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Filosofía desde la trinchera

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TRIBUNA: ALAIN TOURAINE

La crisis dentro de la crisis

Si no encontramos palabras que rompan el silencio y acciones que nos saquen de la parálisis, la crisis será el destino de Occidente. La pasividad y la resignación no son solo consecuencias, sino causas profundas

ALAIN TOURAINE 26/09/2010

No somos economistas, pero intentamos comprender. Vemos una sucesión de crisis -financiera, presupuestaria, económica, política...-, definidas todas ellas por la incapacidad de los Gobiernos para proponer otras medidas que no sean esas denominadas "de austeridad". Hay, finalmente, una crisis cultural: la incapacidad para definir un nuevo modelo de desarrollo y crecimiento. Cuando sumamos todas estas crisis, que duran ya cuatro años, nos vemos obligados a preguntarnos: ¿existen soluciones o vamos ineluctablemente hacia el precipicio, sobre todo respecto a países como China o Brasil?

Ni los economistas ni los Gobiernos a los que aconsejan han logrado otra cosa que ralentizar la caída. Consideremos, pues, tres crisis: la financiera, la política y la cultural.

2009. La financiera es la que mejor conocemos en su desarrollo, incluida su preparación, a partir de los años noventa, mediante crisis sectoriales o regionales y "burbujas" como la de Internet, o, más tarde, escándalos como el de Enron. Todo esto, junto con el caso Madoff y, sobre todo, el hundimiento del sistema bancario en Londres y Nueva York, en 2008, nos colocó al borde de una situación excepcionalmente grave. Entonces descubrimos la existencia de un segundo sistema financiero que obtiene beneficios de miles de millones de dólares para los directivos de los hedge funds y también para los grandes bancos y sus traders más hábiles. Este segundo sistema financiero no tiene ninguna función económica y solo sirve para permitir que el dinero produzca más dinero. ¿Por qué no hablar aquí de especulación?

Estupor. Después de tantos años de fe en el progreso, de resultados económicos muy positivos y de una multiplicidad sin precedentes de nuevas tecnologías, la economía occidental revela una búsqueda del beneficio a toda costa, una pulsión de latrocinio y corrupción. Gracias al presidente Obama y a los grandes países europeos, se evitó la catástrofe. Pero, desde entonces, la situación no se ha enderezado. Ha sido en Reino Unido donde la catástrofe ha tenido los efectos más destructivos; por eso es también en ese país donde el nuevo Gobierno puede imponer a unos bancos de facto nacionalizados las medidas de control más fuertes.

La izquierda ha perdido el poder en Reino Unido y ha pasado a ser minoritaria en una España abrumada por las consecuencias de la crisis. España había decidido apostar su futuro económico a las cartas del turismo y la construcción, y ha sufrido un choque violento. Su tasa de paro subió hasta el 20% y los españoles le han retirado su confianza a Zapatero, aunque su rechazo hacia el PP de Rajoy es aún más fuerte. Es el ejemplo extremo de una crisis que, como en los demás lugares, no genera propuestas económicas ni sociales nuevas.

Tras la catástrofe de 1929, los estadounidenses llevaron al poder a Franklin D. Roosevelt, que lanzó su new deal. En 1936, Francia recuperó su retraso social con las leyes del Frente Popular. Hoy, silencio, vacío, nada. Los países occidentales no parecen capaces de intervenir sobre su economía. Los economistas responden a menudo que estas críticas no llevan a ningún lado y que las Casandras no hacen sino agravar las cosas. Es falso: Casandra tiene razón, nadie propone una solución.

2010. Las crisis se amplían y se hacen más profundas. En Europa, de forma más visible, pero también en Estados Unidos. El hundimiento de Grecia, evitado en el último momento y después de perder mucho tiempo, ha revelado que la mayoría de los países europeos, incluidos algunos del Este, como Hungría, estaban en plena caída. Su déficit presupuestario resta cualquier realidad al pacto que quería limitarlo al 3% del presupuesto del Estado. La deuda pública se dispara y sabemos que la situación actual implica una reducción del nivel de vida de las próximas generaciones. Ya ni siquiera se habla de "política de recuperación", sino de "rigor" y "austeridad", lo que conduce a muchos Gobiernos a reducir los gastos sociales. Esto se puede ver en Francia, cuyo Gobierno quiere una reforma de las pensiones. El retroceso del trabajo con respecto al capital en el reparto del producto nacional aumenta y acrecienta las desigualdades sociales.

De nuevo, se trata de una crisis política. La ausencia de movilización popular, de grandes debates, incluso de conciencia de lo que está en juego, todo ello revela una impotencia cuya única ventaja es que nos mantiene alejados de efectos, como la llegada de Hitler al poder, de la crisis de 1929. Pero este vacío aparece cada vez más como la causa profunda de la crisis que como su consecuencia. Ante la implosión del capitalismo financiero, los países occidentales son incapaces de enderezar, e incluso de analizar, la situación. Las poblaciones sufren, pero lo que ocurre en la economía permanece al margen de su experiencia vital. La globalización de la economía ha roto los lazos entre economía y sociedades, y las políticas nacionales han perdido casi cualquier sentido. Hasta los movimientos de opinión más originales, como Move on y Viola, se sitúan en un plano más moral que económico y social. La nave de los locos occidentales se hunde en las crisis mundiales, pero la extrema derecha de los tea parties estadounidenses solo quiere la piel de Obama, acusado de ser musulmán, mientras que la extrema izquierda italiana quiere antes que nada la piel de Berlusconi, que merece ciertamente una condena que la oposición de izquierda no es capaz de obtener proponiendo otro programa.

¿Y qué viene después de 2010? Seguimos subestimando la gravedad y el sentido del silencio general. Hay que cambiar de escala temporal para comprender unos fenómenos cuyo aspecto más extraordinario es que nadie parece ser consciente de ellos.

Hay que interrogarse sobre Occidente. Desde mediados de la Edad Media, Occidente creó un modelo diferente a todos los demás, y lo hizo concentrando todos los recursos, conocimientos, poder, dinero e incluso apoyo de la religión en manos de una élite triunfante. Así creó monarquías absolutas poderosas y, luego, el gran capitalismo. Pero al precio de la explotación de todas las categorías de la población, desde los súbditos del rey hasta los asalariados de las empresas, y desde los colonizados hasta las mujeres. Este modelo occidental se basó también en las luchas entre Estados, que terminaron transformándose en guerras mundiales y totalitarismos que ensangrentaron Europa. En el plano social, la evolución fue inversa. Poco a poco, los que estaban dominados se fueron liberando a fuerza de revoluciones políticas y movimientos sociales. Y los países de Occidente conocieron algunas décadas de mejoría de la vida material, de grandes reformas sociales y de una extraordinaria abundancia de ideas y obras de arte. Pero fue un verano corto y Europa se encontró sin proyectos, sin capacidad de movilización y, sobre todo, incapaz de elaborar un nuevo modo de modernización opuesto al que dio forma a su poder, y que no puede reposar sino en la reconstrucción y la reunificación de sociedades polarizadas durante tanto tiempo.

El gran capitalismo acaba de mostrar de nuevo su incapacidad de autorregularse, y el movimiento obrero está muy debilitado. Ya no hay pensamiento en las derechas en el poder. La única gran tendencia de la derecha es la xenofobia; la única gran tendencia de la izquierda es la búsqueda de una vida de consumo sin contratiempos.

No nos dejemos arrastrar a una renuncia general a la acción. Existen fuerzas capaces de enderezar la situación. En el plano económico, la ecología política denuncia nuestra tendencia al suicidio colectivo y nos propone el retorno a los grandes equilibrios entre la naturaleza y la cultura. En el plano social y cultural, el mundo feminista se opone a las contradicciones mortales de un mundo que sigue dominado por los hombres. En el terreno político, la idea novedosa es, más allá del gobierno de la mayoría, la del respeto de las minorías.

Ni nos faltan ideas ni somos incapaces de aplicarlas. Pero estamos atrapados en la trampa de las crisis. ¿Cómo hablar de futuro cuando el suelo se abre a nuestros pies?

Pero nuestra impotencia económica, política y cultural no es consecuencia de la crisis, es su causa general. Y si no tomamos conciencia de esta realidad y si no encontramos las palabras que rompan el silencio, la crisis se profundizará aún más y Occidente perderá sus ventajas. Entonces será demasiado tarde para intentar atenuar una crisis que ya se habrá convertido en destino.

TRIBUNA: ARACELI MANJÓN-CABEZA

Drogas, ¿seguir con la prohibición?

El prohibicionismo, instaurado en Estados Unidos a comienzos del siglo XX e impuesto por ese país al resto del planeta, ha fracasado. Múltiples razones policiales y de salud pública recomiendan la despenalización

ARACELI MANJÓN-CABEZA 22/09/2010

Una vez más se reabre el debate sobre la ineficacia de la represión en materia de drogas. Ha bastado que el ex presidente Felipe González nos recordase los males de la prohibición y la necesidad de un cambio de rumbo. Pero no es nada nuevo. Que los esfuerzos antidroga son un "largo y glorioso fracaso" era ya más que evidente hace años.

Milton Friedman advertía en 1972 que era imposible acabar con el tráfico de drogas y que la prohibición era la peor estrategia para usuarios y no usuarios; 17 años después afirmaba que la epidemia del crack se habría evitado de ser legal la cocaína.

Gary S. Becker señalaba en 2001 que la legalización, aun no siendo la panacea y presentándose como "una aventura hacia lo desconocido", eliminaría las ganancias del narcotráfico y la corrupción y que el posible aumento del consumo se compensaría con el control de la calidad.

Recientemente, en enero de 2010, Mario Vargas Llosa ha insistido en que la despenalización es el único remedio y lo afirma con los ojos puestos en México, pero también en otros países. Y más en la misma línea: Paulo Coelho, los ex presidentes Cardoso, Zedillo y Gaviria y las 17.000 personas que han firmado desde junio pasado la Declaración de Viena, reclamando a los Gobiernos y a Naciones Unidas una revisión transparente de la actual estrategia.

