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Filosofía desde la trinchera

Ágora virtual

TRIBUNA: JOSÉ VIDAL-BENEYTO

Fiesta republicana en París

Paco Ibáñez fue uno de los símbolos de la voluntad de ruptura con la sociedad conformista del franquismo. La independencia radical del cantautor es hoy una referencia para recuperar la esperanza en la democracia

JOSÉ VIDAL-BENEYTO 14/11/2009

Paco Ibáñez nos había invitado y allí estábamos, el 22 de octubre pasado, los españoles de París, abarrotando el Teatro de Châtelet. Más de 2.000 personas habitadas por una misma convicción, movidas por una misma voluntad: dar testimonio de nuestro irrenunciable compromiso ciudadano.

El agotamiento y, sobre todo, la perversión de la vida democrática en nuestro país, al mismo tiempo causa y consecuencia de la acumulación, del hacinamiento de turbiedades, estafas, latrocinios, trampas; esa celebración unánime del fraude y la rapiña generalizados en el mundo actual, pero en España elevados a su máxima potencia, acompañados por la obscena codicia de poder y por la obsesión del privilegio que hacen de su conquista y disfrute una partida a vida o muerte.

Realidad cuyos propósitos y prácticas han acabado metiéndonos a todos en este lodazal de vilezas e inmundicias, que dominan sin disputa la vida en nuestro país y la someten al solo designio de los más infames, de los más protervos, que han hecho de la política democrática su inagotable pitanza, a la par que su salvoconducto universal y nos han dejado a los ciudadanos de a pie, concernidos por la realidad colectiva, desvalidos e inermes, con la sola referencia válida de la República Española, a la que nos empuja Paco con la trama de su vida, con el mensaje de sus canciones. Por eso al final del concierto que comentamos, se oyeron en diversos lugares de la sala, gritos de "Viva la República Española".

La celebridad de Paco Ibáñez nos viene directamente, es decir, nos nace al calor de la contestación de los estudiantes del 68. Pues fue en mayo de 1969, cuando para celebrar los acontecimientos que tuvieron lugar un año antes, los universitarios más combativos le pidieron que cantase en La Sorbona y allí en la histórica sala Richelieu tuvo lugar su primer concierto universitario. Para entonces, Paco había producido ya en 1964 su primera grabación con poemas de Góngora y de García Lorca; en 1967 un segundo disco para el que ha convocado a Quevedo, Alberti, Blas de Otero, Gabriel Celaya y Miguel Hernández, y la TV francesa presentó en 1968 al autor y a su disco con dos canciones emblemáticas, La poesía es un arma cargada de futuro y Balada del que nunca fue a Granada.

Esa intervención y las que la siguieron le convirtieron en uno de los símbolos más pugnaces de la contestación estudiantil, en una de las expresiones más populares y movilizadoras de la voluntad de ruptura con una sociedad átona y putrefacta, dormida en los laureles de un conformismo poltrón y envilecedor. En diciembre de ese mismo año tuvo lugar su definitiva consagración como cantautor, en el Teatro Olympia, templo de la canción francesa, donde su triunfo fue tan avasallador que los bises y rápeles al final del espectáculo duraron más de media hora. En ese concierto, Paco cantó, por primera vez en público, La mala reputación, de Brassens, en español, que el público puesto en pie vitoreó durante más de 20 minutos.

A partir de ahí, su notoriedad y vigencia como expresión y emblema de la lucha contra el franquismo y por la vuelta de las libertades, que desde su primer concierto en España, en la Trobada de la Cançó de Testimoni en Manresa es una marea que no cesa, se convierte en una presencia tan extraordinaria que Franco no tiene más remedio que prohibirlo.

Pero Paco no es sólo el grito de ruptura contra la mordaza franquista, no es sólo el marginal inconformista que se declara incompatible con esta civilización del dinero y del privilegio, sino que su enhiesto combate contra la dictadura viene emparejada con la lectura más fervorosa y entrañable del amor en la poesía española.

Vehemencia y radicalidad en la reivindicación de la libertad acompañada de la más emocionante celebración de la ternura, de la amistad, de la dignidad personal y colectiva, de la pasión amorosa en muchos de nuestros poetas mayores, algunos de los cuales acaban de citarse: Góngora, Jorge Manrique, Quevedo, Neruda, Lorca, Alberti, Machado, León Felipe, Cernuda, Nicolás Guillén, Celaya, Miguel Hernández, José Agustín Goytisolo.

Pero Paco es, como bastantes de nosotros, un peninsular multilingüe, para quien el castellano no agota su realidad lingüística y por eso habla, y sobre todo, canta también en catalán a Espriu, en vasco a Cesare Pavese con Heriotzaren Begiaky, en gallego a García Teixeiro. Sin olvidar a nuestros vecinos más inmediatos, a los franceses Aragon, Ronsard, Brassens; a los italianos en esa extraordinaria expresión tradicional del XIX, que es la canción Quando l’alber comincia a fiorire.

Paco Ibáñez es un artista total, que ha vivido, durante toda su carrera, en simbiosis, en simultaneidad artística global, con todas las artes.

Por ejemplo, su relación con la creación plástica ha querido escenificarla, asociando a sus conciertos a sus amigos pintores, mediante la proyección de algunas de las composiciones que realizaron para celebrar sus canciones. Y así cuando Dalí oye en 1958 un disco de Paco Ibáñez y quiere conocer al autor, surge la idea de asociarse en la creación y de que el pintor ilustre la portada del disco La canción del jinete.

Luego seguirán en esa línea de colaboración canción y pintura, Saura en A galopar; Corneille en La romería; Ortega en ¿Qué ocorre na terra?; Manessier en La poesía es un arma cargada de futuro; Guinovart en Es amarga la verdad; Amat en Romance de la luna, luna; Soto para Vasija de barro, etcétera.

Pero Paco ha sido también un permanente e incansable promotor de la cultura española en el mundo. Desde que en 1966 funda en París con otros amigos La Carraca, plataforma abierta a todos, en la que se ofrecen representaciones teatrales, conciertos y proyecciones cinematográficas, exposiciones, libros y coloquios literarios, la acción cultural española que tiene su origen en Paco Ibáñez es impresionante, sin que nadie se lo haya reconocido como se merece.

Claro que Paco Ibáñez no sólo no ha buscado los reconocimientos, sino que los ha rechazado. En 1983, Jack Lang, ministro de Cultura de François Mitterrand le concede la Medalla de las Artes y las Letras por su contribución a la afirmación de las Artes y a la libertad de los pueblos. Pero Paco la rechaza, como hace también cuatro años después cuando en 1987 el ministro francés insiste con el mismo ofrecimiento y él se niega de nuevo, porque no quiere menguar su independencia respecto de todo tipo de poderes, a los que se cede al aceptar un premio. Poderes, no sólo públicos, sino todo tipo de poderes sociales, lo que le lleva a rechazar en 1998 el Premio Gerald Brenan de la Sociedad cultural Andaluza Alemana, por su independencia radical y su acción en favor de la libertad y la poesía.

Esta independencia radical que me atrevo a calificar de paradigmática es ahora capital para devolvernos las esperanzas de la democracia española, que se han estragado en tan pocos años y han dado paso a este lodazal de personas, instituciones y prácticas que forman hoy la trama social y política de nuestro país.

