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Filosofía desde la trinchera

Insisto, las ideas tienen consecuencias. Y cuando se convierten en ideologías son tremendamente peligrosas. La cuestión no es prohibir, sino alimentar el discurso crítico y racional que es el único que puede desmontar el poder de las ideologías. Pero esto es una labor titánica.

No es que yo ponga en duda el tema de la igualdad. Soy un firme defensor. Pero habría que cambiar mucho el estado para conseguir, de facto, esa igualdad. Nuestro estado está construido desde el neolítico, a partir de la diferenta biológica entre hombres y mujeres que dieron lugar a la división del trabajo. Ya Platón se dio cuenta de ello; y siendo el primer defensor de la igualdad entre hombres y mujeres, que no de la igualdad entre las personas, pues mantenía la idea de una sociedad estamental basada en diferencias ontológicas entre los hombres que los hacían mejores y peores, construye un estado absoluto que se hace cargo de los niños. De esa forma elimina la familia, considerando que la única familia es la del estado en la que todos somos hermanos. Pero esta solución no es satisfactoria por dos cosas. Primero porque la familia no se puede eliminar, es de raíz biológica, puede tener diversas formas, pero el desarrollo afectivo del niño requiere de la familia. Sin desarrollo afectivo no hay personas. Segundo, porque el estado platónico es un modelo totalitario. Y, tercero, habría que seguir luchando por la igualdad desde la democracia y en el marco de la igualdad universal de todas las personas, es decir, en el marco universal de los derechos humanos. Pero, me temo, que siempre habrá una tensión y, ojala me equivoque, no estaría mal ver un mundo en el que los máximos puestos de todos los poderes lo ocupasen las mujeres. El poder está lleno de machos prepotentes y extremadamente competitivos, y donde hay competencia, pues no hay diálogo.

Creo que hay una mezcla de todo en este caso. Pero el fundamentalismo católico en este país ha existido con los dos partidos mayoritarios. Los socialistas siguen yendo en mi pueblo, como autoridades, dicen, detrás de la procesión del viernes santo "El santo entierro". Los crucifijos en los colegios públicos han estado hasta hace muy poco. En algunos despachos directivos aún siguen. Hace quince años escribí en una revista local un artículo "Enseñanza y laicismo" y se me insultó desde los púlpitos. Pero lo que más me dolió es que ni un socialista en el poder me defendiese. Es más, el secretario general del partido me dijo que había cosas de las que no se podía hablar en nuestra localidad. Yo reiteré que en mi localidad no había ni sombra de la Ilustración y me puse como tarea el llevar un poco de Ilustración, ideales ilustrados se entiende, a esta localidad. Esto es un episodio muy particular y personal. Pero lo del fundamentalismo católico es una cuestión española, no de uno de los partidos. Fíjate en el PSOE, el señor Bono…

Lo que sí veo un peligro es que en el PP español están los liberales o mejor neoliberales, que tampoco escasean en el PSOE, y los fundamentalistas, reaccionarios política y religiosamente. Es decir, un sector inclinado hacia el fascismo. Esto sí es cierto. Saludos.

Con referencia al artículo de Vargas Llosa y el libro Superficiales: lo que internet está realizando con nuestras mentes.

Sí que lo es y el libro que leí hace unos meses tiene una argumentación histórico-cultural y neourofisiológica contundente. Yo me había observado a mí mismo y escribí un artículo en ese sentido basándome en mi ligera transformación. Pero, como dice Álvaro, no hay que ser catastrofista. Pero su juicio tiene una validez parcial. Para los que nos hemos educado en el libro y somos amantes de ellos y tenemos plenamente desarrollada nuestra capacidad de atención y aislamiento por medio de la lectura, el peligro está ahí, pero hay que hacer que ambas actividades sean complementarias y se retroalimenten. Lo malo son los que sólo se han educado en las nuevas tecnologías. Su grave problema es que su cerebro se ha adaptado, físicamente digo, a una forma de conocimiento que es tremendamente superficial e incapacidad de mantener la concentración en algo durante mucho tiempo. Ha aportado otras cosas, como la capacidad de realizar multitareas, la capacidad de dispersar la atención, la capacidad de seleccionar información con rapidez y muchas cosas más. Pero el problema es que se llegue a una sustitución, en lugar de a un enriquecimiento. Saludos.

