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Filosofía desde la trinchera

 

                        29 de diciembre de 2009

 

La educación sin fanatismo es el lema de la ilustración. Atrévete a saber por ti mismo. Pero la ilustración está muy lejos de la educación de hoy en día. En lo único que coinciden es en lo de la universalidad, que no obligatoriedad. La educación es adoctrinamiento. Y el adoctrinamiento siempre es en algo. Hay que ser fanático, como bien se dice, para defender la educación universal y obligatoria que obedece a un estado, un gobierno y una ideología. La ilustración, creo, es un proyecto inacabado. Por eso la educación debe ser educar en la ilustración: la autonomía y la libertad. Y en este sentido es una lucha contra el fanatismo y el adoctrinamiento. La ilustración es la lucha contra la superstición y ésta última es la base epistemológica y psicológica del fanatismo. En el fanatismo está el germen de la creencia en la verdad absoluta. De ahí su ansia de extender sus ideas por todo el mundo, su afán mesiánico. Y esto de mesiánico me suena mucho a los ideales de la pseudoeducación actual.

 

 

 

                                   29 de diciembre de 2009

 

Estoicos y epicúreos.

 

            Desde luego que hay que volver a los griegos para no salir de ellos. Cada vez estoy más convencido que en el ámbito de la sabiduría, no así de la ciencia, aunque sí de sus bases, no nos es necesario casi salir de los griegos. Al menos en lo que se refiere a nuestra cultura occidental. Otro cantar es la sabiduría oriental y las sabidurías mistéricas. Pero eso es otra cosa, que además pienso que también tienen su punto de unión. Cuando a lo largo de la historia se han alcanzado altas cotas de sabiduría, como es el caso de Montiagne, La Boéte, Spinoza y otros, por referirme al ámbito ético, son buenísimas actualizaciones del pasado griego. El germen está en los griegos. Por su puesto que no sugiero aquí un reduccionismo. Hay una historia de la ética y del pensamiento político que está encuadrada en el devenir histórico de los acontecimientos y peripecias del hombre. Esto es innegable e ineludible. Pero en los orígenes se concentra lo que después se ha de desarrollar. Por eso hemos hablado ya aquí, en este conjunto de pensamientos contra el poder de un francotirador de las injusticias y las mentiras, del pensamiento de los sofistas y Sócrates, de Platón y Aristóteles. Y los hemos abordado desde su actualidad. Es decir desde las lecciones que nos pueden impartir. Lo mismo sucede, por citar dos de las escuelas helenísticas, con los estoicos y los epicúreos. Su pensamiento es siempre actual y su permanencia se hace más ostensible cuando atravesamos momentos de crisis.

 

            En primer lugar es interesante referirse al hecho de que a filosofía postarsitotélica es heredera de Sócrates. El pensamiento de Sócrates tuvo dos direcciones contrarias, pero que se encontraban en germen en el propio pensamiento de Sócrates. Por un lado tenemos la herencia de Platón. Éste filósofo dió la máxima importancia a la dimensión comunitaria del pensamiento de su maestro. Para él lo importante era la comunidad frente al individuo. Es curioso que la muerte de Sócrates la podemos interpretar como causada por la introducción de la eticidad o la libertad en el mundo griego. La libertad rompe la unidad indisoluble que había en el mundo griego entre ética y política hasta Sócrates. La virtud era sólo entendida como virtudes públicas o política. Sócrates introduce la individualidad, el mundo de la libertad y la autonomía. Pero Platón opta, para resolver el problema con los sofistas, y como réplica a la democracia, por el estado totalitario. El estado platónico es una gran familia que anula al individuo. El individuo es en tanto que pertenece al estado y su función y quehacer viene dirigido por éste. El individuo es educado por el estado en una única educación igual para todos. El pensamiento disidente y heterodoxo es eliminado de raíz. Sólo existe una única filosofía verdadera y sólo existe una única forma posible de vivir según la justicia, el estado platónico. El individuo feliz y virtuoso no puede concebirse fuera de este estado.

 

            Pero hubo una segunda línea que deja la sombra de Sócrates y que nos ha llegado como las escuelas helenísticas. Aquí nos encontramos con los cirenáicos, los cínicos, los estoicos, los epicúreos y los escépticos. Hay una nota común entre todas estas filosofías: la primacía del individuo frente a la comunidad. Lo que se persigue, tras la caída de la polis, es el ideal del sabio. Y el sabio se construye a sí mismo. La polis no le es necesaria. En algunos casos es un mal necesario. Se renuncia a la política como actividad perturbadora. Se defiende el ideal de la vuelta a la naturaleza en el sentido de recuperar la razón universal que lo gobierna todo. El sabio, dicen cínicos y estoicos, debe obedecer a la naturaleza. La razón de la naturaleza, su ley es universal y lo abarca todo. La  ley de los pueblos son particulares y convencionales. Seguirla no nos hace sabios sino estúpidos en tanto que contingentes. En la ley de la naturaleza, en tanto que nosotros somos naturaleza está la sabiduría. Ya hemos hablado aquí del ideal estoico del cosmopolitismo como un ideal ético. Lo que nos une es la naturaleza. Y nuestra naturaleza es la humanidad. Lo que tenemos en común pues es nuestra humanidad, por el contrario, lo que nos separa son las naciones, las culturas, los estados, etc. por eso el sabio sigue a la naturaleza, no a las costumbres particulares. Las costumbres son pasajeras y variables, carecen de importancia. Cuando les damos más de la que tienen caemos en disputas y violencia. Así, todas estas escuelas, desde los cirenáicos a los escépticos, defendieron al individuo y a la humanidad como naturaleza propia del hombre por encima de las diferencias culturales. Vieja sabiduría que será interesante recobrar hoy para una globalización de la justicia.

