Blogia

Filosofía desde la trinchera

De sentido común…pero el profesorado anda perdido en la burocracia orwlliana y muerto de miedo ante los padres, los alumnos, el director, el jefe de estudios, la inspección. Y ya sabemos que el miedo es el instrumento básico de control…prefieren la sumisión a lo irracional (aunque ya ni siquiera lo ven así) a la autonomía y la educación auténtica: la transmisión libre de conocimientos, valores y actitudes.

De acuerdo con casi todo, salvo con el temor que tú anuncias de la gente, hablo de occidente, a ese dios omnipotente. ¡Qué va! Creo que no. La gente teme a la pérdida de su seguridad, de su posibilidad de consumo, a la marginación. Otros dioses han ocupado su lugar. Temen a la muerte, eso sí, pero no al sufrimiento después de la muerte, si no a no poder seguir existiendo. El dios tradicional no ocupa ningún lugar. Éste ha sido sustituido por el dios de la tecnociencia, el mercado, la economía, la moda, el consumo, los ídolos que se sustituyen unos a otros como quimeras… Hemos perdido mucho con la muerte de las religiones tradicionales. Su gran mensaje ético, la capacidad de entrega y de abnegación, la empatía de la que tú hablas, cuyo fruto laico será el valor de la fraternidad. Pero somos seres cuya estructura, por origen evolutivo, es religiosa, por eso seguimos creyendo, aunque sea en el último modelo de telefonía móvil. O en la quimera de que las nuevas tecnologías de la información son el remedio de la enseñanza y el comienzo de la sociedad feliz. Patrañas, comparado con las religiones del libro. Por otro lado, la ignorancia supina que sobre las religiones tradicionales hay hoy en día, fundamentalmente en la juventud, unido a su mentalidad mítica es algo que asusta. En definitiva todo ello hace del joven un individuo infinitamente maleable. Es como plastilina en manos de los diferentes poderes. Es un ser sin principios y sin fines. Prefiero un buen creyente, con principios, pero sin fanatismos. Alguien con contenido, que aporte y diga algo. No un ser instalado en la nada…

Claro, pero hay un problema. Hoy en día se dice mucho que se es agnóstico, cuando no se sabe ni lo que es esto. Se ha cambiado la palabra ateo, que tiene un sentido fuerte, por la de agnóstico, para aliviar la carga. Pero no se sabe lo que es esto último. También hay mucho ateo y agnóstico que no es tal, sino pura indiferencia. En realidad son practicantes de la religión posmoderna. Es decir, del relativismo y el egocentrismo. Sirvientes de Narciso.

TRIBUNA: MERCÈ RIVAS

¿Republicanas? Prostitutas o débiles mentales

MERCÈ RIVAS  27/09/2010

La Junta de Andalucía piensa indemnizar a las mujeres que fueron vejadas por ser republicanas. Más vale tarde que nunca, aunque, como era de esperar, a Dolores de Cospedal no le ha gustado. No importa. Es una gran oportunidad para reivindicar a miles y miles de mujeres que fueron pisoteadas por sus ideas o simplemente por estar casadas o ser hijas de republicanos. Nunca fueron reconocidas como presas políticas, sino como prostitutas.

La mayoría de ellas han sido y siguen siendo invisibles. Tan solo puntuales historiadores han investigado sus vidas. Y lo seguirán siendo mientras en nuestras escuelas no se explique qué pasó. Ni nuestros universitarios ni los estudiantes de Bachillerato reciben información. Para los libros de texto estas mujeres no existieron. Y las nuevas generaciones las van conociendo a través del cine, de las series de televisión y de algunos libros.

El catedrático Vicenç Navarro, de la Universidad Pompeu Fabra, todavía se sorprende cuando ve a sus alumnos hablar con soltura de las desapariciones y torturas en Chile y Argentina y de la total ignorancia de lo que pasó en España. Nadie conoce a esas 19 jóvenes del pueblecito sevillano de Guillena que fueron asesinadas en el verano de 1936 o a Amparo Barayón, mujer del escritor Ramón J. Sender, que antes de ser fusilada le enviaba una nota a su marido diciéndole que habían hecho desaparecer a su hija Andreína.

