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Filosofía desde la trinchera

 

                                   01 de mayo de 2010

 

            Día del trabajo. Los obreros, los trabajadores están de vacaciones. Más de cuatro millones de parados y tan tranquilos. La inconsciencia social es tremenda. Con estos mimbres es imposible una revolución, un cambio de sistema. Los individuos estamos perfectamente domesticados por el lujo y el hedonismo. Primero se nos dividió, después se nos cebó como a cerdos y así se nos extirpo la capacidad de pensar y, con ella, la de disentir. Una democracia que no defiende los derechos de los trabajadores, que se va de excursión el día del trabajo, un día en que los jóvenes se quedan hasta las tantas en el botellón, destrozando su cerebro y anulando la conciencia, es una democracia profundamente enferma. Es una puñetera pantomima. Estamos en manos del poder económico y del pensamiento único. A los disidentes sólo nos queda la capacidad de cabrearnos: indignarse; esto es, abogar por la dignidad humana.

 

                                    01 de mayo de 2010

 

El espectáculo que estamos viviendo en España es dantesco. En primer lugar, no se podría aceptar que grupos políticos antidemocráticos, enmascarados en psudooneges, hagan acusaciones a los representantes del poder judicial. De ninguna de las maneras estas acusaciones deberían haberse admitido a trámite. Esto no quiere decir que el juez Garzón haya podido cometer alguna irregularidad que podría ser juzgada. Pero desde luego, no la de prevaricador. Juzgar mal a sabiendas, por decirlo, inexactamente, pero de forma sencilla. Creo que donde puede haber prevaricación es en el tribunal supremo. De tal forma que veo aquí dos problemas. Que el poder ejecutivo y el judicial no están separados, con lo que de ello se desprende una merma o déficit democrático. Que en España la transición no fue tan ejemplar. Que siguen existiendo grupos importantes anticonstitucionales y antidemócratas. Que los partidos políticos son instrumentos de obtener votos por medio del dinero y el engaño a los ciudadanos. Que al poder político le importa un bledo la ciudadanía. Han ido a por el juez Garzón porque ha ido demasiado lejos. Pero no sólo con sus procesos contra los crímenes de la guerra civil. Sino porque ha puesto en el tapete la corrupción en el PP. He aquí la madre del cordero. Y también la flaqueza y debilidad de la ley de memoria histórica. Una ley políticamente correcta para la izquierda realmente existente –la que tiene capacidad de gobierno: el PSOE- pero, en definitiva, una derecha con piel de cordero. Esta ley es un brindis a la galería, pero estéril. A los poderes fácticos les interesa mantenernos en una eterna minoría de edad. El caso, con sus profundas repercusiones en la salud de la democracia y en nuestra libertad, se ha convertido ya en un espectáculo que representan las fuerzas políticas con la intención de obtener rentabilidad electoral.

 

            No se puede permitir, de ninguna manera, que quede impune ante la justicia los crímenes cometidos por los que se alzaron contra un orden democrático legalmente establecidos. Y que realizaron durante la guerra y, después, un plan de exterminio del diferente: republicanos, socialistas, comunistas, ateos, gitanos…Un país no puede estar sano democráticamente si no reconoce esta culpa. Y la ley de amnistía fue un mal necesario, para evitar enfrentamientos. Pero deberíamos aceptar la dependencia de una ley superior, de rango universal. La ley de la Corte Penal Internacional de crímenes contra la humanidad. Si esto no es así, vivimos instalados en la barbarie. Lo único que les queda a los vencidos es memoria y justicia. La memoria tiene dos fuentes: la biográfica y la histórica. La justicia otras dos: la ético-moral y la jurídica. No podemos permitir que los crímenes contra la humanidad del fascismo franquista: del nacionalcatolicismo, no olvidemos a la iglesia en este holocausto (aunque ella ya está bastante acostumbrada al exterminio del heterodoxo), queden impunes. El futuro tenemos que reconstruirlo desde el pasado. La desidia y el abandono de los ciudadanos son cómplices de estas injusticias. El mal de la historia se hace universal por la pereza y la cobardía de los ciudadanos. No debemos olvidarlo nunca. Nada garantiza la paz de la que disfrutamos. La injusticia, la barbarie, el holocausto pueden aparecer en cualquier momento. Es más, desde nuestros cómodos sillones lo contemplamos a lo largo de todo el mundo. Al poder le interesa mantenernos sumisos y obedientes. Pero esto nos lleva al nihilismo de los ciudadanos. A perder la consciencia de humanidad: la fraternidad. (Recuerdo un spot publicitario que cambiaba esta palabra, representativa de unos de los valores éticos de la ilustración, por la de rentabilidad.) Éste es el hedonismo nihilista en el que nos encontramos. Y, como he dicho ya en varios lugares de este escrito, este nihilismo antropológico es el caldo de cultivo idóneo para la emergencia de los fascismos. El caso del juez Garzón no es más que el síntoma de una sociedad muy enferma democráticamente.