 

            Los estoicos descubrieron que la felicidad positiva es imposible. La felicidad consiste en la eliminación del dolor, la apatía. El origen de la felicidad está en el deseo. También es ésta una vieja doctrina que es necesario recuperar hoy en día para forjar una ética del deseo que reemplace al individuo ególatra consumista en el que nos hemos y nos han convertido. El deseo es el origen de la infelicidad. Los estoicos desenmascararon la dinámica del deseo, como lo hiciera el budismo oriental. El deseo es imposible de ser satisfecho. El deseo es dinamismo, movimiento, intranquilidad, nos saca de nuestro ser, nos hace en suma infelices. Una vez satisfecho renace con nuevos bríos. No se puede domesticar. No existe para los estoicos una felicidad positiva, lo único que nos queda es dominar el deseo y el miedo. No desear nada es la piedra angular de la felicidad en tanto que tranquilidad o serenidad de espíritu. Y esta ausencia de deseo tiene una doble cara, la eliminación del miedo y el temor. El temor es un deseo negativo. Tememos perder algo, a alguien o a nosotros mismos. La clave está en no desear y aceptar el devenir inexorable del curso de las cosas. Nada depende de nosotros. El orden racional del mundo está fuera de nuestra voluntad. Luchar contra la razón universal, responsable del orden último del universo es locura. Y la locura es la expresión máxima de la infelicidad. No tenemos nada por lo que sufrir, porque no debe existir el apego a nada. La dulce pasión del sabio estoico es la alegría de vivir, algo así como un carpe diem filosófico, vivir el momento con intensidad, pero sin apego. Y esta es la serenidad de los sabios estoicos. Cuando esto no es posible siempre nos queda esa ancha puerta que es la muerte. Si no se puede vivir con dignidad, mejor es morir con ella. El suicidio o la eutanasia es la solución final a la vida digna.

 

            Aunque se suelen presentar de modo distinto, e, incluso, contrarios, los epicúreos tienen semejanzas con los estoicos y los complementan. Estos sí hablan de una felicidad positiva. El origen de la vida feliz es el placer. No hay vida feliz sin placer. Donde hay placer no hay dolor. Lo que descubrieron los estoicos es un mecanismo, del que hoy se ha rastreado su huella neurofisiológica, por el cual donde hay dolor, no hay placer y donde hay placer no hay dolor. Y sólo en la vida placentera podemos encontrar la felicidad. Así que el objeto de la vida feliz es el placer. Ahora bien, este hedonismo no tiene nada que ver con el libertinaje. Ni con el hedonismo transmitido por la iglesia cristiana. Para el cristianismo el hedonismo, y los epicúreos como sus máximos representantes, son el demonio. Bien saben ellos que donde hay placer no hay temor y donde no hay temor no hay necesidad de los dioses ni obediencia ciega debida a la superstición. Por eso, el cristianismo, en su intento de domesticación del hombre, ha considerado que el placer es el peor de los males. De ahí que el hedonismo es uno de sus anatemas. Efectivamente que donde hay placer no hay miedo y donde existe o reside, hay ausencia de dioses y de creencias. Y donde no hay dioses no hay poder basado en la superstición. Pero lo que los epicúreos han defendido ha sido otra clase de placer distinto a lo que los cristianos entienden por hedonismo que, en última instancia, identifican con libertinaje y lujuria. Lo que piensan los epicúreos es que lo primero que hay que hacer es eliminar el miedo. Donde hay miedo no hay posibilidad de placer. Los miedos fundamentales son a la muerte, a los dioses y a la enfermedad. A la muerte no hay que temerla porque la muerte es ajena a la vida, cuando yo estoy la muerte no está cuado la muerte está yo ya no estoy. De los dioses no sé si son o no son, pero si son serían inmortales y perfectos; así que para nada se ocuparían del hombre. La enfermedad es un mal mientras que no la podamos sustituir por un placer. Pero los dolores o son leves y duraderos y sustituibles por placeres o cortos e intensos. Los largos e intensos llevan a la muerte o a la opción por el suicidio cuando nuestra vida, a nuestro juicio, carece de dignidad. Así la felicidad está en el placer. Pero los estoicos dicen que de los placeres los únicos legítimos son los naturales, es decir, los necesarios para la vida: comer, beber, procreación, vestido y vivienda. Pero todo esto con extrema moderación, es decir, desde la austeridad. El cálculo de los placeres es la prudencia. Satisface menos un gran banquete que esperar ayunando y comer un mendrugo de pan con un pedazo de queso, como decía el viejo Epicuro. A cada placer dinámico hay que calcular el dolor que pueden producir después. Esta doctrina de los placeres, más realista que la anulación de los deseos de los estoicos, es necesaria hoy en día para la creación de una nueva forma de vivir y concebir la existencia más allá del consumo ilimitado, que por los propios límites del planeta, está tocando a su fin. Y luego están los placeres estáticos, los de la contemplación: el estudio y la contemplación artística. Aquí no hay medida. Estos son placeres del espíritu. Es necesario recobrar esta sabia doctrina del placer espiritual para forjar, a través de la educación, a nuevos ciudadanos que sean capaces de llenar su vida desde lo que hoy se llama el ocio creativo. Nada más y nada menos que los placeres estáticos y eminentemente humanos, unidos a la prudencia y la amistad como fundamentos de la vida feliz, que defendían los estoicos. ¿Sabremos llegar a un ideal de ciudadano en este sentido, o nos veremos obligados a ello (a la austeridad obligada y no deseada) tras un colapso civilizatorio del que cada vez estamos más cerca?. He mantenido un debate con Jorge Riechmann en este sentido y él apuesta por lo primero, mientras que mi pesimismo y mi naturalismo ético me llevan a pensar más bien, por desgracia, en lo segundo. Pero aunque mi razón es pesimista, mi corazón es optimista y quiere, lucha y ansía lo primero: ser capaz de salir del atolladero, del callejón del gato, por nosotros mismos y, además, redivivos.

 

                        29 de diciembre de 2009

 

            El futuro de la humanidad y el mal radical.

