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Javier Álvarez. “Éxtasis sin fe”. Trotta. 2.000

Javier Álvarez es un doctor en psiquiatría y en filología hispánica muy peculiar. De entrada es un hombre de una gran sensibilidad, un humanista. Un hombre que, delicadamente, desobedece el pensamiento políticamente correcto. Que se atreve a denunciar todo un sistema de creencias erróneo, sin aspavientos ni palabras malsonante. Un hombre de gran erudición y grandes conocimientos. Un hombre sabio. Se enfrenta al pensamiento vigente, a lo establecido, al conjunto de creencias falsas que nos permiten vivir en la comodidad, pero en el engaño, con argumentos racionales, con una impresionante base empírica y con una fundamentación teórica en las neurociencias apabullante.

Pues bien, a este doctor en psiquiatría y filología hispánica se le ha ocurrido decir poco menos que la enfermedad mental no existe. Pero precisemos un poco para no asustar. Lo que nos dice es lo siguiente. La enfermedad mental se considera como una caída de la consciencia, una desestructuración de la misma. Para J. Álvarez la enfermedad mental es todo lo contrario. No es una enfermedad es un estado elevado de consciencia. Y se le ocurrió la idea leyendo el “Cántico espiritual” de san Juan de la Cruz. Advirtió que el místico español describe en su famosa obra con toda precisión lo que podemos llamar un trastorno maniaco depresivo conocido actualmente como un trastorno bipolar. Pues bien, si leemos atentamente, nos damos cuenta de cómo San Juan de la Cruz describe un estado de depresión profunda, la noche oscura del alma, seguida de una fase maníaca, es decir, el éxtasis o la vivencia mística.

Nuestro autor fundamenta en diversos pilares su tesis. En primer lugar considera, como hemos señalado, que la enfermedad mental no es una caída de la consciencia, sino una hiperconsciencia de aquel que muestra los síntomas. Y a este estado, que no es enfermedad, sino una forma elevada de conocimiento, lo llama Hiperia. Término que toma del griego y que viene a significar lo que venimos diciendo. Una consciencia elevado, una consciencia más allá de la conciencia ordinaria y de los automatismos cotidianos, una experiencia superior de conocimiento. Pues, como decíamos, son varios los fundamentos en los que se apoya el autor. El primero empieza con San Juan de la Cruz y sigue con el estudio de una gran cantidad de místicos de la historia occidental, así como de filósofos, desde Sócrates, pasando por Platón, hasta Wittgenstein, grandes científicos y matemáticos, así como escritores y artistas. Parece que aquí se nos confirma que la genialidad y la locura van unidas, pero, precisamente, porque la locura no es tal, sino un estado superior de consciencia. Son esas fases de “locura” las que les ofrecen a estos místicos, sabios y artistas, además del estudio y la dedicación, el camino hacia un conocimiento superior.

El segundo fundamento es el estudio de la epilepsia. Hay que distinguir entre una epilepsia generalizada, en la que todas las células del cerebro se activan a la vez y producen un colapso y las epilepsias parciales que se producen en zonas muy localizadas del cerebro: estas van desde las simples ausencias hasta experiencias de gran calado. Con estas compara los estados hipéricos. Pues bien, en los casos documentados de epilepsias parciales, se observa la misma descripción por parte de los “pacientes” que en los casos documentados de experiencias de estados de consciencia “alterados”, habría que llamarlos hipéricos desde ahora, de los genios y místicos de la historia.

La siguiente fundamentación es la estrictamente teórica. Consiste en el estudio de la neurobiología y neuroquímica de la epilepsia para constatar la normalidad del funcionamiento del cerebro, tanto en los casos de epilepsias normales, como de ausencias, como de experiencias místicas, o estados hipéricos en la meditación, de cualquiera que se dedique a ello, no hay que ser ni santo ni genio. Es algo accesible a todo el mundo. Aquí se nos describen también esos estados que se alcanzan en la meditación, la oración, el recitado de mantras, cómo la propaganda afecta al cerebro de la misma forma que los mantras, etc. Éste es el núcleo duro de su argumentación porque se ponen las bases neurobiológicas de su modelo en el que se explica, desde el sustrato biológico, las experiencias místicas, la depresión, el delirio, la epilepsia, etc.

Y, otro fundamento en el que se apoya el autor, es en la experiencia cotidiana que tenemos todo el mundo de estados de conciencia muy parecidos a los del delirio, la epilepsia, las ausencias. Aquí analiza fenómenos tan comunes, y que hasta ahora no tenían una explicación dentro del paradigma, se consideran anomalías y no se les presta atención. Nos referimos a fenómenos como el famoso dejá vu, las ensoñaciones, los sueños lúcidos, los efectos de la meditación, la oración, los mantras…como altos estados de conocimiento. O fenómenos como la aparición de ideas cuando no nos preocupamos del problema a resolver, pero al que le hemos dedicado muchas horas. Las sensaciones de fuera del tiempo que se producen cuando realizamos una tarea repetitiva. Se llega a un estado muy similar al que se persigue con la oración y los mantras. También se analizan los delirios. Todos deliramos. Nuestra conciencia de lo que somos es casi un delirio en el sentido de que es una construcción. No debemos olvidarnos de que la memoria es intencional, selectiva y creativa. Nuestra vida es nuestra propia invención. Pero invención de la que no somos dueños totalmente porque repetimos patrones inconscientes: tanto individuales como colectivos, así como histórico-culturales y genéticos.

En suma, la obra es absolutamente revolucionaria porque elimina el concepto de enfermedad mental, en casi todas las enfermedades, y lo sustituye, justo por su contrario, un estado superior de conocimiento. En ningún modo en estado desestructurado. El problema es que, muy pocos son los que son capaces de canalizar sus experiencias de conciencia hipérica hacia su propia vida, su propio desarrollo, su trabajo intelectual, artístico o hacia la vida espiritual o religiosa. Muchos, la mayoría, quedan atrapados en el estigma social que los absorbe. Acaban creyéndose enfermos porque la sociedad así los concibe. Y, efectivamente, enferman. No dan salida, porque ni biográficamente, ni socioculturalmente, encuentran un caldo de cultivo para desarrollar su estado de conocimiento. De modo que sería necesario cambiar absolutamente el paradigma psiquiátrico, sobre todo, el biologicista, y cambiarlo por otro paradigma distinto al de la enfermedad. Por otro lado, el conocimiento de estos estados superiores de consciencia y aparición en experiencias de la vida cotidiana de todo el mundo, así como en la práctica meditativa y la oración, nos puede servir como guía de estudio para alcanzar un conocimiento superior. Un conocimiento que no se reduce al ámbito lógico-matemático, sino que se eleva a la unión o síntesis de los dos hemisferios cerebrales, a través de la cual se puede llegar a un conocimiento inefable. Hay que tener en cuenta que la experiencia del hemisferio derecho está fuera del lenguaje y del tiempo. Son las que se tienen en los estados elevados de consciencia, ya sea en una epilepsia parcial, en una experiencia mística, en una meditación…da igual, todas tienen la misma forma y contenido. Todo ello nos permitiría acceder a un tipo de conocimiento superior y accesible a todo el mundo. Así como evitar el sufrimiento de muchos “enfermos” mentales.

La soledad.

“La medicina cuida los males del cuerpo, la sabiduría suprime los males del alma”. Demócrito de Abdera.

La soledad es la eterna compañera del hombre. Podemos huir o buscarla. Pero ella siempre vendrá a nuestro encuentro. El dolor y el sufrimiento que son los que nos hacen tomar consciencia de nosotros mismos, de nuestro yo, son intransferibles, son los que nos anuncian quiénes somos realmente. Pues bien, este dolor y sufrimiento se nos dan en la más estricta soledad. No podemos comunicar nuestro sufrimiento, sólo lo podemos sufrir nosotros. Nacemos solos y morimos solos. Y nuestras relaciones con los demás son relaciones teatrales, generalmente, de máscaras que nos ponemos y quitamos, según las circunstancias y con quien estemos.

En realidad, estamos siempre solos, pero no nos damos cuenta porque los demás nos distraen de nuestra soledad. Y eso es lo que buscamos, distracción, no saber nada de nosotros, echar tierra encima. No nos queremos ver. No huimos, en realidad, de la soledad, huimos de nosotros mismos. Huimos de nuestros monstruos, de aquello a lo que no nos queremos enfrentar, nuestras emociones y afectos, lo que realmente somos. Cada vez que huimos de la soledad nos negamos a nosotros mismos. Y no es que niegue el carácter social del hombre, ni mucho menos. El hombre es tal porque es social. Sino que lo que quiero decir es que nos construimos a nosotros mismos en relación con los demás. Pero esas relaciones con los demás y con el mundo, el principio de realidad, que diría Freud, nos produce fracasos, frustraciones y, todo ello, da lugar a la represión y a la autonegación del sí mismo. A vivir una existencia inauténtica. Esos son los fantasmas de los que hablo y, por eso, digo que uno huye de sí mismo y no de la soledad. Es imposible huir de la soledad porque la soledad, igual que la sociabilidad, conforma nuestra condición. Estamos “condenados” irremediablemente a vivir solos. Los amigos se van y uno se queda solo, al final siempre se queda sólo. Y, mientras más miedo se tenga a sí mismo, mientras más quiera ocultarse, más ansía la compañía de los demás. Son curiosos esos dos personajes contrapuestos de las fiestas, el que permanece quieto en un rincón, observando, con su vaso en la mano, incapaz de comunicar nada a nadie, a pesar de que su cerebro está en plena ebullición. Y ese otro danzarín que no para de ir de un lado para otro, de saludar a gente, de estar continuamente hablando y no decir nada. Ahí tenemos a nuestros personajes, el solitario, que no encaja en las multitudes; es alguien que cuando hay más de tres empieza a diluirse y el que huye de sí mismo y va picoteando como una mariposa de uno en otro.

Si vivimos fundamentalmente en la multitud nos olvidamos de nosotros mismos, aunque a veces suframos el aguijón de la soledad. Pero no aprenderemos nada en nuestra vida, a menos que suframos una tremenda desgracia, que la sufriremos, porque así contemplaremos la muerte: como una desgracia, una gran pérdida, con miedo, porque la muerte es la máxima soledad, siempre se muere solo, en ese tránsito no nos acompaña nadie.

Por el contrario, la soledad es nuestra maestra. Ya lo decía Pascal: todos los males del hombre empiezan porque no es capaz de permanecer una hora solo en su cuarto. O, también, decía: todos los males del hombre proceden del momento en el que cruza el umbral de su casa. Es decir cuando abandona la soledad, su sí mismo, para echarse en manos de la multitud. Decía que la soledad es nuestra maestra. Y lo es en el sentido de que la soledad nos enseña a mirarnos a nosotros mismos cara a cara. La soledad es la única manera que tenemos de sacar a la superficie nuestros fantasmas, esos que habitan en el inconsciente, sobre los que hemos echado toneladas de escombros encima para no verlos. La soledad y el silencio es el estado en el que hay que estar para enfrentarnos a nuestras heridas del pasado. Hay que reconocer las heridas, hay que saber qué emociones han producido y, después, soltarlas, son el pasado, ya no pueden hacernos daño y así podemos ser quien realmente somos sin el condicionante del pasado y, de esta forma, ya no necesitamos máscaras para relacionarnos con el mundo somos lo que somos y nada más. Todos nuestros miedos, nuestras frustraciones, odios, iras, cóleras…van alimentando nuestro ego para tapar esas heridas. Y, a medida que el ego engorda, nuestro yo interior se va ocultando, tiene miedo, está totalmente anulado y sustituido por el ego. Es en el ego en donde vivimos. Por tanto vivimos una existencia inauténtica. Y, de ahí, el miedo a la soledad. Porque a ésta el ego no le engaña. La soledad es el profundo silencio y en el silencio nos escuchamos a nosotros mismos, primero al cuerpo, después a la mente y, por último, al espíritu. Ante el profundo silencio el ego queda desarmado y entonces es cuando aparecen nuestras emociones, todo aquello que no queremos oír, todo lo que tenemos oculto bajo el ego. Vivimos en el engaño del ego, pero basta un poco de soledad para desenmascararlo. Pero, para esto hace falta valor. En realidad nos enfrentamos a la construcción que hemos hecho de nosotros mismos y todo para ocultar las heridas del pasado. Y ahora resulta que todo se nos viene abajo, que todo es apariencia. Lógicamente, esto, salvo casos excepcionales, no se da en un momento, sino que es un proceso en el que poco a poco vamos reconquistando nuestro yo interior, para empezar, porque realmente este es el comienzo. El siguiente paso es recobrar la dimensión espiritual de ese yo interior. Cuando digo espiritual me refiero a la dimensión ética, social y mistérica que tiene el hombre, no me refiero a la religión como institución, independientemente de que el espíritu religioso sea eminentemente espiritual.

En consecuencia la aceptación de la soledad es la aceptación del reto a encontrarnos con nosotros mismos. Es lo que nos llevará, en un eterno diálogo, a un autoconocimiento. Un diálogo entre racional e intuitivo y, como resultado de este diálogo comenzará a surgir nuestra sabiduría. Porque aprenderemos realmente quién es el otro, no la máscara del ego con el que se nos presenta, sino alguien igual que yo y, por eso mismo, igual que yo soy digno de compasión, él también lo es. Debemos dar este salto en nuestra consciencia: ser compasivos y autocompasivos. Pero no podemos ser lo primero sin ser lo segundo. Y nos tenemos compasión porque hemos llegado a conocernos a nosotros mismos. Y lo hemos hecho a través de la soledad. Podemos utilizar la reflexión, la oración, la meditación, el viaje en solitario (que es siempre un viaje interior), el deporte en soledad…da igual, el caso es que será la soledad y su silencio siempre nuestra compañera de viaje. Y, al final, el sabio será siempre el mismo e igual ante todos.



“Tiene más valor una mazorca de maíz que un anillo de oro”

 

Nosotros no somos los dueños de la tierra, somos los habitantes de la tierra, sus hijos y hermanos de todos los seres vivos. La idea fuerza de la cultura occidental de considerar la tierra como propiedad da lugar a la destrucción de la humanidad. La idea de que somos parte e hijos de la tierra da lugar a la convivencia pacífica con la naturaleza y con los demás. Es la diferencia entre la competitividad y el egoísmo, frente al altruismo y la compasión. Hacemos y somos lo que pensamos y creemos y así ha funcionado nuestra civilización, pero hay muchas otras que no han funcionado así. Hemos triunfado sobre todas las demás porque nuestra civilización tiene en su origen una idea fuerza depredadora “Creced y multiplicaos y dominad la tierra” que al unirse con el desarrollo científico y la revolución industrial nos llevó a la situación actual de colapso civilizatorio. Pero hay otras ideas fuerzas en otras civilizaciones, incluso en la nuestra, como el naturalismo de los estoicos, los epicúreos,  los cínicos y los escépticos que habría que actualizar para tener una nueva idea fuerza que sustituya a nuestro pensamiento y nuestras creencias ancestrales que nos han llevado a este callejón sin salida. La tierra no tiene dueño, somos sus hijos. “Tiene más valor una mazorca de maíz que un anillo de oro”. Eso es lo que entiende el que vive con la naturaleza y no contra la naturaleza. La mazorca me va a alimentar y si siembro parte recogeré al año próximo. Es la vida. El anillo de oro está muerto y si nos unimos a él, nosotros también.

Si la tierra no pertenece a nadie y todos somos hijos de ella, esto significa que tenemos una buena idea para pensar en un estado cosmopolita. Si todos los bienes naturales son de todos y de nadie tenemos la idea para construir una nueva forma de relación del hombre con la tierra que no sea la explotación, dominación y destrucción. Un sistema de producción que no tiene porqué generar beneficios, sino vida, que es lo máximo que se puede tener. Pero para todo ello hemos de cambiar nuestra consciencia. No se puede pensar altivamente como dueño y señor, ni de forma competitiva y egoísta. Esto supone la destrucción de la vida. Es pensar en contra de la vida. De ahí que nos encontremos en esta circunstancia de fin civilizatorio, de caos mundial, de desigualdad y crueldad extrema, que aún se agudizará más. Hemos de pensar con y desde la tierra. Desde su perspectiva que es la Vida y nuestra perspectiva. Porque hemos olvidado que somos tierra, somos los hijos de la tierra por tanto somos tierra. Y la tierra es Vida. Si vivimos contra la tierra vivimos contra la vida. Nuestra perspectiva tiene que ser la Vida. Y la vida es colaboración, relación, no destrucción. La vida es equilibrio y cada vez produce más vida. Debemos volver al equilibrio, a la tierra. Porque, en el fondo, todo es Uno. Nosotros nos diferenciamos de la unidad por nuestro ego que nos hace pensar desde la dualidad. Pero nuestra mente contiene pensamientos y creencias que son artificiales. Pero esas creencias artificiales y esos pensamientos míticos son los que hacen que seamos lo que somos y que actuemos como actuamos. Por eso es menester cambiarlos para trascender esa dualidad en la que vivimos, que personalmente nos hace infelices, desgraciados y productores de infelicidad y, socialmente, hemos generado una sociedad absolutamente enferma. Una auténtica locura de sociedad en la que los hombres son objetos mercantiles, mera mercancía, mero número en la cadena de producción. Separados de la tierra y de los demás. Nos matamos los unos a los otros, simplemente por la peopiedad, en realidad, algo que no nos pertenece y de lo que nos hemos adueñado artificialmente. Vivimos esquizofrénicamente, esa es la dualidad. Por eso nuestro modelo social genera un tremendo sufrimiento, a nivel individual (en las tribus y culturas primitivas, e, incluso, por ejemplo, los saharauis, no existe el suicidio), en nuestra cultura es masivo, aunque está escondido. Si hay suicidio es porque la sociedad no está sana, no es el individuo, como se suele decir. El individuo busca la salida a una sociedad enferma y sinsentido a través del suicidio. Pero cuando se vive con la naturaleza y en armonía con ella, tenemos una sociedad sana y un individuo sano. Y, además, tenemos un sentido, el sentido de la propia Vida. Simplemente: Ser. Y éste es el sentido, no el tener. El Ser es la Vida y es eterno, consiste en el estar en el Aquí y el Ahora, mientras que el tener se da en el tiempo y crea la angustia que produce el deseo que es meramente aparente, pero produce dolor para siempre, porque el deseo no se satisface nunca. Ser en y con la naturaleza y Ser uno con todo lo que hay: el Universo. Esto es lo que ganamos con una nueva consciencia y una nueva idea de nosotros y del mundo.

 

 

La única esperanza es un salto de consciencia. Pasar del paradigma del egoísmo y la competitividad al del altruismo y la compasión. Es decir, trascender el dualismo.

La educación como vuelta al Ser.

Nos encontramos en una encrucijada civilizatoria y, como tal, exige un cambio paradigmático. Más que un cambio es una transformación una revolución de todas las estructuras sociales. Desde mi punto de vista esta transformación tiene que tener una dirección y un sentido. Y yo creo que es la vuelta al Ser, la eliminación de la dualidad y el reconocimiento de que somos Uno. Esto en lo que se refiere a todos los ámbitos, la estructura misma de la sociedad y los individuos. Pero en esta ocasión vamos a hablar someramente de educación. No se trata de hacer una crítica a la situación actual, éstas ya se hicieron en su momento. Ahora, una vez demolido lo viejo, al menos en el sentido teórico, hay que volver a la construcción. El león, siguiendo a Nietzsche, se transforma en niño. Y, justamente ese es el sentido de la nueva sociedad, la creatividad. Pero ésta ha de aprenderse en la escuela o, dirigirse, porque todos tenemos más o menos creatividad. Además de que la creatividad se dirige a muchos ámbitos múltiples y diversos.

Pues son estos principios los que debemos aplicar a la educación. Pero, para eso, debemos de corregir una serie de conceptos que se usan tanto teórica, como prácticamente, de forma errónea. Estos conceptos son los de educar, aprender, aprehender, conocimiento e información y sabiduría. Para empezar lo que yo propongo es que el objetivo de la educación y de la enseñanza es conseguir formar a hombres sabios. Ése es el fin último de la educación. Y es un fin en sí mismo que conlleva, por ello, la libertad y autonomía del alumno que ha de ir siendo fomentada y acompañada desde el principio hasta el final. No se confunda la libertad y la autonomía con dejar al alumno hacer lo que quiera, la disciplina, en el sentido de guiar, es imprescindible. Guiar es llevar por el buen camino, advertir de los senderos y atajos que no llevan a ningún sitio. No tiene nada que ver con la fuerza, sí con la autoridad moral e intelectual del profesor. Por eso, antes de nada, el profesor ha de ser preparado como un sabio. Advierto que algunos pueden empezar a ver esto como una utopía. Pues no lo es, lo que sucede es que la educación y enseñanza que yo propongo va unida al cambio de paradigma que ha empezado y durará décadas si se puede llegar a realizar, porque, la verdad, tenemos serios peligros de autodestrucción.

Bien, pues educar es guiar, llevar de la mano, pero teniendo en el horizonte la autonomía. El niño no aprende sino hace las cosas sólo, si no se equivoca. Ahora bien, no estoy hablando sólo de aprender y de aprender lo de siempre, sino que estoy hablando de aprehender y en todos los ámbitos de la vida. La educación infantil no debe reducirse a la enseñanza, debe ser educación, fundamentalmente. Lo mismo que la enseñanza media no debe ser educación, sino, fundamentalmente enseñanza. Pero cuando hablo de enseñanza no me refiero a la enseñanza de lo de siempre. Hemos dicho que el objetivo es conseguir hombres sabios. Y el sabio, no es el que sabe mucho, eso es un hombre erudito, de conocimientos, pero no tiene por qué ser sabio. El sabio, para empezar, ha integrado el saber, sea mucho o poco y tiene, por otro lado, un saber integral, científico-técnico, humanístico, artístico, ético y espiritual. Y ese saber, en tanto que lo hace sabio lo va a dotar de una forma comprometida de estar en el mundo. Una forma que le va a llevar a intentar transformar el mundo y a buscar la justicia. Por otro lado, la sabiduría es unidad. Lo que va a recordar el sabio es la unidad perdida. Y esa unidad es la unidad con el Ser y con toda la humanidad. Si de nuestras escuelas salen sabios no habrá dualidad y sin ella, no habrá violencia. Pero para ello es necesario educarlos en toda la amplitud del espíritu y en todas las dimensiones de su inteligencia. Al estar en un momento revolucionario lo que sucede es que estamos pasando de un paradigma (forma de ver y estar en el mundo) a otro que desconocemos y que no podemos ver. Pasar de paradigma requiere de un salto, de una revolución. Por eso es más fácil que lo vean las futuras generaciones que nosotros. Lo que nosotros podemos hacer es anunciar y abrir el camino. Somos los que nos hemos dado cuenta de las anomalías del antiguo paradigma e intentamos, a tientas, poner las bases para el nuevo.

El objetivo hasta ahora de la educación era, sin tener en cuenta lo social, que lo veremos después, era el aprender. Pero esto tiene un grave problema. El aprender es algo que se nos queda en la superficie. Lo aprendido se nos va con la primera ráfaga de viento. Y, mucho más, si ha sido aprendido por la fuerza y sin la colaboración del alumno. Con el aprender podemos conseguir conocimientos, que no está mal, además son necesarios para desarrollar las actividades de la vida, pero, no sabiduría. El conocimiento es un conjunto ordenado y deducible del saber, que es necesario aprender. Pero hay que dar un paso más. Advierto que cuando hablo del conocimiento me refiero a todo el ámbito del saber. Y ese paso más es el que nos lleva a la sabiduría. De lo que se trata no es sólo de aprender, sino, fundamentalmente de aprehender, de que el alumno haga suyo el conocimiento, de que lo interiorice. Si interioriza el conocimiento se obrará un milagro en su ser. Podrá dialogar consigo mismo y aprehender cada vez más. Se obrará una transformación interna. Porque somos nuestros pensamientos. Nuestros pensamientos nos construyen y nos hacen sentir y actuar. Por eso tienen una proyección ética, política, espiritual, estética… Y, además, esos pensamientos están en continuo diálogo. De esta manera, el saber juega su papel fundamental que es el de transformar al individuo convirtiéndolo en sabio. No hay que olvidar que nuestra línea directriz es la autonomía y la libertad. Por tanto, el proceso de enseñanza debe fomentar esta actitud, tanto en el alumno como en el profesor. El profesor, desde su autonomía, debe tratar al alumno como sujeto, no como objeto; es decir, como alguien que puede pensar por sí mismo. Lo que necesita es la ayuda y ciertos conocimientos imprescindibles para aprender a pensar por sí mismo, a ser libre. La mejor manera de pensar por uno mismo es aprehender, interiorizar el conocimiento. Si sólo se aprende, no hay nada sobre lo que pensar y el alumnado, como es el caso en la actualidad, sale de los centros educativos sin conocimiento y esclavos. Han aprendido a la fuerza, de memoria, sin placer, sin interiorizar, sin interés, compitiendo por una nota. Esto no es educación, esto es un sistema de esclavitud. Por eso hoy en día en la sociedad hay masa, no ciudadanía. Hay vasallos, no ciudadanos, hay esclavos que obedecen, no sabios que quieren transformar el mundo, hay miedo y odio, en lugar de unidad con el Ser, compasión y fraternidad. Sigo siendo socrático, el saber nos ennoblece, nos da la virtud. Pero solo el saber aprehendido, no el mero conocimiento que, incluso, puede ser utilizado con la mayor maldad posible como ya hemos visto a lo largo de estos últimos siglos.

