Blogia

Filosofía desde la trinchera

 

 

                                   15 de enero de 2010

 

Medios de comunicación y la transformación-creación de la realidad. La democracia en cuestión.

 

            Mi tesis es que las democracias neoliberales que vivimos hoy en día son una forma de totalitarismo encubierto que viene mediatizado pro los medios de comunicación. Un poder en manos de otros poderes: el político y el económico. Sostengo que la democracia en la que vivimos hoy en día, a pesar de ser mejor que las formas de totalitarismos clásicas, siguen siendo totalitarismos. Que en realidad no es el pueblo el que gobierna y que existe una clase, una élite, político-económica, que es la que lleva las riendas de la sociedad. Y sostengo que esto es posible en la medida en que los medios de comunicación son un sistema de control de las conciencias. Cuando decimos que son un sistema de control de las conciencias, nos referimos a que son los creadores de nuestros sentimientos, emociones y pensamientos. Y tras todo eso viene la acción. Pensamos y sentimos como los poderosos quieren que pensemos y sintamos. Pero no hay que olvidar que una forma de pensar y de sentir es una forma de actuar. El pensamiento y el sentimiento generan una actitud y ésta, a su vez, produce una acción. Somos replicantes de un mismo pensamiento único que no es fruto de nuestra reflexión, sino de la propaganda que las diferentes formas de poder utilizan para controlar nuestras conciencias. La defensa de esta tesis es muy fácil dentro de los sistemas totalitarios, ahora bien, se hace un poco compleja cuando analizamos las democracias liberales que se asientan precisamente sobre los ideales de la igualdad, la libertad, el sufragio universal, la diversidad de partidos, el pluralismo ideológico, etc. bien, pues esto es lo que quiero demostrar.

 

            En los sistemas totalitarios las formas de control están asociadas al uso de la violencia. Por supuesto que el estado utiliza la propaganda política y el sistema de educación para crear una conciencia. Pero en última instancia, el disidente es eliminado por la fuerza. Para que un estado totalitario se mantenga es necesario que exista un pensamiento, una ideología que fundamente y dé cohesión al estado. Y ahí va encaminado el esfuerzo de las campañas de propagandas de los estado totalitarios. Los ejemplos al respecto del pasado siglo son claros: el nazismo, el estalinismo, y más cercano a nosotros el franquismo. Y para ello los gobiernos totalitarios utilizaron, además de la fuerza, como hemos dicho, eliminación del disidente, los medios de comunicación de masas. El poder tiene el poder absoluto sobre los medios de comunicación y diseña los planes de educación. La educación se convierte entonces también en propaganda. Manipulación de las conciencias. La manipulación y la propaganda son los modos por los que el poder hace que “el pueblo” piense como quiere que pensemos.

 

