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Filosofía desde la trinchera

Democracia de calidad frente a la crisis

Nos ha faltado un marco ético, capaz de estimular la responsabilidad social

Un gran número de españoles está viviendo la crisis actual como un auténtico fracaso del país en su conjunto. Hace ya más de tres décadas emprendimos una transición política y social que, con sus luces y sombras, como todo en este mundo, se ha convertido en una auténtica referencia para algunos países deseosos de dar el paso de la dictadura a la democracia. El poder político pasó paulatinamente de un partido de centro a partidos de centro-izquierda y centro-derecha, sin más ruido de sables que el del 23-F y sin más mecanismo que el de instituciones políticas y elecciones libres y bien reguladas. Se transformaron las infraestructuras, se modernizaron los medios de comunicación, aumentó el número de estudiantes universitarios, ingresamos en la Unión Europea, construimos un razonable Estado de justicia, creímos haber alcanzado la velocidad de crucero propia de países democráticos, no solo en política y economía, sino también, y sobre todo, en cultura. La disposición al diálogo, el espíritu abierto y tolerante parecían haber sustituido los viejos estilos de vida en una sociedad pluralista.

Pero en 2007 estalló en el nivel global y local esa crisis que había venido gestándose, una crisis que parece ser sobre todo económico-financiera y política, y descubrimos que el rey estaba en buena parte desnudo. Que, por desgracia, nos queda mucho camino por andar.

Para recorrer con bien ese camino importa preguntar qué nos ha pasado, qué ha fallado, y un punto esencial es que no se trata solo de una crisis económica y política, sino también de una crisis ética, que pone de manifiesto las carencias de espíritu cívico. En los últimos años, nos ha faltado un marco ético efectivo, capaz de estimular la responsabilidad social y un buen uso de la libertad.

Con el deseo de aportar algunas sugerencias para la elaboración de ese marco, el Círculo Cívico de Opinión dedica el sexto de los Documentos que ha publicado al tema Democracia de calidad: valores cívicos frente a la crisis, y en él apunta a modo de ejemplo medidas como las siguientes:

Los protagonistas visibles de la vida pública tienen un deber de ejemplaridad

Perseguir un bien común. En una democracia que es, a su vez, un Estado de derecho, es preciso perseguir un bien común que amplíe el horizonte de los intereses individuales como los únicos fines de la actividad económica y política. Por legítimos que sean los intereses privados, las instituciones y los ciudadanos se deben también a unos intereses comunes.

La equidad como fin. Sostener la equidad y mejorarla debería ser el principio irrenunciable de un Estado de derecho. En muy poco tiempo, España consiguió poner en pie un Estado de bienestar homologable con el resto de los países de nuestro entorno. Pero el modelo es frágil y no podrá sostenerse si no va acompañado de la voluntad de preservarlo por encima de todo. Hay que repensar el modelo con serenidad y con voluntad de conseguir acuerdos lo más amplios posibles.

Debe cambiar el orden de los valores. Los años de bonanza económica pasados han propiciado una cultura de la irresponsabilidad y del dinero fácil, que ha traído consigo corrupción, evasión de impuestos y un consumismo voraz. Si algo puede enseñar la crisis es que debe cambiar la jerarquía de valores transformando las formas de vida, entendiendo que el bienestar no se nutre solo de bienes materiales y consumibles. Formas de vida que fortalezcan cultural y espiritualmente al individuo y a la sociedad con valores como la solidaridad, la cooperación, la pasión por el saber, el autodominio, la austeridad, la previsión o el trabajo bien hecho.

Decir la verdad. La costumbre de ocultar la verdad por parte de políticos y controladores de la economía de distintos niveles ha sido responsable de la crisis en buena medida. Pero esa costumbre se ha extendido también entre intelectuales y otros agentes de la vida pública, plegados a lo políticamente correcto, sea de un signo o de otro. Entre la incompetencia y la ocultación saber qué pasa y anticipar con probabilidad qué puede pasar es imposible para la gente de a pie.