Y, hablando de Sócrates, es necesario hacer un breve apunte de cómo se enseña. Pues muy sencillo, la metodología para enseñar y que el alumno aprenda es la dialéctica, el diálogo o la mayéutica. El diálogo, y esto es válido para cualquier ámbito del saber, despierta la admiración y la curiosidad connatural al niño y al joven de saber. Con el diálogo sacamos sus aptitudes para el saber, a la par que le damos la autonomía del aprehender. Porque si el alumno se da cuenta mediante el diálogo de que es él quien aprende (el profesor socrático señala el camino, es la autoridad y la disciplina), entonces lo que aprende lo aprehende y esto es realmente lo que nos importa, porque esto lo hará libre, perderá el miedo y la pereza y se atreverá a pensar por sí mismo, será un hombre sabio.

                Por el contrario, en la actualidad las escuelas son fábricas de trabajadores o asalariados, cada vez más precarios. El objetivo de la escuela es la empleabilidad. Es decir, que se produce, desde el inicio, una alienación total y absoluta del alumno, que no es considerado persona sino mercancía. De ahí la  obligatoriedad de la enseñanza. ¿Cómo es posible pensar democráticamente en un sistema obligatorio de enseñanza? Esto es una prueba de que realmente no estamos en democracia porque la mayoría, siguiendo a Platón es ignorante, que es lo que al poder le interesa. Por eso votan por tradición, por intereses particulares, por miedo…nunca por la justicia social. Y, siempre, desde el dualismo: el malo y el bueno. Pero de la democracia desde la perspectiva de la vuelta al Ser hablaremos otro día.

El sistema actual de educación es una maquinaria de producción para poder alimentar al capital que es insaciable debido a su premisa de crecimiento ilimitado, la cual es contradictoria. De modo que el alumno es enseñado por la fuerza en una serie de destrezas que le permitirán realizar un oficio, desde el de médico hasta el de carpintero. Todos brillan por su deshumanización. Porque es eso de lo que carece la enseñanza: humanización. Si se educa en la esclavitud y la competencia lo que se hace es deshumanizar. Se separa al hombre del Ser y de la propia humanidad. El dualismo es absoluto. Por eso nuestras sociedades son sociedades: del miedo, la escisión, la locura, la pobreza, la miseria, la competencia, la ausencia de sentimientos, la deshumanización, el valor absoluto del dinero, la unidimensionalidad que nos da una visión plana de las cosas, que nos muestra unas apariencias al gusto de los poderosos.

Y, por último, afirmar que sólo cambiaremos el mundo cambiando nuestras consciencias. El tiempo de los partidos, los sindicatos…ha pasado. La crítica a las instituciones ha sido la tarea necesaria de demolición para llegar al momento de construir algo nuevo. Pero, insisto, esto ha de hacerse desde la transformación de nuestra consciencia. No podemos cambiar al otro, pero sí podemos cambiarnos a nosotros mismos. Entonces el otro cambiará.

La soledad.

“La medicina cuida los males del cuerpo, la sabiduría suprime los males del alma”. Demócrito de Abdera.

La soledad es la eterna compañera del hombre. Podemos huir o buscarla. Pero ella siempre vendrá a nuestro encuentro. El dolor y el sufrimiento que son los que nos hacen tomar consciencia de nosotros mismos, de nuestro yo, son intransferibles, son los que nos anuncian quiénes somos realmente. Pues bien, este dolor y sufrimiento se nos dan en la más estricta soledad. No podemos comunicar nuestro sufrimiento, sólo lo podemos sufrir nosotros. Nacemos solos y morimos solos. Y nuestras relaciones con los demás son relaciones teatrales, generalmente, de máscaras que nos ponemos y quitamos, según las circunstancias y con quien estemos.

En realidad, estamos siempre solos, pero no nos damos cuenta porque los demás nos distraen de nuestra soledad. Y eso es lo que buscamos, distracción, no saber nada de nosotros, echar tierra encima. No nos queremos ver. No huimos, en realidad, de la soledad, huimos de nosotros mismos. Huimos de nuestros monstruos, de aquello a lo que no nos queremos enfrentar, nuestras emociones y afectos, lo que realmente somos. Cada vez que huimos de la soledad nos negamos a nosotros mismos. Y no es que niegue el carácter social del hombre, ni mucho menos. El hombre es tal porque es social. Sino que lo que quiero decir es que nos construimos a nosotros mismos en relación con los demás. Pero esas relaciones con los demás y con el mundo, el principio de realidad, que diría Freud, nos produce fracasos, frustraciones y, todo ello, da lugar a la represión y a la autonegación del sí mismo. A vivir una existencia inauténtica. Esos son los fantasmas de los que hablo y, por eso, digo que uno huye de sí mismo y no de la soledad. Es imposible huir de la soledad porque la soledad, igual que la sociabilidad, conforma nuestra condición. Estamos “condenados” irremediablemente a vivir solos. Los amigos se van y uno se queda solo, al final siempre se queda sólo. Y, mientras más miedo se tenga a sí mismo, mientras más quiera ocultarse, más ansía la compañía de los demás. Son curiosos esos dos personajes contrapuestos de las fiestas, el que permanece quieto en un rincón, observando, con su vaso en la mano, incapaz de comunicar nada a nadie, a pesar de que su cerebro está en plena ebullición. Y ese otro danzarín que no para de ir de un lado para otro, de saludar a gente, de estar continuamente hablando y no decir nada. Ahí tenemos a nuestros personajes, el solitario, que no encaja en las multitudes; es alguien que cuando hay más de tres empieza a diluirse y el que huye de sí mismo y va picoteando como una mariposa de uno en otro.

Si vivimos fundamentalmente en la multitud nos olvidamos de nosotros mismos, aunque a veces suframos el aguijón de la soledad. Pero no aprenderemos nada en nuestra vida, a menos que suframos una tremenda desgracia, que la sufriremos, porque así contemplaremos la muerte: como una desgracia, una gran pérdida, con miedo, porque la muerte es la máxima soledad, siempre se muere solo, en ese tránsito no nos acompaña nadie.

Por el contrario, la soledad es nuestra maestra. Ya lo decía Pascal: todos los males del hombre empiezan porque no es capaz de permanecer una hora solo en su cuarto. O, también, decía: todos los males del hombre proceden del momento en el que cruza el umbral de su casa. Es decir cuando abandona la soledad, su sí mismo, para echarse en manos de la multitud. Decía que la soledad es nuestra maestra. Y lo es en el sentido de que la soledad nos enseña a mirarnos a nosotros mismos cara a cara. La soledad es la única manera que tenemos de sacar a la superficie nuestros fantasmas, esos que habitan en el inconsciente, sobre los que hemos echado toneladas de escombros encima para no verlos. La soledad y el silencio es el estado en el que hay que estar para enfrentarnos a nuestras heridas del pasado. Hay que reconocer las heridas, hay que saber qué emociones han producido y, después, soltarlas, son el pasado, ya no pueden hacernos daño y así podemos ser quien realmente somos sin el condicionante del pasado y, de esta forma, ya no necesitamos máscaras para relacionarnos con el mundo somos lo que somos y nada más. Todos nuestros miedos, nuestras frustraciones, odios, iras, cóleras…van alimentando nuestro ego para tapar esas heridas. Y, a medida que el ego engorda, nuestro yo interior se va ocultando, tiene miedo, está totalmente anulado y sustituido por el ego. Es en el ego en donde vivimos. Por tanto vivimos una existencia inauténtica. Y, de ahí, el miedo a la soledad. Porque a ésta el ego no le engaña. La soledad es el profundo silencio y en el silencio nos escuchamos a nosotros mismos, primero al cuerpo, después a la mente y, por último, al espíritu. Ante el profundo silencio el ego queda desarmado y entonces es cuando aparecen nuestras emociones, todo aquello que no queremos oír, todo lo que tenemos oculto bajo el ego. Vivimos en el engaño del ego, pero basta un poco de soledad para desenmascararlo. Pero, para esto hace falta valor. En realidad nos enfrentamos a la construcción que hemos hecho de nosotros mismos y todo para ocultar las heridas del pasado. Y ahora resulta que todo se nos viene abajo, que todo es apariencia. Lógicamente, esto, salvo casos excepcionales, no se da en un momento, sino que es un proceso en el que poco a poco vamos reconquistando nuestro yo interior, para empezar, porque realmente este es el comienzo. El siguiente paso es recobrar la dimensión espiritual de ese yo interior. Cuando digo espiritual me refiero a la dimensión ética, social y mistérica que tiene el hombre, no me refiero a la religión como institución, independientemente de que el espíritu religioso sea eminentemente espiritual.

En consecuencia la aceptación de la soledad es la aceptación del reto a encontrarnos con nosotros mismos. Es lo que nos llevará, en un eterno diálogo, a un autoconocimiento. Un diálogo entre racional e intuitivo y, como resultado de este diálogo comenzará a surgir nuestra sabiduría. Porque aprenderemos realmente quién es el otro, no la máscara del ego con el que se nos presenta, sino alguien igual que yo y, por eso mismo, igual que yo soy digno de compasión, él también lo es. Debemos dar este salto en nuestra consciencia: ser compasivos y autocompasivos. Pero no podemos ser lo primero sin ser lo segundo. Y nos tenemos compasión porque hemos llegado a conocernos a nosotros mismos. Y lo hemos hecho a través de la soledad. Podemos utilizar la reflexión, la oración, la meditación, el viaje en solitario (que es siempre un viaje interior), el deporte en soledad…da igual, el caso es que será la soledad y su silencio siempre nuestra compañera de viaje. Y, al final, el sabio será siempre el mismo e igual ante todos.

Bueno, el sufrimiento por el sufrimiento, no merece la pena. Es propio de una mente enferma, de un ego que nos domina. Pero hay cosas que es imposible aprender sin sufrimiento, una de ellas es, precisamente la más importante, que la vida es sufrimiento. Y, cuando sabemos esto, podemos trascender el sufrimiento y encontrar la paz y la serenidad que nos llevan a la sabiduría.

Entiendo la humanidad como un todo cosmopolita, al modo de Terencio, Séneca y los estoicos. Pero no entiendo la vida que nos promete una facilona psicología positiva. El más básico principio para conseguir el cosmopolitismo, la compasión o amor incondicional nos resulta casi imposible a la mayoría de los humanos, siempre estamos juzgando, no somos capaz de ver al otro como un ser sufriente, no perdonamos el supuesto mal que se nos hace. La psicología positiva es opio para el pueblo, es distracción para que la educación siga siendo producción de máquinas humanas de producción y consumo.

El árbol es un ser enraizado, mirando siempre hacia dentro, inmóvil y callado. En profunda meditación. Nosotros somos seres conscientes y con una mente en la que se ha metido un mono loco y borracho que no para de saltar de un lado a otro y no nos permite el sosiego y la calma. Debemos enraizarnos y meditar para alcanzar ése sosiego, calma y tranquilidad.

Si todos tenemos que aprender todo, sin posibilidad de saltarnos nada, si aceptamos esta tesis, un materialista no la aceptaría, entonces, no nos es suficiente con una vida. Luego, tendremos que aceptar la reencarnación. Pero la idea de la reencarnación en un tiempo lineal es mítica. Además nos lleva a un dualismo. La mente, el cuerpo y el espíritu, son lo mismo, pero a distinto nivel vibracional; esto es, energía. Pero, por otro lado, la teoría de los universos múltiples y la de supercuerdas, nos llevan a la idea de que, en realidad, físicamente, no existe el tiempo, sino que existimos sincrónicamente y todo de una vez, aunque nuestro estado de conciencia sea limitado, menos que el de una lombriz, pero limitado. Si ello es así, resulta que no necesitamos del mito de la reencarnación, que es una forma alegórica para entender la realidad, existimos, en todas nuestras posibilidades cuánticas de existencia en un universo sincrónico. De esta forma, en cada vida, aprendemos lo que tenemos que aprender, pero como cuánticamente tenemos un número muy elevado de vidas, que coinciden con los universos cuánticamente posibles en los que nosotros podemos existir, pues podríamos realizar todo nuestro aprendizaje. Y, por eso, la meditación nos eleva hacia otros niveles vibracionales en los que existe otro yo nuestro al que llamamos yo superior. Y es nuestro guía. Porque la meditación lo que hace es abrir las puertas a los distintos niveles energéticos del universo. Dicho de otra manera, a otros mundos. Más claramente, es un portal a los universos paralelos.

El SER es el todo, no es el espíritu, la mente y el cuerpo, o el Ser, la palabra y la materia. O el espíritu, la energía y la forma y las múltiples formas de ver ésta triada. El SER es toda esta tríada, pero que es dinámica, que es DEVENIR, como decía Heráclito.

Si todos fuésemos capaz de compartir el dolor ajeno en el mundo prácticamente no habría sufrimiento, por lo menos de origen moral. El sufrimiento que tiene su origen en la propia naturaleza de las cosas es ficción. Hay que ver lo inevitable, como inevitable. Eso no implica que uno no sufra por el dolor del otro y por su propio dolor, pero no nos puede llevar a la renuncia, sino a la compasión o autocompasión. Todo sufrimiento tiene su sentido y tanto el que lo padece directamente como el que lo padece por compasión (amar al otro y desearle lo mejor desde su propia tristeza) aprende y crece. Al final la muerte llega para todos y el sufrimiento, porque nadie se va de rositas, una vez que nazca, claro. El sufrimiento es la esencia de la vida. Y nuestra única misión es aliviar el sufrimiento, tanto el nuestro, como el de los demás por la vía de la compasión. Feliz es el que no sufre, pero incluso éste, al ser un hombre sabio sufre porque necesariamente es compasivo, de lo contrario no sería sabio, sino egoísta.

La realidad sólo tiene un aspecto: enseñarnos. El dolor, la crisis es la forma de aprender. El que muere, muere y no tiene remedio, no es un mal, es su existencia, ya sea un no nacido, alguien con veinte años o alguien con noventa. Además, todo es energía y nada se pierde. Puede ser que la consciencia se pierda, pero no es consciente de su pérdida, sólo previamente. La muerte no tiene consuelo, pero deberíamos aprender dos cosas: que no es un mal y no es un desconsuelo.

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Sanar y enseñar es lo mejor que el hombre puede hacer por el hombre. Y vienen a ser lo mismo. Sanar es educar al cuerpo que ha quedado maltrecho por las emociones. Educar es sanar el alma que ha quedado maltrecha por las impresiones de los sentidos del cuerpo. Cuerpo y mente son uno y lo mismo. El uno es espejo del otro y a la inversa. O la sanación es total y global o no hay sanación. El problema es que los ojos están semiciegos sólo ven parte de la realidad, como sólo ven parte de la gama del espectro de luz. Si miramos en nuestro interior veremos otros mundos que habitan en y con nosotros.

 

La arquitectura de la escuela como sostén de la esclavitud pedagógica. Estoy comprobando que la estructura arquitectónica, modo cárcel, al estilo biopoder de Foucault, impide la más mínima reforma en profundidad de la educación. En lo que se refiere a la relación entre los alumnos y entre los alumnos y el profesor. En esta estructura arquitectónica el profesor es el carcelero; cuando, realmente el profesor tiene que ser el que indique el camino hacia la libertad. Por su parte, la estructura administrativa ejerce el poder simbólico, con lo que la posibilidad de acción del profesor, si quiere salirse del guion es casi imposible. Sólo te das cuenta de tu esclavitud, de tu borreguismo sumiso, cuando intentas hacer algo distinto, cuando te quieres salir del guion. Los profesores somos tremendamente culpables del mal en la educación –por nuestra servidumbre humana voluntaria-, somos piezas esenciales en el engranaje del sistema que hemos aceptado, sumisamente, por un plato de lentejas, la función encomendada por el Padre Estado. Cuando intentas moverte, innovar, te das cuenta de que el sistema es kafkiano. La arquitectura juega un papel esencial en nuestras vidas. No es que vayamos a defender un determinismo de la arquitectura sobre nuestras emociones y sentimientos, pero sí que se puede afirmar, con certeza, el papel indudable de ésta en el ser humano: la familia, el pueblo, las instituciones. En referencia a la educación me preocupa enormemente el tema. La dinámica del espacio tiene que ver con la dinámica del espíritu, mente o alma, o como ustedes lo quieran llamar. El caso es que la estructura actual condiciona, de entrada, la conducta, tanto de alumnos como profesores. Y no me estoy refiriendo, por ejemplo, a las tarimas, que en determinados momentos vienen muy bien y que fueron eliminadas en el momento de ceguera de la igualdad. Profesor y alumno no son iguales, ni la educación es horizontal, tampoco vertical. Las cosas son mucho más complejas. La educación es un sistema complejo de retroalimentación en el que el profesor es un nodo importante del sistema (importante en el sentido de transmitir de conocimientos y de dirigir al alumno a la búsqueda de conocimientos) Pero el espacio, en sí, marca unos papeles determinados que uno no adquiere conscientemente, sino que asume el rol que le toca sencillamente por el espacio que ocupa. El alumno ocupa el lugar de la sumisión, el profesor el del poder, con o sin tarima, es igual. Pero el alumno de hoy en día, no quiere sumisión, es rebelde por naturaleza, no indisciplinado. La disciplina debe aprenderla de la mano de los padres y del profesor. Pero la disciplina no es verticalidad en las relaciones, tampoco se puede ejercer desde la absurda horizontalidad, sino que debe realizarse como un proceso de comprensión. El alumno debe aprehender cuál es su lugar en el sistema de aprendizaje (conocimientos, emociones, sentimientos: integralidad del ser humano) para realizarse como ser humano. No como un ser obediente y sumiso, un esclavo del mercado, que es lo que es ahora, ni como una cabra loca que danza por el monte a su aire (como las pedagogías posmodernas nos indican). El alumno debe aprehender los valores de la educación. Pero estos son imposibles de que puedan ser aprendidos siempre y cuando las relaciones espaciales arquitectónicas impongan el papel que alumno y profesor van a desempeñar, justo al entrar ambos por primera vez en las aulas. El movimiento y la dinamicidad espacial son importantísimos para la adquisición de conocimientos. Estar atados a una silla lleva al alumno más inteligente a la rebeldía y al mal llamado trastorno de hiperactividad y atención. El problema de los primeros es que su inteligencia necesita espacio, movimiento: ya lo decían grandes pensadores como Nietzsche, Freud, Kierkegard, Schopenhauer, Unamuno, Ortega y el mismo Sócrates, y la misma Stoa griega (la escuela), refleja el espacio y la posibilidad del movimiento. En el segundo caso, la hiperactividad y el déficit de atención no es más que un invento de la industria farmacéutica. Una enfermedad inexistente. El problema es que, como no han sido tratados emocionalmente ni han tenido una crianza afectiva, desde la infancia, en la adolescencia, estos niños con una sorprendente capacidad de atención diversa, pues, psicológicamente se desordenan y se convierten en desobedientes e, incluso, agresivos. Y, en lugar de sanarlos emocionalmente, recurrimos a encasillarlos y medicarlos. Un error en los dos casos. Grandes cerebros se nos están yendo por las alcantarillas. Menos mal que algunos, muchos, tienen capacidad de adaptación y triunfan sobre el sistema. Pero, al final, cuando empiezan sus estudios universitarios, su triunfo se convierte en un sometimiento porque nadie les ha enseñados los valores de la insumisión, de la rebeldía, de la indignación frente a la injusticia, lo contrario, han aprendido que, adaptándose, triunfan, por tanto se convierten en ovejitas, en engranajes perfectamente engrasados del sistema.

 

¿Es posible la justificación ética de la violencia, incluso en legítima defensa?

“La decepción procede de un error de percepción. Si cambias la percepción, no hay decepción.”

Cómo no se va a sentir dolor por la víctima y la máxima compasión.  Si no es el caso sería uno un psicópata. No es eso. Y no estoy con los dominantes, siempre he estado al lado del débil. Y el débil en este caso es la mujer. Y en la sociedad, las mujeres en general, y los inmigrantes, y los pobres…pero no es eso lo que yo digo. Es que no puede justificarse éticamente, aunque legalmente pueda tener atenuantes, el hecho de utilizar la violencia contra la violencia. La defensa personal es un concepto ambiguo. Por ejemplo, las artes marciales orientales, no se inventaron para agredir, ni dañar, sino para la defensa personal, sin agredir, sólo para persuadir. Los mismos monjes taoístas y budistas, absolutamente pacifistas, fueron sus inventores. Y el principio que las rige es el de la utilización de la fuerza, la violencia del contrario para que se vuelva contra él sin dañarlo. Claro, al llegar a occidente se cambió la visión, se convirtieron en artes ofensivas y en competición. Hasta el yoga se ha vuelto competitivo. Nuestra cultura nos ha destrozado a nosotros y a la ecosfera. Precisamente por el afán de dominio y de violencia. Dominio y violencia había en el hombre (más que en la mujer, por su puesto, pero el hombre es una víctima también de la cultura, como la mujer, claro), y dominio y violencia hay también en la mujer. Lo que yo propongo es volver a un paradigma ético creado hace 1.500 años y que haría las relaciones más sanas. No hay que irse a estos casos límites. En nuestras relaciones existe la ira, el enfado, el miedo, los celos, el rencor. Todo procede de nuestro miedo. y frente al miedo solo queda la compasión y la autocompasión. De lo contrario nos rompemos por dentro: estamos angustiados, estresados, no somos felices, queremos más, estamos insatisfechos. Sin embargo, lo que yo propongo, insisto, que es muy antiguo, es el bienestar, la felicidad. Pero, para eso, hay que empezar por conocerse a sí mismo, que es lo que decía Sócrates. Por qué me irrita tal persona, por qué tal opinión me irrita y no la comprendo, por qué no soporto a fulanito, por qué tengo prisas, por qué me agobia tal problema. Por qué los malos son siempre los otros, es que no hay ningún mal en mí.

Un violento samurái entró en un monasterio budista y preguntó por el monje más sabio. Lo llevaron ante un monje que se encontraba meditando y el samurái le preguntó que le dijera qué es el cielo y qué es el infierno o lo mataba. El monje guardó silencio en actitud meditativa, el samurái volvió a preguntar, más irritado, el monje permaneció en silencia por tercera vez preguntó el guerrero y sacó su espada, al ver esto el monje dijo: eso es el infierno, el samurái, perplejo, guardó su espada y el monje dijo: y eso es el cielo.

Los límites del conocimiento.

Yo creo que tenemos serios problemas para tener una teoría total del universo. Hay que contar con los límites del conocimiento que están en el propio sujeto cognoscente. Esto es muy largo, en mi primer libro “Fin de milenio y otros ensayos” Editora Regional, 2001. Dediqué un capítulo entero. El libro está agotado y no sé si lo tengo en formato electrónico. Pero sólo con un par de ejemplos es suficiente. Primero, tenemos un límite empírico, que señalaba antes, no tenemos ni podemos tener experiencia de la totalidad, segundo la verificación completa es imposible por lo que se llama el problema de la inducción. Es decir, no podemos probar el futuro, porque del futuro no hay experiencia. La información, para nosotros, no puede ir más allá de la velocidad de la luz, aunque el principio de no localidad de la MQ demuestra que hay comunicación instantánea entre partículas, cosa que Einstein decía que era una aberración, pero los experimentos de Aspect probaron suficientemente. Hay algunos experimentos que hablan de no localidad en los otros niveles. La teoría de cuerdas, por ejemplo, afirma que hay once dimensiones. Eso sólo lo podemos pensar matemáticamente, no lo podemos imaginar porque nuestro cerebro funciona con tres dimensiones más el tiempo, cuando se juntan en cuatro ya empezamos a tener dificultades (teoría de la relatividad). Nuestros conceptos del entendimiento, es decir, aquello con lo que pensamos racionalmente, que ya lo descubrió Aristóteles, y residen en el lenguaje (bueno en el cerebro y se expresan en el lenguaje) son doce. Por tanto sólo podemos pensar de esa manera, podría haber seres que pensasen de treinta formas distintas que tuviesen relación con la realidad. Por eso nosotros no conocemos la realidad, la construimos con nuestra sensibilidad y nuestro entendimiento. En realidad creamos la realidad al observarla. Una partícula es tal, en la medida que es observada, mientras tanto, es una vibración cuántica: una cuerda. Vamos, lo del gato de Schrödinger. En esencia es que nosotros como parte integrante del mundo pensamos el mundo que es y, de alguna manera, somos la consciencia del mundo o, como decía Carl Sagan, la voz de la consciencia cósmica. El universo que se piensa a sí mismo. Pero esto ya está en Spinoza. Este autor comienza su Ética demostrada según el orden geométrico” con el primer axioma. “Sólo hay una substancia y esa substancia es la substancia infinita que es Dios”. Nosotros somos modos de esa sustancia a través de los cuáles esa sustancia, de forma limitada, se conoce.