            En teoría la democracia, como sociedad abierta y plural nos pondría en guardia con respecto al control de las conciencias por los medios de comunicación y por la enseñanza. Pero nada más lejos de la verdad. La diferencia, en principio, entre las democracias y las dictaduras es que las primeras no se basan en la fuerza. Y ello conlleva que no hay una eliminación física del disidente. El disidente, el que piensa de otra manera, el que propone una forma alternativa de organización social, ése, simplemente, es condenado al ostracismo comunicativo. Desaparece de los medios de comunicación. Y aquí está el tema, si no apareces en los medios de comunicación no existes y así se conforma el pensamiento único. Sólo lo políticamente correcto tiene salida en los medios de comunicación. Recuerden ustedes una cosa. Cuando surgió la crisis económica, que todos hemos pagado con nuestro dinero y otros seguirán pagando con sus vidas desgraciadas en el paro, al borde mismo de la miseria, se habló mucho de la refundación de capitalismo, de que era necesario un modelo de producción alternativo al capitalismo, de que el crecimiento ilimitado es imposible, etc. Se echó mano de viejas teorías económicas como modelos alternativos para paliar la crisis. Hoy, cuando el poder político-económico anuncia que hay un repunte de la economía, probablemente aparente porque el modelo neoliberal del crecimiento ilimitado se ha agotado, todo lo anterior se ha olvidado. En los medios de comunicación de masas esto se ha olvidado, no se ha vuelto a plantear. Hemos vuelto al pensamiento único neoliberal, a pensar que esto ha sido una crisis cíclica más del crecimiento económico. El pensamiento alternativo ha desaparecido y ha sido condenado al ostracismo informativo. E, insisto, lo que no aparece en los medios de comunicación no existe para la inmensa mayoría de la ciudadanía. Y eso es lo que le interesa al poder político-económico. Y esto lo consigue por medio de la manipulación a través de los medios de comunicación. El poder utiliza a estos como un sistema de propaganda para transformar nuestras conciencias. En definitiva, para eliminar la capacidad de pensar. Porque la propaganda habla a las emociones, no a la razón. El discurso alternativo queda relegado a unos pocos intelectuales y activistas que si acaso aparecen en los medios, los primeros son considerados como una rara avis o un sabio loco y gracioso y, los segundos, son identificados como antisistemas o, incluso, terroristas. Gente, en definitiva, peligrosa. Antes decía, y no quiero olvidarlo, que los sistemas totalitarios utilizan la violencia contra el disidente. La legitimidad última del poder es el engaño, la manipulación por medio de la propaganda y, en última instancia, la fuerza. Decía que las democracias se convierten en sistemas totalitarios a través de la manipulación, la propaganda y el engaño haciéndose con el poder de los medios de comunicación que son los medios de creación de la realidad que se nos quiere presentar. Pero, el asunto de la fuerza no es del todo así. Vamos a ver, la legitimidad de la supuesta bondad de nuestro sistema democrático neoliberal se apoya en el engaño del que después desenmascaremos los mecanismos principales que lo hacen posible. Pero esta supuesta situación de bienestar se apoya en la miseria del resto de la humanidad. Mientras que se nos dice que sólo existe un sistema económico y social de producción, la mitad de la población mundial pasa hambre y 1.200 millones mueren por esta causa. Cuarenta mil niños al día. Todo por la defensa de una idea, la del crecimiento ilimitado y de un modo de vida: el liberal-individualista consumista. Se nos ha convencido, se nos ha hecho pensar a través de los medio de comunicación que sólo existe una única forma de pensar, la democracia neoliberal. Los medios de comunicación a través de los anuncios, los noticiarios, las películas, las series, los programas del corazón y los programas basura nos transmiten una serie de valores que se nos ofrecen como los únicos existentes. Hay que tener en cuenta que los valores se aprenden miméticamente, no pasan por el tribunal de la razón. Y cuando sólo se nos exponen una serie de valores, como es el caso en los medios de comunicación, no hay posibilidad de comparación y reflexión, sólo de imitación. Nuestro sistema, a través de los medios de comunicación nos clona intelectual y afectivamente. Es decir, que los medios de comunicación, todos ellos en manos del poder político económico, de la partitocracia oligárquica en la que vivimos, nos convierte en vasallos. Esto quiere decir que esta supuesta democracia socava el valor máximo de la misma, la libertad. Pero la perfección ha llegado a su cenit. Precisamente se nos convierte en esclavos haciéndosenos pensar que somos libres. Nosotros no tomamos ninguna decisión. Sigue existiendo, a pesar y enmascarando la democracia, una élite que nos gobierna. Y esa élite, como todas es la que tiene el poder económico, la riqueza. Lo mismo que no hay libertad, que es un engaño, una máscara, no hay igualdad. La riqueza se distribuye entre unos pocos. Al resto se les deja las migajas para que puedan sobrevivir y entretenerse, además de trabajar durante ocho horas al día para pagar la hipoteca de la casa a lo largo de toda tu vida. Es decir, que el sistema nos mantiene esclavizados desde el punto de vista del pensamiento y el sentimiento y, también, económicamente. Se nos explota laboralmente para que no pensemos. Se nos ofrece un sueldo que nos permite sobrevivir y consumir, pan y circo, que ya lo inventaron los dictadores romanos. Y se nos esclaviza económicamente por medio de las hipotecas. Y, ahora, a ver quién es el listo que protesta y exige mejoras laborales cuando tiene la espada de Damocles del despido encima de su cabeza y una hipoteca que pagar y unos hijos que alimentar. Vaya farsa, vaya mentira. Estamos todos embaucados y, encima, produciendo el mal de la mitad de la humanidad. El crecimiento económico mata. La idea del crecimiento económico, que los medios de comunicación nos han imbuido, y con la cual comulgamos obedientes y sumisos, mata. Nosotros somos esclavos e ignorantes y, en tanto que tales, participamos de este mal. Nuestro deber es tomar conciencia de ello y evitarlo. El sistema se autoreplica. El sistema económico es el mismo ya sea para la derecha o para la izquierda. Los dos son replicantes del pensamiento único: la libertad absoluta del mercado, la sociedad del consumo y la democracia neoliberal. Éste es el pensamiento y la ideología que emana de los medios de comunicación. Porque estos medios de comunicación tienen dueño y son el poder económico y político. Esto está claro, puede haber muchos canales de televisión y de radio, pero todos trasmiten los mismos valores. Las diferencias son epidérmicas, no son de ideología, ni mucho menos de pensamiento, todos tiene el mismo. Si no que son estrictamente de poder. Los medios de comunicación que pertenecen al poder ejecutivo arremeten contra los de la oposición y a la inversa. Pero no hay discusión de ideas. Hay espectáculo político para distraer a la ciudadanía de las cosas importantes. En realidad, no se habla para nada de la cosa pública. Los medios de comunicación en manos de los partidos sirven para la lucha con el fin de alcanzar las máximas cotas de poder, y nada más. Todas las cadenas, todos los canales, transmiten, en lo esencial el mismo pensamiento único acompañado por los mismos valores.