La prueba hoy más clara -pero no única- del fracaso y de los inasumibles costes de seguir intentándolo nos la proporciona México: desde 2006, el combate al narco del presidente Calderón ha provocado dos guerras -la que se libra entre narcos y la del Estado contra el crimen organizado- y 30.000 muertos (900 eran niños menores de 17 años).

En contra de la legalización se dice que los beneficios de acabar con el crimen organizado no serían mayores que los problemas que causaría el aumento del consumo. Pues bien, creo que esta afirmación es hoy claramente incierta. Admitiendo como muy probable un aumento inicial del número de consumidores de las drogas ya legales, a la vez, serían seguros otros efectos beneficiosos: control de la calidad de las sustancias, lo que evitaría los males asociados al consumo de los venenos ilegales que hoy circulan; disminución de precios, lo que reduciría drásticamente la cifra de delincuencia drogoinducida; sacar a los consumidores de determinados ambientes especialmente insalubres y peligrosos, para dirigirlos a un mercado legal y controlado.

Solo lo anterior ya justificaría pensar muy seriamente y sin prejuicios en un proceso de legalización y de control estatal, con o sin impuesto especialmente fuerte a la producción, con mayor inversión en las políticas de reducción de la demanda -educación, prevención y rehabilitación- y con un ahorro espectacular en los enormes esfuerzos económicos que hoy se lleva la represión a cambio de unos resultados decepcionantes.

Pero habría más: se desposeería al crimen organizado de su actividad favorita y más rentable y, con ello, de parte de su capacidad de corromper voluntades públicas y privadas y de infiltrarse en la economía lícita; se podría prescindir de la excepcionalidad legal hoy imperante en la persecución y represión del tráfico de drogas que, en ocasiones, nos coloca en los límites de lo que el Estado de derecho es capaz de soportar; desaparecería el pretexto según el cual, la lucha eficaz contra el narcotráfico justifica la intervención de Estados Unidos en asuntos de otros países castigados por este azote.

Y hablando de Estados Unidos conviene echar la vista al pasado y recordar algunos datos: 1º) Que hubo otra situación previa a la prohibición, en la que el consumo de drogas -muy extendido en aquel país en el siglo XIX- no se consideraba un problema de salud pública. 2º) Que alguno de los "problemas de la droga" son hijos de la prohibición. 3º) Que la prohibición se ha desarrollado en los más variados escenarios y ha afectado a casi todo, más allá del ámbito de la salud pública. Basta recordar que la fiscalización internacional se impone al mundo colándola como un polizón en el Tratado de Versalles; que Estados Unidos ha condicionado su ayuda exterior a que los países destinatarios obtuviesen resultados satisfactorios en la lucha contra la droga; que el narco Pablo Escobar ofreció el dinero de la droga para pagar la deuda externa de Colombia a cambio de un compromiso de no extradición; y que hasta la fórmula originaria de la Coca-Cola hubo de modificarse para sustituir la cocaína por cafeína. 4º) Que la cruzada planetaria que Estados Unidos desata a principios del siglo XX no fue motivada por razones de "salud pública". Hubo motivos racistas contra los negros del Sur y contra la mano de obra china; motivos económicos en la guerra de médicos, farmacéuticos, productores y curanderos por tener la exclusiva en la dispensación de drogas; motivos políticos en la pugna entre China y Filipinas por el monopolio del opio y, también motivos políticos, en el hallazgo de uno de los pretextos -otros han sido la amenaza comunista y el terrorismo islámico- para legitimar el intervencionismo de la gran potencia en la andadura de otros países.

Por otro lado, hay que señalar que lo que más contribuye a reavivar el debate, inclinando cada vez a más personas hacia la opción despenalizadora, son los propios excesos, innecesarios e injustificables, del prohibicionismo.

Me refiero a un par de cuestiones como meros ejemplos.

Primera: hay países que castigan como delito el autoconsumo de drogas, a pesar de que ello no es obligado -aunque si vivamente recomendado- por las Convenciones de Naciones Unidas que diseñan e imponen el sistema represivo mundial. No es el caso de España, donde nunca fue delito el consumo y donde no se duda que tal acto entra en una esfera de la libertad personal inaccesible para el Derecho Penal. Recientemente, en Argentina se ha declarado la inconstitucionalidad del delito de tenencia de drogas para el autoconsumo; en México se ha despenalizado esa misma conducta y en Brasil se ha producido una cierta despenalización al sustituirse la cárcel por tratamientos y medidas educativas. Pero siguen existiendo países que castigan la posesión y el autoconsumo.

Segunda: son inadmisibles algunas de las afirmaciones que la JIFE (Junta Internacional de Fiscalización de Estupefacientes de Naciones Unidas) hace en sus informes anuales de evaluación de los esfuerzos antidroga de los distintos países. Así, en el informe de 2010 se muestra preocupación por las decisiones de Argentina, México y Brasil a las que me acabo de referir, lo que se interpreta desde estos países, con razón, como injerencia en asuntos internos. En 2009 se rechazó que la Constitución de Bolivia declarase patrimonio cultural la masticación de la hoja de coca, lo que supone ignorar o despreciar el sentido que tal práctica tiene. Y así más: desagrado porque España no castiga el consumo; críticas porque Suiza permita las salas de inhalación; denuncia de los tratamientos con heroína médicamente prescrita en Holanda, etcétera.

Los excesos y los fracasos del prohibicionismo acabarán siendo el mejor argumento de las tesis liberalizadoras.

He de reconocer que cuando se trabaja dentro del sistema represivo es fácil dejarse seducir por sus "éxitos", pero estos son muy parciales y cuando se mira el conjunto, entonces vence la decepción, al contemplar un instrumento salvaje e ineficaz que no es la "solución" sino, más bien, una parte importante del problema.

Lanzarse a cualquier opción despenalizadora da vértigo, desmontar la prohibición no será fácil, pero el mantenimiento del actual prohibicionismo planetario es una locura.

TRIBUNA: RAFAEL ARGULLOL

La cabeza bajo el ala

RAFAEL ARGULLOL  17/09/2010

El verano, propicios siempre para ser informados de noticias que olvidamos durante el invierno, ha dejado constancia de que, según las últimas valoraciones, ninguna universidad española está entre las 200 más importantes del mundo. En la anterior lista había una -la Universidad de Barcelona-, pero en la actualidad también ha desaparecido. Hubo unos cuantos comentarios en los periódicos, aunque no creo que esta información haya amargado las vacaciones a demasiada gente. Unos días después de esa noticia La Vanguardia dedicaba una doble página al negocio de la prostitución en España y, además de indicar las fabulosas ganancias que implicaba para las mafias, ofrecía, no sé bien a través de qué medios, un cálculo de las prestaciones anuales requeridas por los varones españoles: 15 millones, un récord en Europa y todo un índice de la salud sexual, y no sexual, de la sociedad española.

En la misma doble página, en un recuadro, los periodistas advertían que la prostitución era el segundo negocio con más volumen de beneficios, únicamente por detrás del de las armas, pero por delante del de las drogas. No me quedó claro si por "armas" se entendía la fabricación y exportación legal o directamente el tráfico ilegal de armamento; de ser esto último la capacidad recaudatoria del pobre Estado quedaría aún más mermada, tras no sacar provecho alguno del dinero negro procedente de las drogas y la prostitución. De todos modos no hay ningún indicio de que la alarma suscitada en la comunidad sea particularmente grave. Negocios tan rentables, al fin y al cabo, no son fruto de un verano, sino la consecuencia de delitos perpetrados a lo largo de años y a la vista de todos. Nadie puede escandalizarse, más allá de cuatro comentarios fugaces.

Sin embargo, como pueden comprobar, el panorama es bastante coherente. Un país que asiste impávido a la sedimentación del delito, como ocurrió también, durante décadas, con la especulación inmobiliaria, ¿para qué necesita buenas universidades? Si lo que prevalece es la corrupción y la ganancia fácil por encima del mérito, ¿a qué viene rasgarse las vestiduras cuando las estadísticas incordian con sus fríos números señalando a tantos jóvenes predispuestos a la apatía a falta de otras posibilidades? ¿Cuántos españoles se sienten responsables del desastre educativo?

Creo que necesitaríamos muy pocas manos para contarlos con los dedos. Evidentemente, los culpables son siempre los otros. En especial hay dos figuras que son vistas como monigotes del pim-pam-pum sobre los que lanzar las reacciones airadas cuando emerge un problema: el maestro y el político. Esteúltimo, protagonista de un paisaje utilitarista y sin ideas, incorpora a su profesión el riesgo de ser señalado constantemente; los italianos, que saben bastante de estas cosas, ya hace mucho que han asociado el mal tiempo con el porco governo. Por su parte, el maestro, como está en la primera línea del frente, es el depositario directo del colapso educativo.

Lo grave, e hipócrita, de esta concepción es ignorar que, en realidad, se trata de un fracaso ciudadano que implica la entera percepción de la democracia. Treinta y cinco años después de la muerte de Franco, y con la octava economía del mundo -según se ha alardeado-, España es incapaz de tener una universidad de prestigio mundial. Y hay algo peor. A casi nadie parece importarle. O bien se trata de un fracaso de la democracia, tal como históricamente se ha entendido este modelo político, o bien hemos instaurado una democracia de otro tipo, innovadora y vanguardista, para la cual es mucho más decisivo tener una selección de fútbol campeona del mundo que una universidad entre las primeras del planeta. Si se hacen encuestas a este respecto es casi mejor no saber los resultados. Aunque también podría ser que nos estuviéramos adelantando a todos al ensalzar la ignorancia y despreciar el conocimiento, y constituyamos la vanguardia del siglo XXI.

Pero si hay que entender la democracia tal y como la entendieron humanistas e ilustrados el fracaso es evidente, y no atañe solo a los políticos y a los maestros, sino a todos los ciudadanos. Hay unanimidad en que el sistema educativo es un desastre, pero lo insólito sería que tuviéramos buenas escuelas y universidades en medio de la indiferencia general. Es cierto que gran parte de la Universidad española se halla en caída libre como consecuencia de sucesivas reformas ineficaces y de una burocratización sin límites que acaba premiando a los mediocres, pero no es menos cierto que los buenos -o excelentes- profesores que sobreviven lo hacen en un ambiente descorazonador en el que la falta de estímulos procede, en primer lugar, del escaso interés y prestigio del conocimiento en el seno de la comunidad.

