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Filosofía desde la trinchera

Absolutamente cierto. Pero sigue triunfando la mentira histórica transmitida por la interesa y dirigida educación. Todavía se habla del descubrimiento de América (y se celebra el día de la Hispanidad, bochornoso), no de conquista y destrucción de las Indias. Y tampoco está muy claro en los libros de historia lo del golpe de estado del 18 de Julio. Eso si es que llegan a ello los chavales en 2º de bachillerato. Y tampoco se habla nada del papel de la URSS en la segunda guerra mundial sin la cual, y sus millones de muertos, no hubiese sido posible la victoria. Por el contrario, se ensalza a las fuerzas aliadas de occidente bajo la máscara de la democracia y no se menciona la masacre de civiles que llevaron a cabo al final de la guerra, como el bombardeo de Dresde. Nunca Orwell, que escribió contra la URSS, pudo pensar que su idea sirviese para explicar tantas cosas.

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Como dijera el Nobel de Economía Paul Krugman: “La crisis que estamos atravesando es fundamentalmente gratuita: no hace falta sufrir tanto ni destruir la vida de tanta gente”.
La enfermedad social o el vicio de unos pocos: ambición, soberbia, egoísmo…se está transmutando innecesariamente en enfermedad psíquica. Es decir, en un sufrimiento atroz surgido de la miseria, la pobreza y la impotencia para salir de esta situación. ¿No será esto otra estratagema para evitar la rebeldías, anular la conciencia a base de sufrimiento?

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No creo ni que se llegue ni que se quiera (se refiere a la investigación de las últimas causas del accidente ferroviario de Santiago). Hay demasiados intereses políticos y económicos al medio. Como lo de Bárcenas y el PP, se quedará todo en anécdota. Eso si no acaba en nulidad. Y lo del tren, pues ya tenemos al maquinista. Alegra que algunos con influencia quieran luz y taquígrafos. Pero para que esto sea posible es necesaria la regeneración política de España. Pero esto son palabras mayores.

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Esto es insoportable. Son unos auténticos sinvergüenzas. La banca gana miles de millones de euros, después de haber sido rescatada con dinero público. Nos presta a unos intereses de usureros. La precariedad laboral es increíble. Hay más de seis millones de parados. Y ahora, después de muchos recortes y bajadas de salario y aumento de la jornada laboral quieren reducir el sueldo hasta un diez por ciento. Y, encima, te dicen que es por el bien de los jóvenes, para que tengan una oportunidad de trabajar. Pero vamos a ver, si los jóvenes han perdido su oportunidad de trabajar por culpa de ellos. Tenemos que quitarnos de encima esta casta de políticos mafiosos, en España, y salir fuera de Europa, de la Europa económica neoliberal, me refiero. Cuándo va a estallar esto y nos vamos a ir todos a los parlamentos y al congreso y decires quiénes son, por qué están ahí, a quiénes representan y qué deben hacer. Lo primero disolver las cortes y, después, iniciar un proceso constituyente. Esta es la medida rupturista, porque la reformista: reforma de la ley de partidos, de la ley electoral y reforma de la constitución, no la contemplo porque no creo que la cúpula de los partidos quiera la reforma de estos. Y esto es condición de posibilidad de todo lo demás.

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Estoy totalmente de acuerdo con lo que dices de la ciencia, pero vale para otros modos de acceso a la realidad, como el arte…En estos momentos escucho la sinfonía número 3 de Brhams, es algo universal. Las pinturas negras de Goya, que tanto admiro (son un reflejo de mi pensamiento), también. El Quijote es absolutamente universal, tanto como la ley de Einstein sobre la equivalencia entre energía y masa en relación con la velocidad de la luz al cuadrado, o más. Y no es una exageración, porque nuestra naturaleza biológica es común, pero abierta, lo que crea la diversidad cultural y, después, psicológica. Pero sobre un fondo común. Ahora bien, la ciencia es el único modo de acceso a la realidad que está relacionado con la verdad, el arte tiene que ver con la belleza, la ética, con la bondad, la política, con la justicia…y así. Pero de la búsqueda de la verdad, por muy escurridiza que sea, sólo se ocupa la ciencia. Y esto está muy bien. Pero tiene un grave peligro, y más en los tiempos que corren, y es que se convierte en una utopía, en una religión salvífica. Hay que vigilar estos excesos y que la ciencia esté también liderada por el hombre como cualquiera de sus productos culturales. De lo contrario caeremos de nuevo en la servidumbre voluntaria.

