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“No pretendas que las cosas ocurran como tú quieres. Desea, más bien, que se produzcan tal como se producen, y serás feliz.” Epicteto.

Tenemos un problema con nuestra felicidad, con nuestra paz interior o nuestra serenidad y es el de los deseos. Siempre deseamos lo que nos hace infeliz y siempre consiste en desear lo que no podemos, lo que escapa a la ley de la naturaleza. No se trata de resignarse, sino de agradecer, amar incondicionalmente lo que se es y se posee. Sin apegos, por tanto. No podemos pretender que las cosas ocurran como uno desea, uno tiene que abandonar ese deseo porque no es más que un apego de tu yo a lo que tú egoístamente quieres. Y lo que quieres no es tu bien, ni tu paz, ni tu serenidad, sino un placer particular para tu pequeño yo. Eliminaríamos mucho sufrimiento si no pretendemos satisfacer a ese pequeño yo. Porque cuando deseamos que las cosas ocurran como nosotros queremos, generalmente, como nuestro deseo es meramente egoísta, pues las cosas ocurrirán como tengan que ocurrir, sin contar para nada con mi intención egoísta. Y, claro, esto me producirá un tremendo dolor. Dolor que procede de mi apego a lo deseado, porque yo me imagino poseedor de aquello, o aquella situación que deseo. Pero yo, mi yo particular, no posee nada, no puede imponerle la voluntad al universo. Ahora bien, sí hay una forma de fluir junto al universo y es, en lugar de estar sometidos al apego, pues soltar ese apego, dejarlo ir, aceptar el mundo tal y como es y a uno mismo como es. Cuidado con la aceptación, que no es lo mismo que la resignación. En la resignación hay insatisfacción, no te gustan las cosas como son, pero te aguantas. Ahí existe dolor, sufrimiento y se puede transformar en rencor y hasta en resentimiento y odio. Pero la aceptación es una actitud abierta y constructiva, acepto lo que se me ofrece como un regalo del universo y lo agradezco. Quiero las cosas tal y como son y, a partir de estas circunstancias construyo el mundo desde el agradecimiento y la compasión. Hay que soltar el deseo y el apego porque nos producen ira, odio y rencor.  Y, sobre todo nos impulsa a juzgar y culpabilizar. Y hay que sustituirlo por la aceptación y el agradecimiento. Insisto, no piensen que la aceptación y el agradecimiento son, meramente, una actitud contemplativa, que lo son, pero no sólo, sino que están abiertas a la acción y la creatividad. La aceptación y el deseo (agradecimiento) de que las cosas sean como son nos lleva hacia la felicidad. Son un camino a la felicidad. El deseo de lo que no puede ser es una puerta a la desgracia, la infelicidad, el sufrimiento, la ira y la soledad. En definitiva, es la escisión frente a la unidad. El infierno frente al cielo.

Los estoicos eran personas muy alegres y lo son. Su meta es, precisamente, la alegría de vivir. En ello consiste para ellos la felicidad. Disfrutan de la vida y de los bienes que ésta les ofrece, pero no se apegan a ninguno. Saben que nada les pertenece, que lo que tienen hoy lo pueden perder mañana, que todo es transitorio. Y de ahí surge su doctrina de la apatía, sin pasión, sin deseo. Se pueden tener bienes, pero no codiciarlos, porque lo único que importa y lo único que se tiene es el Ser. El tener es ajeno al ser, es más, el tener si se transforma en nuestro Ser, que es, por otro lado, lo que puede y suele pasar, pues nos distorsionamos. Empezamos a vivir inauténticamente. Dirigimos nuestra voluntad y nuestra atención a lo que tenemos y no a lo que somos.

En el saber popular se ha confundido al estoico con el hombre de piedra e insensible, nada más lejos de la verdad. El sentimiento profundo del estoico es la alegría de vivir, el agradecimiento. Eso sí, cuando ya nada merece la pena, los estoicos eran unos firmes defensores del suicidio, más bien, la eutanasia, porque ese estado sólo suele sobrevenir en la vejez y una vez alcanzada la sabiduría, con el desapego, el no deseo de la propia vida. Este desapego coincide con el no temer a nada, ni a la misma muerte o desaparición. Porque los estoicos no pensaban que existiese una inmortalidad del alma, pensaban que todo es materia, que nada desaparece, pero nuestra alma, el aliento vital, se diluye en el universo en nuestra postrera exhalación.

“Acusar a los demás de los infortunios propios es un signo de falta de educación. Acusarse a uno mismo, demuestra que la educación ha comenzado.” Epicteto.

Lo normal en nuestras vidas es acusar al otro, a las instituciones y a las leyes de nuestros males. No soportamos nuestra responsabilidad, de modo que lo que hacemos es culpabilizar al otro o lo otro. De esa manera alcanzamos una falsa tranquilidad. Pero, lo peor de todo, es que no resolvemos ninguno de nuestros problemas, porque resulta que nuestros males nos pertenecen. A lo mejor no son ni tan malos y todo depende de un error de percepción, o, incluso los puedo transmutar, con mi esfuerzo, en bienes para el futuro. En todo caso, me pueden servir para educarme y ayudarme a crecer y para aceptarme y aceptar al universo del que formo parte y al que no me puedo enfrentar.

Culpabilizar a los demás y a lo demás es un signo de inmadurez, es esconder la cabeza debajo del ala. Todo ello lo que genera es, además de dejar el problema al descubierto,  ira, rencor y resentimiento. La culpa hacia los demás hace crecer el vicio en nuestro interior. Por eso culpabilizar, no es que no resuelva nuestros problemas, sino que nos empobrece. Es necesario ser valientes y atreverse a ser responsables de nuestros propios males y miserias. De lo que se trata es de conocerse uno a sí mismo, de atreverse a mirar dentro y ver nuestros vicios: el rencor, la envidia, la ira, el odio, la vergüenza y hacerse cargo de ellos. Son nuestros y, lo primero que tenemos que hacer es aceptarlos como tales, no podemos ni tirar balones fuera culpabilizando al mundo de nuestros males, ni podemos autoculparnos. Tampoco somos culpables de nada, pero sí es nuestra responsabilidad. No somos culpables, porque no hay ni pecado, ni mal; ahora bien, sí hay sufrimiento, dolor, tristeza, envidia, celos y todo ello es algo que me pertenece y de lo que me puedo hacer cargo. Y ello es un acto de libertad y de tomar mi propio poder. Porque la libertad es tener el poder sobre sí mismo, ser dueño de tus emociones y pensamientos, que, por otro lado, son inseparables. Por ello, el principio de nuestra educación, de nuestra libertad es autoconocernos y, con ello, ser responsable de lo que consideramos nuestras desgracias. Esta primera mirada nos descubrirá que no son tan desgracias como nos parecía, que si las miramos desde nuestra propia perspectiva, desde nuestro yo profundo y desde la aceptación, forman parte de mí, me constituyen y sirven para transformarme, para ser libre y virtuoso. Pero, para ello hace falta valentía, que es la que nos encaminará hacia el primer paso en senda de la sabiduría.

“El que no considera lo que tiene como la riqueza más grande, es desdichado, aunque sea dueño del mundo.” Epicuro.

Nos afanamos en acaparar, nos afanamos en poseer, estamos cegados por la riqueza. Por la posesión de lo de afuera. Tan ciegos que no somos capaces de ver lo que ya tenemos. Y ello nos lleva a un vicio claro, el de la codicia. Pero la codicia no tiene fin y nos convierte en esclavos. El que posee y pone su ser en lo que posee, nunca está satisfecho. Es la inexorable dinámica del deseo. Pero frente a la codicia tenemos la poco practicada virtud del agradecimiento. Sólo se trata de cambiar nuestra mirada. En lugar de mirar hacia el tener, deberíamos mirar hacia nuestro ser y agradecer todo lo que somos y los seres que nos acompañan. Y en esto consiste nuestra alegría permanente, porque, en definitiva, sólo poseemos lo que somos, nuestra propia vida y es eso lo que nos lleva a la alegría de vivir. Por eso es necesario el cultivo de aquello que aumenta nuestro ser, como es la ciencia, el arte, la contemplación, la amistad y tener satisfechas las necesidades primarias, los placeres naturales y necesarios para la vida. No se trata de acaparar, porque todo se nos va de las manos, sino de ser en lo que se tiene. Y saber que la vida es muy placentera con muy poco. Que un atardecer no tiene precio, que hablar con un amigo, ni se compra ni se vende, que contemplar una obra de arte te lleva a lo inefable, que entender una teoría del cosmos te lleva a identificarte con la unidad que eres con él. Que cuando tienes hambre algo de comer te proporciona un inmenso placer, mucho más que el más exquisito de los banquetes.

Pero nuestra sociedad de la opulencia, el consumo, la riqueza, la competencia, el tener sobre el ser, nos arrastra. Pero no sirve el decir que es culpa de la sociedad, del sistema capitalista. Todos somos dueños de nuestras emociones y pensamientos. Si nos conocemos a nosotros mismos, si hacemos ese viaje hacia nuestro interior que nos proponía el viejo Sócrates, descubriremos que nuestras ideas no son más que creencias y prejuicios que nos inducen a actuar tal y como lo hacemos. Que nuestros deseos obedecen a la maquinaria de un sistema perverso al que pertenecemos. Pero ese autoconocimiento es la piedra angular sobre la que se tiene que alzar nuestra voluntad, nuestra libertad. Somos nosotros los dueños de lo que podemos desear, si es que queremos ser libres y no dejarnos arrastrar por la pereza y la suavidad adormecedora de la corriente de la mayoría

Pero es que resulta que el grave problema que padecemos hoy en día, un problema definitivo, el ecosocial, es un problema, en el fondo ético y filosófico. Es ético porque depende de nuestro modelo de vida, de nuestras decisiones y responsabilidades, antes que de las decisiones políticas (se trata de que cambiemos nosotros, no de culpabilizar de los males al sistema y los políticos) y es filosófico porque es necesario que tengamos una idea del mundo y de nuestra relación con él, que sustituya a la idea o creencia que el sistema nos ha hecho creer para poder funcionar. Por eso es necesario un cambio en nosotros mismos (nuestras emociones e ideas) si queremos cambiar el mundo. Y es nuestra responsabilidad, porque cada hombre posee en sí mismo a la humanidad y en su obrar está toda la humanidad. El sabio no puede rehuir esta responsabilidad. Y esto es la compasión o el amor incondicional. O, en palabras de Epicteto: “El hombre sabio no debe abstenerse de participar en el gobierno del Estado, pues es un delito renunciar a ser útil a los necesitados y un cobardía ceder el paso a los indignos.”

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La sombra es aquello del pasado que nos acecha porque lo tenemos escondido o no reconocido. Mientras que no saquemos a la luz todo aquello que no reconocemos permaneceremos en la incoherencia, es decir, la enfermedad. La coherencia es la salud. De modo que es necesario sacar a la luz los miedos, las vergüenzas, los rencores…no reconocidos y sentirlos como tales, aceptarlos y poco a poco dejarlos ir. La aceptación no es resignación, sino apertura y el reconocimiento, no es reconocimiento de la culpa, la culpa nos paraliza y nos impide recrearnos, se trata de tomar la responsabilidad, lo cual es tomar nuestro poder y hacernos libres. Cada vez que reconocemos alguna de nuestras emociones pasadas (que actúa en nuestro presente de forma inconsciente), con su correspondiente apego y pensamiento que la justifica como buena y necesaria, la aceptamos y, poco a poco, la dejamos ir, nos hacemos más libres y aumentamos nuestro poder y autoconocimiento, así como nuestra coherencia interna.

“La envidia es el adversario de los más afortunados.” Epicteto.

La envidia es un vicio tremendo, nos corroe por dentro y nos puede llevar al odio del que suele ir acompañado. El odio es el final del camino, la destrucción absoluta del yo. El yo no puede vivir sin aquello a lo que envidia, el objeto de envidia no es lo que posee el otro, sino el mismo otro, por eso nos autodevoramos y llegamos a odiar al sujeto que envidiamos. Pero si alguna vez hemos sufrido la envidia, o la sufrimos, pues nos podemos considerar afortunados. Hay que partir del hecho de que nos conocemos a través de nuestras emociones y que nuestras emociones aparecen para algo, que nos hablan, que nos quieren decir algo. Y, la envidia es una de las emociones que más nos acercan a nosotros mismos. Si el otro es nuestro espejo, la envidia es la mejor manera de mostrar esta relación insana con los demás. Porque por medio de la envidia nos vemos reflejados totalmente en el otro. Queremos ser el otro, envidiamos lo que el otro posee, pero no es eso, envidiamos su ser, que es el nuestro. Y por eso nuestro tormento. Porque cuando envidiamos juzgamos negativamente al otro y lo consideramos como un ser degradado. Pues bien, todos esos juicios que hacemos sobre el otro, son juicios que hacemos sobre nosotros mismos. Sólo tenemos que recordar a alguien al que envidiemos o hayamos envidiado, o pensemos que es un envidioso, para seguir los rastros de nuestros juicios sobre ellos y esos juicios nos llevan, directamente, a nuestro autoconocimiento. Es la mejor oportunidad de conocerse. Pero éste es el primer paso para liberarse de nuestros juicios y la esclavitud de las emociones y ser capaz de no juzgar y que el otro aparezca tal y como es y, de paso, nosotros. Por eso la envidia es un gran adversario, difícil de vencer, en definitiva, es una lucha contra nuestro ego en la que el ego se juega su propia existencia, o el yo, si permanecemos en la envidia. Por eso, por muy deleznable que sea esta emoción o pasión, es afortunado el tenerla porque nos permitirá trascendernos. Vivir más coherentemente. Más sólidamente.

“Exígete mucho a ti mismo y espera poco de los demás. Así te ahorrarás disgustos.” Confucio.

La exigencia a uno mismo es la clave de la perfección. En nuestra relación con los demás interviene la relación con nosotros mismos, si no nos exigimos, generalmente, exigiremos a los demás. Porque el otro siempre es una proyección y querremos ver realizado en el otro lo que nosotros no somos. El otro, en tanto que espejo, se convierte en lo que yo soy, de tal forma que veo en él a un ser que no se exige, que no hace y me decepciona. Por el  contrario, si miro a mi interior me daré cuenta de todos el trabajo que tengo por hacer. De todo el camino que tengo que recorrer por delante. Y, a partir de aquí, puedo mirar al otro con benevolencia, con compasión. El otro se encuentra en el mismo camino que yo. Intentando recorrerlo, cada uno en su etapa y su momento. Más que la crítica, surge la compasión, el ser capaz de calzarme sus botas y caminar por su sendero y aprender las dificultades de su camino. Pero todo pasa por ir y conocer nuestro interior y el largo camino que nos queda por recorrer. Primero el perdón a uno mismo, nuestra comprensión y autoconocimiento, después, la mirada al otro y la compasión.

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El poder como pastor, como diferencia en la que se basa el control sobre los demás. Y esa dominación se apoya en el conocimiento y la información del dominante y la ignorancia, el miedo y la cobardía del dominado. Las estructuras de poder son estructuras de saber: el cura, el médico, el profesor. El poderoso es el que tiene el conocimiento, la ideología y la impone por diversos medios, desde los medios de manipulación de las conciencias, como sugiere Chomsky, a la propia educación que no es más que una piedra más en el muro. La educación es, precisamente, (y no sé por qué se espantan y asombran tanto los críticos de la educación pública, si simplemente hace lo que la dinámica del poder conlleva, replicar su propio pensamiento), el vehículo de transmisión oficial y reglado de lo que se puede saber, de la imagen del mundo a la que estamos sometidos. Es la teoría del adiestramiento oficial al que nuestra mente es sometida. Basta echar un vistazo a los libros de texto, a los currículos, a lo que se enseña en las universidades, todo desfasado, todo sometido a un paradigma rígido. Porque, en realidad, lo que se aprende en la universidad es un lenguaje, pero el lenguaje es una forma de ver el mundo. No olvidemos nunca esa sabia frase de Wittgenstein: “Los límites de mi lenguaje son los límites de mi mundo”. Así como “Los límites de mi lenguaje son los límites de mi pensamiento.” Mi mundo está construido a través del lenguaje que es el que me permite pensar el mundo. Pues es un lenguaje el que se nos enseña desde las escuelas y, después, sobre todo, en la universidad, que nos hará comprender el mundo a la imagen y semejanza de lo diseñado por el poder. Y no podemos salir de esa imagen porque no podemos trascender el lenguaje. Porque es desde el lenguaje desde el que pensamos. Sólo un ejercicio de autoconocimiento y autocrítica nos puede sacar de esta caverna platónica, mundo orwelliano o Matrix en la que nos encontramos. Pero para eso hace falta elegir la libertad. Y, a su vez, la libertad necesita del valor. En definitiva, somos esclavos porque somos cobardes y perezosos. Mientras no tomemos nuestro propio poder, no saldremos del control del Poder, no dejaremos de ser pastoreados por el Poder.