Cultura de la ejemplaridad. Los protagonistas visibles de la vida pública tienen un deber de ejemplaridad, coherente con los valores que dan sentido a las sociedades democráticas. La corrupción, la malversación de bienes públicos, el despilfarro, el desinterés por el sufrimiento de quienes padecen las consecuencias de la crisis, la asignación de sueldos, indemnizaciones y retiros desmesurados producen indignación en ocasiones, pero también modelos que se van copiando con resultados desastrosos.

Rechazar lo inadmisible. Para que una sociedad funcione bien es necesario que las leyes sean claras y que se apliquen, pero también que la ciudadanía rechace las conductas inaceptables. Es verdad que hay que ir con mucho cuidado con eso que se ha llamado la “vergüenza social” y que es una de las formas que tiene una sociedad para desactivar actuaciones que considera reprobables. Esa vergüenza ha causado tanto daño y es tan manipulable, la utilizan tan a menudo unos grupos para desacreditar a otros, que solo puede recurrirse a ella como una cultura, vivida por todos los grupos sociales, de que determinadas conductas no pueden darse por buenas.

El mejor instrumento para conseguir una sociedad mejor y cambiar los valores es la educación

Potenciar el esfuerzo. Lo que vale cuesta. Dar a entender que se pueden alcanzar las metas vitales sin trabajo alguno es engañar, condenar a las gentes a ser carne de fracaso y destruir un país. Aprender, por el contrario, que esfuerzo y ocio son dos caras del buen vivir, que ayudan a construir un buen presente y un buen futuro.

Superar la partidización de la vida pública. La partidización de la vida pública es uno de los lastres de nuestra política, que impide agregar voluntades para encontrar salidas efectivas y consensuadas a los problemas que nos agobian. Cuando ante cada uno de los problemas públicos la sociedad se divide siguiendo los argumentarios de los partidos políticos se destruyen la cohesión social y la amistad cívica indispensables para llevar una sociedad adelante.

El sentido de la profesionalidad. La profesionalidad, en todos sus ámbitos de ejercicio, es un valor que no debe medirse solo por la eficiencia y la competencia científica y técnica, siendo ambos valores altamente encomiables. Ser un buen profesional significa incorporar también ideales que hagan de las distintas profesiones un servicio a la sociedad y al interés común. Es buena la gestión estimulada no solo por la obtención de beneficios materiales, sino por un espíritu cívico y de servicio.

Promover la educación. El mejor instrumento de que disponemos para conseguir una sociedad mejor y cambiar el orden de los valores es la educación, entendida como formación de la personalidad y como una tarea de la sociedad en su conjunto. El ideal de autenticidad debe poder conjugarse con los valores propios de la vida democrática.

Recuperar el prestigio. Ni las instituciones ni las personas que ostentan los cargos de mayor responsabilidad han sabido ganarse la reputación y el prestigio imprescindibles para merecer confianza y credibilidad por parte de la ciudadanía. Además del déficit notable de ideas para gestionar y resolver la crisis, se echa de menos un liderazgo compartido por el conjunto de grupos políticos, que actúe con valentía y con prudencia, que corrija los despilfarros de otros tiempos, que sepa discernir la gravedad de cada problema y que tenga visión de futuro y no atienda únicamente al corto plazo.

Construir un marco de valores comunes. Es urgente construir un suelo de valores compartidos, fortalecer los recursos morales que surgen de las buenas prácticas porque solo así se generará confianza. Pero también crear espacios de deliberación que hagan posible construir pueblo, y no masa, que fortalezcan la intersubjetividad y no se disgreguen en la suma de subjetividades. Generar pueblo y sociedad civil tanto en España como en Europa, donde somos y donde queremos estar, es uno de los retos, porque tal vez sea esta una de las claves del fracaso de Europa: no haber intentado reforzar la conciencia de ciudadanía europea, la Europa de los ciudadanos, esa pieza que resulta indispensable para que sean posibles tanto la Europa económica como la política.

Victoria Camps, Adela Cortina y José Luis García Delgado, en representación del Círculo Cívico de Opinión.