En cambio, para los vencedores de la Guerra Civil, las mujeres fueron un pilar importante de su nuevo régimen dictatorial. Enfocaron en ellas toda su ideología y las convirtieron en su arma más importante para educar a futuras generaciones, para conseguir que las familias fueran el núcleo de la sociedad en donde "los valores del franquismo" se mantuviesen y proliferasen.

Y, por supuesto, con el entusiasmo de la jerarquía católica. No olvidemos que la mayoría de las hacinadas y cochambrosas cárceles fueron administradas y custodiadas por órdenes religiosas femeninas.

La influencia que las mujeres lograron para reproducir la represión moral y política fue una de las más útiles armas del régimen franquista. Abnegadas, calladas y obedientes, las mujeres del franquismo renunciaron, quizás sin saberlo, a vivir su propia vida, para servir a los intereses del poder establecido.

En cuanto a las republicanas, por el hecho de haber perdido una guerra se convirtieron en seres inferiores, en lo que el historiador Ricard Vinyes denomina la "degeneración social del disidente". "Al fin y al cabo", añade Vinyes, "desproveer al enemigo de condición humana ha sido un requerimiento previo a su aniquilación".

Y si hay que recordar a algún experto en humillar y aniquilar a estas mujeres fue el comandante-psiquiatra Vallejo Nájera, que no dudaba en definirlas como "débiles mentales". Director del Gabinete de Investigaciones Sociológicas, nombrado directamente por Franco, teorizó hasta la saciedad sobre la inferioridad mental de la mujer-disidente.

En sus experimentos en la cárcel de Málaga, agrupaba a las presas por categorías de peligrosidad, considerando "las más degeneradas" a las que eran marxistas y catalanas.

En medio de tanto odio, la Fiscalía del Estado se alarmaba del aumento espectacular de suicidios: un 71,3% más que en el año 1932. Fue lo que acabó haciendo la licenciada en Ciencias Matilde Landa, detenida y trasladada a la cárcel de Ventas de Madrid en 1939, condenada a muerte e indultada gracias a las numerosas gestiones de sus familiares. Pasó 30 años en prisión antes de quitarse la vida.

De las presas de la cárcel de Málaga, Vallejo Nájera afirmaba que habían actuado "empujadas por el resentimiento y el fracaso social que en las mujeres era más notorio dada su perversión moral y sexual". Se las machacó de forma especial no solo por sus ideas políticas, sino por el hecho de ser mujeres. La virilidad de los vencedores se conformó como un elemento esencial. De ahí que la principal forma de represión fue la violación.

Como afirmaba la madrileña Juana Doña, militante del Partido Comunista condenada a muerte, "se violaba en las comisarías, en los centros de Falange, en las cárceles, en los domicilios requisados", hasta el punto de que incluso en los informes de la Fiscalía se habló del alarmante ingreso en prisión de mujeres por el hecho de haber abortado, añadiendo siempre la coletilla ideológica: "La mujer ahora prefiere la muerte a la maternidad".

Esta violencia fue impulsada desde el poder. Solo hay que recordar las arengas del general Queipo de Llano: "Nuestros valientes legionarios han enseñado a los cobardes de los rojos lo que significa ser hombre. Y de paso también a sus mujeres. Esas comunistas y anarquistas se lo merecen. No se van a librar por mucho que forcejeen".

Muchas de ellas ya han fallecido, pocas siguen entre nosotros, pero los que sí están y deberían conocer a fondo lo que pasó son sus nietos y bisnietos. Mientras que no se explique a los jóvenes quiénes fueron y qué hicieron estas mujeres, no podremos dar por superada una etapa de nuestra historia. Lo más triste es que personas como Cospedal, que han tenido la oportunidad de leer e informarse, no lo hayan hecho.