Recuperar la voluntad inicial de cambio y transformación radical, convertida en esta siniestra parodia de ejercicio democrático, en esta envilecida celebración universal de la fullería y la mangancia de nuestra democracia postfranquista es nuestro primer y fundamental objetivo. Para cuyo logro conductas como la de Paco Ibáñez, sean cuales sean sus fallos y limitaciones en otros aspectos, son esenciales.

TRIBUNA: ANTONIO ROLDÁN MONÉS Y CARLOS CARNICERO URABAYEN

La era de lo posible

La tasa Tobin o la limitación de los sueldos de los directivos son algunas de las propuestas para cambiar el modelo económico. Pero el debate está condicionado por la desubicación ideológica de la izquierda

ANTONIO ROLDÁN MONÉS Y CARLOS CARNICERO URABAYEN 13/11/2009

Es durante las grandes crisis históricas cuando las ideas que parecían irrealizables emergen con fuerza para cimentar las bases teóricas de nuevos paradigmas. La crisis económica mundial es una puerta abierta a una transformación profunda en el modelo económico y social establecido. Ideas ambiciosas, como la de la tasa, tipo Tobin, sobre las transacciones financieras internacionales (FTT, en sus siglas en inglés) o el debate sobre la limitación de los sueldos de altos directivos, se abren camino en el debate político y económico internacional. Sin embargo, en este contexto convulso de potencial cambio histórico, la izquierda socialdemócrata europea parece no despertar de su letargo.

A finales del verano, lord Turner, presidente de la Autoridad Reguladora de Servicios Financieros (FSA, en sus siglas en inglés) del Reino Unido, criticaba públicamente el carácter "socialmente inútil" de los mercados financieros y se posicionaba a favor de tasar las transacciones financieras internacionales. Curiosamente, este tipo de declaraciones provenían, en esta ocasión, de un exitoso financiero de la City y no de un agricultor barbudo francés o un trotskista antiglobalizador. Tras él, eminentes líderes mundiales, desde Nicolas Sarkozy a George Soros, pasando por Joseph Stiglitz o (recientemente) Gordon Brown, han declarado estar a favor de la aplicación de una FTT.

Tanto interés ha culminado en el encargo del G-20 a John Lipsky, director del FMI, de un estudio sobre la posible aplicación de una tasa, todavía por definir, sobre el sector financiero. La iniciativa original, liderada por Peer Steinbrück, ex ministro alemán de Finanzas y justificada bajo el principio de "quien contamina, paga", consistiría en un impuesto de un tipo muy bajo (por ejemplo del 0,05%), con un contenido más amplio que el de la tasa Tobin, que cubriría todas las transacciones financieras internacionales (incluyendo mercados de derivados, etc.), en el marco de sus jurisdicciones.

No es casual, en el contexto de la decadencia de la doctrina del "todo-gobierno-es-malo", que vuelvan las ideas de uno de los grandes economistas del siglo XX, James Tobin, Nobel de Economía en 1981, discípulo de Keynes, asesor de J. F. Kennedy y el más destacado opositor al naciente monetarismo de Milton Friedman, padre intelectual del Consenso de Washington.

La idea, que desde su concepción ha sufrido de mucho contrabando semántico, es poderosa actualmente por su doble dimensión: un simple parámetro podría contribuir a estabilizar las finanzas globales, penalizando los movimientos especulativos a corto plazo (afectando al comercio de manera prácticamente imperceptible) y como recurso potente para ayudar a paliar los costes de la crisis o financiar bienes públicos globales, como la lucha contra la pobreza y el cambio climático. El Instituto Austríaco de Investigaciones Económicas estima que una tasa global de 0,05% podría recaudar hasta 690.000 millones de dólares anuales, lo que equivale aproximadamente al 1,4% del PIB mundial.

No es la primera vez que escuchamos hablar de los beneficios potenciales de una tasa de este tipo, ahora bien, ¿es posible su aplicación? La crisis ha propiciado los cambios necesarios para que así sea. La consolidación del G-20 como nuevo foro para la gobernanza global ofrece un espacio idóneo para el consenso internacional: los países del G-20 representan el 97% de las transacciones financieras internacionales. Asimismo, los planes para extender la regulación financiera internacional permitirían un control mucho mayor del monto total de transacciones. En contra de lo que se piensa, tasas sobre el sector financiero existen en varios países de la UE: Austria, Irlanda, Grecia o Francia. En el Reino Unido, por ejemplo, la Stamp Duty, que existe desde hace más de 100 años, reporta unos beneficios de 7.000 millones de dólares anuales y no podría decirse, precisamente, que la tasa haya expulsado a los inversores de la City. El desarrollo de la tecnología ha permitido que este tipo de tasas sean una fuente de ingresos estable, barata, predecible y eficiente, dado que al dejar las transacciones financieras un recorrido electrónico, son muy difíciles de evadir.

Habida cuenta que la crisis ha costado de media a los trabajadores de los miembros del G-20 más del 30% del PIB es hora de que los responsables de la crisis empiecen a pagar por sus errores. Especialmente cuando, en un marco de verdadera crisis social, los causantes de la crisis están volviendo al business as usual. Son incontables los casos de entidades todavía sostenidas con dinero público que están repartiendo bonus millonarios a sus directivos.

La aparición del debate en el G-20 sobre la necesidad de limitar los sueldos y bonus de directivos constituye otro ejemplo de que los tiempos han cambiado. En el pasado cualquier debate de este tipo hubiera sido impensable. Como sugirió David Miliband, ministro de Exteriores británico, "la diferencia entre el sueldo del consejero delegado y del empleado de tienda, es más el resultado de las normas morales de nuestro tiempo que de las fuerzas de mercado". Comentario significativo, viniendo de un destacado dirigente laborista, cuyo gobierno ha permitido durante la última década los grandes excesos de la City londinense.

Al inicio de la crisis Stiglitz sugirió que la caída de Wall Street sería para el capitalismo lo que la caída del Muro fue para el comunismo. Sin embargo, el potencial cambio real que este nuevo debate internacional pudiera producir está severamente condicionado por la desubicación ideológica de la izquierda. Particularmente ilustrativo resulta el caso de la socialdemocracia en Europa occidental. Véase la crisis interna del partido socialista francés, la caída en picado del laborismo de Gordon Brown, o los pésimos resultados electorales del partido socialista alemán.

La caída del muro de Berlín hace 20 años se tradujo en la progresiva eliminación de las cortapisas que habían moderado el capitalismo, una vez que la desaparición del comunismo no le empujaba a mostrar su lado más humano. Desde los años 90 la socialdemocracia en Europa se sumó al carro del dogmatismo neoliberal, donde la desregulación fue la norma y el progresivo adelgazamiento del Estado una inercia tramposamente inevitable. Así, como bien relataba Sami Nair desde estas mismas páginas, la izquierda no calculó bien la pérdida de identidad que le ha supuesto su adaptación a la globalización liberal.

Precisamente ahora que la crisis ha puesto en cuestión el paradigma neoliberal, han sido Merkel y Sarkozy quienes han liderado el discurso en Europa en favor de limitar los bonus o aplicar la FTT. Incluso fue el presidente francés quien se atrevió a hacer un llamamiento por una "refundación del capitalismo". Nos encontramos ante la paradoja de que los autores intelectuales de un modelo fracasado son los primeros en liderar su reforma.

