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Filosofía desde la trinchera

El valor de la filosofía.

 

Algunos hay que confunden la filosofía con la autoayuda. Es normal en estos tiempos de narcisismo y de pensamiento débil. No es éste el cometido del pensamiento y de las ideas y de la filosofía en particular. Aunque se puede distinguir entre una filosofía académica, la que realizan los profesionales de la misma en las universidades y ésta es una filosofía altamente especializada que ha cometido un grave error: separarse del hombre y la cotidianidad en su intento de imitar al saber científico; existe también, y para mí es la importante, una filosofía mundana, que está apegada a lo humano y planea sobre todas las cuestiones que el hombre se hace en tanto que es tal, como son la naturaleza de la belleza, de la verdad, del bien y de la justicia. Pero no así en abstracto, sino en cada momento y circunstancias.

 

            Como digo, la filosofía, el pensamiento en general, no es una actividad que se realice en abstracto, sin ninguna finalidad, tampoco es una actividad que colme nuestro narcisismo, nuestro ego, ni una acción elitista de unos pocos hombres preclaros, sino que es una actividad humana, eminentemente humana y demasiado humana. La cuestión es saber hasta qué punto la humanidad es lo suficientemente humana. La filosofía surge como un intento de esclarecer el mundo que nos rodea. Es una actividad radical y liberadora. Radical por, siguiendo a Ortega, pretende ir a las raíces de las cosas, no quedarse en la mera superficie empantanado en la vulgaridad y trivialidad del mundo de las opiniones particulares. Y esta radicalidad es la que nos libera. Pero hay que tener cuidado con lo que digo. No estoy manteniendo aquí, ni mucho menos, que la filosofía pretende una liberación particular, como los libros y la psicología de autoayuda pretenden engañosamente. La filosofía es una actividad liberadora en tanto que se realiza desde el Logos, es decir, la palabra, el discurso, el lenguaje, la razón. Y la razón, el lenguaje, es lo común al hombre y lo que nos hace hombres. Somos hombres en tanto que utilizamos el Logos como elemento de socialización y civilización. Pero ese Logos, ese lenguaje es instrumento de escrutinio radical de la realidad. Una forma de investigación que nos libera de las falsas explicaciones, del mundo de las apariencias. Y este mundo de las apariencias es el que genera las opiniones, un saber particular, que no requiere del esfuerzo, un saber acomodaticio, que sigue a la mayoría y a la tradición, un saber obediente y sumiso. En definitiva, la opinión ejerce sobre el hombre la tiranía de la ignorancia y lo sume en la esclavitud. Es una ausencia de Logos. Por tanto, el que se sume en su opinión se mantiene alejado de la humanidad, el que no ejerce el poder del pensamiento, del Logos, como vehículo de conocimiento y comunicación de algo nuevo, no mera transmisión de lo trivial y de la hipocresía, se queda aislado y no participa de ese gran proyecto que inició la humanidad en Grecia y que conocemos como filosofía y cuya máxima expresión es el gran proyecto ético. Y cuando hablamos de ética no estamos hablando de la búsqueda de una felicidad placentera, anodina y opiácea, que anula nuestro yo y nuestro ser con. Al contrario. Esto es lo que hoy en día se nos vende desde los libros de autoayuda, los programas del corazón, la telebasura, los medios de manipulación y control de masas, etc. la ética es al dimensión del hombre que tiene que ver con la acción. Y la acción humana, la que llamamos moral, se realiza en sociedad. Pues este gran proyecto se inaugura en Grecia y, más concretamente, en la Atenas de Pericles que conquista la democracia precisamente como forma idónea de realización del pensamiento o la filosofía. Democracia y filosofía van unidas, surgen a la par, porque, en esencia, son las dos caras de la misma moneda. Sin una de ellas, la otra no existe. Por eso el fin del pensamiento o de la filosofía es el fin de la democracia, y la corrupción de la democracia, el fin de la filosofía.

 

