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Filosofía desde la trinchera

Más claro el agua. Hay que dejarse de tanta discusión políticamente interesada y pasar a la acción que la ley ampara. No se debe ser pusilánime en estos asuntos. Y lo curioso es que los gobiernos de "izquierda" de este país lo han sido, y mucho.


JAVIER PÉREZ ROYO

Libertad religiosa

JAVIER PÉREZ ROYO 09/01/2010

La decisión acerca de si se puede admitir o no la presencia de crucifijos en las aulas está tomada. Es una decisión que adoptó el constituyente de 1978 al redactar el artículo 16 de la Constitución en los términos en que lo hizo. El Estado español es un Estado aconfesional y, en consecuencia, "nadie podrá ser obligado a declarar sobre su... religión o creencias" (art. 16.2) y ninguna "confesión tendrá carácter estatal" (art. 16.3).

No nos encontramos ante una decisión que tengan que tomar los consejos escolares, o las consejerías de Educación de las comunidades autónomas o el Ministerio de Educación, porque la decisión ya la tomó el constituyente. Desde el 29 de diciembre de 1978 cada ciudadano, y subrayo lo de cada ciudadano, es titular del derecho fundamental a la libertad religiosa y ese derecho tiene que serle respetado por los poderes públicos y por los demás ciudadanos sin excepción, ya que, como dice el artículo 9.1 CE, "los ciudadanos y los poderes públicos están sujetos a la Constitución". Ni siquiera las Cortes Generales podrían tomar la decisión de que hubiera crucifijos en las escuelas, pues en el supuesto de que aprobaran una ley en ese sentido la ley sería anticonstitucional. En mi opinión, ni siquiera mediante la revisión de la Constitución contemplada en el artículo 168, que sería la vía apropiada para reformar el artículo 16, se podría tomar esa decisión, ya que la no confesionalidad del Estado pertenece al núcleo esencial del Estado constitucional, que dejaría de serlo en el caso de que se convirtiera en un Estado confesional. Estado constitucional y Estado confesional es una contradicción en los términos. Pero, en todo caso, para tomar la decisión de que hubiera crucifijos en las escuelas habría previamente que revisar la Constitución, esto es, adoptar la decisión por mayoría de dos tercios de ambas Cámaras en dos legislaturas consecutivas y someter la decisión después a referéndum.

Desde el 29 de diciembre de 1978 debería haberse procedido de oficio a la retirada de todos los crucifijos de las escuelas. La retirada o no retirada de los crucifijos no es asunto que pueda ser sometido a discusión, ya que ello obligaría a que quienes participan en la discusión tengan que hacer públicas "su religión o sus creencias" y esto es algo que está expresamente vedado por la Constitución. La simple formulación de la pregunta ya sería anticonstitucional.

Lo que, a su vez, quiere decir que a nadie tendría que ponérsele en la tesitura de tener que hacer una reclamación para que se retiren los crucifijos y, menos todavía, que tenga que interponer un recurso ante los tribunales de justicia para que se ordene la retirada. Esto ya supone una vulneración del derecho a la libertad religiosa de la persona que reclama o recurre.

Los derechos fundamentales son derechos de los individuos. Los consejos escolares no son titulares del derecho a la libertad religiosa y, en consecuencia, no pueden decidir ni por mayoría ni por unanimidad si quieren mantener o no los crucifijos en las escuelas. Mantener esa postura es desconocer de la manera más completa qué son los derechos fundamentales y qué lugar ocupan en nuestro ordenamiento constitucional.