A través de la sempiterna pantalla de televisión -con un consumo medio de tres horas diarias por habitante- los adolescentes son informados puntualmente de que los héroes son deportistas multimillonarios, los especuladores, los tertulianos gritones, las prostitutas de lujo y toda esa chusma que se pasa el día juzgando y sentenciando a los demás. Este esperpento permanente transmite un mensaje claro: ¿para qué sirve la cultura?; para nada, pues lo que sirve es la palabra hueca, la neurona lenta y la rapiña veloz. Y frente a esa invasión la resistencia de los ciudadanos, hay que reconocerlo, es escasa. La conciencia crítica disminuye hasta casi anularse, empezando por la que atañe a la vida política, pero con repercusiones en todos los estratos de la sociedad. Con estar atentos a la pobreza del lenguaje utilizado por los españoles, desde el que se usa en los Parlamentos hasta el que se puede escuchar en los restaurantes, uno puede formarse una idea bastante nítida de la situación.

No nos engañemos. Políticos sin grandeza y profesores desorientados solo son responsables secundarios de la escasísima formación media de los jóvenes; el responsable directo es el ciudadano-avestruz, el protagonista de una democracia fraudulenta en la que se enfatizan los derechos y se rehúyen los deberes, siempre mirando hacia otro lado o con la cabeza bajo el ala. El ciudadano-avestruz nada quiere saber de la destrucción del litoral mientras esto no vulnere sus intereses; nada le afecta la corrupción mientras no se grave su bolsillo; en nada le concierne el asentamiento de las mafias mientras él pueda ir tirando; le importa un comino tener o no tener buenas universidades mientras la diversión esté asegurada. Siempre podrá acusar a los políticos -reclutados a su imagen y semejanza- de sus errores. Porco governo. El espantapájaros.

Lo malo es que finalmente se consigue una democracia de avestruces; todos con la cabeza bajo el ala y, por supuesto, sin mirar nunca de frente.

TRIBUNA: JOAN B. CULLA I CLARÀ

Empanada boloñesa

La hoy denostada 'clase magistral' permite al profesor explicar, aclarar, ilustrar, actualizar sus argumentos y debatirlos con los alumnos. Eso no puede sustituirse por la lectura. Otra cosa es el nivel del profesorado

JOAN B. CULLA I CLARÀ 14/09/2010

Cuando uno quiere cargarse algo o a alguien, no hay método más efectivo -digo efectivo, no honesto- que describirlo en términos lo más grotescos y desdeñosos posible; es lo que podría denominarse argumentar por reducción al ridículo. Es lo que hacía con indudable gracejo el profesor José Lázaro en su artículo Clases a la boloñesa, publicado en EL PAÍS el pasado día 2: caricaturizar el "nefasto hábito medieval" de las llamadas clases magistrales, y celebrar con euforia su inminente desaparición gracias al mirífico advenimiento del Espacio Europeo de Educación Superior (EEES), familiarmente conocido como modelo Bolonia. La realidad, naturalmente, es bastante más compleja y menos maniquea de como la describía el citado colega.

En primer lugar, llama la atención hasta del más lerdo que, siendo la clase tradicional una costumbre tan "arcaica, absurda y dañina", haya constituido uno de los métodos básicos para la transmisión del saber universitario en Occidente durante casi mil años, sobreviviendo impávida no solo a la invención de la imprenta, sino también a la de la máquina de escribir, la fotocopiadora, el retroproyector y tantos otros ingeniosos artefactos. ¿Es ello imputable solo a la presunta pereza mental que aquejaría a los profesores de universidad desde los tiempos de Robert de Sorbon? Yo creo más bien que, caricaturas al margen, la exposición de la materia por parte del docente en el aula permite a este captar de forma instantánea cómo reciben sus alumnos aquello que les está explicando; y, en consecuencia, da al profesor la oportunidad de reiterar, de aclarar, de enfatizar, de volver atrás, de ilustrar sus argumentos (pienso en materias como periodismo, sociología, ciencia política, historia contemporánea...) con ejemplos sacados de la actualidad del día. Son cosas, todas ellas, que ningún texto leído puede hacer.

Por otra parte, ¿de dónde infiere el profesor Lázaro que, la por él denostada clase magistral, sea un monólogo que el profesor ha memorizado mal que bien la víspera y que suelta luego en clase como un papagayo con tarima, mientras los sufridos estudiantes tratan de resistir el sopor que les invade? Si tal ha sido su experiencia, de veras que le compadezco, pero la mía es algo menos desoladora. Teniendo a las espaldas cuatro décadas de permanencia en la Universidad, concibo y trato de practicar la clase no como un soliloquio ni como un dictado de "apuntes", sino como una síntesis verbalizada de la materia de que se trate; una síntesis en la que el docente ha destilado sus conocimientos, sus lecturas, eventualmente sus propias investigaciones, y cuya exposición los alumnos pueden interrumpir en todo momento con preguntas, objeciones o demandas de aclaración.

Lógicamente, que esto último ocurra es mucho más probable si, en paralelo con el desarrollo de las clases, los estudiantes van leyendo textos, ya sean de carácter general o especializado, relativos a la asignatura. Es por ello que, el primer día del curso, existe la inveterada costumbre de proporcionarles una lista de títulos con este fin: solemos llamarlos "manuales", o "monografías". E incluso hay colegas que, mucho antes de haber oído hablar del método Bolonia, ya ponían a disposición de sus alumnos dossiers con textos, y mapas, y gráficos, y cuadros estadísticos, concebidos como apoyo y complemento de sus clases magistrales. Lo subrayo a la intención de los lectores ajenos al mundo universitario: palabra de honor que la enseñanza superior en España ya había asimilado la invención de la imprenta, y hasta de la fotocopia, sin necesidad de que un puñado de eurócratas diesen a luz la panacea boloñesa.

En el texto al que respondo, el doctor José Lázaro sostenía, como uno de sus argumentos mayores contra las clases tradicionales, que el 80% o el 90% del profesorado universitario, puesto a impartirlas, aburre hasta a las ovejas. No le discutiré la base cuantitativa de su aserto, que él mismo reconoce poco científica; pero, aunque solo fuese el 50%, ¿la culpa es de la clase magistral, o de que llevamos décadas equivocándonos en el proceso de selección de los nuevos profesores?

El currículum investigador es muy importante, sin duda, y aquel artículo firmado por cuatro colegas en una revista científica norteamericana es un mérito formidable, desde luego; pero, ¿hasta el punto de prescindir de las aptitudes pedagógicas del candidato a la plaza? Claro, si llenamos las aulas de profesores con escasa o ninguna capacidad de comunicación verbal -aunque sean buenísimos en el laboratorio, la biblioteca o el archivo-, entonces los alumnos se duermen sobre el pupitre, la clase tradicional entra en crisis, y es preciso abrazarse a Bolonia para que nos salve del desastre. Hace demasiado tiempo, a mi modesto juicio, que la institución universitaria y muchos de sus miembros desdeñan o minusvaloran la función docente como un estorbo, como una molesta rémora que distrae tiempo y energías de la verdadera tarea, la investigación.

Ítem más. Contra lo que da a entender el distinguido colega Lázaro, no necesitábamos en absoluto los dictados de Bolonia para descubrir las bondades de las clases participativas, interactivas y dialogadas, con comentarios de texto o análisis en común de otros materiales proporcionados previamente por el profesor. De hecho, conocemos esas fórmulas desde siempre, bajo el nombre de "seminarios", "prácticas", "cursos de doctorado", "másteres", etcétera; y por eso sabemos también que requieren unas condiciones objetivas imposibles de generalizar hoy en nuestra Universidad pública.

Imaginemos, verbigracia, un grupo de primer curso en una facultad concurrida, con un centenar de alumnos en el aula. (Por mi parte no necesito imaginarlo, pues llevo viviéndolo cada año académico desde 1977). Así las cosas, ¿cómo puede el profesor responsable de ese grupo construir su docencia sobre la base del diálogo con los estudiantes en torno a un texto que estos ya han leído? ¿De cuánto tiempo dispondría cada alumno para intervenir en cada una de las clases? ¿De 10 segundos, de 20...? O, alternativamente, ¿cuántas veces le correspondería tomar la palabra a lo largo del cuatrimestre lectivo? ¿Una y media, dos...? Sí, claro, la solución consiste en desdoblar grupos y aumentar el número de profesores, pero no parece que sea este el signo de los tiempos, en medio de recortes salariales y amortizaciones de plantilla. Desde luego, la coincidencia entre la entrada en vigor de Bolonia y el impacto de la crisis económica global ha sido una infeliz conjunción de circunstancias; pero admitamos al menos que problematiza las predicadas virtudes del EEES y alimenta el escepticismo acerca de sus efectos.

Cuestión distinta, aunque también suscitada por el artículo del profesor Lázaro, es que -según él sostiene- el principal objetivo de muchas o algunas asignaturas universitarias sea "enseñar a leer" a los alumnos; se entiende, enseñarles a comprender e interpretar un texto de alguna complejidad. Llámenme ingenuo, pero yo creía que esa tarea instrumental, que esa mínima maduración del intelecto era cosa a alcanzar durante la enseñanza secundaria, tal vez en el actual bachillerato, y que la Universidad se ocupaba ya de transmitir saberes específicos. Debía de estar equivocado...

En síntesis y conclusión, mis reticencias ante la implantación del modelo Bolonia no nacen ni del inmovilismo, ni de la pereza, ni de la inseguridad, ni del miedo a tener que improvisar en clase; menos aún del temor a que una siniestra multinacional quiera apoderarse del departamento de Historia Contemporánea del que formo parte para convertirlo -qué sé yo- en una extenuante factoría de fascículos coleccionables de venta en quioscos. Mis reservas surgen, por un lado, del exceso de celo redentor de paladines boloñeses como el profesor José Lázaro. Y, por otra parte, de observar la apoteosis de burocracia, de formalismos, de langue de bois ("prerrequisitos", "objetivos", "competencias", "aprendizajes"...) que acompaña a la implementación de la reforma. Recelo que, a la postre, el tan jaleado Espacio Europeo de Educación Superior suponga sustituir la función profesoral por una mera tutoría. Y advierto -no sé si lampedusianamente- que, de ser así, conmigo no cuenten.