MANUEL VICENT

Sortilegio

MANUEL VICENT  26/09/2010

En el interior de un cuarto oscuro permanece el retrato de Dorian Gray. Mediante el pacto que el pintor ha hecho con las leyes secretas de la belleza se produce un sortilegio. El propio Dorian Gray de carne y hueso, que le ha servido de modelo, permanecerá siempre joven a la luz del día y toda la ruina física que regala el paso del tiempo la asumirá el retrato y en él se reflejarán los vicios, caídas y deseos frustrados de la vida. En el cuarto oscuro la figura representada se irá degradando. Sus ojos se inundarán de linfa amarilla, la piel tomará un color de tierra, la cabeza lentamente se cubrirá de ceniza, aparecerán manchas ocres en el dorso de las manos y bajo las sedas ajadas de la camisa y de los pantalones de terciopelo ya raídos se le caerán flácidas las carnes, mientras el joven Dorian Gray con el atractivo inalterable en el rostro, la mirada brillante, la tensión en los músculos, seguirá seduciendo, bebiendo y bailando en fiestas interminables. Este relato de Oscar Wilde es solo literatura. En la vida corriente de cada uno el sortilegio de Dorian Gray se produce al revés. El cuarto oscuro es nuestro pasado y en él permanecen intactos el niño, el joven, el adulto, el ser fuerte y tal vez indomable que fuimos un día. Mientras a pleno sol nuestro cuerpo con los años se va destruyendo, esos seres maravillosos que nos habitaron sucesivamente, si uno no los ha asesinado, siguen vivos en el espacio oscuro de nuestra memoria. Conservan la primera inocencia, la turbulenta pubertad, los deseos juveniles de cambiar el mundo, la limpia ideología de comprometerse por los demás, el derecho a equivocarse, la firmeza del cuerpo y el mismo espíritu de libertad. Si no hubiera espejos nadie conocería su propio rostro. Solo envejeceríamos en la mirada de los otros. Ese sería un juicio inapelable. Pero esos seres vivos del pasado tan puros que llevamos dentro son también un espejo velado y la verdadera destrucción espiritual se produce cuando uno no reconoce la propia imagen al reflejarse en ellos. En este caso Dorian Gray ya viejo con todos esos seres muertos a cuestas irá en un descapotable rojo a una fiesta. Con una copa en la mano, lleno de melancolía, verá bailar en el jardín a las muchachas cubiertas de flores y esa será su condena.

TRIBUNA: ALAIN TOURAINE

La crisis dentro de la crisis

Si no encontramos palabras que rompan el silencio y acciones que nos saquen de la parálisis, la crisis será el destino de Occidente. La pasividad y la resignación no son solo consecuencias, sino causas profundas

ALAIN TOURAINE 26/09/2010

No somos economistas, pero intentamos comprender. Vemos una sucesión de crisis -financiera, presupuestaria, económica, política...-, definidas todas ellas por la incapacidad de los Gobiernos para proponer otras medidas que no sean esas denominadas "de austeridad". Hay, finalmente, una crisis cultural: la incapacidad para definir un nuevo modelo de desarrollo y crecimiento. Cuando sumamos todas estas crisis, que duran ya cuatro años, nos vemos obligados a preguntarnos: ¿existen soluciones o vamos ineluctablemente hacia el precipicio, sobre todo respecto a países como China o Brasil?

Ni los economistas ni los Gobiernos a los que aconsejan han logrado otra cosa que ralentizar la caída. Consideremos, pues, tres crisis: la financiera, la política y la cultural.

2009. La financiera es la que mejor conocemos en su desarrollo, incluida su preparación, a partir de los años noventa, mediante crisis sectoriales o regionales y "burbujas" como la de Internet, o, más tarde, escándalos como el de Enron. Todo esto, junto con el caso Madoff y, sobre todo, el hundimiento del sistema bancario en Londres y Nueva York, en 2008, nos colocó al borde de una situación excepcionalmente grave. Entonces descubrimos la existencia de un segundo sistema financiero que obtiene beneficios de miles de millones de dólares para los directivos de los hedge funds y también para los grandes bancos y sus traders más hábiles. Este segundo sistema financiero no tiene ninguna función económica y solo sirve para permitir que el dinero produzca más dinero. ¿Por qué no hablar aquí de especulación?