 

Crónica de un fracaso anunciado.

Estoy leyendo el libro de Riechmann “Autoconstruirnos. La transformación cultural que necesitamos”. Libros de la Catarata, Madrid, 2015. Hace dos años o más que no leo sobre ecología y no ha cambiado nada, salvo los datos. Todo se acelera. Parece ser que, según los datos, hemos pasado el punto de no retorno, lo cual implica que hemos fracasado, que es el fin. Sólo nos queda algo por hacer, fracasar bien. Es decir, es como si pudiésemos ir hacia atrás en el viaje del Titanic y el hundimiento es ya inevitable, lo que nos queda por hacer es organizar bien la evacuación. Pero el Titanic se ha hundido. Ése, por lo visto, es el mejor escenario. Todo lo previsto se ha adelantado tres o cuatro décadas. El siglo XXI será invivible antes del 2050. El ecocidio que hemos cometido producirá un genocidio (hambre, muerte, exterminios, miseria, enfermedad, condiciones imposible de supervivencia, probable guerra nuclear,…) Mientras, el movimiento ecologista y ecosocialista fracasaron en las últimas décadas del siglo XX.

Y, para salvar al hombre, no la civilización, se tiene que producir una lucha que reside en nuestra “doble” naturaleza: somos agresivos y somos solidarios. Eso, desde el punto de vista cultural y político, implica que hay muchas personas que piensan que el mundo tiene que ser una jungla en la que vence el más fuerte. El mundo se divide entre amos y esclavos, no somos iguales, no hay escrúpulos ante la violencia. El mundo es el infierno, pero si se es el fuerte, no importa que sea el infierno. La violencia está perfectamente justificada para el fuerte. Sobrevivirán los más fuertes. La otra opción política y cultural es la de la igualdad, colaboración y compasión. Si hay un número suficiente de personas, de momento son minoritarias, que tengan estos valores serán más fuertes y ganarán la batalla (que es inevitable, salvo un milagro de un repentino cambio de consciencia), de tal forma que, no nos libraremos del naufragio, pero salvaremos a la especie humana. Otra cosa es si merece la pena.

No hace falta que vean ustedes las noticias, ni que se entretengan con las mandangas de los políticos, ni de los famosos, ni del futbol. Lo necesario es tomar conciencia de sí mismo. Estamos ante una ética de urgencia. Lo de Europa, lo de Grecia, la crisis, todo es lo mismo. El problema no es el cambio climático, ni el problema ecosocial. Esto no son más que síntomas. El problema es el capitalismo que es una megamáquina devoradora que no puede existir sin crecimiento. Y ya hemos sobrepasado los límites del crecimiento. O damos el salto ético junto con esos valores: igualdad, colaboración y compasión o nos hundimos con el Titanic. Olvídense de todo lo demás. Ver las noticias no es más que ver la crónica de una muerte anunciada. Tenemos que tomar partido por una ética de urgencia en la que los valores son la igualdad, la colaboración y la compasión. No escuchen cantos de sirena, no hay tiempo. Hay que salir a la calle y decirles que ¡no! a los poderosos. Una desobediencia civil generalizada. Porque ya está bien de autoengaño, la libertad en la que creemos vivir es el cuento de los poderosos para dominarnos. En todos los colapsos civilizatorios que ha habido han perecido entre el 90 o 95% de los habitantes. La diferencia con el que ya ha empezado es que éste es global. No soy agorero, ni catastrofista, ni apocalíptico, me ciño a los datos y a la lectura de los expertos, no a las lecturas interesadas. Los catastrofistas son ellos, que son los que llevan el planeta al derrumbe. Bueno, ellos y nosotros que lo consentimos. Pero estamos a tiempo de tener un buen fracaso y crear las bases sólidas de una ética que, por lo demás, ya se nos había dado. La igualdad procede del cristianismo y de la filosofía helenística, la compasión del budismo, el hinduismo y el taoísmo y, también del cristianismo. Y tiene una versión en Sócrates. La colaboración la encontramos en la compasión y en el ideal cosmopolita. La teoría la tenemos y, durante 25 siglos, la hemos ido afinando. Tápense los oídos cuando escuchen la palabra crecimiento (es una anestesia muy potente) pero, en realidad, significa: ecocidio más genocidio.

“El mundo juzga adecuadamente muchas cosas porque vive en la ignorancia natural, que es la verdadera sede del hombre. Las ciencias tienen dos extremos que se tocan. El primero es la pura ignorancia natural en la que se encuentran todos los hombres al nacer. El otro extremo es aquel al que llegan las grandes almas que, después de haber recorrido todo lo que los hombres pueden saber, descubren que no saben nada, y vuelven a encontrarse en la misma ignorancia de la que habían salido, pero ésta es una ignorancia docta que se conoce. Entre unos y otros están los que salieron de la ignorancia natural y no pudieron alcanzar la otra; estos tienen un barniz de esta ciencia presuntuosa y se las dan de entendidos. Son los que alborotan el mundo y juzgan inadecuadamente de todo.” Pascal

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Efectivamente: "La servidumbre humana voluntaria." La Boetié. Y Kant "¿Qué es la Ilustración". Nos decía el maestro Kant que el hombre era autoculpable de su minoría de edad (sumisión), por pereza y cobardía. En definitiva no era más que la misma respuesta a lo que ya Montaigne y La Boetié habían dicho. Pero todo este problema arranca, a mi modo de ver, de forma radical en la oposición de Platón a la democracia. Éste decía que la democracia era el gobierno de los ignorantes. Pero, cuidado, hay que entender lo que significa ignorante en Platón, no es el que no sabe, sino el que es esclavo de los vicios, porque la virtud es un conocimiento (intelectualismo moral, que defendía Platón al igual que su maestro Sócrates). No se trata de no saber cosas, sino de pereza y cobardía, de intereses propios y egoísmo, ésa es la ignorancia a la que se refieren Sócrates y Platón. No se trata del gobierno de los sabios eruditos o tecnócratas, en la actualidad, sino de los mejores moralmente. Y ¿son los mejores moralmente nuestros gobernantes? Ése es el origen histórico-antropológico y filosófico del problema. Y si nos vamos a la antropología física y cultural vemos que el hombre, como todos los primates, es un animal jerárquico. Otra cosa es que, culturalmente, hayamos inventado la igualdad y la democracia. Pero nos encontramos con problemas de fondo ontológico difícilmente superables.

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Un amigo distingue entre enfermedades punibles y no punibles. Por ejemplo el cáncer de pulmón está relacionado con el tabaco. Pues eso es, para un fumador, una enfermedad punible. Es decir, que encima de que tienes un cáncer la sociedad te culpabiliza. Y tú mismo. Y te tienes que arrepentir. Y el sufrimiento va a ser tu forma de redimirte. Porque nos hemos empeñado en medicalizar la vida, pero eso no es un objetivo médico, sino económico. Un no fumador es más rentable, económicamente, que un fumador. Siempre lo he dicho, el estado no se preocupa por nuestra salud, ni por nuestra educación (nada más hay que ver cómo está) sino por el dinero que aportamos y por el que le costamos. Por eso la democracia que tenemos es una democracia capitalista que nos priva de la libertad (autoritarismo, entonces) en nombre de utopías: como la salud, la eterna juventud, el éxito social, la belleza que a ellos les importa, la moda…y de esa manera controla nuestro pensamiento. Una religión que nos convierte en culpables, si fumamos, si bebemos, si estamos gordos, si envejecemos, si no hacemos una formación continua y pagada a su antojo, que no sirve para nada, salvo para alargar el tiempo de espera para conseguir un trabajo basura o para aumentar tu sueldo y para beneficio de los que inventaron y mantienen el sistema y así sucesivamente…cada vez soy más anarquista. Un anarco-libertario, como cuando joven “utópico”, aunque los utópicos son ellos. Cómo me va a importar a mí ahora la gran mentira que nos están haciendo tragar ahora con Grecia. Y la que nos están haciendo tragar desde la “fundación de Europa” y el estado de bienestar o capitalismo de baja intensidad. Hay dos salidas: o la mística o el anarco-terrorismo. Prefiero y cultivo la primera.

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“No puede haber un grito mayor de angustia que el de un hombre” Wittgenstein. Aforismos, Madrid, Alianza, 1995, p. 195

La angustia es la separación la escisión de nuestro ser. Lo contrario a la angustia es el sentimiento oceánico del que hablaba Freud. Un sentimiento religioso o espiritual. Religioso en el sentido de “Religare”: estar unido al todo en su fundamento. Wittgenstein, en su vida, conoció los dos extremos y anduvo siempre detrás de aquello que no se puede decir, que es lo inefable: lo místico. Por eso nunca fue entendido por sus contemporáneos y por eso su vida fue solitaria y errante. Era demasiado sensible como para soportar la vulgaridad y demasiado exigente consigo mismo como para dejarse arrastrar por la mera diversión que te hace uno con el otro, aunque sea un nivel menor de identificación con el todo, es una forma –en la que no hay que quedarse, sólo utilizarla- para trascender el sufrimiento. El único camino es el místico. Pero la unión con el todo, el  mismo Freud lo dice en “El malestar en la cultura” es una mezcla de la inteligencia superior y la afectividad. Es decir, sentirse identificado con el todo no es sólo una operación intelectual de carácter superior, sino una cuestión de afectividad. Que se llama, precisamente compasión. No utilizo la palabra amor por la cantidad de acepciones y vivencias egoístas, románticas, relaciones vinculadas con el poder sobre el otro, los celos… es un concepto demasiado contaminado que ha perdido su aspecto positivo que aún conserva la compasión.

 

 

Creencia, razón y credulidad.

"La credulidad de los hombres sobrepasa lo imaginable. Su deseo de no ver la realidad, sus ansias de un espectáculo alegre, aun cuando provenga la más absoluta de las ficciones, y su voluntad de ceguera no tienen límites. Son preferibles las fábulas, las ficciones, los mitos, los cuentos para niños, a afrontar el desvelamiento de la crueldad de lo real, que obliga a soportar la evidencia de la tragedia del mundo. Para conjurar la muerte, el homo sapiens la deja de lado. A fin de evitar resolver el problema, lo suprime."
Michel Onfray

Pues al principio estaba más de acuerdo con lo que dice el texto que encabeza el escrito, pero ahora me parece, casi que una mera ocurrencia y mira que me encanta Onfray y lo he leído un montón. A fuerza de releer el texto pues lo he leído a otro nivel. Y en un nivel más profundo simplemente es que es falso lo que dice. Su verdad es aparente y se mezclan muchos factores. Es cierto que la credulidad de los hombres sobrepasa lo imaginable. Pero esto es un axioma o premisa de la que se parte, trivial, para lo que viene después. Es más, es una premisa que no es válida desde la rigurosidad científica antropológica. Ahora bien, si es una licencia literaria, si no pretendemos decir la verdad, sino llamar la atención sobre algo, pues entonces estamos en el nivel de lo poético. El ensayo, tampoco se puede pretender licencias, lo que pasa es que el ensayo es una forma personal de escribir que busca objetividad y universalidad pero que no está expuesto de forma científica. No es cierta la premisa porque el hombre se engaña de lo que se tiene que engañar, y se engaña lo preciso para sobrevivir. Y lo digo por lo que viene detrás. El hombre cree en mitos, fábulas y religiones porque, sencillamente, han sido el mecanismo que ha inventado que le permitió sobrevivir. Por eso, está muy mal la definición de que el hombre sea un animal racional. Está bien como distinción. Pero no es lo que hace al hombre ser hombre. El hombre es tal porque tiene esperanza y tiene esperanza porque es autoconsciente de sus límites, su finitud, su existencia, los animales, no. Y eso abre una brecha entre hombre y naturaleza. El hombre no actúa automáticamente, sino que tuvo que inventarse, con el cerebro que se fue formando evolutivamente, como resultado de la colaboración y la competencia, para sobrevivir (cazar, huir, relacionarse con sus semejantes, atacar, defenderse,…) toda una cultura, desde la piedra tallada hasta los dioses, ídolos y mitos que hablan de ellos. Y sin la esperanza de que este mundo creado, “in illo tempore”: en los orígenes, en los principios, los salvara estaban desesperanzados. La esperanza es nuestra salvación (sanación, felicidad, seguridad, paz, serenidad) es lo más característico de la condición humana. Se suicida el desesperado o el indiferente. Los evangelios están escritos en forma mítica: dicen “En aquel tiempo…” un tiempo remoto, originario, que funda el resto del tiempo y le da sentido. O los sermones de Buda: “He oído que….”) y creemos que esto es un teclado, cuando la ciencia nos dice que, en realidad esto es un inmenso vacío que colapsa en tanto que corpúsculo por mi observación. Pero es mejor creer que las paredes son sólidas que no intentar traspasarlas o que a pesar de que yo sea un inmenso vacío y el suelo también, lo mejor es bajar por las escaleras y no tirarme desde arriba para llegar antes. La creencia es una cualidad humana que permite la supervivencia. Lo mismo que socialmente, la mentira aceptada es una forma de evitar un mal peor, la violencia. Esto son conclusiones ético-filosóficas de la pura etología y psicología evolutiva. Por eso dice que el hombre tiene voluntad de alegría y esa voluntad le hace ser ciego y creer en fábulas. Claro. Aquí pasan dos cosas. La primera ¿qué es la verdad? Uff. Lo siento pero no me atrevo a tratar el tema es demasiado escurridizo y un filósofo que conoce la historia de más de dos mil quinientos años discutiendo del tema no va a cometer la imprudencia de saldarlo en dos líneas. Y la segunda tiene que ver con lo tratado más arriba. Por supuesto que el hombre busca la alegría y la felicidad. Y que “la verdad” no tienen nada que ver muchas veces con la felicidad, pero sí con la tristeza, con la desesperación y, por tanto, con la muerte. Por ello, desde un punto de vista evolutivo y adaptativo, ante “la verdad”, de la que ni estás seguro y la alegría, la mayoría elige la alegría. La mayoría y más el espíritu de la masa, elige la seguridad ante una supuesta verdad que nos produce desasosiego. Por eso la mayoría tampoco es libre, ni quiere. Porque libertad y verdad van de la mano. Y van de la mano, también de la soledad, la inseguridad, la desesperación, la inadaptación, la exclusión social y la muerte en muchos de los casos, como nos demuestra la historia en los casos más notables, tanto de verdades éticas: Sócrates y Jesús de Nazaret, que son nuestros pilares civilizatorios, como de verdades científicas: Bruno, Cusa, Servet…aquí la lista es interminable. Y, hoy en día, en las autoproclamadas democracias, el disidente es condenado al ostracismo. Fijaos, sólo como muestra, se entiende por democracia el consenso, cuando la democracia es lo contrario, la posibilidad de la disidencia. Lo que sí ocurre es que en la democracia pensamos que tenemos un instrumento en común que es el logos que nos permite el acuerdo, que no el consenso. Éste último es el pacto, la eliminación del pensamiento. Por eso yo defino la democracia como disidencia y así titulo uno de los capítulos de mi “Escritos desde la disidencia”. Así, la alegría es fuente de esperanza, de vida, es adaptativa. Los fuertes, los que colaboran con los demás, son los que tienen alegría, los que tienen esperanza en construir algo nuevo con la ayuda de quién sea, pero funciona y la prueba es que estamos aquí. El melancólico se hunde en su propia miseria. La creencia en los mitos ha sido la piedra angular de nuestra supervivencia. En cambio, la racionalidad nos ha llevado a una situación de un posible apocalipsis civilizatorio alimentado por otro mito en el que creemos a pie juntillas: el del progreso de la historia y de la humanidad. Es más, la razón y la ciencia se han convertido en los nuevos ídolos. Porque el hombre, la mayoría, no puede vivir sin ellos.  Es que es nuestra condición. Es aquello de “La servidumbre humana voluntaria”

La tragedia del mundo que el hombre es capaz de soportar lo hace a través de mitos. Pero, paradójicamente a partir de mitos modernos. Es decir: el mito del progreso y el mito de la razón. El mito del progreso y de la razón han sembrado la historia de cadáveres, como nos advierte Benjamin, comentando el cuadro de Poul Klee “El ángel de la historia”. El exterminio del hombre por el hombre y de la naturaleza por el hombre comienza con la racionalización de la actividad humana y esto tiene lugar en el neolítico. Y las religiones, creencias y mitos que fundamentaron el estado de creencia para mantener ese statu quo, son las mismas que hoy tenemos. La razón ilustrada levanta la cabeza contra todas esas supersticiones y le promete al hombre la libertad a través del conocimiento por medio de la razón ética y científica, pero lo que viene es el totalitarismo político, la revolución industrial y el sistema capitalista. Y todo ello alimentado por el mito del progreso en el que el hombre cree, porque es racional. Pues no es racional, es el mito de la historia sagrada (la historia de la salvación) del cristianismo, pero secularizado. Por eso, todo pensamiento político de emancipación, pues nos ha llevado al exterminio totalitario. Y, ahora, precisamente, vivimos en uno de esos mitos del progreso tecnocientífico y económico (neoliberalismo). Hoy se llama radical a un partido griego que no es más que socialdemócrata. Y neoliberales y socialdemócratas defienden la política neoliberal como pensamiento única al que no hay alternativa: creencia, mito.

Por eso, no hay emancipación de la humanidad por medio de la razón instrumental, sino de la razón ética particular. Es decir, sino hay una revolución ética a título singular, de las personas, no hay futuro para la humanidad. Desde luego, que si hay futuro, no es esto que vivimos. Lo que vivimos actualmente no es la civilización es la barbarie, la locura organizada racionalmente, el infierno que el ángel de la historia contempla espantado. Recomiendo el último libro de Riechman “Reconstruirnos” y el último de Baumann “Ceguera moral”.

                               Del amor entre padres e hijos.

Las religiones tienen múltiples dimensiones y sirven para muchas cosas. Son fuente de sabiduría, de moral, de control social, de poder…la religión es la forma de unión social que más ha perdurado en la historia. Es más, diferentes formas de unión, como las ideologías, han tenido un trasfondo religioso. El caso es que la religión, en un sentido muy profundo, al ser un instrumento de socialización tiende a institucionalizarse. La institucionalización de la religión lleva aparejada gran parte de la pérdida de su dimensión espiritual y la aparición de formas de control totalitarias. Las religiones del libro, aunque las sapienciales también, han sido las más claras en este asunto y las que han presentado su cara más fanática, cruel y homicida, como el islam y el cristianismo. Voy a analizar un caso concreto de la religión cristiana de control de la moralidad individual para mantener un estatus quo social, el de la familia patriarcal. Me refiero a un tema muy escabroso porque se suele confundir lo natural con lo cultural. Eso es lo que suele ocurrir cuando una forma cultural, como por ejemplo una religión, se impone como forma de vida única y sin alternativa. Me estoy refiriendo a la asimetría entre el amor filial y el amor paternal o maternal. El amor de los padres a los hijos es un amor que procede, en teoría, desde antes de la concepción hasta la muerte de los padres o del hijo (que también ocurre, no debemos olvidarlo porque la muerte es nuestro eterno presente y nuestra única evidencia en la vida). El amor de los padres al hijo debe ser, como todo amor, absolutamente desinteresado. Todo amor interesado no es más que un intento de posesión del otro y transformarlo en un objeto a nuestra medida. El amor, en general, y esto sirve para todo, es presencia de uno tal cual es y aceptación plena del otro tal cual es. Todo juicio sobre el otro no es más que una proyección de nuestros propios deseos, que lo único que van a hacer es distorsionar la relación y producir sufrimiento. Pero esto, es lo normal en todas las relaciones de amor. Por eso se habla de amor-odio. Porque en realidad sólo se puede odiar al que se ama, pero porque se le ama mal, se le quiere transformar en el vehículo de nuestros propios deseos de realización personal. Y esto no es posible, la realización es siempre cuenta de uno, por supuesto que intervienen los demás, pero cuando a los demás se les intenta instrumentalizar, entonces ya no hay ni amor, ni amistad, sino posesión objetual. Pero como el otro no es un objeto se rebelará, a menos que sea lo suficientemente sumiso como para aceptar el papel de instrumento del otro. Bien, esto que digo en general vale para las relaciones padres hijos y a la inversa. Decía que el amor de los padres comienza en el inicio y termina en el final. Y en este amor los padres tienen la obligación moral, también jurídica, desde luego, de cuidar del hijo hasta su mayoría de edad. Pero, desde el amor no pueden pedirle nada, sólo desde la moral les pueden pedir respeto y el hijo está obligado a ello. Todo lo que vaya más allá del respeto que el hijo debe tener al padre es algo que no se le puede pedir y, menos aún, exigir al hijo. El hijo es fruto de tu deseo, de tu amor, no es un esclavo, no es un objeto, no tiene que satisfacer ningún proyecto tuyo, es un ser absolutamente autónomo y libre. El hijo puede agradecer o no este regalo, según la visión del mundo que el hijo tenga. Los hay que consideran la vida una bendición y estarán siempre agradecidos a los padres y los hay que la consideran una maldición e, incluso, acaban quitándose la vida como una forma de autoafirmación. Todo lo que vaya más allá de este tipo de amor se llama egoísmo. Como esto no se suele entender, pues de ahí el sufrimiento de los padres y el sentirse abandonados, cuando, si realmente amasen, y no intentasen poseer, disfrutarían de los hijos, de lo que los hijos son de por sí, de la obra que potencialmente han creado, de la que han colaborado, dando, lo fundamental, la propia vida. Eso es amar y gozar de los hijos cuando estos ya no están, cuando son autónomos, cuando llevan su vida, con sus éxitos y fracasos. Nunca intervenir, salvo por petición del propio hijo, nunca juzgar, porque juzgar es proyectar tu propia deficiencia, tus propios defectos, tu envidia, tus celos,… amar no es fácil, porque es estar presente sin pedir nada a cambio. Y, muy difícil amar a los hijos, porque no hay simetría en su amor. Si bien el amor de los padres a los hijos es, en un principio, altruista (bueno, esto sin entrar en los argumentos etológicos y de psicología evolutiva y de la propia ética, que nos vienen a decir que amar a un hijo no es más que amar tu propio bienestar. Quieres tener un hijo porque la idea te hace feliz, amas al hijo porque te hace feliz…hasta que un día dices aquello de, ¡qué harto estoy ya de niños!, y ahí comienza el desamor y el egoísmo), el de los hijos a los padres es, absolutamente egoísta. El niño ama a los padres por mera supervivencia. Los padres dan compañía, amor, calor, seguridad, juego, entretenimientos, todo. El niño, sólo por su presencia es amado y lo tiene todo. Hasta que comienza su proceso de maduración y de independización, su autoafirmación. Esa autoafirmación se expresa en forma de rebeldía contra los padres. Rebeldía que los padres no tendrán más remedio que aprender a canalizar. Si se produce el enfrentamiento, has perdido el amor del hijo y tu amor al hijo. No hay más remedio que saber jugar con las circunstancias. Y es aquí donde reside la piedra angular de la educación y, por cierto, como decíamos, lo único que se le puede exigir a un hijo: respeto. Si no hay respeto por parte del hijo (probablemente muchas cosas habremos hecho mal los padres cuando no lo hay, pero siempre estamos a tiempo de restaurar el orden y la armonía) ya no existe ninguna obligación por parte de los padres. Es curioso, que, en la sociedad en la que vivimos, cada vez hay más denuncias de padres a hijos menores de edad por maltrato. Algo estaremos haciendo muy mal los padres. Porque, cuidado, cuando yo hablo de respeto no hablo de miedo del hijo al padre, no, que no salten los progres.