De ahí que no se pueda aceptar los términos a los que se está intentando llevar el debate en nuestro país tras la reciente sentencia del Tribunal Europeo de Derechos Humanos sobre la incompatibilidad del derecho a la libertad religiosa y la presencia de los crucifijos en las aulas. La decisión de retirar los crucifijos no puede hacerse depender de que lo soliciten o dejen de solicitar un mayor o un menor número de padres, sino que dicha decisión tiene que ser adoptada de oficio por los poderes públicos competentes, ya que el primer elemento definitorio de los derechos como derechos fundamentales en nuestra Constitución es la vinculación de los mismos a todos los poderes públicos. Así lo dice taxativamente el primer inciso del primer apartado del artículo 53 de la Constitución, que es en el que se definen los elementos que hacen que los derechos puedan ser calificados de fundamentales: "Los derechos y libertades (...) vinculan a todos los poderes públicos".

Tras la sentencia dictada por unanimidad por el Tribunal Europeo de Derechos Humanos sobre la violación de la libertad religiosa por parte del Estado italiano por no haber procedido a la retirada del crucifijo de un instituto no puede caber duda de que libertad religiosa y crucifijos en las aulas son términos incompatibles y, en consecuencia, todos los poderes públicos están obligados a ordenar la retirada de tales símbolos religiosos porque, insisto, todos están vinculados por los derechos fundamentales.

Yo leí “El Quijote” y disfruté

Así dicho, y depende de en qué ámbitos, puede sonar hasta como una provocación. Sí, lo leí, y sentí placer, a pesar de que era, en su integridad, una de las lecturas obligatorias en el tercer curso del B.U.P. de hace unos años. Una vez que lo empecé pocas cosas me hicieron interrumpir su lectura, con las dificultades lógicas que puede plantear un libro publicado a comienzos del s. XVII, pero tampoco tantas. En esto pensaba, y en muchos otros libros, mientras el otro día varios medios de comunicación hablaban sobre los planes de lectura que las autoridades educativas han emprendido para fomentar ese hábito entre los escolares. También al contemplar, en las paredes  del instituto donde trabajo, unas hojas de recomendaciones sobre cómo leer. Instrucciones enmarcadas dentro de estos plantes de lectura. Y algo no me cuadra.

Primero, porque este interés sucede y se superpone a otro de las autoridades educativas nacionales y autonómicas de erradicar de la enseñanza la lectura de obras completas y sustituirla por antologías y adaptaciones, con los años cada vez más antológicas, y más adaptadas. Y segundo, por la inanidad y vacuidad que emanaba de esas mismas normas. Empezaban casi diciendo cómo se tiene que sentar el chico, abrir el libro, la luz necesaria, cómo hay que hacer descansar la vista cada pocos párrafos mirando para otro lado, tomar zumos de vez en cuando para reponer fuerzas, etc. Todo muy obvio, y estúpido por lo evidente o excesivo. Al final, pensé, con este afán de burocratizar una materia del espíritu como es el proceso de aprendizaje, tras haber ahuecado de contenidos las diferentes asignaturas en que está compartimentado, van a hacer una asignatura de algo tan íntimo y connatural a quien se interesa por el saber como es leer un libro. Y así, hacer que el libro, un alargamiento de nuestro intelecto, que puede retener mucho pero no todo, quede lejano, burocratizado,  sometido a protocolos redundantes, “auditado”. Si se sigue por este camino, y es probable, quizá las autoridades educativas, hábilmente aconsejadas por sus psicopedagogos de cámara, nos acabarán explicando cómo cagar: “Se sienta usted de esta manera, se relaja… puede optar entre el papel y…” Y no sería raro que en este mundo educativo, donde ya se ha enseñoreado plenamente esa jerga de pleonasmos e incorrecciones inventada por los psicodemagogos para encubrir la falta de conocimientos a los que asirse; ese idioma oscuro trufado de palabros como “inclusividad”, “rol”, “disruptividad”, “ratio”, donde se construyen verbos como “ofertar”, “interactuar”, “aperturar”, se acuñase el neologismo “lecturar” para definir la acción de enfrentarse a un libro siguiendo todos los pasos y recomendaciones de los inútiles con carnet, para contraponerla a la necesidad y al placer supremo de leer, por los cuales incluso se ha llegado a morir: “Mamá, hoy no me lleves al centro comercial, que tengo que lecturar…”, “Me han dicho que lecture un libro para hacer un trabajo sobre la pizza”.

