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Filosofía desde la trinchera

16 de abril de 2010

 

Esquema de la conferencia. Economía y ciencia. Las ideas tienen consecuencias.

 

Agradecimientos. (Recordatorio)

 

Tesis fuerte y crítica que voy a defender. La crisis es una crisis sistémica y Terminal. Nos adentramos en un posible caos civilizatorio que nos encamina hacia el nihilismo y el fascismo como demostraremos al final. Y éste es el resultado de las falsas ideas filosóficas o ideologías que subyacen a la ciencia económica.

 

Breve análisis desde la crisis del 29 hasta la actual. La primera acaba tras la segunda guerra mundial. Se sale por la economía keynesiana. Intervención del estado, crecimiento más lento, pero más seguro y tendencia al pleno empleo. Crisis del 70. Primer choque con los límites del cerecimiento por medio del petróleo. El valor del cambio es el del petróleo. Solución: el neoliberalismo. La culpa la tiene el estado. Renacimiento de la economía y liberalismo clásico. Caída del muro de Berlín. Aparición del pensamiento único y el fin de la historia. Nótese el carácter cerrado de la sociedad. Emerge el totalitarimso en nombre de la democracia. Las democracias se convierten en partitocracias oligárquicas. El ciudadano es instrumentalizado y se convierte en siervo. Sólo existe y está dentro del sistema mientras que consume. No es sujeto, él mismo es objeto de consumo. Se transforma la ética y la antropología. Comienza el nihilismo.

 

Orígenes históricos-filosóficos de la ciencia económica. La desnaturalización de la economía a partir de dos fenómenos: el desarrollo de los medios de producción dan apariencia de independencia del sistema económico al sistema natural. Esto se alimenta, a su vez, por la idea de progreso de la ilustración. Se comienza a considerar, al desanaturalizar, el crecimiento económico como ilimitado. Éste es el paradigma clásico y erróneo en el que nos encontramos. La revolución americana y francesa se levantan sobre una revolución burguesa en torno a los privilegios. Es una revolución de la burguesía, los propietarios contra el antiguo régimen, los nobles. Esta revolución intenta justificar la propiedad. Y, por eso encontramos en Locke el fundamento de la teoría clásica de la economía. El derecho de la propiedad es un derecho natural en el que todos estamos en pié de igualdad. Ahora bien, la paradoja de Locke es que considera que la hierba que su caballo come y los frutos que su siervo recolecta, también le pertenecen. Entonces lo que estamos fundamentando son unos privilegios adquiridos, el de la riqueza. Y es una paradoja en Locke porque, a su vez, defiende la igualdad. El marxismo hace la crítica a la propiedad privada y al trabajo como mercancía, pero está anclado en el paradigma clásico, el del crecimiento ilimitado y el de la liberación del trabajo por medio de la técnica.

 

Éste es el origen de la ciencia económica. A partir de ahí y por el desarrollo del positivismo se convierte en una ideología y una religión, una creencia. Desde el punto de vista de la metodología de la ciencia, la economía está anclada en el neopositivismo. Éste viene caracterizado, entre otras cosas, por lo siguiente. Equivalencia entre ciencia y verdad (verificabilidad). Neutralidad de la ciencia y objetividad. El positivismo científico es un error. Crítica de la objetividad, crítica de la verificabilidad: refutabilidad y límite de predicción del futuro, principio popperiano y principio de George Soros. Crítica a la neutralidad. La ciencia no es neutral. Kuhn y los paradigmas. La economía está anclada en el antiguo paradigma. La obra de Geurgescu Rogen marca la ruptura con el paradigma clásico. La necesidad de la introducción de la entropía en la ciencia económica, vuelta a la naturalización. La transformación de la ciencia económica en una ciencia humana. Introducción de la ética. Cambio del antropocentrismo al ecocentrismo. La única apuesta posible es la del decrecimiento. Dos opciones: regulada o a la fuerza. Debate con Riechmann.