El ministro Wert se acaba de cargar con la reforma la ética de cuarto de la ESO, la ha eliminado, simplemente. Es una reforma pragmática, tecnocrática y adoctrinadora en el neoliberalismo. Una reforma para crear esclavos productivos. Después irá la filosofía. Malos tiempos. Y todo es un engaño, cuando pedíamos seriedad y esfuerzo él nos lo ofrece, pero a cambio de un modelo educativo, unos contenidos, meramente laborales y mediatizados hacia el mundo del mercado. Una instrumentalización de los ciudadanos que dejan de ser tales. Cuando la educación es la liberación del hombre para convertirse en ciudadano, se eliminan aquellas disciplinas y conocimientos acumulados por la humanidad que lo humanizan. Si se trata de perder nuestros derechos lo mejor es que el alumno nunca los haya conocido. Así no sabrá ni lo que pierde.

Esta mañana, yendo al instituto, me ha vuelto a sorprender la condición humana y la pésima educación de la juventud en algo que nada tenemos que ver los profesores. Iba yo por la acera, cual respetuoso peatón y veo al final de la misma un grupo de adolescentes, bachilleres, probablemente, porque a los menores no se les deja salir del centro (era la hora del recreo) taponando la cera. Yo, tranquilo, sigo mi camino hasta que casi me topo con uno de los jóvenes que, sin mediar palabras, de disculpas, se supone, se aparta, y tras él otros y me permiten el paso un poco chulescamente. En esto, ya casi sobrepasado el grupo, una chica, de las que estaban apoyadas en el coche, comenta, “hay que ver por donde se le ocurre pasar al tío”. Me quedo tan perplejo, indignado, fuera de lugar, avergonzado, que me faltan los reflejos y no soy capaz de dirigirme a ella y al grupo en su conjunto y, como se dice, cantarles las cuarenta, y darles una lección de educación y urbanidad, que los padres, en otros menesteres debieron olvidar.

Entre las clases que me quedaban por dar estaba la famosa educación de la ciudadanía, para un nivel de tercero de la ESO. ¿Cómo se les va a enseñar y educar en la ciudadanía, si ni siquiera conocen las más mínimas normas de urbanidad? Y no es que no las practiquen, es que además ponen pega y te insultan. Y que no se me diga que para eso estamos los profesores de secundaria porque eso es falso. Para eso están los padres y colaboran los profesores de primaria. Pero para unos zagales de bachiller el estado se debe gastar el dinero en cosas más serias. Y la tan traída y llevada educación para la ciudadanía es una reflexión seria sobre el sentido de ser ciudadano, de lo que es una polis, un gobierno, de los que son las leyes y los diferentes gobiernos, los derechos humanos, la discriminación. Una reflexión crítica sobre todo esto que construya a ciudadanos autónomos y libres en el futuro, no una clase de urbanidad. Es como la limpieza en el instituto. Estoy cansado, como todos los profesores, de la suciedad de los centros y nos imponemos la tarea de limpiar el centro con ellos. Ningún muchacho que entre en el centro debería tirar un papel al suelo, ni romper a patadas una puerta o un grifo o un extintor, eso lo tendría que tener aprendido de casa. Pero, insisto, los padres estarán en otros menesteres. Y la administración ha considerado a bien que eso debe ser tarea de un profesor de secundaria. No hay vergüenza, ni por parte de la administración ni de los padres. Con estos mimbres poco podemos hacer. Cómo les voy a hablar de la clase política, de la corrupción de los partidos, del secuestro de la democracia, del poder económico, de la felicidad y la virtud. Y no es que esté hablando de un grupo de perversos e inadaptados, no, de jóvenes normales y corrientes, sólo que anodinos, indiferentes…será la crisis que los tiene deprimidos y sin perspectiva, ja.

El universo, su origen y el tiempo.