TRIBUNA: MARIO VARGAS LLOSA

Más información, menos conocimiento

PIEDRA DE TOQUE. La imparable robotización humana por Internet cambiará la vida cultural y hasta cómo opera nuestro cerebro. Cuanto más inteligente sea nuestro ordenador, más tontos seremos nosotros

MARIO VARGAS LLOSA 31/07/2011

Nicholas Carr estudió Literatura en Dartmouth College y en la Universidad de Harvard y todo indica que fue en su juventud un voraz lector de buenos libros. Luego, como le ocurrió a toda su generación, descubrió el ordenador, el Internet, los prodigios de la gran revolución informática de nuestro tiempo, y no sólo dedicó buena parte de su vida a valerse de todos los servicios online y a navegar mañana y tarde por la Red; además, se hizo un profesional y un experto en las nuevas tecnologías de la comunicación sobre las que ha escrito extensamente en prestigiosas publicaciones de Estados Unidos e Inglaterra.

Un buen día descubrió que había dejado de ser un buen lector, y, casi casi, un lector. Su concentración se disipaba luego de una o dos páginas de un libro, y, sobre todo si aquello que leía era complejo y demandaba mucha atención y reflexión, surgía en su mente algo así como un recóndito rechazo a continuar con aquel empeño intelectual. Así lo cuenta: "Pierdo el sosiego y el hilo, empiezo a pensar qué otra cosa hacer. Me siento como si estuviese siempre arrastrando mi cerebro descentrado de vuelta al texto. La lectura profunda que solía venir naturalmente se ha convertido en un esfuerzo".

Preocupado, tomó una decisión radical. A finales de 2007, él y su esposa abandonaron sus ultramodernas instalaciones de Boston y se fueron a vivir a una cabaña de las montañas de Colorado, donde no había telefonía móvil y el Internet llegaba tarde, mal y nunca. Allí, a lo largo de dos años, escribió el polémico libro que lo ha hecho famoso. Se titula en inglés The Shallows: What the Internet is Doing to Our Brains y, en español, Superficiales: ¿Qué está haciendo Internet con nuestras mentes? (Taurus, 2011). Lo acabo de leer, de un tirón, y he quedado fascinado, asustado y entristecido.

Carr no es un renegado de la informática, no se ha vuelto un ludita contemporáneo que quisiera acabar con todas las computadoras, ni mucho menos. En su libro reconoce la extraordinaria aportación que servicios como el de Google, Twitter, Facebook o Skype prestan a la información y a la comunicación, el tiempo que ahorran, la facilidad con que una inmensa cantidad de seres humanos pueden compartir experiencias, los beneficios que todo esto acarrea a las empresas, a la investigación científica y al desarrollo económico de las naciones.

Pero todo esto tiene un precio y, en última instancia, significará una transformación tan grande en nuestra vida cultural y en la manera de operar del cerebro humano como lo fue el descubrimiento de la imprenta por Johannes Gutenberg en el siglo XV que generalizó la lectura de libros, hasta entonces confinada en una minoría insignificante de clérigos, intelectuales y aristócratas. El libro de Carr es una reivindicación de las teorías del ahora olvidado Marshall MacLuhan, a quien nadie hizo mucho caso cuando, hace más de medio siglo, aseguró que los medios no son nunca meros vehículos de un contenido, que ejercen una solapada influencia sobre éste, y que, a largo plazo, modifican nuestra manera de pensar y de actuar. MacLuhan se refería sobre todo a la televisión, pero la argumentación del libro de Carr, y los abundantes experimentos y testimonios que cita en su apoyo, indican que semejante tesis alcanza una extraordinaria actualidad relacionada con el mundo del Internet.