 

            Pero, ¿cómo funcionan los medios de comunicación como medios de propaganda y manipulación? Pues bien, los medios de comunicación transforman y recrean la realidad. La realidad, separada de nuestro conocimiento de ella, no existe. La realidad viene constituida por el acto del conocimiento. Es decir, que en cierta medida, la realidad es construida o recreada. Por su puesto, no a partir de la nada sino de los hechos. Pero los hechos puros no existen. Todo hecho es interpretado a la luz de una teoría  de un sistema de valores. Esto vale para las ciencias de la naturaleza, mucho más para las sociales. Los acontecimientos sociales son siempre interpretables a la luz de valores e ideologías. Además, todo conocimiento viene mediatizado por el lenguaje. La realidad la vivimos a través del lenguaje. Éste es el vehículo de los pensamientos y de los sentimientos. Sentimos y pensamos a través de las palabras. Decía el filósofo Wittgenstein, aunque en otro contexto, que los límites de mi lenguaje son los límites de mi mundo. Efectivamente, mi mundo conocido y sentido, viene creado por el lenguaje que es el vehículo, como decíamos, del pensar y del sentir. Pues bien, esto, sumado a la naturaleza emocional, más que racional del hombre y los descubrimientos que la psicología social ha hecho al respecto, son la base de los diferentes instrumentos que utiliza el poder a través de los medios de comunicación para producir una realidad. La realidad que todos asumimos y aceptamos porque es la única que se nos ofrece. No hay forma de escapar porque desconocemos otra realidad. Aceptamos la realidad que se nos ofrece porque es la que se nos ofrece. Y es incuestionable en tanto que vivimos, pensamos y existimos en ella. No concebimos la existencia fuera de esa realidad, porque no podemos, ni siquiera pensar ni sentir más allá de nuestro lenguaje que es el que nos ha venido dado por los medios de comunicación. De esta manera nuestra ignorancia se convierte en nuestra forma de esclavitud y en nuestra connivencia con el poder.

 

            Las tácticas para crear una realidad, es decir, manipular nuestra conciencia, tácticas de propaganda del poder, dicho sea de paso, se pueden dividir en tres grupos. Luego habría múltiples técnicas que serían objeto del estudio del teórico de la comunicación. En primer lugar, los mensajes de los medios de comunicación van dirigidos a las emociones. De lo que se trata es de bloquear el pensamiento. Los anuncios publicitarios, las series, los programas del corazón y demás basura producen emociones y a través de esas emociones adquirimos los valores. Pero claro, las emociones son respuestas automáticas de nuestra psique que, a menos que tengamos tiempo, no dominamos. Los medios de comunicación eliminan ese tiempo. Los telediarios no nos permiten pensar, las series de noticias es rápida y basada fundamentalmente en las imágenes, las cuales tampoco nos permiten pensar, sino sentir. Para pensar es necesario la reflexión y el tiempo. Claro, por su puesto, tanto las noticias como los valores que se nos presentan son los elegidos por el poder, pero de tal manera que no haya lugar para la reflexión. Se nos ofrecen unos valores determinados a partir de unas emociones y se nos cautiva a partir de ellos. Éste es el primer paso para la construcción de una realidad que es la que al poder, no olvidemos que el poder es la oligarquía, le interesa.

 

            El segundo paso es fundamental. Es el del lenguaje. Los poderosos son los que crean el lenguaje que se nos vierte después por los medios de comunicación. Y, como hemos dicho antes, el lenguaje es el que crea la realidad. Pensamos la realidad por medio del lenguaje. Éste es el gran descubrimiento de Orwell: el control del pensamiento a partir del control del lenguaje. Si controlamos las palabras controlamos el pensamiento. No hay que olvidar que el pensamiento produce una actitud y ésta genera una acción. Así si controlamos las palabras controlamos la acción. Es decir, si controlamos el lenguaje esclavizamos al hombre. Tenemos muchos ejemplos asumidos por la ciudadanía en general y muchos otros de los que no somos ni conscientes. Por ejemplo al activista se le asocia con el que produce desorden público, incluso terrorista. (Recordar aquí lo ocurrido con los militantes ecologistas en Copenhague). Al asesinato de civiles de forma deliberada se lo consideran daños colaterales (expresión absolutamente vacía y objetiva que dehumaniza al hombre). A la invasión de un país para controlar su fuentes de riqueza se le llama Libertad duradera. Al exterminio de un millón de iraquíes en la invasión de un país se le llama liberación. La guerra y el exterminio se convierten así en una liberación del pueblo iraquí. Al exterminio por medio de la guerra se le llama, en palabras de Buhs: hacemos la guerra por la consecución de la paz. Toda actividad violenta llevada a cabo por el poder es enmascarada por los nombres de libertad y justicia. En cambio, toda acción disidente, que ponga en cuestión el sistema, es considerada terrorismo. Se identifica con el mal.