                Pero, ¿cómo se ha instaurado este amor posesión en el que los hijos tienen una serie de deberes morales con respecto a los padres? Pues, muy sencillo, por la tradición religiosa que ha funcionado como ideología o soporte para mantener el statu quo de la familia patriarcal de la sociedad establecida en el neolítico para acá. La sumisión y obediencia de los hijos a los padres garantizaba el sistema de herencia y de propiedad, así como el nombre y la posición social. Todo un orden social establecido para favorecer un sistema de producción basado en el mandamiento de “Honrarás a tu padre y a tu madre.” En fin, una historia de sufrimiento, dolor, sumisión, ausencia de libertad, salvo para los privilegiados: el primogénito en algunos casos, por ejemplo. La misma historia que ocurrió con las mujeres. Y, mira por dónde que, precisamente la “liberación”, que es mucho decir, de la mujer al incorporarse al mundo del trabajo pues ha trastocado todo este orden patriarcal, pero no la mentalidad, ésa prosigue. Y esto ha sido así porque la mujer es la que se encargaba de las tareas del hogar que incluía el cuidado de los pequeños, los enfermos y los viejos. Los hijos y, sobre todo, las hijas también colaboraban. Pero esta estructura se ha venido abajo y ha dejado al descubierto muchas cosas, entre ellas, la inmensa labor que las mujeres han realizado en nuestra historia y están en el olvido. En segundo lugar, que el sentimiento de amor que mantenía, y persiste, esa estructura era el del amor posesión y egoísta. La salida de la mujer del seno de la familia tiene que enseñarnos muchas cosas. La primera, que no ha sido, para ella, ninguna liberación, mientras sigamos en el capitalismo y en la tradición patriarcal, la segunda es que es insuficiente el trabajo de la mujer para su autorealización y, la tercera, que tenemos la oportunidad de cambiar el concepto de amor paternal y amor filial y transformarlo en amor real: presencia, aceptación y respeto.

Determinismo libertad y felicidad.

“Uno ha de ejercitarse sobre todo en este aspecto. Desde el alba, acercándote a quien veas, a quien oigas, examínale, responde como si te preguntasen: ¿Qué has visto? ¿Un hermoso o una hermosa? Aplícale la regla. ¿Ajeno al albedrío o sujeto al albedrío? Ajeno al albedrío, échalo fuera. ¿Qué has visto? ¿A uno de luto por su hijo? Aplícale la regla. La muerte es ajena al albedrío: apártalo de en medio. ¿Te has encontrado con un cónsul? Aplícale la regla ¿Cómo es el consulado? ¿Ajeno al albedrío o sujeto al albedrío? Ajeno al Albedrío; aparta también eso, no es aceptable; échalo fuera, no tiene nada que ver contigo.

                ¿Qué es el llorar y el gemir? Una opinión ¿Qué es la desdicha? Una opinión. ¿Qué son la rivalidad, la disensión, el reproche, la acusación, la impiedad, la charlatanería? Todo eso son opiniones y nada más, y opiniones sobre cosas ajenas al albedrío como si se tratara de bienes y males. Que alguien lleve esa actitud a lo que depende del albedrío y yo le doy la palabra de que se mantendrá en calma, sea como sea lo que le rodee.” Epícteto. Disertaciones. III, III.

Epícteto, como todos los estoicos y epicúreos trabaja con las emociones y los sentimientos y, con lo que podemos llamar, el modo de ser o la personalidad. Esto último lo hemos ido labrando durante toda nuestra vida. Y es lo que nos produce nuestra felicidad o nuestra desgracia. Generalmente las terapias se han basado en la búsqueda de las causas de los traumas. Me refiero a las terapias introspectivas. Pues bien, el conocimiento de estos traumas, que causaron un dolor y han configurado nuestra personalidad y, por ende, nos hace infelices es lo que hay que curar. No le falta razón, desde luego. Lo que ocurre es que la psicología ha dejado fuera a la voluntad y a la libertad (el albedrío) por no ser ponderables. Esto es una herencia del cientificismo. Y, por eso, vienen a decir que la personalidad, una vez establecida, nuestro modo de ser, ya establecido y madurado, no puede cambiar. Pues bien, esto es lo que es falso y lo que los estoicos consideraban que sí podía cambiar. Y eso que eran deterministas. Es decir, que pensaban que existían leyes necesarias de la naturaleza. Pero, a pesar de ello, pensaban que existía la libertad o la voluntad, como lo queramos llamar y que esto hace posible cambiar la personalidad o nuestro modo de ser. Independientemente de las causas que produzcan nuestro malestar. Incluidas las más alejadas como la falta de afecto e incluso el abandono o los malos tratos en la crianza. Cuando se piensa que el pasado psicológico, sociológico, cultural, determina nuestra personalidad caemos en el determinismo. Es decir, eliminamos la libertad. Pero, Epícteto, por no generalizar, no lo considera así. Para empezar considera que lo que nosotros tenemos del mundo y de los demás son representaciones nuestras. Por tanto, no tenemos un saber cierto sobre el otro, sino meras opiniones. Y no debemos basar nuestra acción en opiniones. En segundo lugar, divide aquello que está sometido a lo inevitable y sobre lo que yo no puedo intervenir y aquello sobre lo que yo sí puedo intervenir. Es decir, lo que está determinado por ley, que no debe importarme, porque sería un loco si intentase cambiarlo. Esto es, me produciría sufrimiento y lo que sí está sujeto a cambio por medio de mi acción. Pues bien, sólo debo preocuparme de esto. Hay un conjunto de circunstancias que me envuelven y que son particulares para cada cual, que me condicionan, no me determinan, a menos que yo lo permita, pero sobre las que puedo interactuar. Estas condiciones, incluido mi genoma han construido mi modo de ser, mi personalidad. Pues bien, ésta puede ser cambiada por el acto de la libertad. La libertad no crea nada de la nada, sino que juega con las circunstancias haciéndolas positivas. Un maltrato infantil produce un trauma, ahora bien, yo tengo diversas formas de ver el trauma. Para empezar, tengo que ver lo inevitable como inevitable. El trauma ocurrió y es inevitable, ahora bien, la visión que de él pueda yo tener y el cómo me pueda afectar depende de cómo yo me lo represente. Si yo me lo represento emocionalmente de forma negativa, me estaré infringiendo sufrimiento, si yo soy capaz de tener una emoción o sentimiento positivo o neutro (puesto que es inevitable) del acontecimiento, entonces cambio mi forma de sentir. Es decir, cambio mi modo de ser, mi personalidad. Y eso es ser dueño de uno mismo. Y eso requiere de la práctica. (No tiene nada que ver con la psicología positiva que nos crea un mundo color de rosas. Esto requiere de un diálogo interior, de una transformación paulatina, de un conócete a ti mismo socrático. Ni tampoco tiene que ver con los coaghing, que son meros “entrenadores” para que tú puedas conseguir los fines prácticos que te propones en tu vida. Nada tiene que ver esto con el autoconocimiento, la libertad y la felicidad) Todo sentimiento negativo, en el fondo, procede del miedo, hay que acabar con él para crear un nuevo modo de ser. Esto está muy en la línea de Ortega que decía aquello de “Yo soy yo y mis circunstancia, sino salvo a ésta no me salvo yo.” Por eso podemos concluir con Epícteto de nuevo:

“¿Se puede sacar provecho entonces de esto? De todo. ¿Y también del que insulta? Sí. ¿Cuánto aprovecha el entrenador al atleta? Muchísimo. Pues el que me insulta se vuelve entrenador mío; entrena mi capacidad de aguante, mi docilidad, mi mansedumbre…Si alguien me entrena en la docilidad, ¿no me aprovecha?...

¿Un mal vecino? Para sí mismo, pero para mí bueno. Entrena mis buenos sentimientos, mi ecuanimidad. ¿Un mal padre? Para sí, pero para mí bueno. Esto es la varita de Hermes: “Toca lo que quieres y se convertirá en oro” No, sino: <Venga lo que quieras y yo lo convertiré en un bien>” Epicteto. Disertaciones.

El problema es decir: “Si volviera a vivir”. Porque en esa frase va implícita el concepto de tiempo. Del tiempo como transcurrir. Pero el tiempo es una realidad psicológica, es decir, que no es real, sino aparente. El tiempo físico se mide por el segundo principio de la termodinámica. Hablando popularmente, la flecha del tiempo, que viene a decir que todo sistema ordenado tiende al mínimo estado de orden por sí sólo y que, por tanto, para llevarlo a su estado primitivo es necesario introducir energía. Vamos, que el café se enfría sólo y para calentarlo hay que gastar energía. Las cosas se caen y no flotan, las células envejecen. Pero, esto sirve para la física de los grandes objetos, la macrofísica. No es el caso de la microfísica, donde gobierna la mecánica cuántica. Donde una partícula surge de algo muy semejante a la nada que los físicos, por no llamarlo así, lo llaman “Fluctuación cuántica.” Por eso, en un agujero negro pueden ocurrir cosas muy extrañas como la inversión de la flecha del tiempo y tal. Y, en los múltiples universos que existen o pueden existir, no tiene por qué existir la segunda ley de la termodinámica. La física que tenemos es la que produce el universo que tenemos, pero en la infinidad de posibilidades cuánticas, pues existen infinidad de físicas posibles. Vamos, como el gato de Schrödinger, que está vivo y muerto a la vez, mientras no lo observemos, claro. Por paradójico que parezca.

Por eso la vida es el ahora y el resto no existe, es el concepto de vacuidad de los budistas. Cuando digo que no existe es que es una infinidad de probabilidades cuánticas. Los estoicos y Nietzsche, supieron ver esto sin física ni nada. Con el concepto metafísico de eterno retorno. Si todo lo que ocurre ha ocurrido infinidad de veces y tiene que ocurrir infinidad de veces, porque el tiempo es cíclico, entonces no hay tiempo, todo es un eterno presente, un repetirse siempre lo mismo. Por eso decía Nietzsche lo del amor fati. Es decir, querer (voluntad de poder) el destino, un eterno decir sí. Una afirmación incuestionable. Aceptación absoluta o, lo que es lo mismo, conciencia plena.

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Evidentemente que lo de Nietzsche es una fantasía, una licencia literaria para afirmar su idea del superhombre y el amor fati o, de otra manera, la voluntad de poder. Pero en el resto de lo que dices es que no sales del tiempo psicológico y, cultural. Neurofisiológicamente venimos preparados para tener una concepción del tiempo. Pero, la concepción lineal del tiempo, es un producto cultural absolutamente minoritario que se dio en el judaísmo y, a través del judeo cristianismo llegó a Occidente y se convirtió en creencia y en una idea filosófica central con San Agustín que forja la filosofía de la historia a través del tiempo lineal. En el resto del mundo no había culturas con un tiempo lineal. Al globalizarse la cultura occidental a partir del Renacimiento se extiende esta creencia cultural apoyada por el surgimiento de la ciencia y posteriormente con la idea (mito) del progreso, que se reafirmaría con la revolución industrial. El tiempo psicológico y cultural es una forma a priori que el cerebro tiene para organizar lo que acaece. La idea de tiempo lineal se vio reforzada con la física de Newton, que concibió el tiempo como matemático, absoluto, eterno,… pero, en realidad, nuestra imaginación lo que hizo fue, lo que se llama, espacializar el tiempo, y lo concebimos como una línea sucesiva de puntos, en la que los puntos matemáticos equivalían a los instantes del tiempo. Pero, en realidad, en la física clásica el tiempo, al ser absoluto (que no depende de nada, ni siquiera del hombre) y eterno se reduce al instante. Por eso da igual tiempo positivo o tiempo negativo en las ecuaciones, son absolutamente equivalentes. Tendría que llegar la termodinámica en el siglo XIX para introducir, con su segundo principio, la idea de la flecha del tiempo. Es decir, que el tiempo es lineal, absoluto, pero tiene una dirección y sentido. Y es esta idea la que psicológicamente hemos adoptado porque es la que cuadra con nuestra imaginación. Es la que tú formulas. El tiempo sería un absoluto que va de la nada a la nada y del que no podemos escapar. Nos lleva del nacimiento a la muerte según el segundo principio de la termodinámica, de forma inevitable. Pero, resulta que la relatividad y la física cuántica vienen a decir cosas distintas, pero, desgraciadamente inimaginables. Si ya es difícil imaginar un universo en cuatro dimensiones, que es el relativista, imagínate tú, el universo de cuerdas que habla, matemáticamente, claro, de que el universo tiene once dimensiones. Para nosotros son inimaginables, sólo se puede pensar matemáticamente o, por una correcta interpretación de esas fórmulas, pero no lo podemos imaginar. Está más allá de la capacidad de imaginación de nuestro cerebro. Y, jaja, el gato, mientras no se demuestre lo contrario (que la mecánica cuántica es falsa) está vivo y muerto a la vez, mientras que no lo observemos. Como cualquier objeto del universo. Y estos son preliminares de la ciencia contemporánea. Como señalan muchos científicos: mientras más avanzamos en el conocimiento del cosmos más nos acercamos a la mística.

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“Recuerda antes que nada que no ofenden el que insulta o el que golpea, sino el opinar sobre ellos que son ofensivos. Cuando alguien te irrite sábete que es tu juicio el que te irrita. Por tanto, intenta, antes que nada, no ser arrebatado por la representación.” Epícteto.

Vemos en este texto de la filosofía occidental, de los estoicos, concretamente, dos cosas muy importantes. La primera es que pertenece a la línea sapiencial. Es decir, la filosofía que aquí se nos está proponiendo es una praxis para ser feliz. es una teoría que coincide con el ser. Es una forma de vida. La filosofía no es ajena al vivir. Eso es algo que ha ocurrido posteriormente.

Y, en segundo lugar, se da una teoría que pertenece a la época axial. El mundo es nuestra representación de él. Por tanto no nos daña el mundo, sino los juicios que sobre él hacemos. No nos dañan los demás, nos dañamos nosotros mismos. Podemos decir con Sartre, que el infierno son los otros, pero por los juicios que nosotros hacemos sobre lo que los otros piensan de nosotros. El problema, por tanto es el juzgar. Juzgar es una proyección de nuestro ser en el ser del otro.

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“La salvación está dentro de ti”. Salvación es sanación, felicidad, paz, luz, serenidad, que, a su vez, se transmite a los demás. Sólo de uno depende salvarse, igual que la culpabilidad: la infelicidad, la desgracia, sólo están en ti (el duelo, saberlo llevar o no saberlo llevar. No se puede luchar contra lo inevitable, es una necedad, una locura. Tampoco se puede proyectar, porque creas más mal en ti mismo.) Pues si la salvación está en ti mismo y es la felicidad, ser feliz, sentir la felicidad, la paz, la serenidad, elimina la culpabilidad y el miedo. Porque en el fondo el miedo y la culpabilidad no son más que ilusiones.

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La pérdida de la visión global, del conocimiento en sustitución de la información parcelada, empaquetada y enlatada está terminando con la conciencia humana. Hoy, más que nunca la función del filósofo, como del artista está en la calle en el ágora, tanto material como virtual. Antes de que acaben de privatizar y controlar tanto la una como la otra. Desaparecen las humanidades, desaparece la filosofía de los planes de estudio. Las reformas educativas, por llamarlas de algún modo, como las llama el enemigo, nos expulsan de su ideal mercantilista y fragmentario del saber. Pues hay que tomar la calle. Podemos hacer una filosofía práctica y aplicada, tanto en los institutos (pasando de temarios orientados a la productividad y creando conciencia de globalidad y de resistencia pacífica, los que aún nos quedamos dentro del sistema) y los que estén fuera haciendo valer la filosofía como fue antaño. Es absurdo agarrarse a un barco que se hunde y que no tiene nada que ver con lo que fue. Los institutos son una preparación para el mercado, las universidades son ya el mercado. Mejor es aceptar lo inevitable y saber jugar las bazas de las circunstancias en las que nos encontramos. Vuelta a la filosofía sapiencial. La ciudadanía está perdida y la tradición filosófica tiene los instrumentos teóricos y prácticos para darle un sentido a su existencia. Nuestro lugar, hace tiempo, que no está en las aulas. En las aulas estamos buscando nuestra manutención, no la transmisión de la sabiduría.

 

 

Los mecanismos de manipulación de las conciencias de Chomsky y la lucha contra el poder.

Simplemente decir que, desde que aparecieron estos mecanismos de manipulación de las conciencias que propuso Chomsky, yo lo añadí a mi explicación de qué es la filosofía. Bien, el caso es que yo lo adjunté a una serie de pilares sobre los que yo hago descansar al pensar o la filosofía, que viene a ser lo mismo en mi concepción. No en la concepción académica de la filosofía de la que, no es que no me identifico, sino que reniego. El pensar o está en la calle o está secuestrado, como es el caso. Tanto por la academia, como por el poder. Y la academia forma parte del poder en tanto que es el vehículo de transmisión del pensamiento del poder, o sino que se lo digan a los economistas. Bueno, mejor que no, porque, probablemente no sabrán que existen otras economías absolutamente distinta a la teoría neoclásica que estudian como un dogma de fe o como un credo, que dice Stiglitz. Lo que yo quiero decir es que el pensar es un desenmascarar y que el poder, toda forma de poder, que simplemente es aquel que impone algo y ese algo es lo establecido, o, también, el pensamiento único, intenta, por todos los medios mantener la máscara, el engaño. Y utiliza todos los medios a su alcance. Esto empezó por la retórica cuando degenera en demagogia y entonces el poder utiliza la palabra para su propio beneficio. Hoy es igual, lo que ocurre es que el poder de seducción de la demagogia, que está siempre en manos del poder, se ha hecho casi ilimitado. Y, su único objetivo es, mantener el statu quo. Vivimos en un mundo orwelliano del que el ciudadano-vasallo no es consciente y por eso es muy difícil que salga de él. Incluso los que engañan, por ejemplo, un presidente de gobierno, no saben que engañan y que son partícipes de un engaño superior, que están dentro de la caverna platónica o, de Matrix, en su versión moderna y tecnobarroca. El engaño es mundial, puesto que vivimos en una única civilización mundial en la que hay una lucha por el poder, pero no para cambiar el sistema, sino para hacerse los dueños del sistema. El resto de la ciudadanía no somos ciudadanos, somos ovejitas sumisas que obedecemos pacientemente al poder y que asumimos los roles sociales que el poder nos dice que hay que asumir. Administramos las leyes que el poder se ha inventado para perpetuarse y no las cuestionamos, sino que las defendemos por imperativo legal y, a ver aquel que se atreva a desobedecerlas. La desobediencia civil es impensable en el sistema. Los profesores obedecen sumisos a las nuevas leyes, nuevas normativas, nuevos controles burocráticos (te llenan de burocracia para que no pienses, porque no sirve para nada). Personalmente a mí me han perseguido para que rellene una encuesta del informe de evaluación Pisa y no la he rellenado, al final me parecía que otro funcionario, de una escala inferior a la mía me estaba amenazando. Yo he ejercido mi libertad y como creo que las pruebas PISA son un timo de los países ricos para enfocar la educación al mercado, pues no he participado…ya veremos las consecuencias. Ahora nos han atiborrados con burocracia increíble sobre cada alumno en particular que es demencial. Pues no sé si la haré. Pero, el caso, es que todos los profesores se quejan, pero todos los que yo conozco la están haciendo. No nos unimos y le decimos a la administración. Mire usted, esto es absurdo y la única intención es mantenernos distraídos y, además es que ya es casi inviable hacer toda esta tarea cuando han adelantado los exámenes de septiembre a Junio y parte de Julio (que nos lo tendrían que pagar, puesto que el profesorado tiene dos meses de vacaciones y no cobra una extraordinaria debido al mes más que tiene de vacaciones). Pues ahí está el personal. Y obedeciendo toda ley que le viene de arriba y que él ni ha pensado, ni ha propuesto. Y así todo. Consumimos lo que se nos dice, tenemos la visión del mundo que se nos ofrece, seguimos los valores que se nos muestran en la televisión, la propaganda, los medios de desinformación escritos con sus páginas de opinión que no son más que replicantes del pensamiento del poder. Eso sí hay disputas sobre cosas superficiales en las que nos va la vida, que si independencia o no, que si cuál ha de ser la forma del estado, que si república o monarquía, que si corrupción. Todo es distracción. Pan y circo. Para volver a las conciencias cada vez más solitarias egóticas, nihilistas y neuróticas. Llenas de estrés, ansiedad y depresión porque en el fondo viven instalados en el nihilismo del pensamiento único, que es, ni más ni menos, que el pensamiento cero.

Por eso reivindico el pensar y que todo pensar es pensar contra el poder. Pero últimamente he dado un paso más. El pensar sólo puede venir tras dos momentos de la conciencia. El primero es el de la crítica racional que nos lleva a desenmascarar la gran mentira de la humanidad y que nos lleva al reconocimiento del nihilismo en el que vivimos, a desenmascarar el conjunto de mitos en los que creemos y por los cuales vivimos. Y, una vez que hemos llegado a esto, pues es necesario un cambio de conciencia. Es decir, un cambio de paradigma (visión del mundo), pero que ha de hacerse, desde lo singular a lo universal. Un cambio de conciencia en el individuo y, por tanto, un cambio de conciencia ético, que nos llevaría a un cambio político, en el que la política no tendría nada que ver con lo que hay ahora y, por último, una legislación que fundara un estado cosmopolita con base en esa nueva conciencia de la humanidad. Esto puede parecer utópico. Pero, yo pienso que lo utópico es pensar que seguir como estamos nos va a salvar (y utilizo el término en los dos sentidos: individual y colectivo) a la humanidad de su propia autodestrucción. El cambio debe ser de la conciencia individual e ir de abajo a arriba y, después de arriba abajo para retroalimentarse. Y, una cosa más, la revolución ética ya se ha dado, y tuvo lugar en la época axial. Hace más de dos mil quinientos años. Pero se agotó y es necesario recuperarla y adaptarla a nuestros tiempos. Es decir, no tenemos que crear una nueva forma de pensamiento. Ya tenemos los cimientos, simplemente hay que readaptarlos. Por eso pienso que el inicio de todo es el pensar, porque el pensar es el martillo que puede hacer desquebrajarse al poder y a nuestras máscaras y resistencias internas. Porque, en el fondo, tenemos miedo de dejar de ser quienes somos. Lo que el poder ha hecho de nosotros. Nos gusta seguir escondidos detrás de la máscara. De ahí lo de la servidumbre humana voluntaria o lo de nuestra autoculpable minoría de edad: por pereza y cobardía.

Nota: Pueden ver los mecanismos de manipulación de masas de Chomsky en mi blog Filosofía desde la trinchera o en este enlace. http://pijamasurf.com/2010/09/las-10-principales-estrategias-de-manipulacion-mediatica/

¿A qué le debo dar importancia y a qué se la doy?

Mírate en los demás.
Entonces, ¿a quién puedes dañar?
¿qué puede dañarte? Proverbio budista.

Pues probablemente andemos equivocados dándole importancia a lo que no tiene importancia y olvidando lo importante. Le damos importancia a lo transitorio, a lo que es mera apariencia, a lo que no es más que una marca en la arena. Le damos importancia al dinero, a la fama, al tener todo tipo de “bienes” de consumo que nos consumen, a cómo vestir, a nuestro equipo de futbol, al futuro de nuestros hijos (que no es que queramos que sea el mejor, sino que queremos controlar), al trabajo, a los conflictos en el trabajo, a lo que dicen de nosotros, a lo que piensan de nosotros…En definitiva, a lo meramente caduco, aparente y egótico. Todos estos problemas son pseudoproblemas. Problemas del ego que nos distraen de lo verdaderamente importante, el ser, nuestra conciencia, lo imperecedero. Y, mientras nos ocupamos de esos problemas alimentamos nuestro ego, que es nuestro no yo, lo que realmente no somos, lo que somos en apariencia. Y ese es el entretenimiento de nuestra vida, el pasar de los días, entre la angustia, el desasosiego, la frustración, la disputa, los juicios sobre los demás. Entretenidos en hablar de la gente. Y, cuando estamos solos nuestro ego lanzando juicios sobre los demás, sintiéndose víctima de todo el mundo y creyendo que los responsables de los males de uno son los demás y el mundo en general. Triste existencia. Una existencia sumida en la lucha, el sufrimiento, el deseo, el conflicto, la ira, la rabia y el miedo. el miedo a perder lo que se cree que se tiene, porque en realidad no tenemos nada. En todo caso las cosas nos tienen a nosotros prisioneros de sus garras. El miedo a perder lo más querido: el amor, los hijos…cuando realmente no poseemos nada. Ese es el problema el yo, el ego, siempre es egoísta. No sabe amar. Su amor es posesión. De ahí los temibles celos que corroen el alma e, incluso, llevan al asesinato. El miedo a perder la salud, cuando realmente, si tienes miedo, ya estás enfermo y enfermarás más y el miedo a la muerte, a la nada. Pero es el ego, eso yo falso, construido de vivencias que no existen pero nos condicionan desde su no existencia. Nos hacen ser lo que no somos. Y eso son las creencias. El ego es una falsa creencia que crea el cuerpo para sobrevivir. Hablando más científicamente, una fabulación del cerebro encaminada a la supervivencia del homo sapiens. Pero este ego ha funcionado en lo que a la subsistencia se refiere. Pero nos ha tendido un velo de maya que no nos deja ver más que a través de él y nos ha traído el deseo, una máquina de sufrimiento. Y el egoísmo, un sentimiento que nos atrapa en la soledad.