Los defensores recalcitrantes del software alegan que se trata de una herramienta y que está al servicio de quien la usa y, desde luego, hay abundantes experimentos que parecen corroborarlo, siempre y cuando estas pruebas se efectúen en el campo de acción en el que los beneficios de aquella tecnología son indiscutibles: ¿quién podría negar que es un avance casi milagroso que, ahora, en pocos segundos, haciendo un pequeño clic con el ratón, un internauta recabe una información que hace pocos años le exigía semanas o meses de consultas en bibliotecas y a especialistas? Pero también hay pruebas concluyentes de que, cuando la memoria de una persona deja de ejercitarse porque para ello cuenta con el archivo infinito que pone a su alcance un ordenador, se entumece y debilita como los músculos que dejan de usarse.

No es verdad que el Internet sea sólo una herramienta. Es un utensilio que pasa a ser una prolongación de nuestro propio cuerpo, de nuestro propio cerebro, el que, también, de una manera discreta, se va adaptando poco a poco a ese nuevo sistema de informarse y de pensar, renunciando poco a poco a las funciones que este sistema hace por él y, a veces, mejor que él. No es una metáfora poética decir que la "inteligencia artificial" que está a su servicio, soborna y sensualiza a nuestros órganos pensantes, los que se van volviendo, de manera paulatina, dependientes de aquellas herramientas, y, por fin, en sus esclavos. ¿Para qué mantener fresca y activa la memoria si toda ella está almacenada en algo que un programador de sistemas ha llamado "la mejor y más grande biblioteca del mundo"? ¿Y para qué aguzar la atención si pulsando las teclas adecuadas los recuerdos que necesito vienen a mí, resucitados por esas diligentes máquinas?

No es extraño, por eso, que algunos fanáticos de la Web, como el profesor Joe O'Shea, filósofo de la Universidad de Florida, afirme: "Sentarse y leer un libro de cabo a rabo no tiene sentido. No es un buen uso de mi tiempo, ya que puedo tener toda la información que quiera con mayor rapidez a través de la Web. Cuando uno se vuelve un cazador experimentado en Internet, los libros son superfluos". Lo atroz de esta frase no es la afirmación final, sino que el filósofo de marras crea que uno lee libros sólo para "informarse". Es uno de los estragos que puede causar la adicción frenética a la pantallita. De ahí, la patética confesión de la doctora Katherine Hayles, profesora de Literatura de la Universidad de Duke: "Ya no puedo conseguir que mis alumnos lean libros enteros".

Esos alumnos no tienen la culpa de ser ahora incapaces de leer Guerra y Paz o El Quijote. Acostumbrados a picotear información en sus computadoras, sin tener necesidad de hacer prolongados esfuerzos de concentración, han ido perdiendo el hábito y hasta la facultad de hacerlo, y han sido condicionados para contentarse con ese mariposeo cognitivo a que los acostumbra la Red, con sus infinitas conexiones y saltos hacia añadidos y complementos, de modo que han quedado en cierta forma vacunados contra el tipo de atención, reflexión, paciencia y prolongado abandono a aquello que se lee, y que es la única manera de leer, gozando, la gran literatura. Pero no creo que sea sólo la literatura a la que el Internet vuelve superflua: toda obra de creación gratuita, no subordinada a la utilización pragmática, queda fuera del tipo de conocimiento y cultura que propicia la Web. Sin duda que ésta almacenará con facilidad a Proust, Homero, Popper y Platón, pero difícilmente sus obras tendrán muchos lectores. ¿Para qué tomarse el trabajo de leerlas si en Google puedo encontrar síntesis sencillas, claras y amenas de lo que inventaron en esos farragosos librotes que leían los lectores prehistóricos?

La revolución de la información está lejos de haber concluido. Por el contrario, en este dominio cada día surgen nuevas posibilidades, logros, y lo imposible retrocede velozmente. ¿Debemos alegrarnos? Si el género de cultura que está reemplazando a la antigua nos parece un progreso, sin duda sí. Pero debemos inquietarnos si ese progreso significa aquello que un erudito estudioso de los efectos del Internet en nuestro cerebro y en nuestras costumbres, Van Nimwegen, dedujo luego de uno de sus experimentos: que confiar a los ordenadores la solución de todos los problemas cognitivos reduce "la capacidad de nuestros cerebros para construir estructuras estables de conocimientos". En otras palabras: cuanto más inteligente sea nuestro ordenador, más tontos seremos.