            Pues como venía diciendo, igual que los primeros filósofos o físicos, pues se ocupaban de la Phycis, la naturaleza, realizan una actividad radical y liberadora cuando descubren o, mejor, inventan un concepto, una razón (logos, ley) que es la de que todo lo que hay es un cosmos, un orden racional. Que el universo obedece la ley propia del mismo. Que el orden viene de la propia razón del cosmos que es común a la razón humana y no depende de fuerzas sobrenaturales, ni de dioses, ni de la magia. Esto es la cuna de la superstición y esclaviza al hombre. El ignorante desconoce el orden legal del universo y es esclavo de sus opiniones, las creencias. Vive perdido y dominado por un mundo de apariencias, sonámbulo, aislado, sin posibilidad de participar en esa andadura de la humanidad que es la del Logos, que se ejerce por el diálogo. Estos filósofos descubren esa idea, probablemente una de las mayores conquistas de la humanidad, que lo que hay, todo lo que hay es un cosmos, un orden, no un caos que obedece al capricho trivial de los dioses o las fuerzas sobrenaturales. Y este saber radical libera al hombre de la opresión, la ignorancia y la superstición. Por eso el Renacimiento, al recuperar a los clásicos recupera esta idea y todo ello, como actividad conjunta de la humanidad pensante, los que hoy en día llamamos científicos y que entonces se llamaban filósofos de la naturaleza, cuando se dedicaban a la fhysis, pero nunca sólo a ella, da lugar al surgimiento de la ciencia moderna, a la Revolución Cientifica del XVII, y también a la Ilustración. Hay que hacer notar que todo ello es una actividad que se realiza en la comunidad del logos, del lenguaje y que hizo posible un “progreso” con todos los reparos que hay que poner a esta idea, puesto que procede de un mito y cuando la aceptamos sin análisis se convierte en una creencia y un autoengaño.

 

            Pues cuando los filósofos, o los ciudadanos, aplican esta idea del logos a la ciudad surge, nada más y nada menos, que la democracia. Por ello la democracia es una conquista del pensamiento, la filosofía, y es imposible sin ella. Y, por ello, la esencia de la democracia es la radicalidad y la disidencia, no la obediencia. Pero ésta se ejerce desde la comunidad. Expliquemos esto. La conquista de la democracia que procede del pensar filosófico radical y libre consiste en la consideración, nada más y nada menos, de que las leyes o normas que gobiernan la polis (ciudad) proceden del hombre libre, el ciudadano, en su etimología griega, el político, que nada tiene que ver con el político de hoy en día, que es, en principio, otra cosa es que lo sea o no, un representante del pueblo. Es decir, que lo que la filosofía, en su pensamiento radical y liberador y ejercido en comunidad, porque el pensamiento es diálogo (que el Logos es lo común, es decir, lo que sirve de intermediario para entendernos, la razón no pertenece a nadie, nosotros pertenecemos a ella y nos desarrollamos en tanto que ciudadanos-políticos en y desde ella) ha conseguido ha sido, nada más y nada menos, que considerar que los hombres son libres. Y son libres, precisamente por el uso del pensamiento, la filosofía. Es la acción del pensar -porque otra cosa importante, el pensamiento y la acción no están separados…la acción sigue al pensamiento siempre y el pensamiento filosófico, en particular, tiene la intención de transformar el mundo desde el fondo de ese gran proyecto ético de la humanidad en busca de la libertad, la justicia, la igualdad y la fraternidad- la que los constituye en hombres libres. La libertad consistía en la posibilidad de pensar siguiendo al Logos. Y pensar es disentir. Por eso he defendido que la esencia de la democracia es el disentir. Sin el disentir, el pensar de otra manera, que es el sentido originario de la herejía, no hay pensamiento, porque éste es dialogo y sin el último, no hay democracia, porque ésta se desarrolla por medio del diálogo. Y el diálogo sólo es posible desde la igualdad de los hombres libres, no de los obedientes y sumisos, los que siguen consignas y anatemas. Por eso la filosofía ha conquistado, y los primeros filósofos han regalado magnánimamente a la humanidad, el concepto de ciudadano, que en griego se diría, político, hombre libre con capacidad racional de intervenir en la polis. Y no sólo con capacidad, sino con el deber ético de hacerlo. Porque no hay que olvidar que para los griegos, y en el inicio de la democracia, no había distinción entre ética y política. La virtud civil coincide con la virtud privada. Es más, la vida privada, en tanto que no afecta a la polis, carece de importancia. Por eso los griegos denominan idiotes (idiota) al que se dedica sólo a sus asuntos. Hoy en día, con la renuncia al pensamiento, con el ensanchamiento hipertrófico de la vida privado, casi todos caerían del lado del ideotes griego. Porque la categoría antropológica y ética fundamental hoy en día no es, precisamente, la del ciudadano o político que vive en compromiso ético y teórico con la polis, sino el del egocéntrico hedonista. El hiperconsumidor compulsivo cuya conciencia ha quedado nublada por los medios de desinformación de masas y no es capaz de ponerse en el lugar del otro, algo imprescindible para la acción ética, sólo puede pensar en sí mismo y en el presente momentáneo. Su ignorancia le impide pensar el pasado y planificar un futuro en comunidad. Sólo piensa (mejor, siente) por y desde sí mismo. Ha perdido el Logos y la empatía. Por ello es perfectamente manipulable y ha perdido la capacidad de disentir, y sin disentimiento, no hay diálogo y, mucho meno, acción, ni rebelión. La ausencia del pensamiento y la filosofía produce una muerte de la democracia en la que los ciudadanos se convierten en islas autoabastecidas y satisfechas. Por eso la muerte de la filosofía es la muerte de la vida en común. Porque el pensamiento es lo que nos hace común, como ya dijimos, las creencias y las opiniones, nos dispersan, crean fanatismos e intolerancias. Y por eso triunfa hoy en día el relativismo radical, y valga el oximorum, del todo vale. Cada cual se queda con su opinión y su interés particular. En definitiva un mundo de idiotas en el sentido griego. Por eso las democracias se han convertido en otra cosa y el pensamiento se ha transformado en pensamiento único, es decir, pensamiento cero.

