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Filosofía desde la trinchera

Héroes

Pedro está en 2º de Bachillerato de Humanidades y, según él, acaba de escribir un poema en el que ajusta cuentas con Dios. El otro día, en clase de Literatura Universal, mientras yo explicaba el mito de Frankenstein, vi cómo cogía notas, no en el cuaderno de la asignatura, sino en una pequeña libreta que guarda, supongo, para los momentos de inspiración. Que más de una vez lo haya sorprendido ausente o enfrascado en la escritura poética no me desagrada. Su expediente académico es bueno. La cosa no es preocupante. Sé que por fin ha conseguido trazar un secreto puente entre las materias que cursa y su propio aprendizaje sentimental. En él la instrucción está influyendo -y de qué manera- en su educación.

Adela es compañera de Pedro y es una periodista nata. Cuando hace dos años empezamos a trabajar el género opinativo con el fin de crear una revista mural, ella fue una de las que más duramente se empleó. Un artículo de opinión de no más de trescientas palabras suele ser una empresa harto difícil, pero mucho más si quien la emprende es un alumno de Secundaria acostumbrado, desde pequeño, a esa gran falacia de la redacción libre, a la espontaneidad, a la anarquía y a la inconcreción más absolutas. La propuesta no tardó en atraer la atención de Adela. En todos sus gestos de frustración que yo advertía cuando corregía y desechaba sus primeros textos, descubrí, desde el primer instante, cierto destello de verdad, algo parecido a una voluntad muy superior a lo que normalmente solemos esperar de los alumnos de la LOE. No hubo motivación por mi parte, ni siquiera la clásica promesa de un premio. La constancia en el trabajo y esa misteriosa disciplina que a algunos procura la frustración han sido los únicos coadyuvantes en la metamorfosis de Adela. Desde entonces, obligada por ella misma, ha emprendido a solas caminos hacia los que la mayoría de maestros y profesores tratamos de empujar inútilmente a nuestros alumnos.

Félix está en el último año del Bachillerato tecnológico. Su currículo, desde 1º de ESO, es impresionante. Todas sus notas se cuentan por sobresalientes y matrículas de honor. Hace unos años sus profesores y el Departamento de Orientación le hicieron un seguimiento especial. Félix no salía de casa. Félix apenas poseía vida social. Félix estudiaba a todas horas. Félix era, así pues, un joven extraño y debía tener, por narices, algún problema. Desconozco los detalles del asunto, pero, al final, Félix se ha revelado, sencillamente, como un alumno brillante. Tal vez no estemos preparados para la excelencia. Tal vez la excelencia nos dé miedo, del mismo modo que tememos perdernos en una ciudad desconocida o recorrer una calle oscura. Lo cierto es que ahora Félix está llamado a hacer alguna Ingeniería Superior. Aunque él confiesa que lo que le gusta es la Filosofía. Como siempre, esto tampoco le ha creado un conflicto. Ya tiene casi decidido que estudiará las dos carreras.

Últimamente, cuando pienso en estos alumnos, no puedo evitar el recuerdo de mis años de instituto. ¿Era como ellos? ¿Poseía el mismo vigor, la misma fuerza de voluntad? ¿Era tan hermosamente decidido? No lo creo. En comparación con ellos, mi generación ha ido siempre a remolque de la realidad. Ellos, sin embargo, han tenido que despertar del sueño de los últimos planes educativos sin la ayuda de nadie. ¿Qué hubiera sido de mí en esta Secundaria para todos? ¿Cómo habría reaccionado al ver que mi esfuerzo era recompensado de la misma manera que la holgazanería de los demás? ¿Habría alcanzado esa impresionante capacidad de abstracción? Sin el temor a la repetición de curso, sin la presencia de unas materias exigentes, ¿podría haber encontrado el camino? Observándolos, uno se da cuenta de la grandísima mentira que hemos ido construyendo. Pero ellos, milagrosamente, han conseguido despojarse de la impostura de la igualdad y ahora están preparados para darnos unas cuantas lecciones a todos. Al tiempo que la pedagogía discute sobre el sexo de los ángeles, mientras las autoridades continúan perdidas en el laberinto de sus palos de ciego, mientras los docentes callamos y asentimos, ellos son capaces de ver las cosas muchísimo más claras. Y su criterio, en este sentido, es indiscutible. Pregúntenle ustedes, si tienen ocasión, qué opinan de la Diversificación, de los criterios de promoción y titulación en la ESO, del nuevo Bachillerato, de asignaturas como Ciencias para el Mundo Contemporáneo, de la Selectividad o de Bolonia. Pero, sobre todo, pregúntenle cómo desean ser instruidos. Observen la mueca de desagrado que se dibuja en sus rostros cuando cualquier tonsurado propagador de la nueva fe, cuando cualquier Kittin del tres al cuarto entra en el aula pretendiendo cambiar el mundo. Adviertan que ellos, los más sabios entre los sabios, son los que siempre guardan silencio, los únicos que no gritan: ¡Oh, Capitán, mi Capitán!

Y, no obstante, ni ustedes ni yo lo podemos evitar. Marcados a fuego por no sé qué designio del hado, hace muchos años que nadie habla de ellos. Y la verdad es que, cuando nos lo proponemos, observamos que resulta muy difícil decir algo mínimamente definitivo, aproximarnos siquiera con una pizca de rigor a describir cómo viven, o sobreviven, en este gigantesco reino de la mentira en que se ha convertido cualquier centro de enseñanza hispanistaní. Aunque parezca increíble siempre han estado con nosotros. Son la otra parte de las encuestas, la página en blanco de cualquier informe, ese silencio, esa pausa infinita en la perorata del experto. Son el nombre omitido, la presencia invisible, la nota a pie de página y la regla de la excepción.