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“Buscamos la felicidad, pero sin saber dónde, como los borrachos buscan su casa, sabiendo que tienen una.” Voltaire.

Todo hombre busca la felicidad. Digamos que ese es el fin natural de la existencia. Hacia lo que estamos dirigidos, como diría Aristóteles, nuestro fin propio. Todas nuestras acciones van encaminadas hacia la felicidad. Pero lo que resulta paradójico es que parecemos borrachos tambaleantes que buscan su casa, porque saben que la tienen, pero no saben ni dónde, ni qué camino coger. Y este caminar se hace zigzagueante, cogiendo veredas que no nos llevan a ninguna parte y, sobre todo, en un estado de semiconsciencia.

Y eso es lo curioso, que, si nos miramos, estamos viviendo una vida de la que no tenemos consciencia. Y no la tenemos porque no vivimos el aquí y el ahora, el momento presente, porque atendemos al pasado y al futuro. Estamos atrapados entre la angustia y el miedo. Y es esta tenaza emocional la que nos impide sentir el presente, sentir la vida, que uno está vivo con todo lo que hay y que está conectado con todo lo que hay, con todos los seres del universo y con el universo mismo. Y ése es el sentir del instante presente. Y ahí nos olvidamos de todo porque el resto no existe, es pura ficción, es apariencia, un invento para sobrevivir que confundimos con nuestra realidad más profunda. Y es en eso en lo que realmente nos parecemos al borracho, en que somos inconsciente de nuestro propio vivir porque no estamos centrados, no estamos instalados en el propio vivir, en el Ser…estamos existiendo proyectados.

Por otro lado, cuando tomamos ligera consciencia de nuestro estado, pues emprendemos la búsqueda, pero ese estado de búsqueda es un andar perdidos por los caminos. Dándole más importancia al camino que al fin. Porque el fin, la felicidad, está ya ahí, pero nos empeñamos en salir fuera a buscarla. Nunca ha salido de nuestro interior. Al contrario, cada vez la hemos ido ocultando más, coraza tras coraza, engaño tras engaño. Por eso, si queremos recuperar nuestra felicidad hemos de recobrar nuestra inocencia originaria y eliminar todas las capas que recubren nuestro verdadero Ser. En lugar de ir dando bandazos de un lado para otro en una afanosa búsqueda estéril lo único que tenemos que hacer es parar, conectar con nuestro Ser, escuchar nuestro interior y lo que nos une a todo lo demás. No estamos solos, somos un nudo dentro del tejido del universo, contenido en el universo y que en sí reproduce a todo el universo.

 

“No te puedes enfadar a menos que creas que has sido atacado, que está justificado contraatacar y que no eres responsable de ello en absoluto.”

Es decir, que atacar, lo que es lo mismo, juzgar, nunca está justificado. Uno siempre es responsable de ser atacado. No es más que un juicio que se vuelve contra ti. El enfado, la irritación, la ira, proceden de considerarse atacado sin ver nuestra responsabilidad en ello. Es decir, proceden de nuestro acto de juzgar que no es más que la proyección en el otro de nuestro mal o malestar. Y, el juicio, lógicamente, siempre produce en nosotros un malestar, aunque momentáneamente pueda producir un alivio, pero es pasajero. El juicio es siempre contra nosotros. Nada de fuera nos puede atacar. Es nuestra idea de lo que tenemos de fuera lo que nos ataca, nosotros mismos. Es el miedo al ataque, al juicio, la crítica, en definitiva a nuestras propias heridas, la que produce la ira y el odio y así se extiende de unos a otros hasta llegar a la guerra. Si queremos cambiar debemos empezar por no juzgar. La sabiduría ética la tenemos desde milenios. La acción es la que no hemos realizado. Puede parecer esto utópico en un mundo en el que reina la injusticia por doquier. Incluso puede parecer frívolo. Más, hay que tener en cuenta una cosa, el mundo que tenemos es producto del miedo y el juicio. Nunca hemos probado, pero podemos, intentar construir un mundo desde la ausencia de juicios, desde la ausencia del miedo al otro. El miedo al otro es una construcción. Mientras que exista el miedo dentro de nosotros existirá la barbarie porque culpabilizaremos siempre al otro de nuestros males y nuestros miedos y, nunca, nos haremos responsables y libres de nuestros actos, de nuestro verdadero poder. Tenemos dos salidas, mejor una. La primera es la que hemos seguido hasta ahora y nos lleva a la autoaniquilación. La otra está por probar. Pero requiere de volverse hacia sí mismo.

“¿Qué es mejor ser feliz o intentar llevar la razón a toda costa?” Eso sí, sabiendo que es imposible llevar siempre la razón, ni casi siempre, a veces incluso casi nunca, pero si no llevamos la razón deja nuestra vida de tener sentido. Pues entonces algo anda mal en nuestro sistema de ideas que nos produce ese desasosiego y ese intento de autoafirmación.

“Se necesita haber aprendido mucho para llegar a entender que todas las cosas, acontecimientos, encuentros y circunstancias son provechosos.”” UCM Manual para el maestro. Capítulo 4

La sabiduría no reside en el conocimiento. El conocimiento es un escalón hacia la sabiduría. Ésta se relaciona con la comprensión global de todo lo que es. Con la mirada del águila, desde arriba y con perspectiva. Una mirada que, a la par, se implica en lo observado. Y entonces es cuando nos damos cuenta de que no hay casualidad. Que todo lo que sucede tiene un orden, un sentido interno. Que no hay nada baladí. Y, en el fondo, todo lo que ocurre sucede en nuestro camino de aprendizaje. Todo encuentro, toda circunstancia es algo que nos puede enseñar. De tal modo que, por muy negativo que lo veamos, siempre hay un para qué último que nos enriquece. De lo contrario ese acontecimiento nos aniquilaría. Pero eso supondría no haber aprendido la lección, lo mismo que rebelarnos contra él. Contra la fuerza de lo que es no queda más que fluir. La aceptación. Y la aceptación es un soltar aquello a lo que estamos apegado, aquello a lo que nuestros deseos nos unen para fortificar nuestro ego. La aceptación necesita del desapego. Entonces estaremos en la situación del agradecimiento ante todo lo que nos ocurre, todo, en definitiva, nos ha sido provechoso. Pero, lógicamente, para llegar a esto se necesita haber aprendido mucho, pero no en el sentido normal de aprender, sino en el sentido ampliado de sentir.

“Pongo la paz de Dios en tus manos y en tu corazón para que la conserves y la compartas. El corazón la puede conservar debido a su pureza y las manos la pueden ofrecer debido a su fuerza. No podemos perder.” UCDM Cap. 5.

La paz reside en nuestro corazón que es el sentir y en nuestras manos, que es el hacer. Y, además, el sentir y el hacer tienen que ir coordinados, tienen que ser coherentes y consecuentes. El corazón alberga la paz porque simbólicamente es el lugar del amor, pero no del amor romántico, ni del arrebato amoroso de Eros, sino del amor incondicional. El único que garantiza la paz. El amor incondicional es el que tiene que pasar a nuestras manos y pasa en forma de perdón. Y éste consiste en no juzgar. Todo juicio es un ataque, es un engaño y lo único que nos produce es sufrimiento. Y todo esto sólo lo podemos ver con un profundo cambio de mentalidad en el que el ego pase a ocupar un lugar secundario y no principal como hasta ahora.

Por otro lado, la paz se conserva y se comparte amplificándose sino se juzga. Perdemos la paz en el momento en el que empezamos a juzgar y a juzgarnos. En el momento en el que empezamos a comparar. Y no vale decir que es que eso nos viene de la sociedad, eso ya es culpabilizar y juzgar. Sí, cierto, pero la sociedad la componemos nosotros y no cambiará mientras no se produzca un cambio en nuestro interior. Estos cambios nos parecen imposibles porque para percibirlos hay que cambiar de mentalidad, de paradigma, como se dice ahora tanto sin saber muy bien lo que se quiere decir. Hay que aprender a pensar de otra manera. O, mejor, hay que pensar con todo el cerebro. La fuerza de las manos es la intención, la voluntad, el querer. Se trata de desear la paz y actuar desde ella, no de discursear sobre la paz. Eso no es más que un enredo de egos o de intereses, como se le quiera llamar. Tenemos la posibilidad, se nos ofrece la posibilidad de este cambio desde hace siglos. Sólo tenemos que convencernos y querer y hay que pensar, que “lo mismo es dentro que fuera”, arreglemos nuestra casa y el mundo se arreglará. Cada uno tiene su forma de acción en el lugar que le ha correspondido. Sólo tiene que extender la paz que no es más y nada menos que un discurso de no agresión, no atacar o no juzgar. Y, por último, realmente no hay nada que perder, porque sin ego, qué se puede perder.

“El único pensamiento completamente verdadero que se puede tener acerca del pasado es que no está aquí.” UCDM. Libro de Texto.

Nuestros males o sufrimientos vienen de nuestra propia ignorancia, del engaño y autoengaño. Creemos ciegamente en el pasado, como en el futuro, cuando la única certeza que sobre ellos tenemos es que, literalmente, no existen. No están aquí. Por eso desesperamos de uno y de otro, o bien tenemos esperanza, o bien tenemos miedo. Pero, en la medida en la que vivimos en el pasado, o en el futuro, no vivimos, literalmente hablando. Y no lo hacemos porque ni el pasado ni el futuro están aquí. La gran liberación consiste en el conocimiento y la comprensión de que el pasado no está aquí. No pueden afectarnos. En definitiva, nada externo puede afectarnos. Eso sí, lo que nos afecta es la idea que nos hacemos de algo externo que, por otro lado, ni si quiera es externo, porque no está. Vivimos proyectados hacia el mundo de las apariencias: o bien hacia el pasado, o bien hacia el futuro; y así transcurre nuestra existencia en un sin vivir. Porque vivir es el estar aquí, que es lo único que hay y de lo único que tenemos certeza. El presente en tanto que eternidad. Sólo hay Ser, el resto es apariencia y engaño. Descorrer este velo de Maya es el despertar de la consciencia. Pero, para ello, necesitamos destruir la ficción del tiempo. La vida es creación continua, es emergencia de novedades, es espontaneidad. Pensar según el esquema del tiempo es cercenar este surtidor de creatividad. Por eso se dice aquello de que no entrarás en el reino de los cielos hasta que no te conviertas en uno de ellos (refiriéndose a los niños.) Estos representan la inocencia, que solo es posible en  la ausencia de tiempo. Pero, cuidado, no se trata de ser niños, sino de volver a ser niños. Es una transformación que requiere el paso por la vida adulta. Sólo recuperaremos la inocencia desde el engaño en el que vivimos. Y, de esta manera, sin la conciencia del tiempo, desaparece el miedo y el peso abrumador de la culpa y podemos caminar alegremente creando nuestra existencia desde una consciencia plena.

“No dejemos que las creencias del mundo nos digan que lo que Dios quiere que hagamos es imposible. En lugar de ello, trataremos de reconocer que solo aquello que Dios quiere que hagamos es posible.” UCDM Libro de ejercicios.

En primer lugar, para los no creyentes y los ateos, traduzcamos la palabra Dios. La podemos entender como el universo, la razón universal, la ley universal del cosmos, el Logos. Simplemente: el universo o la naturaleza. Bien, pues lo que se nos dice aquí es bien evidente y tiene que ver directamente con nuestra felicidad a la que algunos llaman salvación. La cuestión es que nosotros somos creencias e ideas, emociones y acciones. Pues bien, la enfermedad es la falta de armonía entre esas tres cosas que forman un todo, pero que pueden aparecer desajustadas. La cosa es que cuando pensamos según lo que se nos dicta, según el conjunto de creencias establecidas, vamos contra la naturaleza. Pero ir contra la naturaleza es ir contra nuestro propio ser, puesto que nosotros somos naturaleza. De tal forma que ese conjunto de creencias nos impulsa a creer que lo que realmente es, simplemente, es imposible. Lo cual es una locura y un delirio. Y aquí reside el error, el engaño y las apariencias. Porque son precisamente nuestras creencias las que son ilusorias. Por ejemplo, una creencia muy arraigada es la de la competitividad. Es decir, que llegamos a ser a base de la competición con los demás. Nada más allá de nuestra propia realidad: tanto biológica como cultural. Somos seres que nos construimos en colaboración. Ahora bien, el poder de las creencias no se queda en el mero creer, en la mera teoría. Si no que toda creencia produce un sentimiento y éste una acción, como le gustaba decir a Unamuno. Si nosotros tenemos esta creencia, resulta que estamos en guerra contra el mundo y nuestra acción fundamental es la de juzgar. Y de todo ello se deriva que estamos introduciendo la guerra en el mundo, un granito de arena, porque somos poca cosa la inmensa mayoría, pero a nuestro alrededor se notará. De nuestros actos no emana la paz, sino la guerra, el odio, la envidia, la división. Lo que es, y lo que el mundo, el sistema de creencia nos dice que es ilusorio, es que somos uno y que somos, en tanto que nos construimos en colaboración. Y, si ésta es nuestra idea, nuestros sentimientos no son de odio, sino de amor (siempre entendiendo éste como incondicional y agradecimiento) y, de este estado emocional surge la paz. Y así, sin pretensión megalómana, de pretender cambiar el mundo y denunciar las tremendas injusticias que hay en él y lo mal que está todo y de refugiarnos en ese pensamiento negativo, por mucha base que tenga, que también habría que ver, porque pensamos y juzgamos según se nos informa, porque bastaría cambiar el contenido de los medios de comunicación para que, automáticamente, cambiase nuestra forma de ver el mundo. A alguien le interesará que la idea que se transmita continuamente sea la del odio y la violencia. Pues decía que cambiando esta idea, o falsa creencia, aportaríamos la paz a nuestro alrededor: familia, conocidos, amigos. Y esto es lo que nos produce el contento porque es la ley de la naturaleza. La naturaleza es armonía, en el momento en el que nuestra mente está en armonía con la ley del universo tenemos armonía y paz y la transmitimos. Porque, fundamentalmente, esa armonía se expresa en no juzgar, lo que se llama el perdón, pero que la religión ha desvirtuado tanto. Porque ha relacionado el perdón con el sacrificio, cuando, realmente, el perdón, no es más que gratitud ante el otro. El otro no puede dañarte, sólo enseñarte. Claro, rápidamente se me dirá que qué pasa con los grandes genocidas y criminales de la historia. Es muy fácil, ninguno de ellos hubiese existido si nosotros no lo hubiésemos permitido. Es decir, nos creímos sus consignas, caímos en el juego del juicio, nos creímos ser poseedores de la verdad. Por tanto introdujimos la guerra en el mundo, la tremenda injusticia. Si nadie juzgase, simplemente no habría injusticia en el mundo. Puede parecer utópico, pero lo contrario es el camino de la guerra interior: nuestro dolor y sufrimiento y la exterior: el exterminio del hombre, no de la naturaleza, como se piensa, la naturaleza siempre sobrevive, con o sin humanos. Es necesario un cambio de mentalidad que, implica, un cambio de forma de ser radical. Pero sólo nos basta con la intención, con el querer, con la voluntad. Y para que se pueda dar esto es necesario que tengamos confianza en nosotros mismos. Nadie de fuera nos puede dañar, pero nadie de fuera nos puede salvar. No podemos renunciar ni a nuestra libertad, ni a nuestra responsabilidad. Eso sí, no se relacione nunca la responsabilidad con la culpa. La culpabilidad es otra falsa creencia que en otro momento trataremos.

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“A medida que el perdón permita que el amor retorne a mi conciencia, veré un mundo de paz, seguridad y dicha.” UCDM. Libro de ejercicios.