 

 

                                               30 de abril de 2010

 

                                   La muerte.

 

            La muerte es el triunfo de la física sobre la biología. Esta definición se me ocurrió en mis primeros años de estudiante de filosofía. Es el triunfo del principio de entropía. La muerte es la desaparición de una unidad sistémica que pasa a convertirse en muchas. Es el paso de lo uno a lo múltiple. La muerte del individuo es lo necesario para la supervivencia de la especie. La muerte es el nirvana. Venimos de la muerte y vamos hacia la muerte. En el intermedio una lucha y desazón incesante, un devenir de deseos y frustraciones…infelicidad, placer, dolor, desengaños, ilusiones. La vida es un paréntesis en la nada. Es un afán inútil. La vida del individuo e, incluso, de la especie, es lo que ha inventado el ADN para sobrevivir 3.500 millones de años. La vida es un continuo dejar. Por eso la vida es un continuo morir. Morir es abandonarlo todo. Morimos cuando nacemos, pero la persistencia del ser, el afán de supervivencia, nos impide dejar la existencia y lo que ella contiene. Aunque nada tenga sentido lo inventamos para seguir viviendo. En verdad que la información genética que llevamos es magnífica. La supervivencia, ante todo, acompañado del deseo de procreación. Porque esto último es el único sentido de la existencia, la supervivencia del gen. La muerte es tan natural como el nacimiento y la auténtica realidad es la nada: la inconsciencia.

 

            Pero la muerte del hombre como biografía es tragedia porque nos aferramos a nuestra biografía y a la de nuestros seres queridos que son, en última instancia, los que nos sustentan, los que dan sentido a este mar de dolor y sisnsentido. Por eso no soportamos la muerte. Requerimos del duelo que es el proceso natural por el que acabamos aceptando la muerte como una realidad ineludible. Biológicamente empezamos a morir cuando nacemos, químicamente empieza nuestro proceso de oxidación que acabará disolviendo nuestra unidad sistémica a la que llamamos conciencia, voluntad y libertad. Cosas que, por otro lado, no son más que fabulaciones del cerebro. Pero la muerte de nuestros seres queridos es el anuncio de nuestra propia muerte hecha consciencia. La muerte de nuestros seres cercanos nos arranca un trozo de biografía. Por eso percibimos la muerte del ser querido como ausencia. Pero una ausencia con presencia. Lo que percibimos es su presencia en nuestro cerebro: imaginación memoria…pero sentimos su ausencia, el haber dejado de existir. El no volver a estar ya para nunca jamás, salvo en nuestro cerebro. Pero nos construimos por relaciones. Pero con el sujeto muerto ya no nos podemos relacionar. Por eso es una muerte de nuestra propia biografía, en algunos casos –cuando la biografía es excesivamente compartida- lleva a la muerte del otro. Es curiosa esta contradicción. La muerte como ausencia nos remite a la presencia y al contrario. Pero vamos aprendiendo a vivir con la ausencia y eso es aprender a vivir con nuestra propia muerte. Las ausencias cada vez serán mayores hasta que el anciano esté en el mundo, como de prestado, sin entender nada, sin identificarse con nada. De ahí que la dimensión propia del viejo es la memoria. El anciano vive de recuerdos-ausencias, como el joven vive de proyectos, pasiones e ilusiones.

 

            Lo que nos caracteriza como hombres y nos distingue de los animales, sin que por ello dejemos de ser tales, es la biografía y la historia. Ambas son los intentos vanos de superponernos a nuestra propia naturaleza animal. Ambos están condenados al fracaso. La muerte del individuo, el fin de su biografía, es un anuncio premonitorio del fin de la historia. La historia es la biografía de la humanidad. Y, en la historia, por más que nos empeñemos, también triunfa el principio de entropía.

 

            Lo doloroso de la muerte es que nuestro final como el de la humanidad es incomprensible, excede el poder de nuestra imaginación. Y nuestra razón prefiere engañarse con falsas ilusiones. El llanto de un ser querido es el llanto de la humanidad. No podemos vivir sin estar con los otros, nos construimos a través de las relaciones con los demás. Por eso, la desaparición del ser querido es nuestra propia aniquilación. Si es muy cercano queremos nuestra propia muerte. Nos damos cuenta de la verdad insondable: nada tiene sentido, todo es arbitrario. Porque esto es otro asunto. La muerte es absolutamente arbitraria. No entiende de justicia. Le toca al viejo, al joven, al justo, al niño, a la madre, al hijo…actúa indiscriminadamente, ésa es su justicia, que es igual para todos. La muerte es el mejor fiel de la balanza, nos mantiene a todos en equilibrio. Por eso la muerte es la expresión del sinsentido de la naturaleza. Todo es en vano, pero nos empeñamos en todo lo vano. Por eso decía Sartre que la vida es una pasión inútil. Pero la vida sin pasión es invivible, nos lleva a la nada, al suicidio. El mecanismo inventado por la naturaleza para nuestra propia supervivencia es la pasión. Pero ha habido pasiones que han matado a millones de personas. El hombre es un semidios o un ser fracasado desde sus inicios.