Estupor. Después de tantos años de fe en el progreso, de resultados económicos muy positivos y de una multiplicidad sin precedentes de nuevas tecnologías, la economía occidental revela una búsqueda del beneficio a toda costa, una pulsión de latrocinio y corrupción. Gracias al presidente Obama y a los grandes países europeos, se evitó la catástrofe. Pero, desde entonces, la situación no se ha enderezado. Ha sido en Reino Unido donde la catástrofe ha tenido los efectos más destructivos; por eso es también en ese país donde el nuevo Gobierno puede imponer a unos bancos de facto nacionalizados las medidas de control más fuertes.

La izquierda ha perdido el poder en Reino Unido y ha pasado a ser minoritaria en una España abrumada por las consecuencias de la crisis. España había decidido apostar su futuro económico a las cartas del turismo y la construcción, y ha sufrido un choque violento. Su tasa de paro subió hasta el 20% y los españoles le han retirado su confianza a Zapatero, aunque su rechazo hacia el PP de Rajoy es aún más fuerte. Es el ejemplo extremo de una crisis que, como en los demás lugares, no genera propuestas económicas ni sociales nuevas.

Tras la catástrofe de 1929, los estadounidenses llevaron al poder a Franklin D. Roosevelt, que lanzó su new deal. En 1936, Francia recuperó su retraso social con las leyes del Frente Popular. Hoy, silencio, vacío, nada. Los países occidentales no parecen capaces de intervenir sobre su economía. Los economistas responden a menudo que estas críticas no llevan a ningún lado y que las Casandras no hacen sino agravar las cosas. Es falso: Casandra tiene razón, nadie propone una solución.

2010. Las crisis se amplían y se hacen más profundas. En Europa, de forma más visible, pero también en Estados Unidos. El hundimiento de Grecia, evitado en el último momento y después de perder mucho tiempo, ha revelado que la mayoría de los países europeos, incluidos algunos del Este, como Hungría, estaban en plena caída. Su déficit presupuestario resta cualquier realidad al pacto que quería limitarlo al 3% del presupuesto del Estado. La deuda pública se dispara y sabemos que la situación actual implica una reducción del nivel de vida de las próximas generaciones. Ya ni siquiera se habla de "política de recuperación", sino de "rigor" y "austeridad", lo que conduce a muchos Gobiernos a reducir los gastos sociales. Esto se puede ver en Francia, cuyo Gobierno quiere una reforma de las pensiones. El retroceso del trabajo con respecto al capital en el reparto del producto nacional aumenta y acrecienta las desigualdades sociales.

De nuevo, se trata de una crisis política. La ausencia de movilización popular, de grandes debates, incluso de conciencia de lo que está en juego, todo ello revela una impotencia cuya única ventaja es que nos mantiene alejados de efectos, como la llegada de Hitler al poder, de la crisis de 1929. Pero este vacío aparece cada vez más como la causa profunda de la crisis que como su consecuencia. Ante la implosión del capitalismo financiero, los países occidentales son incapaces de enderezar, e incluso de analizar, la situación. Las poblaciones sufren, pero lo que ocurre en la economía permanece al margen de su experiencia vital. La globalización de la economía ha roto los lazos entre economía y sociedades, y las políticas nacionales han perdido casi cualquier sentido. Hasta los movimientos de opinión más originales, como Move on y Viola, se sitúan en un plano más moral que económico y social. La nave de los locos occidentales se hunde en las crisis mundiales, pero la extrema derecha de los tea parties estadounidenses solo quiere la piel de Obama, acusado de ser musulmán, mientras que la extrema izquierda italiana quiere antes que nada la piel de Berlusconi, que merece ciertamente una condena que la oposición de izquierda no es capaz de obtener proponiendo otro programa.