 

            Dos de las últimas lecturas que he realizado versan sobre los dos temas que figuran en el título de esta entrada: El desajuste del mundo y Narrar el mal. Los dos me han parecido magníficos, sobre todo el de Maria Pía de Lara, Narrar el mal, sobre el mal radical. Pero lo que a mi se me ha ocurrido ha sido unir estos dos libros de alguna manera. La pregunta sobre el futuro de la humanidad, habida cuenta de los terribles problemas que padecemos, crisis terminal, de la que ya hemos hablado aquí antes, me hace pensar que en realidad estamos asistiendo a un mal radical de la historia, de alguna forma encubierto. Me explico. Cuando nos referimos al mal radical lo que queremos decir es la eliminación del hombre por el hombre, el exterminio de la víctima, pero este exterminio pasando por la anulación total de la víctima. Quitarle lo que es en tanto que persona, la deshumanización. Éste es el fin del genocidio y el etnocidio, la eliminación de todo rastro de la persona. Otra de las características del mal radical es que se hace desde la razón instrumental, de forma calculada. El avance científico y la racionalización de los estados absolutos han favorecido éste fenómeno, como es el nazismo y el stalinismo, de manera clara. De lo que se trata es de eliminar al distinto. En definitiva, creo que el mal radical es algo constante en la historia de la humanidad. El siglo XX lo que ha hecho ha sido amplificarlo. No  hay nada nuevo, solo más tecnologías y unos estados totalitarios perfectamente racionalizados en sus funciones. Unos estado totalitarios procedentes de la perversión de la ilustración y su optimismo racional. La historia del hombre es la historia de la barbarie y del exterminio del otro. Es más, el hombre no ha sido siempre persona. No se ha cometido un crimen contra la persona hasta que no hemos inventado la categoría de persona. Y eso es algo que tiene que ver con la ilustración. Y todavía estamos en pleno proceso de ilustración. Recordemos que los derechos civiles se consiguen en la década de los sesenta, que muchos países están aún en regímenes totalitarios, que los derechos humanos son papel mojado. Lo que ha ocurrido son dos cosas a mi modo de ver. En primer lugar, la posibilidad de hacer el mal ha aumentado, como decíamos antes, con el desarrollo tecnocientífico, por un lado, y, en segundo lugar, la globalización o mundialización, fenómeno que comienza en el renacimiento ha extendido este mal a nivel global. La segunda guerra mundial fue una guerra global, al menos en Europa. El mal se pudo extender por toda su geografía. Pero no hay nada particular en lo que se refiere al exterminio que durante toda la historia el hombre ha realizado sobre el hombre. Ya hemos hablado aquí del genocidio y etnocidio que los españoles del siglo XV y XVI realizaron en las indias. Es una peculiaridad humana, por su naturaleza tribal y depredadora, su autoexterminio. El hombre como miembro de su tribu considera al de la otra tribu, el otro, como el enemigo que pone en juego su supervivencia. La sociabilidad humana es con los cercanos, la familia, el clan y la tribu. Después llegaría el pueblo, la ciudad, el estado, la nación… el otro es el que no pertenece a ninguno de estos grupos. El otro es siempre el peligro y contra él nos dirigimos. Somos depredadores de los demás para sobrevivir en tanto que grupos cerrados. Lo que ha ido ocurriendo a lo largo de la historia, desde el neolítico, particularmente, es que los clanes se han trascendido formando estados y naciones. La guerra se ha hecho mayor, a gran escala y el exterminio es más numeroso. Pero nada nuevo se ha conseguido. Ya digo que el factor novedoso es meramente accidental. Aumento del estado y de los individuos, aumento de la racionalización organizativa de los estados y de la capacidad de exterminio cuantitativo. A la base está la misma cuestión moral, el considerar al otro como un no humano que es un peligro para mi supervivencia.

 

            Cuál es la situación en la que nos encontramos ahora. Pues la cosa se ha generalizado. Esto es el fruto de la globalización. Sostengo una tesis que es necesario probar más profundamente, pero que adelanto a modo de ensayo o esbozo. La situación de crisis global –ecosocial- en la que nos encontramos se puede entender desde la perspectiva del mal radical. Vamos a ver como puedo argumentar someramente esta tesis. Pienso que la organización del mundo es absolutamente racional. Pero su racionalidad pertenece a la racionalidad mecánica e instrumental, que criticaba la escuela de Frankfurt con respecto a la razón ilustrada. Esta racionalidad elimina al individuo, en tanto que lo trata como objeto. Y ésta es la base tanto de nuestra economía como de nuestra política. Por eso podemos decir que el mundo está organizado racionalmente, pero deshumanizado. También pienso que la razón y la humanidad no tienen por qué estar reñidas. Si admitimos esta tesis caeríamos en los irracionalismos románticos, que por su lado también nos conducen al mal radical, al exterminio del hombre y su deshumanización. La cosa es bastante grave. Resulta que vivimos en un mundo perfectamente organizado, pero esta organización es una locura, un atentado contra la humanidad. De ahí el título del viejo libro de Billy Brand, que me produjo un tremendo impacto, La locura organizada. Éste mundo es una auténtica locura, pero está perfectamente organizada. Es absolutamente racional.Y esto me lleva a mantener la tesis de que esta organización enloquecida del mundo es un mal radical en la medida en la que esta organización produce muerte y miseria y además, una clave de esta organización, es la cuantificación de este mal, la despersonalización de las víctimas, en meras estadísticas. Hemos asumido el mal, otra similitud con los pueblos que han ejercido éste en la historia, como algo necesario y normal. Algo que tiene que ser. La organización del mundo, basada en la ideología capitalista del crecimiento ilimitado y apoyada en la acción política que la ampara, produce la muerte masivo de gran parte de la humanidad, por no decir el hambre en la mitad de los hombres. Y esto no es una cuestión accidental, sino una consecuencia directa de cómo tenemos organizado el mundo. La organización política económica de occidente es la causa de esta situación mundial, que sumado a la crisis terminal que padecemos –efecto de esta organización-, nos lleva a una situación límite de la cual somos responsables. Nuestra organización económicosocial es la causa del mal radical del mundo. Es algo voluntario. Pero, además, hay que añadir la connivencia, como ocurrió en los estados totalitarios que practicaron el exterminio, de los ciudadanos como realidad sin la que el exterminio sería inviable. No podemos meter la cabeza debajo del ala, tenemos que saber que cada uno de los ciudadanos es responsable. Si no es así caeremos en lo de Eichmann (asesino del nacismo, juzgado en Jerusalén): yo obedecía ordenes. En definitiva nos refugiamos en el sistema totalitario; por tanto, participamos del exterminio. De aquí que Arend hablase en el caso del juicio de Eichmann de la “banalización del mal” en el sentido precisamente de la eliminación de la responsabilidad de aquel que lo produce porque simplemente se refugia en el sistema. Es necesario, para que se produzca un cambio, una revuelta civil, una desobediencia que produzca una revolución en la que cambiemos de paradigma económico y social sin la cual el exterminio masivo y consciente de gran parte de la humanidad será inevitable. Somos participes y responsables de la ejecución, probablemente, del mayor mal radical de la historia. No podemos actuar como Eichmann, de ahí que sea necesario la toma de conciencia global, igual que se ha globalizado la economía. Pero hay una apreciación pesimista que me hace dudar del éxito de tal misión. Somos animales gregarios y tribales y, como tales, sólo podemos sentir nuestro mal y nuestro bien, y hacemos todo lo posible por mantener el segundo a costa, incluso, de producir el máximo mal en el otro.

