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Filosofía desde la trinchera

 

 

Discurso sobre la dignidad del hombre
[Ensayo: Primera mitad]

Giovanni Pico della Mirandola

He leído en los antiguos escritos de los árabes, padres venerados, que Abdala el Sarraceno, interrogado acerca de cuál era a sus ojos el espectáculo más maravilloso en esta escena del mundo, había respondido que nada veía más espléndido que el hombre. Con esta afirmación coincide aquella famosa de Hermes: "Gran milagro, oh Asclepio, es el hombre".

Sin embargo, al meditar sobre el significado de estas afirmaciones, no me parecieron del todo persuasivas las múltiples razones que son aducidas a propósito de la grandeza humana: que el hombre, familiar de las criaturas superiores y soberano de las inferiores, es el vínculo entre ellas; que por la agudeza de los sentidos, por el poder indagador de la razón y por la luz del intelecto, es intérprete de la naturaleza; que, intermediario entre el tiempo y la eternidad es (como dicen los persas) cópula, y también connubio de todos los seres del mundo y, según testimonio de David, poco inferior a los ángeles. Cosas grandes, sin duda, pero no tanto como para que el hombre reivindique el privilegio de una admiración ilimitada. Porque, en efecto, ¿no deberemos admirar más a los propios ángeles y a los beatísimos coros del cielo?

Pero, finalmente, me parece haber comprendido por qué es el hombre el más afortunado de todos los seres animados y digno, por lo tanto, de toda admiración. Y comprendí en qué consiste la suerte que le ha tocado en el orden universal, no sólo envidiable para las bestias, sino para los astros y los espíritus ultramundanos. ¡Cosa increíble y estupenda! ¿Y por qué no, desde el momento que precisamente en razón de ella el hombre es llamado y considerado justamente un gran milagro y un ser animado maravilloso?

Pero escuchen, oh padres, cuál sea tal condición de grandeza y presten, en su cortesía, oído benigno a este discurso mío.

Ya el sumo Padre, Dios arquitecto, había construido con leyes de arcana sabiduría esta mansión mundana que vemos, augustísimo templo de la divinidad.

Había embellecido la región supraceleste con inteligencia, avivado los etéreos globos con almas eternas, poblado con una turba de animales de toda especie las partes viles y fermentantes del mundo inferior. Pero, consumada la obra, deseaba el artífice que hubiese alguien que comprendiera la razón de una obra tan grande, amara su belleza y admirara la vastedad inmensa. Por ello, cumplido ya todo (como Moisés y Timeo lo testimonian) pensó por último en producir al hombre.

Entre los arquetipos, sin embargo, no quedaba ninguno sobre el cual modelar la nueva criatura, ni ninguno de los tesoros para conceder en herencia al nuevo hijo, ni sitio alguno en todo el mundo donde residiese este contemplador del universo. Todo estaba distribuido y lleno en los sumos, en los medios y en los ínfimos grados. Pero no hubiera sido digno de la potestad paterna el decaer ni aun casi exhausta, en su última creación, ni de su sabiduría el permanecer indecisa en una obra necesaria por falta de proyecto, ni de su benéfico amor que aquél que estaba destinado a elogiar la munificencia divina en los otros estuviese constreñido a lamentarla en sí mismo.

Estableció por lo tanto el óptimo artífice que aquél a quien no podía dotar de nada propio le fuese común todo cuanto le había sido dado separadamente a los otros. Tomó por consiguiente al hombre que así fue construido, obra de naturaleza indefinida y, habiéndolo puesto en el centro del mundo, le habló de esta manera:

-Oh Adán, no te he dado ni un lugar determinado, ni un aspecto propio, ni una prerrogativa peculiar con el fin de que poseas el lugar, el aspecto y la prerrogativa que conscientemente elijas y que de acuerdo con tu intención obtengas y conserves. La naturaleza definida de los otros seres está constreñida por las precisas leyes por mí prescriptas. Tú, en cambio, no constreñido por estrechez alguna, te la determinarás según el arbitrio a cuyo poder te he consignado. Te he puesto en el centro del mundo para que más cómodamente observes cuanto en él existe. No te he hecho ni celeste ni terreno, ni mortal ni inmortal, con el fin de que tú, como árbitro y soberano artífice de ti mismo, te informases y plasmases en la obra que prefirieses. Podrás degenerar en los seres inferiores que son las bestias, podrás regenerarte, según tu ánimo, en las realidades superiores que Son divinas.

¡Oh suma libertad de Dios padre, oh suma y admirable suerte del hombre al cual le ha sido concedido el obtener lo que desee, ser lo que quiera!

Las bestias en el momento mismo en que nacen, sacan consigo del vientre materno, como dice Lucilio, todo lo que tendrán después. Los espíritus superiores, desde un principio o poco después, fueron lo que serán eternamente. Al hombre, desde su nacimiento, el padre le confirió gérmenes de toda especie y gérmenes de toda vida. Y según como cada hombre los haya cultivado, madurarán en él y le darán sus frutos. Y si fueran vegetales, será planta; si sensibles, será bestia; si racionales, se elevará a animal celeste; si intelectuales, será ángel o hijo de Dios, y, si no contento con la suerte de ninguna criatura, se repliega en el centro de su unidad, transformando en un espíritu a solas con Dios en la solitaria oscuridad del Padre, él, que fue colocado sobre todas las cosas, las sobrepujará a todas.

¿Quién no admirará a este camaleón nuestro? O, más bien, ¿quién admirará más cualquier otra cosa? No se equivoca Asclepio el Ateniense, en razón del aspecto cambiante y en razón de una naturaleza que se transforma hasta a sí misma, cuando dice que en los misterios el hombre era simbolizado por Proteo. De aquí las metamorfosis celebradas por los hebreos y por los pitagóricos. También la más secreta teología hebraica, en efecto, transforma a Henoch ya en aquel ángel de la divinidad, llamado "malakhha-shekhinah", ya, según otros en otros espíritus divinos. Y los pitagóricos transforman a los malvados en bestias y, de dar fe a Empédocles, hasta en plantas. A imitación de lo cual solía repetir Mahoma y con razón: "Quien se aleja de la ley divina acaba por volverse una bestia". No es, en efecto, la corteza lo que hace la planta, sino su naturaleza sorda e insensible; no es el cuero lo que hace la bestia de labor, sino el alma bruta y sensual; ni la forma circular del cielo, sino la recta razón, ni la separación del cuerpo hace el ángel, sino la inteligencia espiritual.

Por ello, si ves a alguno entregado al vientre arrastrarse por el suelo como una serpiente no es hombre ése que ves, sino planta. Si hay alguien esclavo de los sentidos, cegado como por Calipso por vanos espejismos de la fantasía y cebado por sensuales halagos, no es un hombre lo que ves, sino una bestia. Si hay un filósofo que con recta razón discierne todas las cosas, venéralo: es animal celeste, no terreno. Si hay un puro con templador ignorante del cuerpo, adentrado por completo en las honduras de la mente, éste no es un animal terreno ni tampoco celeste: es un espíritu más augusto, revestido de carne humana.

¿Quién, pues, no admirará al hombre? A ese hombre que no erradamente en los sagrados textos mosaicos y cristianos es designado ya con el nombre de todo ser de carne, ya con el de toda criatura, precisamente porque se forja, modela y transforma a sí mismo según el aspecto de todo ser y su ingenio según la naturaleza de toda criatura.