Son los auténticos héroes de esta historia universal de la infamia educativa y hoy quiero hacerles un homenaje.

 

21 de enero de 2010

 

            Nihilismo y fascismo en el siglo XXI. Reflexiones a propósito del libro de Jorge Riechmann La habitación de Pascal

 

            Ya hemos descrito en algunas ocasiones que la situación en la que nos estamos adentrando por diversos motivos que hemos analizados y que volveremos a señalar es la del nihilismo. El hombre, la humanidad ha perdido el norte, el sentido. Vive ensimismada en sus propios placeres y preocupaciones, sin ser capaz de mirar al otro y sin ser capaz, por tanto, de trascenderse y pensar en términos de humanidad y globalidad. El problema es que este nihilismo, este vacío, es el caldo de cultivo perfecto para la aparición de los fascismos o, al menos, los totalitarismos. Es más, si nuestras democracias son, en parte, totalitarismos encubiertos es debido precisamente a este nihilismo de la civilización occidental. Y como hemos dicho muchas veces hemos de aprender de la historia. Esta situación, similar, se nos presentó en el primer tercio del siglo XX y a ello le sucedió la segunda guerra mundial con la emergencia de los diferentes totalitarismos. La cosa es para pensarla, máxime, cuando nuestra situación es más crítica, puesto que nos estamos enfrentando a una crisis ecosocial Terminal, en la que los recursos energéticos se agotan y pueden desatarse tremendas guerras por su control.

 

            En primer lugar hay que vigilar el discurso tecnolatra. Esto es, aquellos que nos vienen a decir que la tecnología resolverá todos los problemas. Estos señores creen en el imperativo tecnológico asociado a la idea optimista del progreso imparable de la humanidad. Y relacionan causalmente el progreso tecnocientífico con el progreso humano. Ya hemos rebatido y refutado estas opiniones en este escrito. La visión del imperativo categórico es una visión determinista de la historia que deja sin lugar a la libertad humana. Por tanto, es una instrumentalización del hombre por medio de la técnica. En definitiva, éste es un discurso interesado, es ideología. Lo que se pretende es anular al hombre para poder controlarlo. Engañarlo con la tecnología. Por otro lado, este discurso se apoya en la creencia ciega en la idea del progreso. Pero, como ya hemos dicho, la idea de progreso es una secularización de la concepción cristiana de la historia como historia de la salvación del hombre. En definitiva, un mito. El progreso no está garantizado, ni viene determinado, sólo, por el desarrollo industrial y tecnicocientífico. Esta ideología vuelve a instrumentalizar al hombre. Y esta instrumentalización es una anulación de la dignidad humana. Y, por eso de aquí se sigue una actitud nihilista. Si todo está determinado, si todo está en manos de la economía y el desarrollo tecnocientífico, poco podemos hacer, sino dejarnos llevar. Pero claro, este discurso es un engaño y un autoengaño. Es un engaño porque el progreso económico no puede ser ilimitado en un planeta limitado. Se nos está engañando por parte del poder. Es necesario un cambio en el sistema de producción. Es imprescindible eliminar la idea capitalista del crecimiento ilimitado, puesto que ya hemos chocado con los límites del planeta. El crecimiento depende de los recursos energéticos y estos son limitados. No podemos seguir creciendo porque los recursos se agotan. Y esta situación, en nombre del mantenimiento de nuestro estado de sociedad de consumo, nos puede llevar a guerras insospechadas en las que se extermine a gran parte de la humanidad. Pero en nombre de la seguridad se pueden abolir las garantías democráticas como, por otra parte, ya se viene haciendo, y el nihilismo de los ciudadanos acepta. El peligro de la emergencia de un totalitarismo es grande puesto que estamos llegando al límite. Ya lo estamos viendo en las políticas de inmigración en Europa y los EEUU. Son pequeños pasos que nos pueden llevar a un final tremendo. La lucha por los recursos que mantengan a las civilizaciones que se agotan ha sido una constante en la historia. Y de esta lucha por la supervivencia ha surgido el exterminio del otro, del diferente, del pobre, del inmigrante, del de otra religión. Todo esto han sido las ideologías en las que nos hemos basado para exterminarlos. Los colapsos civilizatorios, que siempre han sido por razones ecológicas, agotamiento de recurso, han generado genocidio y exterminio. Pero la situación es más grave en nuestro sistema globalizado. Nuestra crisis civilizatoria es una crisis global. Estamos en un mundo lleno en el que no cabemos todos si queremos llevar el nivel de vida de los países desarrollados. Por tanto, la lucha puede ser general. Y, si a esto le añadimos los efectos del cambio climático, entonces la civilización humana, como la conocemos, no llegará a final de siglo. Por otro lado, decía que nos autoengañamos. Nos creemos, debido a nuestra vida cómoda en la que nuestros deseos son satisfechos y no somos conscientes de la energía necesaria para mantenerlos, que esto durará siempre. Y aceptamos casi inconscientemente el discurso tecnófilo. El dios de la tecnología remediará los problemas. Esto es un error. Mi tesis es que el desarrollo económico y tecnocientífico debe estar regulado por la ética. Y ésta debe estar dirigida por los políticos. Ésta es la situación actual. Si no la aceptamos vamos encaminados a los totalitarismos y al caos civilizatorio. Debemos salir de nuestro nihilismo y recuperar el discurso ético de la ilustración. Recuperar la dignidad humana. Los principios universales de la ética. Los derechos humanos y las garantías democráticas deben ser la guía de la globalización. Y a esto hay que añadir el abandono de la ideología del crecimiento ilimitado, porque el crecimiento, simplemente, mata. Hay que optar por un cambio de paradigma y pasar a una política económica de decrecimiento que debe apoyarse en una ética de los límites humanos y de la autocontención. Una ética, no antropocéntrica, sino ecocéntrica. Todos somos miembros de la biosfera y no podemos sobrevivir sin ella. Hemos de encontrar el equilibrio y nuestro límite. Esto no significa un abandono de la tecnociencia, sino que ésta viene regulada por la política y no por la economía. Y, a su vez, la política se rige por principios éticos universales. Ésta es la cuestión.