Pero precisamente ahí está la clave de la cuestión: ¿podría una reforma liderada por los conservadores traducirse en un verdadero cambio de modelo económico y social? La experiencia hasta la fecha sugiere que no. Los encuentros del G-20 en Pittsburg y Saint Andrews han sido decepcionantes. La respuesta política a la crisis debe de ir más allá de un mejor sistema regulador, de estrategias de gestión de riesgos y requerimientos de capital. Se debe aspirar a recuperar el contenido ético que ha estado ausente de los mercados financieros. Y es en ese espacio donde la izquierda debe ser capaz de reinventar su discurso para presentarse como una transformadora pero fiable opción de cambio. La Presidencia Española de la UE es un escenario idóneo para que Zapatero lidere ese proyecto.

Por el momento, el balance no es positivo. Parece como si en esta era de lo posible, en donde lo antes utópico ahora es considerado razonable, la izquierda estuviese agazapada a la espera de pistas que le indiquen por qué latitudes se dibujará el camino hacia un mundo más justo. Por el momento, podría comenzar por abanderar la defensa de iniciativas como la FTT o la necesidad de impregnar de un valor moral las abrumadoras diferencias salariales, para que, al menos, la distancia entre las expectativas de cambio que ha despertado la crisis y los cambios reales sea razonable.

TRIBUNA: FRANCISCO FERNÁNDEZ BUEY

Los estudiantes en la escena pública

Los universitarios no están al margen de lo que ocurre. Hacen política pero de manera distinta a la que se realiza a través de los partidos. Quieren una democracia de verdad y desearían participar en un ágora limpia

FRANCISCO FERNÁNDEZ BUEY 12/11/2009

Desde hace ya muchos años se viene diciendo que los estudiantes universitarios pasan de la política o la desprecian. Pero ¿realmente es así? Los estudios sociológicos que se han hecho en España y en otros países parecen confirmar esa impresión. Y lo que se escucha al respecto en las universidades parece ir en la misma dirección. La mayoría de los profesores universitarios que tienen contacto directo con los estudiantes fuera de las aulas estaría de acuerdo en que es así. Y algunos de estos profesores lo han dicho en las últimas décadas, unas veces describiendo sin más lo que ven y lo que oyen en las universidades, y otras, con cierta preocupación por lo que consideran desafección de los jóvenes respecto de las instituciones democráticas. También yo he tenido experiencias en estos últimos años que van por el mismo camino. No hace mucho, al anunciar un curso sobre ética y filosofía política, varios estudiantes vinieron a preguntarme de qué iba a tratar en realidad, y ya antes de que empezara a describir el temario, me adelantaron: "Porque si va a tratar usted de ética nos matriculamos, pero si va a hablar de política no nos interesa". Más claro, agua.

Y, sin embargo, quedarse en esta primera impresión o seguir repitiendo sin más precisiones el tópico de la despolitización de los estudiantes resultaría trivial. Deberíamos empezar por preguntarnos de qué estudiantes estamos hablando y de qué hablan los estudiantes cuando dicen que no quieren ni oír hablar de política. Pues, a poco que se investigue sobre la cosa, enseguida se da cuenta uno de que muchas personas de edad, dignidad y gobierno, que se quejan amargamente de la despolitización de los estudiantes universitarios, luego escriben aún más críticamente cuando los estudiantes salen a la calle protestando contra los planes económicos de los que mandan en el mundo, contra el Plan Bolonia o, por la acera de enfrente, contra la ampliación de los supuestos en la interrupción del embarazo o contra las medidas de control de las actividades de los jóvenes propugnadas por tales o cuales ayuntamientos.

Como es evidente que también estas manifestaciones son expresión de actitudes políticas y que en ellas participan muchos estudiantes, no será ocioso preguntarse si cuando decimos que los estudiantes universitarios están despolitizados, o que desprecian la política, no estaremos queriendo decir que no hacen nuestra política, o sea, la política que al patriarca que se queja le gustaría que hicieran. Teniendo en cuenta que la queja de los mayores, profesores o no, sobre la despolitización de los estudiantes está tan extendida como la crítica a las acciones politizadas de minorías estudiantiles que no nos gustan y a las que a veces se llama radicales o antisistema, la segunda pregunta que conviene hacerse es si esto que ocurre ahora es en verdad una novedad.

Yo creo que no, que no es una novedad. En los cuarenta y tantos años que llevo ya en la Universidad, primero como estudiante y luego como profesor, he escuchado tantas veces el mismo o parecido sermón de los mayores, primero sobre la despolitización de los jóvenes universitarios y luego sobre su mala politización, que tengo motivos para desconfiar de lo que ahora se presenta como novedad. Más bien me inclino a seguir considerando el asunto desde el punto de vista del conflicto entre generaciones, latente unas veces y agudo en ocasiones.

Hace 50 años los mandamases y las autoridades universitarias se dividían en dos: los que predicaban el fin de las ideologías y pretendían explicar con eso la despolitización de los estudiantes de entonces y los que, más o menos cínicamente, como el general Franco y sus acólitos, predicaban que había que hacer como ellos, o sea, no meterse en política. Unos y otros se vieron sorprendidos por lo inesperado: la revuelta estudiantil de 1968, que negó en la práctica el fin de las ideologías y negó también la forma autoritaria de hacer política diciendo al mismo tiempo que no se hacía.

Ya eso debería darnos una pista para interpretar lo que pasa hoy. Ahora, los portavoces del sistema político existente y buena parte de las autoridades universitarias no suelen decir ya a los estudiantes jóvenes que hagan como ellos, o sea, que no se metan en política, pero lo que les dicen es una variante de lo mismo, a saber: que no se metan en la política que están haciendo las minorías o que hagan política como mandan los cánones establecidos por quienes los han establecido, o sea, por los mismos que dan consejos. Se entiende que hacer política o meterse en política, según este discurso, tiene que ser necesariamente actuar en el marco del sistema de partidos políticos del arco institucional respetando normas, leyes, estatutos y reglas del juego instituidas por los mayores. Fuera de eso hay peligro (para la democracia). Y aunque quienes repiten eso son muchas veces personas cultas y leídas que se adornan con citas de los clásicos, invierten el célebre verso de Hölderlin: "Donde hay peligro no hay salvación".

Los jóvenes universitarios (y no sólo ellos) perciben la actuación práctica del sistema de partidos realmente existente como una indecencia y el argumento de que hubo en el pasado indecencias mayores les suena a coartada. De manera que hay que ponerse muy cínico para decirles que actúen en política como están actuando los principales partidos políticos del arco institucional (aquí y en otros muchos sitios). Y el disco sobre la otra forma de hacer política, que siempre se les suele poner a los jóvenes cuando las cosas ya huelen demasiado mal o en los meses inmediatamente anteriores a las elecciones, está demasiado rayado para que alguien quiera oírlo en la época del MP3.

Por supuesto, siempre hay y ha habido estudiantes universitarios dispuestos a emular el cinismo de los mayores, a escuchar discos rayados o a tragarse sapos cum grano salis parecidos a los que se tragan los cínicos de provecta edad y con mando en plaza. Esos son los dispuestos a trepar desde jóvenes haciendo carrera en los principales partidos políticos del arco institucional. Pero si yo no estoy ciego (que podría ser), esos estudiantes son también pocos, una minoría, más minoritaria, desde luego, que la minoría estudiantil radical que realmente hace política hoy en día.