Tal vez haya exageraciones en el libro de Nicholas Carr, como ocurre siempre con los argumentos que defienden tesis controvertidas. Yo carezco de los conocimientos neurológicos y de informática para juzgar hasta qué punto son confiables las pruebas y experimentos científicos que describe en su libro. Pero éste me da la impresión de ser riguroso y sensato, un llamado de atención que -para qué engañarnos- no será escuchado. Lo que significa, si él tiene razón, que la robotización de una humanidad organizada en función de la "inteligencia artificial" es imparable. A menos, claro, que un cataclismo nuclear, por obra de un accidente o una acción terrorista, nos regrese a las cavernas. Habría que empezar de nuevo, entonces, y a ver si esta segunda vez lo hacemos mejor.

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De todas formas no se puede separar el problema climático del problema geopolítico. El primero es un problema estrictamente político. La libertad, en tanto que dignidad es el mayor valor, ahora bien, si entendemos libertad, por libertad de mercado, ya no hay libertad. El desarrollo científico es necesario, pero también debe estar guiado políticamente hacia la consecución de mayor libertad y dignidad. Si lo dejamos sólo en manos privadas produce desigualdad y elimina libertad. Si lo dejamos en manos sólo del interés político, entonces caemos en la ideologización de la ciencia que también acaba en la instrumentalización del hombre. Saludos.

Excelente reportaje. Coincido con todo lo que tu colega arquitecto sostiene. Y, además, con temple y tranquilidad, que a mí, por mi carácter irascible, me faltarían en sus tremendas circunstancias. La verdad es que no sé si yo tendré algo que ver con esto, creo que sí y que no. Creo que sí porque somos nuestra generación la que os ha dejado este panorama invivible y sin esperanzas, que es lo peor en la juventud, no tener esperanzas. Creo que no porque siempre he luchado contra ello. Siempre he pensado que el orden establecido no era el correcto. No ya el sistema en su totalidad, que son palabras mayores y vacías, entelequias, pero sí parte del sistema. Nunca he entendido el lucro con la medicina, tanto personal como corporativa o multinacional. Lo mismo me ha ocurrido con la arquitectura. Creo que, tanto la medicina como la arquitectura tienen que ver con lo más humano, ya te lo he comentado en otras ocasiones. Eso significa que deben ser trabajos públicos. El arte que pueda surgir del arquitecto es fruto de su propia excelencia, no del mercado y no debe estar sujeto a cobro. Me dirás que soy un ingenuo, que no conozco el tema, efectivamente, por eso puedo hablar sin contaminación ni prejuicios. El buen hacer del medico, su trato humano, su humanismo, su ética, que no deontología, que ese es su deber, eso entra dentro de su excelencia, virtud, y no se cobra, es algo que está entre el medico y el paciente. Y lo mismo digo del profesor…y este tema, por desgracia, me lo conozco demasiado bien. En fin, que lo que estoy defendiendo es un socialismo de los bienes comunes como son la vivienda, la salud y la educación. Ningún arquitecto se quejaba cuando ibas a hacer una obra en casa, una tontería de nada, y no te rías, porque lo sabes, y se te exigía la firma del arquitecto, total medio kilo más la obra. Eran los buenos tiempos. Un proyecto que el maestro de obras lo hacía en una hora y el arquitecto en la mitad de la mitad, o no lo hacía, y acataba lo del maestro de obras y se llevaba el medio kilo. Lo mismo digo de los médicos. Una consulta, 200 euros, o 100 un especialista normal. Y luego las pruebas, los análisis, nueva consulta, vamos como para perder la salud el dinero y la santa paciencia... O los derechos de autor de gilipollas como Alejandro Sanz. En fin lo que vengo diciendo desde siempre, por eso te digo que me siento culpable porque el mal está ahí y es fruto de mi generación, pero no del todo, porque siempre he dicho lo mismo. La inmensa mayoría de los que estudiamos, escribimos, publicamos, hasta pagamos por lo que hacemos… Escribir esto me ha costado poco tiempo, sí trabajo… pero, ¿sabes cuántas horas hay detrás de reflexión y de estudio para decir esto a las que no les pido su rendimiento económico, porque han sido un placer intelectual? Pues esa es la cuestión. Arquitectos, médicos, abogados, todos funcionarios públicos…después vendrá la excelencia. Son muchos los profesores que publican grandes obras, que hacen grandes avances científicos e, incluso, han ganado grandes premios, hasta el Nobel, sin dejar de ser, eso, funcionarios. Es decir, servidores públicos.