Tercero, porque en ésta nuestra sociedad española, la destrucción progresiva de la enseñanza que se viene llevando a cabo desde 1990 parece que tiene por fin formar ciudadanos acordes con la mediocridad imperante. No hay más que echar una ojeada a los medios de comunicación, o a las formas de ocio mayoritarias. Una persona que lea literatura, historia, filosofía de verdad, no esos folletos engordados que ocupan ahora muchas estanterías, difícilmente comulgará con muchas ruedas de molino. Para lograr este objetivo, la artillería de los mediocres buscó blanco en el libro mismo. Para leer hay que “digerir” el libro, y éste fue descuajado en adaptaciones y colecciones de parrafitos perpetradas por el psico-inquisidor pedagógico de turno, pagado por los politiquillos que marcan los diecisiete, o más, sistemas educativos con que ahora contamos. Es comprensible que, para quien se enfrenta por primera vez a ellos, se adapten textos antiguos, cuando la lengua era bastante diferente de la actual. “El Cantar del Mío Cid” y otras joyas de los inicios. Eso siempre se ha hecho. Sin embargo, el otro día casi me da un pasmo cuando vi que ya se adapta literatura de finales del s. XIX. Dentro de nada, se pasará “La Familia de Pascual Duarte” a lenguaje de móvil, ya verán, y hasta tendrá un prólogo de Don Ángel Gabilondo, Ministro de Educación. Y todo esto, en el caso de que los libros que se recomienden no sean esa llamada “literatura juvenil” con tramas entre lo inverosímil y lo tedioso, cuyos personajes desconocen el empleo de cosas tales como el subjuntivo o las oraciones subordinadas. Con estos mimbres, no es de extrañar el descrédito en el que actualmente se hallan las Humanidades en las instituciones de enseñanza: cuando se llega a la hora en que los alumnos deben elegir asignaturas, a los listos les “ofertan” las científicas, y a los menos aventajados, las humanísticas, las del montón. Y con razón; seguro que un chimpancé también podría enfrentarse dignamente a los contenidos que amenizan ahora a disciplinas como la gramática o el estudio de una lengua extranjera. Ya se empezó desterrando al latín y al griego. Las asignaturas científicas van aguantando el embate un poco más, un lapso que tampoco ha de ser muy largo si los fundamentalistas pedagógicos de la LOGSE y la LOE siguen con el control del sistema educativo español. Todo lo que tarden en encontrar un método para, por ejemplo, resolver ecuaciones eliminando todas las incógnitas (espero no estar dando ideas), y así igualar a todos en la misma ignorancia mediocre. Luego nos quejaremos del mal estado de la investigación en España, y algún esclarecido cargará la responsabilidad sobre otras épocas; pero para entonces ya habremos conseguido producir varias generaciones que provean de camareros y personal de limpieza a esos “resorts” que ahora se construyen en la costa mediterránea.

Como el oprobio nunca suele ir muy lejos del chiste, hace poco he leído que el alcalde de Noblejas (Toledo) ha propuesto que su ayuntamiento pague de sus arcas un euro por hora a los escolares que vayan a la biblioteca, aunque sea a calentar la silla. La lectura convertida en subempleo, fomentada por aquellos que nunca han leído. Por un lado da un poco de pena que esta labor de zapa mediocre la esté realizando el PSOE, cuando en otros tiempos los partidos socialistas se preocupaban de que los obreros dedicasen su tiempo libre a leer y estudiar, medios de conquistar la dignidad personal, y también la mejora social. Por el otro, da más pena todavía constatar cómo se dice que se emplea el dinero público en supuestamente fomentar la lectura después de haberse esforzado por erradicarla de la vida de los adolescentes. Es como cuando después de haber quemado un monte de robles lo plantan de eucaliptos, que crecen rápido, para transformarlos en pasta de celulosa. Recuerdo que en el musical “El Violinista en el Tejado”, el protagonista, en la célebre canción “Si yo fuera rico (If I were a rich man) dice que si tuviese mucho dinero pasaría el día discutiendo los libros con los sabios del pueblo. Los libros. No sólo entre los judíos de Europa Oriental fueron un objeto de veneración y deseo. Desde luego, si Don Quijote viviera ahora y fuese alumno de la E.S.O., no se habría vuelto loco por leer sus libros de caballerías, se volvería imbécil, pero loco no. Ahora, algún psicotonto español debe de estar maquinando mamotretos de instrucciones de mil páginas sobre cómo leer un libro.