                Cada vez los físicos y cosmólogos saben más sobre el origen del universo y su posible estructura. Así como qué es aquello que hace que el universo, al menos el nuestro, sea como es. Toda investigación sobre el origen del universo es una investigación en la que se retrocede en el tiempo. No podemos observar el universo en su estado actual. Esta es una de las limitaciones de la teoría de Einstein. El límite de la velocidad de la luz. El universo que observamos es el que fue en determinado tiempo, concretamente, el tiempo que tarda la luz en recorrer la distancia a la que está el objeto. En éste sentido no es que el tiempo sea relativo, sino que es una variable ligada al espacio, la velocidad y la masa. Lo que Einstein pone en relación es precisamente, en su primera teoría es el espacio y el tiempo con la velocidad encontrando un absolut que, a su vez, actúa como límite, la velocidad de la luz. Y en su teoría general de la relatividad, lo que pone en relación es el espacio y el tiempo con la masa. Le queda como anhelo la gran teoría unificada, que hoy llaman teoría del todo que es el intento de la unificación entre el mundo microfísico y sus fuerzas y el megafísico con su fuerza universal que es la gravedad.

                De ahí que el tiempo, como dijera Agustín de Hipona sea tan complejo. Decía, “si nadie me lo pregunta sé qué es, si me lo preguntan no lo sé.” La cuestión es que, de alguna manera podemos dilucidar, en términos generales la naturaleza física del tiempo, y esto es lo que hace la teoría de la relatividad y como resultado de ello se nos ofrece un cosmos peculiar y extraño. En ese cosmos el tiempo no es una constante absoluta, como en el universo newtoniano, sino que está sometida a la constante absoluta de la velocidad de la luz, de la masa y de la velocidad. Los objetos se dilatan o se aprietan temporalmente dependiendo de su velocidad y su masa. Y el tiempo no es eterno, sino que es una variable, una realidad ontológica que surge junto con el universo, una propiedad emergente del mismo, es inseparable de él y desaparecerá con él. Lo que ocurre es que no pensamos en términos relativistas, nuestra imaginación es newtoniana y euclidea. Por eso pensamos en un tiempo lineal y en una evolución lineal y direccional del universo. Pensamos que el universo tiene un tiempo con una dirección y sentido. Es lo de la flecha del tiempo que indica el segundo principio de la termodinámica. La entropía. Pero nadie nos puede asegurar que no existan múltiples universos en los que las leyes de la física sean absolutamente distintas. Es más, cada día se acepta más la hipótesis de los múltiples mundos. Además la teoría direccional del tiempo, además de estar contaminada por una visión newtoniana y euclídea, da pábulo a la idea de un universo con sentido. Es decir, a una idea teológica que está muy de moda que es la del diseño inteligente o argumento antrópico. Esta teoría escapa a la ciencia y la filosofía y la esgrimen los creyentes para intentar mostrar que la ciencia no contradice la existencia de dios, sino que la exige. En definitiva, no es más que una versión actualizada de la quinta vía tomista. Si hay un orden, habrá un ordenador. Pues bien, el orden que existe en el universo es meramente casual, podría existir otro. Esto es lo que nos dice la mecánica cuántica. Y lo que también nos dice, según algunos microfísicos, es que todas las posibilidades no se quedan en posibilidades matemáticas, sino en realidades físicas. Es la teoría de los muchos mundos de Everett y sus sucesores y de los universos paralelos.

                En otro orden de cosas, que no tienen que ver con la física, sino con la neurociencia, está la cuestión de la percepción del tiempo. El tiempo es una construcción de nuestro cerebro, un a priori, una condición de posibilidad que se moldea desde la infancia con la experiencia. El cerebro construye nuestra realidad, que no coincide con la realidad física o química. La realidad que construye el cerebro es una realidad adaptativa. Es, en última instancia, la que nos ha permitido sobrevivir. El cerebro es un gran fabulador de la realidad. Existe un a priori filogenético que es de naturaleza evolutiva. Este a priori con el que nacemos interactúa con el medio y configura nuestra visión del mundo: temporal, espacial, visual, auditiva… En definitiva, que el mundo que creemos real es una apariencia, una fabulación del cerebro. Pero una fabulación evolutivamente exitosa, si no no estaríamos aquí. Por eso tienen razón los budistas, la realidad es velo de Maya, apariencia, engaño, en realidad es Nirvana: nada. Y el yo es otra construcción del cerebro, aquella que da consistencia a la totalidad de nuestra percepción. Por eso el budismo insiste en que para anular todo deseo y traspasar el velo de Maya, es necesario anular la apariencia del yo.