¿Y qué viene después de 2010? Seguimos subestimando la gravedad y el sentido del silencio general. Hay que cambiar de escala temporal para comprender unos fenómenos cuyo aspecto más extraordinario es que nadie parece ser consciente de ellos.

Hay que interrogarse sobre Occidente. Desde mediados de la Edad Media, Occidente creó un modelo diferente a todos los demás, y lo hizo concentrando todos los recursos, conocimientos, poder, dinero e incluso apoyo de la religión en manos de una élite triunfante. Así creó monarquías absolutas poderosas y, luego, el gran capitalismo. Pero al precio de la explotación de todas las categorías de la población, desde los súbditos del rey hasta los asalariados de las empresas, y desde los colonizados hasta las mujeres. Este modelo occidental se basó también en las luchas entre Estados, que terminaron transformándose en guerras mundiales y totalitarismos que ensangrentaron Europa. En el plano social, la evolución fue inversa. Poco a poco, los que estaban dominados se fueron liberando a fuerza de revoluciones políticas y movimientos sociales. Y los países de Occidente conocieron algunas décadas de mejoría de la vida material, de grandes reformas sociales y de una extraordinaria abundancia de ideas y obras de arte. Pero fue un verano corto y Europa se encontró sin proyectos, sin capacidad de movilización y, sobre todo, incapaz de elaborar un nuevo modo de modernización opuesto al que dio forma a su poder, y que no puede reposar sino en la reconstrucción y la reunificación de sociedades polarizadas durante tanto tiempo.

El gran capitalismo acaba de mostrar de nuevo su incapacidad de autorregularse, y el movimiento obrero está muy debilitado. Ya no hay pensamiento en las derechas en el poder. La única gran tendencia de la derecha es la xenofobia; la única gran tendencia de la izquierda es la búsqueda de una vida de consumo sin contratiempos.

No nos dejemos arrastrar a una renuncia general a la acción. Existen fuerzas capaces de enderezar la situación. En el plano económico, la ecología política denuncia nuestra tendencia al suicidio colectivo y nos propone el retorno a los grandes equilibrios entre la naturaleza y la cultura. En el plano social y cultural, el mundo feminista se opone a las contradicciones mortales de un mundo que sigue dominado por los hombres. En el terreno político, la idea novedosa es, más allá del gobierno de la mayoría, la del respeto de las minorías.

Ni nos faltan ideas ni somos incapaces de aplicarlas. Pero estamos atrapados en la trampa de las crisis. ¿Cómo hablar de futuro cuando el suelo se abre a nuestros pies?

Pero nuestra impotencia económica, política y cultural no es consecuencia de la crisis, es su causa general. Y si no tomamos conciencia de esta realidad y si no encontramos las palabras que rompan el silencio, la crisis se profundizará aún más y Occidente perderá sus ventajas. Entonces será demasiado tarde para intentar atenuar una crisis que ya se habrá convertido en destino.

Nuestra civilización en la encrucijada.

 

            Han aparecido recientemente dos libros importantes sobre la situación actual de la humanidad. Dos obras que analizan la situación a la que ha llegado nuestra civilización, el origen de sus males y la posibilidad de superación. Dos obras imprescindibles para entendernos y proyectar un futuro mejor, si éste es posible. La primera es de un autor español, José Vidal Beneyto, recientemente fallecido a los ochenta y dos años, el otro es el historiador de las ideas mundialmente conocido Tony Judt. La primera obra se titula La corrupción de la democracia y la segunda Algo va mal. También coinciden estas dos obras en que son escritos de combate. Están hechos con la intención de sensibilizar y cambiar las conciencias para cambiar el mundo. Tienen una tremenda fuerza moral. Su norte es la justicia. Ambos coinciden en que la situación es poco menos que dramática. Son pesimistas en sus análisis, pero tienen una confianza profunda en la capacidad de superación del ser humano ante las encrucijadas. Y, en la que nos encontramos, puede ser la mayor de la historia de la humanidad. Animo al lector crítico y con esperanzas a que se acerque a estas obras de las que surge la siguiente reflexión.