 

            El tercer mecanismo de control de nuestro pensamiento y voluntad está relacionado con las emociones y se refiere al uso del miedo. El miedo ha sido la forma de control utilizada por todos los poderes totalitarios y por las religiones. El miedo atenaza la voluntad, nos impide actuar y nos impele a obedecer y a ponernos en manos del poderoso que nos ofrece la salvación. La inseguridad, la sociedad del riesgo, la sociedad del conocimiento que exige nuestro continuo reciclaje, sino queremos perder nuestra situación laboral. Todo ello se utilizan como amenazas para que obedezcamos y aceptemos las medidas dictatoriales del poder renunciando a nuestra libertad. Y este miedo se nos transmite desde los medios de comunicación. Hay que tener en cuenta que los medios de comunicación, excepto Internet, en parte, son unidireccionales. Nosotros somos solo receptores, somos pasivos. No podemos actuar. Además, bien se encarga el poder, por medio del control mediático, de que seamos incapaces, porque la realidad es la que se nos ha ofrecido. Pero si osamos a actuar, se nos amenaza con el miedo: la inseguridad ciudadana, el terrorismo internacional, el fin del estado del bienestar, en fin…Y un ciudadano amedrentado es un ciudadano sumiso. Si nos queda un atisbo de inconformismo se nos arrebata por medio del miedo. Este mecanismo de control por medio del miedo se basa en el conocimiento de la naturaleza humana. El hombre es un ser temeroso, inseguro, lleno de ansiedades, que renuncia a su libertad por la seguridad y un plato de lentejas.

 

            Por último, y complementando estos tres mecanismos en los que se basa el poder al utilizar los medios de comunicación para adoctrinar y eliminar el pensamiento, hay que hablar también de la educación. Ésta está siempre en manos del poder. Es difícil, sino imposible, distinguir entre educación y propaganda. La educación es el vehículo de transmisión que utiliza el poder para transmitir su ideología. La educación transmite valores y conocimientos nos muestra la realidad que al poder le interesa y nos forma para lo que el poder cree que debemos existir, que no es más que para mantener el status quo. Y éste es el de la legitimación del orden social establecido. Por eso en nuestra sociedad el objetivo fundamental de la educación no es el de la libertad, por mucha educación para la ciudadanía, sino el de la adaptabilidad a la sociedad cambiante en la que vivimos: la sociedad de las nuevas tecnologías y del conocimiento.

 

            De un modo telegráfico planteo las posibles salidas. En primer lugar, una regeneración de la educación que potencia la excelencia y la virtud, además de la capacidad reflexiva y crítica. Una educación que prepare para el pensamiento, la crítica y la libertad, además de para el ejercicio profesional. En segundo lugar la regeneración de los medios de comunicación que elimine las cotas de poder político en ellos y del gran poder económico, así como la potenciación de la prensa participativa, blogs, etc. regeneración de la democracia a partir de la virtud pública y la eliminación de la élite política, así como la consecución de una sociedad cosmopolita de repúblicas libres. Todos estos puntos han sido desarrollados en otros lugares. Quede aquí como un breve apunte.

                        14 de enero de 2010

 

            Acabo de leer un trabajo de investigación de Esteban Mira en el que se hace un estudio comparativo entre la asignatura de FEN y la de Eduacación para la ciudadanía. El autor hace una defensa de ésta última y desmonta las críticas que se le han hecho con gran capacidad argumentativa y profusión de información. Estoy en lo esencial de acuerdo con el autor y comparto su crítica a la postura de la iglesia e incluso la necesidad de esta asignatura por la pérdida de valores en la sociedad en la que vivimos y por el papel disminuido de los padres en la educación de los hijos. Considero que la enseñanza debe instruir y educar. Y creo que la gran diferencia, por eso la comparación no se sostiene entre FEN y EPC, es que la primera pertenece a un sistema totalitario; es decir, a una sociedad cerrada, y el segundo a una sociedad abierta. La diferencia entre uno y otro es la de la intolerancia y el fanatismo, frente a la tolerancia y el diálogo. En lo que no estoy de acuerdo es con la praxis. Una asignatura de este estilo, y con los problemas de plantilla del profesorado, se convierte en una maría. Tampoco estoy de acuerdo con ese cambio de nombre de la ética de 4º y la filosofía de 1º. Ahora llamadas, ética y ciudadanía y filosofía y ciudadanía. Cambiaría ciudadanía por filosofía o teoría política. Política viene de polis y ciudadanía de civitas; es decir, que deberíamos recuperar el término de política. Lo que sucede es que la política hoy en día está absolutamente desprestigiada. Se ha convertido en una clase profesional. La política es el asunto de la polis. Esto es la preocupación por lo público. Yo considero que el aspecto de la educación para la ciudadanía tendría que tener una doble dimensión. En primer lugar la de la reflexión, en la que se le mostrase al alumno la tarea histórica y filosófica para llegar al tipo de sociedades democráticas y plurales en las que vivimos. Esto, por un lado. Por otro lado, una reflexión crítica sobre las deficiencias de nuestro sistema democrático y la posibilidad de mejorarlo y cambiarlo. En segundo lugar, de esta reflexión teórica tiene que surgir una actitud del alumno doble. Primero, el respeto e interiorización de los valores de la democracia, el pluralismo y los derechos humanos y, segundo, su compromiso ético-político para que se lleven a cabo. Y esto último requiere una educación de la virtud. Y ha sido esta lectura y estas reflexiones las que me llevan a recordar que tenía pendiente unas reflexiones sobre la educación y la democracia actual.