Por esta razón el persa Euanthes, allí donde expone la teología caldea, escribe: "El hombre no tiene una propia imagen nativa, sino muchas extrañas y adventicias". De aquí el dicho caldeo: "Enosh hushinnujim vekammah tebhaoth baal haj", esto es, el hombre es animal de naturaleza varia, multiforme y cambiante.

Pero ¿a qué destacar todo esto? Para que comprendamos, desde el momento que hemos nacido en la condición de ser lo que queramos, que nuestro deber es cuidar de todo esto: que no se diga de nosotros que, siendo en grado tan alto, no nos hemos dado cuenta de habernos vuelto semejantes a los brutos y a las estúpidas bestias de labor.

Mejor que se repita acerca de nosotros el dicho del profeta Asaf: “Ustedes son dioses, hijos todos del Altísimo”. De modo que, abusando de la indulgentísima liberalidad del Padre, no volvamos nociva en vez de salubre esa libre elección que Él nos ha concedido. Invada nuestro ánimo una sacra ambición de no saciarnos con las cosas mediocres, sino de anhelar las más altas, de esforzamos por alcanzarlas con todas nuestras energías, dado que, con quererlo, podremos.

Desdeñemos las cosas terrenas, despreciemos las astrales y, abandonando todo lo mundano, volemos a la sede ultra mundana, cerca del pináculo de Dios. Allí, como enseñan los sacros misterios, los Serafines, los Querubines y los Tronos ocupan los primeros puestos. También de éstos emulemos la dignidad y la gloria, incapaces ahora desistir e intolerantes de los segundos puestos. Con quererlo, no seremos inferiores a ellos. Pero ¿de qué modo? ¿Cómo procederemos? Observemos cómo obran y cómo viven su vida.

Si nosotros también la vivimos (y podemos hacerlo), habremos igualado ya su suerte. Arde el Serafín con el fuego del amor; fulge el Querubín con el esplendor de la inteligencia; está el trono en la solidez del discernimiento. Por lo tanto, si, aunque entregados a la vida activa, asumimos el cuidado de las cosas inferiores con recto discernimiento, nos afirmaremos con la solidez estable de los Tronos. Si, libres de la acción, nos absorbemos en el ocio de la contemplación, meditando en la obra al Hacedor y en el Hacedor la obra, resplandeceremos rodeados de querubínica luz. Si ardemos sólo por el amor del Hacedor de ese fuego que todo lo consume, de inmediato nos inflamaremos en aspecto seráfico.

Sobre el Trono, vale decir, sobre el justo juez, está Dios, juez de los siglos. Por encima del Querubín, esto es, por encima del contemplante, vuela Dios que, como incubándolo, lo calienta. El espíritu del Señor, en efecto, "se mueve sobre las aguas". Esas aguas, digo, que están sobre los cielos y que, como está escrito en Job, alaban a Dios con himnos antelucanos. El seráfico, esto es, amante, está en Dios y Dios está en él: Dios y él son uno solo.

Grande es la potestad de los Tronos y la alcanzaremos con el juicio; suma es la sublimidad de los Serafines y la alcanzaremos con el amor.

Pero ¿cómo se puede juzgar o amar lo que no se conoce? Moisés amó al Dios que vio y promulgó al pueblo, como juez, lo que primero había visto en el monte. He aquí por qué está el Querubín en el medio, con "su luz que nos prepara para la llama seráfica" y, a la vez, nos ilumina el juicio de los Tronos.

Este es el nudo de las primeras mentes, el orden paládico que preside la filosofía contemplativa: esto es lo que primero debemos emular, buscar y comprender para que así podamos ser arrebatados a los fastigios del amor y luego descender prudentes y preparados a los deberes de la acción. Pero si nuestra vida ha de ser modelada sobre la vida querubínica, el precio de tal operar es éste: tener claramente ante los ojos en qué consiste tal vida, cuáles son sus acciones, cuáles sus obras. Siéndonos esto inalcanzable, somos carne y nos apetecen las cosas terrenas, apoyémonos en los antiguos Padres, los cuales pueden ofrecemos un seguro y copioso testimonio de tales cosas, para ellos familiares y allegadas.

Preguntemos al apóstol Pablo, vaso de elección, qué fue lo que hicieron los ejércitos de los querubines cuando él fue arrebatado al tercer cielo. Nos responderá como interpreta Dionisio: que se purificaban, eran iluminados y se volvían finalmente perfectos.

También nosotros, pues, emulando en la tierra de la vida querubínica, refrenando con la ciencia moral el ímpetu de las pasiones, disipando la oscuridad mental con la dialéctica, purifiquemos el alma, limpiándola de las manchas de la ignorancia y del vicio, para que los afectos no se desencadenen ni la razón delire.

En el alma entonces, así compuesta y purificada, difundamos la luz de la filosofía natural, llevándola finalmente a la perfección con el conocimiento de las cosas divinas.

Y para no restringimos a nuestros Padres, consultemos al patriarca Jacob, cuya imagen refulge esculpida en la sede de la gloria. El patriarca sapientísimo nos enseñará que mientras dormía en el mundo terreno, velaba en el reino de los cielos. Nos enseñará mediante un símbolo (todo se presentaba así a los patriarcas) que hay escalas que del fondo de la tierra llegan al sumo cielo, distinguidas en una serie de muchos escalones: en la cúspide: se sienta el Señor, mientras los ángeles contempladores alternativamente suben y bajan. Y si nuestro deber es hacer lo mismo imitando la vida de los ángeles, ¿quién osará, pregunto, tocar las escalas del Señor o con los pies impuros o con las manos poco limpias? Al impuro, según los misterios, le está vedado tocar lo que es puro.

Pero, ¿qué son estos pies y estas manos? Sin duda el pie del alma es esa parte vilísima con que se apoya en la materia como en el suelo: y yo la entiendo como el instinto que alimenta y ceba, pábulo de líbido y maestro de sensual blandura. ¿Y por qué llamaremos manos del alma a lo más irascible que, soldado de los apetitos por ellos combate y rapaz, bajo el polvo y el sol, pilla lo que el alma habrá de gozar adormilándose en la sombra? Para no ser expulsados de la escala como profanos e inmundos, estos pies y estas manos, esto es, toda la parte sensible en que tienen sede los halagos corporales que, como suele decirse, aferran el alma por el cuello, lavemos con la filosofía moral, como en agua corriente.

Pero tampoco bastará esto para volverse compañero de los ángeles que deambulan por la escala de Jacob si primero no hemos sido bien instruidos y habilitados para movernos con orden, de escalón en escalón, sin salir nunca de la rampa de la escala, sin estorbar su tránsito. Cuando hayamos conseguido esto con el arte discursivo y raciocinante y ya animados por el espíritu querúbico, filosofando según los escalones de la escala, esto es, de la naturaleza, y escrutando todo desde el centro y enderezando todo al centro, ora descenderemos, desmembrando con fuerza titánica lo uno en lo múltiple, como Osiris, ora nos elevaremos reuniendo con fuerza apolínea lo múltiple en lo uno como los miembros de Osiris hasta que, posando por fin en el seno del Padre, que está en la cúspide de la escala, nos consumaremos en la felicidad teológica.