Una cosa más que añadir sobre la ciencia. Hemos dicho que el conocimiento científico es el que tiene que ver con la verdad. Ya sé que lo de la verdad es muy problemático y que, de alguna manera, es construida, empezando por nuestro cerebro, pero éste es “igual” para todos, al menos en sus estructuras biológicas a priori; es decir, con las que nacemos; pero el caso es que el ser humano tiene cierto conocimiento del universo, cierta verdad. Pero el ser humano es parte del universo. Es más, es todo universo. Sus átomos proceden de la gran explosión y de las explosiones de estrellas. Nada se ha añadido, y nada se va a perder tras nuestra muerte. Pero resulta que ese conjunto de átomos en una configuración especial, como es la del ser humano, hace que el universo, mediante el conocimiento científico, tome conciencia de sí mismo. Es decir, somos, como decía Carl Sagam, “la voz en la fuga cósmica” Es una visión mística de la ciencia y del conocimiento. Y esto es curioso, porque nos une también a los orígenes griegos del conocimiento. El gnosticismo y las religiones del misterio. Y, de forma más moderna, nos da una imagen panteísta del universo, al modo de Spinoza, como he defendido en alguna ocasión haciendo mía esa visión. Curioso es también recordar aquí, la afinidad entre Einstein y Spinoza.

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Una educación sin filosofía, que tira por la borda 2500 años de saber y conocimiento, no es más que un popurrí de información inconexa sin sentido ni dirección. Una educación exclusivamente científico-técnica es meramente utilitarista, dispersa y en manos del mercado. El saber filosófico está íntimamente ligado al científico, no en vano el segundo procede del primero, es totalizador y tiene una dimensión práctica, que es la ética, que es imprescindible al saber tecno-científico, si no queremos ser instrumentalizados por una nueva religión. Y en lugar de liberarnos por medio del saber científico nos convirtamos en sus siervos.

Un grito en el desierto de lo real.

Tomo esta frase, el desierto de lo real, de la película Matrix, cuando Morfeo le dice a Neo, que busca la realidad, la verdad, “bienvenido al desierto de lo real”, y le muestra las ruinas del mundo que el hombre, en lucha con las máquinas, cuya guerra prácticamente ha perdido, ha dejado. Y es que la realidad, y me refiero a la realidad social, es un desierto. Un desierto de conciencia en la que los individuos no son ciudadanos, sino súbditos, en la que se prefiere, la obediencia a la libertad, en la que el miedo manda sobre los individuos y, cuando no es el miedo, pues el divertimento fácil, pan y circo de los romanos. Alienación, ausencia de pensamiento, de individualidad, de crítica, de libertad. En definitiva, falta de ilustración, de autonomía, de ser uno mismo, de pensar por sí mismo. Ése es el desierto al que me refiero. Un desierto ético, social y político. Un mundo que permanece dormido ante las injusticias, que carece de igualdad, de libertad y, sobre todo, de fraternidad, la hermana pequeña de la Ilustración nunca desarrollada.