 

            Todo el mundo podrá coincidir en el hecho de que en la sociedad en la que vivimos algo va mal. Y esto es así porque las cifras hablan por sí solas. La mitad de la humanidad no tiene acceso al agua potable, las energías fósiles se agotan, el calentamiento global es un hecho y sus consecuencias impredecibles exhaustivamente, pero amenazantes para el futuro de la humanidad, una tercera parte de la humanidad pasa hambre, el sistema democrático es dudoso, la corrupción del mismo es un hecho. Probablemente estemos acercándonos al fin de la historia, debido a un colapso civilizatorio, como ha ocurrido en otras civilizaciones, con la salvedad de que en nuestro caso la civilización es global. Pero este fin de la historia no es, como piensan los utópicos neoliberales, amantes del mito del progreso, porque hayamos agotado todas las ideologías o formas de concebir el mundo, quedándonos como única alternativa las democracias liberales, sino por un colapso global debido a que hemos superado los límites de nuestro crecimiento. El mundo en el que vivimos no es el mejor de los mundos posibles. Este pensamiento es alimentado por el mito del progreso que está a la base del pensamiento neoliberal. Desde hace cuarenta años hemos ido perdiendo paulatinamente en calidad de vida y seguridad. Nuestro mundo es más pobre, más inseguro y su equilibrio más delicado. Los que mandan no son los ciudadanos, ni siquiera la clase política, salvo que ésta participe del poder económico, sino los grandes centros de poder y quienes lo ocupan, unos cuantos cientos o miles de personas que se reparten la mayor parte de la riqueza del mundo. Este mito del progreso, junto con la ideología neoliberal, nos lleva a pensar que el mundo en el que vivimos es lo mejor que hemos tenido y que la propia economía del mercado libre eliminará todas las contradicciones. Nos creemos esto como un mito. El poder se ha encargado de producir todo un conjunto de valores e ideologías que hagan posible la transmisión del engaño. Se nos presenta el desierto de lo real, como un gran oasis y de esta manera se anula la capacidad de los ciudadanos para actuar. Toda esta ideología neoliberal no es más que un nuevo mito en el que nos acomodamos y, curiosamente, con un sentimiento de libertad. Porque la libertad se ha confundido con el consumo y el disfrute egoísta de los placeres. Ésta ha sido la mejor forma de domesticar a la ciudadanía. Pero ésta ideología neoliberal es una utopía negativa. Y esto es así porque nos promete el cielo en la tierra, pero el neoliberalismo lo que ha traído ha sido la miseria, la desigualdad, el problema ecosocial y la gran amenaza del cambio climático. El pensamiento utópico se caracteriza por el hecho de que promete el cielo en la tierra pero lo que traen es el infierno: la desigualdad, la exclusión y la muerte. Y esto ha sido lo característico del modelo neoliberal. Pero como mito que es, nos hace pensar que la organización del mundo es así por necesidad, que no hay alternativa al orden neoliberal. Hay que desenmascarar este peligroso engaño. La historia de la humanidad no es la historia del progreso. Es cierto que ha habido grandes progresos, pero también grandes regresiones, como la que actualmente estamos viviendo. El progreso moral y político de la humanidad es contingente. Es necesario estar alerta para mantenerlo. No existen leyes de la historia que determinen el progreso ético-político. Las leyes de la economía no son deterministas; y, por otro lado, la historia no se reduce a la economía. En la historia se dan tendencias. No existen leyes naturales de la misma, como en la naturaleza. Eso no implica que sea irracional, ya hemos dicho que hay tendencias, pero también la influencias de decisiones personales, de accidentes naturales, del azar y la contingencia, y, en última instancia, la historia depende de la libertad de los hombres. El mito del neoliberalismo quiere privarnos de la libertad haciéndonos pensar que la realidad que se nos ofrece, el desierto de lo real, es el mejor de los mundos posibles. Que no se puede cambiar. Esto no es más que el fruto del afán de poder, del ansia del más rico por acaparar toda la riqueza, como decía Adam Smith en La riqueza de las naciones “Lo quieren todo para ellos y nada para los demás”. Y este mito del neoliberalismo es el gran engaño de occidente que mantiene amordazadas a las conciencias, alienadas, impidiéndoles pensar. Perfectamente amaestradas y dóciles.