            Como te digo, coincido con todo lo que dice el reportaje, pero hay que ser más radical. Y que lo sea yo a mis cuarenta y muchos, pues, no sé, no sé. En fin, que llevo un mes sin dar clases y uno ya echa de menos estas cosas. Un abrazo.

TRIBUNA: JOSEP RAMONEDA

Islamofobia: el enemigo en casa

Hay doctrinas que generan una imparable bola de nieve de odio y violencia. Los atentados terroristas de Noruega se producen en pleno auge en Europa del discurso ultraderechista de rechazo a los musulmanes

JOSEP RAMONEDA 29/07/2011

En los años treinta era el antisemitismo, ahora es la islamofobia la que canaliza los resentimientos, los miedos y las paranoias de una Europa en crisis económica, política y moral. Las dos acciones terroristas de Noruega son una señal que no debería pasar desapercibida: el peligro también está en casa. A primera hora de la tarde del pasado viernes, cuando empezaron a llegar las noticias de un coche bomba en Oslo, los primeros datos concordaban con los prejuicios establecidos: terrorismo islamista. Pero poco después, cuando se conoció que un francotirador estaba ejecutando una masacre en la isla de Utoya, se empezó a comprender que los prejuicios no ayudan al conocimiento y que la realidad a menudo no encaja con las sospechas preestablecidas.

Poco a poco el perfil de un fanático islamófobo fue reemplazando al estereotipo del terrorista islamista. La realidad se nos iba de un extremo al otro. Y cundía un cierto desasosiego: el que producen los acontecimientos cada vez que contradicen los clichés a los que ya nos habíamos adaptado.

No hay que sacar excesivas conclusiones de los argumentos de un personaje que, como demuestran sus escritos, llevaba una empanada mental considerable. Pero hay algunos -entre ellos una parte de la extrema derecha- que ha buscado a toda prisa el atajo: declararlo loco para evitar que sus políticas queden manchadas con la sangre que este ciudadano ha provocado. Quedémonos con las cosas ciertas y concretas; Anders Behring Breivik es un asesino, por confesión propia, que ha ejecutado fría y calculadamente su acción, que la considera cruel pero necesaria para sus dos objetivos: luchar contra la invasión musulmana atacando al partido socialdemócrata que ha traicionado a Noruega al ponerse a su servicio. Es decir, su acción tiene toda la estructura de "los crímenes de lógica" (Albert Camus) propios de la cultura totalitaria. Con esto es suficiente para entender la seria advertencia que representan los atentados de Noruega.

En los años treinta, unos Gobiernos "decididos en la indecisión" y "omnipotentes en su impotencia", en expresiones de Churchill, no quisieron ver las señales que se acumulaban anunciando el desastre. Ahora, en Europa, con unos Gobiernos con las mismas debilidades que tipificaba el político inglés, hay que evitar que se imponga una vez más la trágica solución de mirar a otra parte.

Los dos atentados de Noruega demuestran que el fanatismo no es exclusivo de ninguna cultura. Y que hay doctrinas cuya insistente propagación genera una bola de nieve del odio que, a partir de cierto tamaño, no hay quien la detenga. Frente a estas doctrinas no caben los esfuerzos de comprensión y los intentos de recuperación que van a su propio terreno. Ciertamente, no hay que tomar la parte por el todo: un terrorista blanco no justifica la descalificación de toda la extrema derecha, como un terrorista islamista no justifica la descalificación de todo el islam. Pero este atentado se da en unas circunstancias muy propicias al crecimiento del discurso antielitista, islamófobo y antidemocrático de la extrema derecha y en un clima de auge de estas doctrinas, como demuestran los resultados electorales en muchos países europeos. Por eso la petición de reforma de la política y revigorización de la democracia vuelve a tener a todo el sentido. Como escribía Jorge Semprún: "Es la democracia la que está en el origen de la paz, por mucho que algunos piensen lo contrario. La paz, por lo menos en su forma perversa de apaciguamiento, puede incluso ser el origen de la guerra".