 

            La filosofía, en Grecia, al expresarse como forma de vida en democracia conquistó, como decíamos el concepto y la realidad existencial de ciudadano. Una dimensión de éste, como hemos expuesto es el del ejercicio del pensamiento libremente. Otra acepción es la de la igualdad. Si la ley no es de origen divino, ni impuesta por un tirano, el más fuerte, sino que procede del pensamiento común, el diálogo sobre el interés común, entonces las leyes igualan a todos los hombres libres. La ley impera sobre todos de la misma manera y eso es lo que garantiza, por un lado, la igualdad, porque la ley se hace igual para todos y, por otro, la libertad. Porque la ley, al proceder del propio ciudadano, lo libera de la fuerza del tirano y de la opresión de la superstición.

 

            Por eso podemos decir con todo esto que el nacimiento de la filosofía es el nacimiento de la libertad y la igualdad. Y por eso podemos asegurar que la filosofía  no es una actividad narcisista ni busca la liberación personal de forma hedonista, esto, como digo, lo dejamos para el pensamiento débil y la autoayuda que casan perfectamente con la actualidad posmoderna ausente de pensamiento y filosofía, es decir, la falsa filosofía que proclama la muerte de la filosofía y el pensamiento o la reduce a mera conversación…

 

            El segundo gran impulso transformador y revolucionario de la filosofía tiene lugar en la Ilustración. Aquí vuelven a recuperarse los conceptos de igualdad y libertad y renace de nuevo la democracia, esta vez en su versión representativa. Y de este proyecto ilustrado, proyecto ético donde los haya, surge la primera declaración de los derechos del hombre y del ciudadano fruto del esfuerzo de los filósofos y los pensadores en busca de un mundo mejor, de un progreso ético-político de la humanidad que depende de la voluntad humana y de todos los ciudadanos y que es siempre provisional y contingente. Esta construcción ética de la Ilustración es una de las mayores de la humanidad. Una gran conquista ética…pero que, como ocurre hoy en día, y ya ocurrió en el pasado, en ausencia del pensamiento libre y el diálogo, del cultivo de la filosofía en el sentido más amplio y en su versión como saber transformador y revolucionario, puede, cuando no lo está ya, desaparecer. El impulso filosófico fundamental es el impulso ético. Y aquí deberíamos estar todos juntos. La ética, como he sugerido muchas veces, no tiene como meta la felicidad, y menos en estos tiempos que corren, sino la libertad y la virtud. Y libertad y virtud se ejercen en la comunidad, son compromisos de vida. Por eso la democracia, no es sólo una cuestión teórica, ni cuestión de instituciones que velen por ella, ambas cosas son necesarias. La democracia es una forma de vida, una forma de estar en el mundo. Es decir, la democracia es la posibilidad que se nos ofrece de ser ciudadanos, pero, atención, no por el hecho de serlo de derecho, y esto es cuestionable, porque hay innumerables desigualdades en los regímenes democráticos, sino de hecho. Y por eso apuesto por la filosofía mundana. Porque es una actividad del pensamiento que intenta volver a todo hombre ciudadano, volverlo hacia los demás, haciéndoles ver el vacío de si mismos cuando no viven en la polis. Y haciéndoles ver que si no son ciudadanos son simples esclavos. Y enseñarles el pasado para que entiendan que todas las conquistas sociales (políticas y de derechos, así como artísticas, también) y tecnológicas-científicas depende del esfuerzo comunitario del hombre libre que se alía a través del Logos para liberarse del poder, venga éste de donde venga. Por todo ello, la filosofía, el pensamiento, es el ideal de la vida en común. Lo contrario es el totalitarismo: amos y vasallos y ausencia del pensamiento. Hay, pues, en última instancia una identificación entre filósofo y ciudadano, la de ser hombres libres que viven en la polis para mejorarlas inmersos en ese gran proyecto ético de la humanidad. El filósofo de formación, pero mundano, se diferencia en que conoce esta historia y es su deber ético y su contribución a la polis contarla. Así como ejercer de vigilante nocturno porque el pensamiento, la autonomía y la libertad, requieren esfuerzo y fácilmente caemos en el engaño, las creencias y las apariencias…y las distintas formas del poder están siempre acechando. Por eso el filósofo mundano se debe a la sociedad, porque todos le debemos a ella nuestro ser, porque nuestro ser es ser social, en tanto que luchador contra el poder. Ésta es su idesincrasia.