 

 

(En este artículo quiero responder a algunas cuestiones y dudas que quedaron pendientes hace ya unos meses. En concreto, a las que suscitaron el positivismo y el relativismo. Nuestro compañero y amigo Mariano me hizo algunas preguntas al respecto. Espero que el presente texto las responda satisfactoriamente.)

 

LOS DOGMAS DEL OCASO.

Antonio Gallego Raus

Cada época privilegia determinados conceptos y anatemiza los contrarios. La nuestra es, sin duda, la más estúpida de toda la historia, que ya es decir. Sí, porque jamás se sometieron a escarnio público tantos conocimientos y saberes seculares. Nunca se ha cayó tan bajo desde tan alto. Nos toca asistir, impotentes, al desmoronamiento acelerado de la civilización, la inteligencia y la Cultura (con mayúsculas).

Consideremos los rasgos ideológicos primitivos y dominantes de nuestra época. Quiero decir: los dogmas, prejuicios y falacias con que se arman los actuales sayones de la civilización para decapitarla. Veamos de cerca sus reverenciados dogmas (para ellos axiomas). Son tres, pero su potencia es devastadora. Quizá el segundo y el tercero sean corolarios del primero. Veámoslos:

1. Mundo proteico. Todo cambia, nada permanece.
El posmoderno recela de lo permanente. Prefiere el cambio continuo, la mudanza incesante. Lo permanente encerrara ominosos peligros y atávicos riesgos. Luego veremos por qué.

2. Todo es plural y diverso.
Nada es igual a nada. Cada cosa es lo que es en función de sus “leyes particulares” (valga el oxímoron) y precisas circunstancias.

3. Todo es relativo.
No existe la verdad objetiva, valga la redundancia. “A” puede ser cierto, bueno o bello para Pedro y falso, malo o feo para Juan. Y no podemos saber quién lleva razón.

Ya está, con esto se puede dinamitar una civilización o lo que sea. Esto es suficiente para amojamar molleras, desbaratar la razón y hacer naufragar la más provecta de las culturas.

EN LA ESCUELA.

Inyectemos estas sustancias (pseudo)filosóficas o ideológicas en el torrente sanguíneo de la escuela y veamos qué pasa.

1. Mundo proteico: Todo cambia, nada permanece.

-El mundo está sometido a continuos cambios, nada es seguro ni permanente.

-En consecuencia, ¿qué sentido tiene conocer concienzudamente contenidos teóricos? Lo que hoy aprenda y memorice el alumno, mañana será rebatido o sustituido por algo nuevo. Repudiemos los contenidos teóricos y desterremos la memoria.

-Todo cambia rápidamente: el ámbito laboral, el tecnológico, el económico, el empresarial, el doméstico… Por tanto, necesitamos, ante todo, flexibilidad. Mentes flexibles hasta la contorsión circense que se sepan adaptar a las incesantes novedades. Como las cosas cambian rápida e impredeciblemente, lo importante es que el chaval aprenda a aprender. Si aprende a aprender, siempre estará adaptado a cualquier eventual y mundanal cambio. Nada podrá temer.

-El alumno deberá hacerse experto en buscar información, no en retenerla en la memoria. Si sabe buscarla en la Red, todo arreglado.

-Los contenidos teóricos no sirven de nada en un mundo en constante mudanza. Embargan la memoria de trastos inútiles, falaces e ideológicos. Lo útil es lo práctico. No es nada práctico que el alumno memorice las provincias de España pudiendo consultarlas en cualquier momento, sino que, por ejemplo, sepa desplazarse de un punto a otro del país. Esto es: que adquiera competencias básicas.

2. Todo es plural y diverso.

-Pluralidad y diversidad. La escuela no debe uniformar, ni siquiera formar (dar forma). Al contrario, el sistema debe adaptarse a la diversidad del alumnado. La diversidad no se combate: se celebra como prueba y exhibición de riqueza cultural, tolerancia y libertad. El alumno vago no tiene por qué dejar de serlo. El insolente tampoco. El irresponsable, ídem.

-Más que dar formación académica al niño o joven, lo que precisamos es darle una educación en valores democráticos. La razón de ello es sencilla: puesto que no existe el conocimiento cierto, permanente y objetivo, no nos queda otra que la opinión múltiple y diversa. A un mundo estable le corresponde el juicio. A uno proteico, como el nuestro, la opinión. Consecuentemente, nuestra tarea es intentar fabricar futuros ciudadanos tolerantes que sepan convivir armoniosamente en su disparidad de pareceres; incluso en sus opiniones diametralmente opuestas. No podemos aspirar al entendimiento universal, sino a la tolerancia de lo diferente. Nada hay que entender, pues no existe o no es posible el conocimiento objetivo. Todo es cuestión de respetar lo diferente u opuesto.

-Nada hay universal. Hay particularidades, todas igualmente respetables (toda jerarquía es reprobable en cuanto que despótica y coercitiva). Los contenidos y programas escolares deben respetar las particularidades e idiosincrasias de cada colegio e instituto. También, de cada alumno. Por tanto, cada programación debe estar adaptada al entorno sociocultural del colegio en cuestión.

-Asimismo, hagamos al alumno la adaptación curricular que mejor condiga con su particular forma de aprender.

-Celebremos la multiculturalidad.

3. Todo es relativo.

-El torturado juzga mala la tortura. El torturador la ve bien. ¿Quién lleva razón? Ambos y ninguno. Para aquél es mala y para éste buena, ya está. El relativismo es una forma de adaptación mental a la diversidad de pareceres del mundo. La fórmula que permite aceptarla dejando en silencio el juicio ético (racional). Con ello nos hacemos indiferentes a la contradicción: “El acto A no es bueno o malo, sino que es bueno o malo según quien lo juzgue.” Antes de la llegada del relativismo, si “A” era cierto, “No A” era falso. Lógicamente. Tras su llegada A y su contrario son igualmente admisibles. Todo vale.

-No hay culturas superiores a otras en ningún sentido. Tan respetable son los derechos humanos como su conculcación.

-Todas las opiniones son igualmente respetables. La del alumno no vale menos que la del profesor. La del hijo no menos que la del padre…

LAS RAÍCES.

¿Cómo hemos ido a darnos de bruces con estos dogmas posmodernos? ¿De dónde proceden? ¿Cuál es su prosapia filosófica? Éstas son preguntas demasiado complejas para un artículo, pero intentaré dar algunas respuestas parciales.

Para entender los porqués de nuestro particular ocaso intelectual, debemos percatarnos de que la historia moderna, en especial la posmodernidad, está caracterizada por su firme veta anti-racionalista. Recordemos, una vez más, la definición que el RAE da de posmodernidad:

“Movimiento artístico y cultural de fines del siglo XX, caracterizado por su oposición al racionalismo y por su culto predominante de las formas, el individualismo y la falta de compromiso social.”

Es aquí donde entra en acción estelar el positivismo. Varias veces he hablado de él, pero creo que no con la suficiente claridad.

EL POSITIVISMO EN LA CIENCIA. EL TRIUNFO DE COMTE.

¿Saben ustedes por qué estamos así? Quiero decir: gobernados por tontos, semianalfabetos y ladinos oportunistas (lo que no evita que haya honrosas excepciones). En gran medida, por la envidia, que es muy mala. Me explico. Como harto saben, la educación y la enseñanza de este país (y muchos otros países) están en manos de psicólogos y pedagogos: los “expertos” en educación. Conviene, pues, conocer de cerca sus ideas y formación intelectual.

Empecemos por el principio: la psicología quiso ser una ciencia, una ciencia positiva. Los psicólogos de los primeros decenios del siglo pasado sufrieron fuertes accesos de envidia. De envidia por la física de Newton, el mayor genio científico de la historia. La psicología practicada antes de 1912 (fecha bautismal del conductismo, la psicología científica), era una psicología introspectiva, de sillón. Cada psicólogo hacía su propia psicología inspirándose en reflexiones gratuitas y carentes de base empírica y experimental. Lo que demostraba la física newtoniana es que la experiencia y el experimento controlado son los únicos medios adecuados para descubrir y explicar el mundo (al fin, para describirlo). Así pues, el psicólogo aprendiz de científico natural, repudió toda suerte de especulación, tachándola de superchería y palabrería. La razón sólo podía divagar, perderse en subjetividades e ilusiones inútiles. Sintomáticamente, la APA (la Asociación Estadounidense de Psiquiatría) se declaró positivista y ateórica. La APA es el referente nosológico por excelencia para la mayor parte de los psicólogos occidentales.

De aquí, señores míos, la veta anti-teórica y anti-intelectual de la escuela beocia que hoy sufrimos. La filosofía fue condenada al ostracismo, pues sus obras fueron juzgadas por los empiristas como quimeras, subjetividades y vanidades de la razón arbitraria. En general, las humanidades.

La ciencia positiva (hoy es pleonasmo esta expresión), en oposición a la filosofía, abominaba de los “rollos”, la palabrería, las teorías y las especulaciones (de hecho, hoy, el concepto de especular tiene connotaciones peyorativas: ya no se usa en su acepción de meditar, reflexionar con hondura, teorizar, sino, más bien, en la de perderse en sutilezas o hipótesis sin base real.

La metafísica no daba ningún fruto útil para nadie; sólo prejuicios del especulador. En cambio, la ciencia positiva, armada únicamente con los recursos de la experiencia y el experimento, producía una cantidad ingente de cosas útiles y valiosas. Sus descubrimientos se traducían, al fin, en máquinas, medicinas e ingenios tecnológicos utilísimos para la humanidad. ¿Qué había aportado al hombre siglos y siglos de teorías y especulaciones? Nada: palabrerías, prejuicios y subjetividades que merecían ser pasto de las llamas. Las propuesta de Augusto Comte triunfó en todas las disciplinas que estudiaban lo humano: filosofía, psicología, antropología… Su propuesta fue liberar a la sociología de cualquier referente filosófico. En adelante, estas disciplinas basaron sus estudios en los datos empíricos, imitando a las ciencias naturales.