Por ahí se puede entrar ya al fondo del asunto. La mayoría de los estudiantes universitarios no quiere ni oír hablar de política en la acepción que esta palabra tiene hoy entre quienes hacen política institucional o profesionalmente. Pero, en cambio, muchos suelen escuchar con atención lo que se les dice sobre la acepción noble que la palabra política ha tenido en la historia desde los griegos, o sea, sobre la participación de los ciudadanos en los asuntos de la polis o sobre la política como extensión de la ética a la vida colectiva. Y se puede añadir que son bastantes los que, además, actúan en consecuencia. En este segmento hay que incluir no sólo a los estudiantes que actualmente denuncian la orientación principal de las políticas universitarias y elevan su voz crítica frente a medidas de las que disienten, sino también a muchos colectivos y asociaciones que, coincidiendo o sin coincidir en esta crítica, colaboran con organizaciones que dedican sus esfuerzos a la solidaridad con los excluidos, a la lucha contra el hambre, a la defensa de los derechos humanos, a la cooperación con los pueblos y culturas oprimidas, a organizar movimientos sociales críticos y alternativos o a trabajar en lo que se llama altermundismo.

Son estos estudiantes universitarios los que en realidad hacen política de otra manera. Muchos de ellos seguramente dirán a los sociólogos y encuestadores que no quieren saber nada de política. Pero hay que entenderlos: lo que en realidad están diciendo (y eso no siempre cabe en la respuesta a una encuesta) es que no les interesa la política que se hace habitualmente en el actual sistema de partidos políticos. Y no porque estén en contra de la democracia, sino precisamente porque quieren una democracia de verdad y desearían participar en un ágora limpia. Así que, en vez de echarles la bronca cotidiana y recurrente por su despolitización o por su mala politización, mejor sería escucharles y colaborar con ellos a la limpieza del ágora. Que falta hace.

TRIBUNA: RAFAEL ARGULLOL

Miedo y piedad

El hombre contemporáneo necesita estar anclado en un temor: guerras, catástrofes y pandemias hacen palidecer a los monstruos medievales. Este afán repercute negativamente en nuestra capacidad de compasión

RAFAEL ARGULLOL 08/11/2009

Leyendo el libro del helenista Wilhelm Nestle Historia del espíritu griego me he encontrado un pasaje que parece escrito por un historiador del futuro al considerar nuestra propia época. En este pasaje, alusión al mundo helénico del siglo VI antes de nuestra era, se hace referencia a una explosión demográfica, a migraciones masivas, al aumento de comunicación entre países, a un temor sistemático y a "un ambiente moral caracterizado por la general desaparición de la piedad". Aunque no me entusiasman los paralelismos históricos, forzados la mayoría de las veces, me ha llamado la atención la insistencia de Nestle en la presencia del miedo y en la ausencia de la piedad porque, en efecto, creo que ambos fenómenos son simultáneos y se dan con fuerza también en nuestro tiempo.

En relación al miedo, Nestle opina que los textos procedentes del periodo inmediatamente anterior al Siglo de Pericles denuncian una atmósfera inquietante de amenazas que no siempre están justificadas por los acontecimientos que realmente ocurrieron. Esa sociedad que él estudia mediante los escritos de la literatura épica y de la primera filosofía parece atenazada por signos turbadores pese a que, por lo que sabemos, gozó de una notable prosperidad y alcanzó una sobresaliente capacidad organizativa, sobre todo en la polis del Asia Menor. Sin embargo, la riqueza mercantil, el despegue artístico y los prolongados períodos de paz no fueron suficientes para alejar las señales siniestras que, a juzgar por los testimonios que hemos preservado, irrumpían en el escenario en forma de malos augurios y oráculos sombríos. Si es cierto lo que han dejado escrito los poetas, los hombres de ese momento únicamente superaban un temor cuando ya habían abrazado otro.

Una actitud que, saltados los siglos, resumía muy bien un titular reciente del New York Times: ¿A quién hay que temer hoy? El periódico neoyorkino se preguntaba si el terrorismo seguía siendo la principal fuente de nuestro pánico, como lo había sido en los años posteriores al 11 de septiembre de 2001 o si, por el contrario, habíamos ya identificado otras sólidas pistas por las que avanzar hacia nuestro íntimo temor. La conclusión del artículo era que, en cierto modo, el hombre contemporáneo necesita estar anclado en un temor, del tipo que sea, pero no andar a la deriva.

Las oleadas de males augurios y oráculos sombríos de las que se hace eco la poesía griega son recogidos en nuestros días, puntualmente, por los medios de comunicación, los cuales -como también hacía la antigua poesía- cuando ya han agotado los inevitables capítulos dedicados a las guerras y las hambrunas, orientan nuestros ojos y nuestros oídos hacia inesperadas catástrofes que prometen aniquilarnos y cuyos efectos psicológicos persisten más allá de sus manifestaciones reales. No deja de ser curioso que los principales pronunciamientos oraculares de nuestros días se presenten, revestidos de un inapelable lenguaje científico, en los espacios de información sanitaria, cada día más abundantes y cada día más inclinados hacia el reforzamiento de la intranquilidad de los pobres mortales. Sin dioses y sin sibilas que nos asusten a los humanos con sus presagios, soportamos, no obstante, la autoridad de los expertos que emplean sus artes -o malas artes- para confeccionar el catálogo de los inminentes cataclismos. Sólo en la última década los expertos-videntes han construido a nuestro alrededor, con sus epidemias y pandemias, un bestiario que hace palidecer a los monstruos medievales: enfermedad de las vacas locas; gripe aviar, o porcina, llamada luego, bastante absurdamente, nueva. Cuando el monstruo mayor, la serpiente, el terrorismo parece no ser suficiente para mantener la tensión, surgen en el horizonte estos animales mutantes y terroríficos, cerdos, vacas, aves; es decir, nuestros alimentos convertidos en veneno masivo. Nadie sabe con exactitud el grado de veracidad de todas esas noticias. Lo que es seguro es que tras la sombra de una epidemia aparecerá otra, sea porque alguien está interesado en que así se desarrollen los hechos, sea porque como aquellos hombres del siglo VI antes de nuestra era, no sabemos, al menos por el momento, vivir sin el morboso estímulo de la amenaza y, paradójicamente, nos sentimos más seguros cuando podemos preguntar ¿a qué toca temerle hoy?

Es muy posible, por otra parte, que esta obsesión por el temor, convertido en condición para la supervivencia, repercuta negativamente en nuestra capacidad de compasión. El miedo atenaza y acostumbra a disolver la relación generosa con la existencia a la que está predispuesto el que se siente libre de temor o que se enfrenta sin falsedades a la propia inseguridad que genera la vida. Es más: el miedo transformado en ciega cotidianidad, en algo definitivamente asumido e insuperable, puede llegar a borrar la idea misma de piedad, una suerte de trasto inútil del que no se puede hacer uso alguno en una sociedad milimétrica dibujada para la producción y la posesión.