 

            ¿Qué es lo que caracteriza a la democracia actual? Creo que vivimos en una situación de nihilismo. Ya no creemos en nada. Hemos dejado las decisiones de la cosa pública en manos de los políticos. No creemos en la virtud de estos, más bien, en su capacidad de corrupción. Pero la democracia es una conquista histórica. Es un quehacer y una tarea. No viene dada de una vez. Es más el ciudadano, tiende a la comodidad, a pervertirse, a recluirse en su mundo privado. Las democracias tardías generan individuos aislados, preocupados sólo de sí mismos. Incluso, podríamos pensar que la organización del propio sistema de producción genera esta forma de vida, tremendamente ocupada, para evitar que el ciudadano piense e intente actuar públicamente, de tal forma que deje la política, el gobierno de lo público, en manos de la clase de los expertos. Pero la democracia, a mi modo de ver, se puede revitalizar. En primer lugar hay que hacer un poco de historia para comprender qué es lo que ha significado la conquista de la democracia. Siguiendo a Javier Gomá en su libro Ejemplaridad pública, podemos decir que con la conquista de la democracia se ha llegado a dos conclusiones. La primera es el concepto de igualdad y la segunda es el de límite del hombre, de la humanidad y de la historia. Toda reforma de la democracia ha de respetar la idea de igualdad y la de límite. Lo que descubre la democracia es que todos somos iguales. No es un descubrimiento, es una construcción cultural, todos somos distintos. La democracia basa su igualdad en la isonomía, igualdad ante la ley. Es decir, la creación de un estado de derecho por encima de cualquier ciudadano. Todos los tipos de elitismos que ha habido han intentado socavar la conquista de este principio. Son en sí antidemocráticos. Ahora bien, no hay que confundir la igualdad de oportunidades y de derechos con la igualdad real. La democracia debe fomentar la excelencia, tanto privada como pública; es decir, la virtud. Luchar contra el vicio, la corrupción y el individualismo egoísta. Los ataques elitistas no sólo proceden de los antidemócratas, todos inspirados en la línea platónica y su crítica a la democracia como un gobierno de ignorantes y su defensa del gobierno de los mejores, los sabios. Sino que la corrupción de la democracia llega desde las propias estructuras democráticas actuales en las que una élite, partitocrática y oligárquica (no especialmente excelente o virtuosa) se hace con el poder y utiliza todos los medios de control para domesticar al pueblo y convertirlo en vasallo obediente e inconsciente de su estado.

 

            Por su parte, el concepto de límite es importante. Con la conquista de la democracia lo que ocurre es que cae la antigua visión del mundo que se apoya en un orden seguro y establecido, regentado y mantenido por la clase dominante. Cuando esto desaparece nos quedamos sin referente. Hemos desencantado el mundo y somos nosotros los que debemos darle sentido. Ante esta situación caben dos posibilidades, el nihilismo, o la conciencia de los límites. Desde el nihilismo, a lo Nietszche, por ejemplo, no es posible fundar una sociedad. También podemos caer en los fascismos, como ocurrió en el siglo XX. Mi opción es la conciencia de los límites. El ser humano es limitado y provisional, nuestra historia también lo es. La conciencia de los límites nos cura del intento de construir sociedades perfectas. Lo cual no es poco, porque todos estos intentos nos han llevado al totalitarismo. Quizás hoy en día, esta perversión de la democracia que es la partitocracia oligárquica es la nueva forma de totalitarismo, una forma de trasmitir un pensamiento único y una única forma de entender la realidad. Éste es otro enemigo a batir.

 

            Ante estos retos de lo que se trata es de la recuperación de la ejemplaridad pública, es decir, de la virtud. Y es aquí donde juega un papel clave la educación. Hay que educar al ciudadano en la virtud pública desde los principios democráticos y de los derechos humanos para hacerlo partícipe de ellos. No estoy hablando aquí de una democracia participativa, que es inviable, sino, representativa. Pero esta representación no debe estar integrada por una clase profesional, cuya única visión es la búsqueda del poder. El ciudadano debe ser virtuoso pública y privadamente. Su vida privada debe ser una vida virtuosa en la medida en la que su trabajo contribuya al bien de la polis y a la permanencia de la sociedad. Esto requiere la ausencia de corrupción. Por otra parte, su virtud pública debe consistir en la posibilidad de intervenir públicamente en el debate y la acción pública, cuando así lo estime oportuno y, permanecer siempre vigilante frente a la tendencia a la corrupción del poder. Esta es la ejemplaridad. No podemos pedir que los ciudadanos sean héroes, pero sí seres morales y excelentes. Y esto requiere de una educación en la virtud, en el sentido aristotélico y en el concepto de deber, autonomía y dignidad kantiano. Y por otro lado, es necesario una educación que haga posible la interiorización consciente de los valores que emanan de la democracia y de los derechos humanos como fundamento de las sociedades abiertas y plurales, siempre en guardia contra cualquier forma de totalitarismo.