Auschwitz, ¿comienza el siglo XXI?

Hitler como precursor

                El Autor Calr Amery ha escrito un libro con este título inquietante. Lo que sigue es una reflexión personal a partir de sus tesis. La solución final de Hitler fue un producto de su pensamiento, de su persona, que, en definitiva, dependía de factores históricos e ideológicos que coincidieron en él. Su obra, Mi lucha, es un mal escrito, un refrito de teorías de su tiempo, una serie de impresiones y prejuicios mal redactados, pero que tienen como piedra angular una serie de dogmas que pueden repetirse. Podemos acercarnos a una nueva solución final, pero de otro modo. La historia no se repite, sino que se desenvuelve desde los mismos esquemas. La teoría básica de Hitler es una mal digerida teoría de la evolución adaptada a la evolución histórica del hombre. Piensa el autor que existe una raza superior a las demás, concepto, por lo demás, desmentido por la antropología. Y que esa raza tiene que dominar el mundo por medio de la extinción de las razas humanas inferiores, igual que las demás especies humanas han desaparecido por la superioridad del Homo sapiens. Esto no se sostiene ni científica ni filosóficamente. No es más que un prejuicio para justificar un sentimiento de superioridad sin sentido. Pero esa raza superior está amenazada por los gérmenes o bacterias que pueden terminar con ella. Y la única tarea que nos queda para acabar con los gérmenes es la de la desinfección. Y en esto consiste el exterminio. Y para Hitler los judíos representan esa infección, de ahí que sea necesario el exterminio total. Es necesario acabar con la bacteria para que la reina, la clase superior triunfe. Por eso no sólo son los judíos, sino todos aquellos que amenazan la superioridad de la reina y su desarrollo: los discapacitados, los enfermos, los marginados, los gitanos, los homosexuales, los comunistas…y así. En esto consiste el plan de exterminio de Hitler. El gran dictador fascista, aun sabiendo ya perdida la guerra, sigue con su plan de exterminio, porque ésa es su gran obra.