 

            La muerte de mi ser querido es mi muerte. Primero me llena de dolor, después de serenidad. Porque la muerte es, ante todo, serenidad.

 

 

                                   30 de abril de 2010

 

                        Ilustración, religión y progreso.

 

            Estas tres ideas están íntimamente ligadas como bien demuestra John Gray en su obra. Pero hay que demostrar la relación que tienen entre sí estos conceptos. Porque parece algo paradójico que la ilustración, siendo la época en la que el discurso se dirige contra la religión, el siglo de la razón contra los oscurantismo, se ponga en pié de igualdad con la religión. Pero es, precisamente, la idea de progreso la que vertebra la relación entre religión e ilustración.

 

            En la ilustración se lucha contra la religión como forma de entender la realidad que se basa en la superstición. La base de la religión son los mitos. La religión a la que nos referimos es la monoteísta, concretamente a la religión cristiana. La ilustración proclama, en palabras de Kant, la salida del hombre de su autoculpable minoría de edad. La minoría de edad es la ausencia de libertad. Por eso el lema de la ilustración es atrévete a saber, a pensar por ti mismo, a utilizar tu propia razón. De lo que se trata es de desenmascarar aquello que nos sume en el miedo y, por tanto, en el poder de la superstición. Nos dejamos gobernar (mandar) precisamente por miedo. Pero lo que nos promete la religión es la salvación y la felicidad, siempre y cuando obedezcamos. El esquema es bien sencillo. La historia del hombre es la historia de su salvación. La religión parte de un mito fundante que es el génesis y de una visión escatológica de la historia. La religión inventa, pues, el sentido de la historia. Para ello se apoya en una concepción lineal del tiempo. Hay un principio y un final de todo. Dios es el creador del mundo por su voluntad. Y su propia existencia nos garantiza la esperanza. Pero este mundo es un lugar de dolor y sufrimiento, un “valle de lágrimas”. Si obedecemos la ley de dios seremos salvados al final de los tiempos. Nada ocurre en vano. La justicia, a pesar del mal en el mundo,  se restituirá al final de los tiempos. Dios premiará a los buenos y castigará a los malos. Todo está atado y bien atado. El hecho de que exista dios y la historia sea la historia de la salvación del hombre da a nuestra vida el sentido que nuestra frágil naturaleza demanda. Y este sentido es el que nos salva de la nada de la existencia, de la ausencia de todo valor, del nihilismo, de la conciencia de nuestra propia naturaleza biológica. Somos seres absolutamente contingentes, tanto como especie, como individuos. Nuestra existencia es accidental. Podríamos no existir y todo seguiría igual. Pero la visión escatológica de la historia nos ofrece la esperanza. El ser humano necesita de la creencia. Y aquí es donde surge el gran problema.

 

            Somos seres finiitos, contingentes, limitados y conscientes de todo ello precisamente a partir del conocimiento de nuestra propia muerte. Y ahí es donde se alberga y anida la esperanza. El ser humano es un ser que necesita de la esperanza y de ahí que sea un ser de creencias. Y esto es lo que nos lleva a la equiparación entre la religión y la ilustración. Vamos a explicarlo. El papel de la ilustración a partir del uso de la razón fue desenmascarar los mecanismos que subyacen al poder y estos son los de la superstición. El hombre se doblega frente al poder porque tiene miedo. El miedo lo hace obedecer y creer. La ilustración desenmascara todo esto y a la religión como fuente de superstición. Por eso reivindica la razón como libertad. Pero el problema de la ilustración, al menos en su versión más dura -yo sigo considerándome un ilustrado, pero crítico- es que no se ve libre del esquema escatológico de la historia forjado por la religión. Lo que sucede es que el mensaje se seculariza. Ya no es dios el que da el sentido a la historia, sino la propia razón. Ya sea en su versión científica o política. Todos somos herederos entonces del mito histórico de la religión. La ilustración no nos ha librado de él, sino que lo ha secularizado. El progreso de la humanidad hacia una redención final, sea vía política o tecnocientífica y económica es imparable y se rige por la razón. Con este mensaje se salvaguarda la esperanza del hombre. Recuérdese que la esperanza, como la fe, son virtudes teologales. El hombre tiene esperanza en la medida en la que tiene fe en el progreso. De tal forma que podríamos decir que el mundo no ha sufrido ese proceso de desencantamiento tan atroz y rotundo del que hablaba Weber, porque el hombre sigue obedeciendo a un dios con sus múltiples caras, el dios del progreso. Y por eso no es un ser desesperanzado, sino con una esperanza renacida que lo construye a él mismo en un dios, porque el hombre obedeciendo a los dictámenes de la razón obedece al dios del progreso. De ahí que el hombre no sea capaz de ver sus propios límites y de ahí también su espíritu prometéico.