Y preguntemos al justo Job, que antes de ser traído a la vida hizo un pacto con el Dios de la vida, qué es lo que el sumo Dios prefiere sobre todo en esos millones de ángeles que están junto a él. "La Paz", responderá seguramente, según lo que se lee en su propio libro: "[Dios es] Aquél que hace la paz en lo alto de los cielos". Y puesto que el orden medio interpreta los preceptos del orden superior para los inferiores, las palabras del teólogo Job nos sean interpretadas por el filosofo Empédocles. Éste, como lo testimonian sus carmenes, simboliza con el odio y con el amor, esto es, con la guerra y con la paz, las dos naturalezas de nuestra alma por las cuales somos levantados al cielo o precipitados a los infiernos. Y él, arrebatado en esa lucha y discordia, a semejanza de un loco, se duele de ser arrastrado al abismo, lejos de los dioses.

Sin duda, oh Padres, múltiple es la discordia en nosotros; tenemos graves luchas internas peores que las guerras civiles. Si queremos huir de ellas, si queremos obtener esa paz que nos lleva a lo alto entre los elegidos del Señor, sólo la filosofía moral podrá tranquilizarlas y componerlas. Si, sobre todo, nuestro hombre establece tregua con sus enemigos y frena los descompuestos tumultos de la bestia multiforme y el ímpetu, el furor y el asalto del león. Entonces, si más solícitos de nuestro bien, deseamos la seguridad de una paz perpetua, ésta vendrá y colmará abundantemente nuestros votos: muertas la una y la otra bestia, como víctimas inmoladas, quedará sancionado entre la carne y el espíritu un pacto inviolable de paz santísima. La dialéctica calmará los desórdenes de la razón tumultuosamente mortificada entre las pugnas de las palabras y los silogismos capciosos. La filosofía natural tranquilizará los conflictos de la opinión y las disensiones que trabajan, dividen y laceran de diversos modos el alma inquieta. Pero los tranquilizará de modo de hacernos recordar que la naturaleza, como ha dicho Heráclito, es engendrada por la guerra y por eso llamada por Homero “contienda”.

Por eso no puede damos verdadera quietud y paz estable, don y privilegio, en cambio, de su señora, la santísima teología. Ésta nos mostrará la vía hacia la paz y nos servirá de guía, y la paz viendo de lejos que nos aproximamos, "Vengan a mí", gritará, "ustedes que están cansados, vengan y los restauraré, vengan a mí y les daré la paz que el mundo y la naturaleza no puede darles".

Tan suavemente llamados, tan benignamente invitados, con alados pies como terrenos Mercurios, volando hacia el abrazo de la beatísima madre, la ansiada paz gozaremos; paz santísima, indisoluble unión, amistad unánime por la cual todos los seres animados no sólo coinciden en esa Mente única que está por encima de toda mente, sino que de un modo inefable se funden en uno sólo. Esta es la amistad que los pitagóricos llaman el fin de toda la filosofía, ésta la paz que Dios actúa en sus cielos y que los ángeles que descendieron a la tierra anunciaron a los hombres de buena voluntad para que también los hombres, ascendiendo al cielo, por ella se volviesen ángeles.

Esta paz auguremos a los amigos, auguremos a nuestro siglo, auspiciemos en toda casa en que entremos, invoquémosla para nuestra alma para que vuelva así morada de Dios, para que, expulsada la impureza con moral y con la dialéctica se adorne con toda la filosofía como con áulico ornamento, corone el frontón de las puertas con la diadema de la teología, de modo que así descienda sobre ella el Rey de la gloria y, viniendo con el Padre, ponga mansión con ella. Y si el alma se ha hecho digna de tal huésped, ya que la bondad de Él es inmensa, revestida de oro como de veste nupcial y de la múltiple variedad de las ciencias, acogerá el magnífico huésped no ya como huésped, sino como esposo, con tal de no ser de Él separada, deseará apartarse de su gente y, olvidada de la Casa de su padre y hasta de sí misma, ansiará morir para vivir en el esposo a cuya vista es preciosa la muerte de los santos. Muerte he dicho, si muerte puede llamarse esa plenitud de vida cuya meditación de los sabios dijeron que era el estudio de la filosofía.

Y también invocamos a Moisés, en poco inferior a esa rebosante plenitud de sacrosanta e inefable inteligencia con cuyo néctar los ángeles se embriagan. Oiremos al juez venerando dictarnos así leyes, a nosotros que habitamos en la desierta soledad del cuerpo: “Aquéllos que, aún impuros, necesiten de la moral, habiten con el vulgo fuera del tabernáculo, bajo el cielo descubierto como los sacerdotes tesalios, hasta que estén purificados. Aquéllos, en cambio, que ya compusieron sus costumbres, acogidos en el santuario, no toquen todavía las cosas sagradas, sino, a través de un noviciado dialéctico, como celosos levitas presten servicio en los sagrados oficios de la filosofía. Admitidos al fin también ellos, contemplen, en el sacerdocio de la filosofía, ya el multicolor, es decir, sidéreo ornamento del palacio de Dios, ya el celeste candelabro de siete llamas, ya los elementos de piel, para que, acogidos finalmente en las profundidades del templo por méritos de la sublimidad teológica, apartado todo velo de imágenes, de la gloria de la divinidad. Esto ciertamente nos ordena Moisés y, ordenando así, nos aconseja, nos incita y nos exhorta a preparamos por medio de la filosofía, mientras podamos, el camino de la futura gloria celeste.

Pero no sólo los misterios mosaicos y los misterios cristianos, sino asimismo la teología de los antiguos nos muestra el valor y la dignidad de estas artes liberales de las cuales he venido a discutir. ¿Qué otra cosa quieren significar, en efecto, en los misterios de los griegos los grados habituales de los iniciados, admitidos a través de una purificación obtenida con la moral y la dialéctica, artes qué nosotros consideramos ya artes purificatorias? ¿Y esa iniciación, qué otra cosa puede ser sino la interpretación de la más oculta naturaleza mediante la filosofía?

Y finalmente, cuando estaban así preparados, sobrevenía la famosa Epopteia, vale decir, la inspección de las cosas divinas mediante la teología. ¿Quién no desearía ser iniciado en tales misterios? ¿Quién, desechando toda cosa terrena y despreciando los bienes de la fortuna, olvidado del cuerpo, no deseará, todavía peregrino en la tierra, llegar a comensal de los dioses y, rociado del néctar de la eternidad, recibir, criatura mortal, el don de la inmortalidad? ¿Quién no deseará estar así inspirado por aquella divina locura socrática, exaltada por Platón en el Fedro, ser arrebatado con rápido vuelo a la Jerusalén celeste, huyendo con el batir de las alas y de los pies de este mundo, reino maligno?

¡Oh sí, que nos arrebaten, oh padres, que nos arrebaten los socráticos furores sacándonos fuera de la mente hasta el punto de ponernos a nosotros y a nuestra mente en Dios!

Y ciertamente que por ellos seremos arrebatados si antes hemos cumplido todo cuanto está en nosotros; si con la moral, en efecto, han sido refrenados hasta sus justos límites los ímpetus de las pasiones, de modo que éstas se armonicen recíprocamente con estable acuerdo: si la razón procede ordenadamente mediante la dialéctica, nos embriagaremos, como excitados por las Musas, con la armonía celeste. Entonces Baco, señor de las Musas, manifestándose a nosotros, vueltos filósofos, en sus misterios, esto es, en los signos visibles de la naturaleza, los invisibles secretos de Dios, nos embriagará con la abundancia de la mansión divina en la cual, si somos del todo fieles como Moisés, la sobreviniente santísima teología nos animará con dúplice furor.