 

 

28 de diciembre de 2009

 

La familia y la educación

 

            La sacrosanta familia. Ahora salen los obispos a defender a la familia cristiana apostólica, católica y romana. La familia es un engendro cultural de coacción. Un sistema de control alimentado por la superstición de la iglesia y basada en el poder de coacción de los sentimientos. Vamos a ver, el hombre es un animal cultural. Y es cultural en tanto que es animal. Su animalidad, su carácter estrictamente biolóico lo condiciona culturalmente. He defendido aquí y cada vez estoy más convencido de ello,un naturalismo radical, aunque emergentista, que nos lleva a la reducción de la cultura a la naturaleza. No a una reducción como identificación, esto sería eliminar el emergentismo, pero si una reducción explicativa. Sucede que el hombre es cultural porque éste es su instrumento para poder sobrevivir. Ha inventado diferentes formas de cultura que son las que le han garantizado su existencia. Estas formas culturales tienen una serie de universales como son el pensamiento mítico y el pensamiento religioso que se funda en éste. Ambos tienen su base en la propia estructura del cerebro. El hombre es un animal mítico y supersticioso por su propia naturaleza. De modo que venimos diciendo que la familia es una construcción cultural. Y es verdad una cosa, que la familia es una construcción cultural que garantiza la supervivencia. Ahora bien, existen múltiples formas de organizarse familiarmente. Ninguna de ella resuelve los problemas de la relación entre los hombres, porque en realidad es imposible resolver plenamente el problema de la sociabilidad humana, por aquello que ya sabemos del fuste torcido de la humanidad. El hombre es un animal social, pero no es absolutamente social. O su comportamiento social no viene plenamente determinado o cerrado genéticamente, se cierra por medio de la cultura. Ahora bien, en la condición natural del hombre a la par que la sociabilidad tenemos la insociabilidad. El hombre es un ser sociablemente insociable. Todo lo que constituye la cultura, ética, política, religión, etc. es un intento de resolver esta brecha que existe en nuestra propia naturaleza. Con ello queremos decir que nunca tendremos una forma de organización social perfecta y, con ello, tampoco tendremos una forma de organización familiar perfecta. Y en eso estamos. Ahora bien, lo peor es cuando una de las formas de organización de la familia, es decir, de las relaciones con parentesco de sangre, se erige en la única y la verdadera. Hasta aquí podríamos llegar. En nuestra civilización occidental ése papel le ha correspondido a la familia cristiana que tiene su origen en la judía y su religión. Pues precisamente ésta es la crítica que comencé al principio y que voy a seguir ahora una vez que he demostrado que la organización familiar, cualquiera que sea, es necesaria como mecanismo de adaptación.

 

            El origen de nuestra familia patriarcal se encuentra en el neolítico. Con éste llegó la vida sedentaria con motivo de la domesticación de animales y plantas: la agricultura y la ganadería. Ahora bien, esta situación produjo una división del trabajo. Las mujeres se dedicaron a las tareas del hogar complementadas con las agrícolas y a los hombres les correspondió las tareas de la defensa, la caza y la agricultura. Esta división del trabajo creó una división de fuerzas y, por ello, de privilegios. Los privilegiados eran los hombres que eran los fuertes y los que estaban al cuidado del poblado y de los vástagos. Esta situación de privilegio se convirtió en una situación de poder y dominio que vino justificada por los mitos y la religión. En nuestro caso, el análisis del génesis es muy claro. Dios creó al hombre a su imagen y semejanza y a la mujer la creo para el hombre. La mujer es, ontológicamente, un ser de segunda. Creado del hombre y para el hombre. Los dioses, repárese en esto, del neolítico entre los que se encuentra el dios judeocristiano, son dioses de la guerra y de la violencia. Dioses vengativos. Dioses creados para las necesidades del momento. Estos dioses son guerreros, dominadores, son varones. Las mujeres son seres de segunda, mediaciones. Están al servicio de estos dioses vengativos y crueles. De modo que los mitos y la religión vienen a justificar las relaciones de dominio. Ya sabemos que el hombre crea a los dioses a su imagen y semejanza y como justificación de su estatus quo. Hasta que no aparece el pensamiento crítico no aparecerá la posibilidad de crítica y, con ello, surge la libertad y la dignidad. Y desaparece la obediencia ciega al poder basado en el dominio del fuerte. Y este hecho es el que se introduce con el logos en Grecia.