 

            Pero la verdad es muy otra, y va ligada a una visión más débil de la ilustración que pasa por la idea de Darwin, Feud, Nietszche, Ciorán, etc. la razón humana es limitada. Es un instrumento de adaptación al medio, no de salvación. La vida humana y la especie no tienen sentido más allá de la propia naturaleza. Son productos contingentes de la evolución. Los avances ético-políticos de la humanidad son circunstanciales y reversibles. Son conquistas parciales que con el tiempo desaparecerán, como lo hará el propio hombre, si bien merezca la pena luchar por ellas. El problema es cuando el progreso se absolutiza. Dos son las diferentes perspectivas desde las que se lleva esto a cabo. Una desde el poder y otra desde la contingencia del ser humano. El ser humano es un ser de creencias, por eso se deja embaucar fácilmente. Necesita de la creencia. Pero, a su vez, un ser de esperanzas. Necesita un futuro mejor. La contingencia de la vida lo asusta, no puede vivir en ese estado de desesperanza que viene caracterizado por el miedo. Y es el miedo el que lo obnubila y lo vuelve sumiso. Y es aquí donde aparece la dimensión del poder. El poder es dominación, y ésta se ejerce por el miedo. El poder otorga un sentido, un orden, ahora basado en la razón, política, económica y tecnocientífica. En definitiva se nos promete, a cambio de nuestra obediencia y sumisión, un mundo mejor. Una redención última de toda la humanidad. Pero el progreso a lo largo de dos siglos nos ha mostrado otra cara que la ocultamos porque el progreso no sólo es un engaño, sino un autoengaño. La muerte de cientos de millones de personas en su nombre. La historia está plagada de cadáveres que la idea de progreso ha arrojado a la cuneta del tiempo y el olvido. Primero fue la religión sacralizada, después, las religiones secularizadas. Pero, en última instancia, todo depende de la naturaleza del hombre, como seres conscientes de nuestros propios límites, lo cual nos hace albergar dos sentimientos contradictorios pero que se retroalimentan: el miedo y la esperanza.

 

            La única salida es el reconocimiento de nuestros propios límites. Que el progreso es parcial, fragmentario y contingente y depende de la frágil voluntad humana. Que la razón es limitada, que nos permite analizar y comprender, que nos libra de los engaños de la superstición y el miedo. Pero que ella misma ha de basarse en la confianza. La razón no puede ser absoluta. La historia es impredecible. Sólo podemos apreciar tendencias. Los ideales ético-políticos son guías de la acción del hombre, no realidades que se acaben imponiendo. Hemos de aceptar nuestra contingencia y nuestra naturaleza como un nuevo humanismo que debe desbancar al hombre del último lugar de privilegio, la historia. Nuestra misión, el nuevo humanismo, es un ecocentrismo. Recuperar nuestro origen e imitar su dinamismo, biomímesis, que lo llama Riechmann, en eso se debe forjar nuestro nuevo humanismo.

 

 

 

                        30 de abril de 2010

 

            En la última reunión de la CCP me he quedado de piedra. En primer lugar, tengo que decir una cosa. En los institutos ya sólo se discute lo trivial. La democracia sirve para decidir calendarios de exámenes y poco más. Un barniz de democracia. Las cuestiones importantes vienen por decretazo de las consejerías y ministerio. Los profesores poco podemos hacer. Además en su inmensa mayoría están absolutamente adoctrinados. No tienen posibilidad de pensar. Se les ha extirpado. El otro día, sin ir más lejos, un miembro del equipo directivo disertó sobre la evaluación de las competencias básica a la que tenemos que ser sometidos. Lo gordo vino al final cuando concluyó, literalmente, que esto es el futuro y que como es el futuro, como tal, hay que aceptarlo. Ahí es nada. Determinismo histórico, por un lado, y obediencia y sumisión al poder, por otro. Pero quizás lo más gordo fue el silencio de los jefes de departamento. Se asume lo dicho como una realidad inevitable. Es decir, que después de carnudo, apaleado. Yo no pude más que esbozar una sonrisa. Hace tiempo que desistí del diálogo racional con la inmensa mayoría de mis compañeros. Aquí solo queda la administración, la burocracia, el turismo barato (hay que ir a muchos sitios, estar siempre moviéndose para nunca estar consigo mismo) comentario de la nueva película, que no se la puede uno perder porque entonces tendrá un tremendo vacío, el encanto y el castigo de los niños, la nueva receta de cocina; en fin, toda una tarea didáctico-investigadora de altos vuelos. Curiosa contradicción. Han sometido al profesorado a través de la ignorancia. Victoria final del pensamiento único y de la tecnobarbarie. Y ahora nos acercamos a la nueva redención, el sistema con el que los niños-borricos definitivamente podrán aprender: los libros de texto electrónicos. ¡Venga ya! Ya está uno muy mayorcito para estas mariconadas. Pero se nos dirá que es el futuro. Que se sustituirán las pizarras por pizarras electrónicas. Que los que sigamos anclados en las antiguas artes educativas seremos anacrónicos y obsoletos. Se nos amenazará con con el San Benito del disidente, el arcaico, insolidario, criticón, insatisfecho, aguafiestas… Y mientras tanto, las nuevas pizarras relucirán en las paredes desconchadas de los IES, y no digo nada del deterioro de los cerebros de alumnos y profesores sometidos a la barbarie del sistema.