Hace poco, un profesor de historia de la medicina me comentó que tenía grandes dificultades para que sus estudiantes comprendieran el significado del término piedad. Al sospechar que quizá sus oyentes otorgaban a la palabra una connotación religiosa recurrió a una especie de traducción laica y se refirió a filantropía. Con el cambio algo ganó, pero no mucho, y el hombre estaba desesperado porque pensaba que sus estudiantes, precisamente por ser de medicina, tenían que ser los primeros en reconocer el sentido profundo de la piedad. Era chocante, desde luego, esta ignorancia en buena parte de los futuros médicos, los cuales, muy probablemente, llegado el momento, no se sentirían demasiado obligados a colgar de la pared de su despacho el Juramento Hipocrático, juzgado como definitivamente anacrónico en la época de la eficacia y la funcionalidad.

No es de descartar que esa misma dificultad relatada por el preocupado profesor de historia de la medicina se pueda extender a todos los ámbitos, a excepción, tal vez, de aquellos que, enfrentados a la pobreza y a la desigualdad, han convertido la compasión en una pasión. Fuera de estos casos, afortunadamente bien representados asimismo en nuestra época, no parece que la práctica de la piedad obtenga un sitial relevante en nuestras escalas de moralidad. El prestigio de que goza entre nosotros la posesión inmediata de las cosas y el acatamiento del utilitarismo en todos los órdenes deja pocos resquicios para una actividad poco rentable o cuya rentabilidad se mide a través de esta lentísima acumulación que caracteriza a los procesos espirituales.

No es que estemos dominados por la impiedad, malvados a conciencia, por así decirlo, sino que, para demasiados, la piedad ha dejado de formar parte del rompecabezas humano. Escuché atentamente, semanas atrás, al ejecutivo de France Telecom al que se hacía directamente responsable de la epidemia (de nuevo una epidemia) de suicidios entre trabajadores de la compañía que no habían podido soportar más situaciones de oprobio e indignidad. Como desconozco el asunto por dentro, me he formado una idea a través de las informaciones que no me permite juzgar con detalle lo sucedido en la empresa. No obstante, sí puedo emitir un juicio sobre el alto ejecutivo de acuerdo con sus explicaciones: este hombre, acusado indirectamente de 25 muertes, magnífico especialista en balances y reajustes, brillante con los números, habló tres cuartos de hora con buenos recursos oratorios sin dedicar un solo segundo a algo parecido a un ejercicio de piedad. Cuando apagué el televisor pensé que se sentía "un héroe de nuestro tiempo". Acaso con razón.

Pero tampoco es necesario dejarse aplastar por esta percepción. La mezcla de temor y falta de piedad detectada por Wilhelm Nestle en el siglo VI antes de nuestra era no impidió el advenimiento de una época espléndida que, pese a muchas penurias, acogió a la democracia, el arte clásico y la filosofía. La tragedia ática nos lo explica maravillosamente al combatir el temor mediante la catarsis, y al proponer la compasión como el vínculo más elevado que une a los seres humanos. Sería un consuelo pensar que también en esta actitud podamos, quizá pronto, encontrar similitudes entre el pasado y nuestro tiempo.

TRIBUNA: JOAQUÍN LEGUINA

Mangoneo y corrupción

JOAQUÍN LEGUINA 05/11/2009

Por razones fáciles de entender, últimamente se escucha con frecuencia la siguiente sentencia: "No todos los políticos son iguales", lo cual es una obviedad, aunque se diga con intención de defender la honradez de los más frente a la corrupción de los menos. Y es una obviedad porque los políticos, como cualesquiera otras personas, son únicos e irrepetibles... Pero el recordatorio no sirve absolutamente para nada, pues ni siquiera trata de aportar solución alguna contra la marea negra que está cubriendo de basura a la política española.

Pero, ¿en verdad, la mayoría de los políticos son honrados? Si por honrado se entiende aquel servidor público que sólo se lleva para casa su sueldo, puede afirmarse sin demasiado riesgo que la mayoría de los políticos españoles son honrados. Pero el calificativo de honrado exige, a mi juicio, alguna precisión más. Por ejemplo, en torno al mangoneo. (Mangonear: entremeterse uno en cosas ajenas, pretendiendo mandar y disponer). Vamos a ello.

Durante algún tiempo hemos asistido -y asistimos- perplejos a manejos sin cuento en torno a la presidencia de Caja Madrid, y resulta escandaloso, pero no estamos ante algo nuevo, sólo contemplamos un mangoneo que es más espectacular que otros por practicarse éste con luz, cámaras, micrófonos y taquígrafos. Pero algo parecido ya ocurrió cuando, no hace tanto, vimos colocar sin ruido al frente de grandes empresas recién privatizadas (y también de Caja Madrid) a un grupo de amigos personales de Aznar, el entonces presidente del Gobierno, y no fue cosa muy distinta de la que pretendió hacer después Rodríguez Zapatero con Endesa y otras empresas energéticas... ¿Y qué preside, si no es el mangoneo, las concesiones de televisión o de las frecuencias de radio por parte de los distintos Gobiernos, ya sea el nacional ya sean los regionales? En fin, también el mangoneo manda a la hora del otorgamiento de contratos de obras o servicios públicos. Buena parte de las recalificaciones de terrenos no tienen otro origen que el mangoneo, y mangoneo sigue siendo que, por ejemplo, en Cataluña no haya forma de ganar un concurso público si la empresa o el individuo no tienen el domicilio en aquellas tierras.

Bien se ve, pues, que el mangoneo en España es el rey de la vida política. Una colonización ilegítima realizada por todos los partidos y que abarca a otros muchos aspectos de la vida social, judicatura incluida.

Pues bien, la corrupción no es otra cosa que un mangoneo remunerado. Por lo tanto -por aquello de que quien evita la tentación evita el pecado-, si los partidos quisieran, de verdad, acabar con la corrupción, tendrían que renunciar al mangoneo... pe

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ro eso -creo yo- va a ser mucho pedir.

Claro que algún ingenuo se preguntará si es evitable el mangoneo e intentaré darle respuesta.

No se trata de una utopía como tantas de las que han querido y quieren erradicar el mal de los corazones humanos, no es eso. Se trata de algo más sencillo, pues el objetivo es simplemente ponérselo más difícil a los potenciales corruptores y corruptos. ¿Cómo? Haciendo que las decisiones en el ámbito público sobre recalificaciones, contratos de obra o de servicios, concesiones, nombramientos fuera del ámbito estrictamente político (por ejemplo: Cajas de Ahorros), intervención en empresas y actividades privadas... estén: a) regladas y b) sean objeto de decisiones colegiadas por personas que no estén sujetas a mandato imperativo y sean elegidas con criterios estrictamente profesionales. De esta suerte, los políticos recibirían menos visitas interesadas y podrían dedicar ese precioso tiempo a solucionar algunos problemas, que buena falta hace.

Otra visión optimista a este propósito asegura que "no es que ahora haya más corrupción que antes, lo que ocurre es que ahora se persigue -judicial y policialmente- con más eficacia y ahínco". Pero ésta es una afirmación tan cándida como metafísica y, por tanto, vacía, pues resulta imposible comprobar mediante datos fiables si lo que se afirma es verdadero o falso.