Pero nos olvidamos, de lo que nunca pasa y está en silencio en nuestro interior. Nos olvidamos de nuestra conciencia que es nuestro ser escondido. Conciencia plena que no juzga y es inalterable, a la que nada le puede afectar, porque está por encima del bien y del mal, ya que está por encima de las percepciones pasajeras y mudables. Y las percepciones y lo que pensamos son los que crean el bien y el mal. Sino pensamos desde el odio, no hay mal. Sino pensamos desde la dualidad y el enfrentamiento no hay mal, mi conciencia no puede resultar afectada y es donde debo de instalarme, como observador desde el vacío. Porque la conciencia plena es la vacuidad. Es la conciencia de la apariencia del ego, del no ser. Sentir la presencia de la vacuidad y sentir compasión por el que sufre son las puertas hacia la sabiduría. Y creo que es a esto a lo que le debemos dar importancia.

Conócete a ti mismo.

Para empezar la frase de Sócrates es más amplia y ya la he citado en otros lugares. Como siempre hay unas segundas partes de las sentencias que no se dicen. Sócrates, de mano de Platón, dice “conócete a ti mismo a través de los demás y a los demás a través de ti mismo.” es decir, que la posibilidad que tienes de conocerte a ti mismo es a través de los demás y a la inversa y eso es debido a que somos animales sociales. Y que nos  construimos socialmente. Y esta es la tragedia de Sócrates. Es la ciudad que él defiende la que lo acusa de ir contra la propia ciudad. De ahí que Sócrates no muera inocente y de ahí que sea una tragedia, porque Sócrates cumple con su deber en su defensa, aunque sea una mala defensa que le lleva a la muerte. Cumple con su deber de filósofo y está enseñando a sus discípulos y a todos los ciudadanos que es mejor padecer una injusticia que cometerla. Que, ante todo, si no queremos disolver la polis hay que obedecer a las leyes. Pero, curiosamente había sido acusado por atacar a las leyes de Atenas.

Claro, qué es lo que había hecho Sócrates. Pues mientras que los demás se dedicaban a ganar dinero, a ganar fama, a ganar posición y demás, él se había hecho filósofo. Él quería ganar sabiduría. Era un amante del saber, mientras los demás eran amantes del placer, de la riqueza, del honor, de la pereza… Y, para eso había descubierto que tenía que conocerse a sí mismo. Pero la única forma de conocerse a sí mismo era por medio del diálogo con los demás. Y que su aprendizaje no era más que un enseñar a los demás. Porque él era incapaz de parir ideas. Pero sí era capaz de ayudar a parir ideas, conocimientos. De esa manera era un benefactor de la ciudad. Y su papel de tábano era el de, por medios de sus aguijoneantes preguntas, de su ironía y acidez, hacer que los demás no se adormecieran.

Ahora bien, yo también hablo del conocimiento de sí mismo por vía de la contemplación o meditación. Hay que tener en cuenta que se dice de Sócrates que había veces que se quedaba ensimismado (en estado de contemplación durante horas, incluso días). Y que escuchaba a su daimon (su dios particular, que le decía qué tenía que hacer y decir en cada momento) Es decir, que de alguna manera, tenía un conocimiento interior, al menos el de saber preguntar para que los demás pudiesen aprender. Por otro lado, el conocimiento de sí mismo, por la vía de la meditación, es un conocimiento de uno mismo en continuo diálogo consigo mismo y la humanidad, de deconstruir todo el andamiaje de pensamientos que han dado lugar a nuestras creencias infundadas, nuestros sentimientos y acciones que nos hacen sufrir. Este proceso ya, en sí mismo (porque no hay que retirarse a un monasterio), obra su efecto en los otros. Y si a ello le sumamos el efecto de la compasión hacia uno mismo y hacia los demás (que en el fondo es lo que hace Sócrates: compadecerse del ignorante) pues resulta que el autoconocimiento se vierte hacia los demás. Si fuésemos capaces de entender a fondo la frase de Terencio “Hombre soy y nada de lo humano me es ajeno” y llevarla a la práctica (no juzgar) habríamos avanzado en nuestro conocimiento y en lo que Sócrates nos quiso decir; que es, y aunque no parezca ni que venga a cuento, lo que se nos dice en la parábola del samaritano que ya comenté en otra ocasión. Sé que esto es difícil de entender, igual que a Sócrates, porque hemos roto la unión entre ser y pensar. Podemos entender la frase de Terencio, desde la lógica, pero no desde el pensar. Y ése es nuestro problema y, otra cara más, de la tragedia de Sócrates.

Conócete a ti mismo.

Para empezar la frase de Sócrates es más amplia y ya la he citado en otros lugares. Como siempre hay unas segundas partes de las sentencias que no se dicen. Sócrates, de mano de Platón, dice “conócete a ti mismo a través de los demás y a los demás a través de ti mismo.” es decir, que la posibilidad que tienes de conocerte a ti mismo es a través de los demás y a la inversa y eso es debido a que somos animales sociales. Y que nos  construimos socialmente. Y esta es la tragedia de Sócrates. Es la ciudad que él defiende la que lo acusa de ir contra la propia ciudad. De ahí que Sócrates no muera inocente y de ahí que sea una tragedia, porque Sócrates cumple con su deber en su defensa, aunque sea una mala defensa que le lleva a la muerte. Cumple con su deber de filósofo y está enseñando a sus discípulos y a todos los ciudadanos que es mejor padecer una injusticia que cometerla. Que, ante todo, si no queremos disolver la polis hay que obedecer a las leyes. Pero, curiosamente había sido acusado por atacar a las leyes de Atenas.

Claro, qué es lo que había hecho Sócrates. Pues mientras que los demás se dedicaban a ganar dinero, a ganar fama, a ganar posición y demás, él se había hecho filósofo. Él quería ganar sabiduría. Era un amante del saber, mientras los demás eran amantes del placer, de la riqueza, del honor, de la pereza… Y, para eso había descubierto que tenía que conocerse a sí mismo. Pero la única forma de conocerse a sí mismo era por medio del diálogo con los demás. Y que su aprendizaje no era más que un enseñar a los demás. Porque él era incapaz de parir ideas. Pero sí era capaz de ayudar a parir ideas, conocimientos. De esa manera era un benefactor de la ciudad. Y su papel de tábano era el de, por medios de sus aguijoneantes preguntas, de su ironía y acidez, hacer que los demás no se adormecieran.

Ahora bien, yo también hablo del conocimiento de sí mismo por vía de la contemplación o meditación. Hay que tener en cuenta que se dice de Sócrates que había veces que se quedaba ensimismado (en estado de contemplación durante horas, incluso días). Y que escuchaba a su daimon (su dios particular, que le decía qué tenía que hacer y decir en cada momento) Es decir, que de alguna manera, tenía un conocimiento interior, al menos el de saber preguntar para que los demás pudiesen aprender. Por otro lado, el conocimiento de sí mismo, por la vía de la meditación, es un conocimiento de uno mismo en continuo diálogo consigo mismo y la humanidad, de deconstruir todo el andamiaje de pensamientos que han dado lugar a nuestras creencias infundadas, nuestros sentimientos y acciones que nos hacen sufrir. Este proceso ya, en sí mismo (porque no hay que retirarse a un monasterio), obra su efecto en los otros. Y si a ello le sumamos el efecto de la compasión hacia uno mismo y hacia los demás (que en el fondo es lo que hace Sócrates: compadecerse del ignorante) pues resulta que el autoconocimiento se vierte hacia los demás. Si fuésemos capaces de entender a fondo la frase de Terencio “Hombre soy y nada de lo humano me es ajeno” y llevarla a la práctica (no juzgar) habríamos avanzado en nuestro conocimiento y en lo que Sócrates nos quiso decir; que es, y aunque no parezca ni que venga a cuento, lo que se nos dice en la parábola del samaritano que ya comenté en otra ocasión. Sé que esto es difícil de entender, igual que a Sócrates, porque hemos roto la unión entre ser y pensar. Podemos entender la frase de Terencio, desde la lógica, pero no desde el pensar. Y ése es nuestro problema y, otra cara más, de la tragedia de Sócrates.

“No hay mayor bien para el hombre que reflexionar cada día sobre su vida y sobre todo aquello que vosotros me habéis oído hablar, examinándose a sí mismo y examinando a los demás, porque vivir sin examinarse a sí mismo no es vivir.” Platón. Apología de Sócrates.

Pocas palabras más esclarecedoras de lo que debe ser un hombre y un ciudadano. El análisis de uno mismo es el autoconocimiento y éste nos lleva a el reconocimiento de nuestras falsas ideas que no son más que prejuicios y creencias infundadas. Y estos pensamientos y creencias falsas nos producen un sentimiento y una forma de actuar. Lo que propone Sócrates es que para mejorar la ciudad tenemos, previamente, que conocernos a nosotros mismos y esto abrirá la puerta a la transformación de nuestros actos lo que conlleva, de suyo, la transformación de la Polis. De tal forma que podemos decir que la política no cambia a las personas, sino que somos las personas las que cambiamos la política. De modo que si tenemos la política que tenemos y no hacemos más que quejarnos, pues ya sabemos quiénes son los responsables…

La última frase es muy importante. “Vivir sin examinarse a sí mismo no es vivir”. Dicho de otra manera, es ser un esclavo. Por ello es el conocimiento de sí mismo lo que nos hace libres. Este conocimiento que nos lleva a la libertad y a los demás va acompañado de la compasión.

“Quien depende de sí mismo “está preparado para alcanzar la mejor vida, mientras que el que se deja llevar por el capricho, está condenado a vagar de aquí para allá desorientado. La enkrateia (poder sobre nosotros, fuerza, valor) es la victoria sobre nosotros mismos, que es, de todas las victorias, la primera y la mejor, mientras que ser vencido por sí mismo, es, de todas las derrotas, la peor y más vergonzante.” Platón. Leyes. El reto que nos lanza Sócrates con la enkrateia es el de liberarnos de los malentendidos sobre nosotros mismos.” Gregorio Luri ¿Matar a Sócrates?

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La filosofía está más allá del ámbito de la verdad entendida al modo científico. La filosofía es, fundamentalmente, crítica de las opiniones. Un análisis del pensamiento y su función. Es un desenmascarar lo que pensamos sobre la realidad. Es trascender las apariencias. Y luego tiene una versión práctica que es la ética, es un modo de vida, un ideal de ser y de felicidad, individual y colectiva. La filosofía es una forma de trascender lo meramente aparente, es una forma de ver, una mirada hacia el interior para descubrir tu propia nada y tu propia ficción que es el mundo que te has inventado para vivir. Y cuando trasciendes esa ficción, pues te encuentras con el Ser, la Nada o el vacío y todo carece de importancia. Porque los que valoramos somos nosotros, el universo, lo que hay, no valora ni tiene valor en sí. Si por un instante dejamos de juzgar nos acercamos a nuestra naturaleza primigenia. Bueno, pues aquí tienes una visión teórico-práctica y mística de la filosofía.

¿Se puede alcanzar la verdad absoluta?

Si entendemos por verdad, la científica, pues no. Porque no tenemos criterio para saberlo y el conocimiento tiene unos límites. De modo que no podemos conocer el universo en su totalidad ni en su profundidad ni en su extensión. De todas formas hay defensores de la teoría del todo, como Hawking, que dicen que sí.

Desde el punto de vista de la intuición, no de la razón y la experiencia, sí. Lo que ocurre es que esta verdad se nos señala, el camino lo tiene que recorrer uno sólo y si se alcanza (el ideal del sabio en el que coinciden ser y saber) es una verdad inefable, que no se puede decir, se muestra en el Ser.

En todo caso se vive en la provisionalidad, por eso nuestra mente, que no puede soportar este estado de duda permanente, crea creencias y mitos en los que se apoya para poder vivir. El camino de la verdad, en el segundo sentido, lo que hace es ir desenmascarando esos mitos. En el primer sentido lo que intentamos es un conocimiento objetivo, no introspectivo, como la segunda vía, racional y empírico del mundo y nosotros mismos y con la posibilidad de aplicación para transformar el mundo y a nosotros mismos. También este camino es lento y trabajoso y es el que desmitificó, la realidad, en la Ilustración y desde el Renacimiento, que el poder de la iglesia tenía bajo la superstición.

 

 

“Por suerte para nosotros Sócrates existió. Y existió también un Platón que se empeñó en recoger su mensaje. Por eso mismo buena parte de nuestra cultura puede entenderse como un ejercicio permanente de profundización en nosotros mismos. Hay un hilo de unión, una comunidad de sentido entre, por ejemplo La apología de Platón. Las confesiones de san Agustín y Rousseau, el psicoanálisis de Freud, la literatura de Proust, la filosofía de Husserl, La Soge Heideggeriana…” Gregorio Luri.

Genial el texto. Una auténtica verdad. Toda la historia de la cultura occidental y los momentos más álgido, de los que se citan algunos, casi que arbitrariamente, aunque no del todo, no son más que un camino del hombre hacia el conocimiento de sí mismo, y del individuo en particular también. Hoy en día no hemos salido del conocimiento socrático del conócete a ti mismo. Y, hoy en día, más que nunca, es necesario ese ejercicio de profundización en nosotros mismos porque andamos absolutamente perdidos. Hemos perdido nuestro norte como seres humanos. Nos hemos convertido en meras máquinas de obedecer y consumir, aborregados, pacientes y sumisos. Y se está haciendo un ataque feroz al pensamiento. Porque el pensamiento está contra el status quo, es peligros. Pasa como con Sócrates, o Sócrates o Atenas, y por eso Sócrates, de alguna manera, no murió injustamente, todo lo contrario, Sócrates era un peligro para Atenas. Había que terminar con el pensamiento. Lo mismo ocurre hoy en día. Por eso se está terminando con el pensamiento. Lo cual me recuerda al final de la película Blede Runner, cuando muere el último replicante y pongo la cita porque nunca me cansaré de escucharla y de compararla con nuestra “realidad”. https://youtu.be/3d3nrRuJ_bs

“Atenienses, si me matáis a mí, no encontraréis fácilmente otro ciudadano -.lo digo aunque pueda parecer ridículo- enviado a Atenas por el Dios para que actúe como un tábano, azuzando a un corcel, noble y generoso, pero indolente por culpa de su misma grandeza.” Apología de Sócrates.

Más claro no se puede expresar la muerte del pensamiento, del individuo frente a la comunidad, que con estas palabras. Palabras ciertas, pero que le llevan por su orgullo a la muerte. Sócrates hace una mala defensa porque escucha a su daimon (a su yo interior, libertad, su dios particular) y no a la política. Pudo haber salvado su vida perfectamente, pero no quiso. Hace una mala defensa, e incluso pone en evidencia al tribunal, a sus acusadores y a los mismos atenienses. Ejerce de tábano con ironía e imperturbable. Aunque sea una visión legendaria de Platón es un imaginario de la cultura occidental, como es la muerte de Jesús, similar en muchos aspectos, ambas son voluntarias y pudieron ser evitadas. Lo que ocurre es que nos ofrecen dos imaginarios distintos. La muerte de Sócrates nos ofrece también la inevitable tensión entre La polis (política) y el pensamiento, el individuo (la ética.) Una tensión inevitable que ha recorrido toda la cultura occidental y que debemos examinar para seguir en ese camino de autoconocimiento. Se nos expresa también en esa sociable insociabilidad de la que nos hablaba Kant. O lo que hoy en día llaman los biólogos, egoísmo recíproco, o los más remilgados, altruismo recíproco. El caso es que andamos en esa escisión y no salimos de ella. Por mi parte insinúo que la recuperación de la conciencia yace en la búsqueda de la Unidad y que Sócrates era consciente tanto de la escisión como de la unidad. Porque es en él donde se produce. Y todo el ejercicio de conocimiento de nosotros mismos es la búsqueda de nuestro fundamento, de nuestra unidad por la vía de la razón. De ahí las confesiones de Agustín de Hipona, o las de Rousseau, y el psicoanálisis. Pero es necesario tener en cuenta también a Nietzsche y su filosofar con el martillo. Buscar el fundamento de la cultura occidental es la deconstrucción de la cultura occidental misma, precisamente, desde Sócrates para acá. Y la última transformación de Nietzsche es la del león, que dice, No, a la del niño, que, simplemente, juega poniendo sus reglas, crea. Está en la unidad con el sí mismo y con la naturaleza, no hay escisión. La cultura es la escisión. En el fondo de nuestro yo está la Unidad. Tal Unidad parece que Sócrates nunca la perdió y es esa unidad, otra semejanza con Jesús de Nazaret, es la que le lleva a la muerte. Y esa unidad es la que persiguen los estoicos, los cínicos… y muchos otros que permanecen ocultos en la historia de la cultura oficial de occidente.

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Voy poco a poco. En Grecia no tiene el origen del pensamiento dual. Yo creo que va apareciendo poco a poco con el neolítico. Es anterior a las religiones del libro que pertenecen a nuestra tradición. Porque en ellas ya se hace mención a la escisión y cómo trascenderla. En Grecia lo que pasa es que se toma conciencia racional de esa escisión. Los primeros filósofos, que siguen siendo míticos, en parte, muchos reclaman la unidad, como Parménides y Heráclito. Y todos buscan el arjé (que es el principio unificador de las apariencias que son múltiples y son lo que observamos por los sentidos.) Lo que afirman es que la razón nos llevará a la unidad.

Separar la vida privada de la pública, yo creo que está en los orígenes y eso se va cuajando en el neolítico. De todas formas siempre la vida pública fue muy importante: excepto para los esclavos y las mujeres. Ya en la época griega había esta separación, pero los hombres libres llevaban una vida pública importante y, su vida privada tenía que ser ejemplar públicamente, con lo cual no era tan privada. Y aquí es donde reside el caso de Sócrates, que es el que introduce la eticidad o la ética o a la persona frente a la Polis. Por eso se le acusa de impiedad, por no aceptar los dioses y las tradiciones (que en apariencia si lo hace), pero sigue a su daimon (dios particular: voz interior, la libertad, vamos) Y entonces se abre una escisión: La colectividad frente al individuo, la ética frente a la política. Pero él cree que esa escisión se puede eliminar siguiendo a la razón. Y eso es lo que hace Platón, pero llega a un autoritarismo político en el que elimina al individuo. Los otros herederos de Sócrates, renuncian a la Polis y afirman al individuo: estoicos, epicúreos, cínicos y escépticos. Algunos se identifican con la naturaleza y la política con el cosmopolitismo. Esta línea, que es la de la unión, es la que no ha triunfado en occidente. Triunfó Platón por la vía del cristianismo. Como dice Nietzsche: “El cristianismo es platonismo para el pueblo.”

Efectivamente, si vamos desde Platón a nuestros días hemos ido alimentando, salvo excepciones esa dualidad principal. Y hoy en día estamos en el máximo estado de alienación (como lo llamaba Marx) o escisión y división que nunca. Por eso el mundo, si lo miramos fríamente y sensatamente, pues, simplemente, nos parece una locura. Y es lo que es. Porque vamos contra nuestro propio ser y eso es una locura. Hay que seguir el Ser que es la unidad. Muy interesante lo de una globalización de la conciencia. Lo apunté hace poco: la globalización de la conciencia debe pasar por una toma de conciencia ética universal. Una conciencia ecocéntrica, que elimine el antropocentrismo y que, reconozca, que somos un elemento más de la biosfera. Que constituimos una unidad. Si no damos ese paso ético, lo damos al abismo. Pero a la naturaleza no le importa nada. El sufrimiento y la angustia sólo son humanos.

Efectivamente, somos esclavos de nuestra ignorancia. Es un estado de ceguera. Como bien nos señala en su novela Saramago “Ensayo sobre la ceguera”

 

“Mientras un mal acto cometido no da su fruto, durante ese tiempo el necio lo cree tan dulce como la miel, pero cuando el mal acto madura, el necio se enfrenta al dolor.” Buda. El camino de la rectitud.

Además del contenido de esta sentencia de Buda y su “verdad” ética, lo que resulta interesante es su equivalencia con la sentencia socrática que también ha sido olvidada en nuestra ética, tanto a nivel personal como social. Nos dice Sócrates. “Es mejor padecer una injusticia que cometerla”. Está claro que cometer una injusticia al principio puede procurarnos placer, pero cuando madura en nuestra alma nos produce dolor.

“Tal como el fuego cubierto de cenizas arde, así el mal acto persigue al necio quemándolo.” Buda. Y se equipara al que no actúa rectamente como necio. Es decir ignorante. Lo mismo que el intelectualismo socrático. El vicio procede de la ignorancia como en Sócrates. En realidad nuestra vida infeliz procede de la ignorancia. Y la ignorancia es la separación del Ser. La pérdida de la Unidad.

Tienes razón, pero eso sería un nivel más alto de abstracción. En el nivel de la reflexión, que es en el que estamos, podemos hablar de camino. Este nivel es más accesible para nosotros, los que pertenecemos a la cultura occidental. Pero, en el nivel superior, se trata, no de un camino, sino de una decisión que te lleva de la ignorancia (que es ilusión y no existe: esto se consigue por la vía de la meditación y la compasión) a la sabiduría en que te das cuenta que sólo existe ese estado: el del Ser, o el todo, o el tao, o la vacuidad, depende de la tradición. En definitiva: lo inefable.

"Ser inconscientes de nuestro propio comportamiento y de nuestra actitud mental nos hace perder nuestra humanidad" Venerable Lama Thubten Yeshe. Seguimos con la relación entre ignorancia y mal en la tradición oriental. Hay que reconocer que en el principio las tradiciones no estaban separadas. Y hay que volver a ver lo que nos hizo olvidar al Ser, como decía Heidegger, en nuestra tradición. Ese olvido nos ha llevado a la escisión: la dualidad. Y ésta, en la modernidad y con la revolución industrial y la actual nos ha llevado a la cosificación del ser humano; es decir, a la barbarie. Es necesario la vuelta a identificarse con la unidad para recuperar nuestro Ser. Y esa unidad está fundamentalmente en la unidad hombre-naturaleza y hombre-hombre. Sería la ética ecológica y la unión entre ética y política (esto implica una revolución de las conciencias) Por eso, en última instancia y la última esperanza es la revolución ética.

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No, es muy curioso. Ahora mismo estoy leyendo algunos escritos budistas. Lo que se llama el canon del budismo, como puede ser el nuevo testamento para el cristianismo. Pues bien, además de las similitudes profundas de las tres tradiciones, resulta que en los famosos sermones de Buda se enseña haciendo ver, razonando cual es el camino recto. Y se utiliza, tanto el raciocinio, como la metáfora o la parábola, como en los evangelios. Y, una cosa curiosa, en la práctica de la meditación, que es múltiple, generalmente hay una parte que es la meditación analítica. Es decir, una reflexión sobre el tema sobre el que se va a meditar. Y la meditación es provocar, voluntariamente, un estado de conciencia en el que el que reflexiona, está absorto, absolutamente atento y concentrado en el análisis. No se trata de levitar y decir Om y fundirse automáticamente con el universo y comer sólo lechuga, eso son tonterías. Lo que sí es cierto es que la razón tiene su papel y es un medio de conocimiento, pero no el único. Igual que cuando uno escucha una obra musical, o ve un cuadro, o lee una poesía. Puede incluso hacer un análisis racional y después sentir intuitivamente lo que le dice. Seguro que mientras mejor comprenda racionalmente la obra más será capaz de sentir. Y lo mismo ocurre con una teoría física o matemática. Para Einstein, el criterio de verdad de una teoría estaba en su belleza matemática. Algo que se intuye, que está más allá de la razón. Aunque sin comprensión racional tampoco podemos llegar a la contemplación estética.