 

                        30 de abril de 2010

 

Muchas gracias de nuevo, Esteban. Tus palabras me sirven de ánimo para seguir el año próximo. Me da bastante trabajo, pero los comentarios como el tuyo y de algunos otros me animan a seguir. No así el silencio de los poderes: dirección, inspección…todo lo más que he escuchado es que es muy “gorda” y que yo escribo demasiado (digamos que aprovecho para autopublicarme gratis.) No es del todo falso, pero creo que, ¡qué menos que esa ventajilla! Aunque tampoco son argumentos porque mis dos últimos libros son con cargo a mi cuenta. En fin, lo importante, que de los contenidos, la variedad temática, conseguir la entrevista a Marina –cuando cobra 3000 euros por conferencia- gratis, aunque sea, para mi gusto, floja…de todo eso y más ni hablar. Sólo quejarse del gasto que supone para el instituto. Ni se esfuerzan en plantear una presentación a los medios que redondaría en beneficio para ellos. Al fin y al cabo es el instituto el que la publica. Ya sabemos el nivel de los institutos: administración y burocracia. La verdad es que cada vez pongo más empeño y espero mantener el nivel de estos últimos años, todo depende de la voluntad de los buenos colaboradores como tú, o Paco, o Miguel, Diego y muchos otros. Me han llegado felicitaciones de la universidad lo que me ha enorgullecido en gran manera y me certifican que, en este desierto intelectual de la secundaria en el que vivimos, algunos seguimos por buen camino.

 

El libro de Ridao me encantó por la coincidencia con mis planteamientos. Pero su exposición me dio más información y claridad. Por eso la reseña está escrita de corazón. Sale de lo más hondo de mis convicciones. Lo mejor que se le puede decir a un filósofo es que hace pensar. Así que estoy profundamente satisfecho de que le estés dando vueltas al GRAN ENGAÑO DE OCCIDENTE. Tú puedes rellenar esa tesis filosófico política de contenido empírico. En realidad coincide con tu libro. Esto es, me explico, en tu obra narras documentadamente parte de ese engaño. Por cierto, la semana que viene presentaré la revista en la radio de Ribera y me han pedido que haga unas recomendaciones bibliográficas. Me ha parecido oportuno recomendar tu libro y el de Ridao, ya que son los que aparecen reseñados en la revista y son de enorme interés.

 Un abrazo,

 Juan Pedro.

 

                        30 de abril de 2010

 

Lo del escepticismo está muy bien. Yo soy un escéptico. Pero es que hay que matizar muchas cosas. Por ejemplo yo soy escéptico pero creo que hay una base natural biológica de la ética. Eso nos lleva al naturalismo y al nihilismo. Escéptico también era Popper porque consideraba que no es posible el conocimiento absoluto. Siguió a Hume. Y en cuanto a la ética y a la historia, pues consideraba que no existía una historia universal ni una ética universal. Pero que podíamos avanzar fragmentariamente. El progreso no estaba garantizado. Escépticos son también todos los posmodernos, pero ésta no es mi línea. Es más, creo que esto nos lleva a la disolución del pensamiento a un relativismo radical que no es más que absolutismo y tiranía. La obra de Carlos Castrodeza, La darwinización del mundo, tiene mucho que decir sobre el escepticismo en la ética. Darwin, Freud, Leopardi y el imprescindible Ciorán. Ahí tienes fuentes filosóficas y científicas muy importantes. Todo esto no son más que unos apuntes. El tema me apasiona, como sabes. Lee a Leopardo “Zivaldane de pensamientos” y mi artículo sobre él en la revista. Los posmodernos te llevan a la tiranía, pero son buenos para poner límites al optimismo ilustrado. Otro fundamental, de la línea del pragmatismo es Rorty (imprescindible). También el europeo (italiano) Vattimo. Estos dos tienen un libro en común sobre el futuro de la religión. No está mal que leyeses al papa en conversaciones distintas con Habernas (neokantiano en ética, también muy en mi línea) y con Paolo Flores D´Arcais (fustigador incansable del poder y la religión.) Como digo esto son unas pinceladas. Tema que tenemos en común y del que podríamos aprender juntos. Y aunque no esté directamente relacionado, las jornadas del año próximo sí pueden hacer pensar sobre este asunto. “Del fin de la historia al choque de civilizaciones.” Espero que haya más calidad académica, porque este año los catedráticos se han lucido… dicen que no comparten mi exposición en la que se criticaba al neoliberalismo y ahí se acaba todo, se ponen a hacer una descripción de la crisis financiera. Sin argumentar nada…donde se ha visto a estos científicos…pues en la UNEX y, además, trabajando para la Junta, manda huevos. Y el político, un mitin, en lugar de una argumentación científica y racional. Vamos, que desde el punto de vista científico y filosófico, un fracaso.