Sublimados, en efecto, en su excelsa atalaya, refiriendo a la medida de lo eterno las cosas que son, que fueron y que serán, y observando en ellas la original belleza, cual febeos vates, sus amadores alados, hasta que, puestos fuera de nosotros en un indecible amor, poseídos por un estro y llenos de Dios como Serafines ardientes, ya no seremos más nosotros mismos, sino Aquél que nos hizo.

Los sacros nombres de Apolo, si alguien escruta a fondo sus significados y los misterios encubiertos, demuestran suficientemente que este dios era filosofo no menos que poeta. Pero habiendo ya copiosamente ilustrado esto Ammonio, no hay razón para que yo lo trate de otra manera. Recordemos, no obstante, oh padres, los tres preceptos délficos indispensables a aquéllos que están por entrar en el sacrosanto y augustísimo templo, no del falso sino del verdadero Apolo que ilumina toda alma que viene a este mundo: verán que no reclaman otra cosa que no sea abrazar con todas nuestras fuerzas aquella triple filosofía sobre la que ahora discutimos.

En efecto, aquel medén agan, esto es, "nada con exceso", prescribe rectamente la norma y la regla de toda virtud según el criterio del justo medio, del cual trata la moral. Y el famoso gnothi seautón, esto es, "conócete a ti mismo", incita y exhorta al conocimiento de toda la naturaleza, de la cual el hombre es intersticio y como connubio. Quien, en efecto, se conoce a sí mismo, todo en sí mismo conoce, como ha escrito primero Zoroastro y después Platón en Alcibíades. Finalmente, iluminados en tal conocimiento por la filosofía natural, próximos ahora a Dios y pronunciando el saludo teológico Él, esto es, Tú eres, llamaremos al verdadero Apolo familiar y alegremente.

Interrogaremos también al sapientísimo Pitágoras, sabio sobre todo por no haberse nunca considerado digno de tal nombre. Nos prescribirá en primer lugar, "No sentamos sobre el celemín", esto es, no dejar inactiva aquella parte racional con la cual el alma mide todo, juzga y examina, sino dirigirla y mantenerla pronta con el ejercicio y la regla de la dialéctica. Nos indicará luego dos cosas que hay que primero evitar: "Orinar frente al Sol" y "Cortarnos las uñas durante el sacrificio". Sólo cuando con la moral hayamos expulsado de nosotros los apetitos superfluos de la voluntad y hayamos despuntado las garras ganchudas de la ira y los aguijones del ánimo, sólo entonces empezaremos a intervenir en los sagrados misterios de Baco, de los cuales hemos hablado, y a dedicarnos a la contemplación de la cual el Sol es merecidamente reputado padre y señor. Nos aconsejará, en fin, "alimentar el gallo", de saciar con el alimento y la celeste ambrosía de las cosas divinas la parte divina de nuestra alma. Es éste el gallo cuyo aspecto teme y respeta el león, esto es toda potestad terrena. Es éste el gallo al cual según Job fue dada la inteligencia. Al canto de este gallo se orienta el hombre extraviado. Este es el gallo que canta cada día al alba, cuando los astros matutinos alaban al Señor. Este es el gallo que Sócrates moribundo, en el momento en que esperaba reunir lo divino de su alma con la divinidad del Todo y ya lejos del peligro de enfermedad corpórea, dijo ser deudor a Esculapio, o sea, el médico de las almas.

Examinemos también los documentos de los caldeos y, si les damos fe, encontraremos que en virtud de las mismas artes se abre a los mortales la vía de la felicidad. Escriben los intérpretes caldeos que fue sentencia de Zoroastro que el alma era alada y que, al caérseles las alas, se precipita al cuerpo y vuelve a volar al cielo cuando de nuevo le crecen. Habiéndole preguntado los discípulos de qué modo podrían volver al alma apta para el vuelo, con las alas bien emplumadas, respondió: "Rociar las alas con las aguas de la vida". Y habiéndole preguntado a su vez dónde podrían alcanzar estas aguas, les respondió, según su costumbre, con una parábola: "El paraíso de Dios está bañado e irrigado por cuatro ríos: alcancen allí las aguas salvadoras". El nombre del río que corre en el Septentrión se dice Pischon, que significa justicia; el del ocaso tiene por nombre Dichon, vale decir, expiación; el de oriente se llama Chiddekel, y quiere decir luz, y el que corre, en fin, a mediodía, se llama Perath, y se puede interpretar fe. Fíjense, oh padres, y consideren con atención el significado de estos dogmas de Zoroastro. No significan, ciertamente, sino que purifiquemos la legañosidad de los ojos con la ciencia moral, como con ondas occidentales; que con la dialéctica, como un nivel boreal, fijemos atentamente la mirada; que luego debemos habituamos a soportar en la contemplación de la naturaleza de la luz todavía débil de la verdad, como primer indicio del sol naciente; hasta que, por último, mediante la piedad teológica y el santísimo culto de Dios, podamos resistir vigorosamente, como águilas del cielo, el fulgurante esplendor del sol a mediodía.

Estos son, acaso, los conocimientos matutinos, meridianos y vespertinos cantados primero por David y después explicados más ampliamente por Agustín. Esta es la luz esplendente que inflama directa a los Serafines y que al par ilumina a los Querubines. Esta es la razón a que siempre tendía el padre Abraham. Este es el lugar donde, según la enseñanza de los cabalistas y los moros, no hay sitio para los espíritus inmundos.

FIN

 

 

09 Jul 2005

 

 

 

 

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O no votamos. Rebelión ciudadana, ya. Es interesante el experimento mental que realiza Saramago en su obra Ensayo sobre la lucidez. el triunfo es el del voto en blanco. La ciudadanía es demócrata, pero no confía en los políticos, porque estos no lo son y, por ello, no son dignos de que los representen. Habría que darles un buen escarmiento y que paguen por sus responsabilidades políticas.

Esto es en resumen y en esencia la globalización. Todo lo demás son milongas. Pero se nos engaña convenciendonos de todo lo contrario y metiéndonos el miedo en el cuerpo. El poder siempre ha funcionado como una religión.

 

27 de enero de 2010

 

            La lectura en los institutos.

 

            No sé qué manía les ha dado ahora a los que ocupan el poder por hacer que los estudiantes lean. Por fomentar, dicen, el hábito de la lectura. ¿Qué se les habrá pedido? Parto del principio de que al poder no les interesa para nada la lectura. Entiendo, por su puesto, la lectura como vehículo del conocimiento, ya sea desde la literatura hasta el tratado científico. No entiendo para nada eso de la lectura como entretenimiento. Por su puesto que la actividad de la lectura es placentera, pero porque estimula nuestras facultades del conocimiento, desde la sensibilidad a la imaginación y la razón. Y el que pone en ejecución estas actividades cerebrales obtiene placer. Un placer gratificante que no es más que el del funcionamiento de nuestras facultades del conocimiento. Placer que, curiosamente nos lleva a la liberación. Porque la lectura, al relacionarla con el vehículo del conocimiento –adviértase que existen múltiples soportes de lectura- es una forma de autoliberación en la medida en la que tomamos conciencia del mudo en el que vivimos y de quiénes somos. Por tanto nos vemos obligados a tomar las riendas de nuestra existencia; es decir, a enfrentarnos a la carga de nuestra libertad. Y esto es lo que conlleva el atreverse a pensar libremente. Todo esto, y mucho más, conlleva la lectura. No entiendo, pues, cuando seguimos la tesis que he expuesto más arriba, el interés del poder en el fomento de la lectura. Para empezar el poder entiende la lectura como mero entretenimiento, lo cual no es más que pan y circo. Por eso lo que se ofrece es la lectura infantil y juvenil cercana a la vida actual de los adolescentes. Pura bazofia literaria. Y cando se habla de lectura, sólo se habla de literatura y, encima, de la mala. No se contempla que leer es también, leer un artículo de opinión, un reportaje, un ensayo históroico o filosófico, un tratado de ciencia o de historia de la ciencia, en fin. Que la lectura va más allá de lo que estos progres y pedagogos entienden. Pero no son tontos del todo. Ellos lo saben. Su fomento de la lectura no es más que opio. Pretenden mantener adormecidas a las conciencias. Pero la cuestión política viene de más lejos.