                Y, ¿qué tiene esto que ver con la actualidad? Pues yo pienso, y lo he dicho muchas veces, que estamos pasando de un fascismo económico a un fascismo político. El neoliberalismo que se instauró hace cuarenta años ha ido progresivamente triunfando, se ha instalado en nuestras consciencias y se ha convertido en un pensamiento único, además de haber acabado con la política. Si el mercado, y los especuladores a través de sus corporaciones son los que dirigen los destinos de los estados, se acabó la política y, con ella, la democracia. Y esto es lo que está ocurriendo entre otras cosas. Nuestros políticos, a nivel europeo o mundial, sólo les queda decir que “no hay alternativas”. Y eso es lo mismo que decir, que ellos no son, que se lo dicen otros que son los que en realidad mandan. Son el vehículo de transmisión de decisiones que no toman ellos. Y ellos son nuestros representantes, luego, se acaba con la política y la democracia. Y, ¿cuáles son los dictados de esos poderosos? Pues recortar la riqueza de la clase media o acabar con la clase media a la que consideran una advenediza. Ellos se consideran los hombres superiores. El planeta está en serio peligro, el problema ecológico, hay que asegurarse el futuro y el dominio del pastel, porque no hay pastel para todos. Arremeten contra la clase media porque quieren acabar con ella. La quieren esclavizar, de hecho, ya lo hacen. Si no hay política ni democracia, las leyes no emanan del pueblo, sino de estos señores poderosos a los que obedecemos y consentimos, porque tiempo hemos tenido de quitárnoslos de encima, pero caímos en el gran engaño del posmodernismo y el ultraliberalismo salvaje y sin bridas del consumo fácil, nihilista y hedonista. En definitiva, nosotros también consentimos el mal. Dejamos que creciera y se convirtiera en un monstruo. Pues de lo que se trata es de eliminar la clase media porque nos consideran inferiores. Nos irán privando de todos nuestros derechos adquiridos por medio de la lucha social e intelectual. Perderemos la educación, la sanidad (esto es un plan de exterminio, cada vez que se alargan las listas de espera hay quien lo paga con la muerte: en definitiva, la supervivencia del más fuerte.) La educación para el que la pague. La pública, simplemente para tener recogido al personal y adoctrinarlo en los dogmas del sistema. Perderemos dinero y capacidad adquisitiva. Se aumentará nuestro horario laboral hasta que se trabaje hasta la extenuación a cambio de un consumo de supervivencia. Tampoco quedará mucho sobre la tierra para consumir. La energía, los alimentos y el agua se acaban. Hay que repartirlo entre unos pocos poderosos. Y esto no hace más que empezar. Estos poderosos planean sobre la clase media su exterminio, su conversión en proletariado y lumpenproletariado, los que se han caído del sistema, los miserables y apestados de la tierra. Ya hay miles de millones y millones de muertos por guerras ecológicas. Pero, para los poderosos esto no tiene importancia, no es más que cuestión de supervivencia. Y sobrevive el fuerte que es el más rico. Un nuevo neodarwinismo ideológico, ramplón, pero que les justifica sus crímenes, su plan de exterminio al modo del Informe Lugano de Susan George. Éste es el futuro que nos aguarda y que se irá desarrollando a lo largo de décadas. Es la quiebra del capitalismo global en el que los escenarios futuros pueden ser múltiples. Sólo cabe una esperanza, la rebelión del pueblo empezando por la desobediencia civil.

…y no estaban ellos…

 

En una mañana calurosa de un ocho de septiembre, en Castuera, localidad de la Serena extremeña, un grupo de ciudadanos se dan cita con motivo de la finalización de las exhumaciones que un grupo de arqueólogos y voluntarios a instancia de la sociedad por la recuperación de la memoria histórica de Castuera y Extremadura han realizado durante un mes. El resultado ha sido la exhumación de dieciocho cadáveres de represaliados de la guerra civil. Hombres y mujeres asesinados impunemente, después de la prisión y la tortura. Les recuerdo que en Castuera hubo un campo de concentración por el que pasaron quince mil personas, muchas de las cuáles murieron por las inhumanas y adversas condiciones y otras, la mayoría, fueron asesinadas de forma vil y cobarde obedeciendo a un plan de exterminio del enemigo que el ejército golpista había planeado. ¿Quién no estuvo allí a pesar de ser invitados por la asociación? Pues los políticos que estarían en cosas más agradables que las de enfrentarse a los fantasmas del pasado, como puede ser la celebración del día de Extremadura. Pero no me voy a extender sobre esa ausencia. Por sí sola es significativa y lo dice todo. Me voy a detener en el significado de memoria y justicia.