 

            Pues bien, la estructura de la familia cristiana y occidental, en términos generales, hasta el siglo XX, está basada en esta división del trabajo y en las relaciones de poder y dominio que ello conlleva, amparados en el mito, la religión y la ideología política (teocracias) que lo sustentan. La situación de la familia en estas circunstancias es la del poder y abuso del hombre sobre la mujer y sobre los hijos. La mujer debe obediencia y sumisión al varón. Los hijos pertenecen al padre que es, realmente, el que tiene la patria potestad. La situación es la de un desequilibrio de poder. Es una relación de injusticia –falta de equidad- y de sumisión. Pero claro, esta relación injusta necesita de una ideología y una religión que la sustenten. Y ésta es la religión cristiana y la política que la ampara. El cristianismo ha creado los fundamentos teológicos que cimentan esta relación de poder, por un lado, y la ética basada en una situación de perversión de los sentimientos apoyados en el sentimiento de culpa y de deber y, en última instancia, en la resignación y el resentimiento. Y estos son los fundamentos que han hecho posible esta perversa relación de dominio del fuerte sobre el débil. El varón sobre la hembra y ambos sobre los hijos, siempre estando por encima el varón. El daño material y moral que esto ha producido durante siglos es inmenso. La mujer ha estado siempre sojuzgada, su comportamiento se debe reducir a la sumisión y la obediencia ciega. Los hijos deben obediencia eterna y agradecimiento. La falta contra los padres es inefable. Es un mal horrendo, porque es la falta contra los que te han dado la vida, en última instancia dios, claro, por tanto, la obediencia es eterna igual que el agradecimiento. Esto crea una situación de asimetría y de dominio en la que se establece un chantaje de los sentimientos y una educación que está dirigida, absolutamente, a anular la voluntad. La familia es un mecanismo de supervivencia que lo que hace es crear replicantes que se comporten en la vida adulta de la misma manera. El chantaje emocional es perverso. La desobediencia es la soledad. Lo que fomenta la familia es el gregarismo, eso es lo que surge de la obediencia y el respeto ciego, sin posibilidad de crítica, a los padres, frente a la libertad. La familia, como mecanismo de clonación cultural que debe garantizar la supervivencia de los vástagos, para que a su vez se autorrepliquen, tanto en el sentido biológico como cultural, lo que hace es extirpar la voluntad. Por eso el modelo de la familia cristiana del que procedemos lo que intenta es extirpar la voluntad por medio de la coacción de los sentimientos. Esto produce una perversión de los sentimientos que nos lleva al gregarismo. Y, de rebote, lo que se produce es un individuo borrego capaz de obedecer a cualquier poder de la sociedad. Porque es un individuo sumiso en el que se ha extirpado la libertad y la dignidad, fomentando el miedo y la resignación. Se ha creado un esclavo obediente de forma automática. Alguien incapaz de pensar y actuar por sí mismo.

 

            Vamos a ver, como ya hemos señalado, la familia es una estructura cultural necesaria para la supervivencia del hombre. Pero hay que terminar con el modelo tradicional en el sentido de que sea el único y el verdadero. Los hijos, por el hecho de ser hijos, no deben ni obediencia ni respeto ciego al padre. La relación entre padres e hijos, por otro lado, es asimétrica. No podemos caer aquí tampoco en la pedagogía progre de que el hijo es un amigo. Eso es imposible. El padre representa la autoridad y sanamente no hay amistad con la autoridad, hay obediencia sin cuestión durante un tiempo y cuando se llega a la madurez la posibilidad de crítica y el respeto mutuo, no sólo del hijo con respecto al padre, sino de ambos. Puesto que en el desarrollo ha ocurrido algo importante, el hijo ha alcanzado la mayoría de edad. Debe ser libre y autónomo. La educación de los padres con respecto a los hijos tiene dos pilares: el afecto de los primeros sobre los segundos y la autoridad. Tanto el afecto como la autoridad van del padre al hijo en el principio de la vida. Pero la autoridad debe ir dirigido a moldear la voluntad, no a extirparla. Por eso el afecto es importantísimo. El hijo tiene que ser feliz. Pero debe aprender que su felicidad también depende de la obediencia. Pero, poco a poco, la autoridad, con la adolescencia, debe ir transformándose en que el hijo debe alcanzar la autonomía; es decir, que la autoridad tiene que ir saliendo de él. Su comportamiento, hasta ahora, heterónomo tiene que hacerse autónomo. El padre debe guiarse por el afecto. Debe querer lo mejor para el hijo, y lo mejor es su libertad y su autonomía. Si no es así estamos confundiendo amor y afecto con posesión y obediencia ciega y entraremos en la dinámica del chantaje emocional. En la familia siempre habrá tensión, por lo que dijimos de nuestra doble naturaleza, o lo del fuste torcido de la humanidad. Pero hay que ilustrar la familia. Convertirla en un mecanismo, no de clonación autorreplicante, sino de singularidad, libertad y dignidad. Y hay que tener en cuenta que vivir en libertad es lo más difícil para el hombre. Y educar en la libertad es la forma más difícil de pedagogía.

 

 

 

Por amor a los libros (que no me cuenten más cuentos)

A la vista del interés mostrado por el M.E.C. y otras instituciones pseudo-educativas en la propagación de la lectura de cualquier modo y a cualquier precio, y la sospecha que provoca en nosotros que actividad en otro momento tan irritante para las Administraciones del Poder ahora sea aplaudida y promocionada -como ha ocurrido también con el sexo, o con el pensamiento crítico-, nos vemos en la obligación de investigar si verdaderamente eso que llamamos ‘lectura’ constituye todavía una actividad liberadora y capaz de despertar nuestra vida común y mantenernos alerta, o si por el contrario estamos ante otro vehículo de transmisión del pensamiento que los ejecutivos de la Cultura han logrado colonizar de modo tal que, tras apropiárselo, pierda la capacidad subversiva que ha tenido hasta la fecha y se convierta en mero objeto de consumo, esto es, en producto que genera beneficios en aumento gracias a su extensión por un mercado cada vez más amplio de individuos inconscientemente dependientes de él (estupefaciente cultural).