 

            También el nihilismo de nuestra civilización occidental encuentra su apoyo en la actitud de los ciudadanos con respecto a la democracia. El desencanto es generalizado. Las democracias se han convertido en sistemas partitocráticos oligárquicos, en los que el ciudadano tiene, poco o nada, que decir. El sistema alimenta a los ciudadanos con caprichos, pone en marcha la máquina del deseo y así fomenta el consumo para automantenerse y, de paso, anular la capacidad crítica del ciudadano. El ciudadano deja de ser tal y se convierte en un servidor del sistema. Sin conciencia de que está cavando su propia sepultura. El engaño del poder es hacerle creer que vive en una sociedad libre, cuando realmente obedece sumiso al sistema y, encima, alegremente. De esta forma los ciudadanos pierden conciencia de clase y por tanto capacidad de acción. Este ciudadano sólo es capaz de mirar para sí mismo. Luego, por su parte, el poder se encarga de fomentar el miedo, que es la mejor emoción –utilizado por todos los sistemas totalitarios y las religiones- para controlar al posible disidente. Y ésta es la situación de nihilismo en la que nos encontramos. El hombre vive el instante, despreocupado del otro y del futuro. Vive con miedo de perder lo que tiene. Y esta situación nihilista es la que hace que las democracias se conviertan en formas de gobierno totalitario. Todo esto nos hace pensar que la amenaza de totalitarismos en el siglo XXI son más que posibles. Como digo, el progreso de la humanidad no es algo inevitable. Regresiones en la historia ha habido muchas. La existencia de las democracias y de los derechos humanos no garantizan su perpetuidad. La democracia y los derechos humanos son una tarea, están siempre en construcción. La actitud nihilista, el nihilismo posmoderno de occidente, provocado interesadamente por el poder, puede ser el inicio del fin de esas dos conquistas éticas de la humanidad. Por eso digo, que el proyecto de la ilustración es un proyecto inacabado. La tarea de la ilustración es la de la liberación del hombre de la ignorancia y el engaño. Y esto lo hará libre. Desde la ilustración estamos inmersos en un gran proyecto ético vehiculado por las democracias institucionales y los derechos humanos. Con la crisis ecológica hemos dado un paso más. La ética no puede ser antropocéntrica, sino ecocéntrica. Es decir, debemos integrar nuestra praxis en el sistema ecológico. Y, en segundo lugar, nuestra ética debe basarse en el principio de responsabilidad de Jonas, que contempla los efectos de nuestras acciones en las sociedades y generaciones del futuro.

 

                        PRÓLOGO

 

 

            Este trabajo es una investigación filosófica en forma de diario-ensayo con las ventajas e inconvenientes que ello conlleva. Tiene la ventaja de la apertura y la pluralidad de temas abordados y tiene el inconveniente de que no existe un orden argumentativo explícito, sino implícito. Pero el estilo del diario-ensayo abre las puertas a la libertad del pensamiento y a la ocurrencia. Además permite un ejercicio filosófico, que al decir de Ortega es el auténtico del filósofo- la contemplación y reflexión sobre la cotidianidad. El filósofo, a mi modo de ver, tiene dos laboratorios de los que se alimentan su reflexión y de los que surge su actividad creadora como filósofo. Uno es la observación del mundo que nos rodea, intentando ir más allá de la doxa. También siguiendo aquí al filósofo Ortega, considero que la filosofía es paradoxa, ir más allá de la opinión consuetudinaria, la comúnmente aceptada. Y, en este sentido, también la filosofía, siguiendo a Ortega se convierte en un saber radical. No confundir radical con extremista. El radical es el que pretende ir a las raíces de las cosas. Explicar desde la raíz o el fundamento. En esto consiste el quehacer filosófico y lo que pretendo hacer en este trabajo. La filosofía como saber radical es un saber crítico. Y la crítica se hace desde el diálogo. Y éste es la suposición de que el logos, la razón, es lo común. Desde mi punto de vista, y así abordo los temas en este ensayo, la razón no está de parte de nadie. Precisamente lo que trato es de desenmascarar a aquellos que pretenden tener la razón y que la imponen porque se hallan en el poder. Por eso también en este sentido, el trabajo que aquí presento hunde las raíces en el sentido último de la filosofía. El saber filosófico es una tarea desenmascaradota que utiliza, para ello el diálogo racional. Lo que los griegos nos legaron fue el descubrimiento de que la razón es el instrumento de acceso al conocimiento y al acuerdo común para gobernarnos. Por eso los griegos fueron los descubridores del cosmos y de la democracia. Estas dos cosas tienen en común, como intento demostrar en mi ensayo, la razón, el logos, la lucha contra la superstición y el poder arbitrario. De ahí la concepción de la filosofía como lucha contra las apariencias. Pero las apariencias no son neutrales. Lo que intento demostrar en mi escrito es que estas apariencias son un engaño de las distintas formas de poder para mantener a la ciudadanía en estado de vasallaje. La filosofía es ilustración, y eso es lo que pretendo mostrar con mi investigación. De lo que se trata es de que el desvelamiento de las apariencias es una actividad liberadora. La libertad viene por el conocimiento y éste procede del desenmascaramiento de las aparaciencias-engaño.