El perdón impide el amor. Es decir, nuestra paz. Nada externo puede arreglar lo que no funciona internamente, porque nada externo existe tal cual lo pensamos. Todo es una interpretación. Luego los problemas han de ser resueltos, si queremos ir a sus causas, en el interior. El perdón es admitir al otro, como otro, no como yo me lo represento. El perdón se hace presente en la medida en la que dejo de juzgar. Y si dejo de juzgar, dejo de atacar y de atacarme. Porque todo juicio, en definitiva, se vuelve contra uno mismo. Y en la medida en la que suspendemos el juicio (cosa que ya decían también los escépticos griegos) entonces la culpa (tanto el sentimiento como la culpabilización del otro) desaparecen y en su lugar aparece el amor. Amor en tanto que armonía, en tanto que unidad. No se confunda éste con el mensaje de la psicología positivista, ni con el romanticismo. Nos referimos al nivel de nuestro Ser, al nivel ontológico. En el amor somos unidad, en el odio (donde no hay perdón) nuestro ser está separado del otro y nuestro estado es el de la ira, el rencor, la envidia, el orgullo, el resentimiento…Cuando no perdonamos, sino que culpabilizamos de nuestro mal al otro (la representación que me hago de él) abrimos una brecha entre nosotros y el mundo. Al perdonar dejamos ser al otro y nos llenamos de paz interior, calma y contento: alegría de vivir.

“Es tan cierto que aquellos que abriguen resentimientos sentirán culpabilidad, como que los que perdonan hallarán la paz.” UCDM

Ésta es la clave de la paz y la serenidad interior. El que tiene resentimientos está en guerra, mientras que el que perdona está en paz. Odio y guerra están unidos y marcan la escisión y el sufrimiento. Perdonar, no juzgar y amar están también unidos y nos llevan a la paz y la serenidad. Y es en esto en lo que consiste la felicidad. En un estado pleno de Ser al que llegamos por medio del perdón, es decir, de no emitir juicios. Siempre que emitimos un juicio estamos efectuando una comparación y esa comparación es ilusoria y ficticia, porque lo que hacemos es comparar la imagen que tenemos del otro con la imagen que tenemos de nosotros. Ambas son ilusorias y, curiosamente, en el momento en el que dejamos de emitir juicios se hacen transparentes porque no hay nada que ocultar y nos reconocemos en el otro en tanto que unidad. Por eso el conocimiento es sanación, porque es la ignorancia de lo universal que hay en el otro igual que en mí y a lo que llego a través del no juzgar, lo que me impide ver que el otro es otro como yo. Reconocerme en el otro y, más aún, agradecer su existencia, que sería ya el amor incondicional, es la felicidad, la plenitud, el júbilo, el estar ahí y el presente. Porque si no juzgamos, si perdonamos, ocurre también otra cosa, que salimos del tiempo, porque no tenemos nada que esperar. Se nos ha dado todo y nos damos cuenta de nuestra plenitud, porque todo sentimiento de carencia es también una ficción, una construcción del pasado en la que vivimos instalados. Si nos aceptamos o nos perdonamos a nosotros mismos recuperamos nuestra unidad y nos daremos cuenta de que no carecemos de nada. Que somos todo lo que hay que ser. Porque somos Ser.

“Tú, que formas parte de Dios, no te sientes a gusto salvo en su paz. Si la paz es eterna solo te puedes sentir a gusto en la eternidad.” UCDM Libro de texto.

Aquí tenemos una declaración panteísta en toda regla. Cada uno de nosotros y de todo lo que hay forma parte de dios o de la naturaleza. Ahora bien, lo propio de dios o la naturaleza es la paz, la armonía. Es, como decía Heráclito, la lucha de los opuestos o armonía de los contrarios. El requisito de la paz es el de la armonía, para que haya armonía tiene que haber diferencia, pero no contradicción. La contradicción es excluyente y es la guerra. A su vez, si dios es la paz, la paz es eterna, el universo lo es. La concepción lineal del tiempo es una ficción psicológica. El universo, simplemente, Es, y eso es la eternidad. Si mi ser anhela la paz, pues, de la misma manera anhela la eternidad. Esa es la consciencia plena, la de ser uno con lo que es, sin contradicción, pero sin eliminar la diferencia que es la que nos da la consciencia de la paz. Pero ese estado de paz depende de mi juicio, no puedo participar de la paz y, por ello, de la eternidad, a menos que abandone el juicio. Porque juzgar es dividir. Es abrir una frontera, es levantar el muro del ego frente a los demás y al mundo. En definitiva todo depende de una actitud y, en último término, de una decisión. Lo que sucede es que en esta disyuntiva se elige entre las apariencias: el juicio, el sufrimiento, el dolor, la enfermedad o, la realidad: la armonía, la paz y la eternidad. Parecido a como sugerían los estoicos. Sólo podemos ser, o sabios o necios.

“Desde tu ego no puedes hacer nada para salvarte o para salvar a otros, pero desde tu espíritu puedes hacer cualquier cosa para salvar a otros o salvarte a ti mismo. La humildad es una lección para el ego, no para el espíritu.” UCDM Libro de texto.

El ego es una construcción, una coraza que protege nuestra sombra o nuestra herida. Nada puede salir de él. A través del ego todo viaje hacia el otro es un viaje hacia sí mismo. Nos engañamos cuando pensamos que a través de nuestro ego podemos acceder al otro. Todo lo contrario, el ego es el mecanismo que hemos encontrado y fabricado para protegernos del otro. Porque nuestra relación con el otro se basa en el miedo. Y el miedo engendra la escisión y el ego es el muro de esa escisión, el que asegura la ruptura. Mientras cultivemos el ego por el miedo no podremos salir de él. Y el miedo se expresa en juicios. Sólo cuando dejamos de juzgar, dejamos de temer al otro y, es en ese momento, cuando las barreras del ego se derrumban y aparece el espíritu. Y éste es lo que nos hace común a todos. De tal forma que es el espíritu el que me permite acceder al otro, pero sin el miedo, sin juicio. Con el perdón, que no es más que el reconocimiento de nuestro error y nuestra igualdad. Error que desaparece con el conocimiento que tomamos de él. De ahí que desaparezca también la culpabilidad y aparezca la responsabilidad. La primera es destructiva y se funda en el miedo, la segunda es constructiva y se funda en la fraternidad.

“¿Qué no ibas a poder aceptar si supieses que todo cuanto sucede, todo acontecimiento, pasado, presente y por venir es amorosamente planeado por Aquel cuyo único propósito es tu bien.” UCDM Libro de ejercicios.

Si conocemos y aceptamos la armonía del cosmos todo puede ser aceptado. Y aceptar no es resignación. Sino asumir el Ser. La resignación es un soportar lo que es, pero que no soportamos ni queremos que sea. Por eso la resignación nos corroe y puede llevarnos al rencor y hasta al resentimiento. Aceptamos el Ser porque lo amamos. Porque estamos agradecidos a lo que es. Y, porque el que no juzga sabe que todo lo que ocurre obedece a la armonía del cosmos en la cual no hay intencionalidad de mal. Todo mal, no es más que el producto de nuestro ego que juzga o se juzga en el otro. Porque el otro es nuestro espejo y, cuando juzgamos, nos juzgamos a nosotros mismos y nos vemos en el otro deformados. Por eso no soportamos al otro, porque nos dice quiénes somos. Desde la perspectiva del Ser, de la eternidad, no existe la posibilidad del juicio y, por ello, sólo nos queda la aceptación. Por eso no hay más salida. No existen dos alternativas porque sólo existe una realidad. La infelicidad, la culpabilización, el dolor y el sufrimiento no son más que el camino del error, del No Ser. Seguir este camino, que es el que solemos transitar, simplemente, es una locura.

Cuando se vive en el no juicio, se vive en la espontaneidad. Porque al no juzgar se disuelve la ilusión del tiempo y entonces ocurre el “milagro” vivimos en el presente, actuamos desde la espontaneidad, desaparece el peso del deber y la carga de la moral, nos volvemos niños o artistas y creamos el mundo en cada uno de nuestros actos. Esto es el fluir y la no resistencia. Cuando no aceptamos, literalmente, somos arrastrados por la corriente del Ser, porque éste Es inevitablemente y, entonces, el dolor se hace manifiesto. El no aceptar es una falta de perspectiva, es egoísmo, es mirar desde mi perspectiva a lo universal, cuando la mirada es al contrario, desde lo universal hacia nosotros mismos. Porque únicamente desde lo universal nos podemos entender en nuestra verdadera magnitud.

“Nada que se desee completamente puede ser difícil.” UCDM Libro de texto.

Una sentencia absolutamente contundente y desconcertante porque no estamos acostumbrados a pensar de esta manera. Resulta que solemos pensar, fundamentalmente, desde la sintaxis, y desde el tiempo lineal. El lenguaje moldea nuestro ser y nuestra percepción del mundo. No podemos salir del lenguaje y, por ello, no podemos salir de la percepción que del mundo tenemos. Pero esta percepción es una representación que subyace en el lenguaje. Éste es, a la vez, la posibilidad inmensa de la comunicación y el conocimiento humano, pero, a su vez, es el límite del conocimiento, de la percepción y de la posibilidad de trascendernos. Y esto lo saben muy bien el artista y el místico. Para ambos, lo que hacen está dentro de lo inefable, de lo que no se dice, sino que solo se puede mostrar. El lenguaje es el vehículo del conocimiento, pero del conocimiento lógico y empírico. Es decir, del conocimiento que divide el mundo y al hombre. Es intrínsecamente dual. Por eso la frase de más arriba es tremendamente fácil e inocente, pero, a la vez, nos resulta increíble y paradójica. Porque no somos capaces de pensar más allá de ella. En definitiva, no somos capaces de no pensar. Cuando realmente, para entender esta frase, nos es necesario no pensar desde el lenguaje, sino desde la intuición, la creatividad… o como lo queramos llamar.

Todo lo que se desea, de forma completa, es decir, sin duda, que se siente y se asume como algo ya real, no es difícil obtener, en realidad ya se tiene. Es lo que se nos quiere decir con la fe. Y sé que cuando utilizo este término el lector puede salir “espantado” huyendo de la superstición. Pero no me refiero a lo que nos han hecho entender por fe en nuestra educación occidental cristiana. Más que fe, era una obligación de creer en la superstición y doblegar nuestro espíritu crítico y disidente. La fe a la que me refiero es a la confianza que tenemos por ejemplo en alguien al que queremos y, ni si quiera nos asoma la duda de su veracidad. La duda no aparece, se le cree y punto. Sus palabras son realidad, construyen nuestra realidad o es una realidad de la que participamos. Por eso no hay dificultad en entenderlo, porque lo que nos dice, lo que nos cuenta lo intuimos y lo vivenciamos de manera inmediata. Y, por eso, en los evangelios, nunca Jesús habla de que haya curado a nadie, eso lo dirán después los que hacen propaganda de él. Jesús siempre dice: “Tu fe te ha curado” Hay que entender aquí que la curación a la que se está refiriendo Jesús es eminentemente espiritual, que, lógicamente tiene un reflejo físico, pues claro, pero eso es lo de menos para la fe y para lo que nos quiere mostrar. La confianza en el mensaje que transmite Jesús, u otro cualquiera, es lo que hace que alguien sane, pero sana porque se convierte a la verdad. Es decir, comprende, asume y vivencia la no dualidad, la Unidad. Y, desde ahí, emprende su curación. Por eso, desear algo completamente es tener fe. Y el deseo de algo completamente es verlo realizado. Por eso, el sentimiento de la fe, o del deseo completo, va acompañado de la gratitud. Es decir, cuando deseamos algo agradecemos que ese algo se nos presente. Y, el agradecimiento, como hemos comentado ya, es amor incondicional. Cuando se desea algo no se pide con la intención de recibir y dar algo a cambio. Ese es el dualismo en el que se nos ha educado a través del cristianismo. Esa es, también, la idea de sacrificio. Si quieres algo, te tienes que sacrificar…y así nos tienen dominados. El desear algo completamente es el tenerlo ya de alguna manera. Y, en tanto que lo tienes, ya estás agradecido. Y esto no implica que no te “esfuerces por obtenerlo” pero el esfuerzo, ya no es un sacrificio, sino que es algo que surge espontáneamente de tu Ser. Es creación, como le pasa al científico, o al artista. Su deseo se hace realidad tras un largo camino de esfuerzo, pero ese camino de esfuerzo es inmensamente placentero y lleno de agradecimiento. Y, en el propio camino le viene dado ya lo deseado. En ese sentido nuestras vidas son una obra de arte siempre y que, en cada momento, nos creamos. Si nos repetimos, si nos sumergimos en la rutina y la costumbre, en el hábito, estamos muertos. Somos robots sin deseos, ni intuición. Replicantes, no más. Desear completamente es crear tu vida en cada instante; porque, por otro lado, el instante, el aquí y el ahora, es lo único que existe, por ello es donde debemos estar centrados. En el momento en el que nos salimos de ahí, empieza la angustia, el miedo, la tristeza y entonces nuestros deseos ya no son completos, sino limitados.

“…el ahora es lo que más se aproxima a la eternidad en este mundo. En la realidad del “ahora” sin pasado mi futuro, es donde se puede empezar a apreciar lo que es la eternidad.” UCDM Libro de texto.

Éste es el camino de la sabiduría. La concepción de que el tiempo no existe, que lo único real en este mundo es el ahora y que el ahora es un reflejo, digámoslo así, de la eternidad. Dos son los caminos de la liberación y el despertar que hay que recorrer y que se unen. Uno es el de la sabiduría y otro es el de la compasión. La sabiduría nos hace ver que no existe el presente, ni el futuro, que, en realidad, la base de la idea de presente y futuro es la existencia del ego. Es una construcción de nuestro ego que permite que éste se alimente. Sin el tiempo no es posible el ego. Porque existe siempre proyectado en el pasado en forma de culpa, nostalgia, resentimiento,… o en el futuro en forma de miedo, angustia, odio. Estas emociones instaladas en el tiempo son las que alimentan al ego. De modo que el camino de la sabiduría es el de la eliminación de este ego. Y, para ello debemos instalarnos en el ahora. Y, en el ahora, no hay ni miedo, ni angustia, ni culpa, ni vergüenza, simplemente, se está. Pero, al desaparecer estas emociones, en realidad lo que está desapareciendo es el ego. En el ahora, que al ser absolutamente efímero, está fuera del tiempo, no hay ego. Y, donde no hay ego, lo que hay es vacuidad. La vacuidad es el vacío, pero no la Nada. Es la posibilidad de Ser, pero fuera del tiempo, es pura creatividad y potencialidad. Nuestra percepción, para alcanzar la sabiduría debe encaminarse a sentir que todo momento es el ahora, por tanto la ausencia de ego y de tiempo. Y, en ese ahora permanente, en tanto que no hay ni ego, ni tiempo, no es posible el apego. Y donde no hay apego no puede haber esas emociones de: culpa, vergüenza, tristeza, miedo y ansiedad. Sólo cabe la alegría de ser. Y esto es la libertad.

Por eso con razón dice Krishnamurti que “la compasión es la libertad”. Porque la compasión, el amor incondicional, va unido a la sabiduría. Sólo es posible la compasión si no hay apegos. Y, donde no hay apegos, reina la libertad, la incondicionalidad.

“Cuando dije: “estoy siempre con vosotros”, lo dije en un sentido muy literal: Jamás me aparto de nadie en ninguna situación. Y puesto que estoy siempre contigo, tú eres el camino la verdad y la vida.” UCDM. Libro de texto.