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Efectivamente, todo coincide. Y si lo miramos desde una perspectiva más elevada, aunque no sea científica, ni podamos tener pruebas para asegurarlo, nos damos cuenta de que hay como una confluencia entre lo que, pasito a pasito, con la razón y la experiencia, va descubriendo la ciencia, y la sabiduría milenaria que lo que nos enseña (porque date cuenta que la sabiduría es la de la época axial: el taoísmo, el hinduismo, Buda, Sócrates, Jesús que son del neolítico y han sufrido la escisión y se plantean el camino de la vuelta a la Unidad) es que todo es Uno, que la dualidad es apariencia. Y lo Uno es la naturaleza. Lo curioso es que la razón surge como unidad en los primeros tiempos de la filosofía. Pero es, precisamente, a partir de Sócrates cuando se separa y empieza la dualidad. Y, cuando el la dualidad del pensamiento filosófico se une al mito cristiano de creced y multiplicaos y dominad la tierra, entonces es cuando el saber científico que surge elimina tanto a la naturaleza, como deshumaniza al hombre y nos lleva al estado actual que es la barbarie. Pero, curiosamente, la misma investigación de base, o fundamental, tanto en física, como en bioquímica, como en las neurociencias nos llevan de nuevo al retorno de la Unidad. Como decía un cosmólogo: “El universo cada vez se parece más a un gran pensamiento.”

 

“La verdad es verdad, es una y única. No tiene matices ni caminos; ningún camino conduce a la verdad. No hay camino hacia la verdad, ella debe llegar a uno. Y solo puede llegar cuando su mente y corazón son sencillos y tienen claridad, cuando hay amor en su corazón; no si su corazón está lleno de las cosas de la mente. Cuando hay amor en su corazón, no habla de organizarse y formar una hermandad, no habla de creencias, no habla de división o de las fuerzas que crean división, no busca reconciliación. Entonces, uno no es más que un ser humano sencillo, sin etiqueta, sin patria. Esto significa que debe despojarse de todas esas cosas, y permitir que la verdad se manifieste; y ella solo se puede manifestar cuando la mente está vacía, cuando la mente deja de inventar cosas; entonces llega sin que se la invite. Llega tan rápida como el viento, inadvertida. Llega secretamente, y no cuando uno mira y desea. De repente está allí tan rápidamente como la luz, tan pura como la noche; pero para recibirla el corazón debe estar lleno, y la mente vacía. Ahora tiene la mente llena y su corazón está vacío.” Krishnamurti

Es indudable que el camino sapiencial, no el conocimiento científico, no el conocimiento erudito pone el acento, cuando se habla de conocimiento, de saber y de verdad en la unidad. Entendiendo en este caso, unidad de sentimientos y emociones con el pensar propio del intelecto. Nuestro pensar total, al que podríamos llamar el conocimiento intuitivo, el tercer género del conocimiento al que aludía Spinoza, desde el modo de la eternidad, constituye una unidad indisoluble entre la compasión y el comprender. Es más, es la compasión la que nos lleva al comprender: el mundo, a nosotros mismos y a los demás. Se me podrá objetar que el conocimiento científico es frío y calculador, pero no es cierto. No podemos confundir el acto de conocer del científico con la ciencia como institución social vinculada inevitablemente a determinados poderes que, por lo demás, hacen de ella un arma de odio y destrucción. El científico parte de la admiración por el Ser e intenta comprenderlo, ama el saber. Y, una cosa, si en la cultura científica se hubiese introducido la compasión, tendríamos resueltos los problemas éticos de la ciencia, entre otras cosas porque no se darían. Se me podrá decir, en tal caso, que soy un ingenuo. Pues creo que no, somos hijos de nuestra tradición. Y en nuestra tradición, en el origen de la ciencia moderna, se unen varias tradiciones. Por una parte la recuperación del ideal griego del conocimiento basado en Pitágoras y Platón, ambos muy relacionados, íntimamente con la ética y la política y con una visión iniciática del saber. Pues bien, para ambos el secreto del universo estaba en la matemática y ésta la unían con una dimensión mística del saber. No había un pensamiento utilitarista ni mercantilista del saber. El mismo Kepler llegaba a decir que el universo era la geometría y que el mismo dios usa de la geometría (eterna) para crear el mundo, que el propio dios es la misma geometría. Cuatro siglos después del surgimiento del conocimiento científico moderno seguimos pensando que la matematización es el ideal del conocimiento científico, aunque sabemos que el conocimiento científico no es la única vía del saber.

Pero a nuestra tradición se le une el pensamiento de F. Baçon que es el padre del pensamiento tecnológico. Y va a ser éste el que une el conocer con el poder y éste con el control y dominio de la naturaleza que después se extenderá también a los hombres. Y, curiosamente, este pensamiento se une a la tradición cristiana, más bien encuentra en ella su fundamento, en la que se nos da el mandato bíblico “Creced y multiplicaos y dominad la tierra.” Y eso es lo que hemos hecho. Pero, ¿qué quiero decir con todo esto? Pues lo que quiero decir es que lo mismo que somos herederos de esta tradición podríamos serlo de otra. Y que si reclamamos una revolución profunda que deba ir precedida por el cambio de nuestras conciencias, pues, precisamente éste es un buen cambio de conciencia. La unión de la ciencia con la compasión y ahí desaparece, también, de un plumazo, el problema de las dos culturas. Que es, por otro lado, un falso problema, derivado del hecho de la dualidad en nuestro pensamiento, dualidad que no es real, sino, cultural.

Es obvio que esto que se nos dice más abajo es lo mismo que nos aconsejaba el viejo maestro Sócrates con su conócete a ti mismo y aquello de que una vida sin análisis no merece la pena de ser vivida. Cada vez estoy más convencido de que la filosofía es praxis, acción. E incitar a la acción. Si los filósofos, en lugar de académicos y profesores hubiésemos sido filósofos en el sentido antiguo de la palabra, no habría habido una desbandada de la ciudadanía despistada hacia el esoterismo, la magia, el pensamiento oriental. Y no niego que hay mucha verdad en esto, pero también mucho oportunismo. Y, de paso, no seríamos calificados de inútiles, ni los psicólogos hubiesen usurpado nuestro lugar.

“Es evidente que un cambio radical en el ser humano, en uno mismo, producirá un cambio radical en la estructura y naturaleza de la sociedad. Creo que es necesario comprender con total claridad que la mente humana, con toda su complejidad y su mecanismo enrevesado, es parte de este mundo externo. 'Usted' es el mundo, y generar una revolución fundamental, no comunista o socialista, sino una clase de revolución por completo diferente dentro de la estructura y naturaleza de la psique y en uno mismo, producirá una revolución social. Debe hacerse, no en lo externo sino internamente, porque lo externo es el resultado de nuestra vida interna privada.

Cuando se produce una revolución radical en la misma estructura del pensamiento, del sentimiento y de la acción, entonces, como es obvio, se genera un cambio en la estructura de la sociedad.”

Conversaciones con estudiantes Krishnamurti

La naturaleza del mal.

"Todo es mal. O sea, todo lo que existe es mal; que las cosas existan es un mal; cada una de las cosas existe con la finalidad del mal; la existencia es un mal y se ordena al mal; el fin del universo es el mal; el orden y el Estado, las leyes, la trayectoria natural del universo no son sino mal, ni están encaminadas a nada que no sea el mal". Leopardi.

En primer lugar este pesimismo no nos lleva a nada, salvo a atacarnos a nosotros mismos. Dicho de otra manera atacamos al mundo porque nosotros nos sentimos mal. Proyectamos el mal en el otro, porque el mal lo tenemos nosotros. Y nuestro mal son nuestros pensamientos erróneos sobre el mundo y los otros. Y esos pensamientos son las ideas que de ellos nos hacemos. Ello no quiere decir que no exista el mal en el mundo, pero depende de nuestro pensamiento. Si todos pensásemos correctamente no existiría el mal. Esto ha sido una explicación psicológica. Después daré una teológica. En cuanto a la escisión pues hay que explicarlo por el pensamiento dual. Nuestra civilización ha producido la dualidad, el pensamiento dual más desarrollado. Y esto se produce después de Sócrates. En el artículo “Filosofía aplicada Cura sui (curarse a sí mismo)” de la Gaceta Independiente de Mayo lo explico. Nuestro cerebro es dual, según predomine un hemisferio u otro. Siempre trabajan los dos y, por ello, siempre ha aparecido la dualidad. Pero, el pensamiento dual: sujeto-objeto, hombre-mujer, frío-caliente, arriba-abajo, bien-mal…se ha desarrollado más en unas culturas que en otras. Las que han trabajado más el hemisferio izquierdo (lógico formal) son más dualistas, como la tradición occidental, mientras que las que han trabajado culturalmente más el hemisferio derecho, son menos dualistas e, incluso, se han dado cuenta de que el problema del conocimiento, el problema de la realidad y el de la ética es el problema de la dualidad. Que en realidad no existen los opuesto, sino la unidad. Así tenemos: el taoísmo, el budismo y el hinduismo advaita. En las religiones del libro, como están contaminadas del pensamiento dual, aportado por la filosofía platónica y aristotélica, pues la dualidad es lo imperante, excepto en la mística. Todos los místicos dicen que dios es todo y buscan la unidad con dios. Por eso los místicos han sido en la mayoría de los casos perseguidos. Mientras que en Oriente el propio pensamiento es ya de por sí místico. Lo de la dualidad tiene su base biológica y cultural. Hoy hay que mirar las cosas desde la epigenética.

La explicación teológica es doble. En primer lugar desde el teísmo. Es decir, desde la existencia de dios. Si dios existe y es uno e infinito y, por tanto, infinitamente bueno, el mal no existe objetivamente. El mal, es, según la teología cristiana, privación del bien, no hay esa dualidad, porque si no dios deja de ser dios y, entonces caemos en el ateísmo. Por eso el problema del mal ha dado lugar a muchos ateos que no han sido capaces de soportar el sufrimiento. Así como muchos creyentes, han sido capaz de soportar grandes dosis de sufrimiento porque creen en dios y saben que todo procede de su voluntad y su voluntad no puede ser nunca mala.

Desde el punto de vista panteísta (que es en el que yo me sitúo), tampoco puede existir el mal. El panteísmo considera que lo que llamamos dios es todo lo que hay, pero que no es personal, ni creador, ni se ha encarnado. Es, y punto. Entonces todo lo que hay es parte de dios y dios no es ni bueno ni malo. Lo bueno y lo malo son percepciones nuestras que ocurren dentro de dios. El mal serían modos de ser inadecuados, por tanto deben ser corregidos: científicamente lo llamamos: errores, éticamente, lo llamamos: mal. Por ello, si corregimos nuestro pensamiento, porque en el fondo lo que hay es lo que pensamos, corregimos el mal. El mal es nuestro pensamiento erróneo (odiar) y nos hace infeliz. El bien es el pensamiento adecuado (la compasión) y nos hace feliz. Pero es que además, si lo que existe es dios o el Ser, pues no hay nada más, y tampoco el tiempo, con lo que esto no es más que un sueño o una realidad virtual (una simulación informática), es decir, apariencia. Y, claro, si lo que existe es el Ser, pues no puede existir el tiempo, con lo cual volvemos de nuevo a la mística. Somos uno con el cosmos y, lo demás es apariencia. Un “bostezo del ser”. Esto tiene algo bueno, seríamos eternos, pero no tal y como nos pensamos porque nos pensamos desde la idea inadecuada del tiempo. El tiempo matemático no tiene nada que ver con el psicológico. O, como decía Agustín de Hipona, el tiempo, si nadie me lo pregunta se lo que es, pero si me lo preguntan, pues no sé qué contestar.

Y, por último, el ateo, que es igual que el panteísta, pero eliminando el ámbito de la espiritualidad.

Y, ¿Quién es mi prójimo?

 

25 Y he aquí un intérprete de la ley se levantó y dijo, para probarle: Maestro, ¿haciendo qué cosa heredaré la vida eterna?

26 Él le dijo: ¿Qué está escrito en la ley? ¿Cómo lees?

27 Aquél, respondiendo, dijo: Amarás al Señor tu Dios con todo tu corazón, y con toda tu alma, y con todas tus fuerzas, y con toda tu mente; y a tu prójimo como a ti mismo.

28 Y le dijo: Bien has respondido; haz esto, y vivirás.

29 Pero él, queriendo justificarse a sí mismo, dijo a Jesús: ¿Y quién es mi prójimo? Parábola del buen samaritano. Lucas 10:25-37Reina-Valera 1960 (RVR1960)

 

 

 “Hombre soy y nada de lo humano me es ajeno” Terencio.

 

La parábola del buen samaritano es uno de los pilares fundamentales de la ética evangélica. Si bien hay que entender aquí dos éticas, que quizá, se puedan fundir. Una es la ética milenarista. La que anuncia la renuncia a todo porque el fin de los tiempos es inminente y la que por medio del ejemplo, la metáfora, la parábola enseña un modo de vida a imitar que sirve como ejemplaridad de vida moral para salvarse. También habría que analizar qué se entiende en los evangelios por  salvarse. Es otra metáfora, como la del reino de los cielos. Pero eso lo dejaremos para otras entregas. La gran importancia de la parábola del buen samaritano es que en ella se nos promete la salvación. Lo que se pregunta es qué he de hacer para salvarme. Y aquí hay un juego muy interesante. En primer lugar es un intérprete de la ley el que pregunta a Jesús (un don nadie, que se hace pasar por el Mesías, como otros muchos) que qué debe hacer. Y Lucas nos cuenta que Jesús cambia el giro y el sentido al convertirse él en el que interpela. Si es un intérprete de la Ley él sabrá lo que tiene que hacer. Y, efectivamente, el intérprete de la ley responde con un perfecto conocimiento de ella: “Amarás a Dios…y al prójimo como a ti mismo.” Lo primero que hay que señalar es que lo del prójimo ya está en el judaísmo, pero en un sentido más restringido. Y Jesús responde que ya que lo “sabe” tan bien lo que tiene que hacer, si quiere alcanzar el reino de los cielos, es hacerlo. Aquí vemos la ironía de Jesús, que no es poca en sus enseñanzas y que nos recuerda a la de otro gran sabio maestro de la ironía: Sócrates. Permítaseme decir que en las enseñanzas de Jesús hay más de ironía que de culpa, redención, resentimiento, pecado y sacrificio. Todo esto último no es más que una invención de la iglesia que ha superpuesto su interpretación literalista de unos evangelios, por lo demás, elegidos arbitrariamente, sobre una interpretación ética de la vida y enseñanzas de Jesús de Nazaret. Puro mito y superstición para dominar al pueblo y mantenerlo en estado de miedo y esclavitud. Y es necesario señalar aquí, que esos conceptos creados por el cristianismo, como el de culpa, pecado, obligación y muchos otros siguen en nuestras conciencias, operando en nuestros sentimientos produciendo dolor y sufrimiento, por muy no creyentes que sea la gente. El peso del inconsciente colectivo de dos mil años no se quita con un simple no ir a la iglesia. O, con ese absurdo de decir: “creo en dios, pero no en la iglesia”. En fin, sigamos. La ironía de Jesús provoca la ira del intérprete de la ley, que quiere dejar en evidencia al que se llama Maestro. Y aquí viene la pregunta crucial que hace el escriba. “¿Y, quién es mi prójimo?” La respuesta de Jesús es una parábola. Pero antes hay que explicar lo del concepto de prójimo en el antiguo testamento. Nuestro concepto de prójimo no cuadra con la idea que tienen los judíos de pueblo elegido, ni con la masacre de otros pueblos, que los judíos ayudados por dios hacen por mero capricho o por cualquier nimiedad. El caso es que también hay citas en el antiguo testamento en la que se considera al prójimo alguien que está más allá del judío y se hace referencia al éxodo y el exilio del pueblo judío y a los que les ayudaron. En todo caso la interpretación dominante es que el prójimo (aunque la idea ya había aparecido, también lo había hecho quinientos años antes con la idea de compasión el budismo y también en la filosofía, concretamente, en los estoicos) es el cercano, el familiar y el amigo, el que forma parte de tu mismo pueblo. En griego, que es como se escribe el evangelio se utiliza la palabra con este significado y en latín se traduce por proximus, que es cercano, próximo. Por eso hay un salto en la ética evangélica, una novedad, aunque ya hubiese sido descubierta en otros pueblos y culturas. La parábola no tiene desperdicio. Hay un herido en el camino y el primero que pasa es un sacerdote, un guardiam del templo y de la Torá y sigue su camino, después pasa un levita, una casta dentro de los sacerdotes. Y también pasa de largo frente al herido. Es decir que aquellos que conocen la ley no ayudan al que lo necesita, incluso siendo de su pueblo. Sin embargo, baja un samaritano y le ayuda, sin ser un cercano, sin ser proximus. Y Jesús sigue con su mayéutica y pregunta, quién crees tú que actuó conforme a la ley. Y el intérprete de la ley dice que aquel que le ayudó. No se atrevió ni siquiera a decir que el samaritano. Los samaritanos eran considerado una raza impura. Judíos mezclados con gentiles. Eran considerados despreciables entre los más despreciables.

De modo que, alguien ajeno al pueblo judío, ayuda a alguien que es del pueblo judío y ese es el que obedece la ley judía de amar al prójimo como a uno mismo. La revolución moral aquí, es que el prójimo deja de ser el prximus para convertirse en todo aquel sujeto que esté padeciendo dolor, miseria y sufrimiento. Es decir, que el prójimo es cualquiera que sufre. Que está antes el dolor del otro que mis creencias religiosas, políticas, mi lengua…y esta es la gran enseñanza moral que no puede caber en la mente judía. Ni prácticamente cabe en la mente humana. Nosotros sólo amamos al prójimo de forma abstracta, de ahí que la fraternidad, como ideal de la Ilustración, se haya convertido en solidaridad. Para ser solidario no es necesario amar. Ahora bien, desde luego que, desde el entendimiento no se puede amar al prójimo, ni se puede imponer como un deber. Pero, sí se puede sentir desde la compasión, como bien han dicho los budistas. Y, además, nuestro cerebro está preparado para ello. Si tú ves el sufrimiento de otro, aunque no sea próximo, por lo que se llama empatía  (está tan desvirtualizada esta palabra en manos de los psicólogos) sientes compasión. Y lo mismo ocurre si sólo lo imaginas. Y, la compasión incita a la acción por amor, por semejanza. Amar al semejante como a uno mismo. Lo amo porque es semejante o, dicho de otra manera, porque me amo a mí mismo. ¡Cuidado con esto, no se confunda con el egoísmo! El egoísmo en el cristianismo es otro mecanismo de control. no hay nada mejor que amarse a sí mismo porque eso conlleva el amor a Dios. Y ya nos lo decía San Agustín. “Ama y haz lo que quieras.” Y, decía, una de las formas de amor a dios es a través del conocimiento de uno mismo. Conocimiento es: filosofía: amor a la sabiduría. Teológicamente el fundamento está claro. Si todos somos hijos de dios y todos hemos sido creados iguales y a imagen y semejanza de dios, entonces todo el mundo es nuestro prójimo. Y nunca puedo desear el mal del prójimo y, mucho menos, hacerlo. Ya lo dijo también Sócrates. Es mejor sufrir una injusticia que cometerla. Si yo cometo una injusticia entonces la injusticia se vuelve contra mí porque he atacado a un semejante que es, como yo, hijo de dios. Mi hermano, un igual, sea del país, o sea un inmigrante ilegal, o un asesino. Tampoco soy nadie para juzgar. Y también nos enseñan esto los evangelios y también lo comentaremos. Hay una bella discusión en España, aunque detrás de ella hay millones de muertos, que es la que mantuvo Fray Bartolomé de las Casas con la ortodoxia de la iglesia en la que se discutía si los indios eran o no hijos de dios antes de ser bautizados. La postura, durante mucho tiempo fue que no, imagínense ustedes la cantidad de cosas que se les podría hacer a un no humano, a una bestia. Sólo hay que pensar lo que se hacía con los herejes en la época de la inquisición. Ya hablaremos de algún hereje aquí, como Cusa o Bruno, que siguieron la línea sapiencial de la filosofía práctica y acabaron en la hoguera, victimas del poder, la ambición, la vanidad y la ceguera. Todo lo contrario del amor al prójimo. No se entienda esto como acusación. El primer principio de la filosofía práctica es no juzgar. No emitir juicios de valor.

Pero, además, nos encontramos con un fundamento filosófico al que se alía el cristianismo y es el del estoicismo. Los estoicos consideran que la razón universal lo gobierna todo. La razón es el Logos y el logos es lo común, a la naturaleza y al hombre. Somos iguales en tanto que tenemos logos. Y, nuestro logos sirve para comunicarnos y para seguir a la naturaleza. Y el logos es la ley universal de la naturaleza, la providencia, que lo dirige todo incluido al hombre. Y, por eso está por encima de las leyes de los hombres, porque las leyes de los pueblos, son particulares y obedecen a intereses y no a la naturaleza. Porque naturaleza y logos, además se identifican. Ya tenemos el primer pensamiento ecologista de la historia. Si el hombre sigue al logos, se sigue a sí mismo y sigue a la naturaleza. Y seguir a la naturaleza es, en griego, cosmos. Por eso el hombre es un cosmopolita, un habitante del cosmos, del mundo. Y, como somos iguales, somos hermanos, de ahí el concepto de fraternidad universal que sacará el cristianismo y que, después, secularizará la Ilustración. Por tanto el mensaje ético que se nos da desde la época axial: Compasión budista, amor al prójimo del cristianismo, justicia socrática y cosmopolitismo estoico está aún por realizar. Y se requiere un cambio, no político, que también, sino en la conciencia de los individuos para que podamos “salvarnos” (que no tiene nada que ver con ir al cielo, o sí, pero de otra manera)

 

El sentido de la resurrección es la resurrección a la vida del espíritu. Es, como señalaba Agustín de Hipona, la resurrección del hombre nuevo. O, mejor, si nos vamos al evangelio, la resurrección es volver a la inocencia de la infancia (tomando esto como metáfora.) Los evangelios hay que leerlos como una gran metáfora, independientemente de que, además no son libros históricos, sino de leyendas y enseñanzas ejemplares. Otra cosa es lo que la iglesia ha querido hacer de ellos. Y la metáfora que recoge a todas las demás es que el cielo y el infierno, la felicidad y el sufrimiento están dentro de uno y a nuestro alcance en un mismo instante y, nuestra libertad consiste en elegir uno u otro. Y, esta libertad está como siempre condicionada por la ignorancia. Elegir la felicidad es elegir la libertad, porque la desgracia, la infelicidad y el vicio es la esclavitud. Pero elegir la felicidad es elegir: Ser. Elegir: la eternidad, el Ahora, la inocencia, la tercera transformación de Nietzsche: de león a niño. Renunciar a la culpabilidad que nunca hemos tenido, pero tomar la responsabilidad que conlleva nuestra libertad. Hemos de morir para renacer. Hemos de romper las cadenas de la culpabilidad, del rencor, del resentimiento, de la venganza, de la ira y del odio, la vergüenza, para alcanzar la libertad del instante presente: la eternidad.

El cielo y el infierno están dentro de nosotros. La paz y la guerra no son más que nuestras emociones y nuestras emociones no son más que producto de nuestros pensamientos erróneos sobre la realidad y sobre los otros. Cada vez que juzgamos, en el fondo, lo estamos haciendo sobre nosotros mismos. Si aprendiésemos que el mundo depende de nuestros pensamientos aumentaríamos la paz y disminuiríamos el odio, el rencor, el dolor y la guerra. Porque de nuestros pensamientos dependen nuestras acciones. Por tanto antes de actuar debemos saber si nuestros pensamientos son correctos y si las emociones que de ellos se derivan nos llevan a la compasión o a la guerra. Ya lo dijo Jesús de Nazaret, “Hasta que no os volváis como uno de estos (los niños) no entraréis en el reino de los cielos”. Cuidado que aquí niño significa inocencia (eternidad, ausencia de tiempo, por tanto: felicidad o paz) y que estoy hablando metafóricamente. Vamos, que no estoy defendiendo la teoría del buen salvaje. Estoy un paso más allá de la razón, que es el de la intuición. También se puede ilustrar con un conocido cuento del budismo zen. La sabiduría es milenaria y procede toda ella de la época axial. Es aquí donde deberían volver los filósofos y donde deberían estudiar los psicopedagogos.

 

“Un joven guerrero Samurái se paró respetuosamente ante el anciano maestro Zen y dijo: “Maestro, enséñame sobre el Cielo y el Infierno”.