 

                        14 de enero de 2010

 

            Se viene ofertando por las autoridades educativas la necesidad de un plan de fomento de la lectura. A mi me parece que esto no es más que máscara política. Ni leen los políticos, ni lee el pueblo en general, ni leen los profesores. Con esto lo que se pretende es lavar la cara de los malos resultados en las evaluaciones externas que se hacen sobre la educación. Además, desconfío de qué leer. Creo que la lectura es la base del conocimiento. Que hoy en día hay distintos formatos de lectura, que incluso el formato de lectura cambia la estructura de la lectura y su interiorización. Pero lo que no admito es ese plan de fomento de la lectura por parte del poder. Vamos a ver, al poder no le ha interesado nunca la lectura. No sé qué les habrá pasado ahora. Creo que simplemente es una cuestión de imagen para intentar mostrar que se está haciendo algo para paliar los bajos resultado en “competencias”, vaya palabro, lingüísticas. No, al poder no le interesa la lectura e inventan el acercamiento a la lectura, como mero entretenimiento. Leer para entretenerse, más pan y circo. Por eso se desechan los clásicos, que se consideran arduos e incomprensibles y se propone una literatura banal, vacua y momentánea, sin más pervivencia que el tiempo de éxito de ventas. Los clásicos, lo son por el hecho de que tratan temas universales del hombre. Porque han tocado la tecla de lo universal e intemporal que hay en el hombre. Y si se requiere cierto esfuerzo para leerlos por su dificultad lingüística, pues se hace. Para eso está el profesor y la voluntad del alumno. Leer es un ejercicio intelectual difícil, que requiere la acción, sólo superado por el de escribir, para lo que hay que haber leído y estudiado mucho. El plan de fomento de lectura, está dentro del paradigma logsiano del aprender por el entretenimiento. Lo siento, la lectura es el vehículo hacia el conocimiento del mundo y de uno mismo, la lectura no se circunscribe a la literaria, sino a los diferentes ámbitos del saber. Otro error. Identificar lectura, con lectura de novelas, o, quizás, poesía, algo más elitista y complejo. Leer es entrar en la conversación con la humanidad, con el mundo de las ideas. Algunas se transmiten por la ficción, novelas, teatro, pero otras requieren formatos más arduos. Sin esta lectura perdemos el referente de nuestra historia. Cómo podemos concebir a un historiador que no lea las fuentes históricas, un filósofo que no lea  la tradición filosófica, desde los griegos hasta ahora. Un científico que no lea las revistas científicas en la que se dan cuenta del avance de la ciencia. Un ciudadano que no lea la prensa, sobre todo en su supuesta parte crítica, las páginas de opinión. Pues siento decirlo. La inmensa mayoría de las personas no leen, por múltiples factores, incluso siendo licenciados o doctores. La lectura es una actividad de unos pocos. La industria editorial vive de los éxitos de cierta literatura barata que alimentan los mitos del hombre de hoy en día que vive una situación de desencantamiento del mundo. Hemos perdido los discursos globales que daban un sentido a nuestra existencia: empezando por los religiosos y terminando por los políticos. Por eso ahora, este desencantamiento del mundo nos vuelve al mito. Un efecto paradójico, aunque no tanto. El hombre es un animal mítico-religioso que no se conforma con lo plano de la realidad, necesita mitos, arquetipos que le sirvan como modelos y ejemplos de vida. Necesita del misterio. Y ahora lo encuentra en una literatura barata y efímera. Y esta literatura es la que nos quieren traer en su plan de fomento a los institutos. No, y mil veces no. Esto no es más que adoctrinamiento y aborregamiento. Si se enseñasen las disciplinas del currículo como dios manda, estaríamos siempre acudiendo a los textos y a la prensa. No habría necesidad de un plan de fomento de la lectura. La lectura es imprescindible para el saber. Otra cosa es que también sea un instrumento de placer y entretenimiento. Éste es el caso de gran parte de la literatura. Pero la lectura realmente está ligada al conocimiento. Y el conocimiento, como ya sabemos, nos lleva a la liberación. Por eso sospecho de esos planes de fomento de la lectura y creo que no son más que un encubrimiento del fracaso del sistema educativo, por un lado y, por otro, más pan y circo para crear mentes sumisas.

 

 

Siempre pensé que la filosofía era pedagogía. Que el sentido máximo de la filosofía es la comunicación. El deseo de instruir, de hacer pensar. No en vano decía Kant que no se enseña filosofía, sino a filosofar. Por eso es muy interesante saber que la pedagogía no es una ciencia, sino una parte de la filosofía. Y como todas las filosofías las hay buenas y malas. La pedagogía que rige nuestro sistema educativo es nefasta, precisamente por el hecho de pretender ser científica y, encima, basada en una ciencia errónea. La verdadera pedagogía es la de educar en la virtud y esto requiere de la educación en la voluntad. Ya está bien de motivaciones, teorías constructivistas y demás paños calientes. La pedagogía actual no es una ciencia, es una ideología en manos del poder político y económico que, únicamente, quiere adoctrinar y producir borregos útiles. Muy bien, hay que volver a la filosofía como pedagogía y recuperar al viejo Sócrates. También es necesario recordar que no hay enseñanza sin enseñanza de la virtud. Por eso debemos releer la ética de Aristóteles y ponerla en diálogo con la kantiana. La virtud es uno de los grandes temas olvidados de la educación. Y la virtud requiere fuerza, por tanto, voluntad.