Frente a esta realidad no cabe el discurso, el razonamiento, la crítica…todo es banal y carece de importancia, frente a la fama de un don nadie forjado en los platós de la telebasura, o frente a un futbolista multimillonario y así… Todo queda trivializado, todo queda mercantilizado. Por eso frente al desierto de lo real lo que cabe es el grito, como hacía Diógenes el perro, ya no cabe la ironía socrática. A Sócrates lo mató la democracia por ser precisamente su propia conciencia a la que no quería escuchar ni enfrentarse. Es la contradicción de la política, el enfrentamiento entre la ética y la política, o el poder y el pensamiento. El poder no quiere el pensamiento, por muy democrático que se diga, lo intenta domesticar, le da al súbdito una cuota de libertad, pero no le da la libertad. Le dice qué cosas le están permitidas elegir o pensar, pero no le deja pensar ni elegir libremente. En las democracias la libertad viene tutelada desde los de arriba. Ésa es la tragedia de Sócrates, que quiso hacer libres a los ciudadanos atenienses y por eso fue acusado de perversión de la juventud (sus discípulos). Les enseñaba a pensar por sí mismos, sin las directrices del poder y ése es el peligro. Por eso siempre he definido el pensamiento como pensar contra el poder, contra lo establecido, contra el status quo, contra lo evidente o lo obvio. Y ese pensamiento es la libertad. Lo otro no es más que engaño y máscara, adocenamiento y borreguismo. Ya lo vio claro Nietzsche cuando criticaba la democracia como una forma moderna y sutil de domesticación de la plebe. Pero como nuestra sociedad, que se ha transformado en un desierto, ya no escucha razones, pues es necesario el grito, el sarcasmo, la burla, el escepticismo. Poco se puede esperar ya del hombre. El mundo que hemos construido es una barbarie montada sobre millones de cadáveres. No sé de qué podemos estar orgullosos. Hay unos pocos que mandan y el resto, sumisos y obediente obedecemos y nos divertimos, porque eso es vivir, el que pueda, claro, un tercio de la humanidad, el resto vive en la miseria a nuestra costa. Y es por eso que los discurso no valen, que no se escuchan, que tienen la misma validez que una telenovela o un partido de futbol; y no te digo nada si es la final de un mundial o de la Eurocopa o leches…o un Madrid-Barça. Y no me digan que cada cosa tiene su lugar, porque no es cierto. No hay lugar para el discurso, para el razonamiento, la crítica, la contemplación artística. Otra cosa es que algunos todavía sepan distinguir el lugar y la importancia de cada cosa. Pero no es el caso del pueblo. Hay una intención debajo de todo esto.

                Pero este desierto de lo real es un producto de una intención política. No ha surgido porque sí. Es producto del poder. Es la forma más sofisticada que ha surgido de domesticación. Siempre ha existido una lucha entre el poder y el pueblo, entre unos pocos y la mayoría. Es lo que se ha llamado la lucha de clases que el poder había hecho olvidar y la había enterrado. Y, por eso, es necesario desenterrarla y desempolvarla. Una de las causas de que vivamos en un desierto. El pueblo no es consciente de que estamos en lucha. Es curioso que sean precisamente los poderosos, los partidarios del neoliberalismo, los que sí sean conscientes, y muy a sabiendas de ello, saben que viven en una lucha de clases y que la están ganando. Mientras el pueblo adormecido y ensordecido por el mundo espectáculo, o la realidad convertida en espectáculo, permanece absolutamente indiferente. Pero el problema es que esta indiferencia es un mal consentido, es el mal banal de Arendt en el caso Eichmann en Jerusalén.

                El poder ha creado las condiciones para convertir la realidad social en un desierto y al ciudadano en un súbdito, en un esclavo, o, incluso, por utilizar las categorías de Ortega, en un “señorito satisfecho”. Es decir, alguien sin conciencia social, satisfecho de los parabienes que el estado le proporciona, pero, encima exigente, sin conciencia social y sin capacidad de ponerse en el lugar del otro, que es el primer paso para la fraternidad, o, como mínimo, solidaridad. El poder, que tiene en sus manos la ideología, que es el instrumento para crear la falsa conciencia, se ha empleado a fondo en el neoliberalismo, creando unas condiciones sociales y ético-políticas que han convertido la realidad en un desierto de conciencia crítica. Varios han sido los instrumentos que el poder ha utilizado y señalaremos brevemente algunos de ellos.