Europa sufre una crisis que está empobreciendo muy gravemente a sectores de las clases medias y obreras que ya no contaban que esta pudiera ser su suerte. Europa asiste al espectáculo de la impotencia del poder político frente al poder económico que no hace sino aumentar el desprestigio de las élites, territorio favorable a los populismos de extrema derecha que se presentan como defensores del pueblo sano ante los poderosos corruptos. Europa vive en la crítica situación de ver cómo los Gobiernos rinden cuentas a los mercados y no a los ciudadanos. Europa contempla cómo, insensible a las consecuencias de la crisis, los especuladores viven instalados en el principio de que todo es posible, todo les está permitido. Y el malestar es profundo. A diferencia de los años treinta, no hay en este momento un conflicto frontal de clases. Pero el deterioro de las condiciones sociales es grande y las desigualdades se acercan a los umbrales de lo insostenible. Entonces el chivo expiatorio fueron los judíos, ahora son los musulmanes y aquellos que "les abren las puertas".

Como estos días nos muestra la prensa con sus gráficos, la extrema derecha crece hasta porcentajes cercanos al 20% en muchos países. Algunos de ellos históricos de la Unión Europea como Francia y Holanda. En España, su peso es difícil de cifrar en la medida en que una parte importante de la extrema derecha se esconde bajo el amplio manto del PP.

A la extrema derecha la protegen las libertades de expresión y de asociación y deben seguir protegiéndola. Nunca se arregla nada negando la palabra. Pero precisamente por ello hay que combatir sus ideas y no dejarse llevar por la atracción populista y por la demagogia. El discurso de comprensión con la extrema derecha es un gran error porque la legitima. Se empieza diciendo que expresan preocupaciones comprensibles de la ciudadanía y se acaba asumiendo las soluciones de la extrema derecha como propias, como hemos visto a menudo en materia de inmigración, sin que por ello la influencia de esta disminuya. La Unión Europea no puede mirar a otra parte cuando proliferan los discursos del odio y de la exclusión. Y desde luego no puede permitir que sus políticas se confundan con las de esta gente.

Lo peor que podría pasar es que de esta tragedia de Noruega solo quedarán dos cosas: restricciones a las libertades y a los derechos de los noruegos, en nombre de la seguridad; y el tranquilizador discurso de que es la obra de un loco, es decir, algo imprevisible que carece de valor de precedente. Acusarle de enajenado es una forma de quitarle de la escena: su acto ha existido, sus devastadores efectos también, pero son como un desastre de la naturaleza, que se impone como algo inevitable. Y de este modo se borra del escenario toda la sangre que ha provocado. Y se sienten inmunes todos los que podían haber sido salpicados por ella.

La seguridad absoluta no existe, aspirar a ella es un disparate, que solo sirve para restringir libertades. En Europa, estos años, los terroristas han conseguido un éxito innegable: excitar nuestras paranoias y hacernos vulnerables al recorte de libertades. Por más loco que sea Anders Behring Breivik, las razones de su acción corresponden a un clima islamófobo, antidemocrático y antielitista que está en auge en Europa. Pero este discurso no se combate recortando libertades.

Sería de desear que este atentado acabara con ciertos prejuicios. No forzosamente son los de fuera los que traen el terror, muchas veces el terror está en casa, en manos de un vecino que la gente recuerda como afable y educado, esta es la terrible banalidad del mal. Anders Behring Breivik presenta su crueldad como necesaria, todos los terroristas lo dicen. El mal radical de hoy siempre busca su justificación en el bien absoluto de mañana. Resistir al mal es precisamente combatir las promesas de bien absoluto. Y no mirar a otra parte cuando vemos pasar los cadáveres.

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