 

La idea filosófica (ideología) última que subyace a la economía (tanto keynesiana como neoliberal) es la del progreso, de ahí su creencia en el crecimiento ilimitado. Análisis de esta idea como creencia y religión. La necesidad del hombre de tener creencias. La economía, alimentada por la tecnología, como nueva religión. El hombre como animal de creencias. Caos civilizatorio.

 

 

 

 

Ésta es la ilustración en la que vivimos.

Patente de corso, por Arturo Pérez-Reverte


Subvenciones, maestros y psicopedagilipollas



Me sigue sorprendiendo que se sorprendan. O que hagan tanto paripé, cuando en realidad no les importa en absoluto. Ni a unos, ni a otros. Y eso que todo viene seguido, como las olas y las morcillas. La última –estudio internacional sobre alumnos de Primaria, o como se llame ahora– es que el número de alumnos españoles de diez años con falta de comprensión lectora se acerca al 30 por ciento. Dicho en parla normal: uno de cada tres críos no entiende un carajo de lo que lee. Y a los 18 años, dos de cada tres. Eso significa que, más o menos en la misma proporción, los zagales terminan sus estudios sin saber leer ni escribir correctamente. Las deliciosas criaturas, o sea. El báculo de nuestra vejez.

Pero tranquilos. La Junta de Andalucía toma cartas en el asunto. Fiel a la tradicional política, tan española, de subvenciones, ayudas y compras de voto, y además le regalo a usted la Chochona, la manta Paduana y el paquete de cuchillas de afeitar para el caballero, a los maestros de allí que «se comprometan a la mejora de resultados» les van a dar siete mil euros uno encima de otro. Lo que demuestra que son ellos quienes tienen la culpa: ni la Logse, ni la falta de autoridad que esa ley les arrebató, ni la añeja estupidez analfabeta de tanto delincuente psicopedagógico y psicopedagocrático, inquilino habitual, gobierne quien gobierne, del ministerio de Educación. Los malos de la película son, como sospechábamos, los infames maestros. Así que, oigan. A motivarlos, para que espabilen. Que la pretendida mejora de resultados acabe en aprobados a mansalva para trincar como sea los euros prometidos –una tentación evidente–, no se especifica, aunque se supone. Lo importante es que las estadísticas del desastre escolar se desplacen hacia otras latitudes. Y los sindicatos, claro, apoyan la iniciativa. Consideren si no la van a apoyar: ya han conseguido que a sus liberados, que llevan años sin pisar un aula, les prometan los siete mil de forma automática, por la cara. Y más ahora que, de aquí a tres años, con los nuevos planes de la puta que nos parió, un profesor de instituto ya no tendrá que saber lengua, ni historia, ni matemáticas. Le bastará con saber cómo se enseñan lengua, historia y matemáticas. Y más si curra en España: el único país del mundo donde los profesores de griego o latín enseñan inglés.

Así, felices de habernos conocido, seguimos galopando alegremente, toctoc, tocotoc, hacia la nada absoluta. Todavía hay tontos del ciruelo –y tontas del frutal que corresponda– sosteniendo imperturbables que leer en clase en voz alta no es pedagógico. Que ni siquiera leer lo es; ya que, según tales capullos, dedicar demasiado tiempo a la lectura antes de los 14 años hace que los chicos se aíslen del grupo y descuiden las actividades comunes y el buen rollito. Y eso de ir por libre en el cole es mentar la bicha; te convierte en pasto de psicólogos, psicoterapeutas y psicoterapeutos. Cada pequeño cabrón que prefiere leer en su rincón a interactuar adecuadamente en la actividad plástico-formativo-solidaria de su entorno circunflejo, por ejemplo, torpedea que el día de mañana tengamos ciudadanos aborregados, acríticos, ejemplarmente receptivos a la demagogia barata, que es lo que se busca. Mejor un bobo votando según le llenen el pesebre, que un resabiado culto que lo mismo se cisca en tus muertos y vete tú a saber.