 

            El otro pilar del laboratorio del filósofo y del que me valgo continuamente en mi trabajo son los libros. Los libros son el soporte para la reflexión filosófica. El filósofo, y eso es lo que yo hago aquí, se alimenta de la lectura interdisciplinar para reflexionar sobre la realidad. Esta lectura le permite adquirir información y conocimientos que lo insertan en la conversación de la humanidad. La humanidad ha mantenido un diálogo desde los griegos para acá a la que la lectura nos permite acceder. No se pueden hacer reflexiones desde la nada, sino desde la tradición del conocimiento. En definitiva, estamos enfrascados en un gran proyecto ético-político y epistemológico que lo encontramos en los libros. La racionalidad ético-política y epistemológica son la base de nuestra tradición. Los libros nos ayudan a conocer esta tradición, adentrarnos en ella y eliminar nuestros prejuicios. Y este diálogo con los libros es el que mantengo en este trabajo a través del cual intento vislumbrar un poco de luz y de cordura, un poco de racionalidad, frente al nihilismo, absurdo y sinsentido del orden social que vivimos. El conocimiento nos ayuda a eliminar nuestros prejuicios. Y la ausencia de prejuicios es lo que caracteriza la mirada del filósofo. Y, como decía antes, mi escrito no sólo tiene una intención epistémico, sino estrictamente ético-política; es decir, práctica. Al desvelar las mentiras de las apariencias lo que yo persigo es la acción. Aquí sigo al filósofo Unamuno. La filosofía es una visión general del mundo y de la vida que genera un sentimiento, una actitud y esa actitud una acción. El fin último de la filosofía o el pensamiento crítico, y eso pretendo mostrar aquí, es eminentemente práctico. El pensamiento tiene que tener como objetivo la transformación del mundo. El pensamiento no es sólo contemplación, sino praxis. Además, siempre he estado convencido de que las ideas tienen consecuencias. Y esto plantea un doble problema que analizo en mi trabajo. Si no somos conscientes de las ideas, éstas siempre se pueden volver contra nosotros porque se transforman en ideologías y prejuicios. Y estos son utilizados como mecanismos de control del pensamiento y las creencias por parte del poder. Y, en segundo lugar, como sabemos que las ideas tienen consecuencias hay que analizarlas para eliminar aquellas que puedan ser peligrosas para las conquistas ético-políticas de la humanidad, básicamente las democracias y los derechos humanos en los que se fundan las sociedades plurales, libres y abiertas. Por otro lado, hay que construir las ideas que pueden adecuarse a este gran proyecto ético de la humanidad que considero que es el proyecto inacabado de la ilustración. Por eso en mi escrito lucho contra cualquier forma de relativismo ramplón en el que todo vale, la demagogia, la sociedad del consumo, el individualismo… de lo que se trata es de recuperar ese relato de la humanidad, pero sin absolutismos, una vez aprendida la lección de los totalitarismos del siglo XX. Pero esto me llevará en mi escrito también a denunciar las posibles formas encubiertas de totalitarismos del siglo XXI, frente a las que conviene estar en guardia si queremos la democracia, que es la sede de los valores de igualdad, justicia y libertad.

 

