perfección y la felicidad. Pero, ¿y la libertad? La imperfección humana nos hace libres. La perfección nos convierte en algo distinto, probablemente mejores, pero sin libertad. Quizás algún día la tecnociencia nos permita autoevolucionarnos, pero dejaremos de ser homo sapiens, pero tampoco hay que tener prejuicios por ello. ¿Quién puede asegurar rotundamente que no seamos máquinas que se creen libres? ¿Y qué es todo lo que nos rodea con lo que interactuamos con nuestras interfaces y nuestro cerebro, sino información?
La desobediencia civil no es una soberana estupidez ni conduce al enfrentamiento civil.
Esa soberana estupidez (la desobediencia civil), que no es ninguna incongruencia, sino una exigencia moral, ha movido el mundo de la esclavitud a la libertad, de considerar al otro como una posesión a considerarlo como persona, de la desigualdad a la igualdad, de la barbarie a la civilización, de la venganza al derecho, de la tiranía y el absolutismo monárquico a la democracia…y así hasta conquistar la dignidad para toda persona. Y sí, desgraciadamente se ha derramado sangre en estas conquistas. Pero Ramonet, y yo con él, piensa que la desobediencia civil no tiene por qué llevarnos al derramamiento de sangre. Dos casos ilustran esto: Luther king y Gandhí, uno conquistó los derechos civiles y sociales, el otro la independencia de la India del Imperio Británico y el desmoronamiento de ésta tiranía, ambos desde la desobediencia civil y sin enfrentamiento civil. No todo tiene que ser por las bravas. Además, para más información, un kantiano como yo no es partidario de las revoluciones, sino del uso público de la razón y añado la desobediencia civil sólo ante la tiranía. Y ésa es la situación en la que estamos.
Uno. La religión no es una neurosis colectiva, que diría Freud, sino un delirio colectivo, necesario, pero delirio.
Dos. Los milagros son un símbolo y hay que hacer una lectura gnóstica de los evangelios, así como de la persona de Jesús. Por eso los milagros no son sucesos sino formas de hablar al pueblo llano.
Tres. El paralelismo entre humanitarismo y milagro es forzado. Cuántos ciegos, cojos, contrahechos, etc había, cuántos sufrían depresión y angustia, cuántos esquizofrenia. Sin embargo sólo unos pocos, sin motivo alguno son “salvados” de su mal. Además es una contradicción, porque según la teología cristiana no hay mal en el mundo puesto que dios es infinitamente bueno. El problema del mal en la teología, que es de lo que se encarga la teodicea, es el cáncer de la teología. Lo resuelven –los cristianos- desde la filosofía platónica. Para Platón el mundo verdadero es el de las ideas y todas ellas participan de la idea de Bien. El mundo sensible es imperfecto, contingente, temporal, cambiante…pero todo esto que podemos considerar un mal es sólo mal relativo, es decir, que el mundo sensible existe en tanto que participa del mundo de las ideas y, por tanto, del Bien. Por ello en Platón no puede haber mal, sino más o menos participación del bien, o privación de un bien. Y ésta es la solución de la teología cristiana. El mal no puede ser real u objetivo porque entonces dios no es el supremo bien, por tanto el mal es privación de un bien, como por ejemplo, la ceguera, privación del don divino de la vista. Además de que no existe el mal real, el bien es fruto de la voluntad de dios, si uno tiene buena vista es por la voluntad de dios, si no, es porque dios no lo ha querido y los designios de dios son inescrutables. El mal moral es también privación, si hacemos el mal es porque no hacemos el bien, sólo existe el bien que es la voluntad de dios que se expresa en sus mandamientos. El mal ha producido oleadas de ateos y, también, sumisión ante la voluntad incognoscible del creador.
Cuatro. El cristianismo es un sincretismo helenista que, por diversas causas, triunfó sobre otros sincretismos y, una vez que se hizo con el poder exterminó, literalmente, a las religiones llamadas paganas, de las que nunca se pudo deshacer y perviven en nuestro santoral aún, y las filosofías y ciencias griegas (Atenas y Alejandría.) el primer cisma que se produce en el cristianismo fue la lucha entre Pedro y Pablo (verdadero fundador del cristianismo) Pedro era partidario de revelar el mensaje a los judíos, al pueblo elegido. Pablo de Tarso, helenista y contagiado del concepto estoico de humanidad y razón universal (cosmopolitismo) pensó que el mensaje del nazareno iba dirigido a todos los hombres, es decir, a Roma, que era la totalidad del mundo. Triunfo Pablo, por eso hay cristianismo. Y si Constantino no hubiese abandonado el arrianismo seríamos todos arrianos. Las herejías se constituían en tanto que tales a toro pasado; es decir, si no triunfaban, generalmente por la fuerza.
Cinco. Me quedo con el mensaje ético: el sermón de la montaña y la parábola del buen samaritano que constituyeron un grano de arena en el progreso ético de la humanidad. Si tanto los ateos, como las demás religiones y el catolicismo partiesen de aquí habría un auténtico diálogo entre religiones y sería un bien para la humanidad. Pero las religiones del libro tienen en sí el germen del fanatismo, inevitable, por otra parte, al considerarse la verdad absoluta. Otro tanto ocurre con los ateos procedentes del cientificismo.