El otro día tomé un café con mi compadre Pepe Perona –«Café, tabaco y silencio, hoy prohibidos», gruñía–, que pese a ser catedrático de Lengua Española exige que lo llamen maestro de Gramática. Le hablé de cuando, en el cole, nos disponían alrededor del aula para leer en voz alta el Quijote y otros textos, pasando a los primeros puestos quienes mejor leían. «¿Primeros puestos? –respingó mi amigo–. Ahora, ni se te ocurra. Cualquier competencia escolar traumatiza. Es como dejar que los niños varones jueguen con pistolas y no con cocinitas o Nancys. Te convierte en xenófobo, machista, asesino en serie y cosas así». Luego me ilustró con algunas experiencias personales: una universitaria que lee siguiendo con el dedo las líneas del texto, otro que mueve los labios y la cabeza casi deletreando palabras… «El próximo curso –concluyó– voy a empezar mis clases universitarias con un dictado: Una tarde parda y fría de invierno. Punto. Los colegiales estudian. Punto. Monotonía de lluvia tras los cristales. Después, tras corregir las faltas de ortografía, mandaré escribir cien veces: Analfabeto se escribe sin hache; y luego, lectura en voz alta: En un lugar de la Mancha, etcétera». Lo miré, divertido. «¿Lo sabe tu rector?». Asintió el maestro de Gramática. «¿Y qué dice al respecto?». Sonreía mi amigo, malévolo y feliz, encantado con la idea; y pensé que así debió de sonreír Sansón entre los filisteos. «Dice que me van a crucificar.»

Pactar el decorado

Lo que por convención venimos denominando sistema educativo ha devenido un entramado burocrático que gestiona el vacío académico e intelectual que arrastramos desde hace varias generaciones. Una pantalla aparece ante nuestros ojos, ocultando una verdad elemental: no hay instrucción pública.

Un pacto en materia de educación tendría como finalidad reformar esta estructura jurídica e ideológica, pues se supone que vendría a resolver las deficiencias o limitaciones del sistema vigente. Sin embargo, dadas las condiciones objetivas del panorama parlamentario español, es verosímil sospechar que el pacto se limitará a un tira y afloja inocuo, del que resultará un más o menos explícito maquillaje que conserve intactos los soportes ideológicos y legislativos del edificio (más bien sus ruinas). Los escollos más previsibles de la negociación son la enseñanza del españolEducación para la Ciudadanía. Ahí se enrocarán las posiciones, probablemente, y sólo si PSOE y PP ceden en cuestiones importantes podrá alcanzarse una salida mínimamente consensuada.

Pero los dogmas que constituyen el armazón doctrinal de la Pedagogía, y de esa mezcla de comisariado político y confesionario espiritual en que se han convertido los gabinetes psico-pedagógicos, seguirán intactos y plenamente vigentes, y marcando, más allá de los retoques cosméticos que se adopten, la deriva de la enseñanza en España. Esos dogmas se han materializado en medidas administrativas (y, por tanto, objetivas, es decir, que pueden ser discutidas racionalmente, neutralizando, de ese modo, la trampa de las buenas o malas intenciones, el inane psicologismo), como la promoción automática o por imperativo legal (independientemente de lo buenos o malos que sean los profesores), la reducción del bachillerato a dos raquíticos años, la obligatoriedad de la enseñanza hasta los 16 (y, según el propio ministro de Educación, hasta los 18 en un futuro más o menos próximo). Todas estas disposiciones han contribuido decisivamente a socavar la institución escolar en España y generado el desierto sobre el que se eleva este decorado burocrático. Por tanto, todo pacto que no vaya orientado a reconstruir esa institución imprimiéndole su función propia operará sobre la nada más absoluta.

Para empezar, esa estructura administrativa, que viene a desempeñar una función de orden público en sociedades masificadas, está fragmentada en España por la transferencia a las comunidades autónomas, ese disparate oneroso en lo intelectual, en lo económico y en lo político. Para continuar, esa estructura es, en realidad, una entelequia, una tramoya que encubre, como decimos, un vacío gestado por las legislaciones educativas hasta su culminación en el 90. Esa devastación de la enseñanza media en España es irreversible. Si no se desechan las bases jurídicas e ideológicas de tal devastación, no se conseguirá otra cosa que enquistar el problema. Y mientras la negociación no discuta los postulados ideológicos de la psico-pedagogía triunfante, dicho discurso metafísico, articulado por medio de una jerga vana, semánticamente hueca, para iniciados, que se presenta con la aureola de saber global (científico) del ser humano; mientras no se disputen principios puramente técnicos del problema actual de la enseñanza, será imposible salir de la caída libre en que la otrora conocida como instrucción pública se halla inmersa.