Qué puede significar esta literalidad. Porque en definitiva todo es una forma de mostrarnos el camino que necesariamente tenemos que recorrer solos. Cuando Jesús, supuesto Hijo de Dios, nos dice que siempre está con nosotros a lo que se está refiriendo es a que su naturaleza divina está con nosotros porque, en realidad es nosotros. Si partimos del axioma, del principio, de que somos Uno, pues resulta que esa diferencia no es real es fruto del camino de la escisión, camino necesario de autoconocimiento. Si no hay una escisión, una dualidad no hay autoconocimiento. Dios, el universo, la consciencia se escinde en un proceso de autoconocimiento. Es decir, tenemos una naturaleza divina irrenunciable. Somos, de alguna manera, impecables. El problema es nuestra escisión, nuestro olvido de nosotros mismos. Por eso ya nos lo decía Píndaro: “Llega a ser el que eres”. Dentro de nosotros encontramos nuestra perfectibilidad. O, el mismo Sócrates con su famoso “Conócete a ti mismo”. Ése es el secreto, no otro. Si me conozco, inmediatamente, me sano. Eso no tiene tiempo, ahora bien, hay que conocerse. Y no se conoce uno en un ejercicio retórico, ni si quiera por la reflexión, que es el inicio del camino, pero insuficiente, sino por la vía del sentir. Si no sentimos lo que realmente somos nos estamos engañando. Y el engaño es no reconocernos, no ver la divinidad que habita en nosotros. Por eso también lo decía Agustín de Hipona: “La verdad habita dentro de ti” como buen seguidor de Sócrates que era. Y, claro, nuestra divinidad es la luz, el conocimiento que llevamos dentro. Y no me refiero al conocimiento formal y científico, por muy maravilloso que sea, me refiero al conocimiento sapiencial. A aquel que es experienciable, pero no empírico. Aquel que es vivido y mostrado, pero no demostrado, aquel que es inefable y trasciende el lenguaje, porque el lenguaje es insuficiente. Y, por eso, cada uno de nosotros somos el camino, la luz y la vida. Y esto tiene, a su vez, dos enseñanzas. Primero es que uno debe ser libre y tener su propio poder. Cada cual es su propio maestro. Tiene que aprender a escuchar a su voz interior. Y, en segundo lugar, esa voz interior no se equivoca, si es la del sentir, no la del mero pensar. Seguir nuestra divinidad interior, nuestro Ser escondido, el llegar a ser lo que eres, es nuestro único camino. Y es el camino de regreso al hogar, pero enriquecido por ese viaje. Lo Uno vuelve a la Unidad desde la diferencia. No nos podemos saltar este proceso. Por eso tiene dos sentidos el de escisión, que es el “aprender” y el de vuelta, que es el desaprender.

“El único aspecto del tiempo que es eterno es el ahora.” UCDM Libro de texto.

En realidad la eternidad es la salida del tiempo. Nos movemos en una concepción psicológica del tiempo que es la lineal, esto es estrictamente cultural, es fruto de nuestra tradición judeocristiana que se extendió por todo el mundo. Pero no era la concepción normal en otras culturas. Generalmente la concepción del tiempo era cíclica. Pero, claro, la concepción cíclica implica la eternidad de cada instante. Lo que ocurre en cada instante, en el Ahora, ha ocurrido siempre, infinitas veces y lo seguirá haciendo. En verdad, con esta concepción del tiempo, nos salimos del engaño o la apariencia del tiempo que al único que alimenta es al ego. Puesto que el ego tiene que alimentarse de las emociones de miedo, angustia tristeza,…y todas estas existen en la medida en la que nos proyectamos en el tiempo. Pero si lo único real del tiempo es el Ahora, es decir, la eternidad, el no tiempo, no hay posibilidad del ego. No hay lugar para el miedo, la tristeza y la ansiedad. Sólo para la única emoción real, la alegría de vivir, del presente, del Estar, del Ser. Ese pensamiento es el único adecuado y el que nos conecta con nuestra Realidad, con el Ser que somos y lo hace desde la eternidad, desde el Ahora o la ausencia de tiempo. La única alternativa que nos queda para salir de esta cadena infernal del tiempo es instalarse en el Ahora. Cada momento es el Ahora y uno se deja fluir en ese momento, sin mostrar resistencia, siendo, estando, sin apego. Y, donde no hay apego, no hay proyección. Sólo un eterno presente.

“Cuídate de la tentación de percibirte a ti mismo como que se te está tratando injustamente.” UCDM Libro de texto.

Lo que generalmente hacemos es considerar, cuando nos encontramos mal, que se nos está tratando injustamente. Lo que hacemos es juzgar al otro como culpable de nuestro mal. Hay que evitar esa tentación y esa acción. En la medida que juzgamos y proyectamos en el otro nuestro mal, nunca lo resolveremos. Porque nunca lo veremos. El otro es el espejo en el que nos podemos ver, pero si lo nublamos con nuestros juicios perdemos la oportunidad de ver quiénes somos. Lo primero es no juzgar, solo observar nuestras emociones y analizar para qué están ahí, qué nos quieren decir. Si, inmediatamente que nos aparece una emoción negativa, la vertemos en el otro perdemos la oportunidad de la enseñanza que guarda para nosotros esa emoción y caemos en un círculo vicioso del que difícilmente podremos salir. La única manera de cortar ese círculo es no juzgar y no culpabilizar. Conocerse a sí mismo, ser lo suficientemente valiente de aguantar la emoción, de hacernos cargo de ella. De ser libres y autónomos y, por ello, responsables de esa emoción, que no culpables. Tampoco nos podemos juzgar a nosotros mismos, porque si lo hacemos estamos en las mismas. Es nuestro ego el que actúa. Sin juicio el ego queda desarmado. Por eso tampoco podemos juzgarnos y, si no lo hacemos, no nos culpabilizamos. La culpa es una forma de domesticación, de hacernos esclavos, un invento del poder que el ego reproduce. Hay que desprogramarse de la culpa que lo único que hace es impedir la acción y hacerse responsables para ser creadores de nuestra propia existencia. Nunca es el otro el que comete una injusticia contra mí, soy yo el que pongo todos los medios para que ello ocurra y, para que, al final, mi percepción del otro sea la del culpable. Pero, basta con un cambio en nuestro juicio para darnos cuenta cómo cambia nuestra percepción del otro. Insisto, esto entra dentro de lo inefable, de lo vivenciable. Las palabras sobran. Sólo hay que hacerlo y poner toda la confianza en ello.

 “El ego no es más que la idea de que es posible que al Hijo de Dios le puedan suceder cosas en contra de su voluntad.” UCDM Libro de texto.

Una sentencia contundente y sin reverso. Bueno, en realidad, como todo el texto que se basa en unas lógica implacable y una determinación inflexible. Estas características pueden en un principio, junto con otras, echar para atrás, pero son absolutamente necesarias si de lo que se trata es de desaprender todo el conjunto de creencias adquiridas que llevamos incorporadas y que nos limitan. ¿Qué es el ego? Pues nos viene a decir que es el pensamiento, poderosísimo, por otro lado, de que nos pueden pasar cosas en contra de nuestra voluntad. Efectivamente, por eso el ego se alimenta del miedo. Es el miedo lo que hace que el ego crezca. Temer al futuro es lo propio del ego, pero el futuro no es real. Ya hemos visto que lo real del tiempo es lo eterno y es el Ahora. En esta medida, todo lo que sea miedo es apariencia. Por qué menciona Hijo de Dios. Pues bien, podemos leer el texto como queramos. Creo que el texto está escrito para occidentales y en un lenguaje teológico-salvífico para occidentales. Y por eso se utiliza la revelación cristiana, los evangelios y la teología revelada del cristianismo. Aunque, por supuesto, excede en mucho la dogmática de la iglesia. Por ello recomiendo que cada cual haga su lectura: o literal o simbólica. Pues bien, cuando se dice Hijo de Dios lo podemos interpretar como un elemento inseparable y Uno con la Totalidad. Pues bien, en la medida que somos universo y el universo está en nosotros, nada puede sucedernos en contra de nuestra voluntad. Ahora bien, siempre que entendamos esa voluntad por la voluntad de nuestro Ser, no la del ego. Y esto es muy sencillo de diferenciar. Nuestra voluntad está en sintonía con el universo, siempre y cuando veamos todo desde la eternidad. Cuando nos instalamos en el Ahora que impide y elimina la presencia del ego. O cuando seamos capaz de sentir el “Yo soy eso” de Sankara y el hinduismo advaita. Ahora bien, cuando estamos instalados en el tiempo, pues sentimos, básicamente, miedo, tristeza y angustia. Entonces no estamos hablando de nuestro Ser, sino de ese engaño que es el ego. Y éste sí puede sufrir daño, en realidad es él quien se lo infringe, porque todo es una creación suya. En nuestro Ser somos impecables, en el ego somos vulnerables. Y esto es un estado mental, una forma de estar en el mundo. Por eso, cuando estamos instalado en el Ser, en conexión con el universo, pues sólo es posible que nuestra voluntad coincida con el ahora. Y de ahí que nada pueda suceder en contra de esa voluntad, porque en realidad nada sucede, todo es. Por tanto, nunca nos pueden suceder cosas en contra de nuestra voluntad si ésta es la verdadera voluntad, la que escapa del miedo, la tristeza y la angustia. A algunos le parecerá esta comparación un tanto forzada, pero esto es similar al pensamiento de Spinoza cuando habla de situarse en una visión del mundo desde la Especie de la eternidad, desde la mirada de Dios. Y entonces es cuando alcanzamos el amor intelectual de Dios. Otra forma de decir la impecabilidad o invulnerabilidad, o, más prosaicamente, como decían los estoicos, la apatía o la serenidad del alma.

“Es difícil entender lo que realmente quiere decir “El Reino de los Cielos está dentro de ti…La palabra “adentro” es innecesaria. Tú eres el Reino de los Cielos. UCDM Libro de texto.

¿Qué se nos quiere decir que el reino de los cielos habita en nosotros? O, lo que es lo mismo, hasta que no volváis a ser como uno de estos (los niños) no entraréis en el reino de los cielos. Los evangelios los podemos entender como una gran metáfora. Como un libro sapiencial, no literal. No se trata de discutir aquí si es lo uno o lo otro, que cada cual lo tome como le venga bien, mientras no intente imponerlo a nadie. La sabiduría que albergan supera a cualquier interpretación. Pero como libro sapiencial nos indica el camino del conocimiento que es el mismo que el camino de la sanación, espiritual o la iluminación. El despertar, en definitiva. Cuando se nos dice que el reino de los cielos habita en nosotros lo que se nos está diciendo es que todo lo que significa el reino de los cielos: la eternidad, la paz, el perdón, la ausencia de juicio, el amor incondicional, el agradecimiento, están en nuestro interior. Pero lo que ha ocurrido es que, tanto históricamente, como biográficamente, hemos ido abandonando ese mundo de inocencia, de paraíso, de unidad y hemos transitado hacia la escisión y la dualidad. E, insisto, que esto es un proceso que tiene lugar a nivel histórico y biográfico. Y un proceso, además, necesario. A medida que crecemos y evolucionamos nos vamos separando de los orígenes. Y en los orígenes está la unidad, nuestro reino de los cielos. Y este es el sentido que se le puede dar al mandato o exhortación de que hasta que no seamos como un niño, el niño que todos llevamos dentro y que está herido, no entraremos en el reino de los cielos. Y esto es así, porque es ese niño, precisamente, el reino de los cielos. Volver a recuperar a ese niño interior y que sea el reino de los cielos implica sanarlo, aceptarlo. Tomar consciencia de que ese niño somos nosotros. Es nuestro espejo con las heridas que la vida ha ido infringiendo en él. Pero también hay que darse cuenta que lo que se nos dice es que tenemos que volver a recuperar ese niño interior que representa el reino de los cielos. El niño, en sí mismo, no es el reino de los cielos, porque es inconsciencia. Es necesario el camino de ida, la escisión, la dualidad, para conquistar la consciencia y la libertad, para luego volver a la unidad perdida. Pero al volver a la unidad lo hacemos desde la consciencia. Ya no somos inconsciente ni inocentes, como el niño, sino plenamente conscientes. Y esa consciencia y autonomía la hemos adquirido en el camino de la dualidad en la escisión entre el tú y el yo, entre el hombre y la naturaleza, entre hombre y mujer… Y, cuando hemos adquirido la consciencia máxima de esa dualidad, históricamente la escisión es máxima (entre el hombre y la naturaleza, entre el tú y el yo, nos hemos vuelto islas nihilistas), lo que nos lleva a que nuestra consciencia individual también está en la máxima escisión, pues entonces es el momento de volver a casa, a la unidad. Pero, como viene el hijo pródigo, con el conocimiento. Por eso al hijo pródigo se le festeja, viene, retorna a la unidad de nuestro hogar, con la consciencia de la herida, de la escisión. Su vuelta a casa no es la vuelta a la inocencia, es la vuelta al Ser autoconsciente. Y, por eso, en sentido pleno podemos decir que, no es que el reino de los cielos habite en nosotros, sino, más aún, que somos el reino de los cielos. Sólo es necesario tomar consciencia de ello. Y, en la medida que tomamos consciencia de ello, surge la gran transformación, la vuelta a casa, la consciencia plena, la ausencia de culpabilidad, el reconocimiento del otro y de la naturaleza, desde la diferencia en la Unidad, el agradecimiento absoluto, la paz perpetua o eterna o fuera de la apariencia del tiempo. Es necesario la muerte en vida para experimentar el renacimiento. En definitiva es lo que todos los místicos, orientales y occidentales, nos han dicho, así como los grandes maestros espirituales de la humanidad, como puede ser en el caso que comentamos, Jesús de Nazaret. Ser el reino de los cielos es albergar en sí mismo la auténtica realidad que somos. Y tomar consciencia de ello es nuestro renacer en la vida del espíritu, que diría Agustín de Hipona o San Juan de la Cruz.

“No le enseñes a nadie que él es lo que tú no querrías ser. Tu hermano es el espejo en el que ves reflejada la imagen que tienes de ti mismo mientras perdure la percepción.” UCDM Libro de texto.

Todo es apariencia. Todo es la caverna de Platón, la Matrix en donde estamos conectados que fabrica una realidad para nosotros. Y la forma de salir de esa ilusión es el conocimiento. Y el conocimiento nos viene del otro, pero es y debe ser autoconocimiento. El otro, aunque nos cueste creerlo, es nuestro espejo. Nos vemos reflejado en el otro, pero no somos conscientes de ello. No puede ser de otra manera porque todos tenemos la misma naturaleza, todos somos humanos, por tanto, todo lo que veamos en el otro no nos es ajeno, sino que, por el contrario, nos es muy familiar. Y nos construimos nuestra imagen a partir del otro. Y este es el grave error, porque la imagen que nos construimos de nosotros mismos es la contraposición de lo que vemos en el otro y que consideramos que con nosotros no tiene nada que ver, mientras que, en realidad, es nuestro fiel reflejo. Y, de esta manera, lo que hacemos es construir una idea falsa de nosotros mismos, una creación que nos sirve para protegernos de nosotros mismos y del otro que es el que nos enseña, el camino que nos puede servir como guía para volver a casa. Pero cerramos ese camino mediante el juicio. Juzgamos y, al juzgar, separamos el otro y la imagen que tenemos de él, de nosotros mismos. Y nos definimos a la contra. Es decir, que tenemos una imagen falseada, aparente, de nosotros mismos, que es, curiosamente, la que consideramos verdadera y la que nos guía. Es el miedo a que nadie vuelva a tocar la herida que llevamos dentro lo que nos hace construir una barrera entre el yo y el tú, siempre resulta que el yo es el bueno, fíjate por dónde. Pero esto es, simplemente absurdo, porque si todos pensamos lo mismos, todos somos los buenos, pero esto no se corresponde con nuestro pensamiento íntimo en el que consideramos que el otro es el malo y la causa de nuestros males. Pura apariencia, puro engaño y cobardía.

El otro es lo que yo no querría ser, pero que en realidad soy y, por ello, no soporto al otro. No es el otro el origen de mis males, soy yo la causa de mi desgracia. Desgracia que, por supuesto es aparente pero a la que temo. Porque el origen de todo es el miedo. Pero si yo soy capaz de reconocer en el otro mi imagen y considerar al otro mi maestro, porque ha reflejado mis vicios, pues entonces, como hacían los escépticos griegos, suspendo el juicio, dejo de juzgar. Y, aún más, muestro agradecimiento, porque es precisamente esa imagen distorsionada que tenía del otro la que me enseña cual es mi engaño. Y, una vez que hemos aprendido dónde estaba el engaño recobramos la perfección de nuestro Ser y soltamos un apego. Porque esa es otra cosa interesante, todo juicio es una forma de apego. En el momento que dejamos ese juicio nos hemos liberado de un apego. Nos acercamos más a quiénes somos realmente y debilitamos nuestro ego (el conjunto de juicios sobre el mundo y los demás que nos permiten sobrevivir, es decir, adaptaciones, pero no vivir, y de lo que se trata es de vivir.)