ALUMNOS SUMISOS Y PROFESORES AUTORITARIOS

"Para que una escuela funcione, el profesor ha de mandar y los alumnos han de obedecer"

RICARDO MORENO CASTILLO*

Se escucha con frecuencia a muy eminentes pedagogos decir que no se ha de educar a los alumnos para ser acríticos y obedientes. Pero sucede que las dos palabras no son sinónimas, y que si no es legítimo exigir a los alumnos que sean acríticos, sí lo es exigirles que sean obedientes. Me explicaré. Cuando un juez se niega a casar a dos homosexuales ¿alabamos su espíritu crítico e insumiso? No, un juez no puede legislar, y tiene que actuar según unas leyes con las cuales no siempre estará de acuerdo. Y si cree que un delito merece quince años de cárcel, pero el código penal estipula solo diez, pues solo le podrá imponer diez. ¿Eso quiere decir que el sistema exige a los jueces ser sumisos y acríticos? Sumisos a las leyes que tienen que aplicar, desde luego que sí, pero nadie les pide que sean acríticos. Si un juez cree que el matrimonio homosexual es contrario a derecho, o que cierto delito merece más pena que la que establece el código penal, es legítimo que defienda su opinión a través de la prensa o de las revistas de estudios jurídicos. Y los legisladores, antes de elaborar las leyes, deben escuchar a jueces y juristas, en cuanto que son entendidos en la materia. Pero una vez que las leyes están promulgadas, los jueces deben atenerse a ellas. Si cuando necesitamos una transfusión de sangre, el hematólogo se niega a hacerlo por razones de conciencia porque es testigo de Jehová, lo denunciamos sin tardanza, no celebramos su carácter insumiso. ¿Es eso un atentado a la libertad religiosa? En absoluto, simplemente, quien crea que las transfusiones son inmorales, en lugar de hacerse hematólogo, que se haga electricista. Del mismo modo, quien crea que las leyes solo deben cumplirse cuando estás de acuerdo con ellas, que funde una comuna ácrata, pero que no se meta a juez.

Yo discrepo de los programas de bachillerato. ¿Sería legítimo explicar el que creo que debería haber, y no el que me mandan? Eso dejaría a los alumnos completamente desguarnecidos frente al examen de selectividad. No, tengo que explicar obedientemente el programa que me mandan, por mucho que disienta de él. Entonces ¿el sistema necesita de profesores acríticos y sumisos? Sumisos sí, porque si cada uno explica lo que le parece, se generaría un caos en la enseñanza. Ahora bien, nadie nos pide que seamos acríticos. Puedo criticar el sistema todo lo que quiera, pero mientras mis ideas no sean aceptadas, me quedan dos posibilidades: o pido la excedencia y pongo un puesto de cacahuetes, o ejerzo mi oficio de profesor obedeciendo las leyes educativas de mi país.

Un ejemplo más. ¿Sería legítimo que un conductor desobedeciera las normas de tráfico de su ciudad porque le parecen que están mal hechas? A lo mejor tiene razón, pero aun así, debe obedecerlas. ¿Esto quiere decir que tráfico exige conductores sumisos y acríticos? Sumisos sí, pues de lo contrario la circulación sería imposible, pero no tienen por qué ser acríticos. Quien crea que el semáforo que está en tal sitio debiera de estar ubicado en tal otro, y que tal calle de dirección única estaría mejor siendo de doble dirección, puede denunciarlo, proponer cambios, u ofrecerse a sí mismo para mejorar las cosas presentándose para alcalde. Pero mientras tanto, debe obedecer. Obedecer sumisamente una ley de la cual discrepar no es ser acrítico.