Mas, sea como sea, estos escándalos encadenados que salpican -aquí y acullá- todo el mapa de España componen una mezcla explosiva cuando se juntan en el tiempo con las colas del paro, las cuales se comportan como tenias en el intestino de la sociedad española. Solitarias que siempre acaban por reproducirse, para seguir consumiendo el alimento (la fuerza de trabajo) que habría de servir para una sana supervivencia colectiva. Porque, digámoslo de una vez, el mercado laboral español es un desastre en el cual una buena parte de nuestra juventud naufraga entre contratos laborales encadenados y efímeros. Unos trabajos sin perspectiva de futuro, con la amenaza, siempre presente, del despido y donde abundan los gestores empresariales cuya especialización parece ser la de echar gente a la calle. No hay en el mundo un país que gaste -proporcionalmente- más dinero que España en formaciones profesionales de todo tipo. Dinero tirado, pues son aprendizajes que no sirven para casi nada en el campo laboral.

Una mezcla explosiva, sí, la de la crisis y la corrupción. Una conjunción perversa en la cual puede estar el germen del populismo... o de la abstención masiva... Y ante este deterioro, ¿qué van a hacer los grandes partidos? Lo diré en pocas palabras: mucho tendrá que apretarles el zapato para que se decidan a renunciar al mangoneo, fuente de toda corrupción. Lo más probable es que no hagan nada práctico. Y no lo harán porque los partidos españoles tienen una bien acreditada fama de no querer autorreformarse, y tampoco están dispuestos a descolonizar lo que han colonizado... Unos partidos que no quieren ni oír hablar del artículo 6 de la Constitución, que les obliga a ser democráticos en su estructura y funcionamiento. Unos partidos que, asimismo, desprecian otro artículo de la Constitución, aquel que obliga a una selección de personal -en la esfera pública- en la cual han de primar "el mérito y la capacidad". Unos partidos que se han dotado de unos reglamentos parlamentarios que ningunean a los diputados y a los senadores reduciéndolos al triste papel de meros ejecutores de un ente burocrático llamado "Grupo Parlamentario". En fin, unos partidos que están encantados de haberse conocido.

Pero hay a este respecto una hipótesis aún más pesimista que me cuesta aceptar y se resume así: la falta de interés de los partidos en cortar de raíz la corrupción nace de la propia sociedad. Por un lado, la plaga del sectarismo y su transformación en un electorado fiel, incapaz de castigar a sus adoradas siglas y, por otro, la trivialización de la moral pública. Todo lo cual conduce a la minimización del impacto electoral de las malas conductas. Si a eso se añade la generalización de una corrupción -que afecta a todos los partidos-, el electorado llega fácilmente a la conclusión de que se está ante una especie de gripe que llega inexorable con el invierno y que es inherente a la actividad política... y por eso es preciso acostumbrarse a convivir con ella...

Mas no es necesario tener la fe de Gramsci para intentar evitarlo y actuar, siguiendo aquel viejo criterio según el cual al pesimismo de la razón siempre cabe oponer el optimismo de la voluntad.

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TRIBUNA: DANIEL BENSAID

Emerge una nueva izquierda

La extinción de los comunistas y la conversión de los socialdemócratas en subalternos del gran capital alientan el crecimiento electoral en Alemania, Portugal y Francia de partidos claramente progresistas

DANIEL BENSAID 02/11/2009

Las recientes elecciones alemanas y portuguesas han confirmado la emergencia en varios países de Europa de una nueva izquierda radical. En Alemania, Die Linke ha obtenido el 11,9% de los sufragios y 76 diputados en el Bundestag. En Portugal, el Bloque de Izquierda ha alcanzado un 9,85% y ha doblado su representación parlamentaria con 16 diputados. Esta nueva izquierda surgió a finales de los años noventa con la renovación de los movimientos sociales y el auge del movimiento alter-mundialista. La novedad reside en su avance electoral, que no se limita a un país o dos, sino que esboza una tendencia europea (ilustrada, entre otros, por la Alianza Roja y Verde en Dinamarca, Syriza en Grecia o el Nuevo Partido Anticapitalista en Francia), todavía frágil y desigual, según los distintos sistemas electorales. Por ejemplo, el NPA y el Frente de Izquierdas tienen en Francia un potencial acumulado de aproximadamente un 12%, pero no cuentan con ningún parlamentario electo, debido a un sistema uninominal a dos vueltas que excluye toda representación proporcional y favorece el "voto útil" como mal menor.

Varios factores explican este fenómeno y, ante todo, el hundimiento o el retroceso de los partidos socialdemócratas y comunistas que han estructurado desde hace medio siglo la izquierda tradicional.

Los partidos comunistas, que se habían identificado con el "campo socialista" y con la Unión Soviética, han desaparecido o han visto disolverse su base social, a excepción relativa de Grecia y Portugal. En cuanto a la socialdemocracia, al acompañar e impulsar las políticas liberales en el marco de los tratados europeos, ha contribuido activamente a desmantelar el Estado social del que obtenía su legitimidad. Bajo pretexto de "renovación", de "tercera vía" y de "nuevo centro", se ha metamorfoseado además en formación de centro izquierda, a semejanza del Partido Demócrata italiano. A medida que sus vínculos con el electorado popular se debilitaban, se reforzaba su integración en los medios de negocios. El paso de Schröder al consejo de administración de Gazprom, y la promoción de dos "socialistas" franceses (Dominique Strauss-Kahn y Pascal Lamy) a la cabeza del FMI y de la OMC simbolizan esa transformación de altos dirigentes socialistas en hombres de confianza del gran capital. Paladina de la "economía social de mercado" y del compromiso social, la socialdemocracia alemana ya ha pagado por ello, al registrar en las elecciones del 27 de septiembre una pérdida de 10 millones de electores en 10 años.

Mientras que esta izquierda del centro cada vez se distingue menos de la derecha del centro, ha crecido tras la caída del muro de Berlín una nueva generación que no habrá conocido más que las guerras calientes imperiales, las crisis ecológicas y sociales, el desempleo, y la precariedad. Una minoría activa de estos jóvenes retoma el gusto por la lucha y la política, pero mantiene su desconfianza ante los juegos electorales y los compromisos institucionales. Al rechazar un mundo inmundo sin llegar a concebir "el otro mundo" necesario, esta radicalidad puede tomar direcciones diametralmente opuestas: la de una alternativa claramente anticapitalista, o la de un populismo nacionalista y xenófobo (el Frente Nacional en Francia, el National Front en Reino Unido), e incluso la de un nuevo nihilismo. Sin embargo, es alentador constatar que el electorado de Die Linke, como el de Olivier Besancenot en las elecciones presidenciales francesas de 2007, se caracteriza por tener un componente joven, precario y popular, proporcionalmente superior al de los otros partidos.

Sin embargo, la nueva izquierda no constituye una corriente homogénea reunida en torno a un proyecto estratégico común. Se inscribe más bien en un campo de fuerzas polarizado, de un lado, por la resistencia y los movimientos sociales, y del otro, por la tentación de la respetabilidad institucional. La cuestión de las alianzas parlamentarias y gubernamentales ya es para esta izquierda una verdadera prueba de verdad. Rifundazione Comunista, que todavía ayer aparecía como el buque insignia de esta nueva izquierda europea, se suicidó al participar en el Gobierno Prodi sin impedir el retorno de Berlusconi. Mucho más allá de las tácticas electorales, estas opciones revelan una orientación que Oskar Lafontaine resume con acierto: "Hacer presión para restaurar el Estado social".