En última instancia de lo que se trata es de suspender la percepción porque en la percepción misma está la escisión, está el juicio. Hemos de aprender a ver con los ojos del agradecimiento y de la compasión y, entonces, el mundo se transformará. ¿Cómo ven los niños? Pues esa mirada inocente del niño es la que debemos recuperar: la ausencia de percepción que permite que el Ser se nos manifieste ante la mirada.

“Hay muchas respuestas que ya has recibido pero que todavía no has oído.” UCDM Libro de Texto.

Nos empeñamos en vivir en contra de nuestra propia naturaleza, de nuestro propio ser. Todo el conocimiento para llegar a ser lo que somos ya se nos ha ofrecido, pero hemos dejado de escucharlo. Por el contrario nos hemos dejado seducir por los cantos de sirena del progreso, de la tecnociencia, de la innovación, de la fuerza y conquista de la naturaleza,… y por el camino nos hemos ido perdiendo y hemos ido, y eso es lo peor, cortando los hilos que nos podían permitir volver a nuestro Ser. Por eso andamos perdidos, como vagabundos del Ser, sin sentido alguno, rascando con nuestra razón sólo la superficie de los problemas. Dando vueltas en círculos, sin saber dónde de verdad hemos de dirigirnos. Sin ser capaces de volver la mirada hacia el único sitio donde aún podemos encontrar el hilo de unión con nuestro verdadero Ser. Y ese sitio somos nosotros. Pero ni lo recordamos y, si lo recordamos, no nos atrevemos porque en ese lugar abundan las tinieblas. De ahí surge el miedo. Porque mirar dentro es ver la soledad, el absurdo y el teatro del mundo que representamos. Y es eso lo que tememos: el nihilismo. Por eso es necesario atreverse, es necesario ser libre para traspasar esa frontera de las apariencias a las que estamos atados y esclavizados. Pero ello no es fácil porque nuestro vínculo con la naturaleza está prácticamente roto. No escuchamos nuestro cuerpo, ni sus ritmos. Escuchamos la voz de la técnica, nos dejamos cosificar, medicalizar. Instrumentos de la razón calculadora. Toda nuestra vida está ordenada conforme a esta razón, que no es la razón del universo. Aquel Logos que descubren o desvelan los griegos, como la Unidad del Ser. “El Logos es lo común.” Y eso es lo que tenemos que escuchar. Qué es lo común que tenemos con la naturaleza. Porque somos naturaleza y nunca lo hemos dejado de ser, lo hemos olvidado en el empeño de soñar que somos como dioses cuando en realidad nuestra divinidad es nuestra naturaleza lo que debemos redescubrir. Todo esto es lo que desde nuestro nacimiento se nos ha dicho y lo que aún no hemos oído. Hay demasiado ruido y no somos capaces de permanecer un minuto en silencio, escuchando simplemente la respiración, el ritmo del cuerpo al respirar, la sintonía de la respiración con todo lo demás. Llegar, a través de la respiración, al universo y, con ello, al agradecimiento del Ser. Hemos olvidado agradecer el hecho de que somos y nos hemos girado hacia el tener. Pero el tener se esfuma en el sueño del tiempo, mientras que el Ser nos instala en lo único que poseemos, El Aquí y el Ahora. No hay nada a qué aferrarse. Todo está dicho, sólo es menester escuchar, prestar atención, pararse un momento, detenerse y mirar hacia dentro y entonces el mundo se nos desvelará y se descorrerá el velo de Maya y veremos cómo “el mundo de los despiertos es común, mientras que el mundo de los que duermen, es diferente para cada cual”.

“Lo que no es amor es siempre miedo, y nada más que miedo.” UCDM Libro de texto.

No nos lo puede decir más claro esta obra. Sólo tenemos o amor o miedo. Sólo podemos tener uno de los dos, son excluyentes. Optar por el miedo es una locura y, tarde o temprano habremos de renunciar a este camino. Pues bien, el problema es que estamos sumidos en el miedo. Es el miedo nuestro dueño, a pesar de tener la sensación de que nos divertimos, de que somos felices, de que hacemos lo que queremos, que somos libres… Todo es apariencia, todo es un tupido velo de Maya que hemos ido tejiendo a lo largo de nuestra vida para ocultar nuestro miedo. Nuestro miedo a la separación. Esa profunda herida que sufrimos en la infancia. Y no hay que irse muy lejos. A religiones sapienciales o filosofías esotéricas, ya lo tenemos en Freud, o en Jung. Nuestro anhelo de felicidad no es más que el intento de recuperar el sentimiento oceánico que teníamos en el útero materno. Bueno, hoy las cosas se han complicado un poco más y, como se nos demuestra por medio de la epigenética, pues las emociones de la madre pasan al niño e, incluso, pueden modificar su código genético. Con lo cual se produciría una marca para el resto de su vida y, por lo demás, curiosamente, heredable. Pero no vamos a entrar en esta dimensión científica, movámonos en el nivel ético-filosófico. Y, aquí, podemos señalar que esa escisión del origen, del principio, esa que da lugar a la primera piedra en la construcción del yo está acompañada ya del miedo. El miedo a lo desconocido, a lo otro. Y sobre este miedo es sobre el que se funda toda la cultura y todo el sistema de poder, así como toda forma o intento de liberación de ese poder. El ego o el yo, no es un mal en sí, es un ente necesario en nuestra propia evolución sin el cual no hubiésemos sobrevivido. Por eso es interesante la definición de Kant, de que el hombre es un ser sociablemente insociable. Lo gregario y lo solitario (egoico) va en la misma naturaleza del hombre. Sin ego nos fundimos en la muchedumbre, a causa precisamente del miedo de nuestro ego a estar solo. Pero, un ego sano se inspira en la libertad, en atreverse a caminar por sí mismo, en salir de la caverna. Un ego solitario es el que trasciende el miedo. Pero, curiosamente, cuando trasciende el miedo, se está trascendiendo a sí mismo. Porque el origen del ego, como hemos dicho, es el miedo. Es el amor incondicional a la humanidad el que hace que avance en solitario. Recuerdo aquí, precisamente, el prólogo de el “Así habló Zaratustra” él baja de las montañas a donde están los hombres por su propia abundancia de amor a la humanidad. Igual que el sol da su luz por su propia abundancia. Es lo de la gratitud. Salimos del ego por la gratitud. Zaratustra ama a los hombres y por eso abandona la soledad de las montañas y su sabiduría. Porque su sabiduría se hará plena cuando la comparta con la humanidad. Por eso, lo que no es amor es miedo. Es decir, toda huida, todo repliegue, todo juicio, todo sentimiento de culpabilidad, toda culpabilización, no es más que miedo a uno mismo y su soledad y toda reflexión que le pueda seguir no es más que una justificación de ese miedo. Porque, claro, con el miedo no podemos vivir, nos tenemos que forjar una visión de las cosas que integre esa pasión y que justifique nuestro vivir, nuestros actos, nuestros juicios y falsas creencias. No podemos sentirnos culpables, en todo caso los culpables son los otros. Y escondemos el miedo bajo siete llaves. Y nos enclaustramos en una soledad plena de compañía de los otros solitarios que nos acompañan y nos hacemos gregarios, muchedumbre. Es necesario el valor para abrirse paso en esa escisión primigenia, para recuperar esa unidad perdida. Pero sólo existe un camino, como todas las religiones sapienciales, e, incluso, el cristianismo han propuesto, el amor. Y, como la misma filosofía, ya desde los estoicos y luego Spinoza, por citar al más señalado, han recordado. La salida es la fraternidad. La fraternidad es el reconocimiento de lo común en el otro y es la trascendencia del yo particular en lo universal y se expresa en la alegría de vivir. Y ahí es donde emerge el amor intelectual de Dios o Naturaleza o lo místico, lo inefable. Y el miedo desaparece porque no tiene lugar.

“Todo perdón es un regalo que te haces a ti mismo.” UCDM. Libro de Texto.
El perdón es la mejor forma de encontrarte a ti mismo a través del otro. Perdonar al otro no hay que entenderlo como sacrificio. El cristianismo se ha basado en la idea de sacrificio porque por medio de él se somete el espíritu del hombre. Ahora bien, nada ni nadie nos obligan al sacrificio. El sacrificio es una forma de esclavitud, ya sea impuesto o autoimpuesto. El sacrificio nos doblega y elimina nuestro ser, nuestra creatividad e inteligencia, nuestro amor a la vida, e, incluso, a nosotros mismos. Si algo hacemos sacrificándonos, entonces no estamos en ese algo, no somos nosotros mismos, nos estamos prostituyendo. El sacrificio es una perversión que va en contra de la propia naturaleza. Pero hemos aprendido hasta el tuétano la creencia en el sacrificio, en que es necesario y virtuoso. Falso y nada más lejos de la verdad y de la vida. Como digo, el sacrificio va en contra de la propia vida, de nuestro querer vivir, es una mutilación. Y por eso no debemos confundirlo con el perdón. Éste, por el contrario, es un acto de donación. En el perdón nos damos por propia voluntad. Es más, el perdón es el reconocimiento de mi propio error, de mi propio juicio. El perdón siempre se vuelve sobre sí mismo y por ello sentimos un gran agradecimiento cuando perdonamos. Porque, en definitiva, perdonar es reconocer nuestro error al juzgar al otro. Siempre que perdonamos rompemos la barrera entre el tú y el yo. Por eso el acto de perdonar se vuelve un regalo para uno mismo y nos sentimos felices y en unidad con el otro y en armonía con todo. Para perdonar es necesario perdonarse. Sin el segundo no hay el primero. Si no rompemos nuestra barrera, nuestro ego, siempre vamos a culpabilizar y, desde la culpa, no hay perdón. El perdón sólo puede surgir del agradecimiento. El agradecimiento es el amor incondicional a todos los seres y, por ello, se vuelve hacia ti. Es un regalo que te haces. Pero todo esto escapa al proceso racional. Es muy sencillo, sólo hay que quererlo. Y en cuanto se quiere, se siente. La cuestión es quererlo de verdad. Y ahí empieza la parte difícil y, como no se suele conseguir, empezamos rápidamente a construir justificaciones de por qué voy yo a perdonar…y a emitir juicios, a fulanito que es un tal es imposible perdonarle…y, poco a poco, nuestro malestar va en aumento. Cuando todo hubiese sido más fácil si hubiésemos perdonado. Nos hubiésemos encontrado con el regalo de la felicidad del otro y de nuestra felicidad.

“La paciencia que tengas con tu hermano es la misma paciencia que tendrás contigo mismo. ¿No es acaso digno un Hijo de Dios de que se tenga paciencia con él?” UCDM. Libro de Texto.

La paciencia, una difícil virtud. Y, además, olvidada. Se habla mucho de otras virtudes que se las considera superiores, pero a ésta se la tiene un tanto relegada. Y más en el mundo de prisas, exigencias y autoexigencias en el que vivimos. La paciencia es saber esperar. Atender al otro y atenderse a sí mismo en el momento presente. Es paciente el que no mira al futuro, el que se centra en el presente, el que vive el ahora y no le pide más al tiempo. Ser paciente con el otro es no pedirle más, como tampoco te lo pides a ti mismo. Aunque en este mundo loco e ilusorio nos exigimos lo que el sistema (inventado por nuestra loca fantasía) nos pide. Y por eso vivimos impacientemente proyectados en el futuro. Es decir, estamos en un sinvivir constante. No tenemos ningún derecho sobre el otro, no podemos exigirle ni pedirle nada. Tal y como es, es perfecto. Y, todos nuestros males proceden de juzgarlo. Cuando somos impacientes con él, lo estamos juzgando, lo estamos transformando, ya no es él con el que estamos, sino con nuestra impaciencia, con una proyección ilusoria de nuestro futuro. Pero, ¿quiénes somos nosotros para esperar, ni pedir, ni juzgar a nadie? ¿Acaso no es el otro, otro yo? Y, si lo es, ¿no deberíamos tratarlo como tal? Si el otro es un Hijo de Dios, como nosotros, es nuestro hermano, por lo tanto hemos de tratarlo como nos tratamos a nosotros. Por ello hemos de aprender dos cosas. Primero, ser pacientes con nosotros, perdonarnos y, segundo, tal y como lo somos con nosotros, lo seremos con los demás. La paciencia con los demás surge del perdón de uno mismo y de la consciencia de fraternidad.

“Si lo que quieres es estar en paz tienes que abandonar para siempre la idea de conflicto.” UCDM Libro de texto.

La paz es la felicidad que podemos alcanzar. La felicidad no es un estado positivo de posesión de cosas, sino un estado mental. Y ese estado mental consiste en la paz. Pero qué es la paz. Pues la paz es la ausencia de conflicto. Pero qué es el conflicto y de dónde surge. Cuando hay conflicto lo que sucede es que estamos divididos y hay una parte de nosotros que tira para un lado y otra para otro, o estamos enfrentados con los otros, con la sociedad en su conjunto o con el mundo en general. Es decir, que no nos hayamos, no nos encontramos y no somos lo que realmente somos. Estamos en guerra con nosotros mismos. El origen del conflicto, de la guerra está en nosotros. Por eso nos dice la sabiduría antigua, Píndaro “Llega a ser el que eres” Habita en nuestro interior. Lo mismo que la paz es un estado mental, pues igual ocurre con el conflicto. Lo que sucede es que el conflicto, y su idea, es una falsa creencia. O, más bien, surge de una falsa creencia, en definitiva, de un juicio.

En la medida que juzgamos estamos en guerra. De ahí que el conflicto emerge de nosotros y se convierte en una idea. Pensar que estamos en guerra con nosotros mismos, o con el otro, es una falsa creencia basada en la comparación. En la medida en la que nos comparamos con el otro entramos en competencia y esto es lo que nos produce la guerra. Pero toda competencia es una ilusión. En primer lugar, no procedemos de la competencia y la guerra, sino de la colaboración. El conflicto es una creencia que surge en nosotros a través del juicio pero que el poder aprovecha para mantener un estado de guerra. Éste produce el miedo y, de esta manera, renunciamos a la libertad a cambio de la protección y la seguridad. Pero esta dimensión política no se trata en esta obra. Porque lo político se derivaría de lo ético. Lo que sí podemos decir es que todo conflicto nos lleva a la escisión y que si queremos la paz debemos abandonar la idea de conflicto. No debemos creer en el conflicto porque, en realidad, el conflicto no existe. Existe de forma relativa; es decir, existe en la medida en la que yo juzgo. En ese momento se produce la división entre el yo y el tú, o en mí mismo. Por eso, una buena estrategia para lograr la paz es abandonar esta idea de conflicto que es la misma que la de separación. No existe, en verdad, la separación, es una forma de percibir. Si no creemos en la idea de separación percibiremos la unidad. Y, donde hay unidad, no puede haber conflicto. Por ello, es menester darse cuenta que de la idea surge el estado mental y de él la acción. Si tenemos la idea de conflicto nuestro estado mental será el de la división, la separación y, con ello, el sufrimiento. Y, nuestros actos irán dirigidos a alimentar esa idea, ahora bien, si sustituimos esa idea por la de la unidad, desaparece el conflicto y nuestros actos confirman la unidad, es decir, la paz, que es la felicidad. Simplemente debemos albergar la idea de que Yo Soy, o como dice el vedanta advaita: Yo Soy Eso.

“Tú eres la obra de Dios, y Su obra es totalmente digna de amor y totalmente amorosa. Así es como el hombre debiera pensar de sí mismo en su corazón, pues eso es lo que realmente es.” UCDM Libro de Texto.

Si nuestra idea de nosotros mismos es la de un ser que odia, que compite, que está en conflicto, que lucha, que es un  “lobo” (con perdón de éste), para el hombre. Pues resulta que no tenemos una idea adecuada de lo que somos. Y como no tenemos una idea adecuada de nuestro ser, pues estamos en guerra y en sufrimiento. Lo que hemos conquistado a lo largo de la historia del hombre es que somos sujetos de dignidad; da igual que lo seamos porque somos hijos de dios, que porque somos producto del universo. Los nombres no nos importan. El universo, en el hombre, se hace consciente de sí mismo (porque somos polvo de estrellas, estamos compuestos de los mismos átomos del origen del universo) y él mismo se otorga la dignidad y la libertad. Somos nuestra propia creación, porque somos creación o autocreación del universo. Y ése es el gran logro del hombre, la conquista de esta doble naturaleza. Ésta es su espiritualidad. Haber alcanzado la dignidad y la libertad. En tanto que hijos de dios o el universo, nos da igual.