 

            Me explico, lo que ha ocurrido es que en los informes de evaluación internacional hemos obtenido una calificación por debajo de la media en capacidad lectora y matemáticas. Ambos conocimientos son instrumentales para el resto de las disciplinas. Si fallamos en los instrumentos no podremos acceder al saber del resto de las disciplinas. Tras este fracaso en nuestros niveles de conocimiento a nivel internacional las distintas consejerías de educación se han puesto manos a la obra y han elaborado un plan de evaluación de centros. En el caso de Extremadura se ha evaluado en 2º de la ESO, la competencia lingüística y matemática. Entiéndase bien, competencia básica, es decir, hablando en plata, lo mínimo que se despacha en conocimientos. En fin, pues la inmensa mayoría de los institutos están por debajo de la media de lo básico. Cualquiera habla aquí de excelencia. Y como esta autoevaluación del sistema educativo nos da un suspenso, pues ni cortos ni perezosos, nuestros políticos e ideólogos pedagogos de turno nos vienen a decir que hay que hacer un plan de refuerzo de las competencias lectoras y matemáticas. Toma ya. Otra vez la culpa y las tareas burocráticas para el profesor. Como si no tuviésemos que padecer ya, de por sí, esa incomprensión lectora del alumnado, entre otras cosas, en nuestras disciplinas. Pero, yo me pregunto, ¿cómo es que estos genios de la pedagogía, estos nuevos salvadores que han reformado lo irreformable en la educación, de tal forma que ya no la reconoce ni la madre que la parió, ni nadie se entera ya de la terminología críptica que utilizan para recubrir de pseudociencia su ignorancia, no se han dado cuenta de que lo que realmente ha suspendido es la ley? La autoevaluación lo que nos ha demostrado es que la ley de enseñanza falla. Es decir, que los alumnos en primaria no aprenden a leer correctamente. Y el motivo es muy claro, la promoción automática. Si el alumno promociona desde la primaria sin saber leer, pues qué vamos a hacer ya en la secundaria. ¿Por qué estos políticos y demagogos, estos mesías pedagógicos, no son de una puñetera vez sinceros y reconocen su culpabilidad? La ley de enseñanza LOGSE-LOE es un entero fracaso. Nos lo dicen en el extranjero y nuestros planes de evaluación nos lo demuestran, por si no nos lo creíamos. Pues no, ellos no se bajan de la burra. Que el alumno no sabe leer, a leer diez minutos todos los días en clase, venga ya. ¿Qué asignatura no utiliza los textos como forma de acceso a los conocimientos, o como mínimo la lectura del libro de texto? Estos planes de autoevaluación no nos han venido a descubrir nada. Lo sabíamos por nuestra práctica docente. El alumno ni lee, ni sabe leer, ni le interesa. Pero el fallo está en la ley. Si no se contemplase la promoción automática la inmensa mayoría aprendería a leer. Lo del hábito de lectura ya es otra cosa.

 

            Leer es un hábito. Y el hábito, como costumbre, se adquiere con un ejercicio, una rutina que se repite y que primero se ha observado en los demás, fundamentalmente en la familia y después el profesorado. Y pocos son los que en la vida adulta seguirán con este hábito, incluidos los profesores, también los universitarios. Advierto que no entiendo por leer, la lectura de la basura de los best sellers apilados como tambores de detergentes en las librerías. Me refiero a lo que dije al principio. En la vida adulta empiezan otras prioridades y obligaciones que dejan poco tiempo para la lectura como formación en tu propia disciplina. Los centros de enseñanza están plagados de profesores que no han leído un libro en torno a su disciplina, ni ensayos, ni literatura clásica, ni un simple artículo de opinión de un periódico serio. No pidamos peras al olmo. La lectura, hoy en día tremendamente amplificada, aunque transformada en una lectura fragmentaria y poco profunda, por ese medio divino y diabólico a la par, que es Internet, es cosa de pocos. Siempre lo ha sido y siempre lo será. Ahora bien, que la actividad intelectual sea de pocos, eso no quiere decir que el sistema de enseñanza olvide la enseñanza de la lectura y el fomento de la misma. Es su obligación, pero lo que yo he querido decir aquí es que la evaluación de las competencias básicas lo que ha puesto en cuestión es el sistema legal de la enseñanza y que no se pueden hacer parches cuando la cosa ya casi no tiene remedio. Lo que sí sería de interés es el fomentar la lectura en todas las disciplinas. El saber está en los libros (ampliable a Internet, pero esto no es más que otro soporte para la lectura, viene a ser lo mismo potenciando, casi al infinito, la accesibilidad a la información) no en el libro de texto. Éste último no es más que un esquema, un resumen, una serie de ejercicios, un saber normalizado y de contenidos mínimos fijados por el ministerio. En los libros trascendemos este saber y encontramos el sentido a la disciplina que divulgamos en nuestras clases. Cada departamento debe fomentar la lectura como vía de acceso a un conocimiento superior y más general de su disciplina. Pero para ello el alumno debe de haber alcanzado los rudimentos básicos de la lectura: debe ser capaz de comprender lo leído y hacer una exposición oral y por escrito del contenido. Pero esto debe ser algo obtenido en la primaria, si no, ¿cómo pueden haber accedido al conocimiento de los cursos superiores? En la secundaria la competencia lectora ha de presuponerse. Ahora bien, otra cosa es que la acumulación de los conocimientos por parte del alumnado le puedan abrir el camino hacia lecturas más complejas y enriquecedoras y ésta es la labor de los departamentos. No quiero ni admito parches. Y que cada palo aguante su vela. Ya está bien de que el fracaso de los políticos lo paguemos los ciudadanos y, en este caso, los profesores.

 

                                   27 de enero de 2010

 

Platón y las democracias actuales.

 

            Ya he defendido aquí que creo que nuestras democracias son formas de totalitarismos encubiertas. Que, quizás, las democracias no den más de sí. Que no es poco lo logrado, por muy críticos que podamos ser. Siempre es preferible a un régimen totalitario a las claras en la que se elimina, absolutamente, el estado de derecho. Si bien, como ya he señalado, el problema que se nos plantea en las democracias de los países desarrollados es que vivimos, como si dijésemos, entrópicamente. Nuestro bienestar es a costa del resto del mundo. Y aquí, nuestro orden democrático neoliberal, como ya he dicho, sí genera violencia. La idea del crecimiento económico ilimitado crea barbarie y desorden. En definitiva, el crecimiento mata. Pero lo que quería señalar hoy es, quizás, darle una vuelta más de tuerca al asunto. Mantengo que las democracias realmente existentes son partitocracias oligárquicas. Y esta idea la he argumentado en diversas ocasiones. Lo que quiero decir hoy es que nuestros sistemas democráticos se parecen más al sistema totalitario de Platón, a su idea utópica de sociedad de lo que podamos pensar.