 

                        05 de enero de 2010

 

            Vamos a ver. Hay dos ideas fundamentales que han salido en la discusión. La primera es la de la igualdad y la segunda la de la autoridad. Con respecto a la igualdad se viene a decir que es, más o menos, un mito. Que es el origen de los males de nuestra mal entendida democracia y de la educación. Estoy con ello de acuerdo. Lo que sucede es que hay que matizar mucho en este asunto. Pero aquí hay que ser breve para no cansar. Habría que escribir un artículo sobre igualdad y democracia. Precisamente sugiero la lectura de dos obras que tengo ahora entremanos que son “El odio a la democracia” de Jacques Rancière y “Ejemplaridad pública” de Javier Gomá. Estas lecturas sustituirían mi argumentación. No obstante pretendo escribir un artículo sobre estos libros en mi blog. La igualdad es una entelequia. Quiere esto decir, que no existe ninguna igualdad ontológica o natural. La igualdad es una idea adaptativa, de orden social y político, que permite un modo de vivir. Los que confunden la igualdad de oportunidades, invento técnico-jurídico y político, con la igualdad natural-ontológica están tergiversando interesadamente el concepto para obtener beneficios; y, en el caso de la educación, defender una ideología que enmascara una educación que sólo genera mediocracia, sino algo peor. En ese sentido la igualdad es un mito. Pero ya en el mismo comienza de la democracia en Grecia, y me refiero a la oración fúnebre de Pericles, se viene a decir, que la igualdad no puede ser el menoscabo de que el gobierno esté encarnados por los mejores. Es decir, que la misma democracia defiende una educación en la meritocracia. De ahí lo de las virtudes públicas y la ejemplaridad del ciudadano. La igualdad no puede eliminar las diferencias del mejor. La igualdad es de oportunidades para eliminar las diferencias de poderes, que, en definitiva, se reducen a las de la riqueza, enmascarada de lo que sea: aristocracia, timocracia… Así, coincido con aquellos que atacan a la igualdad, pero sólo en lo que se refiere al mito de la igualdad. La democracia, por muy deficitaria que sea y muy en desarrollo que pueda estar, lo que hace es darle la vuelta al poder. El poder reside en el pueblo, aquel que no tiene nada para erigirse con el poder. Ya sé que esto es iluso en tanto que teórico, pero quién ha dicho que la democracia sea algo dado. La gobernanza humana es siempre imperfecta, pero la democracia es el único gobierno perceptible.

 