El pacto se postula como un acuerdo negociado entre las fuerzas parlamentarias. Pero, de ser así, nada permite suponer que el resultado será técnico, sino que estará impregnado de ideología o de cálculos estratégicos, en función de alianzas y deudas parlamentarias, siervas del sistema vigente y de la partitocracia estructural resultante.

Parecería que el objetivo del pacto habría de ser paliar los niveles de fracaso escolar; sin embargo, en la propia definición de fracaso escolar cabe establecer alguna matización. Y es que se suele hablar de fracaso cuando las cifras de abandono escolar prematuro son elevadas, pero ante ese problema se ha recurrido a elevar la edad de la educación obligatoria y a rebajar (flexibilizaradaptar, en la terminología oficial) los niveles académicos, con tal de que nadie se quede sin su título de enseñanza obligatoria. La consecuencia, fácilmente previsible, es la pérdida de valor objetivo del título, el deterioro del ambiente de estudio en las aulas, con un porcentaje significativo de alumnos sin interés en ese tipo de enseñanza, y, eso sí, el maquillaje de las cifras de abandono, que encubren un fracaso aún mayor, y de las cifras de desempleo, pues los jóvenes que no seguirían en el sistema educativo continúan de este modo sin pasar al mercado de trabajo.

Este empobrecimiento académico de la etapa secundaria, que fue ampliada por la Logse a cuatro años, con el aumento de la edad de enseñanza obligatoria, redujo proporcionalmente el bachillerato a dos cursos, convirtiéndolo en mera prórroga de la ESO. La consecuencia fue un bachillerato fantasma, que sólo subsiste como entidad nominal, que prolonga la infantilización de las nuevas generaciones, a las que lleva de la mano hasta la universidad, como el pedagogo esclavo que conducía a los niños a la escuela en la antigua Grecia. Bolonia, proceso de aplicación de los dogmas psico-pedagógicos establecidos a las enseñanzas superiores, es la culminación de esta infantilización guiada.

La casta política, esa elite soldada al poder en forma de fusión entre idealismo democrático (el ministro habla de “voluntad política”, metafísico que es) y corrupción estructural, procede a ajustar los resortes de un sistema educativo que perpetúe, cada vez con mayor eficacia, la feliz ignorancia espontánea de una ciudadanía formal (mero amasijo de electores-consumidores) convertida en monstruo infantil conectado a las terminales de telebasura oficial y privada que construyen sus conciencias.

No obstante, y sin perjuicio de la corrosiva inutilidad de la filosofía, puede resultar pertinente ofrecer algunas claves acerca de un posible sistema educativo alternativo. A este respecto merece especial atención un movimiento: Deseducativos, que se ha venido manifestando recientemente en distintos foros a raíz de la constatación del deterioro irreversible de la enseñanza pública en España. Este movimiento acaba de publicar un manifiesto en el que se ponen de relieve los puntos más significativos de dicho deterioro y una propuesta positiva que atender y, en su caso, discutir.

Que surja una propuesta elementalmente racional en este país desértico es lo más parecido a un milagro, y la prueba de que aún hay sujetos empecinados en el acto más básico del hombre libre: pensar.

(Artículo publicado en el suplemento Ideas de Libertad Digital)

La teoría de la salvación por medio de la tecnología es la nueva manifestación del mito del progreso. El hombre necesita creer para sobrellevar la vida. El progreso hacia un fin mejor de autoliberación es una creencia mítica. La tecnología ha ayudado a dar esperanzas infundadas sobre la posibilidad de cambiar la naturaleza humana. El hombre es un ser para la muerte. La naturaleza humana es la de la angustia.