 

El maestro se volteó rápidamente con disgusto y dijo:“¿Enseñarte a ti sobre el Cielo y el Infierno? ¡Pues dudo que ni siquiera puedas aprender a evitar que tú propia espada se oxide! ¡Tonto ignorante! ¿Cómo te atreves a suponer que tu puedes entender cualquier cosa que yo pudiera tener que decir?”

 

El anciano siguió así, lanzándole cada vez más insultos, mientras que la sorpresa del joven espadachín se convertía primero en confusión y después en ardiente coraje, aumentando por momentos más y más. Maestro o no maestro, ¿quién puede insultar a un Samurái y vivir?

 

Finalmente, con los dientes apretados y la sangre casi hirviendo de rabia y furia, el guerrero ciegamente, desenfundó su espada y se preparó para acabar con la lengua filosa y la vida del anciano, todo en un solo golpe de furia.

 

En ese mismo instante, el maestro miró directamente a sus ojos y le dijo suavemente: “Ése es el Infierno”.

 

Hasta en la cúspide de su rabia, el Samurái comprendió que el maestro de hecho le había dado la enseñanza que él había pedido. Lo había llevado al Infierno viviente, conducido por un coraje y ego incontrolable.

 

El joven, profundamente impactado, guardó su espada y se inclinó en reverencia a este gran maestro espiritual. Mirando hacia arriba y viendo la cara anciana y sonriente del maestro, sintió más amor y compasión que en cualquier momento de su vida.


En ese momento, el maestro levantó su dedo índice y dijo gentilmente:

 

“Y ése es el Cielo”

“Estamos unidos al inconsciente colectivo. A cualquier acción que hagamos, aunque sea anónima, el mundo le da una respuesta. Lo que le hacemos a los otros nos lo hacemos a nosotros mismos.” A. Jodorowsky

“Todo lo que necesitas, incluido a Dios, está en ti, no fuera de ti.” Aforismo Sufi.

Está claro que la línea sapiencial es única y que se ha expresado de diversas maneras a lo largo de milenios. Esto es lo mismo que el consejo y la vida socrática, las enseñanzas advaitas, las de los evangelios o las budistas.

                               La filosofía aplicada o Cura sui. (Curarse a sí mismo)

Tú también vas a perecer;
sabiendo esto, ¿cómo puedes pelearte?
Aforismo Budista.

 

Mis estimados y sufridos lectores, si alguno queda. Me propongo anunciarles un giro en mi filosofía que quizás pueda sorprenderles. Si alguno me ha seguido, algo he anunciado en dos artículos en la edición digital. Llevo muchos años dedicado a la actividad filosófica como un conocimiento del mundo, para tener una idea general de él, y como conocimiento de las ideas y creencias que uno tiene, junto con los semejantes, para, a través de este autoconocimiento intentar, desenmascarar lo que considero apariencias y, de esa manera, encaminar la mirada, tanto mía, como la de aquel que me escucha a la búsqueda de la verdad, el bien y la justicia. Considero que este es un camino legítimo, muy noble y virtuoso. Pero quizás sea un luchar contra molinos de viento. Y no significa esto una renuncia. Sino otra forma de luchar a través de una transformación interior muy profunda y guiada por la mano de la filosofía. No abandona uno el campo de batalla, ni deja de ver las injusticas del mundo, ni la miseria, ni la barbarie del poder. Me retiro a mi interior para entender mejor todo ello desde el conocimiento de mí mismo. Es decir, doy un paso más en el conocimiento de sí mismo socrático.

Me gustaría explicarles dos cosas, de momento. La primera de ellas es qué es la filosofía y en qué se ha convertido. Bien, la filosofía nace en Grecia en torno al siglo VII antes de C., pero esto no quiere decir que no existiese un saber tanto en Grecia como en otras zonas del mundo, como en China, la India, Mesopotamia, Egipto, por mencionar las más importantes y conocidas por los propios griegos. Pues bien, en el comienzo, la filosofía y hasta Sócrates incluido, que sigue siendo mi inspirador con su “Conócete a ti mismo” estaba unida a la sabiduría. Y, qué quiero decir con ello, pues lo que quiero decir es que el saber y el ser coincidían. Es lo que podemos llamar consistencia moral o ética. El filósofo era lo que decía. Y el caso de Sócrates es paradigmático, pero, como él vivieron todos los presocráticos. Pues bien, el descubrimiento griego fue que el Logos, la razón, el lenguaje, el discurso era lo común, lo común entre los hombres y lo común entre el hombre y la naturaleza. De ahí que el Ser y Pensar sean una y la misma cosa y que es necesario seguir al Logos, tanto para entender la naturaleza, como para entendernos a nosotros mismos, como para gobernarnos (democracia, darnos el logos, la ley a nosotros mismos). Claro, esto significa que el afán del filósofo no solo es el conocer. Sino que su conocer implica una transformación de su ser. Por eso, en la antigua Grecia estos filósofos eran tenidos como sabios, es decir modelos ejemplares de vida. Aunque hubiese diferentes escuelas. Pero, tras la muerte de Sócrates, un acto de su vida, que como sabio ejemplar, lo convierte en acto pedagógico (disculpen mi radicalismo, pero desde entonces se terminó la pedagogía). Es una de las cosas que uno ha descubierto o lo está haciendo en su viaje interior: que la sabiduría es antiquísima, que la superficialidad y que la ignorancia y la estupidez nos mantienen entretenidos mientras olvidamos nuestro interior. Como iba diciendo, tras la muerte de Sócrates es cuando aparece la filosofía como conocimiento desligada del ser. Sobre todo con su discípulo Aristóteles. De la figura de Sócrates se desprenden dos corrientes. La línea platónica en la que ser y conocer se comienzan a separarse. Llegando a la barbarie de las facultades de filosofía de hoy en día en las que existe una hiperespecialización de no sé qué saber que sólo sirve para dar de comer al que lo enseña, un saber académico y estrictamente profesionalizado y que intenta imitar a la ciencia, cayendo en el mito del cientificismo. Ya renuncié hace muchos años a esto y me dediqué a la filosofía mundana. Término inventado por Kant y me refugié en una forma de escribir cercana que fuese el artículo periodístico y el ensayo. Ahora he dado un paso más en el autoconocimiento en el que vamos a intentar recuperar esa vivencia de la filosofía en tanto que saber igual a ser. Por supuesto, sin caer en dogmatismos, ni fanatismos, ni new age. Se trata de hablar desde el interior, de sugerir, de no enjuiciar. De hacer pensar por la metáfora y con ironía, no con el ataque directo, ni la crítica racional. Se trata de enseñar la virtud y la felicidad como una conquista interna y, con la convicción de que la gran revolución surge del cambio en las conciencias. Y me agrada coincidir aquí con mi amigo Riechmann, también un antiguo luchador desde las trincheras, pero que piensa que el verdadero cambio y la única posibilidad para la humanidad es el cambio individual de las conciencias. Y es ese cambio individual el que se tiene que transmitir por osmosis, sino, nos vamos al garete, y ni a la tierra, ni al universo le importa. No somos nada en la eternidad del cosmos. Primera lección para el poder. Somos todo en el cosmos, puesto que somos el cosmos en tanto que todas nuestras partes son “polvo de estrellas” organizadas de una forma particular en este momento. Otra forma de expresar el “Dios o naturaleza” de Spinoza. Primera lección para todos los individuos. Por tanto, tenemos que ser Uno con el cosmos y la naturaleza. Y lo segundo que les quería contar lo dejaremos para futuras entregas. La paz consigo mismos les llevará a la paz con los demás.

 

El cielo y el infierno están dentro de nosotros. La paz y la guerra no son más que nuestras emociones y nuestras emociones no son más que producto de nuestros pensamientos erróneos sobre la realidad y sobre los otros. Cada vez que juzgamos, en el fondo, lo estamos haciendo sobre nosotros mismos. Si aprendiésemos que el mundo depende de nuestros pensamientos aumentaríamos la paz y disminuiríamos el odio, el rencor, el dolor y la guerra. Porque de nuestros pensamientos dependen nuestras acciones. Por tanto antes de actuar debemos saber si nuestros pensamientos son correctos y si las emociones que de ellos se derivan nos llevan a la compasión o a la guerra. Ya lo dijo Jesús de Nazaret, “Hasta que no os volváis como uno de estos (los niños) no entraréis en el reino de los cielos”. Cuidado que aquí niño significa inocencia (eternidad, ausencia de tiempo, por tanto: felicidad o paz) y que estoy hablando metafóricamente. Vamos, que no estoy defendiendo la teoría del buen salvaje. Estoy un paso más allá de la razón, que es el de la intuición. También se puede ilustrar con un conocido cuento del budismo zen. La sabiduría es milenaria y procede toda ella de la época axial. Es aquí donde deberían volver los filósofos y donde deberían estudiar los psicopedagogos.

 

“Un joven guerrero Samurái se paró respetuosamente ante el anciano maestro Zen y dijo: “Maestro, enséñame sobre el Cielo y el Infierno”.

 

El maestro se volteó rápidamente con disgusto y dijo:“¿Enseñarte a ti sobre el Cielo y el Infierno? ¡Pues dudo que ni siquiera puedas aprender a evitar que tú propia espada se oxide! ¡Tonto ignorante! ¿Cómo te atreves a suponer que tu puedes entender cualquier cosa que yo pudiera tener que decir?”

 

El anciano siguió así, lanzándole cada vez más insultos, mientras que la sorpresa del joven espadachín se convertía primero en confusión y después en ardiente coraje, aumentando por momentos más y más. Maestro o no maestro, ¿quién puede insultar a un Samurái y vivir?

 

Finalmente, con los dientes apretados y la sangre casi hirviendo de rabia y furia, el guerrero ciegamente, desenfundó su espada y se preparó para acabar con la lengua filosa y la vida del anciano, todo en un solo golpe de furia.

 

En ese mismo instante, el maestro miró directamente a sus ojos y le dijo suavemente: “Ése es el Infierno”.

 

Hasta en la cúspide de su rabia, el Samurái comprendió que el maestro de hecho le había dado la enseñanza que él había pedido. Lo había llevado al Infierno viviente, conducido por un coraje y ego incontrolable.

 

El joven, profundamente impactado, guardó su espada y se inclinó en reverencia a este gran maestro espiritual. Mirando hacia arriba y viendo la cara anciana y sonriente del maestro, sintió más amor y compasión que en cualquier momento de su vida.


En ese momento, el maestro levantó su dedo índice y dijo gentilmente:

 

“Y ése es el Cielo”

 

Como pienso que eso del progreso es un mito y, en cualquier caso, mirad dónde nos ha traído, pues he vuelto a los orígenes siguiendo la máxima socrática, como siempre, del conócete a ti mismo y ando, incluso, antes del logos. O en el momento mismo de su aparición. Así que estoy en un solo sé que no sé nada existencial estrictamente hablando.

Que va, aquí no se está hablando en el nivel espiritual, sino en el entramado de los tres niveles. Si quieres tener alienado los tres niveles, no vale echar balones fuera. Si tú eres uno, tú eres responsable de todo. “Cada cosa en su sitio” jaja, eso es una expresión de autoafirmación del yo. Recuerda, es el miedo. El miedo a dejar de creer en todo lo que creemos. Es curiosa una cosa que dice Juan Manzanera en el video. En un monasterio hay menos limitaciones, cierto, pero eso no implica que esas limitaciones no existan, lo que pasa es que no las tenemos resueltas dentro de un monasterio. No estoy hablando de vida espiritual. Sino del día a día.

Si el problema es que es de cajón, lo entendemos, pero no lo comprehendemos, hace falta más hemisferio derecho. Si yo ante la violencia actúo con violencia aumento la violencia. Si yo respondo con la no violencia, corto la violencia, incluso si me matan, pero ahí desaparece la cadena. Si yo critico e insulto a los políticos, introduzco odio en el mundo, luego introduzco desorden. ¿Qué hacer? No juzgar. Todo lo más describir y comprender por qué actúan como actúan que a mí no me gusta y me cabrea, que, por cierto, a mucha gente, entre otros los que les votan, no les cabrea. Algo anda mal en mi juicio. El mal dependerá de mí. Ser responsable, que no culpable. Entonces, para empezar, ni juzgar. (Recuerda lo que dice el evangelio “así como vosotros juzguéis, así seréis juzgados”, y no se refiere al cielo, sino a la vida misma, a la vida diaria.) De esa forma ya introduzco algo de paz y mejoro el mundo más que con mi crítica. Ésta es la revolución individual de las conciencias que tiene que haber. No hay nada nuevo en el mensaje. Lo dijeron Sócrates, Jesús de Nazaret, Buda, Lao Tse. Es la Paz, que sólo existe en la Unidad y somos “parte” de la unidad.

Un cuento del budismo zen dice, más o menos, lo que sigue. Un samurái enloquecido que había arrasado toda la comarca llegó a un templo y le preguntó al monje más sabio que le dijese cuál era el cielo y cuál el infierno y que si no se lo decía le cortaría la cabeza. El monje no respondió, muy enojado se lo volvió a preguntar y le amenazó con matarlo. El monje guardó silencio. El samurái desenvainó su espada y, entonces, el monje dijo: eso es el infierno, y cuando el samurái guardó su espada, dijo: y eso es el cielo. Es sabio y bello ¿eh? Buenas noches, mañana seguimos.

                                               ---o---

Vaya, mira que lo estaba pensando, pero estaba muy cansado. Se me olvidó lo de la crianza. Iba a decir precisamente lo que dices tú. En la crianza y, sobre todo, cuando estamos hablando de un bebé, éste no es responsable de nada, cargará con la responsabilidad en el futuro de una mala crianza. La responsable de la mala crianza es la madre y los que la rodean (instituciones, familia,…). Todo es una cadena. El niño, de más mayor, sufrirá una mala crianza, y esa mala crianza dará lugar a pensamientos y emociones de los cuáles, aunque la causa de que se desencadenen esten en la crianza, él es responsable. La idea es que si uno quiere sanarse, y no hablo ya de espiritualidad, sino de tener sentimientos saludables (sin ira, sin rencor, sin vergüenza, sin timidez,…) pues tiene que actuar sobre todos sus pensamientos que causan esos comportamientos que le hacen infeliz. Luego puede venir el salto a la espiritualidad, pero eso es otra cosa. Yo hablo de psicoterapia. Pero es que además, el psicoterapeuta tampoco te cura, eres tú. Esta idea es muy importante porque estaba en el fondo del psicoanálisis. No importa que todos tus males vengan de la infancia, pero eres tú el que te tienes que hacer responsable de ellos. Y ser responsable es cargar con ellos, pero sin culpabilidad. Y sanarte es, una vez que los conoces, dejarlos ir. Y eso se hace mediante la compasión y autocompasión, el Amor y la paz. Y todo eso se transmite a tu alrededor. Si yo no cambio de actitud, mi grupo no cambia de actitud, cada vez son más mansos. Les estoy ayudando a conocerse, mientras me autoanalizo yo y me curo (cuido) de mis malos pensamientos. Se cura, curándose uno a sí mismo. Es curiosa la absoluta coincidencia entre el curso de milagros y el ho-oponopono. La diferencia es que éste es muy fácil de entender y, en la teoría, no produce reacciones, sí, en la práctica. Porque la práctica es la de pedir perdón continuamente. Pero pides perdón a tu yo superior. Es decir, de lo que se trata es de establecer un diálogo interno entre tus tres yoes, el inconsciente que es el cuerpo más material, las pulsiones, emociones y sentimientos, que tienes que amar, reprimir (no se elimina al cuerpo) en la terapia y autoterapia (sí en la filosofía, porque el cuerpo no es más que una manifestación de lo Uno, que es el Yo Soy, pero eso no nos interesa ahora) y de ese diálogo interno surge la perfecta alineación, utilizan la misma palabra que tú, entre esos tres yoes, que además representan lo que tú dices, cuerpo, mente y espíritu. Para ello hay que partir de que tú eres responsable de tus pensamientos (eso no quiere decir que tú seas responsable de una mala crianza, pero sí de lo que ahora mismo piensas, venga de donde venga. Te tienes que sanar tú, no odiar a tu madre, a la sociedad,…) y de que tus pensamientos construyen tu mundo. La causa del episodio de bulimia que tuviste, cualquiera sabe dónde está, pero tú lo solucionaste porque te hiciste responsable de ella, en primer lugar y, en segundo, porque decidiste amarte, cuidarte, de lo contrario hubieses seguido así hasta la muerte. Como le ocurre a cualquier drogadicto, no es más que un suicidio a largo plazo, no se quieren, ni quieren el mundo que sus pensamientos ha construido y deciden aniquilarse como les gusta. Y esto no es un juicio, es una descripción. A mí me da igual lo que hagan, son ellos los responsables. Yo lo he hecho y puedo volver a hacerlo. Eso nunca lo sabe uno. Creo que hay una confusión en ti entre responsabilidad y culpabilidad. Esa confusión es la herencia de la cultura cristiana. La responsabilidad es hacerse cargo de lo que uno tiene. Y qué tiene: un mundo que no le gusta y le hace infeliz. Y eso ¿por qué?, porque nuestros pensamientos los producen. Pues hagámonos cargo de nuestros pensamientos. La culpabilidad es un concepto cristiano de sumisión al poder, de anulación. Y, precisamente, todas estas tradiciones sapienciales, incluida la ética evangélica, son autoafirmaciones del Yo Soy. La culpabilidad implica sacrificio. La responsabilidad se resuelve con el ofrecimiento, expiación, de tus formas erróneas de pensar, es tu yo superior el que te cura cuando eres capaz de reestablecer el diálogo. Y, para eso es necesario, la compasión, como dicen los budistas o el amor como dice el cristianismo y el ho-oponopono. Pero, es curioso. Se empieza por la autocompasión y por el amor a uno mismo. Sufrimos porque no nos queremos lo suficiente. Si tenemos autocompasión (que es lo mismo que hacerse responsable, decirse sí a uno mismo) entonces podremos tener compasión. El sano egoísmo da lugar al verdadero altruismo. Muy buenos días.

 

Claro, dios, la naturaleza, el universo son armonía. El odio, la venganza, todas las emociones negativas son procedencia de nuestra proyección en el otro. El mal y el bien lo inventamos nosotros, nuestro ego, como éste no existe, tampoco existe el mal y el bien. El primer paso es la compasión y la autocompasión que te ayudan a desprenderte del yo, pero, en realidad es que si lo que existe es la unidad, no hay lo particular, no hay el mal, porque no hay opuesto. Eso es la no dualidad. Ahora aplícalo a lo concreto. Ahí reside el problema y las resistencias. Hay que disfrutar de las manifestaciones armónicas y pacíficas del universo, pero no son totalmente reales, lo real está aún más allá y es El Uno, el Yo Soy, el Ser. Por eso la actitud en este mundo de apariencias es la de la paz. Hay que transmitir la paz a nuestro alrededor. Y eso exige de una mente en calma, sin deseos, ni pasiones. Una mente que esté y contemple.

Claro, de todas formas el Ho-oponopono coincide más con lo que tú dices. Es que el curso de milagros es radical e inapelable. El cuerpo está ahí, lo "real" está ahí, lo que sucede es que no tiene significado, ni sentido, para el que lo ha trascendido, no significan nada. Eso no quiere decir que no "estén ahí" como manifestación incorrecta del ego. Dá miedo las últimas consecuencias del pensamiento místico. Pero sólo hay Amor o miedo. Sí seguimos al miedo seguimos al engaño. El miedo es también apego a los deseos, porque también hay alegría en lo aparente. Se producen tremendas resistencias.

                                               ---o---

jaja, ya te estás "rayando" como dicen mis alumnos cuando les hablo del mundo externo, de las pruebas de la verdad, del escepticismo…

No, no se trata de vaciarse del todo como un “místico total”, es que es lo que dice la mecánica cuántica. Y, la neurofisiología, de otra manera, todo está en el cerebro. De lo que se trata es de saber y ser. Ese es el principio de la filosofía aplicada. Ahora bien, a pesar de ello, nosotros llevamos una vida normal y corriente, pero sí sabemos esto, pues deja de tener importancia y de afectarnos nuestro yo y el mundo y, encima, si te dedicas a tu perfeccionamiento interior ayudas más a los demás. La paz se contagia y hace feliz. El miedo que genera todos los vicios hace infeliz. A pesar de conocer que la realidad no es la realidad, sino apariencias o maya, pues vivimos en ella, entonces nos la tomamos como un juego. Esa es la inocencia. La transformación del león en niño, que decía Nietzsche. Y, en la inocencia, no hay tiempo, se vive el instante.

Las teorías científicas son hipótesis, más o menos acertadas, de cómo puede ser el universo. La moderna teoría de cuerdas habla de un universo de once dimensiones, nosotros sólo conocemos cuatro, imagina qué curioso. Nunca podremos imaginar ningún humano ese universo. Sólo unas cuántas mentes matemáticamente privilegiadas son capaces de pensarlo matemáticamente. Pensarlo, no visualizarlo. Pero, es curioso, en los estados alterados de conciencia, como en algunos sueños, podemos visualizar cosas que no podemos pensar.

Todo esto viene de dos cosas que están ligadas. La primera es que no hago más que reflexionar para buscar un fundamento al libro de milagros. Y, me parece que se lo he encontrado: la mecánica cuántica. Otra es una meditación que hice ayer en la que, si tienes suerte y alcanzas una gran relajación y consigues un estado alterado de conciencia pues aprendes un montón de cosas intuitivamente. Como los chamanes que se meten de todo para ponerse en contacto con los espíritus, jaja. Pues bien, se trataba de ponerte en contacto con la unidad del cosmos a través de los “Espíritus de luz”, los “ángeles”, lo que sea, tu “yo superior” o tu “espíritu”, da igual, eso es todo cultural y nominal y sirven como guía de la meditación. El caso es que cuando supuestamente llegas guiado por aquel al que has elegido al lugar donde se te va a mostrar lo que sea. El que lleva la meditación te deja con tu guía para que te “muestre”. Es aquí donde alcanzas el máximo estado de conciencia alterada. Yo contemplé, varias cosas y una de ellas era cómo las fronteras de mi cuerpo (vistas desde la mecánica cuántica) se difuminaban en el universo, sin dejar de ser consciente, pero, más aún; imagina la conciencia de plenitud que puede tener uno al sentir en sí mismo todo el universo. Ya digo, esto es todo un estado alterado de conciencia, es una vivencia que no se puede describir. A la que podemos llegar por la meditación o por las drogas. Por cierto. Está meditación estaba ayudada por música binaural que altera las ondas neuronales facilitando la relajación profunda. Y ahora caigo, una de las cosas que aprendí fue cómo entender el curso de milagros. Porque la meditación la hice anoche y la interpretación se me ha ocurrido ahora.

En conclusión, jaja, seguimos sin intentar atravesar las puertas, pero sabemos que no hay que ser un fantasma y que, probablemente, otra dimensión, de las once, nos lo permitiría. Que con el cuerpo hay que convivir, pero que a las emociones no hay que hacerles caso, igual que vienen se van y proceden todas del miedo, excepto el Amor, que es, en última instancia, la fuerza de la unidad, la unión de la apariencia de los opuestos. Esto parece algo increíble, pero es tan increíble como que un gusano entienda las meninas de Velázquez, o la teoría de la evolución. Imagina un ser inteligente que sea capaz de captar en las once dimensiones de la teoría de cuerdas y que en lugar de pensar con doce conceptos como nosotros piense con cincuenta. No podríamos entenderlo jamás. Pues eso es lo que nos permite el cerebro cuando lo utilizamos, como en la meditación, y no cuando razonamos o seguimos nuestros estrechos cinco sentidos. ¿O la realidad se reduce a los cinco sentidos? No. Pues lo mismo ocurre con la razón. Vaya rollo que me he marcado hoy. Jaja.

Absolutamente cierto. La racionalidad humana es una parte mínima de la condición humana. Pero, desde hace quinientos años se ha reducido todo a la racionalidad. Y, dentro de éstas hay muchas, pues primero se redujo a la racionalidad matemática, luego a la instrumental y más tarde a la mercantil. Triunfando hoy en día ésta última. Sólo hay que echarle un vistazo a los currículos del estado, todas las disciplinas están orientadas desde la racionalidad, como siempre, pero en la nueva ley se ha introducido como competencia (más o menos aquello que es imprescindible saber, por traducir el pseudolenguaje de la pseudopedagogía), el del emprendimiento y la empleabilidad. Hasta los conocimientos, aunque esto viene ya de la LOE, modificación de la LOGSE, se han convertido en competencias básicas. La palabra misma está tomada de la economía. Y de paso vamos destruyéndonos y destruyendo el mundo en el que viven  miles de millones de especies, incluidos nosotros. Por cierto, Riechamann saca nuevo libro titulado, precisamente “Autoconstruirnos”. Y, dice, que la solución del problema es individual, un cambio de conciencia. Cuántas veces lo he discutido con él por correo electrónico. Yo decía que era una cuestión política y él añadía que además de política, fundamentalmente, ética y me explicaba que había que volver al epicureísmo. Y, ahora le doy la razón. Y es curios, me siento en paz y ligero (ya no más luchas inútiles: compasión y autocompasión), me he quitado una gran carga de encima: el responsable de todos los males del mundo no soy yo, ni tengo que atacar a nadie, ni hacerlo responsable. Eso sí, yo tengo que cambiar para cambiar el mundo. Primero he criticado al mundo, me transformé de camello en león, fiero, incansable y mordaz, pero ahora tiene que venir la última transformación: el niño que juega en el instante presente.