Pero es que además nuestra dignidad es sujeto de respeto o, más aún, de amor. Y nuestra dignidad produce amor, es amorosa. Esto añade una dimensión más, ya formulada, pero no suficientemente desarrollada. En primer lugar, si queremos resolver los conflictos, internos y externos, nos tenemos que considerar como sujetos dignos o llenos de dignidad. Pero, en tanto que somos dignos, somos sujetos de respeto, que han de ser respetados, pero han de ser respetados, porque, en tanto que tales, somos sujetos de amor, no de odio. Sólo se puede odiar al mal, pero nosotros no podemos ser el mal, puesto que somos universo. Es una contradicción. Dicho de otra manera, el otro es objeto de amor para mí en la medida que es digno. Y yo, en la misma medida, soy un sujeto que es capaz de amar, y nos referimos como siempre, al amor incondicional, no a los intereses, ni al amor romántico. Sino amar al otro, simplemente, porque existe. Y ésta es la idea adecuada que tenemos que tener de nosotros mismos, porque, en realidad, es la idea de lo que somos. Pero, en realidad, nos empeñamos en pensar lo contrario. En vernos desde el enfrentamiento, la división y el conflicto. No desde la unidad que representa la armonía y la dignidad.

Visto esto, desde una dimensión política o pública, que tantas veces se me pregunta, pues es muy sencillo. El mundo no lo podemos cambiar desde fuera, ni cambiando las estructuras. Es más, podeos pensar, incluso, que en parte, las estructuras ya las tenemos, pero no funcionan porque el hombre, individualmente, no funciona, es decir que vivimos en la escisión, en el odio, el rencor, la envidia, el resentimiento. Y, claro, si representamos las instituciones sociales, pues éstas funcionan no desde la dignidad, el amor, la unidad, sino, desde el odio, el rencor, la competitividad. Por tanto, no se trata de una crítica racional del mundo y el sistema, eso ya lo hemos hecho y de sobra. Quizás el error de Occidente es el exceso de pensamiento sobre el error. Ya lo conocemos y lo tenemos muy pensado, pero no lo corregimos, porque nos quedamos en el mero pensar. De lo que se trata es de desarrollar la hermana menor de la Ilustración, que traería consigo, lo que ya Riechmann llamaba una segunda Ilustración, y me refiero a la fraternidad. Y es curioso que, precisamente, la última obra de Riechmann, filósofo, matemático y poeta, se titule “Autoconstruirnos”. Es decir, que reconoce que la única salida política (pública) a la encrucijada en la que vivimos es la de la autoconstrucción. Esto es, que todo cambio es un cambio de nuestra propia conciencia. Un cambio de nuestro estado mental. Y ese cambio consiste en un cambio de lo que pensamos de nosotros mismos. Porque en realidad, la guerra y el conflicto, no dependen de nuestra naturaleza, no éramos así en el paleolítico, sino de una falsa creencia. Nos creemos aislados y en competencia, nos creemos que no somos dignos ni de afecto, ni de amor, ni de respeto. Nos creemos que nos tenemos que ganar el puesto en el mundo por la dura competencia. Y, claro, creamos un mundo a partir de esa falsa creencia. Pero el mundo que hemos creado, además de producirnos un tremendo sufrimiento, nos lleva al apocalipsis de la humanidad. De ahí que, ante lo visto, sólo nos queda una salida. Y es una salida ética, no política. La política, ya digo, se seguirá de la ética. Y esta salida ética consiste en cambiar la idea que sobre nosotros tenemos. Es decir, pensar con el corazón y sentir con las razones del corazón, que decía Pascal, que somos hermanos, es decir, lo de la fraternidad. Que somos dignos de amor y amorosos (que cooperamos, compartimos, ayudamos,…vivimos en simbiosis) Y, si pensamos esto, pensamos desde la unidad y entonces transformamos nuestra realidad, pero, también, la realidad que está a nuestro lado. Siempre habrá quien piense que no participa de esta idea, ni intentara la transformación interior porque el otro no lo hará, bien, es posible…pero ese es el camino del infierno, que, por otro lado, ya conocemos. El camino del cielo, la paz o la felicidad, es el de la fraternidad, con todo y con todos.

“En este mundo puedes convertirte en un espejo inmaculado, en el que la santidad de tu Creador se refleje desde ti hacia todo lo que te rodea. Puedes ser el reflejo del Cielo aquí.” UCDM, Libro de texto.

Qué se nos quiere decir aquí. Como siempre hay que leer estos textos de manera simbólica. Hemos creado un lenguaje para hablar de lo inefable, pero no podemos quedarnos en el lenguaje porque éste es simbólico. El objetivo en la vida es convertirse en un espejo inmaculado. Y qué puede significar esto. Pues en ser reflejo del mundo. Pero ese reflejo del mundo es, al ser inmaculado, la auténtica realidad. Y la auténtica realidad es la que no viene mediatizada ni por mi percepción, ni por mi pensamiento. La realidad tal cual es. Pero, claro, si no hay mediador, ser un espejo inmaculado es ser la misma realidad. Es Ser uno con lo reflejado, es trascender la dualidad que, como hemos visto, siempre procede del juicio. Juzgar es separarnos del resto del mundo. Si no juzgamos nos convertimos en espejos inmaculados. Somos espejos con manchas, con distorsiones que nos enseñan una realidad que no es, sino que son apariencias. Cuando vemos con los ojos inmaculados, sin juzgar, vemos que el otro soy yo. Ese es mi reflejo. Lo que yo reflejo, si no juzgo es el tú. Porque todos somos iguales. Las diferencias proceden de nuestros juicios. Todos participamos de la humanidad, somos humanidad. Y, si todos tuviésemos este pensamiento, no habría dualidad. Pero nos fijamos en las diferencias inventadas que proceden de nuestros juicios, una imagen distorsionada de mí y del otro- Además, es que ésta es nuestra esencia: ser una misma humanidad en unión con el Ser.

En ese espejo inmaculado se refleja la santidad del Creador. Es decir, que en cada uno de nosotros está reflejado el universo, porque somos universo, uno con él, o, para el creyente, si le es más cómodo, uno con Dios. Y hay santidad porque el Universo no tiene más remedio que ser el bien, precisamente porque es el Ser. No hay diferencia entre Ser y bien, lo que hay es el Ser, el bien y el mal, son los productos de nuestros juicios distorsionados, de nuestra dualidad. En tanto que juzgamos nos hacemos duales y nos alejamos de nuestra santidad e impecabilidad. Ya nos lo han contado en los mitos primitivos. Hubo un pecado original, esto es simbólico, claro, que es el que produce la dualidad, el sufrimiento. En el cristianismo viene muy bien expresado por el sentimiento de vergüenza, que es claramente la dualidad. En el paraíso somos inmaculados, no hay distinción entre hombre-mujer, ni entre hombre y naturaleza. Hay unidad, ahora bien, fuera del paraíso aparece la dualidad, hombre mujer, hombre naturaleza. La escisión, la alienación, el trabajo. Pero recuperar la santidad, la inocencia, el Ser, es cuestión de juicio. Si no juzgo me siento como ser en el universo, no como enfrentado al universo. No hay castigo, ni culpa. Todo eso es mito que alimenta al poder. Pero es que ontológicamente es lo que somos. Estamos compuestos de un conjunto de átomos que proceden del origen del universo. Somos una forma de organización del universo dentro del universo y no separado de él. Una forma que el universo “utiliza” para percibirse, por eso, si juzgamos nos percibimos como separados y sufrimos, si no juzgamos y perdonamos (nos autoperdonamos) pues nos volvemos inmaculados y vivimos en el Ser, en el Aquí y el Ahora, lo único real, todo lo demás es una ficción. Y eso significa ser el reflejo del Cielo (la inmediatez, la inocencia, la impecabilidad, la santidad, la eternidad) aquí (en la existencia cotidiana.) Y, cuando conseguimos esto, pues podemos decir que estamos en este mundo pero no somos de él, es decir, que hemos salido de las apariencias. Que estamos instalados en el Ser, fuera del tiempo. Que miramos el acontecer desde la perspectiva de la eternidad. Pero todo esto necesita, a su vez, de una cosa: pensar desde el sentir, no sentir desde el pensar que es lo que hemos hecho hasta ahora.

 



“Nuestra alma obra ciertas cosas, pero padece ciertas otras; a saber, en cuanto que tiene ideas adecuadas, entonces obra necesariamente ciertas cosas, y en cuanto que tiene ideas inadecuadas, entonces padece necesariamente ciertas otras.” Spinoza, Ética, Parte III.

Spinoza se expresa meridianamente con su estilo geométrico. Pretende realizar una geometría del alma. La geometría era el ideal del conocimiento perfecto y del conocimiento divino. Algo de eso queda aún hoy en día entre los matemáticos y los físicos más platónicos y pitagóricos. Y, en mi caso, los sigo. La matemática es el lenguaje del mundo, el mundo es la matemática: el sentido de las matemáticas.

Pues bien, aquí el sabio Spinoza nos plantea una contradicción. O, dicho de otra manera, sólo existen dos formas de ser. La forma adecuada, o la inadecuada. Y, cuando me refiero a formas de ser me refiero a formas de pensar. Y, claro, cuando hablamos de pensar, hablamos de afectos y de acciones: praxis. La forma adecuada es el obrar. Con lo cual la forma adecuada de pensar está relacionada con la libertad. Por eso la virtud no es sólo virtud, sino que la virtud implica necesariamente la libertad. Porque el obrar sólo es posible desde la libertad. Ahora bien, cuando pensamos inadecuadamente, esto es, de forma errónea, padecemos ciertas cosas. Es decir, sentimos ciertos afectos: envidia, rencor, odio, resentimiento, vergüenza, miedo… que nos hacen esclavos. Por ello, mientras que el vicio nos esclaviza, la virtud nos hace libres. De tal manera que, el único camino que nos queda para ser libres y felices, es el de pensar adecuadamente. Pensar adecuadamente es sentir adecuadamente, porque pensar y sentir forman una unidad. ¿Quién se lo iba a decir a los psicólogos y pedagogos de la educación emocional, verdad?

Comentarios a la Ética de Spinoza.

"Así pues, la perfección y la imperfección son solo, en realidad, modos de pensar; es decir, nociones que solemos imaginar a partir de la comparación entre sí de individuos de la misma especie o género..." Ética, parte IV.

Si partimos de la idea de que solo hay una sustancia y esa sustancia es la infinita, pues no hay división. Sino que toda división no es más que fruto de nuestro pensamiento que puede ser adecuado o no adecuado. Las ideas adecuadas son las que se corresponden con el Ser, la sustancia infinita, dios o naturaleza, las inadecuadas son las que no se corresponden, las que chocan , las que plantean la escisión. Por ello, no se puede hablar de la perfectibilidad de algo, sino de mi pensamiento sobre la perfectibilidad de algo. El Ser es, es mi pensamiento el que valora y al valorar, escinde. Nuestro pensamiento crea las apariencias. Y esto tiene una gran importancia y repercusión en la ética. Nosotros juzgamos éticamente. Pero un juicio ético es una valoración del Ser desde nuestra singularidad, por ello, es una falsificación. Todo juicio es un prejuicio. Que, además, procede de una falsa visión de mí mismo, que consiste en verme como imperfecto, como incompleto, (de dónde surgirá el resentimiento, la envidia, el odio…) cuando realmente, en tanto que perteneciente a la sustancia divina o el mundo soy perfecto en tanto que soy. Es decir, desde la perspectiva de la eternidad; por otro lado, la única perspectiva posible o real.

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“…la naturaleza es siempre la misma, y es siempre la misma en todas partes, su eficacia y potencia de obrar; es decir, son siempre las mismas, en todas partes, las leyes y reglas naturales según las cuales ocurren las cosas y pasan de unas formas a otras…” Ética Parte III

El universo es el que es y es siempre lo mismo y, por tanto, la forma de acceder a él es siempre la misma. Las leyes que rigen el universo lo constituyen como es y no es de otra manera. Aunque esa manera de ser sea de múltiples formas. No obstante, Spinoza, al partir de que la única realidad es la substancia infinita y ésta, por ser tal, es inmutable, eterna, necesaria y demás infinitos atributos, pues resulta que resuelve, de ahí que Einstein lo admirase, el problema del dualismo. El universo es uno y está, como diría el físico, autocontenido. La dualidad, mente-cuerpo es o fue una estrategia para poder estudiar el cuerpo, la materia, según el modelo de la máquina. Pero poco después, Spinoza ofrece una solución infinitamente más revolucionaria que aún hoy en día no hemos sacado suficientemente las consecuencias de su pensamiento. Y no es de extrañar aquí el por qué Spinoza inspirase a Schopenhauer, que, además de en Kant y otros, bebió en las fuentes budistas. Y, tampoco es de extrañar que el filósofo judío de origen español, impactara en Nietzsche, que, a su vez, al único filósofo que salvara de la historia era a Heráclito. ¿Y no ha vuelto, dando un gran rodeo y con las diferencias de conceptos y épocas, Spinoza a Heráclito y su armonía de los opuestos en la unidad del Logos?

 

Javier Álvarez. “Éxtasis sin fe”. Trotta. 2.000

Javier Álvarez es un doctor en psiquiatría y en filología hispánica muy peculiar. De entrada es un hombre de una gran sensibilidad, un humanista. Un hombre que, delicadamente, desobedece el pensamiento políticamente correcto. Que se atreve a denunciar todo un sistema de creencias erróneo, sin aspavientos ni palabras malsonante. Un hombre de gran erudición y grandes conocimientos. Un hombre sabio. Se enfrenta al pensamiento vigente, a lo establecido, al conjunto de creencias falsas que nos permiten vivir en la comodidad, pero en el engaño, con argumentos racionales, con una impresionante base empírica y con una fundamentación teórica en las neurociencias apabullante.

Pues bien, a este doctor en psiquiatría y filología hispánica se le ha ocurrido decir poco menos que la enfermedad mental no existe. Pero precisemos un poco para no asustar. Lo que nos dice es lo siguiente. La enfermedad mental se considera como una caída de la consciencia, una desestructuración de la misma. Para J. Álvarez la enfermedad mental es todo lo contrario. No es una enfermedad es un estado elevado de consciencia. Y se le ocurrió la idea leyendo el “Cántico espiritual” de san Juan de la Cruz. Advirtió que el místico español describe en su famosa obra con toda precisión lo que podemos llamar un trastorno maniaco depresivo conocido actualmente como un trastorno bipolar. Pues bien, si leemos atentamente, nos damos cuenta de cómo San Juan de la Cruz describe un estado de depresión profunda, la noche oscura del alma, seguida de una fase maníaca, es decir, el éxtasis o la vivencia mística.

Nuestro autor fundamenta en diversos pilares su tesis. En primer lugar considera, como hemos señalado, que la enfermedad mental no es una caída de la consciencia, sino una hiperconsciencia de aquel que muestra los síntomas. Y a este estado, que no es enfermedad, sino una forma elevada de conocimiento, lo llama Hiperia. Término que toma del griego y que viene a significar lo que venimos diciendo. Una consciencia elevado, una consciencia más allá de la conciencia ordinaria y de los automatismos cotidianos, una experiencia superior de conocimiento. Pues, como decíamos, son varios los fundamentos en los que se apoya el autor. El primero empieza con San Juan de la Cruz y sigue con el estudio de una gran cantidad de místicos de la historia occidental, así como de filósofos, desde Sócrates, pasando por Platón, hasta Wittgenstein, grandes científicos y matemáticos, así como escritores y artistas. Parece que aquí se nos confirma que la genialidad y la locura van unidas, pero, precisamente, porque la locura no es tal, sino un estado superior de consciencia. Son esas fases de “locura” las que les ofrecen a estos místicos, sabios y artistas, además del estudio y la dedicación, el camino hacia un conocimiento superior.