Marchesi y compañía son herederos de esta visión anti-racionalista que hoy impregna el mundo occidental y, concretamente, la escuela. Sienten repulsión por la filosofía, como la mayoría de la gente. Pero ellos más que nadie, dada su condición de psicólogos acomplejados y temerosos de ser considerados pseudocientíficos o científicos de una ciencia “blanda”. Lo mejor es adoptar una actitud displicente ante la filosofía: una actitud cientifista. Esta actitud cientifista, por cierto, no sólo es propia del psicólogo conductista, sino que también afecta de lleno a gran parte de la misma filosofía contemporánea. La filosofía de los posmodernos es, ironía insuperable, una insufrible y abstrusa amalgama de términos pseudocientíficos, neologismos gratuitos, estilo nominalista, palabros, jerga insondable y torturada sintaxis. La de los psicólogos y pedagogos logsianos también. Pedante oscuridad que quiere hacerse pasar por profundidad, eso es el cientifismo.

Así pues, aquí tiene el lector el porqué de la insistencia de los ideólogos de la LOGSE en formar a los alumnos en competencias básicas: aptitudes para moverse pragmáticamente por el mundo. Aptitudes positivas, prácticas, útiles.

EL POSITIVISMO EN LA POLÍTICA.

Durante siglos y siglos, la mayor parte de la humanidad fue sojuzgada por quienes detentaba el poder político, militar o religioso. Reinaban éstos despótica y leoninamente sobre un pueblo que no era dueño de su destino. Reyes y Papas gobernaban con mano de hierro, apoyándose en inconmovibles dogmas de fe y demás monstruos de la razón. No había pruebas que avalaran sus creencias y mandatos. El orden social y político estaba (como) establecido por Dios: inapelable, eterno, férreo, absoluto. La naturaleza y las relaciones de poder social se reputaban inmutables, incondicionales e inmanentes. El mundo se dio cuenta de que la razón ordenaba el mundo de manera absolutista y arbitraria. Que concebía el mundo en términos de esencias, de suyo inmutables.

Debemos recordar, además, las terribles guerras mundiales del siglo pasado y los regímenes totalitaristas de derechas o de izquierdas que lo infamaron. Nada puede extrañar que el ciudadano posmoderno recelara (que recele) de los discursos políticos y de las artimaña manipuladoras de que siempre se sirvió el poder. Y de los mensajes discursos que emplearon los líderes despóticos para embaucar o manipular al pueblo.

¿Cómo conjurar el peligro de la tiranía? Negando el ensoberbecido poder de la razón; confiando en los datos de la experiencia, desprestigiando e impugnando a todo aquél que viniera vendiendo verdades indubitables e imperecederas. Afianzando una actitud escéptica.

Todo esto nos retrotrae al avispero filosófico de los universales (racionalistas) y su negación (positivista, nominalista). Al problema de lo universal y de lo concreto. A Heráclito, Platón…. Nada menos.

A menudo escuchamos que no hay verdades absolutas, que todo es relativo. La desconfianza y la mala prensa que hoy sufre cualquier persona amante del saber (el sabio, el erudito, el pensador, el filósofo… el profesor), se derivan de la posmoderna desconfianza hacia todo lo que huela a autoridad, afirmación apodíctica o juicio absoluto. Es decir, desconfianza ante los conocimientos inmutables e imperecederos (recuérdese el primer dogma del ocaso: “el mundo es proteico”). ¿Por qué? Porque detrás de las afirmaciones absolutas se teme la presencia de un tirano afanado en imponer su voluntad arbitraria a los demás.

¿Hay verdades absolutas? Por supuesto. De hecho, la verdad, o es absoluta o no es verdad.

No nos perdamos. Vamos con algún ejemplo. Si yo digo: “A mí y al resto de los seres humanos nos sienta como un tiro comer abundante carne putrefacta”, ¿cabe duda racional de que esto es absolutamente cierto? El relativista se lía y dice que es falso. Arguye que nada hay absoluto, pues, por ejemplo, hay animales (los carroñeros) que se alimentan de carne putrefacta. Es cierto, pero ello no niega la afirmación hecha por mí. Porque lo que yo afirmo es que a mí y a las demás personas la carne putrefacta nos sienta mal. Esto es verdad, y verdad en un sentido absoluto, indiscutible. Es decir: es verdadero y, por serlo, toda criatura dotada de razón podrá y deberá reconocerlo como tal. Como, igualmente, toda criatura racional deberá admitir que 2 y 2 son 4.  Que 2 y 2 son 4 es una verdad absoluta. Si hay alguien que crea que no, será su problema. El hecho de que haya personas incapaces de reconocer lo evidente no constituye una suerte de apoyo a la tesis relativista, sino que esas personas no son racionales, o , al menos, que no están preparadas en ese momento para juzgar rectamente las cosas por las que se les pregunta. (Hay muchas cuestiones que sólo son evidentes si se tiene la información y la formación necesarias).

Torturar a un niño es absolutamente malo. Cierto que el torturador hallará bueno el acto de torturar al niño. Pero ello no es razón para afirmar que la maldad de la tortura es relativa al sujeto racional. Torturar a un niño sólo puede ser bueno para un sujeto irracional, como 2 y 2 sólo puede ser algo distinto de 4 para quien no esté en uso de razón por el motivo que sea.

Por eso conviene dejar claro que el relativismo no es señal de apertura mental, ni de flexibilidad o de tolerancia. Algo no puede ser “A” y “No A” al mismo tiempo. Si aceptamos “A” y su contrario, “No A”, le estamos haciendo una higa al principio de no contradicción, el cual es uno de los principios en que se basa la lógica y la racionalidad humanas. Aceptar la contradicción no es síntoma de flexibilidad mental, sino de lo contrario, de debilidad intelectual. (Sólo coloquialmente, en un sentido lato, podemos decir que tal o cual cuestión es relativa).

Lo que sí necesitamos es prudencia respecto de conocimientos que no están del todo claros, dada su complejidad o su condición de parcialmente conocidos. Pero la prudencia intelectual no tiene nada que ver con el relativismo. El objetivista (yo me considero objetivista) afirma que en el mundo hay cosas objetivas y que la razón humana puede descubrirlas. Pero ello no le obliga a hablar a base de sentencias, pues también admite que hay muchas cosas dubitables (y, por supuesto, que el razonador es falible): es indubitable que 2 y 2 son 4; pero es dubitable, por ejemplo, que el universo tenga la estructura que propone la teoría de las cuerdas. Es decir, afirmar que hay cosas absolutamente verdaderas no implica ninguna suerte de rigidez mental o “mentalidad absolutista”. Por mi parte, desconfiaré mucho de la salud mental y ética de quien no sea capaz de aseverar que es absolutamente malo e irracional torturar a un bebé. Quien ande con esas dudas, no es precisamente un tipo tolerante, sino más bien un pobre imbécil. Hay certezas y dudas racionales. Y hay certezas y dudas irracionales.

La confusión que hoy reina sobre estas cuestiones nos lleva a paradojas insufribles. Los abanderados de la tolerancia (los posmodernos) pueden defender cualquier barbaridad cultural bajo el palio del relativismo. Sé de personas con carrera que argumentan que la ablación del clítoris es admisible en los países en que se practica como tradición, pero no aquí, donde, por convención, esa práctica nos parece mala. El relativismo es idiotez suprema. Reduce la ética a mera convención o convenio. Es bueno o malo lo que un grupo de personas decide que es bueno o malo.

Y ojo, porque el relativismo no sólo ha metido las narices en la ética, también en la epistemología y la estética. Así, no es cosa extraña que podamos oír a un relativista que arte es lo que el artista decide que lo es, o que la ciencia es lo que los científicos oficiales o más poder político deciden que es ciencia. O que es verdad (científica) lo que unos cuantos señores deciden lo que es verdad.

Las antinomias y disparates en que incurre el relativista (posmoderno) han sido justamente denunciadas por los físicos Sokal y Bricmont en su “Imposturas Intelectuales”. En este famoso libro los autores ponen en evidencia la impostura intelectual de los filósofos posmodernos, comúnmente adeptos al relativismo epistémico. Una mezcla insana de relativismo y cientifismo hace infumables las reflexiones (por llamarles de alguna manera) de estos filósofos (por llamarles de alguna manera). La oscura palabrería que tanto aborrecía el positivista-cientifista acaba siendo su más reconocible sello de identidad.

Prosigamos. El posmoderno ignora las reflexiones que acabo de hacer. Se lía con los conceptos de objetivo y subjetivo y acaba creyendo que toda aseveración sobre el mundo, ética, estética o epistemológica es una suerte de excrecencia subjetivista, de exceso absolutista, despótico y arbitrario. Para él, ser relativista (que, como digo, implica negar el principio de no contradicción) es lo mismo que ser tolerante. Dudar de todo (escepticismo) es signo para él de apertura y flexibilidad mentales. Es, sin embargo, prueba de lo contrario. No insistiré sobre las antinomias y necedades implícitas a estas creencias. Baste con lo dicho para poder seguir avanzando.

La cuestión es que si la razón está bajo sospecha (se la cree generadora de dogmas de fe, aseveraciones absolutistas y gratuitas subjetividades), ¿qué podrá hacer el hombre (pos)moderno para exorcizar el peligro del despotismo anejo al poder? Nada mejor que recurrir a la rama filosófica secularmente opuesta al racionalismo: el empirismo (y demás ramas filiales: positivismo, neopositivismo, nominalismo, cientifismo, fisicalismo…)

El mundo de las verdades absolutistas engendradas por la razón, el mundo inmanente e inmutable, no casaba bien con el proyecto ilustrado de liberación popular.

La ilustración sentó las bases ideológicas para el cambio. Poco a poco cundió el recelo respecto del poder, casi siempre tiránico. Un recelo que en muchos –incluidos individuos cultos e inteligentes- alcanzó y alcanza tintes casi paranoicos. La liberación revolucionaria del pueblo propició la creación de ideales democráticos irrenunciables. El espíritu del positivismo, hostil por definición con la (absolutista) razón, habría de ser el instrumento ideológico de que se sirvieron las sociedades modernas para alcanzar los ideales de la ilustración: “igualdad, libertad, fraternidad”. La razón fue cayendo en desgracia, cogió mala fama. Se la asoció con la tiranía.