 

            Pero no es cierto, como digo, ha habido grandes progreso y grandes regresos. Salimos de la crisis del veintinueve, tras el desencadenamiento de la segunda guerra mundial, introduciendo una nueva economía en la que ésta estaba supeditada a la política. El estado regulaba la economía, sin eliminar la libertad. Esto dió lugar a un crecimiento sostenido y a una mayor redistribución de la riqueza. Era un  modelo capitalista, con todos los errores que conlleva, que no consideraba los límites del crecimiento debido al problema ecológico, pero que, en su momento fue eficaz y produjo justicia. Pero desde hace cuatro décadas domina la ideología del mercado que ha reducido casi a su inexistencia al poder político. Las consecuencias son el mundo en el que vivimos y lo que nos espera y los datos los puede encontrar el lector en las obras que me sirven de reflexión. Pero uno de los mensajes que se traslucen en estas obras es que si salimos de esa crisis y produjimos un gran avance social, podemos salir de la actual. Hay aquí una doble enseñanza, por un lado, que la historia no es lineal ni progresiva y, por otro, que por nuestra voluntad podemos mejorar, incluso cuando nos encontramos en la peor de las encrucijadas, como fue la segunda guerra mundial.

 

            Una de las estrategias del neoliberalismo ha sido la corrupción de la democracia. Las democracias liberales en las que vivimos no son ni lo uno ni lo otro. No son democracias porque no gobierna el pueblo, el ciudadano está desaparecido, ha sido convertido en siervo. Y no son liberales porque la libertad es apariencia, se reduce al consumo, del que puede, claro. El problema es que la corrupción de la democracia no es la corrupción de la vida política, que también, sino la corrupción del propio sistema. Por eso podemos hablar de que nuestro sistema no es una democracia. Que la democracia se ha corrompido en manos del neoliberalismo. Si manda el mercado, ¿cómo podemos hablar de democracia? Y, encima, el mercado no es un ente abstracto, como se nos quiere hacer pensar, sino unos pocos con nombres y apellidos detrás de instituciones financieras y multinacionales. La corrupción del sistema reside en que el poder está más allá del pueblo. Vivimos en una plutocracia regentada por partidos políticos que hacen de mediación entre el pueblo y el poder real. Los partidos políticos sólo se representan a sí mismos, no a sus electores y, menos, al conjunto de los ciudadanos. El neoliberalismo, al anteponer la economía a la política ha vaciado de contenido a la última. De ahí que hayan desaparecido las ideas políticas y que lo público sea casi una entelequia, algo llamado, en todo caso, a desaparecer. La corrupción de la democracia como sistema es el instrumento que el poder económico ha utilizado para verse libre de cualquier forma de control y de limitar su poder. Por eso la única salida que nos queda es refundar la democracia desde el poder de los ciudadanos. El hecho de que vivimos en sociedades formalmente democráticas nos ofrece mecanismos de actuación a los ciudadanos. Lo primero es tomar conciencia del gran engaño, después actuar, empezando por el voto. El poder político está entre las cuerdas, pero no derrotado. El sistema democrático se ha corrompido, pero mientras que existan ciudadanos libres cabe la esperanza de recuperar la soberanía de los ciudadanos, en la medida que esto es posible, claro, y la primacía de la política sobre la economía. Y esto significa la primacía del interés general de la humanidad sobre el del enriquecimiento de unos pocos.