Por tanto, no se trata de construir pacientemente una alternativa anticapitalista, sino de "hacer presión" sobre la socialdemocracia para salvarla de sus demonios centristas y hacerla volver a una política reformista clásica dentro del marco del orden establecido. En cuanto a "restaurar el Estado social", para ello haría falta empezar por romper con el Pacto de Estabilidad y el Tratado de Lisboa, reconstruir unos servicios públicos europeos y someter el Banco Central Europeo a instancias elegidas. En resumen, hacer exactamente lo contrario de lo que han hecho los gobiernos de izquierdas durante los últimos 20 años y siguen haciendo cuando están en el poder. La moderación de la socialdemocracia ante la crisis económica y su declaración común durante las últimas elecciones europeas demuestran que su sometimiento a los imperativos del mercado no es reversible.

En cambio, el día después de las elecciones portuguesas, Francisco Louça, el diputado que coordina el Bloque de Izquierda, rechazó los cantos de sirena gubernamentales, al declarar rotundamente que su formación estaría "en la oposición", en contra de las privatizaciones anunciadas, del desmantelamiento de los servicios públicos y del nuevo código de trabajo; por tanto, en la oposición del Gobierno Sócrates. Esta opción también está en el corazón de las divergencias entre el NPA de Olivier Besancenot, que rechaza toda alianza de gobierno con el Partido Socialista, y el Partido Comunista francés, claramente comprometido con la perspectiva de reconstruir la "izquierda plural", cuyo gobierno condujo al desastre de 2002 con Le Pen en la segunda vuelta de las elecciones presidenciales.

Estas dos opciones atraviesan, sin duda, la mayoría de los partidos de la nueva izquierda y, en concreto, Die Linke, cuya coalición con el SPD, ya muy discutida en el Ayuntamiento de Berlín, tendería a generalizarse como parece anunciarlo la alianza trabada últimamente en el land de Brandenburgo.

De este modo, se esboza la opción estratégica a la que se verá confrontada la nueva izquierda. O bien se contenta con un papel de contrapeso y presión sobre la izquierda tradicional privilegiando el terreno institucional; o bien favorece las luchas y los movimientos sociales para construir pacientemente una nueva representación política de los explotados y oprimidos. Esto no excluye de ningún modo que busque la más amplia unidad de acción con la izquierda tradicional, en contra de las privatizaciones y las deslocalizaciones, y a favor de los servicios públicos, la protección social, las libertades democráticas y la solidaridad con los trabajadores inmigrados y sin papeles. Pero esto exige una independencia rigurosa respecto a una izquierda que gestiona lealmente los asuntos del capital, a riesgo de hacer aborrecer la política a las nuevas fuerzas emergentes.

La crisis social y ecológica está todavía en sus inicios. Más allá de posibles recuperaciones o mejoras, el desempleo y la precariedad se mantendrán en unos niveles muy elevados y los efectos del cambio climático seguirán agravándose. En efecto, no estamos ante una crisis como las que ha conocido frecuentemente el capitalismo, sino ante una crisis de la desmesura de un sistema que pretende cuantificar lo incuantificable y dar una medida común a lo inconmensurable. Es probable que estemos, por tanto, al principio de un seísmo, con recomposiciones y redefiniciones, del que saldrá un paisaje político dentro de unos años totalmente recompuesto. Hay que prepararse para ello y no sacrificar el surgimiento de una alternativa a medio plazo por operaciones de politiqueo e hipotéticas ganancias inmediatas que traen amargas desilusiones.

 

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TRIBUNA: IGNACIO SOTELO

El descrédito de la política

IGNACIO SOTELO 29/10/2009

Uno de los síntomas más preocupantes del estado actual de las democracias es el creciente desprestigio de los políticos, a los que se les considera tan ineptos como corruptos. De poco sirve escudarse en que no todos los políticos son iguales, una obviedad manifiesta, ni advertir de las fatales consecuencias para la estabilidad del orden político establecido, una amenaza que al menos tiene la virtud de mostrar lo hondo que esta opinión ha calado.

Empero, lo más grave de la situación radica en que la clase política esté poco dispuesta y menos capacitada, no ya para enfrentarse, sino ni siquiera para detectar las causas de este desprestigio, cuyas perversas secuelas, por otro lado, a nadie se le ocultan. La mala fama de los políticos, que deteriora ya las instituciones, hunde sus raíces en dos malformaciones propias de las democracias contemporáneas: las competencias del Parlamento en buena parte las ejercen los partidos, y éstos no respetan la democracia interna.

Y de ambas, los ganadores, pero también los perdedores, son los políticos, presos de una aporía de la que no pueden librarse. Su legitimidad proviene de representar al conjunto de los ciudadanos, cuya voluntad soberana expresa el Parlamento; pero, los que deberían actuar según los dictados de su conciencia, según reza la Constitución, poco pueden hacer en este sentido. No sólo los reglamentos regulan el comportamiento de los grupos parlamentarios, sin dejar apenas resquicio para una actuación individual responsable, sino que se trata a los parlamentarios como si hubieran recibido un mandato imperativo que restringe casi por completo su libertad, máxime si en las próximas elecciones pretenden mantenerse en las listas.

El mayor acto de libertad individual que le queda al parlamentario es abandonar el grupo en cuya lista ha sido elegido, una decisión que, no importa cómo la justifique, la opinión pública y los partidos consecuentemente la rechazan por no encajar en el sistema de listas cerradas y bloqueadas, pero sin preguntarse si el principio constitucional de actuar según la propia conciencia no fuese tal vez incompatible con la elección en listas cerradas. Nadie accede al Parlamento por méritos propios -aunque algunos, o muchos, puedan tenerlos-, sino por la voluntad de aquellos que los colocan en la lista en un puesto de salida.

Algunas consecuencias graves, que permanecen en una discreta penumbra, se derivan de este modelo electoral. Una vez que dada la complejidad de las sociedades modernas, el Parlamento no parece el instrumento adecuado para legislar y controlar al Ejecutivo, es perfectamente coherente el que se impida el acceso a los que pretendan responder ante su conciencia. Probablemente, un Parlamento de personas libres,elegidas en virtud de su cualificación y con un apoyo popular individualizado, resultaría ingobernable. Pero ante uno de autómatas, la gente no se libra de la impresión de que se obtendría el mismo resultado, y sobre todo sería más barato, si quedase reducido a las cabezas de grupo, aduciendo cada uno el número de escaños con que cuenta.

Antes de ocupar la secretaría general del partido, en sus muchos años de parlamentario, como la mayor parte de sus colegas, el señor Rodríguez Zapatero no tuvo la menor oportunidad de darse a conocer. Aunque se supone una mayor legitimidad democrática en el representante de la nación que en el que asciende en la jerarquía del partido, únicamente se logra una cierta visibilidad cuando se llega a la cúspide de la organización. La parte más dura, y la decisiva, en la vida de un político se realiza con la mayor opacidad de puertas adentro. Se puede llegar al poder sin haber tenido apenas contacto con el país real y desconociendo por completo lo que ocurre fuera de nuestras fronteras. A veces ni siquiera se guardan las formas, y el jefe nombra directamente a su sucesor, el "dedazo" que dicen los mexicanos, que practicó tanto González con Almunia, como Aznar con Rajoy.