 

            La trilogía de Matrix, fantástico. Otra coincidencia. Yo hice una reseña de la primera tratando los dos temas fundamentales que se abordan: la libertad y la realidad. Te puede servir de ayuda. Estoy deseando leer ese trabajo. Son muchos más los temas. La cuestión de los mitos es fundamental. El problema del poder. La democracia o las tiranías carismáticas. El hombre como especie fallida: un virus de la ecosfera. El concepto del tiempo. La posibilidad de acción en el futuro. El determinismo y la probabilidad. Lo que ocurre es que está todo tratado muy caóticamente y de forma barroca. Pero ese barroquismo me gusta.

 

Ánimo con The  Wall. A ver si el nuevo formato nos permite verlo pronto.

 

Saludos,

 

Juan Pedro.

 

TRIBUNA: CÉSAR ANTONIO MOLINA

Dios es una biblioteca

El libro electrónico robará terreno al impreso, pero no podrá arrojarlo de nuestras vidas. Gutenberg no ha muerto, se ha metamorfoseado. Yo sigo viviendo en el laberinto de calles de mi biblioteca

CÉSAR ANTONIO MOLINA 23/04/2010

En El cuarteto de Alejandría, Lawrence Durrell cuenta una anécdota, real o apócrifa, que le sucedió al escritor francés Paul Claudel cuando representaba diplomáticamente a su país en Japón. Un día salió de su residencia en Tokio para acudir a una fiesta y cuando regresaba contempló con estupor que su casa estaba siendo devorada por un gran incendio. El poeta pensó inmediatamente en sus manuscritos y en su biblioteca repleta de joyas bibliográficas. Cuando alcanzó el jardín vio que un hombre salía de entre las llamas llevando algo en sus brazos. Era el mayordomo que, dirigiéndose a él, le informó muy orgulloso: “¡No se alarme señor. He salvado el único objeto de valor!”. Ese objeto no era otro que su uniforme de gala. Desde hace algún tiempo yo tengo una pesadilla semejante. Regreso a mi casa como el personaje de John Cheever, El nadador, después de haber recorrido, no las piscinas por las que él iba nadando, sino las bibliotecas del mundo, y me encuentro en la misma situación que el autor galo de El zapato de raso. A mi encuentro no acude ningún sirviente, sino un ser indefinido que repite las mismas palabras que el mayordomo japonés y me entrega un pendrive. Él añade que ahí no sólo están todos mis libros desaparecidos, sino que ha incluido los fondos de las principales instituciones del mundo. Me quedo sorprendido, pero le digo que yo sólo necesito mis libros físicamente, aquellos que yo compré y me han acompañado toda la vida. Son mis mejores amigos y no puedo prescindir de ellos. El me responde muy seriamente que eso no sólo es ya imposible sino, además, una estupidez. “¿Para qué quiere usted tantos volúmenes que le ocupan gran parte de su casa si los tiene todos aquí, en este objeto más pequeño que el dedo de su mano?”. Compruebo que la discusión no lleva a ningún sitio y, entonces, despierto. Cuando lo hago, veo que todo aún está en su caótico lugar. Por las mesillas, por las mesas y las estanterías dobladas por el peso, aún reposan las miles de hojas impresas protegidas por las portadas multicolores. Toco unos libros, abro otros y recuerdo la historia de cada uno de ellos: su nacionalidad, su lengua, el peso que arrastran desde el origen. Mi biblioteca está compuesta por cientos de ciudades, miles de calles y otros tantos paisajes. Por estos espacios he caminado con los autores y sus personajes. He vivido sus vidas a lo largo de muchos siglos y cuando toco las páginas que estoy leyendo percibo sus lágrimas o sus risas, sus olores, veo los colores del amanecer o del ocaso. Un libro también es un objeto, una materia, una representación, un símbolo, una dimensión. El libro electrónico, el e-book, efímeros en sí mismos como soportes (qué pasó sino con el vídeo, el dvd y lo que venga), le robarán terreno al libro impreso, pero difícilmente podrán arrojarlo de nuestras vidas y nuestra manera de vivirlas. De haber habitado en la época en que se pasó de la oralidad a la escritura en papiro o pergamino, yo no hubiera estado en contra de este proceso evolutivo; de la misma manera que hubiera apoyado a Gutenberg cuando relegó a la escritura al ámbito privado.