Los ideales de la Ilustración me parecen intachables. Lo que ocurre es que hay maneras y maneras de entender qué es libertad, igualdad y fraternidad. En manos de los reformadores (pseudo)progresistas, el trípode ilustrado se convierte en una pesadilla de contradicciones y despropósitos.

La filosofía empirista desplegó sus encantos y transmitió la refrescante idea de que nada era inmutable o incuestionable. Que no había un mundo predestinado cuajado de esencias y universales. Hume, de hecho, fue un escéptico. Nos dijo que desde un punto de vista lógico-matemático nunca podríamos estar seguros de que el fuego nos quemaría siempre la mano. El suceso B (quemarse la mano) no tenía por qué seguir necesariamente a A (meter la mano en el fuego). Para él era una superstición del pensamiento. Un mero hábito del pensamiento. Vemos que A precede a B y creemos que A es la causa de B. Pero no –nos dijo-: No podemos estar lógicamente seguros de que esto siempre será así. Sólo la experiencia nos podrá decir si el concreto suceso A precederá al concreto suceso B. Nada podemos generalizar. Sólo sabemos lo que hasta la fecha hemos visto. Es decir, Hume y el resto de empiristas, negaron la causalidad y, con ello, la predicción científica y las leyes del universo. Las relaciones observadas (A y B) podían mudar, pues, según ellos, no había impedimentos lógicos para ello. Las relaciones entre las cosas ya no eran causales sino casuales. Ya no había razón para pensar que el mundo estuviese regido por inmutables leyes físicas. Entendió Hume que creer en la inmutabilidad de los sucesos (creer en leyes universales) y las leyes causales era un simple acto de superstición. Irónicamente (incansable es la ironía), el radical empirismo humeano acaba negando la posibilidad del conocimiento cierto, del conocimiento científico. Arrinconada la universalista razón, el empirismo, incapaz por su propia lógica de establecer generalizaciones legales, terminó enfrentado a un escepticismo epistémico cuya devastadora enjundia alcanza hasta nuestros días.

La psicología empirista (el conductismo) tomó buena nota de las enseñanzas humeanas. Inició su particular lucha contra la noción de esencia, contra la noción de permanencia e inmutabilidad. Los psicólogos previos, los pre-científicos, los de “sillón”, explicaban la conducta humana, cualquier mínimo acto, recurriendo al instinto. Detrás de cada conducta había un instinto o una propensión biológica. Los instintos son elementos biológicos heredables y permanentes, inherentes a la naturaleza humana o animal. Los psicólogos científicos (o más bien cientifistas) negaron su existencia (si bien incurriendo en gruesas contradicciones). Ellos le dieron la vuelta al calcetín. Proclamaron que todas las conductas eran aprendidas, que el hombre no tenía naturaleza. O, como dijo el existencialista Sartre, que la existencia precede a la esencia.

Amigo lector: no sé cómo subrayar la importancia de lo acaba usted de leer. Repare en ello, por favor: para la psicología científica (muchas veces meramente cientifista) la conducta humana podía explicarse sin recurrir a ningún elemento biológico permanente. Todo era aprendido. La psicología del aprendizaje descubrió y estudió minuciosamente los mecanismos y condiciones que permitían a cualquier ser vivo aprender (cierto tipo de cosas) de su ambiente. (No puedo explicar aquí los condicionamientos clásico e instrumental).

¿Por qué digo que este punto tiene una especial importancia? Pues porque nos permite comprender, en gran medida, la creación y desarrollo de ese engendro igualitarista denominado corrección política. Vamos a verlo.

POSITIVISMO Y CORRECCIÓN POLÍTICA.

El espíritu positivo propuso un mundo natural y biológico proteico, desprovisto de esencias eternas y propensiones naturales. La facción progresista de las sociedades democráticas encontró en el positivismo y el conductismo el refrendo científico para defender su particular concepción de los ideales de la ilustración: Libertad, Igualdad y Fraternidad. ¿Cómo, de qué manera? Muy sencillo: si la conducta humana es siempre el resultado de algún tipo de condicionamiento o aprendizaje, tenemos la varita mágica más poderosa que jamás podría soñar cualquier Reformador Social. De hecho, el invento más característico de la posmodernidad es el constructivismo. El orden establecido podía ser “deconstruido”. Deconstruido y construido a placer, según los ideales, deseos o prejuicios del reformador social de turno.

La teorías feministas del género responden a esta lógica de “deconstrucción/construcción”. Puede explicarse así: Las personas no nos comportamos según nuestro sexo biológico, sino según nuestro género, el cual no es otra cosa que una suerte de arbitrarias construcciones ideológicas consagradas por la costumbre y las presiones manipuladoras de quienes detentan el poder.

En consecuencia, hombres y mujeres, nos asegura este aborrecible feminismo, pueden condicionarse para que se comporten exactamente igual. O pueden, igualmente, reeducarse.

¿Podría imaginar cualquier reformador psico-social arma más potente que la que le brinda una psicología que predica que la mente humana es una tabla rasa? La oportunidad la han aprovechado hasta la saciedad. Piense el lector en la tremenda transcendencia política de las tesis de la corrección política y cómo, en concreto, ha afectado a la escuela.

La tabla rasa hace posible cumplir el principio “liberador” de que el mundo es proteico, cambiante, susceptible de convertirse en aquello que el reformador desee por medio de la educación en valores y la propaganda oficial.

CONSTRUCTIVISMO.

El lector quizá eche en falta una crítica del paradigma educativo vigente: el constructivismo. El constructivismo procede del idealismo alemán, no del positivismo inglés. No me voy a extender en pormenores para no alargar este escrito, ya demasiado largo. El constructivismo incurre en una suerte de subjetivismo cuyos resultados son indistinguibles de los que produce el relativismo. No son lo mismo exactamente en lo teórico, pero sí a efectos prácticos.

El relativismo viene a decir que la visión que cada sujeto tiene del mundo está determinada (o muy condicionada) por las circunstancias y experiencias particulares del sujeto. Como no hay Razón universal que homogenice pareceres y juicios, cada manera de entender el mundo es igual de respetable que las demás.

El subjetivismo (constructivista) predica otra cosa: el sujeto construye el conocimiento en función de variables internas irreductibles. Aquí el acento recae sobre los factores cognitivos internos al sujeto, no en las circunstancias o el ambiente. No obstante, es lo mismo, pues al negar también la Razón universal, sólo queda una pluralidad de sujetos cognoscentes idiosincrásicos: cada sujeto es un mundo, su propio mundo. La pesadilla para el docente consistirá en tener que averiguar qué manera particular de conocer el mundo tiene cada alumno; indagar en su concreta manera construir el conocimiento. De ahí la insistencia de los pedagogos en la experimentación y la innovación educativas. No todos los alumnos aprenden, dice el constructivismo, con el mismo método didáctico, sino que cada cual lo hace a su manera. Consecuentemente, hay experimentar mucho para individualizar el acto pedagógico y un ofrecer un servicio educativo personalizado, a la carta.

Repárese en la veta anti-objetivista del relativismo y del subjetivismo. Ambos niegan que sea posible una Razón universal que homogenice el entendimiento humano. La función de la escuela, por tanto, no será ya dotar a los alumnos de los instrumentos cognitivos y contenidos que hagan posible el entendimiento entre los seres humanos. Si dos personas tienen conocimientos matemáticos parecidos, podrán entenderse entre sí cuando hablen de matemáticas. Si tienen conocimientos literarios similares, el uno podrá captar intelectualmente lo que el otro dice sobre literatura. En cambio, cuanto mayor sea la disparidad formativa, mayor será dificultad para el entendimiento. Por eso un hombre culto difícilmente podrá entenderse con uno iletrado más allá de lo muy básico.

La formación académica consigue que un profesor de matemáticas de Pekín pueda entender la teoría matemática de un profesor de matemáticas de Berlín. La escuela formativa se apoya en la racional convicción de que el saber objetivo uniformiza el parecer de los seres humanos y hace posible la civilización, los grandes proyectos mancomunados y la convivencia pacífica. Pero una sociedad y una escuela que niegan la posibilidad del conocimiento objetivo, están condenadas al conflicto social continuo, la disparidad irreductible de pareceres y la anomia.

Repudiado el conocimiento objetivo (los contenidos), ¿qué queda? Quedan los sujetos y sus relaciones. La supuesta imposibilidad de aspirar a lo común y universal desviará la atención del docente hacia los sujetos y las relaciones que mantienen entre ellos. Como ninguna opinión será más valiosa que cualesquiera otras, la tarea del docente será adoctrinar a los alumnos para que aprendan a tolerar la diferencia, la opinión opuesta del otro, simple y llanamente.

EPÍTOME.

1

La posmodernidad es el resultado postrero de un largo proceso de degradación intelectual de las sociedades occidentales.

En el ámbito epistemológico, el hombre posmoderno niega el conocimiento objetivo. La razón sólo alumbra dogmas o monstruos metafísicos. La experimentación positivista sólo puede dar cuenta de lo particular, negándose, por principio, la posibilidad de aprehender lo universal. Queda, por tanto, el escepticismo radical (o el nihilismo) que ya predicó Hume.

En el ámbito político, el saber y la autoridad asociada a él quedan bajo sospecha: el saber es sólo un instrumento del poder para manejar y manipular a las masas. El saber, además, impone una jerarquía social indeseable.

Así pues:

  1. No es posible alcanzar conocimiento objetivo e indubitable sobre nada.
  2. Los supuestos conocimientos de las diferentes autoridades intelectuales no son más que instrumentos de dominación del Poder.

2

Las sociedades democráticas quieren regirse por los principios e ideales de la Ilustración: Libertad, Igualdad y Fraternidad. La fórmula para alcanzar ese deseo es, para el posmoderno, anatemizar el saber y la autoridad aneja a él. Los dogmas del ocaso presiden el pensamiento contemporáneo: 1. El mundo es proteico. 2. Todo el plural. 3. Todo es relativo. Con ellos se pretenderá satisfacer el ideal ilustrado.