            En cuanto a la autoridad quiero hacer dos observaciones. La primera es que yo no tengo que defender al señor Mariana, él se podrá defender sólo. Tampoco voy a atacar a Gustavo Bueno. A los dos autores los he leído y he sacado lo mejor que he podido de ellos. Pero a ninguno se me ha ocurrido endiosarlo, con perdón, como hacen los “buenistas”. Coincido absolutamente en que la autoridad viene dada por la situación social. Pero la situación social se consigue. Un problema de hoy en día es el de la falta de reconocimiento de la autoridad: médicos, jueces, fuerzas de orden público, profesor…es cierto, y la educación tiene que garantizar el respeto a esta autoridad. Y el respeto es la obediencia al mérito adquirido partiendo todos desde el principio de igualdad. Pero para que se cumpla este cambio de percepción en la realidad, es necesario, como decía, un cambio de paradigma. Por eso no estamos en una situación sin salida, sólo que nuestro paradigma está agotado. No sabemos cómo se saldrá de él. Pero eso es otra historia. Considero que la educación tiene que basarse en la autoridad, y frente a la autoridad lo que tenemos es la obediencia y la disciplina. El niño tiene que hacer sus deberes, como se ha dicho, porque es su deber y punto. Todo lo demás son paños calientes y pérdida de autoridad. Lo que a mi me parece que ocurre es que la crítica que se hace a la autoridad desde la política es porque el político es un camaleón que quiere asemejarse a la sociedad para ganar votos; en definitiva, para mantener su poder. Esto, por un lado, por otro, la ideología pseudocientífica de los pedagogos se apoya en la eliminación de la autoridad y de la educación de la voluntad, porque no caben en su marco científico. Recuerdo que el primero que señaló en España que la educación iba errada porque se basaba en la educación a través de la motivación y no de la voluntad fue Marina, en su libro “En busca de la voluntad perdida”. Y auguraba, como así ha sido, un fracaso absoluto educativo, con emergencia incluso de la violencia, si no se recuperaba la educación de la voluntad, la cual es imposible sin la autoridad y la disciplina. El niño tiene que aprender a obedecer porque así aprenderá a obedecerse. Y ésta es la única manera de ser libres. Nos hacemos libres en la medida en la que somos capaces de obedecer leyes. Lo contrario es caer en el capricho y el vicio, que es lo que fomenta nuestro sistema educativo.

 

 

 

No creo yo en los determinismos históricos, ni en los ciclos de la historia de forma necesaria. Si hay un determinismo, es físico y biológico. Y es dudable. Pero éste es otro tema. No pienso que hayamos llegado a un punto de no retorno. Y no creo ser optimista. Todo lo contrario. Creo que nos reducimos a biología y habría que ver lo que dice la evolución. Es lo que se ha llamado la peligrosa idea de Darwin y la darwinización del mundo. Tampoco creo en determinismos tecnológicos, ni en el imperativo tecnológico ligado al primero. No sé qué se puede entender por deshumanización. La técnica es lo más característicamente humano. Las conquistas técnicas van desde el hacha de silex, pasando por la domesticación de las plantas y los animales, por la creación de un orden democrático y las instituciones que lo respaldan (cuidado que soy un crítico de la democracia, no un ingenuo) y llegando hasta una lavadora y la bomba atómica. No se puede caer ya en el discurso de las dos culturas. Esto es un error y tremendo para la educación. Estoy de acuerdo, por su puesto, con que la autoridad se gana, pero cuidado, no hay que olvidar que detrás puede haber intereses de los grupos de poder. Creo que la democracia debe basarse en la educación de la virtud que daría lugar a la ejemplaridad pública. Y esta ejemplaridad es la que da la autoridad. Y el ideal de la democracia es que fuese alcanzada por la mayoría. Por eso nuestro sistema educativo está tan errado y educa, precisamente, en lo contrario. Y no hay educación de la virtud sin autoridad. Toda crisis es una crisis de valores. Y los valores no cambian hasta que n cambia el paradigma. Esto es, hasta que no aparece una nueva visión del mundo, que por su puesto, nace de la crítica o discurso crítico, como el que se viene haciendo en este blog.

                                   04 de enero de 2010

 

Ese bachillerato fantasma es un bachillerato que da miedo. Ése es su otro aspecto fantasmal. Nos han querido hacer creer que tendríamos un bachillerato de tres años con ese famoso curso puente. Lo que tenemos es una auténtica basura de bachillerato. Antes ya, ahora, no os digo nada. Ahora lo que tenemos es el triunfo del vago, de la ley del mínimo esfuerzo. Ya ni curso que repetir, sólo las asignaturas que te queden, sean cuantas sean. Luego van de oyentes se examinan y si suspenden el examen te dicen que les da igual, que ya lo tiene aprobado. Es, simplemente grotesco y grosero. ¡Cuándo acabaremos con esta pedagogía pseudoprogre que convierte a los futuros ciudadanos en señoritos satisfechos, ineducados, vagos, respondones y que se creen el ombligo del mundo y con todos los derechos! Y los culpables somos todos. Pero los primeros fueros y son los políticos con sus falsas y peligrosas ideologías. Siempre he pensado que las ideas tienen consecuencias, frente a los materialistas históricos. Pero lo peor es cuando esas ideas son peligrosas.