                En primer lugar tenemos el mito del fin de la historia. Este fin conllevaría la muerte de las ideologías y, por ello, el fin del pensamiento. Es decir, que se nos presenta la realidad social que vivimos, el neoliberalismo (esto no es de ahora, sino que tiene más de treinta años en su versión política y muchos más en su desarrollo filosófico-teórico) sin alternativas. Éste es el único orden social posible. Todas las fuerzas políticas lo aceptaron, tanto los liberales como la socialdemocracia. Y el pueblo, la llamada ciudadanía, en realidad súbditos, lo aceptamos como la única realidad, que, por lo demás, no estaba nada mal. Crecíamos económicamente como nunca lo habíamos hecho en la historia de la humanidad. Eso sí, se nos olvidaba, porque estaba oculto, que nosotros vivíamos en una burbuja (que ahora ha estallado) mientras la injusticia, el hambre, la miseria campaban a sus anchas por el resto del planeta. Y se nos ocultaba, en esa gran fiesta del capitalismo y del pensamiento único triunfador sobre el llamado socialismo real, los grandes problemas de calado de la humanidad. El problema de los recursos fósiles, el problema de las fuentes de alimentación del futuro, del agua potable para el futuro (en la actualidad más de dos mil millones de personas no tienen acceso al agua potable), el problema del cambio climático. Todo esto, en los felices noventa, como dice Stiglitz, permanecía oculto. Eran cosas de cuatro ecologistas desarrapados. Pero pronto aparecerán los problemas unidos a la quiebra del capitalismo. Porque el problema no es un problema económico, sino ecosocial. Un problema que abarca todas las dimensiones del ser humano y de su relación con la naturaleza. Precisamente el pensamiento lo que nos dice es que sí hay alternativas. Y ésta es la guerra y la lucha de clases. El querer mantenernos amordazados, sin capacidad ni de pensar, ni de decir. Porque al poder lo que le interesa es su orden establecido. Toda alternativa es una crítica a este orden.

                Otra forma de domesticación es el pensamiento y la filosofía posmodernista. Esta mala y peligrosa filosofía ha servido como una ideología al neoliberalismo. Es más se ha convertido en su pensamiento de tal forma que ha servido como instrumento de domesticación y alienación. El posmodernismo es una filosofía antiilustrada que nos viene a decir que no existe ningún relato objetivo y universal sobre el hombre, la sociedad, la historia…que los grandes relatos carecen de sentido. Que no hay sentido, salvo el sentido parcial, el del momento. Pues bien, esto nos lleva a consecuencias harto peligrosas. En primer lugar esto implica el discurso del “todo vale”, todo es equivalente. Es el discurso de la equivalencia de las opiniones. Se confunde la libertad con el derecho a opinar, independientemente del saber de aquel que opina. Como se ha falsificado la libertad y se la ha desligado del conocimiento, pues resulta que cualquiera puede hablar de todo y no se le puede objetar nada, porque para eso es muy libre de expresar su opinión. Aunque lo que diga sea una auténtica barbaridad fruto de una supina ignorancia, una tontería o algo verdaderamente peligroso para la integridad social. Pero la sacrosanta libertad de opinión es lo importante. En realidad lo que se elimina es la libertad, porque se está transformando a los individuos en esclavo de sus opiniones. Las opiniones están para trascenderlas, para debatirlas, para ir más allá por medio del conocimiento y la aplicación de la razón y el estudio. Lo que hay que hacer es escuchar a los que saben y aprender y guardar silencio. Pero, claro, si todas las opiniones son válidas, son equivalentes, cuál es la opinión que triunfará sobre las demás. Pues, sencillamente, la del más fuerte. Y esto es precisamente lo que le interesa al poder. Si no hay alternativa porque yo lo digo y como yo soy el más fuerte porque controlo todas las formas de poder pues es mi opinión, que no saber, la que se impone a la ciudadanía, porque, encima, yo, el poder, tengo los medios de persuasión y control de las conciencias y las masas. Y, por eso, la idea de que el mercado lo regula todo, la idea del reduccionismo mercantil, es decir, no hay más valor que el valor del mercado se impone como verdad absoluta. Con lo que todo otro discurso, ético, político, religioso, quedan descartados. Y de ahí que el mercantilismo, unido a la mitificación de la tecnología, se convierta en un nuevo credo, en un pensamiento religioso. Y ésta es otra razón por la que los ciudadanos son súbditos, porque obedecen los dictámenes de la nueva religión. Es sabido que aunque dios haya muerto, no así la religión. Y por eso el hombre actual se aferra a los nuevos mitos.