El segundo fundamento es el estudio de la epilepsia. Hay que distinguir entre una epilepsia generalizada, en la que todas las células del cerebro se activan a la vez y producen un colapso y las epilepsias parciales que se producen en zonas muy localizadas del cerebro: estas van desde las simples ausencias hasta experiencias de gran calado. Con estas compara los estados hipéricos. Pues bien, en los casos documentados de epilepsias parciales, se observa la misma descripción por parte de los “pacientes” que en los casos documentados de experiencias de estados de consciencia “alterados”, habría que llamarlos hipéricos desde ahora, de los genios y místicos de la historia.

La siguiente fundamentación es la estrictamente teórica. Consiste en el estudio de la neurobiología y neuroquímica de la epilepsia para constatar la normalidad del funcionamiento del cerebro, tanto en los casos de epilepsias normales, como de ausencias, como de experiencias místicas, o estados hipéricos en la meditación, de cualquiera que se dedique a ello, no hay que ser ni santo ni genio. Es algo accesible a todo el mundo. Aquí se nos describen también esos estados que se alcanzan en la meditación, la oración, el recitado de mantras, cómo la propaganda afecta al cerebro de la misma forma que los mantras, etc. Éste es el núcleo duro de su argumentación porque se ponen las bases neurobiológicas de su modelo en el que se explica, desde el sustrato biológico, las experiencias místicas, la depresión, el delirio, la epilepsia, etc.

Y, otro fundamento en el que se apoya el autor, es en la experiencia cotidiana que tenemos todo el mundo de estados de conciencia muy parecidos a los del delirio, la epilepsia, las ausencias. Aquí analiza fenómenos tan comunes, y que hasta ahora no tenían una explicación dentro del paradigma, se consideran anomalías y no se les presta atención. Nos referimos a fenómenos como el famoso dejá vu, las ensoñaciones, los sueños lúcidos, los efectos de la meditación, la oración, los mantras…como altos estados de conocimiento. O fenómenos como la aparición de ideas cuando no nos preocupamos del problema a resolver, pero al que le hemos dedicado muchas horas. Las sensaciones de fuera del tiempo que se producen cuando realizamos una tarea repetitiva. Se llega a un estado muy similar al que se persigue con la oración y los mantras. También se analizan los delirios. Todos deliramos. Nuestra conciencia de lo que somos es casi un delirio en el sentido de que es una construcción. No debemos olvidarnos de que la memoria es intencional, selectiva y creativa. Nuestra vida es nuestra propia invención. Pero invención de la que no somos dueños totalmente porque repetimos patrones inconscientes: tanto individuales como colectivos, así como histórico-culturales y genéticos.

En suma, la obra es absolutamente revolucionaria porque elimina el concepto de enfermedad mental, en casi todas las enfermedades, y lo sustituye, justo por su contrario, un estado superior de conocimiento. En ningún modo en estado desestructurado. El problema es que, muy pocos son los que son capaces de canalizar sus experiencias de conciencia hipérica hacia su propia vida, su propio desarrollo, su trabajo intelectual, artístico o hacia la vida espiritual o religiosa. Muchos, la mayoría, quedan atrapados en el estigma social que los absorbe. Acaban creyéndose enfermos porque la sociedad así los concibe. Y, efectivamente, enferman. No dan salida, porque ni biográficamente, ni socioculturalmente, encuentran un caldo de cultivo para desarrollar su estado de conocimiento. De modo que sería necesario cambiar absolutamente el paradigma psiquiátrico, sobre todo, el biologicista, y cambiarlo por otro paradigma distinto al de la enfermedad. Por otro lado, el conocimiento de estos estados superiores de consciencia y aparición en experiencias de la vida cotidiana de todo el mundo, así como en la práctica meditativa y la oración, nos puede servir como guía de estudio para alcanzar un conocimiento superior. Un conocimiento que no se reduce al ámbito lógico-matemático, sino que se eleva a la unión o síntesis de los dos hemisferios cerebrales, a través de la cual se puede llegar a un conocimiento inefable. Hay que tener en cuenta que la experiencia del hemisferio derecho está fuera del lenguaje y del tiempo. Son las que se tienen en los estados elevados de consciencia, ya sea en una epilepsia parcial, en una experiencia mística, en una meditación…da igual, todas tienen la misma forma y contenido. Todo ello nos permitiría acceder a un tipo de conocimiento superior y accesible a todo el mundo. Así como evitar el sufrimiento de muchos “enfermos” mentales.

La soledad.

“La medicina cuida los males del cuerpo, la sabiduría suprime los males del alma”. Demócrito de Abdera.

La soledad es la eterna compañera del hombre. Podemos huir o buscarla. Pero ella siempre vendrá a nuestro encuentro. El dolor y el sufrimiento que son los que nos hacen tomar consciencia de nosotros mismos, de nuestro yo, son intransferibles, son los que nos anuncian quiénes somos realmente. Pues bien, este dolor y sufrimiento se nos dan en la más estricta soledad. No podemos comunicar nuestro sufrimiento, sólo lo podemos sufrir nosotros. Nacemos solos y morimos solos. Y nuestras relaciones con los demás son relaciones teatrales, generalmente, de máscaras que nos ponemos y quitamos, según las circunstancias y con quien estemos.

En realidad, estamos siempre solos, pero no nos damos cuenta porque los demás nos distraen de nuestra soledad. Y eso es lo que buscamos, distracción, no saber nada de nosotros, echar tierra encima. No nos queremos ver. No huimos, en realidad, de la soledad, huimos de nosotros mismos. Huimos de nuestros monstruos, de aquello a lo que no nos queremos enfrentar, nuestras emociones y afectos, lo que realmente somos. Cada vez que huimos de la soledad nos negamos a nosotros mismos. Y no es que niegue el carácter social del hombre, ni mucho menos. El hombre es tal porque es social. Sino que lo que quiero decir es que nos construimos a nosotros mismos en relación con los demás. Pero esas relaciones con los demás y con el mundo, el principio de realidad, que diría Freud, nos produce fracasos, frustraciones y, todo ello, da lugar a la represión y a la autonegación del sí mismo. A vivir una existencia inauténtica. Esos son los fantasmas de los que hablo y, por eso, digo que uno huye de sí mismo y no de la soledad. Es imposible huir de la soledad porque la soledad, igual que la sociabilidad, conforma nuestra condición. Estamos “condenados” irremediablemente a vivir solos. Los amigos se van y uno se queda solo, al final siempre se queda sólo. Y, mientras más miedo se tenga a sí mismo, mientras más quiera ocultarse, más ansía la compañía de los demás. Son curiosos esos dos personajes contrapuestos de las fiestas, el que permanece quieto en un rincón, observando, con su vaso en la mano, incapaz de comunicar nada a nadie, a pesar de que su cerebro está en plena ebullición. Y ese otro danzarín que no para de ir de un lado para otro, de saludar a gente, de estar continuamente hablando y no decir nada. Ahí tenemos a nuestros personajes, el solitario, que no encaja en las multitudes; es alguien que cuando hay más de tres empieza a diluirse y el que huye de sí mismo y va picoteando como una mariposa de uno en otro.

Si vivimos fundamentalmente en la multitud nos olvidamos de nosotros mismos, aunque a veces suframos el aguijón de la soledad. Pero no aprenderemos nada en nuestra vida, a menos que suframos una tremenda desgracia, que la sufriremos, porque así contemplaremos la muerte: como una desgracia, una gran pérdida, con miedo, porque la muerte es la máxima soledad, siempre se muere solo, en ese tránsito no nos acompaña nadie.

Por el contrario, la soledad es nuestra maestra. Ya lo decía Pascal: todos los males del hombre empiezan porque no es capaz de permanecer una hora solo en su cuarto. O, también, decía: todos los males del hombre proceden del momento en el que cruza el umbral de su casa. Es decir cuando abandona la soledad, su sí mismo, para echarse en manos de la multitud. Decía que la soledad es nuestra maestra. Y lo es en el sentido de que la soledad nos enseña a mirarnos a nosotros mismos cara a cara. La soledad es la única manera que tenemos de sacar a la superficie nuestros fantasmas, esos que habitan en el inconsciente, sobre los que hemos echado toneladas de escombros encima para no verlos. La soledad y el silencio es el estado en el que hay que estar para enfrentarnos a nuestras heridas del pasado. Hay que reconocer las heridas, hay que saber qué emociones han producido y, después, soltarlas, son el pasado, ya no pueden hacernos daño y así podemos ser quien realmente somos sin el condicionante del pasado y, de esta forma, ya no necesitamos máscaras para relacionarnos con el mundo somos lo que somos y nada más. Todos nuestros miedos, nuestras frustraciones, odios, iras, cóleras…van alimentando nuestro ego para tapar esas heridas. Y, a medida que el ego engorda, nuestro yo interior se va ocultando, tiene miedo, está totalmente anulado y sustituido por el ego. Es en el ego en donde vivimos. Por tanto vivimos una existencia inauténtica. Y, de ahí, el miedo a la soledad. Porque a ésta el ego no le engaña. La soledad es el profundo silencio y en el silencio nos escuchamos a nosotros mismos, primero al cuerpo, después a la mente y, por último, al espíritu. Ante el profundo silencio el ego queda desarmado y entonces es cuando aparecen nuestras emociones, todo aquello que no queremos oír, todo lo que tenemos oculto bajo el ego. Vivimos en el engaño del ego, pero basta un poco de soledad para desenmascararlo. Pero, para esto hace falta valor. En realidad nos enfrentamos a la construcción que hemos hecho de nosotros mismos y todo para ocultar las heridas del pasado. Y ahora resulta que todo se nos viene abajo, que todo es apariencia. Lógicamente, esto, salvo casos excepcionales, no se da en un momento, sino que es un proceso en el que poco a poco vamos reconquistando nuestro yo interior, para empezar, porque realmente este es el comienzo. El siguiente paso es recobrar la dimensión espiritual de ese yo interior. Cuando digo espiritual me refiero a la dimensión ética, social y mistérica que tiene el hombre, no me refiero a la religión como institución, independientemente de que el espíritu religioso sea eminentemente espiritual.

En consecuencia la aceptación de la soledad es la aceptación del reto a encontrarnos con nosotros mismos. Es lo que nos llevará, en un eterno diálogo, a un autoconocimiento. Un diálogo entre racional e intuitivo y, como resultado de este diálogo comenzará a surgir nuestra sabiduría. Porque aprenderemos realmente quién es el otro, no la máscara del ego con el que se nos presenta, sino alguien igual que yo y, por eso mismo, igual que yo soy digno de compasión, él también lo es. Debemos dar este salto en nuestra consciencia: ser compasivos y autocompasivos. Pero no podemos ser lo primero sin ser lo segundo. Y nos tenemos compasión porque hemos llegado a conocernos a nosotros mismos. Y lo hemos hecho a través de la soledad. Podemos utilizar la reflexión, la oración, la meditación, el viaje en solitario (que es siempre un viaje interior), el deporte en soledad…da igual, el caso es que será la soledad y su silencio siempre nuestra compañera de viaje. Y, al final, el sabio será siempre el mismo e igual ante todos.

“Tiene más valor una mazorca de maíz que un anillo de oro”

 

Nosotros no somos los dueños de la tierra, somos los habitantes de la tierra, sus hijos y hermanos de todos los seres vivos. La idea fuerza de la cultura occidental de considerar la tierra como propiedad da lugar a la destrucción de la humanidad. La idea de que somos parte e hijos de la tierra da lugar a la convivencia pacífica con la naturaleza y con los demás. Es la diferencia entre la competitividad y el egoísmo, frente al altruismo y la compasión. Hacemos y somos lo que pensamos y creemos y así ha funcionado nuestra civilización, pero hay muchas otras que no han funcionado así. Hemos triunfado sobre todas las demás porque nuestra civilización tiene en su origen una idea fuerza depredadora “Creced y multiplicaos y dominad la tierra” que al unirse con el desarrollo científico y la revolución industrial nos llevó a la situación actual de colapso civilizatorio. Pero hay otras ideas fuerzas en otras civilizaciones, incluso en la nuestra, como el naturalismo de los estoicos, los epicúreos,  los cínicos y los escépticos que habría que actualizar para tener una nueva idea fuerza que sustituya a nuestro pensamiento y nuestras creencias ancestrales que nos han llevado a este callejón sin salida. La tierra no tiene dueño, somos sus hijos. “Tiene más valor una mazorca de maíz que un anillo de oro”. Eso es lo que entiende el que vive con la naturaleza y no contra la naturaleza. La mazorca me va a alimentar y si siembro parte recogeré al año próximo. Es la vida. El anillo de oro está muerto y si nos unimos a él, nosotros también.

Si la tierra no pertenece a nadie y todos somos hijos de ella, esto significa que tenemos una buena idea para pensar en un estado cosmopolita. Si todos los bienes naturales son de todos y de nadie tenemos la idea para construir una nueva forma de relación del hombre con la tierra que no sea la explotación, dominación y destrucción. Un sistema de producción que no tiene porqué generar beneficios, sino vida, que es lo máximo que se puede tener. Pero para todo ello hemos de cambiar nuestra consciencia. No se puede pensar altivamente como dueño y señor, ni de forma competitiva y egoísta. Esto supone la destrucción de la vida. Es pensar en contra de la vida. De ahí que nos encontremos en esta circunstancia de fin civilizatorio, de caos mundial, de desigualdad y crueldad extrema, que aún se agudizará más. Hemos de pensar con y desde la tierra. Desde su perspectiva que es la Vida y nuestra perspectiva. Porque hemos olvidado que somos tierra, somos los hijos de la tierra por tanto somos tierra. Y la tierra es Vida. Si vivimos contra la tierra vivimos contra la vida. Nuestra perspectiva tiene que ser la Vida. Y la vida es colaboración, relación, no destrucción. La vida es equilibrio y cada vez produce más vida. Debemos volver al equilibrio, a la tierra. Porque, en el fondo, todo es Uno. Nosotros nos diferenciamos de la unidad por nuestro ego que nos hace pensar desde la dualidad. Pero nuestra mente contiene pensamientos y creencias que son artificiales. Pero esas creencias artificiales y esos pensamientos míticos son los que hacen que seamos lo que somos y que actuemos como actuamos. Por eso es menester cambiarlos para trascender esa dualidad en la que vivimos, que personalmente nos hace infelices, desgraciados y productores de infelicidad y, socialmente, hemos generado una sociedad absolutamente enferma. Una auténtica locura de sociedad en la que los hombres son objetos mercantiles, mera mercancía, mero número en la cadena de producción. Separados de la tierra y de los demás. Nos matamos los unos a los otros, simplemente por la peopiedad, en realidad, algo que no nos pertenece y de lo que nos hemos adueñado artificialmente. Vivimos esquizofrénicamente, esa es la dualidad. Por eso nuestro modelo social genera un tremendo sufrimiento, a nivel individual (en las tribus y culturas primitivas, e, incluso, por ejemplo, los saharauis, no existe el suicidio), en nuestra cultura es masivo, aunque está escondido. Si hay suicidio es porque la sociedad no está sana, no es el individuo, como se suele decir. El individuo busca la salida a una sociedad enferma y sinsentido a través del suicidio. Pero cuando se vive con la naturaleza y en armonía con ella, tenemos una sociedad sana y un individuo sano. Y, además, tenemos un sentido, el sentido de la propia Vida. Simplemente: Ser. Y éste es el sentido, no el tener. El Ser es la Vida y es eterno, consiste en el estar en el Aquí y el Ahora, mientras que el tener se da en el tiempo y crea la angustia que produce el deseo que es meramente aparente, pero produce dolor para siempre, porque el deseo no se satisface nunca. Ser en y con la naturaleza y Ser uno con todo lo que hay: el Universo. Esto es lo que ganamos con una nueva consciencia y una nueva idea de nosotros y del mundo.

 

 

La única esperanza es un salto de consciencia. Pasar del paradigma del egoísmo y la competitividad al del altruismo y la compasión. Es decir, trascender el dualismo.

La educación como vuelta al Ser.