            Después de treinta y muchos años ya de la finalización de la dictadura que procedió de un golpe de estado tras el que se siguió un programa de exterminio del enemigo que duró muchos años después de finalizar la guerra, no se ha hecho justicia con los asesinados. Se asesinaba a las personas y con ellas a la democracia y la libertad en nombre de una gran mentira y con la connivencia absolutamente explícita de la iglesia. Sin la memoria de estos asesinatos no habrá nunca justicia. Y hablo de justicia moral, pero no en abstracto, sino en concreto. Es necesario la recuperación de cada uno de los cuerpos de los que fueron asesinados por defender el régimen legalmente establecido, cuyo fundamento eran la libertad y la democracia, por muchos defectos que tuviese, como nuestra democracia actual. Si no se hace justicia con estos asesinados nunca se podrá pasar página en la historia de España, porque siempre habrá vencedores y vencidos. Y esto no se ha hecho. La transición fue una claudicación de la izquierda ante el poder de las antiguas estructuras del franquismo. Hubo demasiado miedo y demasiado poder que quería perpetuarse. La izquierda no supo enfrentarse a la iglesia y ponerla en su lugar. Aceptó la ley de amnistía y quiso cerrar página. Pero eso es imposible, porque los muertos siguen gritando justicia desde la soledad y el fondo de las cunetas. El olvido no es el instrumento psicológico de la justicia, sino, muy al contrario, la memoria. Y hablo de justicia, no de venganza. Lo pasado pasado está, pero es necesario su conocimiento, tanto  el histórico como el personal. El olvido es para los cobardes, para los que no se atreven a mirar quiénes son y de dónde vienen. Si aquí se cometió una tremenda injusticia contra cientos de miles de personas y contra un régimen de libertad y democracia, eso debe ser absolutamente conocido y denunciado moralmente. Y, además, corresponde al estado esta misión, no a meras asociaciones sin recursos y con cortapisas por los distintos poderes. El estado tiene una deuda pendiente con la historia de España desde hace treinta años. Y digo el estado como tal, no el gobierno de un partido o de otro, los dos partidos mayoritarios, supuestamente democráticos, y precisamente por eso, tienen el mismo deber. Los muertos anónimos claman por sus nombres y piden justicia. La historia exige verdad. Y los ciudadanos debemos reclamar esto, sin miedo, sin odio, sin rencor. Para aprender de los errores y de los excesos a los que es capaz de llegar la condición humana. Como un antídoto para el presente y el incierto futuro que puede dar lugar a discursos populistas, mesiánicos y apocalípticos que son precisamente los que nos llevan a estos atropellos, masacres y genocidios. Y, sobre todo, por dar un nombre, una vida, una familia a quienes durante más de setenta años yacen olvidados en las cunetas y las paredes de los cementerios de nuestro país.

La desobediencia civil.

            Uno de los temas más peliagudos de la política y la ética de hoy en día. Una sociedad se mantiene como tal, cohesionada, si sus ciudadanos obedecen las leyes. De lo contrario reinaría la anarquía. Y, como sostenía Kant, hasta un pueblo de demonios necesitan sus normas para poder convivir. Ahora bien, sucede, a veces, que el poder utiliza su fuerza y crea leyes que violentan a los ciudadanos. El sentido de la ley es, en primer lugar, garantizar la libertad de los ciudadanos. Parece algo paradójico, pero no lo es. Somos libres porque obedecemos leyes. Si no obedeciésemos leyes seríamos esclavo del miedo y la inseguridad. Porque cualquiera podría actuar como nosotros. Es decir, que las leyes están para protegernos, máxime en un estado democrático. Para garantizar nuestra seguridad, libertad y tranquilidad de tal forma que podamos llevar una vida satisfactoria y plena. Que nos podamos realizar libres del miedo de ser oprimidos por los otros o cualquiera que se alce con el poder.

            Por eso insisto en que las leyes sirven para hacernos libres y es en ese sentido en el que podemos decir, que las leyes nos humanizan. El hombre tiene dos procesos evolutivos, uno de hominización, en el que llega a ser Homo sapiens sapiens, y otro de humanización que es el que se inicia, con la comunicación y el lenguaje que crea la cultura. Y, todo ello, porque el hombre es un animal que no es capaz de estar solo. El hombre es un animal social, político, que vive en polis y ciudades y éstas han de ser gobernadas por leyes. Y las leyes obedecidas por los hombres. Y la obediencia del hombre a la ley es la que garantiza su humanidad. Nos hacemos humanos porque inventamos normas morales y leyes que obedecemos y nos liberan de la naturaleza. Por medio de las leyes nos alzamos por encima de nuestra naturaleza biológica. Es nuestra doble naturaleza, si bien ésta segunda emerge de la primera. No planteamos aquí una dicotomía, aunque este no es el tema ni el sitio. Pues bien, decía que las leyes nos humanizan y nos hacen libres, libres de las ataduras de la naturaleza. Pero el caso es que ha habido una evolución en la ética y la legislación y esa evolución, a mi entender, ha ido dirigida a la consecución de la mayor libertad de los hombres. Me explico. En primer lugar, desde el punto de vista ético se ha conquistado un conjunto de normas que consideramos comunes y universales a toda la humanidad. Y desde el punto de vista legal hemos conquistado la república o la democracia cuya característica legal es el imperativo de la ley. Y bien, esto quiere decir que la ley está por encima de todos. Esta es la esencia de las democracias desde el punto de vista legal. Y a esto lo llamamos isonomía. Todos estamos bajo el imperio de la ley pero, a su vez, la ley emana del ciudadano (sobre todo en la república donde se exige la virtud y excelencia del mismo)