                Pero también, el pensamiento neoliberal, junto con el posmodernismo ha creado una conciencia nihilista. El hombre no tiene nada que hacer frente a la historia. Al desaparecer los grandes relatos, salvo el del neoliberalismo, y esto es una contradicción, el hombre queda sin misión, queda reducido a su situación histórico-social. Y, como no hay alternativas, pues acepta esa situación. Pero es que, además, el capitalismo salvaje ha creado las condiciones materiales para que emerja una conciencia nihilista, egoísta y hedonista. La conciencia del súbdito hoy en día, puesto que no hay ni relato, ni misión, porque no existe eso de la justicia, ni del bien, ni de la verdad, la igualdad, la libertad; esto son cuentos del pasado, pues se repliega sobre sí misma y se dedica a satisfacer sus deseos obteniendo el máximo placer. Y la maquinaria del capitalismo consumista le ofrece todo lo que su deseo demanda convirtiéndolo, de esta forma, en esclavo de sus deseos. Pero, a su vez, vaciando su conciencia, de tal forma que ésta se reduce a la nada, nihilismo. Por eso es una conciencia hedonista (en un sentido peyorativo, no como hablan los epicúreos), busca sólo el placer del consumo y no es capaz de ver más allá de su propio existir. Por eso su conciencia es una conciencia solitaria e insolidaria. Incapaz de ver al otro. Y esto es lo que la hace esclava y la sume en la servidumbre del sistema. Y esto, si alguno está ahí, es lo que conforma el desierto de lo real.

 

                               Villafranca, Agosto, 2013.

¿De dónde viene el dolor?, del deseo. De lo que se trata es de suprimir los deseos. Los estoicos son pesimistas, piensan que no hay una felicidad positiva. Lo que sí hay es una ausencia de sufrimiento y eso se consigue con el dominio de los deseos o pasiones. Pero no se trata de un forcejeo con ellas, sino de anularlas. Y eso es la apatía. Algo muy similar al budismo. Claro, estos dicen que para eso es necesario anular al yo. Para mi gusto prefiero a los epicúreos. El placer es el origen de la felicidad, ahora bien, sólo la medida del placer da la felicidad. Y en eso consiste la virtud, la prudencia, en un cálculo mesurado de los placeres. Experimentamos más placer teniendo hambre con un pedazo de pan y de queso, es un decir, que con una gran comilona estando saciados y acostumbrados. El problema es cómo conseguimos esa mesura. Con el ejercicio de la prudencia que nos lleva a la austeridad. Pero esto que te comento es sólo una parte de la ética de los estoicos y los epicúreos. Hay mucho más. ¿Cómo dominar las pasiones y los vicios morales?, porque siempre pensamos en los carnales, es la educación cristiana que hemos tenido todos. Y, por último, cuál es la imagen del mundo que es más acorde con una vida feliz. Y, para terminar, la filosofía estoica y epicúrea son perennes, sirven perfectamente para nuestros días.

El multiculturalismo, que no interculturalismo, el primero implica relativismo, el segundo, objetivismo, es una consecuencia del posmodernismo. Barbarie filosófica donde las haya. ¿Quién dijo que la filosofía no sirve para nada? Pues la mala filosofía, como el posmodernismo, nada más y nada menos, que para justificar la barbarie del relativismo cultural en nombre del multiculturalismo, tras el que se esconde el absolutismo económico. Pero también hay una filosofía benefactora, persistir en el proyecto inacabado de la Ilustración.

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En torno a la teoría pura de la república de Trtevijano. Pedro, muy buena observación. Yo también había visto esas sombras. El concepto de puro se usa en sentido kantiano, ausencia de ideología, de lo empírico. Y, probablemente esto no sea ni posible, ni deseable. Es cierto que su teoría puede ser utilizada por la derecha. Pero hay que tener en cuenta dos cosas. La primera es que una teoría de la república no tiene ni puede ser de izquierdas y dos, que de la izquierda hay que eliminar todo falso progresismo, así como de la derecha, todo lo que se llama reaccionario no lo es. Por ejemplo. El multiculturalismo es de izquierdas. Pues a mí me parece una barbaridad, una justificación relativista de cualquier cultura, lo cual justifica, en el fondo el poder del más fuerte. En cambio, la derecha lo rechaza, y yo estoy con ellos, pero no por etnocentrismo, sino por la búsqueda de un objetivismo intercultural. Lo mismo con muchas otras cosas. Además, un intelectual trasciende la derecha y la izquierda. Es como decía Ramón Paniker, "Retroprogre". Otra cosa es que los políticos se aprovechen, pero es que estos no dan para más.