El que el Parlamento ya no sirva de plataforma para seleccionar a los líderes explica que el debate político, salvo en ocasiones excepcionales, se haya trasladado a los medios. Algunos comentaristas, tertulianos o columnistas, son más conocidos e influyentes que la mayor parte de los parlamentarios. Agazapados en sus escaños y callados como muertos ante escándalos de los que todos hablan, menos ellos, terminan por tragar todo lo que les echen ¿Saben de algún político del PP que se haya posicionado ante las noticias escalofriantes que a diario nos proporcionan los periódicos? En conversaciones privadas, y algunos más privilegiados en los medios, todos expresamos una opinión, menos la inmensa mayoría de los políticos, que se han convertido en los únicos ciudadanos a los que parece que no les concierne nada de lo que sucede.

Callar por miedo a los altos costos personales que habría que pagar si se cumpliera con esta obligación implica un tipo de corrupción que el derecho penal no castiga, pero que fomenta el que se expandan otras formas punibles. Una clase política, dispuesta a asumir sin el menor filtro crítico todo lo que dicte la cúpula, ampara la corrupción, al fomentar el marco de silencio que necesita para reproducirse. Cuando se ha renunciado a manifestar lo que se piensa, echando por la borda principios y convicciones, la única compensación es asegurarse un beneficio personal.

Los políticos que tenemos son producto de los dos hechos enunciados: pérdida de la centralidad del Parlamento, desplazado a mero instrumento de ratificación de lo decidido fuera de su órbita, y el que en los partidos la democracia interna haya quedado reducida a mínimos. Los políticos son los ganadores de esta situación, en cuanto muchos, si otras hubieren sido las vías de acceso, no habrían llegado a los cargos que ocupan, pero también son los perdedores, porque una vez instalados perciben en su propia carne hasta qué punto les perjudica cualquier intento de sobresalir o tan sólo mostrar alguna ambición. El Parlamento, lejos de ser la plataforma en la que poner de manifiesto la valía personal, se rige por la consigna de que "el que se mueva, no sale en la foto".

El desprestigio creciente de los políticos tiene su fundamento en un sistema de selección y promoción que no favorece a los mejores, aunque algunos de primera hayan sabido acoplarse a las condiciones impuestas, conscientes de que no se puede navegar contra viento y marea. A éstos les favorecería un cambio en las reglas de juego, pero la más pequeña innovación que promoviese una mayor competitividad interna no parece viable, al oponerse con gran tesón la cúspide de los partidos.

Aunque seguirá creciendo el distanciamiento de la población ante los políticos, mientras la participación no baje de un 50% y se mantenga una polarización visceral entre las sedicentes izquierda y derecha que refuerza la cohesión interna; mientras que la política social, gobierne el que gobierne, descienda a un ritmo tolerable y se perfeccionen los canales por los que transcurre la corrupción, de modo que los escándalos se dosifiquen en el tiempo, y sobre todo sigamos con una Ley Electoral tan injusta como poco apropiada para restablecer el prestigio de los políticos, me temo que los partidos esperarán a que pase el chaparrón y se apacigüen los ánimos, sin emprender nada que pueda disminuir el poder acumulado.

La corrupción, de hecho, es un componente esencial en una partitocracia dependiente del soporte económico del mercado desarrollado

Corrupción o utopía

Sin financiación ilegal la supervivencia misma de los partidos políticos sería inviable

Martes 20 de octubre de 2009, por José Sánchez Tortosa

Las condiciones materiales mismas que las sociedades opulentas ponen en juego propician el auge de sus enemigos: el fanatismo homicida y el angelical idealismo pánfilo que es hijo de esas sociedades


No es la corrupción lo que destruye una sociedad dotada de los mecanismos de un sistema de democracia representativa en las sociedades opulentas de inicios del siglo XXI. La corrupción, de hecho, es un componente esencial en una partitocracia dependiente del soporte económico del mercado desarrollado. Sin financiación ilegal la supervivencia misma de los partidos políticos sería inviable. Lo que denominamos corrupción es la cuota necesaria que el contribuyente ha de pagar para el sostenimiento de un sistema corrupto, pero tolerable en la medida en que conserva ciertas garantías ciudadanas y un mínimo bienestar económico y social. Por lo demás, toda realidad está sujeta a procesos de corrupción, si consideramos el dictamen aristotélico. O, dicho de otro modo, nada real es eterno, ni perfecto absolutamente. Esta evidencia antiutópica queda relegada al olvido por los fanatismos y por ese fanatismo débil, retórico, que es el idealismo democrático. Mientras ese margen de corrupción no desborde el umbral asumible por el sistema, éste mantendrá su equilibrio inestable. El ciudadano tendrá que tolerar la existencia de una casta privilegiada que tiene acceso a las prebendas del poder, pero si son capaces de desarrollar una gestión racional de la sociedad, ésta podrá dar cobertura material a la mayor parte de los sujetos que la componen. Pero pretender que un sistema de estas características pueda gestionarse en un plano de ausencia total de corrupción es soñar con los ojos abiertos, es entregarse a un idealismo suicida, a una utopía cuyo previsible despertar muestre, sin más, los restos de la catástrofe.

Precisamente, lo que carcome los cimientos de un tipo de sociedad como ésta son esas dos derivas que se ciernen sobre nosotros sin que los responsables administrativos parezcan advertirlo o, en todo caso, sin que muestren el mínimo esfuerzo por defenderse de su empuje, ya que están atrapados por las redes ideológicas y retóricas que las alimentan, cuando no forman, directamente, parte de ellas, y en ocasiones de ambas: son la incompetencia y el fanatismo, dos variantes de la estupidez humana.

Por su naturaleza, las democracias occidentales son vulnerables a fuerzas sociales menos escrupulosas o más ilusorias. Las condiciones materiales mismas que las sociedades opulentas ponen en juego propician el auge de sus enemigos: el fanatismo homicida y el angelical idealismo pánfilo que es hijo de esas sociedades.

La utopía, ese «reino que no es de este mundo», amenaza nuestra civilizada decadencia, pone en peligro esos átomos de auténtico epicureísmo que aún van quedando, los pocos oasis de inteligencia y belleza que resisten bajo la idiocia hegemónica, bajo la estulticia institucionalizada. Los políticos establecidos en las cúpulas de ciertos Estados muestran una actitud más propia de salvadores iluminados que de gestores al servicio de la Res publica. La imparable deriva sofística inherente al propio desarrollo de las sociedades de masas pone al mando a los menos capaces. Ante la estulticia democratizada, no quedan defensas en los individuos, ni propiamente individuos ni ciudadanía que merezcan tales términos, desarmados, gracias a un sistema educativo que ha dinamitado el pensamiento, ante la retórica vacía y amplificada por los medios masivos de producción de consenso.

«Para decirlo en una palabra, aquéllos [Solón y Clístenes] habían determinado que el pueblo, como un tirano, debía establecer los cargos públicos, castigar a los infractores y resolver las disputas, y que los que fueran capaces de mandar y hubieran adquirido unos medios de vida suficientes, se ocuparan de los asuntos públicos como si fueran sus servidores y que, si llegaban a ser justos, fueran aplaudidos y se conformaran con este honor. Además, que no alcanzaran disculpa alguna caso de gobernar mal, sino que cayeran en las mayores penas. Por eso ¿cómo se podría encontrar una democracia más firme o más justa que la que ponía a los más capacitados al frente de los asuntos y hacía al pueblo señor de ellos?»

(ISÓCRATES, Areopagítico, 21-28)