 

            Cuando comenzó a desarrollarse este esperpento de la LOGSE, comentaba con mi buen amigo J.M. que pronto no nos dejarían explicar a Platón. Mi idea era que los gobernantes de la izquierda progre, siguiendo las tendencias mundiales, siempre en tensión hacia la derecha –por su puesto, de forma indudable en lo económico- defendían el ideal democrático como pensamiento único. Es decir, la democracia realmente existente se había convertido en una ideología, en una religión. Por tanto la crítica de la misma sería inviable. El crítico de la democracia se convertiría en un disidente o, peor aún, un hereje y alguien peligroso para el orden establecido. Al crítico se lo podría identificar con el terrorista o el antisistema, que vendrían a ser lo mismo. Por tanto, la democracia se defendería como verdad absoluta. Las democracias neoliberales se constituyeron en la última ideología y nos llevaron al final de la historia. Por eso, yo le comentaba a mi amigo, que Platón no tardaría en ser eliminado de los planes de estudio o edulcorado. De todas formas las restricciones de la enseñanza de la filosofía han sido importantes. Sus temarios son tremendamente tergiversados. Y, además, hoy en día, dos de las asignaturas que imparten los departamentos de filosofía llevan adheridos ese asunto de la ciudadanía. Ética y ciudadanía y Filosofía y ciudadanía. En fin, pura demagogia y pensamiento políticamente correcto. Pero a pesar de tener razón en que el sistema de enseñanza es un vehículo de propaganda del poder, toda enseñanza intenta justificar, por medio del adoctrinamiento, el estado social vigente. Y el nuestro, por mucha democracia que tengamos, que no es tanta, no iba a ser menos, me equivocaba con respecto a Platón. De ninguna manera se va a hacer desaparecer la enseñanza de Platón. Se edulcoran sus críticas a la democracia transmitiendo el adoctrinamiento de ese asunto de la ciudadanía. Pero, en definitiva, se defiende, de forma sublimizar y sin que la ciudadanía se dé cuenta el estado totalitario de Platón. Nuestras sociedades son una réplica del modelo del estado platónico, una vez aceptado lo que ya hemos defendido de que nuestras democracias son sistemas enmascarados de totalitarismo. La vuelta de tuerca que yo quería dar es ésta precisamente. El gobierno de Platón es un gobierno elitista. Se proclama como una aristocracia. El gobierno de los mejores, en tanto que los mejores son los sabios. Los que poseen, como nos dice en la Carta VII, la filosofía verdadera. Pues bien, nuestras democracias, en tanto que oligarquías partitocráticas, son formas de elitismo. En realidad el poder está en manos de una élite, supuestamente los más sabios que son los que gobiernan el mundo y los que generan las ideas que rigen los destinos de la humanidad. Es una élite de “filósofos”, sabios o expertos, como les queramos llamar, que generan el pensamiento que nosotros, la ciudadanía, asume, como el único posible. Por eso los ciudadanos estamos dentro de la caverna, bien contentos y felices. Y en el interior de esa caverna se simula un pensamiento democrático. La apariencia es la democracia, la realidad es el totalitarismo. Pero es que, además, las ideas que genera este poder elitista, en manos de unos pocos apoyados por el poder económico, está poniendo en peligro la civilización humana. Como esta élite que nos gobierna ha generado un pensamiento único en torno al sistema de producción existente, la inmensa mayoría de la ciudadanía lo acepta como obvio. Y, por su parte, los disidentes no tienen credibilidad porque no tienen acceso a los medios de comunicación y cuando llegan sus mensajes son tergiversados. Y, por otro lado, los disidentes no pueden acceder al poder. Y el poder de la élite es el que crea el orden social establecido; que, como hemos dicho, es una farsa. Me pregunto para terminar, ¿quién gobierna realmente, el presidente de los EEUU. o los lobbies con diferentes intereses económicos? La respuesta es clara, y el escepticismo y el pesimismo son asoladores. Igual que Platón intentaba que los gobernantes educasen al pueblo, al que se le considera menor de edad y debe ser dirigido, por medio de cierta literatura y cierto arte, de la misma manera ocurre en nuestras sociedades pseudodemocráticas. Los valores son transmitidos por los medios de comunicación y por la educación y ambos instrumentos están en manos del poder, de esta élite de expertos salvadores del mundo. Mi pregunta es si es posible un oden democrático, dado que el hombre es un ser tribal. Preferimos obedecer y permanecer tranquilos. Es lo de la paradoja de la libertad de Hume a la que ya hemos aludido.

 

 

                                   27 de enero de 2010

 

En torno a la sociabilidad humana y el pesimismo activista de Riechmann.

 

            Parto de la idea de que el hombre es sociable por naturaleza. Y me remito a lo estrictamente biológico, somos animales sociales igual que los monos y el resto de los simios que son nuestra familia más cercana. Ahora bien, hay muchas formas de entender la sociabilidad humana, por un lado, y, por otro, se ha intentado negar la sociabilidad humana y acentuar su carácter egoísta, para defender la ideología que subyace al capitalismo. Nos encontramos dos extremos. Por un lado tendríamos a Hobbes que defiende que el hombre es un lobo para el hombre y el carácter natural del egoísmo humano. Su contrato social sería la manera de, por medio de un poder absoluto, garantizar la sociabilidad del hombre y evitar la autodestrucción. Por otro lado, tenemos a Rousseau que defiende que el hombre es bueno por naturaleza, pero que la sociedad lo pervierte. La verdad es que, después de Freud, la teoría de la evolución, junto con la etología, me parece que la razón queda más de parte del primero que del segundo. Ahora bien, esto no implica que la derecha y el pensamiento económico vigente quieran encontrar un fundamento científico de su ideología capitalista. En primer lugar se equivocan, porque la sociabilidad del hombre es un hecho evolutivo y porque su idea de organización capitalista del mundo, la nueva economía, no es ciencia, sino ideología. Así que intentar apoyar esa ideología en una pretendida antropología es un error. A la ideología capitalista del crecimiento ilimitado le interesa defender la idea de que el hombre no es un ser social, que es un ser egoísta por naturaleza y que su forma natural de existencia es la competencia. La competencia, con su apoyo en el principio de la avidez natural, el egoísmo, es el fundamento sobre el que se apoyan las relaciones sociales. La sociabilidad humana estaría pues basada en la competencia y ésta vendría apoyada en el carácter egoísta del hombre. Y lo que se intenta justificar por medio de este pensamiento es que la forma de organizarse socialmente que se corresponde con nuestra propia naturaleza es el liberalismo económico. Todas las reglas se reducen a la libertad del mercado o la libre competencia y esto dará lugar a la autorregulación de la sociedad. Pues bien, esto es absolutamente falso. Ya hemos demostrado aquí que la economía de hoy en día se apoya en presupuestos epistemológicos erróneos y en un desajuste con el propio planeta tierra. La economía se apoya en una serie de ideas filosóficas erróneas. No es posible el crecimiento ilimitado en un planeta finito. La economía tiene que incorporar en su propia estructura teórica la entropía, que rige para todas las ciencias. La economía tiene que olvidar la ideología positivista según la cual, la ciencia es neutral. No, la ciencia está cargada de valores, y mucho más las ciencias sociales. El modelo que ha seguido la economía es el de la física, debe seguir el de la biología y la historia. Por otro lado, la economía no debe olvidar su origen como parte de la ciencia o filosofía moral. El principio es el hombre y el objetivo es el hombre. La matematización de la economía, la macroeconomía, ha intentado encubrir toda esta ideología. Refundar la economía es revisar todo esto. Pero en este caso nos toca hablar solo del aspecto antropológico.