 

 

Si, pero proceden siempre de la misma condición.

 

                        30 de diciembre de 2009

 

            Ya hemos hablado aquí de la educación e ilustración. Antes hacíamos una relación de estos temas a través del fanatismo. También hemos hablado de la actual educación como una corrupción del ideal ilustrado. Una perversión de la razón, como fue el nacionalismo y los estado totalitarios. Ahora quiero, en la línea del párrafo anterior contra el fanatismo, señalar que una solución o tarea que hay que emprender para intentar desenredar el desaguisado de la educación actual, pasa por la recuperación de la ilustración. Otra cosa es, como ya he señalado a veces, porque lo sospecho, que la ilustración sea imposible. En tal caso habrá que considerarla como una idea regulativa de nuestra acción práctica: ético-política.

 

            La ilustración es la salida del hombre de su autoculpable minoría de edad. Y ésta consiste en que el hombre es esclavo voluntario, delega su voluntad y su libertad en una autoridad exterior. La ilustración es la salida de este estado de dependencia. Obsérvese que se nos dice que el hombre es culpable de su propio estado de esclavitud, de minoría de edad. La causa es el miedo y la pereza, preferimos la esclavitud por miedo y por pereza. Somos gregarios y siguiendo al grupo nos sentimos a gusto. Incluso somos capaces de cometer las mayores atrocidades si nos vemos identificados con el grupo. En tal caso perdemos hasta la noción de responsabilidad. Esto es lo que ha ocurrido con el mal radical. Los que lo llevaron a cabo, los peones, digámoslo así, eran gente que decía que obedecía ordenes. Los ciudadanos normales, por miedo y pereza consentían. Así todos eran partícipes de exterminio y del etnocidio. A estos límites insospechados nos lleva la renuncia a la libertad por miedo y pereza. La libertad es el maximo bien que poseemos, pero rápidamente delegamos nuestro bien en manos de otro para eliminar semejante peso de encima. De ahí que seamos culpables de nuestra minoría de edad y de nuestra esclavitud. Ésta es la conclusión a la que llega Kant y lo que encontramos en La Boéte, Discurso sobre la servidumbre humana voluntaria. Ahora bien, nuestra renuncia a nuestra libertad nos pone en manos del poder. Y el poder siempre se monta sobre el miedo. El instrumento del poder es la superstición. Ésta es la base de toda ideología, pensamiento acrítico y supersticioso enmascarador de la realidad. El poder fomenta la superstición para aumentar el miedo natural del hombre a la soledad que procede de la libertad y la crítica, el uso libre y autónomo de la razón. Por medio de la superstición el poder puede actuar casi impunemente. La obediencia de los individuos, que no ciudadanos, es ciega. Y para ayudar a esta obediencia es preciso crear un clima de bienestar, de falsa felicidad. En nuestro tiempo esto nos viene dado por el consumo que ha producido un tipo de hombre peculiar: el egoísta consumista hedonista, que no tiene más norte y principio que sí mismo. Un hombre superficial que se agota en su propia piel y en sus propias posesiones que no son más que prótesis adicionales incapaces de crear un ser. El individuo se ha diluido en el tener, pero este tener es efímero y, por eso, continuamente debe ser alimentado. Así, tenemos dos fundamentos de la obediencia, el temor y la satisfacción ante lo dado, la conformidad. De ahí surge la pereza, la madre de todos los vicios, porque la virtud es fuerza, esfuerzo, ejercicio, en el sentido aristotélico. La virtud requiere de la valentía y ésta es un hacer autónomo e independiente que se enfrenta a lo comúnmente aceptado. Por ello, para salir del estado de autoculpable esclavitud necesitamos de la virtud. Pero, ¿se educa en la virtud en los planes de estudio?. De ninguna manera. Se sustituye la