Nos encontramos en una encrucijada civilizatoria y, como tal, exige un cambio paradigmático. Más que un cambio es una transformación una revolución de todas las estructuras sociales. Desde mi punto de vista esta transformación tiene que tener una dirección y un sentido. Y yo creo que es la vuelta al Ser, la eliminación de la dualidad y el reconocimiento de que somos Uno. Esto en lo que se refiere a todos los ámbitos, la estructura misma de la sociedad y los individuos. Pero en esta ocasión vamos a hablar someramente de educación. No se trata de hacer una crítica a la situación actual, éstas ya se hicieron en su momento. Ahora, una vez demolido lo viejo, al menos en el sentido teórico, hay que volver a la construcción. El león, siguiendo a Nietzsche, se transforma en niño. Y, justamente ese es el sentido de la nueva sociedad, la creatividad. Pero ésta ha de aprenderse en la escuela o, dirigirse, porque todos tenemos más o menos creatividad. Además de que la creatividad se dirige a muchos ámbitos múltiples y diversos.

Pues son estos principios los que debemos aplicar a la educación. Pero, para eso, debemos de corregir una serie de conceptos que se usan tanto teórica, como prácticamente, de forma errónea. Estos conceptos son los de educar, aprender, aprehender, conocimiento e información y sabiduría. Para empezar lo que yo propongo es que el objetivo de la educación y de la enseñanza es conseguir formar a hombres sabios. Ése es el fin último de la educación. Y es un fin en sí mismo que conlleva, por ello, la libertad y autonomía del alumno que ha de ir siendo fomentada y acompañada desde el principio hasta el final. No se confunda la libertad y la autonomía con dejar al alumno hacer lo que quiera, la disciplina, en el sentido de guiar, es imprescindible. Guiar es llevar por el buen camino, advertir de los senderos y atajos que no llevan a ningún sitio. No tiene nada que ver con la fuerza, sí con la autoridad moral e intelectual del profesor. Por eso, antes de nada, el profesor ha de ser preparado como un sabio. Advierto que algunos pueden empezar a ver esto como una utopía. Pues no lo es, lo que sucede es que la educación y enseñanza que yo propongo va unida al cambio de paradigma que ha empezado y durará décadas si se puede llegar a realizar, porque, la verdad, tenemos serios peligros de autodestrucción.

Bien, pues educar es guiar, llevar de la mano, pero teniendo en el horizonte la autonomía. El niño no aprende sino hace las cosas sólo, si no se equivoca. Ahora bien, no estoy hablando sólo de aprender y de aprender lo de siempre, sino que estoy hablando de aprehender y en todos los ámbitos de la vida. La educación infantil no debe reducirse a la enseñanza, debe ser educación, fundamentalmente. Lo mismo que la enseñanza media no debe ser educación, sino, fundamentalmente enseñanza. Pero cuando hablo de enseñanza no me refiero a la enseñanza de lo de siempre. Hemos dicho que el objetivo es conseguir hombres sabios. Y el sabio, no es el que sabe mucho, eso es un hombre erudito, de conocimientos, pero no tiene por qué ser sabio. El sabio, para empezar, ha integrado el saber, sea mucho o poco y tiene, por otro lado, un saber integral, científico-técnico, humanístico, artístico, ético y espiritual. Y ese saber, en tanto que lo hace sabio lo va a dotar de una forma comprometida de estar en el mundo. Una forma que le va a llevar a intentar transformar el mundo y a buscar la justicia. Por otro lado, la sabiduría es unidad. Lo que va a recordar el sabio es la unidad perdida. Y esa unidad es la unidad con el Ser y con toda la humanidad. Si de nuestras escuelas salen sabios no habrá dualidad y sin ella, no habrá violencia. Pero para ello es necesario educarlos en toda la amplitud del espíritu y en todas las dimensiones de su inteligencia. Al estar en un momento revolucionario lo que sucede es que estamos pasando de un paradigma (forma de ver y estar en el mundo) a otro que desconocemos y que no podemos ver. Pasar de paradigma requiere de un salto, de una revolución. Por eso es más fácil que lo vean las futuras generaciones que nosotros. Lo que nosotros podemos hacer es anunciar y abrir el camino. Somos los que nos hemos dado cuenta de las anomalías del antiguo paradigma e intentamos, a tientas, poner las bases para el nuevo.

El objetivo hasta ahora de la educación era, sin tener en cuenta lo social, que lo veremos después, era el aprender. Pero esto tiene un grave problema. El aprender es algo que se nos queda en la superficie. Lo aprendido se nos va con la primera ráfaga de viento. Y, mucho más, si ha sido aprendido por la fuerza y sin la colaboración del alumno. Con el aprender podemos conseguir conocimientos, que no está mal, además son necesarios para desarrollar las actividades de la vida, pero, no sabiduría. El conocimiento es un conjunto ordenado y deducible del saber, que es necesario aprender. Pero hay que dar un paso más. Advierto que cuando hablo del conocimiento me refiero a todo el ámbito del saber. Y ese paso más es el que nos lleva a la sabiduría. De lo que se trata no es sólo de aprender, sino, fundamentalmente de aprehender, de que el alumno haga suyo el conocimiento, de que lo interiorice. Si interioriza el conocimiento se obrará un milagro en su ser. Podrá dialogar consigo mismo y aprehender cada vez más. Se obrará una transformación interna. Porque somos nuestros pensamientos. Nuestros pensamientos nos construyen y nos hacen sentir y actuar. Por eso tienen una proyección ética, política, espiritual, estética… Y, además, esos pensamientos están en continuo diálogo. De esta manera, el saber juega su papel fundamental que es el de transformar al individuo convirtiéndolo en sabio. No hay que olvidar que nuestra línea directriz es la autonomía y la libertad. Por tanto, el proceso de enseñanza debe fomentar esta actitud, tanto en el alumno como en el profesor. El profesor, desde su autonomía, debe tratar al alumno como sujeto, no como objeto; es decir, como alguien que puede pensar por sí mismo. Lo que necesita es la ayuda y ciertos conocimientos imprescindibles para aprender a pensar por sí mismo, a ser libre. La mejor manera de pensar por uno mismo es aprehender, interiorizar el conocimiento. Si sólo se aprende, no hay nada sobre lo que pensar y el alumnado, como es el caso en la actualidad, sale de los centros educativos sin conocimiento y esclavos. Han aprendido a la fuerza, de memoria, sin placer, sin interiorizar, sin interés, compitiendo por una nota. Esto no es educación, esto es un sistema de esclavitud. Por eso hoy en día en la sociedad hay masa, no ciudadanía. Hay vasallos, no ciudadanos, hay esclavos que obedecen, no sabios que quieren transformar el mundo, hay miedo y odio, en lugar de unidad con el Ser, compasión y fraternidad. Sigo siendo socrático, el saber nos ennoblece, nos da la virtud. Pero solo el saber aprehendido, no el mero conocimiento que, incluso, puede ser utilizado con la mayor maldad posible como ya hemos visto a lo largo de estos últimos siglos.

Y, hablando de Sócrates, es necesario hacer un breve apunte de cómo se enseña. Pues muy sencillo, la metodología para enseñar y que el alumno aprenda es la dialéctica, el diálogo o la mayéutica. El diálogo, y esto es válido para cualquier ámbito del saber, despierta la admiración y la curiosidad connatural al niño y al joven de saber. Con el diálogo sacamos sus aptitudes para el saber, a la par que le damos la autonomía del aprehender. Porque si el alumno se da cuenta mediante el diálogo de que es él quien aprende (el profesor socrático señala el camino, es la autoridad y la disciplina), entonces lo que aprende lo aprehende y esto es realmente lo que nos importa, porque esto lo hará libre, perderá el miedo y la pereza y se atreverá a pensar por sí mismo, será un hombre sabio.

                Por el contrario, en la actualidad las escuelas son fábricas de trabajadores o asalariados, cada vez más precarios. El objetivo de la escuela es la empleabilidad. Es decir, que se produce, desde el inicio, una alienación total y absoluta del alumno, que no es considerado persona sino mercancía. De ahí la  obligatoriedad de la enseñanza. ¿Cómo es posible pensar democráticamente en un sistema obligatorio de enseñanza? Esto es una prueba de que realmente no estamos en democracia porque la mayoría, siguiendo a Platón es ignorante, que es lo que al poder le interesa. Por eso votan por tradición, por intereses particulares, por miedo…nunca por la justicia social. Y, siempre, desde el dualismo: el malo y el bueno. Pero de la democracia desde la perspectiva de la vuelta al Ser hablaremos otro día.

El sistema actual de educación es una maquinaria de producción para poder alimentar al capital que es insaciable debido a su premisa de crecimiento ilimitado, la cual es contradictoria. De modo que el alumno es enseñado por la fuerza en una serie de destrezas que le permitirán realizar un oficio, desde el de médico hasta el de carpintero. Todos brillan por su deshumanización. Porque es eso de lo que carece la enseñanza: humanización. Si se educa en la esclavitud y la competencia lo que se hace es deshumanizar. Se separa al hombre del Ser y de la propia humanidad. El dualismo es absoluto. Por eso nuestras sociedades son sociedades: del miedo, la escisión, la locura, la pobreza, la miseria, la competencia, la ausencia de sentimientos, la deshumanización, el valor absoluto del dinero, la unidimensionalidad que nos da una visión plana de las cosas, que nos muestra unas apariencias al gusto de los poderosos.

Y, por último, afirmar que sólo cambiaremos el mundo cambiando nuestras consciencias. El tiempo de los partidos, los sindicatos…ha pasado. La crítica a las instituciones ha sido la tarea necesaria de demolición para llegar al momento de construir algo nuevo. Pero, insisto, esto ha de hacerse desde la transformación de nuestra consciencia. No podemos cambiar al otro, pero sí podemos cambiarnos a nosotros mismos. Entonces el otro cambiará.

La soledad.

“La medicina cuida los males del cuerpo, la sabiduría suprime los males del alma”. Demócrito de Abdera.

La soledad es la eterna compañera del hombre. Podemos huir o buscarla. Pero ella siempre vendrá a nuestro encuentro. El dolor y el sufrimiento que son los que nos hacen tomar consciencia de nosotros mismos, de nuestro yo, son intransferibles, son los que nos anuncian quiénes somos realmente. Pues bien, este dolor y sufrimiento se nos dan en la más estricta soledad. No podemos comunicar nuestro sufrimiento, sólo lo podemos sufrir nosotros. Nacemos solos y morimos solos. Y nuestras relaciones con los demás son relaciones teatrales, generalmente, de máscaras que nos ponemos y quitamos, según las circunstancias y con quien estemos.

En realidad, estamos siempre solos, pero no nos damos cuenta porque los demás nos distraen de nuestra soledad. Y eso es lo que buscamos, distracción, no saber nada de nosotros, echar tierra encima. No nos queremos ver. No huimos, en realidad, de la soledad, huimos de nosotros mismos. Huimos de nuestros monstruos, de aquello a lo que no nos queremos enfrentar, nuestras emociones y afectos, lo que realmente somos. Cada vez que huimos de la soledad nos negamos a nosotros mismos. Y no es que niegue el carácter social del hombre, ni mucho menos. El hombre es tal porque es social. Sino que lo que quiero decir es que nos construimos a nosotros mismos en relación con los demás. Pero esas relaciones con los demás y con el mundo, el principio de realidad, que diría Freud, nos produce fracasos, frustraciones y, todo ello, da lugar a la represión y a la autonegación del sí mismo. A vivir una existencia inauténtica. Esos son los fantasmas de los que hablo y, por eso, digo que uno huye de sí mismo y no de la soledad. Es imposible huir de la soledad porque la soledad, igual que la sociabilidad, conforma nuestra condición. Estamos “condenados” irremediablemente a vivir solos. Los amigos se van y uno se queda solo, al final siempre se queda sólo. Y, mientras más miedo se tenga a sí mismo, mientras más quiera ocultarse, más ansía la compañía de los demás. Son curiosos esos dos personajes contrapuestos de las fiestas, el que permanece quieto en un rincón, observando, con su vaso en la mano, incapaz de comunicar nada a nadie, a pesar de que su cerebro está en plena ebullición. Y ese otro danzarín que no para de ir de un lado para otro, de saludar a gente, de estar continuamente hablando y no decir nada. Ahí tenemos a nuestros personajes, el solitario, que no encaja en las multitudes; es alguien que cuando hay más de tres empieza a diluirse y el que huye de sí mismo y va picoteando como una mariposa de uno en otro.

Si vivimos fundamentalmente en la multitud nos olvidamos de nosotros mismos, aunque a veces suframos el aguijón de la soledad. Pero no aprenderemos nada en nuestra vida, a menos que suframos una tremenda desgracia, que la sufriremos, porque así contemplaremos la muerte: como una desgracia, una gran pérdida, con miedo, porque la muerte es la máxima soledad, siempre se muere solo, en ese tránsito no nos acompaña nadie.

Por el contrario, la soledad es nuestra maestra. Ya lo decía Pascal: todos los males del hombre empiezan porque no es capaz de permanecer una hora solo en su cuarto. O, también, decía: todos los males del hombre proceden del momento en el que cruza el umbral de su casa. Es decir cuando abandona la soledad, su sí mismo, para echarse en manos de la multitud. Decía que la soledad es nuestra maestra. Y lo es en el sentido de que la soledad nos enseña a mirarnos a nosotros mismos cara a cara. La soledad es la única manera que tenemos de sacar a la superficie nuestros fantasmas, esos que habitan en el inconsciente, sobre los que hemos echado toneladas de escombros encima para no verlos. La soledad y el silencio es el estado en el que hay que estar para enfrentarnos a nuestras heridas del pasado. Hay que reconocer las heridas, hay que saber qué emociones han producido y, después, soltarlas, son el pasado, ya no pueden hacernos daño y así podemos ser quien realmente somos sin el condicionante del pasado y, de esta forma, ya no necesitamos máscaras para relacionarnos con el mundo somos lo que somos y nada más. Todos nuestros miedos, nuestras frustraciones, odios, iras, cóleras…van alimentando nuestro ego para tapar esas heridas. Y, a medida que el ego engorda, nuestro yo interior se va ocultando, tiene miedo, está totalmente anulado y sustituido por el ego. Es en el ego en donde vivimos. Por tanto vivimos una existencia inauténtica. Y, de ahí, el miedo a la soledad. Porque a ésta el ego no le engaña. La soledad es el profundo silencio y en el silencio nos escuchamos a nosotros mismos, primero al cuerpo, después a la mente y, por último, al espíritu. Ante el profundo silencio el ego queda desarmado y entonces es cuando aparecen nuestras emociones, todo aquello que no queremos oír, todo lo que tenemos oculto bajo el ego. Vivimos en el engaño del ego, pero basta un poco de soledad para desenmascararlo. Pero, para esto hace falta valor. En realidad nos enfrentamos a la construcción que hemos hecho de nosotros mismos y todo para ocultar las heridas del pasado. Y ahora resulta que todo se nos viene abajo, que todo es apariencia. Lógicamente, esto, salvo casos excepcionales, no se da en un momento, sino que es un proceso en el que poco a poco vamos reconquistando nuestro yo interior, para empezar, porque realmente este es el comienzo. El siguiente paso es recobrar la dimensión espiritual de ese yo interior. Cuando digo espiritual me refiero a la dimensión ética, social y mistérica que tiene el hombre, no me refiero a la religión como institución, independientemente de que el espíritu religioso sea eminentemente espiritual.

En consecuencia la aceptación de la soledad es la aceptación del reto a encontrarnos con nosotros mismos. Es lo que nos llevará, en un eterno diálogo, a un autoconocimiento. Un diálogo entre racional e intuitivo y, como resultado de este diálogo comenzará a surgir nuestra sabiduría. Porque aprenderemos realmente quién es el otro, no la máscara del ego con el que se nos presenta, sino alguien igual que yo y, por eso mismo, igual que yo soy digno de compasión, él también lo es. Debemos dar este salto en nuestra consciencia: ser compasivos y autocompasivos. Pero no podemos ser lo primero sin ser lo segundo. Y nos tenemos compasión porque hemos llegado a conocernos a nosotros mismos. Y lo hemos hecho a través de la soledad. Podemos utilizar la reflexión, la oración, la meditación, el viaje en solitario (que es siempre un viaje interior), el deporte en soledad…da igual, el caso es que será la soledad y su silencio siempre nuestra compañera de viaje. Y, al final, el sabio será siempre el mismo e igual ante todos.



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