¿Por qué ahora tendría que oponerme a algo inevitable y, seguramente, muy útil? Si estoy en contra de quienes piensan que hemos llegado al fin. En contra de aquellos que creen que ya no es necesario leer, ni saber, ni adquirir conocimientos, ya que todo está a nuestro alcance, tocando la tecla de un ordenador. Estoy en contra de aquellos que rechazan la memoria como si ésta fuera un simple apéndice mental que hubiera que extraer. El libro electrónico no es un peligro para la lectura. Sí lo son los videojuegos, los programas deleznables de la televisión, la mala enseñanza que desconoce o impone con una obligatoriedad torpe y pesada, el mal ejemplo familiar donde la cultura, en general, es algo desconocido y extravagante. La lectura en pantalla no acabará con el libro impreso, aunque éste se convierta en un objeto arqueológico; por el contrario, estoy seguro que contribuirá a ampliarla. Las nuevas generaciones adquirirán nuevos hábitos, nuevas formas de relación con el texto escrito. Probablemente lo lleven a cabo desde la laicidad y no desde la sacralidad con que nosotros adoramos al libro. Probablemente la democratización de la lectura y la escritura modificará hábitos, costumbres, tradiciones y valores. ¿No sucedió así en el pasado? Umberto Eco afirma que, con Internet, se retornó a la era alfabética y, por lo tanto, no hemos fenecido aún en la dictadura de las imágenes. De nuevo, escritores y lectores, hemos sobrevivido a ese monstruo multiforme. Millones de personas, a lo largo de todo el mundo, a través de Internet, leen y escriben sin cesar para intercambiar ideas, sentimientos o simplemente informaciones. ¡Gutenberg todavía no está muerto! Se ha metamorfoseado. Nunca hubo tanta necesidad de leer y escribir como hoy. ¿Acaso los ordenadores actúan libremente sin este conocimiento previo? El papel, como antes el papiro o el pergamino, agotó su función. La memoria del mundo, desde el siglo XVI, ha crecido de una manera tan imparable que era necesario encontrar otros soportes para guardar el pasado y enfrentarse a un futuro repleto de contenidos. ¿Cómo se llevará a cabo la elección de los mismos?¿Cómo se mantendrá su excelencia?¿Cuáles serán los nuevos gustos, las nuevas modas? Las modificaciones en torno al libro como soporte no han variado sus mismos fines, ni su expresión. Desde hace más de cinco siglos los cambios políticos, sociales, económicos, tecnológicos y culturales se sustentaron en este objeto. Internet ha producido también una modificación notable en las costumbres de los bibliófilos, coleccionistas de libros antiguos, de primeras ediciones o raras. Aquella búsqueda aventurera y romántica por las librerías y trasteros de medio mundo que primaban al erudito frente al poderoso económicamente, se ha derrumbado ante la publicación en Internet de sus adquisibles índices. El precio se ha unificado y elevado, además de reducir la labor investigadora y azarosa. Además, el libro antiguo o de viejo es una especie en vías de extinción. Escaso, caro, raro y coleccionado por las grandes instituciones educativas y culturales. Coleccionar libros viene de antiguo. Luciano en El bibliómano ignorante (publicado en nuestro país por Errata Naturae) criticaba a quienes los compraban para decorar su casa, pero no los leían. Séneca nos describe, como Cicerón y otros autores romanos, las calles de la capital del imperio donde se vendían los rollos que contenían las novedades literarias o se copiaban por encargo las obras de cualquier época. Durante ese tiempo nació la idea del autor y editor. ¿Cuántos de aquellos volúmenes quedan? En el museo arqueológico de Nápoles vi unos cuantos carbonizados procedentes de una casa de Pompeya. El fuego ha sido consustancial con la lectura y la escritura. Blanchot decía que con los libros se habían hecho tres cosas: escribirlos, leerlos o quemarlos. ¿Cuántas obras maestras de la literatura, del arte o de la ciencia se han perdido? Seguramente cantidades ingentes. Hoy por fortuna nada se perderá, ni siquiera lo vano y superfluo. Hoy cualquier persona tiene derecho a la eternidad al poder reproducir su vida en una página web. Qué más da si lo que hizo fue bueno o malo, el caso es que su nicho es semejante al panteón de un gran hombre. Eternidad, inmortalidad, fama, prestigio… Todo será revisado y, seguramente, sufrirá en un futuro inmediato profundas modificaciones. Varias veces le he oído comentar al autor de Apocalípticos e integrados su deseo de dar con los autores y las tragedias de las que Aristóteles habla en su Poética. Se perdieron y sólo llegaron hasta nosotros los nombres y las obras de otros dramaturgos que él no tuvo a bien ni citar: Esquilo, Sófocles y Eurípides. ¿Eran los otros mejores que estos? ¿Aristóteles los postergó por envidia? El caso es que –como tantas otras veces- el azar le quitó la razón al maestro de la filosofía.