“Amarse a sí mismo es la mejor manera de mejorarse y al mismo tiempo de mejorar el mundo.” Ho oponopono

Nos perdemos en el intento de mejorar el mundo, sin ver ni conocer nuestro interior. Nos pasamos la vida haciendo juicios sobre los demás y el mundo en su conjunto. Pero, tanto lo uno como lo otro, no son más que proyecciones de nosotros mismos, de nuestro mal interior. Intentando solucionar el mundo no solucionamos nuestro malestar y aumenta nuestro desprecio hacia nosotros mismos a la par que aumenta nuestro ego. En cambio, si nos amamos, nos respetamos y si nos respetamos es porque hemos hecho un ejercicio de autoconocimiento, “conócete a ti mismo” y si hemos hecho esto veremos que el resto del mundo es igual que nosotros, no son el mal. Éste siempre procede de una falsa percepción nuestra. Si nos amamos, extendemos el respeto a nuestro alrededor.

“Todo es vanidad 

1:1 Palabras del Predicador, hijo de David, rey en Jerusalén.
1:2 Vanidad de vanidades, dijo el Predicador; vanidad de vanidades, todo es vanidad. 
1:3 ¿Qué provecho tiene el hombre de todo su trabajo con que se afana debajo del sol? 
1:4 Generación va, y generación viene; mas la tierra siempre permanece. 
1:5 Sale el sol, y se pone el sol, y se apresura a volver al lugar de donde se levanta. 
1:6 El viento tira hacia el sur, y rodea al norte; va girando de continuo, y a sus giros vuelve el viento de nuevo. 
1:7 Los ríos todos van al mar, y el mar no se llena; al lugar de donde los ríos vinieron, allí vuelven para correr de nuevo. 
1:8 Todas las cosas son fatigosas más de lo que el hombre puede expresar; nunca se sacia el ojo de ver, ni el oído de oír. 
1:9 ¿Qué es lo que fue? Lo mismo que será. ¿Qué es lo que ha sido hecho? Lo mismo que se hará; y nada hay nuevo debajo del sol. 
1:10 ¿Hay algo de que se puede decir: He aquí esto es nuevo? Ya fue en los siglos que nos han precedido. 
1:11 No hay memoria de lo que precedió, ni tampoco de lo que sucederá habrá memoria en los que serán después.”

Libro del Eclesiastés.

No será que vivimos un profundo engaño. Que nuestra vida es un sueño provocado por nosotros mismos por un falso yo modelado por nosotros mismos que huye de sí mismo, del dolor y de la muerte porque ésta es su propia naturaleza. No será que todo nuestro sufrimiento y dolor, las luchas en el mundo proceden todas de un engaño de percepción. De ver en el otro nuestro propio mal. Y, no será, que la vanidad es una de las formas que tiene el yo para huir de su propia miseria.

Pero el libro del Eclesiastés nos da la clave. Aunque parece un libro escéptico, nos está diciendo de dónde vienen nuestros males. Y, dice, nada hay nuevo bajo el sol. Es decir, que elimina el tiempo. Y el tiempo es la gran ficción del ego. Sin tiempo no hay ego, sin ego, no hay sufrimiento. Y, sin tiempo, no hay más que la eternidad, que no es más que el aquí y el Ahora. Y en el Ahora nada nos puede suceder. Es el lugar del Ser. Nuestra sanación (cura sui) reside en recuperar el Ahora. En eso consiste la metáfora de la vuelta al paraíso o la vuelta a la niñez, que representaría la inocencia. Como el mismo Nietzsche, por irnos al extremo ateo, también decía. La tercera y última transformación es la del convertirse en niño y lo que hace el niño es jugar y el sentido del juego es el propio juego, el juego y sus normas se crean jugando y en el juego sólo existe el momento, el Ahora.

https://www.youtube.com/watch?feature=player_detailpage&v=mb9YCeQ1CCA

¿Y si fuésemos capaces de considerar al otro, otro como yo? Alguien que sufre igual que yo, alguien que carece, alguien igual que yo, por muy rico que sea, por muy cruel que nos parezca, por muy poderoso. ¿Y si tiene el infierno dentro y la paz depende de nosotros? ¿No se rompería la cadena de la violencia? ¿Y si la clave de la violencia, el mal y la injusticia en el mundo está en cada uno de nosotros y no en otros al que declaro enemigo?: el político, el magnate, el explotador…

No debemos olvidar que cada vez que nos cruzamos con alguien, en su interior se está librando una gran batalla.

Una excelente meditación de Juan Manzanera.

 “De la Atención a la Conciencia.

Juan nos guiaba de nuevo el sábado en el apasionante y siempre desconocido viaje de la Atención a la Conciencia.
Y señalaba que la Conciencia no es el final del Camino sino que todo lo contrario, la meta es el comienzo.
Además nos recordaba que nuestra naturaleza está tan cerca de nosotros… Tan cerca que no la vemos…

Y el viaje comienza de la mano de la Atención. Una atención distorsionada por creencias, deseos , miedos, expectativas…una atención siempre parcial y condicionada. Para purificar esa atención hay que recordar:
-No hacer daño: es básico.
-La Impermanencia: Hasta qué punto puedo soltar este momento?
-La Interdependencia: Todo en el universo está conectado, nada tiene naturaleza intrínseca.

Y la atención se fija especialmente en la relación con los demás. Ahí están la armonía, gratitud, amor y compasión. Trato de que mi atención se fije en lo que nos une y no en lo que nos separa. Somos seres condicionados queriendo ser felices y vamos a morir. Pasamos la vida evitando el sufrimiento, ese es nuestro denominador común. Eso es más Real que lo que nos separa. Eso es Amor.

Y meditamos en la Impermanencia,en el Amor y en la Atención Plena atendiendo el presente sin apegos ni rechazos haciéndonos conscientes de nuestras resistencias que, a veces, son intermitentes. Saber sostener esa atención en la que todo cabe.

Y es necesario además del Mindfulness: Indagar, para ir más allá de la mente. Para ponerla en un aprieto, en ese límite donde se impone el no Saber, y saber estar con ese No Saber .
Así dice Juan que desaparece esa ilusión de ser un individuo separado, autónomo y permanente. Así puede desvelarse mi esencia.

Y damos un paso más.
Miramos Eso que mira.
Nos damos cuenta de ese darse cuenta y
este movimiento de vuelta no es hacia afuera,
No exige acción,
Nada que hacer.
Todo nace de ahí,
saber estar en la fuente y
SER.”

Aquí, si reflexionas, encuentras la respuesta a lo que te dije que te iba a explicar.

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Final del formulario

 

Ya recuerdo el artículo con lo que me dices en la primera parte del mensaje. Bueno, lo que pasa es que esto tiene sentido en la consulta de un psicólogo, no en el perfeccionamiento espiritual. Te sonará a locura, pero todo eso es apariencia y en cuanto comprendes que tu yo es apariencia y que está construido de todo eso, traumas y alegrías, todo ello se difumina. Claro, esto crea un problema, que es el que te vengo planteando desde hace tiempo. ¿Cómo restaurar la injusticia? Bueno, pues ayer encontré un principio budista, que había leído cuando joven y que dice: “Cuando los demás, por envidia, me maltraten con ofensas, calumnias o desprecio, practicaré aceptando la derrota y ofreciéndoles la victoria.” Está en los ocho principios de adiestramiento de la mente del budismo en el blog de Juan Manzanera. Evidentemente estamos hablando de distintos niveles. Tú respuesta podría ser, como pensaba yo, que así dejas que se perpetúe la injusticia en el mundo, pues no. Primero, tú no sufres, segundo, tú frenas la cadena de injusticias y extiendes la compasión y el amor al otro. Imaginemos que la situación es mucho peor y que mueres. Tampoco pasa nada. Todo es apariencia. En el fondo existe un equilibrio de los contrarios, del bien y del mal. Lo siento, pero es un salto de nivel impresionante y doloroso el darlo. ¿Quién ha entendido el mensaje ético de la compasión y de los evangelios? No se puede entender el mensaje del amor al prójimo si no lo combinas con el mensaje del reino de dios (una metáfora, se refiere a la felicidad, la nada, el ser, la conciencia plena) que a la par se predica en los evangelios; es decir, se nos dice, no te preocupes por el hoy ni el mañana, mira a los lirios del campo, ellos viven y nada más. Pues lo mismo. Esta mañana te puse un ejemplo de meditación trascendental, la de “Yo soy”, precisamente la que iba a hacer después. De lo que se trata es de llegar a conocer, igual a ser, la naturaleza del yo soy, que no es ni la física, ni la psicológica, ni la biográfica, sino la de la conciencia absoluta. Y desde esta conciencia absoluta solo hay presencia absoluta. Ninguna importancia tienen esos daños psicológicos, eso es individualidad del ego y, por ello dualidad, apariencia. Hay un salto muy grande entre la mera psicología y lo espiritual filosófico. Y el caso es que si llegas al yo soy, ni siquiera eso tiene ya importancia. La experiencia de la absoluta presencia es la experiencia de la nada que es el No Ser, que para los orientales es la vacuidad.

¿Para qué quieres tener en orden el pasado si el pasado no existe? Precisamente alguna hipnosis que he visto  como terapia de la angustia lo que te intentan convencer, en estado hipnótico, es de la vacuidad de aquello que tú crees que te puede afectar. Lo que pasa es que son sólo técnicas. La sabiduría milenaria la tienes en las religiones sapienciales y en la filosofía práctica. Tienes que resolver un problema el de la no dualidad y tu fijación con el pasado. Es doloroso, lo mismo me ha pasado y me sigue pasando a mí con la injusticia en el mundo, o en el sistema educativo, que es lo que tengo más cercano. Cómo hablar sin caer en la dualidad y sin sufrir. El caso es que, no sé cómo, lo estoy consiguiendo, y no a base de pastillas, porque cada vez tomo menos y estoy mejor. Hasta creo que mi cuerpo está empezando a rechazarlas. Ya te mandaré un enlace de hipnosis, pero lo que tú pides es una terapia entera, como la que me sugeriste a mí y eso, gratuito, no lo hay.

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Claro, cuerpo y espíritu deben estar equilibrados. Pero es que el espíritu no es individual. Lo individual no tiene importancia, pero a la vez sí la tiene. En las escritura se nos dice que el  cuerpo es el templo del espíritu. Y esto, como todo, es metafórico. Hay que cuidar al cuerpo, hay que mantenerlo sano para poderlo trascender. De lo contrario, te ocupas del cuerpo y no del espíritu. Mira, un ejemplo contradictorio. Hoy en día la gente va a los gimnasios, no por el placer del ejercicio físico, sino por el placer imaginario de un cuerpo bello. Bien, lo primero es saludable, lo segundo es un vicio que nos aleja de la realización espiritual. El cuerpo sano, tanto física, como psicológicamente es más accesible a la espiritualidad; es decir a acceder a valores superiores: es honesto, no tiene envidias, ni guarda rencores. Es un cuerpo- mente preparado para acceder a una vida espiritual superior, aunque con alcanzar esto ya es más que suficiente. Pero una vida espiritual superior trasciende esta conciencia psicológica, que es dualista y aparente, y nos sitúa en un estado de conciencia superior. Con la práctica de la meditación lo consigues. Pero también hay un problema y que es objeto de meditación, el de la consciencia. Durante la meditación con la práctica y con suerte alcanzas a veces ese estado de paz que lo trasciende todo, que no es la simple relajación profunda, que ya es mucho también, pero en la vida diaria te enfrentas con la corriente psicológica de la mente que te llena de ocupaciones y preocupaciones, de proyectos, argumentaciones, deberes, emociones, positivas y negativas y toda esta consciencia va en dirección contraria de la conciencia plena. Y, de lo que se trata, precisamente es de extender lo máximo posible ese estado de conciencia plena, el aquí y el ahora, a lo largo del día. La escisión entre meditar y la vida cotidiana es menester salvarla, sino se convierte en un mero ritual. Por eso insisten tanto, los budistas y la práctica del Mindfulness, en la meditación informal. La que uno hace a lo largo del día en cualquier momento. Aprovechando un hueco, un minuto esperando en la cola de lo que sea. Andando mientras vas al trabajo, en un paseo. Sentado esperando a alguien…incluso mientras escuchas a alguien. Debe convertirse en hábito. Por eso Vicente Simón dice que los que llevan muchos años de meditación, no sólo tiene un cambio superficial en sus cerebros, a nivel de redes y conexiones neuronales, éste se obtiene en unas semanas, sino que presentan un cambio estructural en ciertas zonas del cerebro que ahora no recuerdo.

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Efectivamente, tienes toda la razón y muy bien explicado. El problema es la mente. Y la dualidad comienza a producirse en el mismo embarazo. Lo que yo te digo es que es inevitable. Eso sí, que hay formas culturales más benignas para la unidad, como aparece en el reportaje que me pasaste o las religiones paganas desaparecidas hace mil quinientos años con la implantación forzosa del cristianismo, pues no te voy a decir que no. Efectivamente. Y que es necesario recuperar toda esa sabiduría, pues claro. En eso estamos los dos. Enhorabuena, cómo has resuelto el problema, yo lo veía casi una paradoja. Está claro, que era un problema y tenía solución. Lo que pasa es que, igual que el asunto del bien y del mal, la justicia en el mundo, ¿qué debe hacer uno?, es decir, el problema de la acción. Ante todo esto le queda a uno un regusto amargo porque creo que se mueve uno en el nivel del análisis, de la reflexión, lo mental y no pasa al nivel de la consciencia, sólo en la meditación donde ahí si lo veo (siento) claro. El problema es que en el nivel mental, por eso es aparente, conocer no es igual a ser, se mantiene la dualidad. Por eso aparece en el fin del pensar, con la obra de Heidegge y de Wittgenstein, el problema del lenguaje. Decía Wittgenstein, “el lenguaje constituye mi pensamiento.” por tanto “El lenguaje son los límites de mi mundo”. “El resto, lo que está más allá del lenguaje, no es el mundo, no se puede decir, es lo místico.” Y, precisamente, lo importante es lo que no se puede decir. “El lenguaje es como el ojo y el campo de visión” “El lenguaje está en el límite del mundo, lo constituye” “Hay que abandonar el lenguaje para salir del mundo”. “El mundo es la totalidad de lo que acaece. Y lo que acaece es lo que es” “Y todo lo que es se puede describir por el lenguaje” “El lenguaje es una descripción del mundo.” “El sentido del mundo cae fuera del mundo” “está dentro de lo místico, de lo que no se puede decir” “Y lo que no se puede decir, sólo se puede mostrar. Y esto es lo místico”, pero, claro, “De lo que no se puede hablar mejor es callarse.” (Así termina la obra) Por eso todo aquello de lo que no se puede hablar se expresa por el arte, la acción ética, sólo se puede mostrar. Por eso no puede haber tampoco maestros, sino alguien que te señale el camino. O señales que tú ves en el camino. Todas las citas pertenecen a la obra de Wittgenstein Tractatus lógico-Philosophicus” Es que me lo sé casi de memoria, lo leí siete veces y después lo grabé en cinta de casete para escucharlo, porque es un libro muy cortito, pero central. Y ayer terminé el libro de “La sabiduría de la no dualidad” con unas páginas dedicadas a Wittgenstein y el hinduismo advaita. Por eso me he acordado.

 

 

“A diferencia de la solidaridad, que es horizontal y se ejerce de igual a igual, la caridad se practica de arriba-abajo, humilla a quien la recibe y jamás altera ni un poquito las relaciones de poder.” Eduardo Galeano.

Particularmente yo cambiaría la palabra solidaridad por fraternidad. Ésta última es la gran olvidada de la Ilustración y se ha disuelto en el discurso, más débil y menos comprometido, de la solidaridad. Lo de la caridad es una herencia del cristianismo. Es una de las tres virtudes teologales: fe, esperanza y caridad. Se supone que la práctica y posesión de estas virtudes nos garantizan un lugar en el cielo. Como el catolicismo se ha vuelto desde hace muchos siglos una religión de moral hipócrita pues hay que presumir de estas virtudes.

Pero, encima, la caridad está mal entendida. Porque, tal y como es predicada en el evangelio, no es ni más ni menos que el amor al prójimo que incluye: ampararse y cuidar del débil y absolutamente otro (extranjero, de otras costumbres y religión), vamos, lo que significa la parábola del buen samaritano y, más duro aún, amar a tu enemigo (porque en el fondo es tu igual, un hijo de dios a su imagen y semejanza) y esto es lo de poner la otra mejilla. Nada que ver con la caridad hipócrita entendida por el cristianismo que lo que pretende es humillar al débil y mantenerlo en su estado de dominación. Tampoco es que en los evangelios, y no es por quitarles mérito, ni mucho menos, se diga algo nuevo, ya estaba en el budismo y en el hinduismo. Lo que sí es cierto es que en los evangelios toma una forma más cercana e inteligible para los occidentales. Las religiones de extremo oriente son tremendamente complejas para nuestro entendimiento. No forman parte de nuestra cultura, ni civilización. No están en nuestro inconsciente colectivo de milenios. Aunque sí en el inconsciente colectivo de la humanidad.

Antonio, precisamente, cuando me refiero a sabidurías olvidadas, me refiero a las occidentales. A las que no explicamos en historia de la filosofía. A las que han sido marginadas por los diferentes poderes. En cuanto al análisis que haces de la religiones orientales, pues cómo no coincidir, son iguales que las occidentales, un mecanismo de opresión y superstición y, ahora mismo, una moda pija de occidente asumida por el mercado. Pues claro. Pero ocurre igual que con Spinoza, ahí está la ética muerta de risa, objeto sólo de expertos. Pues lo mismo ocurre con el Tao te King u otras obras. Y los evangelios, constructos históricos, contradictorios entre sí, pero cargados de sabiduría. Como el Sócrates de Platón, una leyenda, pero rebosante de sabiduría. Heidegger lo supo ver. El comienzo de la filosofía fue la ruptura con los presocráticos, que representaban la verdadera sabiduría, es curioso que Nietzsche salve a Heráclito de la quema. Y por eso Heidegger piensa que es entonces, con el inicio de la metafísica cuando se produce el olvido del Ser. Pero que es un camino necesario. Porque somos animales técnicos, como también lo supo ver Ortega. Y es curioso también, que todos aquellos que han retornado al Ser, la mística, hayan sido atacados por el poder de la religión institucionalizado como forma de opresión y control del pueblo. Recuerda sino qué significa el capítulo V de los Hermanos Karamazov de Dostoievski, cuando Jesús se aparece en Sevilla en plena semana santa. No persigo modas. Quiero sacar la filosofía a la calle, a su lugar natural. Es la línea olvidada que siguieron a Sócrates: los estoicos, los epicúreos, los cínicos, los escépticos. Platón y Aristóteles consolidaron el sistema y, más, cuando se funden con el cristianismo y surge la gran construcción de la filosofía cristiana. El lugar de la filosofía ha sido siempre el ágora. En la universidad, la filosofía, y sobre todo a partir del siglo XX, con su afán cientificista, está muerta y enterrada. No se trata de modas y autoayuda, eso son síntomas de la decadencia de occidente, entre ellas de la filosofía que no ha sabido estar al tanto y que ha ido, acomplejada, a remolque de la ciencia. Se trata de indagar en la sabiduría de siempre. Y no separar, el conocer del ser, como no lo hacían ni los presocráticos, ni Sócrates ni la línea antes citada. Ni lo hicieron tampoco Montaigne, Bruno, Cusa, Spinoza, Kant, Schopenhauer, Nietzsche… Wittgenstein… Ah, y no olvidar que todas estas reflexiones no salen de un ataque de misticismo, sino, del escepticismo y el cinismo. Y entiendo a éstos, como vitales. Es como haberle pegado una patada a la vieja escalera al modo de Wittgenstein.

La Razón, el Logos de los presocráticos, el Ser de Parménides, el Dios del maestro Eckhart, el Nirvana budista, la no dualidad del hinduismo Advaíta, el Tao del taoísmo…estoy explorando otros derroteros filosóficos y sapienciales. Nuestra razón filosófica y científica, nuestra política y nuestra ética nos han llevado a la estupidez, el sinsentido y, en última instancia, al colapso civilizatorio. Y como yo creo que el progreso es un mito, precisamente del cristianismo al unirse con la razón (Agustín de Hipona: el concepto de historia basado en la idea lineal de tiempo y la ciudad de dios como utopía política de poder recubierta de superstición religiosa) pues pienso que nos hemos quedado toda una corriente sapiencial detrás. No se trata de buscar una salvación. Probablemente el hombre esté condenado al sufrimiento y su extinción por su propia condición biológica. Pero, bueno, hay otros mundos y saberes que están en éste y han sido olvidados.

                                   ---o---

El mundo, la sociedad está totalmente enloquecida. Nos hemos vuelto, simplemente, estúpidos. Y no siento ningún desprecio, no odio a nadie, ni a la humanidad. Al contrario, siento compasión y tristeza por la situación mundial en la que nos encontramos. Por lo que será de las generaciones futuras. Somos un error. Tengo un amigo que es todo lo contrario que yo. Es tremendamente optimista. Dice que se está produciendo un cambio individual a nivel de las conciencias. Yo creo que es que vive en una nube. Yo cada vez veo más sinsentido y estupidez. Analizad vuestra profesión ¿no es así? En la mía, sí. Y en lo que veo alrededor, también. Es como un mundo de zombis en el que estamos todos perdidos y enredados en el sinsentido e intentando sobrevivir a duras penas…no sé. Por lo menos he dado el paso de culpabilizar al otro y a la humanidad en su conjunto de todos mis males al de la autocompasión y compasión. Claro, porque en todo mal hay bien y en todo bien hay mal. Por ello hay que concebir que no haya una acción sin el bien y el mal intrínsecos. No hay acción exenta de mal o de bien en modo absoluto. El mal y el bien se necesitan y se confunden y nos confunden. Siempre nos consideramos víctimas, nunca verdugos. El mal radical es, simplemente, la ignorancia.

                                   ---o---

Me hallé a mí mismo

deseando y conociendo menos,

hasta que pude decir

completamente atónito: “no sé

nada, no quiero nada.”

Nisargadatta.

“Sea apasionadamente

desapasionado. Eso es todo.”

Nisagadartta.

“No te conviertas en percha de la fama. No te hagas archivo de proyectos. Procura compenetrarte con el infinito y andar sin dejar huella. No te ocupes más que de hacer en ti el vacío. El corazón del hombre cumbre es como un espejo; a nadie despide, a nadie acoge; refleja, pero nada guarda. Así triunfa sobre las cosas sin recibir daño de ellas.” Chuang Tzu

“Esta dimensión universal del conocimiento de Sí (“Conócete a ti mismo y conocerás el universo y a los dioses” Templo de Delfos) ha sido, de hecho, para todas las tradiciones de sabiduría, tanto occidentales como orientales, el principio de su enseñanza.” Mónica Cavallé. “La sabiduría de la no dualidad.”

La solución al dilema de la inacción. Este dilema se plantea porque vemos la inacción desde la perspectiva de la dualidad.

“P. ¿Entonces no hay necesidad de esfuerzo?

R. cuando el esfuerzo sea necesario el esfuerzo aparecerá. Cuando el esfuerzo se hace esencial él mismo se impondrá. Usted no necesita empujar la vida. Simplemente fluya con ella y entréguese completamente a la tarea del momento presente, que es morir ahora, al ahora. Porque vivir es morir. Sin muerte no hay vida.” Nisargadatta.

                                               ---o---

“Amar la verdad significa soportar el vacío y, por consiguiente, aceptar la muerte. La verdad se haya del lado de la muerte.” Simone Weil.

Una gran metáfora-realidad. O realidad mítica. El vacío no es la nada en el pensamiento oriental. Es la gran diferencia ontológica entre oriente y occidente.

 

 

 



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