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                               El mundo al revés.

                Estoy pensando en lo que queda de verano releer a mi querido Ciorán. Me propuse leer a los estoicos y ya lo hice, y me propuse volver a Ciorán después de treinta años de su primera lectura y estoy en ello. Ayer echaba un vistazo a su obra y cogí en mis manos En la cima de la desesperación y me encontré con una sentencia subrayada, ya digo, hace treinta años, que venía a decir, más o menos, lo siguiente. Es sabido que el hombre es un ser que está determinado a desaparecer, a extinguirse, eso es un hecho, pero añade, lo que ahora estoy pensando es que debe desaparecer. Ciorán es un escéptico, pero lleno de vida. Un escéptico vital, que digo yo o esperanzado. Un defensor del suicidio como consecuencia directa del sinsentido de la existencia e incluso del sinsentido de preguntarse por el sentido. Pero un defensor del suicidio que se lleva más de veinticuatro horas paseándose por las calles de Paris con un joven que lo ha leído y que está determinado a suicidarse, para intentar convencerlo de que no lo haga, y lo consigue.

                Efectivamente, el mundo no tiene sentido, salvo el de las leyes de la propia naturaleza. El ser humano, tampoco. El sentido de la historia es el que el hombre va construyendo poco a poco. Es un sentido accidental. De ahí que inventemos las religiones, la política mesiánica y así… Vivimos, como decía el Quijote, inventándonos pasiones. Por otro lado, la esperanza es connatural al hombre. Cuando el hombre pierde toda esperanza siente el sinsentido de la existencia, esa mordedura letal. Cae en la desesperación, la indiferencia o el cinismo.

                Pero, como escéptico esperanzado que soy, por imperativo biológico, que no histórico, considero que el hombre intenta mejorar, tiene un ansia de justicia objetiva y universal. Pero el problema es que la historia no pertenece a la inmensa mayoría de las personas, sino a los que ocupan el poder, unos pocos, no elegidos, sino que han llegado allí a partir de la explotación del más débil. Y estos que ocupan el poder son los que crean el gran engaño de la humanidad. Son los que nos dicen que existe un sentido en la historia, ya sea religioso, político o tecnocientífico. El caso es que de lo que se trata es de seguir sus mandatos, de obedecer sus consignas y seremos redimidos. Ése es su mensaje. Por eso la historia es la de los vencedores. Los oprimidos, la inmensa mayoría del pueblo, son anónimos intercambiables, en la actualidad, mera mercancía. Pero es que el poder, además de crear el engaño del sentido, de la justicia, de la verdad, la bondad y la felicidad, pues son unos cínicos. Y se lo pueden permitir porque son los fuertes. Ellos definen el bien y el mal porque están por encima del bien y del mal, por encima de la ley. Y por eso ellos son los que dictan la sentencia de quien es el culpable de los males. Por supuesto que ellos son inmaculados. Y, por eso crean, además del engaño, el mundo al revés. Porque, precisamente, aquellos que a lo largo de toda la historia han sido considerados los culpables por parte del poder, han sido torturados, encarcelados, asesinados, exterminados, pues eran aquellos que defendían esos ideales de justicia, bondad y verdad, por muy convencionales que fuesen dichos ideales. Y por defenderlos el poder los reprime. O simplemente por cumplir con su deber profesional, como vemos ahora. La culpa no la tienen las leyes, y las consecuencias de ellas, que hacen los poderosos, ni el sistema en el que se apoya, la culpa la tiene el profesor, el médico, el juez, el albañil o el arquitecto, el maquinista…el de abajo, siempre el de abajo.

                Y el de abajo ha asumido a través de los siglos, con resignación y mansedumbre, su papel de esclavo y servidor. No se rebela, no quiere ser ni libre. La libertad es enfrentarse al vacío del sinsentido. Mientras los poderosos aprovechan el miedo. Miedo inoculado durante siglos a través de mitos, de grandes mentiras que nos hacían sentirnos bien, ocupar un lugar en el mundo, un lugar confortable. De ahí la imposibilidad de salir de esta situación. Y, por eso, toda revolución es el intercambio de unos poderosos por otros. Si nos fijamos en el daño que nos hemos hecho a nosotros mismos, la historia está plagada de cadáveres en las cunetas en nombre de no sé qué progreso, y el daño que le hemos infligido a nuestra casa, nuestra madre, el planeta Tierra, pues me temo que Ciorán, quizás, por eso del escepticismo, tenga razón.