 

            Como decía, la ideología capitalista intenta buscar una antropología que sirva como fundamento de su forma de entender la realidad social. Pero como he dicho su antropología, la del egoísmo y la competencia es una falsificación de las teorías biológicas y etológicas. Mi tesis es que no hay que elegir entre Hobbes y Rousseau, sino que la opción es Kant. Kant abre un camino en antropología (ética y filosofía política), igual que lo hace en la teoría del conocimiento que después la ciencia se encargará de rellenar con contenidos empíricos y sus teorías derivadas. En el caso de la antropología Kant nos dice que el hombre es un ser sociablemente insociable. Es decir, que en nuestra naturaleza está la sociabilidad y la insociabilidad. Y también Kant es un realista político cuando nos dice que no es mucho lo que se puede hacer con el fuste torcido de la humanidad. Es decir, nos quita de la cabeza el pensamiento utópico y los ideales de emancipación de la humanidad, así como esa supuesta bondad originaria del hombre, que si fuese cierta, la historia del hombre no habría sido la historia de barbarie que ha sido. Esto es como el problema del mal en la teodicea. Si dios es infinitamente bueno cómo es posible que exista el mal en el mundo. Pues lo mismo, si el hombre es bueno cómo ha producido esta sociedad y la historia que le precede. De ahí que Rousseau se invente esa historia de la desigualdad entre los hombres. Realmente la desigualdad entre los hombres existe porque el hombre es un ser que por naturaleza es desigual. Somos tribales y gregarios. En tanto que tribales aceptamos y luchamos por una jerarquía. En tanto que gregarios necesitamos de los otros para poder vivir. Nuestra vida se realiza y es posible en convivencia y cooperación. Y es aquí donde reside la crítica. Nuestra existencia es imposible sin la cooperación. En los mecanismos evolutivos no sólo existe la competencia, sino la simbiosis y la cooperación, como demostró Margulis, entre otras cosas, para demostrar el origen de las mitocondrias. Así que los economistas tergiversan la teoría de la evolución. Quizás lo que hagan es echar mano de la famosa teoría el gen egoísta de Dawkins. Yo soy defensor crítico de esta teoría, pero no veo la relación directa con la fundamentación antropológica del capitalismo a través de la competencia. La teoría del gen egoísta es una reducción de la evolución a la genética. En realidad los que evolucionan son los genes, y los individuos y grupos son las máquinas de supervivencia que estos utilizan para replicarse. Hasta ahí de acuerdo. Ahora bien, hay que explicar el fenómeno de la simbiosis y esto no se puede explicar desde el puro egoísmo que llevaría al organismo a la muerte, como ocurre en el fenómeno del parasitismo. Aquí, cuando muere el huésped, muere el parásito. La etología, para explicar los fenómenos de simbiosis y colaboración y altruismo ha echado mano de un concepto nuevo, el de altruismo recíproco. Hoy por ti, mañana por mi. No es posible la evolución sin la simbiosis, así que los genes han tenido que inventar el mecanismo de la cooperación para sobrevivir. Y en los animales altamente sociales como los primates y el hombre este altruismo garantiza la supervivencia de la especie, así como la de los genes. Porque si no sobrevive el grupo no sobreviven los genes. Por eso existe una línea de continuidad, como demuestra el etólogo y primatólogo Frans del Vaals entre los primates y el hombre. En los primeros observamos conductas altruistas que garantizan la supervivencia, en última instancia, del grupo. Pero este altruismo no es absolutamente desinteresado, es egoísta, en el sentido de que aporta un beneficio al individuo y al grupo. Y esto nos lleva a pensar que el origen del comportamiento moral del hombre se encuentra en este concepto etológico del altruismo recíproco, y que existe una línea de continuidad entre el animal y el hombre. Y también esto nos lleva a pensar que el valor de la cooperación ha sido en la historia natural del hombre, y lo sigue siendo, indispensable para la supervivencia. Lo contrario, la idea del egoísmo y la competencia, nos lleva al exterminio. Y estamos, precisamente, a costa de esta ideología, en un momento crítico. Debemos recuperar el concepto de cooperación para la economía. Debemos recuperar la ética para la política y que esta última gobierne a la economía, y no a la inversa. En definitiva, debemos humanizar la economía.

 

            Y esto me lleva a mi última reflexión a raíz de la lectura de la última obra de Riechmann sobre el problema ecológico, La habitación de Pascal. Su actitud es la del pesimista activista. Todo está en contra, pero hay que seguir luchando. Creo que hemos topado ya con los límites del crecimiento, que estamos viviendo a costa de los intereses, pero ya no por mucho tiempo. Participo de ese pesimismo de Riechmann, en tanto que participo de la idea kantiana del fuste torcido de la humanidad. Pero lo último que nos queda es la esperanza. Una esperanza limitada, por su puesto, que no alimenta ningún tipo de ideología emancipatoria de la humanidad. Esperanza que sólo alberga el hecho de que el hombre sea capaz de entender que vive en un planeta finito y que la felicidad no está en el crecimiento económico ilimitado alimentado por el consumo desenfrenado. Que la felicidad está en el ser, no en el tener. Pero, ¿seremos capaces de hacer entender esto a los poderosos?, ¿el desarrollo tecnocientífico nos traerá soluciones, por su puesto que nunca mágicas, como sugieren los transhumanistas, o aumentará nuestros problemas? ¿Y si el final está ya en marcha, que ya no hay vuelta atrás como sugiere Lovelock, el creador de la teoría Gaia? Todavía nos quedaría luchar porque los que queden, quinientos millones, mil millones, salvaguarden el legado ético, científico y artístico de la humanidad. Nos queda luchar contra el fanatismo y la barbarie. Pero creo que el peor enemigo es la propia naturaleza humana, nuestra pereza y cobardía es la que ha permitido que una élite instruida y poderosa económicamente se haya hecho con el poder y controle el pensamiento y la acción de los ciudadanos. Hay que estar ahí, al menos denunciando y desenmascarando. No hay que descartar fenómenos accidentales que puedan ser un golpe de suerte para la humanidad. Lo que sí está claro es que nuestro modo de vida es algo que se acaba. Hay  que ir poniendo las bases del decrecimiento.

 

TRIBUNA: FERNANDO SAVATER

Dos cabalgan juntos

FERNANDO SAVATER 23/01/2010

Suele decirse, es casi un lugar común, que los grandes escritores padecen un purgatorio más o menos largo de indiferencia tras su muerte. Algunos salen de él fortalecidos y eternos, otros permanecen incurablemente en el olvido. Pero Albert Camus representa una notable excepción a esta regla: a 50 años de su muerte temprana en un accidente de carretera, su figura intelectual ha aumentado sin cesar de tamaño y es hoy más prestigiosa que nunca.