virtud por un pensamiento en valores políticamente correcto y, con ello, nuevamente gregario. Y el fundamento epistemológico de la educación está absolutamente alejado de la virtud. La virtud depende de la voluntad: querer o no querer, dominar nuestros deseos, etc. Pero la voluntad es algo inobservable. Y la pedagogía al uso está basada en la epistemología del neopositivismo para el que sólo de lo observable podemos hacer ciencia. Por eso la voluntad queda fuera del fundamento de la educación. No se educa la voluntad. Pero si no hay una educación de la voluntad, ni en la escuela, ni en la familia, lo que tendremos serán niños y futuros hombres caprichosos, sumidos en la tiranía de las pasiones. Y estas pasiones, como hemos visto, ya vienen alimentadas por el propio sistema: el consumo desenfrenado, compulsivo y autoidentitario. Por eso el sistema educativo no pretende formar personas, sujetos libres y autónomos, ni ciudadanos. Pretende domesticar por el miedo y la pereza. A la base hay un fanatismo, por su puesto, el de la ideología hegemónica cuyo contenido habría que analizar a parte, pero que tiene mucho que ver con el neoliberalismo, el individuo autista, la libertad identificada con el consumo, la idea del crecimiento ilimitado, etc. Si en la misma base epistemológica del sistema educativo no está la voluntad, lo que está es la motivación y la teoría constructivista. Dos errores epistemológicos colosales, pero en fin, estos progres pseudocientíficos, están anclados en un paradigma científico remoto. Y se creen modernos. El estimulo, sin contenido y sin esfuerzo es ciego y vacío. Necesitamos de los contenidos, de la memoria y del esfuerzo para aprender. No podemos construir todo el saber nosotros, es necesario la memoria. Pero sí es posible una presentación histórica del saber que nos identifique con la tarea heroica de la humanidad en pos del conocimiento y su autoliberación. Esto requiere del esfuerzo y la voluntad, pero nos llevara a amar y continuar en lo posible la obra más digna del espíritu humano: el conocimiento, la ciencia, la filosofía y el arte. En suma, fruto todo ello de la virtud humana. Consecuencia del esfuerzo del hombre por autotrascenderse en lo universal. El conocimiento es engendrar en lo universal desde nuestra particularidad contingente y limitada. Como ya decía Platón, el amor es engendrar en la belleza. Y entiéndase que el amor es búsqueda de lo que no se tiene y que va de lo particular a lo universal, de amar la belleza en un cuerpo bello a la belleza en sí pasando por toda la jerarquía, desde la naturaleza, la ciencia, el orden social, etc. El amor (una pasión positiva, Spinoza), por tanto, ya desde Platón y Aristóteles, es lo que anima al conocimiento. Ya sabemos que la razón no puede ir sin pasión. La razón fría es para los ordenadores. Mero mecanismo algorítmico. La razón humana está animada por la pasión del saber y la búsqueda de la libertad.

 

            La ilustración es la salida del hombre de su autoculpable minoría de edad. Y el instrumento para salir de ella es el uso de la razón. La razón es la facultad, animada por la pasión, que nos permite salir de nuestra minoría de edad, en la medida en que nos lleva al conocimiento y éste tumba a la superstición. Y sin superstición no hay miedo. El conocimiento es autoliberativo porque elimina el miedo de la superstición, que es el instrumento del poder para sojuzgar. Pero el conocimiento también desenmascara las apariencias y las ideologías. El conocimiento nos muestra al poder, su pasión por dominar y sus instrumentos. Pero el conocimiento como nos libera, nos deja aislados. Por eso el ejercicio de la razón, desde la pasión, es un ejercicio de libertad. Y la libertad nos lleva a la soledad. Pero en la soledad está la creación. Y esa creación es la creación del sí mismo.