TRIBUNA: Ramin Jahanbegloo

Derechos humanos y diálogo transcultural

Ramin Jahanbegloo 13/01/2010

Es bien conocida la historia de los ciegos que, unos a otros, describían a un elefante. Uno de ellos le toca la trompa y dice que el elefante es como una serpiente. Otro toca una pata y describe al elefante como una columna. Un tercero pone ambas manos en un costado del elefante y concluye que es más bien como una pared. Ya se trate de un cuento originalmente hindú, persa o budista, el caso es que esta enseñanza ha sido utilizada a menudo para ilustrar que lo que todos vemos en nuestras diferentes culturas es sólo parte de la totalidad, por lo que necesitamos escuchar y aprender para poder cruzar con seguridad el río de la vida.

Nuestra verdadera opción, por lo tanto, será la de aproximarnos a las diferentes tradiciones religiosas y culturas autóctonas y reconocerlas como colaboradoras en la promoción de un mayor respeto de los derechos humanos y de su observancia.

Las culturas tradicionales no son un sustitutivo de los derechos humanos; son un contexto cultural en el que los derechos humanos tienen que ser establecidos, integrados, promovidos y protegidos. Los derechos humanos deben plantearse de una manera que tenga pleno sentido y sea relevante en distintos contextos culturales. En vez de limitar los derechos humanos a su encaje en una determinada cultura ¿por qué no recurrir a los valores de las culturas tradicionales para reforzar la aplicación y la relevancia de los derechos humanos universales?

Hay una necesidad cada vez mayor de resaltar los valores comunes y básicos que comparten todas las culturas: el valor de la vida, el orden social y la protección contra la arbitrariedad. Esos valores básicos están plasmados en los derechos humanos. Las culturas tradicionales deberían ser consideradas y reconocidas como colaboradoras en la promoción de un mayor respeto de los derechos humanos y de su observancia. El reconocimiento y el aprecio de contextos culturales particulares contribuiría a facilitar, más que a limitar, el respeto y la observancia de los derechos humanos. Los derechos humanos universales no imponen un patrón cultural sino el estándar legal de la mínima protección necesaria para la dignidad humana.

En cuanto pauta legal adoptada por las Naciones Unidas, los derechos humanos universales representan un consenso, arduamente conseguido, de la comunidad internacional, no el imperialismo cultural de alguna región en particular o de un conjunto de tradiciones. Los derechos humanos relacionados con la diversidad y la integridad cultural abarcan una amplia gama de protecciones, incluyendo: el derecho a la participación cultural; el derecho a disfrutar del arte; a la conservación, desarrolloy difusión de la cultura; a la protección del patrimonio cultural; a la libertad para la actividad creativa; a la protección de las personas pertenecientes a minorías étnicas, religiosas o lingüísticas; a la libertad de reunión y asociación; el derecho a la educación, a la libertad de pensamiento, conciencia y religión, a la libertad de opinión y de expresión; y el principio de no discriminación.

Todo ser humano tiene derecho a la cultura, incluido el derecho al disfrute y desarrollo de la vida e identidad culturales. Los derechos culturales, sin embargo, no son ilimitados. Existen limitaciones legítimas y sustanciales a prácticas culturales, incluso a tradiciones bien afianzadas. Por ejemplo, ninguna cultura puede hoy día reclamar legítimamente el derecho a practicar la esclavitud.

Algunos creen, equivocadamente, que los derechos humanos son relativos en lugar de universales en lo que concierne a la cultura. Este relativismo supondría una peligrosa amenaza para la efectividad del derecho internacional y para el sistema internacional de derechos humanos. La reclamación de la aceptación y la práctica del relativismo cultural no es creíble. El relativismo cultural se utiliza como plataforma para obtener ventajas políticas o económicas, y no como un compromiso con los altos valores éticos y los ideales que la protección de los derechos humanos supone.

El concepto de derechos no tiene sentido a menos que los derechos sean universales, pero los derechos no pueden alcanzar su universalidad sin un cierto anclaje cultural. Los derechos evolucionan a medida que evolucionan las culturas. No son entidades fijas. El debate entre universalismo y relativismo no tiene sentido. Los ideales universales de los derechos humanos y las particularidades y sensibilidades culturales pueden reconciliarse. Los estándares universales deberían ser el mínimo moral, mientras que las particularidades culturales ofrecerían diferentes marcos para favorecer o impedir la labor de los derechos humanos. Las culturas no pueden quedar excluidas, porque no hay discurso o práctica de los derechos humanos que exista en un vacío cultural. Una aplicación universal de los derechos humanos sin referencia a las particularidades culturales y a los derechos autóctonos disminuiría la fuerza ética de los derechos humanos.

Sería un error sostener que los derechos humanos son una idea occidental. En realidad son la capacidad moral de la humanidad para proteger, bajo el imperio de la ley, las condiciones necesarias para la dignidad humana. Es decir, que si hay un conjunto normativo universal de principios espirituales en el que pueda hoy basarse el discurso sobre los derechos humanos, es preciso que éste trascienda las penúltimas distorsiones y las reales crueldades que comparten todas y cada una de las tradiciones religiosas del mundo. Requerir que cada particular marco espiritual sea normativo para los derechos humanos exige distinguir entre religión organizada y espiritualidad.