Aún más sorprendente resulta la casi total unanimidad encomiástica que le rodea. Las polémicas y críticas acerbas que acompañaron la mayor parte de su vida creadora parecen haber desembocado hoy en un plácido estuario de reconocimiento sin fisuras. Resulta casi inevitable preguntarse si tanta aceptación no encierra un malentendido (el propio Camus dijo que el éxito suele implicarlo) o incluso una forma de olvido más soterrada y por tanto más difícilmente remediable.

Desde luego, abundan los motivos para recordar hoy a Camus con especial aprecio y simpatía. Para empezar, los acontecimientos históricos han venido a demostrar que en asuntos esenciales tenía razón: sobre todo en su denuncia del totalitarismo estalinista. Pocos años después de su muerte, Jruschov comenzó pudorosamente a desvelar la realidad atroz de la Rusia soviética, que los más furibundos detractores de Camus se negaban a admitir. A partir de ese momento -y sobre todo desde la caída del muro de Berlín- el comunismo realmente existente perdió casi todos sus abogados intelectuales y ha revelado sin paliativos su fracaso político y su desastre moral. La denuncia de Camus, que en su día fue malinterpretada o denostada, se ha convertido hoy en un tópico que casi todo el mundo suscribe sin rodeos.

Aún más. El lenguaje teológico puesto al servicio del exterminio de seres humanos era uno de los temas fundamentales estudiados en El hombre rebelde. Camus comprendió bien hasta que punto la búsqueda del absoluto puede convertirse en justificación para pisotear los derechos humanos más elementales. Cuando publicó su célebre ensayo, la invocación inquisitorial de motivaciones religiosas para persecuciones y matanzas parecía algo del pasado, pero medio siglo más tarde ha vuelto a ponerse de trágica actualidad.

Entonces se pensaba que las ideologías políticas (nacionalismo, nazismo, bolchevismo, etcétera) habían venido a sustituir al furor teológico de las religiones, pero hoy vemos que -tras la decadencia de esas ideologías digamos "laicas"- son de nuevo las coartadas religiosas las que regresan para legitimar atentados mortíferos, matanzas tribales, deportaciones masivas o bombardeos preventivos.

La denuncia de Camus en su día sonaba a algunos como una concesión al "idealismo" o al "espiritualismo" que desconoce las motivaciones socioeconómicas: resulta hoy una precursora señal de alarma.

Esta denuncia del totalitarismo y del terrorismo, que se adelanta a los acontecimientos venideros, ha conseguido hoy aplauso general para Albert Camus, entre los conservadores de derechas y también entre muchos izquierdistas arrepentidos. Pero este aprecio póstumo puede ocultar, como decíamos, un cierto malentendido y hasta un olvido selectivo de una parte importante del pensamiento político y moral de Albert Camus. Porque en su obra no hay un rechazo global sino más bien una exigencia ética de la rebelión: "Yo me rebelo, luego nosotros somos". Decir "no" y rebelarse contra la injusticia y la desigualdad social ("la sociedad del dinero y de la explotación no se ha encargado nunca, que yo sepa, de hacer reinar la libertad y la justicia"), contra la opresión colonial de los países más desfavorecidos, contra la pena de muerte, contra la utilización de armas atómicas... Todo eso también formó parte central de sus manifestaciones políticas. Albert Camus fue crítico con la revolución que entroniza el terror y la violencia como dioses justicieros, confundiendo la depuración con el camino de la pureza, pero no fue un conformista ni un cínico que acepta sin más -en nombre del orden sacrosanto- los peores manejos de la razón de Estado. Fue moralmente exigente con la rebeldía (sostuvo que en política deben ser los medios quienes justifiquen el fin y no al revés), pero sin duda fue también un rebelde: "La rebelión no es en sí misma un elemento de civilización. Pero es previa a toda civilización".

Probablemente el intelectual del siglo XX con quien más tiene en común Albert Camus, hasta la coincidencia casi desconcertante, es George Orwell. Y no sólo por similitudes biográficas, como que ambos fueron tuberculosos, ambos murieron (aunque por causas distintas) a los 47 años, ambos tuvieron una preocupación especial por la guerra civil de España y su tragedia posterior y ambos padecieron la maledicencia calumniosa de muchos colegas comprometidos con el disimulo o la minimización de la realidad totalitaria comunista. Hay además otras concordancias esenciales. Una de las principales es la importancia concedida al lenguaje y a la sinceridad que lo emplea en busca, ante todo, de la verdad.

Orwell denunció: "El lenguaje político -y con variaciones esto es válido para todos los partidos políticos, desde los conservadores a los anarquistas- es empleado para que las mentiras parezcan verdaderas y el crimen respetable, y para dar apariencia de solidez a lo que es puro humo". Y concluyó: "El gran enemigo del lenguaje claro es la insinceridad".

Por su parte, Camus señaló: "He escuchado tantos razonamientos que han estado a punto de hacerme dar vueltas la cabeza, y que han hecho dar a otros vueltas la cabeza hasta hacerles consentir en el asesinato, que he llegado a comprender que toda la desdicha de los hombres proviene de que no tienen un lenguaje claro. He tomado entonces el partido de hablar y actuar claramente para volver a ponerme en el buen camino. Por consiguiente digo que hay las atrocidades y víctimas, y nada más" (La peste).

Tanto uno como otro fueron explícitamente contrarios al culto del músculo y la fuerza como garantía de eficacia para resolver los conflictos, aunque Camus simpatizó más con el pacifismo y las doctrinas gandhianas de la no violencia (para Orwell "el pacifismo es más una curiosidad psicológica que un movimiento político").

Y ambos criticaron el nacionalismo: Camus escribió a su imaginario amigo alemán que él "amaba demasiado a su país para ser nacionalista" y Orwell unas perspicaces y siempre actuales Notas sobre el nacionalismo en las que dejó caer esta observación de largo alcance: "Todo nacionalista está obsesionado por la creencia de que el pasado puede ser alterado".

Pero cada uno de ellos se interesó a su modo por el patriotismo, entendido como ciudadanía compartida y no como etnia de pertenencia.

Orwell se asombraba en 1940 (probablemente pensando en el grupo de Bloomsbury o gente parecida) de que Inglaterra fuese "el único gran país cuyos intelectuales se avergüenzan de su propia nacionalidad" y deseaba para el futuro que "el patriotismo y la inteligencia volviesen a ir juntos de nuevo".

Por su parte Camus, en el prefacio a sus Crónicas argelinas, en las que expuso una postura que desagradaba a casi todos, dice: "Desde la derecha se ha emprendido, en nombre del honor francés, lo que era más contrario a tal honor. Desde la izquierda, frecuentemente y en nombre de la justicia, se ha excusado lo que era un insulto a toda verdadera justicia. La derecha ha cedido así la exclusiva del reflejo moral a la izquierda, la cual le ha cedido a su vez la exclusiva del reflejo patriótico. El país ha sufrido dos veces".

Tuviesen o no razón en sus opiniones y actitudes políticas, tanto Camus como Orwell fueron librepensadores. Es decir, sostuvieron principios y argumentos, no partidos. Rechazaron algo muy frecuente, el escándalo selectivo, las condenas que siempre barren para casa y silencian lo que perjudica a nuestro convento. Cincuenta años después, reciben incienso de los mismos que hoy excomulgan a quienes se comportan como ellos: la hipocresía es el tardío homenaje que el sectarismo rinde a quienes han dejado de ser molestos. ¿Victoria póstuma o dulce derrota definitiva?