En este sentido el Libro-revelación habría pasado a convertirse en Libro-narcótico, al modo como que ocurre con los libros sagrados de las religiones, cuyos ejecutivos, como bien sabemos, siempre han estado tremendamente interesados en acostumbrarnos a leer, -entendido este acto no como un leer propio, sino como ‘creer en la Palabra’, esto es, que te lo lean- perdiendo el lenguaje su posibilidad de razón para constituirse en mero objeto de adoración irracional, situación que justifica enteramente que aprovechando esta oportunidad, cumpliendo nuestra labor de docentes no empresarios (esto es, públicos) y no catequistas (esto es, no confesionales), prestemos atención al hecho que en este momento consideramos ‘leer’ y, sobreponiéndonos a posturas empresariales o sacerdotales, analicemos 1) si en efecto, de no mediar un interés personal e impropio de un docente público y no confesional, merece la pena inculcarlo 2) si nos vemos en la situación de corregirlo salvando lo que en él haya de soportable; 3) si, en el caso extremo, debemos negarnos tajantemente a colaborar con lo que se nos revelaría ya, tras tantos y desesperanzados años de cultura escrita, como un simple mecanismo de manipulación e idiotización de la sesera colectiva en manos de sinvergüenzas sin escrúpulos.

Para desarrollar lo anterior, ofrezco el siguiente programa, donde lo que voy a entender por ‘leer’ sólo tiene que ver tangencialmente con lo que en los círculos empresario-píos se entiende por tal. Para diferenciar los dos sentidos, ayudándome de la grafía que el profesor García Calvo suele utilizar para los asuntos referentes al Poder, escribiré el Leer orgánico con letra versal y el otro, el marginal, con letra pequeña.

Hagamos pues frente a lo que habitualmente se dice del leer, para mostrar lo poco que tiene que ver con el auténtico leer.

Helo aquí:

  1. Leer es conveniente para el desarrollo intelectual. En absoluto, es más, en la mayoría de los casos es incluso contraproducente, nocivo, idiotizador. La lectura habitual, esto es, lo que se lee simplemente por leer, que suele ser lo mismo por temporadas (depende de que alguno de los de siempre gane un premio, o de que otro haga un cierto tiempo con ceros que lleva muerto, o de las rutinas de los escritores de nómina para cobrar su sueldo), está hecho para no provocar el más mínimo efecto intelectual, sino una simple secuela sentimental, que se disipa tan pronto como los ojos pierden el contacto con las letras. Observemos un vagón de metro. ¿Qué vemos? El diario deportivo, periódicos leídos a la velocidad de titular, autores nacionales de los que te meten por los ojos, el libro-entretenimiento del último de moda, o cualquier revista de varietés de las que educan para los valores (paz, amor, sexo, jardinería, etc…), o sea, el Lecturas, para no ir más lejos. Algún rarito lee un libro sesudo, pero todavía la extrañeza del analista es más profunda atendiendo a este infrecuente caso, porque dando tumbos uno no se figura quién puede enfrentarse a Crimen y castigo o a la Introducción al psicoanálisis. En definitiva, el leer sirve para que pasen el rato, para que no se enteren de que están viviendo -como los presos de las cárceles, que en todas gozan de biblioteca-, en definitiva, para olvidarse (la anti-actividad intelectual), y mejor harían los lectores mirando y observándose que narcotizándose con la lectura.
  2. Leer es un buen hábito. Mentira. Leer efectivamente es una actividad repetitiva, inconsciente, incapaz de procurar sorpresa. Con lo cual, sólo será buena para aquéllos que crean que lo que se convierte en habitual y ordinario tiene valor. Estamos ante la ética de los que necesitan ser creyentes, y que, para justificar su creencia, obligan a los demás a comulgar con ruedas de molino, a apuntarse, sabedores ellos, los muy ladinos, de que su creencia no tiene ninguna justificación racional y que, por tanto, sólo hay una forma de creerse que lo que uno cree vale la pena ser creído: que lo crean muchos, aunque tal número haya sido generado por el mero proselitismo o la sórdida manipulación, esto es, por la rastrera formación de una feligresía.
  3. Leer procura felicidad, en concreto, lo que se entiende de común por tal: divertimento, entretenimiento, dispersión, enajenación, huída. Lo cual es del todo punto cierto. Y esto, para los abanderados del descerebramiento y de la pérdida de contacto con lo que hay, los creyentes, constituye todo un mérito. Leer, por el contrario, implica reflexión, y la reflexión, sobre todo si es radical, es cualquier cosa, menos divertida. El leer es un esfuerzo que supone estudio y concentración, y que no tiene nada que ver con lo que habitualmente se considera ‘felicidad’, con la satisfacción versión Disneylandia, que es la única que entienden aquellos que se han formado teniendo al ratón Mickey como modelo incomparable de conducta.
  4. Leer ayuda a ser tolerante, solidario, pacífico, y toda esa mandanga… Quizás sí. Y por eso mismo, habría que alejar de la Lectura a todo aquél que no queramos convertir en un hipócrita de tomo y lomo, en un caritativo laico de ésos que ahora nos rodean, y que ya no llevan permanente y abrigo de pieles en cristiana mesa peticionaria, pero que no por ello dejan de ser tanto o más siniestros.
  5. ¡Que Lean cualquier cosa, pero que Lean!, se dice. Y esto tiene su miga; porque no parece que pudiéramos admitir la frase “que coman cualquier cosa, pero que coman”, habida cuenta de que el interfecto deglutiente se podría emplear con la sosa cáustica. Los que mantienen esta sana opinión pretenden hacernos creer que no hay lecturas que produzcan en el cerebro igual efecto que la sosa cáustica en el aparato digestivo. Incluso, en el colmo de la finura dialéctica, se atreverían a llamarnos ‘inquisidores’, pues qué derecho tiene nadie a decidir lo que se debe y lo que no se debe leer, de no tratarse de un censor de los suyos, que suelen recibir tal gracia de la divina providencia, musa que lleva siglos soplando al oído de los doctores de toda laya -ateos nietzscheanos o piadosos de pronta jaculatoria- el índice de lo conveniente. En definitiva, se trata de no admitir la posibilidad de formar al lector, predicando la ausencia total de criterio, como si a estas alturas no hubiésemos aprendido nada de lo que se ha escrito. Es más, se trata de seguir sosteniendo que sólo posee criterios de objetividad aquél que puede determinar numéricamente lo que tiene entre manos, el que puede medir, pero que los otros son meros ‘animadores culturales’, un pequeño lujo que nos permitimos los occidentales, que nos sirve para tirarnos el pisto en los saraos de copa y canapé, y cuyo trabajo puede ser en cualquier momento asumido por el primer aficionadillo que pase por allí con ganas de colaborar. De seguir este planteamiento los profesores de Letras (sea cuáles sean las letras de las que se trate), estarían definitivamente rematados, recluidos a la función estúpida de bufones para una corte de mentecatos. Si encima ese “¡Que Lean!” se traduce en “¡Que Compren y Consuman!”, el asunto raya lo intolerable, porque entonces el bufón se habría convertido en puta consentida de un chulo al cual le daría lo mismo ocho que ochenta, pues lo único que busca el mozo es la pasta fresca de sus despreciados clientes, si es empresario, o la fácil justificación de su nómina de ‘responsable cultural burocrático’ (las hay de escándalo), si es un miembro de la administración.
  6. La enseñanza de la Lectura es un objetivo prioritario del actual sistema educativo. Mentira podrida. La educación de la lectura para nuestro Ministerio tiene el mismo valor que el cuidado de los caniches, por poner un caso. No se la cree ni lo más mínimo, y ni siquiera se cree un ápice la efectividad de los profesionales que Él mismo costea. Es capaz el mameluco Ministerio de las narices de ofrecer dinero para fomentar la lectura al margen de los maestros en el arte de enseñar a leer, como si no se enterase de que esta labor ya está siendo realizada y que en la mayoría de los casos el único obstáculo es Él mismo, o todavía peor, como si no confiase en que esa institución de los maestros en letras sirviese para algo, y por tanto, estuviese justificado el suplantarla (o ayudarla que queda más mono) con cualquier sucedáneo. Pongamos un ejemplo del sinsentido de esta situación: ¿qué diríamos si al salir de la consulta de un cirujano nos parase un arquitecto que nos dijese que el insalud, sensible ante su buena voluntad y accediendo a satisfacer su oculta afición, le ha otorgado una ayuda para permitirle completar el tratamiento del doctor? ¿Cuánto tiempo duraría el arquitecto sin la camisa de fuerza? ¿Por qué entonces estas cosas sí son tolerables en nuestra profesión?