3

Despojado el pensamiento de cualquier atisbo de racionalidad, conculcado el sagrado principio de no contradicción a manos del relativismo, los ideales ilustrados quedan reducidos a una suerte de caricatura:

-Por Libertad el posmoderno entiende libertinaje. En la escuela penetra bajo la corriente pedagógica del laissez faire, el paidocentrismo, el roussionismo, el sentimentalismo, el hedonismo y la permisividad. En esas corrientes se apela a la motivación y se recusa la voluntad, pues apelar a ésta es un atentado contra la misérrima y animalesca idea de libertad vigente.

-La Igualdad se traduce en Igualitarismo, por el cual todas las opiniones, culturas y formas de vida son igualmente respetables. En la escuela se traduce no en igualar las oportunidades del alumnado, sino en igualar los resultados a base de falsificaciones y medidas lenitivas.

-La Fraternidad posmoderna no es otra cosa que el ensalzamiento de la tolerancia frente a lo diferente u opuesto. Ese es el máximo ideal democrático a que se puede aspirar cuando la razón universal queda amordazada y no es posible el entendimiento.

4

Comte no llevaba razón. El estadio más elevado del espíritu humano no es el científico en su vertiente positivista. Ni mucho menos. Ya vemos cómo, en dicha vertiente, la ciencia se suicida con el ácido del escepticismo y el relativismo. La mirada filosófica es necesaria para poder comprender el mundo y al hombre en su discurrir cogitativo. Una escuela que prescinde de la historia y de la historia del pensamiento es la más imbécil de las escuelas posibles. Es la anti-escuela. Niños y chavales que desconocen por completo las encrucijadas del pensamiento, están condenados a reproducir errores ya superados, y quedan inermes ante las mismas fuerzas instintivas que bullen en su interior.

Urge restituir el buen nombre de la Razón y comprender que no ha sido ella el instrumento de que se ha servido la tiranía histórica, sino la sinrazón, el mal uso del pensamiento.

Alguien debería aprender lo siguiente: nuestra civilización y lo más elevado de ella nacieron con la filosofía, y fenecerá sin remedio con la muerte de ésta. Ambas irán de la mano. Pesimistas u optimistas, nuestro deber es luchar contra los dogmas del ocaso. Nos va en ello la civilización.

 

Estimado Antonio, esperaba ansioso esta reflexión. La suscribo de principio a fin. Magistral análisis.

 

TRIBUNA: JUAN JOSÉ TAMAYO

Silencios ominosos, condenas inmisericordes

La Iglesia católica del siglo XX, que legitimó tantas dictaduras y mantuvo en secreto la pederastia de algunos de sus miembros, ha sido implacable con aquellos teólogos de honestidad intachable que se atrevieron a disentir

JUAN JOSÉ TAMAYO 14/08/2010

Silencios ominosos y condenas inmisericordes. Esa ha sido la actitud del Vaticano y de buena parte de la jerarquía católica durante los últimos 70 años. Silencios ominosos ante masacres y crímenes contra la humanidad y sus responsables. Condenas inmisericordes contra teólogos y teólogas, sacerdotes, obispos, filósofos, escritores -cristianos o no- por ejercer la libertad de expresión y atreverse a disentir; condenas todas ellas contra toda lógica jurídica, que establece que "el pensamiento no delinque". Silencios ominosos sobre personas sanguinarias, ideologías totalitarias y dictaduras militares con las manos manchadas de sangre. Condenas inmisericordes a hombres y mujeres de manos limpias, de honestidad intachable, de ejemplaridad de vida.

El más grave de esos silencios fue, sin duda, el de Pío XII ante los seis millones de judíos, gitanos, discapacitados, homosexuales, transexuales, gaseados y llevados a las piras crematorias de los campos de concentración del nazismo. Ya antes, siendo secretario de Estado del Vaticano firmó, en nombre de Pío XI, el Concordato Imperial con la Alemania nazi bajo el Gobierno de Hitler. Ahí comenzó su complicidad con el nazismo. Uno de los intelectuales más madrugadores en la denuncia de tamaño y tan ominoso silencio fue el dramaturgo alemán Hochulth en su obra de teatro El Vicario, estrenada en 1963.

En 1953 Pío XII firmó un Concordato con Franco, legitimando la dictadura, mientras guardaba silencio sobre la represión franquista después de la guerra civil, que costó decenas de miles de muertos.

Un año más tarde hacía lo mismo con el dictador Rafael Trujillo, presidente de la República Dominicana, sin condenar sus abusos de poder y sus crímenes de Estado.

En la década de los cuarenta del siglo pasado, el cardenal Emmanuel Célestin Suhard, arzobispo de París, autorizó a algunos sacerdotes y religiosos a trabajar en las fábricas. El dominico Jacques Loew lo hizo como descargador de barcos en el puerto de Marsella. Monseñor Alfred Ancel, obispo auxiliar de Lyon, fue cura-obrero durante cinco años. La experiencia fue inmortalizada por Gilbert Cesbron en la novela Los santos van al infierno. Pero pronto se frustró. Los sacerdotes obreros fueron acusados de comunistas y subversivos, cuando lo que hacían era dar testimonio del Evangelio entre la clase trabajadora alejada de la Iglesia y descreída, compartiendo su vida y sus penalidades, identificándose con sus luchas, ganando el pan con el sudor de su frente. En vez de hacer oídos sordos a las acusaciones, Pío XII las dio por ciertas y pidió a los sacerdotes que abandonaran el trabajo en las fábricas y se reintegraran en el trabajo pastoral en las parroquias y a los religiosos que se incorporaran a sus comunidades, al tiempo que ordenaba a los obispos franceses que enviaran a los sacerdotes obreros a los conventos para ser "reeducados".

Otro largo, ominoso y cómplice silencio ha sido el guardado ante los abusos sexuales de sacerdotes, religiosos y obispos con niños, adolescentes y jóvenes a lo largo de más de medio siglo en parroquias, noviciados, seminarios, casas de formación, curias religiosas y casas de familias de numerosos países, abusando de la autoridad del cargo y de la confianza depositada por los padres en ellos.

Hasta el Vaticano llegaron las denuncias contra el fundador de La Legión de Cristo, el mexicano Marcial Maciel. Pero no fueron tenidas en cuenta o fueron archivadas. Lo que le daba a Maciel patente de corso para seguir cometiendo crímenes sexuales contra personas vulnerables e indefensas abusando de su poder e influencia como fundador y del apoyo de los papas y de los obispos.

Condena inmisericorde fue la que cayó, como una losa, contra la Nouvelle Théologie en la encíclica Humani generis (1950), de Pío XII, seguida de sanciones contra los teólogos más representativos de dicha tendencia: Henry de Lubac, Karl Rahner, Yves M. Congar, Dominique Chenu... ¿Delito? Hacer teología en diálogo con la modernidad, buscar la unidad de las Iglesias a través del ecumenismo, enterrar definitivamente las guerras de religión. ¿Sanciones? Censura de publicaciones teológicas, destierros (Congar, luego cardenal, sufrió tres destierros), prohibición de escribir y de predicar, expulsión de las cátedras, colocación de algunas de sus obras en el Índice de Libros Prohibidos y retirada de las bibliotecas de los seminarios y facultades de teología, expulsión de las congregaciones religiosas, y, a veces, cárcel.

Unos meses antes de que Juan XXIII inaugurara el concilio Vaticano II, el cardenal Alfredo Ottaviani, que ejercía de Gran Inquisidor al frente de la Congregación del Santo Oficio, dirigió a los obispos de todo el mundo la carta Crimen sollicitudinis, en la que instruía sobre las medidas a tomar en determinados casos de abusos sexuales por parte de los clérigos: exigía que fueran tratados "del modo más reservado" los casos de solicitud en la confesión e imponía "la obligación del silencio perpetuo". Más aún, a todas las personas involucradas en dichos casos (incluidas las víctimas) se las amenazaba con la pena de excomunión en caso de no observar el secreto. El silencio se mantuvo durante los pontificados de Juan XXIII, Pablo VI y Juan Pablo II y Benedicto XVI hasta hace unos meses.

Con el concilio Vaticano II pareciera que se iban a contener las sanciones y se iba a levantar el velo de silencio contra los crímenes de lesa humanidad. Pero no fue así. Con motivo de la publicación de la encíclica Humanae vitae (1968), de Pablo VI, que condenaba el uso de los métodos anticonceptivos, se produjeron nuevos procesos, censuras, prohibiciones y condenas contra los teólogos que disintieron. Dos ejemplos emblemáticos: Edward Schillebeeckx y Bernhard Häring, asesores del Vaticano II e inspiradores de algunos de sus textos renovadores, fueron sometidos a severos juicios por la Congregación para la Doctrina de la Fe.

Mientras se endurecían las condiciones de los procesos eclesiásticos en manos del Santo Oficio (aceptación de denuncias anónimas, indefensión del reo ante los tribunales eclesiásticos, las mismas personas que instruían el proceso eran las que juzgaban y condenaban, imposibilidad de apelación...), el mismo organismo vaticano imponía silencio sobre los crímenes de pederastia, protegía a los culpables, los absolvía sin ningún propósito de la enmienda y, como mucho, les daba un nuevo destino pastoral, a veces sin siquiera avisar de las verdaderas razones del traslado a los obispos y sacerdotes vecinos.

En la carta De delictis gravioribus, de 2001, el cardenal Ratzinger ratificaba el silencio impuesto por el cardenal Ottaviani 40 años atrás. Mientras tanto, en numerosos documentos condenaba la homosexualidad, considerando "objetivamente desordenada" la mera inclinación homosexual y "moralmente inaceptables" las relaciones homosexuales, y exigiendo la expulsión de los candidatos al sacerdocio homosexuales de los seminarios. Hace unos días fue expulsado de la Academia Pontificia de Santo Tomás de Aquino de Roma el teólogo alemán David Berger por hacer pública su homosexualidad. Mientras la mantuvo en secreto, no hubo problemas. ¡El cinismo vaticano no tiene límites!

Recientemente la Congregación para la Doctrina de la Fe ha hecho algunas modificaciones al documento de 2001 que, bajo la apariencia de endurecer las penas, empeoran las cosas al calificar como delitos graves y punibles la ordenación sagrada de las mujeres, la apostasía, la herejía y el cisma al mismo nivel que la pederastia.