“¿Por qué soy prisionero de los libros? ¿A qué sensación de inseguridad le estoy declarando la guerra con esos muros de volúmenes que cubren mis paredes?”, escribe el turco Enis Batur. Una biblioteca, pública o privada, se asemeja a un templo, a un lugar sagrado. Allí nos sentimos protegidos por el silencio. El nazismo, el stalinismo y el maoísmo fueron de entre las últimas ideologías quienes más han combatido la libertad de expresión y, por tanto, al libro. Los tres levantaron contra él un muro de mentiras (a través de la radio) e imágenes (a través de la televisión y el cine documental o de ficción). La palabra escrita fue relegada a la censura y al control estatal (no nos olvidemos de nuestro propio país). Aunque se ha dicho hasta la saciedad que fue Goebbels quien afirmó que una mentira reiterada se transforma en una verdad, no sé si consciente o inconscientemente reprodujo lo que ya había escrito, en el siglo XIX, el gran Chateaubriand: “Toda mentira repetida se convierte en verdad”. Palabras convertidas en mentira. ¡Qué mayor delito!

Bachelard y Borges escribieron que el Paraíso debe ser una inmensa biblioteca. ¿Con libros, e-book, pendrives o pantallas? De todo eso también habrá en el más allá e incluso nos llevarán décadas de adelantos tecnológicos. Eco afirma que si Dios existe es una biblioteca. Si es así, yo lo he percibido en las ruinas de la de Pérgamo y Alejandría (también en la nueva) o en la de Celso en Efeso. También en la martirizada de Sarajevo o en el Escorial. De la de Pérgamo sólo se conservan basamentos y lienzos de muros. Donde antes crecían los rollos ahora lo hacen las hierbas y las margaritas. Fue la segunda biblioteca más importante de la antigüedad después de la de Alejandría. Tiberio Julio Aquila, para homenajear a su padre, Celso, mandó levantar una biblioteca cuya majestuosa fachada aún se alza en Efeso. Y allí mismo lo mandó enterrar. “Nunca un padre tuvo tan buen hijo”, hubiera vuelto a decir Príamo.

Bibliotecas, bibliotecas. He visto cientos de ellas. Antiguas y modernas, públicas y privadas. Libros, libros. He visto miles de ellos, he acunado en mis manos incunables extraordinarios como la Crónica de Nuremberg, primeras ediciones, manuscritos, piezas heremográficas únicas. Una de las cosas más terribles de la vida es no tener tiempo para leerlo todo. A medida que transcurre la existencia uno se da cuenta que lo que le queda por leer, digamos que sólo lo valioso según los gustos de cada uno, equivale a un noventa y muchos por ciento. Un pueblo sin obra escrita apenas podrá sostener su lengua y su cultura. Los egipcios se dieron cuenta muy pronto. En el papiro egipcio, Chester Beatty, se dice que el libro es el medio más seguro para alcanzar la inmortalidad. La literatura pervive más que la piedra, “más valioso es un libro que una estela con su inscripción, / que la cámara funeraria bien puesta. / Esos libros son como tumba y pirámide / en la conservación de sus nombres...”.

¡Mostradme vuestras bibliotecas y os diré cómo sois! La de Montaigne (no le perdono a Bretón que lo eliminara de la lista de autores repartida por los surrealistas), la de Leopardi, Goethe, Flaubert, Juan Ramón Jiménez o la de Octavio Paz tristemente chamuscada. Pero no todos los grandes escritores han sido grandes lectores. Visitando algunas de sus casas uno puede llevarse una desagradable sorpresa. No voy a dar aquí mi lista –de vivos y muertos- para no llevar a la decepción. Contaré sólo el caso de uno de ellos. Conocí y traté bastante a Jorge Amado y a Zelia, su esposa. Dos personas encantadoras, fascinadas por el mundo soviético y maoísta. Hace pocos años, estando en Bahía, visité su fundación y su casa. Ambos estaban ya muertos. En los dos lugares me sorprendió la escasez de libros, excepto los propios del novelista en las múltiples ediciones y lenguas, los dedicados por otros autores y algunos pocos más. Ingenuamente le pregunté a la encargada dónde se encontraba la biblioteca. Ella me dijo que no había más libros que los que yo había visto. “Don Jorge apenas leía, su biblioteca estaba allí”, concluyó señalándome la calle. Yo no hubiera podido vivir de este modo, ni escribir una sola línea. Como Cavafis, no tengo otro sitio adonde ir. Yo vivo en el laberinto de calles de mi biblioteca. Rollos, papiros, pergaminos, impresos, e-books, ordenadores, pendrives y cuanto la imaginación humana se invente, la lectura no dejará de crecer pues es la más pura esencia de la libertad.