            Por todo ello, mi escrito es fundamentalmente una reflexión y una crítica radical –en el sentido dicho anteriormente, no extremista (eso sería dogmatismo y fanatismo, todo lo contrario)- del poder. Más bien de las diversas formas de poder. De lo que se trata es de desenmascarar los mecanismos del poder por los cuáles éste pretende dominar a la ciudadanía y convertirla en objeto. Si la conquista de la ilustración fue, desde el punto de vista moral, que el hombre es un fin en sí mismo. Entonces, toda forma de poder que instrumentalice al hombre es una forma de poder totalitario. Y, como intento demostrar, esto ocurre, a veces, en los sistemas democráticos. Porque como también se explica en estas reflexiones, la democracia no es una forma de gobierno dada de una vez, sino que es una forma de gobierno en construcción. Esto, por un lado, lo cual significa que la democracia es siempre perfectible. Pero, además, la democracia, es un marco institucional de exigencia ética para los ciudadanos. Por ello, la crítica al poder lleva aparejado la revitalización de la democracia en el sentido de recuperar la idea de que la democracia es una forma de vida. Por eso en este escrito intento demostrar que la regeneración de la democracia pasa por la conquista de la virtud pública. Y sostengo una tesis importante, de orden filosófico, pero con consecuencias prácticas. No olvidemos lo que mantenemos sobre la praxis en la filosofía. Como digo es necesario recuperar la virtud para regenerar la democracia, es el ideal del republicanismo, no confundir con la democracia participativa o asamblearia, ésta es imposible aunque fuese el ideal ético. (Pero esto se discute también en este escrito). Y para la recuperación de la virtud yo propongo la unión de dos discursos filosóficos, la ética de Aristóteles y la de Kant. El primero hace una reflexión sobre la virtud y la felicidad, el segundo sobre la dignidad, la autonomía y la libertad. Sostengo que nuestras sociedades posmodernas han perdido el mensaje de la virtud, tanto las públicas como las privadas –en ello desde luego, como intento demostrar, participa el poder- y el concepto de libertad como autonomía y dignidad. Intento demostrar, por medio de la crítica a las diferentes formas de poder, que se confunde la libertad con el disfrute hedonista inmediato del consumo, en el que el poder está absolutamente interesado. Y ello, por su parte, conlleva a que la virtud se reduzca al individualismo egoísta, es decir, a la nada. Por eso creo que las sociedades posmodernas son nihilistas, han perdido cualquier mensaje de esperanza. Ahora bien, toda sociedad nihilista, sin valores, ni virtudes, ni dignidad, ensimismada en sí mismo, es caldo de cultivo para la emergencia de los totalitarismos. Por eso intento poner en guardia a los ciudadanos contra estas formas encubiertas de totalitarismos. Pero para ello es necesario una crítica del poder y una regeneración del mismo que llevaría aparejada la revitalización moral de la vida pública.

 

            Y es por estas últimas razones por las que hago un análisis de la educación. En primer lugar intento desenmascarar la educación como un sistema de propaganda y control de las conciencias y, a partir de aquí, propongo una educación basada en la conquista de la virtud y la libertad por medio de lo que antes veníamos a llamar el gran proyecto ético de la humanidad, que no es más que el proyecto inacabado de la ilustración.

TRIBUNA: ABDELHAMID BEYUKI / ESTEBAN IBARRA

Suiza, Italia, Vic: xenofobia institucionalizada

ABDELHAMID BEYUKI / ESTEBAN IBARRA 21/01/2010

Primero fueron a por los sin papeles, pero como yo tenía documentación, guardé silencio; después vinieron a llevarse a los sin techo y no dije nada, porque no duermo en la calle; después vinieron a buscar a los musulmanes, pero yo no tenía esa religión y miré a otro lado; después vinieron por todos los inmigrantes y no protesté porque yo estaba en mi país; finalmente, se llevaron a gays, judíos y demócratas, tampoco reaccioné pues pensé que no era mi problema, y cuando vinieron a buscarme no había nadie que pudiera protestar. Parafraseando al pastor luterano alemán Martin Niemöller y su conocido poema (adjudicado por error a Bertold Brecht), que hacía referencia al avance del odio nazi en la Europa intolerante de los años 30, hoy tres acontecimientos graves anuncian una nueva etapa de tensiones en la Europa del siglo XXI, tres acontecimientos que coinciden y se producen con la crisis económica que azota el mundo, tres acontecimientos que ponen a prueba la capacidad de la Unión Europea de integrar su diversidad étnica, religiosa y cultural, sus inmigrantes, y tres acontecimientos que implican a las instituciones públicas de países democráticos en actos de discriminación y racismo institucional.

Por primera vez en la historia contemporánea de un país europeo como Suiza se lleva a cabo un referéndum sobre símbolos religiosos como son los minaretes musulmanes, un referéndum que acaba por prohibir el ejercicio pleno de unos derechos fundamentales protegidos por la propia Constitución de aquel país y por todos los tratados internacionales en materia de derechos humanos.

Este referéndum no deja de ser un grave atropello a la convivencia y un precedente aplicable a los demás derechos que parecían consolidados en Occidente; tal vez Suiza, Francia o cualquier otro país democrático pueda mañana celebrar un referéndum sobre símbolos cristianos o sinagogas. ¿Y cómo puede reaccionar Europa a un referéndum sobre las Iglesias católicas en Malasia, por no hablar de un país árabe o musulmán? ¿Qué más argumentos necesitan los radicales de Afganistán o de Irak para continuar su guerra contra las libertades que se predican desde Occidente?

Pues bien, semejante barbaridad acaba regalando a los radicales de Al Qaeda argumentos para expandir su terrorismo, además de debilitar a los muchos millones de musulmanes moderados que quieren vivir en paz y seguridad y creen en los valores universales de la democracia y la libertad. Un referéndum con consecuencias, pues no han tardado en manifestarse en otros países muchos movimientos racistas y neonazis, también en España, movilizándose para exigir iniciativas antimusulmanas parecidas, utilizando el mismo lema de la campaña suiza en contra de los minaretes.

No obstante, aún es más grave lo ocurrido en el sur de Italia, cuando la complicidad con la mafia de ciudadanos en Calabria permitió el linchamiento de seres humanos por el hecho de ser inmigrantes y negros, un linchamiento que vino precedido de la aprobación hace un año en ese país de la Ley de Seguridad que convierte en delito la inmigración clandestina, olvidando no sólo la integración sino el control del trabajo sumergido, con el efecto de ayudar a las mafias a esclavizar a los sin papeles.