Para el Vaticano, afirma la teóloga feminista Rosemary Redford Ruether, "intentar ordenar a una mujer es peor que el abuso sexual de un niño. El abuso sexual de un niño por un sacerdote es un desliz moral deplorable de un individuo débil... El intento de ordenar a una mujer es una ofensa sexual, una contradicción de la naturaleza del Orden Sacerdotal, un sacrilegio, un escándalo". Otra condena inmisericorde más contra las mujeres, mayoría silenciada en la Iglesia católica. ¿Hasta cuándo?

TRIBUNA: ADELA CORTINA

¿Tienen derechos los animales?

ADELA CORTINA  29/07/2010

Las polémicas en torno a los toros, la caza del zorro, el trato a los animales de granja, de laboratorio, las exhibiciones en circos y zoológicos, el cuidado de los animales de compañía, han reavivado desde el último tercio del siglo pasado una pregunta que en el mundo occidental venía planteándose al menos desde el siglo XVIII: ¿tienen derechos los animales?

Así dicho, la respuesta no puede ser hoy más palmaria: sí, claro, tienen los derechos que les conceden las legislaciones de un buen número de países, que cada vez precisan más el trato que debe dispensarse a los animales; un trato que, como mínimo, exige no provocar sufrimiento inútil. Por poner un ejemplo, cualquier investigador sabe que, antes de experimentar con animales, debe cursar un posgrado para aprender cómo tratarlos, presentar su proyecto a un comité ético y seguir el protocolo correspondiente. Está bien claro, pues, que existe este tipo de derechos que se conceden a los animales para protegerles del maltrato.

Sin embargo, la pregunta "¿tienen derechos los animales?" suele referirse a una cuestión más complicada: si tienen un tipo de derechos similar a los derechos humanos, que no se conceden, sino que deben reconocerse. Los derechos humanos son anteriores a las voluntades de los legisladores y les obligan a reconocerlos y encarnarlos en las legislaciones concretas. No es lo mismo conceder un derecho, cosa que podría hacerse o no, que tener que reconocerlo. En esta diferencia nos jugamos mucho.

En cuanto a los hombres -mujeres y varones-, es ya una referencia la Declaración Universal de Derechos Humanos de 1948 que, por primera vez en la historia, reconoce a todos los seres humanos derechos inalienables. Pero, ¿por qué los seres humanos tienen este tipo de derechos?

Ríos de tinta han corrido sobre este asunto tan complejo, pero en este breve espacio tal vez se pueda aventurar una respuesta convincente: porque los seres humanos tienen la capacidad -actual o virtual- para reconocer qué es un derecho y para apreciar que forma parte de una vida digna. Si los demás no se lo reconocen, tienen conciencia de ser injustamente tratados y ven mermada su autoestima. Por tanto, en el caso de que solo los seres humanos tuvieran este tipo de derechos, tendrían total prioridad en cuestiones de justicia. ¿Tienen los animales un tipo de derechos similar?

Como es sabido, en 1977 se proclama una Declaración Universal de los Derechos del Animal, que pretende equipararse a la de 1948. Se compone de 14 artículos, referidos fundamentalmente al derecho a la existencia, a la libertad, a no sufrir malos tratos y a morir sin dolor. ¿Por qué se supone que los animales tienen esos derechos? Las respuestas son diversas.

Tal vez porque Dios se los ha dado, como aseguraba en 1791 el presbiteriano Herman Daggett en su discurso sobre los derechos de los animales, llegando a afirmar: "Y no conozco nada en la naturaleza, en la razón o en la revelación que nos obligue a suponer que los derechos inalienables de la bestia no sean tan sagrados e inviolables como los del hombre".

Tal vez porque tienen capacidad de sufrir, como defiende el utilitarismo, pero aclarando que la capacidad de sufrir no es la fuente de derechos que se reconocen, sino de los que se conceden, como de forma diáfana afirma Peter Singer, que utiliza explícitamente el discurso de los derechos de los animales como arma política, porque no cree que existan, como tampoco los derechos humanos.

Por su parte, Martha Nussbaum asegura que los animales no humanos son "personas en sentido amplio" y por eso tienen derechos, afirmación poco creíble porque resulta imposible detectar en ellos autorreflexión, autoconciencia o responsabilidad, por muchas semejanzas que existan con los seres humanos.

Pero si acudimos, con Tom Regan, a la afirmación de que la vida es un valor que importa respetar, que no se debe maltratar a los seres valiosos, entonces no es necesario apelar a derechos para pedir para un ser respeto y cuidado: basta con que sea valioso.

Un buen cuadro no tiene derechos, pero es pura barbarie destrozarlo, porque tiene un valor. Un bosque hermoso tampoco tiene derechos, pero talarlo es mala cosa, a no ser por proteger algún valor más elevado.

Nos movemos en un mundo de seres valiosos y bueno sería educar en el respeto a lo valioso, en el cuidado de lo vulnerable, tanto más si esos seres tienen capacidad de sufrir. Aunque no puedan tener conciencia de derechos ni de deberes y por eso no se pueda decir que tienen derechos. El analfabetismo en esto del valor es una mala cosa, y una buena educación debería intentar erradicarlo.

Pero también debe enseñar a priorizar, a recordar cómo las exigencias de justicia que plantean los seres humanos están dolorosamente bajo mínimos. Cumplir los Objetivos de Desarrollo del Milenio, que se propusieron en 2000. Proteger los derechos de los seres humanos es una tarea prioritaria.

TRIBUNA: JUAN GOYTISOLO

Burbujas de una mente asfixiada

JUAN GOYTISOLO  04/07/2010

Al notar su llamativa ausencia en el cortejo de tantas caras conocidas, comprendió que el muerto era él.

El único frac que no aborrezco es el del Cobrador. El día que se presente con él y el cómputo de mis deudas le seguiré sin rechistar.

Nada peor que morir en la vanagloria del reconocimiento y su séquito de honras fúnebres y discursos altisonantes. Mejor abandonar la insignificancia de nuestro planeta con la conciencia neta del propio fracaso y el de la humanidad entera por obra de una mal planeada Creación.

Atrapado en un cuerpo pequeño y deforme, el discapacitado agradecía diariamente en sus preces la infinita bondad del Señor.

Al inmolarse en un atentado suicida del que fue la única víctima, el terrorista que ascendió al paraíso descubrió, contrariado, que las vírgenes de ojos negros y abundante cabellera con las que había soñado llevaban burka.

Que feia Deu avans la Creació? Qu’est-ce qu’il faisait Dieu avant la Création? Las respuestas de Llull y de Pascal no aclararon la pregunta. Prefiero las más recientes de un equipo de científicos estadounidenses especialistas en física cuántica: permanecía recostado en un diván, tocando la mandolina, con la vista perdida en la infinitud de su futura obra.

Primero fui yo, luego yo y mi cuerpo. Ahora soy el inquilino de este, convertido en un hábitat cuyo costoso alquiler aumenta en proporción directa a las carencias y al deterioro de sus instalaciones y servicios.

La actual proliferación de vídeos de contenido sexual en la Red protagonizados por jefes de Estado, ministros y autoridades de medio mundo, con el consiguiente escándalo y desprestigio de los intereses y de los suyos, aconseja exigir a todos los miembros de la clase política y a quienes aspiran a ingresar en ella la participación previa en el rodaje de un porno duro con profesionales de los dos sexos a fin de blindar su carrera y evitar el oprobio de un odioso chantaje por desaprensivos internautas al servicio de sus adversarios.

La noticia cayó como una bomba, pero pronto fue desmentida por el Vaticano. El Sumo Pontífice y los cardenales de la Curia habrían aceptado la castración voluntaria ante las cámaras en prueba de su firme sostén al celibato eclesiástico y a fin de poner coto a los escándalos que sacuden sus filas y a otros pecados gravemente contrarios a la castidad como la fornicación extramatrimonial y la reprobable extensión de conductas impropias a causa del relativismo moral de un laicismo mal entendido y espiritualmente depredador.

Parafraseando a mi admirado Lencadio Doblado, nada hay menos popular que los llamados partidos populares. Díganlo si no Trillo, Fabra y otros miembros conspicuos de la flor y nata de nuestra castiza popularidad.

En estado de somnolencia, tuve una tele-visión. Un ángel descendía del cielo para ofrendar al santo Job valenciano un nuevo e impecable traje de la conocidísima marca Gürtel en premio a su honradez y a su entereza frente a las patrañas de la prensa laica y mendaz.

Como el rayo de sol que atraviesa el cristal sin dañarlo, así concibió María por obra del Espíritu Santo, decían los buenos tutores de almas tiernas que me adoctrinaron. La "carrera del espermatozoide divino respetado por los linfocitos, aclamado por los anticuerpos, hasta su llegada triunfal al óvulo conturbado" descrita por Fernando Montaña Lagos en Adiós a dios (www.adiosadios.com) me parece una secuencia más amena y próxima a la verdad.

Desplazamiento de la cámara que filma los rostros de los futbolistas alineados en el estadio mientras los altavoces transmiten los compases del himno nacional: todos reflejan la emoción y grandiosidad del momento; algunos murmuran su letra inaudible como una plegaria íntima; otros se llevan la mano al pecho en prenda de sacrosanto fervor. De cuantas musiquillas patrióticas he escuchado a lo largo de mi vida, la única que me agrada es la de Riego. Su charanga no es pomposa sino festiva y verbenera. Le puedes cambiar la letra por la de La canción del pirata de Espronceda y bailar con ella agarrado o agarrada, como hicieron los okupas del Colegio Universitario de España durante las gloriosas jornadas del Mayo francés.

Si Mozart resucitara sería Messi. Me pregunto quién será Messi dentro de dos siglos y pico si todavía subsiste, con los consiguientes estragos, la especie más bien inhumana a la que pertenecieron los dos.

El pequeño y convulso planeta en el que habitamos lleva, como todo producto manufacturado, fecha de caducidad. Esta figuraba en el envase pero el paso del tiempo la borró.

Mi reino no es de este mundo, dijo Jesús. Mi mundo no es de este reino, rectificó Bergamín. Su Antigüedad Benedicto reafirma solemne su pertenencia a los dos.