            Pero cuál es el problema que nos encontramos y que nos lleva a la desobediencia civil. La democracia, la república son las máximas conquistas éticas y políticas de la humanidad y emergen del uso del logos, la razón. Y la característica del logos es que no pertenece a nadie; como decía el viejo Heráclito, es lo común. Y en política el logos se ejerce en el ágora, que es la plaza, el lugar vacío en el que se discuten las leyes y se establecen siguiendo al logos, lo que nos hace iguales. En el ágora todos somos iguales porque el logos la razón nos unifica. Y el fruto de ese logos, en las democracias, son las leyes que están por encima de todos. Ese es el imperio de la ley, que es discutible desde el logos, pero que hay que obedecer mientras que no se nos convenza de lo contrario, de ahí lo de la isonomía. Y esto es importante. La democracia nos hace a todos iguales y sometidos de la misma manera a la ley, que por su parte nos protege y es fruto del consenso de la comunidad. Procede del ágora, lugar vacío en el que se expresa el logos por boca de los ciudadanos. Hasta aquí la obediencia a la ley es inviolable. A la ley o se la obedece o se la convence de su error. Y el lugar del convencimiento de su error es el ágora. Pero lo que ocurre es que las democracias se pervierten y la perversión de la democracia procede del poder, cuando éste, en sus múltiples formas, ocupa el ágora y eludiendo el logos y utilizando la fuerza impone sus leyes. Entonces hay quien está por encima de la ley y tiraniza a los ciudadanos. Es en este momento en el que se produce una violación de la democracia, el poder no emana del pueblo, y se rompe la isonomía, y aún peor, una violencia ética, porque en cuanto haya individuos que estén por encima de la ley e impongan su ley por el poder, entonces los ciudadanos dejan de ser tales, de ser personas y se convierten en instrumentos en manos del poderoso. Es decir, perdemos la dignidad, nos deshumanizamos. Y es esto, ni más ni menos, que la tiranía. Y es esto, lo que está ocurriendo hoy en día. ¿Y qué hacer ante esto? Sólo se puede contemplar una salida, la desobediencia civil. Ésta es el instrumento que le queda al ciudadano para restablecer la isonomía y para recuperar su dignidad. Si no nos rebelamos ante el poder extrademocrático, nos convertimos en cosas, objetos, perdemos la dignidad, somos esclavizados. Y lo peor es, como es el caso ahora mismo, cuando esta tiranía procede de la propia democracia, de su perversión. Por eso la democracia, mejor república, exige ciudadanos virtuosos, es decir, valientes y dignos, que conozcan y exijan el sentido de la ley. La desobediencia civil es un estado de excepción legal, no revolucionario que tiene como fin instaurar la isonomía, la justicia y la dignidad. Pero al poder le interesa confundir, y el pueblo anda en esta confusión, la desobediencia civil con la revolución y la violencia. Nada más lejos de la realidad. La revolución y la violencia proceden de la tiranía, precisamente de aquel que tiene el poder y se ha excedido en su administración convirtiéndose en un tirano que está por encima de la ley y de los ciudadanos. Cuando en una democracia se dice que no hay alternativas estamos ante la claudicación de la democracia frente a un poder externo y estamos acabando con la dignidad de los ciudadanos.

            Hoy más que nunca es necesaria la desobediencia civil, perder el miedo y recuperar nuestra dignidad. De lo contrario caeremos en el mal consentido y seremos coparticipes del poder tiránico que nos oprime.