Este debate, que en cierto sentido subyace tras todos los otros, es probablemente el nudo gordiano de los derechos humanos. Hoy quizá más que nunca antes, los símbolos y creencias religiosos están siendo manipulados para promover el odio, la intolerancia y la violencia. Tal vez sea esa manipulación de parte de las ideologías religiosas por el control de la violencia lo que ha dado crédito al debate sobre el "choque de culturas" que divide al mundo mediante fronteras religiosas. Es decir, la política del miedo ha superado desde hace tiempo los principios espirituales y la ética humanitaria de la religión.

Si el miedo es hoy un factor obvio entre los extremistas religiosos, lo es de modo aún más sutil e insidioso en las ideologías religiosas que recurren al miedo como fundamento de la política. Pero son muchos los que hoy se dan cuenta de que la alternativa al miedo no es el valor sino la no violencia. Que las ideologías religiosas hayan originado posiciones fanáticas no es razón para que debamos optar por oposiciones fanáticas. La violencia no es la solución; es el problema.

Al aceptar el Premio Nobel de la Paz, el doctor Martin Luther King Jr. proclamó una "fe audaz" en que "en todas partes la gente pueda tener tres comidas al día para su cuerpo, educación y cultura para su mente y dignidad, igualdad y libertad para su espíritu". Tanto si somos religiosos como laicos, tanto si somos hindúes como budistas, cristianos, judíos o musulmanes, adoptar esa "fe audaz" en los derechos humanos nos ayuda a enfrentarnos a las difíciles decisiones éticas que han de tomarse en nuestro tiempo.

A medida que el mundo se hace más pequeño con la llegada de la globalización, la sola idea de los derechos humanos universales nos sirve para promover los diálogos transculturales. El diálogo transcultural no aspira simplemente a tender puentes entre los enormes conjuntos de culturas que se expresan bajo denominaciones tales como Occidente y Oriente. Aspira a tender puentes donde quiera que un fuerte sentimiento de "nosotros" y "ellos" surge más allá de las fronteras. Aunque la mayoría de nosotros estamos convencidos de que el progreso moral de la humanidad va en la dirección de la promoción de los derechos humanos, deberíamos insistir en que éstos no deben entenderse como un fenómeno ya cumplido. Ni que pertenece a nuestro pasado. Es una opción para nuestro futuro plural.

 

De lo que se trata es de producir un pensamiento único como sistema de control de las conciencias. De esta manera, el personal, sumido en su ignorancia, se hace sumiso y obediente. Lo peor viene en la actualidad, cuando nos creemos libres, modernos y progres y, simplemente, somos estúpidos, absolutamente predecibles y planos. Y encima seguimos participando alegremente del sistema. ¡Manda huevos!

Hay que distinguir entre periodismo y medios de información.Los medios de información tienen dueño y pretenden perpetuar el estado de conciencia que a sus dueños les interesa. Otra cosa es lo que el periodista o el periodismo persiguen. La "verdad". Pero esto es una abstracción. Los periodistas tienen que acatar las normas. A los poderes no les interesa la libertad de opinión. Esto no es más que una palabra enmascaradora.


MANUEL RIVAS

El periodismo

MANUEL RIVAS 09/01/2010

Celine expresó así su dilema: "Morir o mentir". Un irónico anotador añadiría: Y se dedicó, claro, a mentir como un genial bellaco. La literatura puede resistir muy bien la mentira, sobre todo si se miente de verdad. Incluso el periodismo puede sobrevivir a los mentirosos. Ryszard Kapuscinsky formuló la incompatibilidad química entre el cinismo y el periodismo, en el ya célebre manual Los cínicos no sirven para este oficio. La fórmula profiláctica era buena, pero la realidad es mejor: el periodismo no sólo soporta sino que tal vez necesita un porcentaje de cínicos. Los mejores periodistas que he conocido no pertenecían ni pertenecen al bando tramposo de los cínicos, pero éstos eran un estímulo imprescindible y unos maestros en algunos géneros, por ejemplo, a la hora de escribir obituarios para vivos y muertos. Hay elegías fúnebres muy sentidas, pero ninguna alcanza la calidad pomposa de un buen cínico. Por resistir, el periodismo puede resistir incluso a la fauna de los vejaministas, especializados en el boyante arte de la difamación, esos tipos que confunden sus regüeldos con voces del oráculo nacional, sin ni siquiera intentar emular la elevación de un post de Quevedo: "Bésame donde no me da el sol". Lo que no puede resistir el periodismo es la pereza de no hacer preguntas. Hace tiempo que llevo escuchando la misma observación crítica por parte de personas que comparten esa perplejidad: ¿por qué los periodistas aceptan acudir a supuestas conferencias de prensa donde se les impone la condición de no preguntar? Peor aún: ¿por qué los periodistas ya no hacen preguntas? Intento buscar una explicación. La más inquietante es que los periodistas, en España, estamos interiorizando la sensación de derrota del periodismo. Mientras, en los regímenes totalitarios, en 2009 ha aumentado el número de periodistas y blogueros asesinados, encarcelados o amenazados. No, no tenemos derecho a dejar de hacer preguntas.