 

 

16 de diciembre de 2009

 

Comentario al artículo de Jacinto Choza. Catedrático de Antropología de la universidad de Sevilla.

 

Querido Jacinto,

 

Muchas gracias por tu rápida respuesta y por tu colaboración. Me ha parecido muy interesante y esclarecedora. Sobre todo para un ateo y laico como yo que siempre le ha preocupado la religión tanto porque fui creyente durante muchos años como porque sin ella no podemos entender ni la civilización occidental, en particular, ni al hombre, en general. Muy interesante, y creo que es el centro del argumento, la distinción entre la institución y el clero y los creyentes de base, así como la iglesia y su doctrina como acontecimiento histórico sometido al cambio. Creo que haces una reflexión que puede aportar luz a muchos creyentes que se encuentran sumidos en contradicciones y, por tanto, que están sufriendo. De todas formas creo que hay una tensión entre lo universal, por un lado (católico) y la autonomía de la conciencia que puede estallar en la anulación de la propia iglesia o autodisolución. No sé, pero tengo que pensar al respecto. Creo que la autonomía de la conciencia, que va ligada a la libertad kantiana, rompe el molde de la heteronomía moral. No soy capaz de asumir una convivencia de la heteronomía de la iglesia, por un lado, con la autonomía de la conciencia, por otro. Creo que esta convivencia la puede hacer estallar. Si nos quedamos sin lo universal en la iglesia, ¿no estamos cayendo en el posmodernismo, esto es, el relativismo, tan denostado por el Papa, y por mi mismo, como filósofo partidario del proyecto inacabado de la ilustración? Si aceptamos dentro de la iglesia una autonomía de base, nos quedamos sin los principios básicos de la teología, entre ellos, la subordinación de la razón a la fe. La autonomía de la conciencia, a mi modo de ver, así ocurrió con los griegos, y volvió a ocurrir en la ilustración, exige del libre uso de la razón. Pero la doctrina oficial de la iglesia, incluido el nuevo catecismo del 92, y la encíclica, fe y razón de Juan Pablo II, creo que avanzan poco en este tema respecto a Tomás de Aquino. Esto lo digo desde mi ignorancia, a pesar de haber leído ambos textos.

 

            Creo que la autonomía de conciencia de la que tú hablas, es una cuestión de hecho. Y está muy bien este análisis, pero creo que la iglesia nunca puede defenderlo explícitamente, aunque lo sepa, porque se autodisuelve. También es necesario saber, que la libertad de conciencia no nos puede llevar al relativismo hedonista del todo vale. Esto es el fundamento del egoísmo. A mi modo de ver, la iglesia tiene un gran mensaje ético que aportar. El de la fraternidad y justicia social. Es lo que Vattimo y Rorty en su diálogo sobre el cristianismo nos cuentan. Tenemos que heredar ese mensaje, secularizado, para el ateo, o fundado en la divinidad de Jesús, para el creyente. Y éste es el norte a seguir. Lo otro es de poca importancia, sólo apariencias, ritual. Se entroncaría, en lo que llama Gustavo Bueno, la fase terciaria de la religión, o la fase del mero ritual. Coincido con el Papa en la lucha contra el relativismo. Pero no coincido en que los males procedan de la ilustración, esto es de nuevo recuperar un mensaje oscurantista y un intento por terminar con las sociedades laicas y plurales. Esta actitud del Papa casa muy poco con lo que tu mantienes, a mi modo de ver. Creo que tu reflexión sirve de alivio para el creyente que se encuentra en la encrucijada. Que describe una situación de hecho, que encuadra a la institución de la iglesia en su dimensión histórica, como debe ser. Pero quizás esto sea anatema, no lo sé, frente a la doctrina oficial de la iglesia. Yo pienso que la iglesia, los curas y los creyentes deberían adoptar el lema de que fuera de los pobres no hay salvación. Lo demás es secundario, aunque a algunos le importe demasiado y les frustre su vida. Creo que es necesario una mejor enseñanza de la religión, de su dimensión histórica y de su base ética que tanto ha aportado a occidente.