 

            Los ilustrados pensaban que se llegaría a una humanidad ilustrada por medio de la educación universal. Y aquí está nuestro problema. Desde el punto de vista teórico la cosa ha quedad clara. La educación basada en los presupuestos que hemos expuesto antes llevaría a la humanidad a una época ilustrada. Pero el problema es que eso no ha sido así. A mi modo de ver hay dos problemas que, además, al interrelacionarse se hacen casi insolubles. El primero ya lo hemos señalado y tiene que ver con la propia condición humana. Esta condición es siempre, a mi modo de ver, de carácter, natural biológico. El hombre renuncia a la libertad. Hemos hablado de miedo y de pereza y es cierto. Estos son los sentimientos que aparecen en el hombre, porque la libertad es heroica en lo que tiene de solitaria. Pero existe un sustrato naturalbiológico. Y ésta es la madre del cordero. Somos animales tribales y gregarios. El hecho de ser tribales implica que nuestra estructura y organización social es jerárquica estableciéndose un orden según fortaleza y posibilidad de replicarse. Siempre habrá una élite con mayor posibilidad de procreación que los vasallos. Pero, a su vez, somos gregarios. No podemos prescindir de los demás y, además, nuestra identificación nos lleva a seguir el comportamiento normal del grupo. Las disidencias y discrepancias son duramente castigadas. La prehistoria y la historia de la humanidad están plagadas de ejemplos de ello. Ésta naturaleza impide el desarrollo de la libertad, si bien no absolutamente en la medida en la que el comportamiento humano es abierto y no cerrado. La cultura, si bien de origen natural, un modo de adaptación, como los dientes del tigre, inventa formas de organizarse que eliminan en cierto grado el tribalismo. Además, todo cambio social depende de la innovación, la cual no es posible sin la crítica a lo antiguo y la disidencia con la presentación de nuevas propuestas. Ahora bien, tenemos que entender aquí que la libertad no es aquí algo ontológico, es un fruto cultural. Es decir, para no salirnos del naturalismo nihilista, un mecanismo de adaptación natural que permite y amplifica la autorreplicación de nuestros genes. Prueba de ello es el hecho de que hemos llegado a 6.500 millones de habitantes. El otro factor que se une al anterior es el del poder. La educación está siempre en manos del poder para que éste se perpetúe. Por tanto, la educación, si viene dirigida por el poder, nunca será educación en la libertad, ni para la libertad, ni desde la libertad, sino para la opresión y el adoctrinamiento, así como para la sumisión, la obediencia y el pensamiento único. El poder es la cúspide de la jerarquía que quiere perpetuarse. Por eso, de ninguna de las maneras, va a perseguir la aparición de individuos críticos y disidentes. Necesita personal obediente y sumiso. Y, además, son explícitos, a tal extremo ha llegado el engaño. El objetivo fundamental de la educación y del plan Bolonia en particularidad es la adaptabilidad del futuro ciudadano a la sociedad cambiante en la que vivimos. Es decir, adaptación (léase sumisión desde la perspectiva éticopolitica) no crítica ni disidencia. El poder es siempre conservador, de lo que se trata es de mantener el status quo, que nada cambie. Y la educación en manos del poder es siempre reaccionaria, por muy de progre que se vista. De lo que se trata es de clonar, de domesticar, a lo que ayuda, y no poco, la propia condición humana.

 

            La educación, basada en la ilustración, debe partir de la libertad, para buscar la libertad. Pero, para ello, nunca debe estar en manos del poder. Pero siempre, y esto es una paradoja, para que el sistema funcione necesitamos individuos obedientes y sumisos. La libertad individual es una conquista que está en manos de muy pocos. Otro cantar es la libertad formal. Un derecho de las democracias formales. Pero esto es otra cosa que presupone, precisamente, el estado de derecho de las democracias. Forma de adaptación cultural exitosa donde las haya.