El Gobierno que permitió las patrullas racistas no parecía enterado de la explotación de 20.000 trabajadores extranjeros y sólo se entera cuando son linchados, no vacilando en justificar los hechos y, para colmo, anunciando dureza contra la inmigración irregular, como si fueran los inmigrantes los autores del crimen y no sus víctimas.

Tan dramáticas han sido las imágenes de Calabria que el Papa de la Iglesia de Roma ha clamado en defensa de los inmigrantes. Y tan pasivos hemos sido todos, como si fuera un hecho aislado y normal, que asusta el silencio colectivo. ¿Es ésta la Europa de los ciudadanos que queremos?

Por último, el Ayuntamiento de Vic en Cataluña se permite burlar la legalidad -con partidos democráticos asumiendo posiciones ultras y xenófobas- al negarse a empadronar a los inmigrantes que no tienen la tarjeta de residencia en vigor, y ello con argumentos claramente discriminatorios y privándoles de derechos tan esenciales como la salud y la educación, al igual que de una posible regularización por arraigo.

El episodio de Vic nos recuerda cómo se fraguaron los sucesos de El Ejido, cómo se calentó la intolerancia de los vecinos de aquel pueblo almeriense con las arengas y medidas del infame ex alcalde Enciso (hoy imputado por corrupción) y cómo acabaron inmortalizados en imágenes vergonzosas de caza al inmigrante.

Algunos advertimos entonces del parecido entre ambas localidades -El Ejido y Vic- y fuimos duramente contestados por la mayoría de los partidos catalanes -incluido el apreciado ex presidente Pujol- . Ahora esperamos que entre todos seamos capaces de reconducir esta locura, que pretende institucionalizar el odio.

 

                        19 de enero de 2010

 

            Respuesta al artículo del 19 de enero de 2010 de Francisco Bustelo en El País.

 

            Me alegra esa actitud optimista que el profesor emérito de historia económica y rector honorífico tiene sobre la humanidad. Pero siento ser más pesimista. Efectivamente que él mantiene que hay un progreso en la historia de la humanidad. Aunque, si bien, este progreso es lento, diferente en cada época, hace zigzas, e, incluso, retrocede. Pero en el fondo hay progreso. Por su puesto que estoy en ello de acuerdo con él. Pero lo que creo es que de su artículo se desprende una idea de progreso infundada, y que además se enlaza o relaciona con el progreso económico. Y éste, a su vez, con el crecimiento. Y aquí ya no estamos, de ninguna manera, de acuerdo. El progreso económico al relacionarse con la idea de crecimiento ilimitado es erróneo. Ya estamos viviendo de los intereses. Y son falso los datos que nos da. Hoy en día hay más pobreza, absoluta y relativa. Y el modelo de crecimiento de la humanidad, tomando como ejemplo los países desarrollados es insostenible e inviable para la humanidad. Hay un límite al crecimiento que Bustelo no contempla. Hoy en día, quizás crecer, sea decrecer. Es necesario otro modelo de vida, otro paradigma, que no es el economicista, sino el ético. Por su puesto que los avances científicos y técnicos ayudan. Pero no se puede caer en el mito de Proteo. El progreso científico-técnico, no tiene nada que ver, ni asegura, el progreso ético político. Pensar esto es vivir en un  engaño. Estamos siendo engañados intencionadamente. La crisis de la que se nos dice que estamos saliendo es una crisis Terminal. Hemos tropezado con los límites. La tecnología no es la solución, sino la ética. Decir que hemos salido de la crisis y seguir manteniendo el mismo modelo de crecimiento es, simplemente, engañar a la humanidad. Son necesarios modelos alternativos de organización socioeconómica. Y la política aquí juega un papel importante. Pero los políticos están bailando al son del poder económico. Sacan a los grandes de la crisis, nos hablan de refundación del capitalismo, pero cuando se ve un breve despunte de la economía vuelven a caer en el discurso del pensamiento único. No podemos creer a estos señores. Es necesario una revitalizacion de la vida política para volver a recuperar la ejemplaridad pública, la virtud. La clase política, en última instancia fruto del voto de los ciudadanos, por esto debemos de ser conscientes de nuestra responsabilidad, está corrupta. No tienen ni ideas ni ideologías, luchan por el poder. No hay diferencias en su pensamiento de fondo. Esto unido a la corrupción hace que la ciudadanía se desencante. Es mucho lo que hay que regenerar. Yo también tengo esperanza en el progreso. Hemos pasado de sociedades esclavista a estados de derechos, muy imperfectos, eso sí, pero preferibles a lo anterior. Pero no creo en el progreso, eso es un mito. Tengo esperanza en que la humanidad encuentre la salida al callejón en el que nos encontramos acorralados. Pero es necesario un cambio radical. Decir que vamos por el buen camino, manteniendo la ideología del economicismo es un engaño, una farsa. Los plazos son cada vez menores. El problema no es un problema de medioambiente. Es un problema social y humano. Es el problema de la supervivencia del hombre. Nuevas teoría, que ya existen, nuevas ideas y nuevas actitudes. Y, sobre todo, regeneración de la clase política.

 

 

                        18 de enero de 2010

 

            Estimado Alberto tienes mucha razón en lo que dices. Realmente existen brechas en este sistema totalitario en el que vivimos que se hace pasar por democracia. Una de las brechas la ha abierto ejemplarmente la plataforma ciudadana de Villafranca y la agrupación de electores. Para empezar han sido capaz de paralizar un proyecto absurdo y sinsentido, salvo para los que tienen intereses de todas clases. Sin esta oposición libre y ejemplar este proyecto estaría funcionando saltándose toda la legislación como han seguido intentándolo. Pero es que además este movimiento se ha cuestionado la veracidad y autenticidad de la democracia en la que vivimos. Y esto es muy importante porque supone una regeneración de la vida pública absolutamente necesaria si queremos recuperar nuestra dignidad y libertad.