 

Muchas gracias de nuevo por tu colaboración que ha sobrepasado con creces mis expectativas.

 

 

 

TRIBUNA: AMELIA VALCARCEL

Justicia poética

AMELIA VALCARCEL 13/12/2009

No sabemos bien, y quizá nunca lo sepamos, cómo murió. Hay dos hipótesis. Una dice que la descarnaron con conchas afiladas y otra que lo hicieron con cascos de vasijas de barro. De lo que no hay duda es de que la descarnaron. Esto es, que, viva, le fueron arrancando la carne, hasta que las vísceras quedaron al descubierto. Y también la de la cara, las manos... en fin, una muerte horrible.

Sin embargo, Amenábar, que sabe lo que se hace, ha preferido darle la eutanasia. A Hipatia, en su película, Ágora, alguien piadosamente la asfixia antes de que la turba indómita de monjes cristianos y fanáticos, proceda a su lapidación. La realidad fue bastante peor. Mucho peor. Peor, desde luego, que la muerte que los mismos predicaban del Salvador. Pero, claro, Hipatia no había salvado a nadie, que se supiera. Sólo quizá al saber. Y no se pudo salvar a sí misma.

De estas otras muertes, a las que ahora traigo a la memoria, algo sí sabemos. Las hermanas Miraval, opositoras al régimen de un dictadorzuelo que sería sucio recordar, murieron un 25 de noviembre. A las tres las cazaron, por así decir, para matarlas. Cuando volvían por una zona no muy segura, por carretera, fueron detenidos sus coches y ellas sacadas al campo. Para llevar a término el conocido ritual de horror, primero las violaron, luego las mutilaron, las golpearon a placer y, quiero creer, que al final les dieron un tiro de gracia. ¡Ojalá!

Lo primero, lo de Hipatia, sucedió en el 414. Lo segundo, hace nada, en 1960. Pero todo viene junto a mi memoria. A Hipatia la conozco por obligación de filosofía y a las Miraval por cultura general democrática. Además de conocer a Minerva, una de sus excelentes hijas. Me viene, digo, junto todo a la cabeza. Y viene por justicia poética. El caso es que hace unos días, el 25 de noviembre, se celebró (obvio es que es una manera de hablar) el día mundial en contra de la violencia sobre las mujeres. De ese día hace poco. Porque hasta ese hace poco y en las tierras cristianas en esa fecha se celebraba, y sigue, la fiesta de Santa Catalina.

Tenía esta santa título y palma de mártir y era patrona de los estudiantes, por ejemplo. Es una devoción la suya que llegó a Europa con las Cruzadas. En Oriente era muy venerada y los audaces caballeros de la Edad Media se la trajeron como recuerdo. De hecho, Europa se llenó de santas catalinas y su nombre se empezó a poner popularmente a las jóvenes. Esta gentil doncella, cristiana, había resistido a las tentaciones del malvado emperador Maximiano, que pretendía de ella la abjuración de su fe. Al no conseguirlo, la enfrentó a 50 sabios, los cuales se rindieron ante su elocuencia y pidieron allí mismo el bautismo. Enfadado por el caso, el emperador los hizo ejecutar. A los 50. Tras esto, Catalina convenció a la emperatriz, que siguió el mismo derrotero y también fue condenada a muerte. Y, cuando sólo ella quedaba viva, el pérfido sátrapa hizo que prepararan una rueda de cuchillas afiladas que la descarnara. Así era condenada la sabiduría de la mártir. Cincuenta y con ella más la emperatriz, 52, recibían la corona del martirio. Así la conozco yo, coronada, en un óleo que colgaba en mi colegio mayor cuando era estudiante.

Bueno, lo evidente es que Hipatia murió de ese modo, descarnada. Y también parece bastante claro que Catalina no existió. La iglesia oriental mantuvo su culto y un santuario, muy bien visitado y provisto de limosnas, donde, decían, unos ángeles habían trasladado su cuerpo.

Es una hermosa leyenda que nos habla de la compasión y también de la memoria del agravio. Se veneró a una joven sabia en el lugar simbólico que ocupó la sabiduría superviviente de la Antigüedad que Hipatia representaba.

Alejandría no pudo digerir el crimen. Tanto que la ciudad, próxima a perecer, no asimiló la tortura y muerte de la filósofa, de modo que le buscó un trasunto cristiano y celestial. Pagó con el culto a Catalina, la joven, el asesinato de Hipatia, la filósofa, probablemente entrada en años, a la que nadie había salvado. Cuyo cuerpo nadie guardó, porque se hizo trozos que fueron tirados en diversos muladares.

No son, por lo simple, dos terribles violencias. Lo maravilloso es la coincidencia: lo extraño es que ese día 25 sea la memoria encubierta de Hipatia, la violencia contra la sabiduría, y el día de las hermanas Miraval, la violencia contra la libertad... de las mujeres. Es un claro caso de extraña casualidad, del amontonarse de signos que señalan en la misma dirección. Es un día poco común que busca hacer menos común todavía unos hechos desgraciadamente muy corrientes: que ser mujer, y dependiendo de la zona del mundo, se puede convertir en una desgracia, o en un castigo no elegido. Nos recuerda hasta qué grado de humanidad hemos llegado y cuánto nos falta todavía para poder sentirnos a gusto con el tiempo que nos toca. Por ahora, la justicia poética me consuela. Porque es hermoso guardar memoria del agravio cuando lo hacemos para que no se repita.