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La clave es el "escepticismo esperanzado". Nada tiene sentido pero podemos dar un sentido provisional. Aceptar el sinsentido es aceptar nuestra limitación y mortalidad. Evita delirios de grandeza y vanidades. Esos vicios son comunes el género humano, pero en el poder son tremendamente peligrosos. Somos una configuración de átomos procedente de las estrellas y que, tras la muerte, poco a poco, volverá al universo. Dentro de cien años nadie nos recordará. Quizás, y es mucho, sólo seamos un nombre en una lápida.

Claro, pero es que nosotros somos el fruto de una serie de conquistas históricas que comienzan en Grecia con el surgimiento de la filosofía y la democracia y siguen en el Renacimiento y la Ilustración. Una vez conquistados los conceptos e ideas claves tiene que venir su desarrollo. La igualdad se proclamó tanto en Grecia como en la Ilustración. Pero ahí ni entraban ni las mujeres ni los esclavos, ni los de otras “razas”…ha habido que ir desarrollando en el derecho y en la política las conquistas filosóficas. Y estas conquistas filosóficas son todas una lucha contra la tradición. Y la religión es el núcleo de la tradición. Y hoy en día no lo es aparentemente porque las religiones tradicionales, en las llamadas sociedades democráticas avanzadas (da un poco de risa) no están ya dentro del imaginario de la ciudadanía, pero, dos cosas, en tanto que instituciones siguen teniendo poder y, segundo, la religión (el espíritu religioso) se ha desplazado hacia otros objetos (religión tecnocientífica con su culminación en la religión de la economía).

La clave está en el paso del paleolítico al neolítico. En el neolítico se produce la división del trabajo y de ahí la división de género y de clase; apareciendo la desigualdad y las diferentes formas de poder. En el paleolítico la desigualdad se basa en la naturaleza y se explica etológicamente. Somos primates y, como tales, jerárquicos. Somos nómadas con un tipo de sociedad fundamentalmente matriarcal. Porque en el conocimiento del hombre del paleolítico es la mujer, con su fertilidad, la que garantiza la supervivencia del clan o la tribu. De tal forma que en el paleolítico los dioses son femeninos. “Y dios nació mujer” reza el título de un libro. Las religiones a las que se refiere el artículo y me refiero yo son las procedentes del neolítico que son las que justifican la desigualdad entre hombre y mujer y muchas otras cosas más.

Y, por supuesto que uno no desea volver al estado de naturaleza o al paleolítico. Allí la vida era un sufrimiento atroz. Pero hay que tener en cuenta una cosa. Nuestra mirada es etnocéntrica. En más de la mitad del planeta la vida sigue siendo atroz, no tienen comida, ni agua potable, ni medicinas, ni vivienda… Nuestro crecimiento y nuestras conquistas ético-políticas se han montado a partir de un crecimiento cancerígeno de la humanidad. Así que si lo miramos globalmente pues lo que pasa es que nos ha tocado la lotería, de momento, porque veremos dentro de un par de décadas y eso es quizás mucho.

Alternativas hay. Lo que hace falta es un cambio de paradigma con la profundidad y hondura que ello implica. Un cambio de paradigma es un cambio revolucionario de la concepción del mundo. En el caso social implica a todos los aspectos de la sociedad, no sólo el económico, sino el de las relaciones entre los hombres o sociales, la relación con la naturaleza y las relaciones de producción que vienen determinadas por las anteriores. De ahí, que siga teniendo razón Manuel Sacristán y Jorge Riechmann y sea necesario “el paso del paradigma de la producción al paradigma del cuidado.” Con todo lo que esto último implica.

El neoliberalismo, una ideología que se nos ofrece como política inevitable y como ciencia determinista de la historia. Y, esto, desde diferentes partidos (tanto de la derecha como de la socialdemocracia), porque no hay partido que se autoproclame neoliberal, sin embargo, todos los partidos con capacidad de gobernar actúan como neoliberales con la excusa de la inevitabilidad y una supuesta justificación científica.