Y otra cosa quería señalar. Las afirmaciones del poder de Villafranca considerando el acto del día 16 un acto político, o un acto que no es cultura, no tienen nombre. Salvo el hecho de que los que lo han dicho utilizan el poder y el engaño del lenguaje para convencer a sus feligreses y demonizar a los ciudadanos libres y que se atreven a disentir de los políticamente correcto. Lo del sábado fue una jornada intelectual, de reflexión, análisis, crítica, debate, propuestas sobre ética, manipulación, periodismo, democracia y alternativas, peligro del pensamiento único, etc. Una jornada activista en el sentido de que todo pensamiento busca como último fin la acción. Y lo que todos teníamos en mente es la regeneración de la democracia y la búsqueda de caminos hacia la libertad a través de un discurso crítico contra los que ostentan las diversas formas de poder. Ahora bien, también se le puede considerar un acto político. Pero en el sentido griego de la palabra política. Los que allí estábamos nos preocupamos por la polis, por la ciudad, por el asunto público o, en griego, político. Todos somos políticos, habitantes de la polis, la ciudad. Y nos preocupamos por el bien de la misma. Ése es el compromiso político del pensamiento.

Y en cuanto a aquello de que lo que allí se estaba haciendo y se hizo no es cultura, pues que vengan ellos a decirme a mi qué es cultura. ¿La propaganda institucional que utiliza el poder para mantener las cosas donde siempre y alimentar a unos cuantos psudointelectuales y artistas orgánicos? Venga ya, estos señores han perdido el norte. No tienen ni ideas, ni ideologías. Sólo tienen el poder y la desvergüenza de abusar del mismo, cuando el poder emerge del pueblo. Ellos engañan al pueblo, lo utilizan, lo instrumentalizan. Lo hacen, en definitiva, esclavo. Hay que pensar contra el poder, y eso es cultura, porque es cultivo del espíritu, búsqueda de justicia y libertad.

TRIBUNA: EDGAR MORIN

Elogio de la metamorfosis

El objetivo ahora es salvar a la humanidad. Para ello urge cambiar nuestros modos de pensar y vivir. La idea de metamorfosis, más rica que la de revolución, aporta la esperanza en un mundo mejor

EDGAR MORIN 17/01/2010

Cuando un sistema es incapaz de resolver sus problemas vitales por sí mismo, se degrada, se desintegra, a no ser que esté en condiciones de originar un metasistema capaz de hacerlo y, entonces, se metamorfosea. El sistema Tierra es incapaz de organizarse para tratar sus problemas vitales: el peligro nuclear, agravado por la diseminación y, tal vez, privatización del arma atómica; la degradación de la biosfera; una economía mundial carente de verdadera regulación; el retorno de las hambrunas; los conflictos étnico-político-religiosos que tienden a degenerar en guerras de civilización... La ampliación y aceleración de todos esos procesos pueden considerarse el desencadenante de un formidable feed-back negativo, capaz de desintegrar irremediablemente un sistema.

Lo probable es la desintegración. Lo improbable, aunque posible, la metamorfosis. ¿Qué es una metamorfosis? El reino animal aporta ejemplos. La oruga que se encierra en una crisálida comienza así un proceso de autodestrucción y autorreconstrucción al mismo tiempo, adopta la organización y la forma de la mariposa, distinta a la de la oruga, pero sigue siendo ella misma. El nacimiento de la vida puede concebirse como la metamorfosis de una organización físico-química que, alcanzado un punto de saturación, crea una metaorganización viviente, la cual, aun con los mismos constituyentes físico-químicos, produce cualidades nuevas.

La formación de las sociedades históricas, en Oriente Medio, India, China, México o Perú, constituye una metamorfosis a partir de un conglomerado de sociedades arcaicas de cazadores-recolectores que produjo las ciudades, el Estado, las clases sociales, la especialización del trabajo, las religiones, la arquitectura, las artes, la literatura, la filosofía... Y también cosas mucho peores, como la guerra y la esclavitud.

A partir del siglo XXI, se plantea el problema de la metamorfosis de las sociedades históricas en una sociedad-mundo de un tipo nuevo, que englobaría a los Estados-nación sin suprimirlos. Pues la continuación de la historia, es decir, de las guerras, por unos Estados con armas de destrucción masiva conduce a la cuasi-destrucción de la humanidad.

La idea de metamorfosis, más rica que la de revolución, contiene la radicalidad transformadora de ésta, pero vinculada a la conservación (de la vida o de la herencia de las culturas). ¿Cómo cambiar de vía para ir hacia la metamorfosis? Aunque parece posible corregir ciertos males, es imposible frenar la oleada técnico-científico-económico-civilizatoria que conduce al planeta al desastre. Y sin embargo, la historia humana ha cambiado de vía a menudo. Todo comienza siempre con una innovación, un nuevo mensaje rupturista, marginal, modesto, a menudo invisible para sus contemporáneos. Así comenzaron las grandes religiones: budismo, cristianismo, islam. El capitalismo se desarrolló parasitando a las sociedades feudales para alzar el vuelo y desintegrarlas.

La ciencia moderna se formó a partir de algunas mentes rupturistas dispersas, como Galileo, Bacon o Descartes; luego, creó sus redes y sus asociaciones; en el siglo XIX, se introdujo en las universidades y, en el XX, en las economías de los Estados, para convertirse en uno de los cuatro poderosos motores del bajel espacial llamado Tierra. El socialismo nació en algunas mentes autodidactas y marginalizadas del siglo XIX, para convertirse en una formidable fuerza histórica en el XX. Hoy, hay que volver a pensarlo todo. Hay que comenzar de nuevo.

De hecho, todo ha recomenzado, pero sin que nos hayamos dado cuenta. Estamos en los comienzos, modestos, invisibles, marginales, dispersos. Pues ya existe, en todos los continentes, una efervescencia creativa, una multitud de iniciativas locales en el sentido de la regeneración económica, social, política, cognitiva, educativa, étnica, o de la reforma de vida.

Estas iniciativas no se conocen unas a otras; ninguna Administración las enumera, ningún partido se da por enterado. Pero son el vivero del futuro. Se trata de reconocerlas, de censarlas, de compararlas, de catalogarlas y de conjugarlas en una pluralidad de caminos reformadores. Son estas vías múltiples las que, al desarrollarse conjuntamente, se conjugarán para formar la vía nueva que podría conducirnos hacia la todavía invisible e inconcebible metamorfosis. Para elaborar las vías que confluirán en la Vía, tenemos que deshacernos de las alternativas reductoras a las que nos obliga el mundo de conocimiento y pensamiento hegemónico. Así es necesario, al mismo tiempo, mundializar y desmundializar, crecer y decrecer, desplegar y replegar.

La orientación mundialización-desmundialización significa que, si bien hay que multiplicar los procesos de comunicación y "planetarización" culturales, si bien necesitamos que se constituya una conciencia de "Tierra-patria", también hay que promover, de manera desmundializadora, la alimentación de proximidad, los artesanos de proximidad, los comercios de proximidad, las huertas periurbanas, las comunidades locales y regionales.

La orientación crecimiento-decrecimiento significa que hay que potenciar los servicios, las energías verdes, los transportes públicos, la economía plural -y por tanto la economía social y solidaria-, las disposiciones para la humanización de las megalópolis, las agriculturas y ganaderías biológicas, y reducir los excesos consumistas, la comida industrializada, la producción de objetos desechables y no reparables, el tráfico de automóviles y de camiones en beneficio del ferrocarril.

La orientación despliegue-repliegue significa que el objetivo ya no es fundamentalmente el desarrollo de los bienes materiales, la eficacia, la rentabilidad y lo calculable, sino el retorno de cada uno a sus necesidades interiores, el gran regreso a la vida interior y a la primacía de la comprensión del prójimo, el amor y la amistad.

Ya no basta con denunciar, hace falta enunciar. No basta con recordar la urgencia, hay que comenzar a definir las vías que conducen a la Vía. ¿Hay razones para la esperanza? Podemos formular cinco:

1. El surgimiento de lo improbable. La victoriosa resistencia, en dos ocasiones, de la pequeña Atenas frente al poderío persa era altamente improbable, pero permitió el nacimiento de la democracia y la filosofía. También fue inesperada el frenazo de la ofensiva alemana ante Moscú, en el otoño de 1941, e improbable la contraofensiva victoriosa de Zhúkov, iniciada el 5 de diciembre, que vendría seguida, el 8, por el ataque de Pearl Harbour y la entrada de Estados Unidos en la guerra.

2. Las virtudes generadoras-creadoras inherentes a la humanidad. Al igual que en todo organismo humano adulto existen células madre dotadas de aptitudes polivalentes (totipotentes) propias de las células embrionarias, pero desactivadas, en todo ser humano, y en toda sociedad humana, existen virtudes regeneradoras, generadoras y creadoras durmientes o inhibidas.

3. Las virtudes de la crisis. Al tiempo que las fuerzas regresivas o desintegradoras, las generadoras y creadoras despiertan en la crisis planetaria de la humanidad.

4. Las virtudes del peligro. "Allá donde crece el peligro, crece también lo que nos salva". La dicha suprema es inseparable del riesgo supremo.

5. La aspiración multimilenaria de la humanidad hacia la armonía (paraíso, luego utopías, después ideologías libertaria/socialista/comunista, más tarde aspiraciones y revueltas juveniles de los años sesenta). Esta aspiración renace en el hervidero de iniciativas múltiples y dispersas que podrán alimentar las vías reformadoras destinadas a confluir en la vía nueva.

Las viejas generaciones están desengañadas de tantas falsas esperanzas. A las jóvenes les entristece que no haya una causa común como la de nuestra resistencia durante la II Guerra Mundial. Pero nuestra causa llevaba en sí misma su contrario. Como decía Vassili Grossman de Estalingrado, la mayor victoria de la humanidad fue también su mayor derrota, puesto que el totalismo estalinista salió victorioso de ella. Hoy, la causa es inequívoca, sublime: se trata de salvar a la humanidad.

La verdadera esperanza sabe que no es certeza. Es una esperanza no en el mejor de los mundos, sino en un mundo mejor. "El origen está delante de nosotros", decía Heidegger. La metamorfosis sería, efectivamente, un nuevo origen.