 

Y ahora la cuestión decisiva: ¿no están entre nuestros alumnos los futuros jueces, que habrán de juzgar obedeciendo unas leyes con las cuales no siempre estarán de acuerdo? ¿No están entre nuestros alumnos los futuros profesores, que tendrán que explicar obedeciendo unas directrices programáticas con las cuales no siempre estarán de acuerdo? ¿No están entre nuestros alumnos los futuros conductores que habrán de conducir obedeciendo unas normas de tráfico y unas órdenes de los agentes con las cuáles no siempre estarán de acuerdo? Si esto es así ¿No sería bueno ir enseñando a nuestros alumnos un poco de obediencia, la misma obediencia que tendrán que practicar cuando sean jueces, profesores o conductores?

Y si han de aprender obediencia, la educación ha de ser necesariamente autoritaria. Y hay que decirlo sin complejos. Según alguno de los eminentes pedagogos a los que aludí al principio, entre las contradicciones de la escuela está la de pretender “conseguir buenos demócratas en una institución jerarquizada”. Esta afirmación oculta dos despropósitos. El primero, que una sociedad democrática también es una sociedad jerarquizada: la diferencia con la dictadura está en que los ciudadanos podemos elegir y deponer a nuestros jerarcas. Pero por muy democrática que una sociedad sea, en la carretera han de mandar los policías de tráfico, en la facultad el decano, en la aeronave la tripulación, y en la clase el profesor. El segundo, que con ese argumento nos cargamos la educación en sí misma. ¿Para qué sirve la autoridad de los padres? Pues para educar a los hijos. ¿Por qué es necesario educar a los hijos? Para que puedan en el futuro prescindir de la autoridad de los padres. ¡Qué contradicción! Aprender a prescindir de la autoridad de los padres obedeciendo a los padres. ¿Cómo vamos a enseñar a hacer una cosa obligando a hacer la contraria? Pues así es, y quien lo considere tan aberrante, que no se dedique a educar. Decía Chesterton, que “no puede haber una educación libre, porque si dejáis a un niño libre, no le educaréis”. Esto es así porque, en principio, ningún niño quiere ser educado. De lo contrario, una ley de educación obligatoria sería tan superflua como una ley que obligara a beber cuando se tiene sed. El gobierno, según quienes abominan de la educación autoritaria, tendría que limitarse a construir centros de enseñanza, igual que construye fuentes, y luego dejar que los niños se acerquen a ellos guiados por el mismo instinto que lleva a los sedientos a acercarse a las fuentes.

Ahora mismo, cuando se habla de convertir a los docentes en autoridad pública, dicen algunos que la autoridad hay que ganársela. Quienes así opinan están confundiendo dos cosas distintas. Un juez, para ejercer su función, necesita estar dotado de una autoridad que le permita mantener el orden en la sala de audiencias y sancionar las malas conductas que durante el juicio se puedan producir. Si no fuera así, su labor sería inviable. Ahora bien, es cierto que la autoridad moral de un juez se la tiene que ganar él, con la serenidad de sus actuaciones, la imparcialidad de sus juicios y la ecuanimidad de sus sentencias. Una cosa es la autoridad o el prestigio moral que pueda uno adquirir a lo largo de su vida por su buen hacer profesional (y es cierto que eso se lo tiene que ganar cada cual), y muy otra cosa la autoridad que se pueda necesitar para el ejercicio cotidiano de su profesión (y esa sí debe estar reconocida por ley). La polémica de si la autoridad del profesor debe ser avalada por una ley o si debe ganársela por sí mismo es falsa, porque en ella se está utilizando la palabra “autoridad” con dos significados distintos. Ahora bien, muchos de quienes la plantean saben que es una falsa polémica, confunden adrede los dos significados de la palabra autoridad, para no tener que admitir algo que atenta contra la corrección política y contra la propia imagen, siempre tan gratificante, de vanguardista y novedoso. Pero esto es empeñarse en negar algo que es de sentido común: que para que una escuela funcione, el profesor ha de mandar y los alumnos han de obedecer.  

(*) Catedrático de instituto desde 1975, y autor de los libros Panfleto antipedagógico y De la buena y la mala educación.

Patente de corso

Echando pan a los patos Arturo Pérez Reverte

XLSemanal - 28/3/2011

Me pregunto a qué están esperando en España, con lo aficionados que somos a correr delante de la locomotora, y al que no quiera correr, obligarlo por decreto. A más de un político aficionado a la psicopedagogía de laboratorio y a la lengua hablada y escrita controlada por ley, debería gotearle el colmillo: hay más humo con el que marear la perdiz. Más posibilidades de que la peña, propensa a desviarse de pitones cuando le agitan un capote desde la barrera, no piense en lo que debe pensar, la que está cayendo y va a caer. Buenos ratos echando pan a los patos.

Hace un par de meses, una editorial gringa publicó ediciones políticamente correctas del Huckleberry Finn y el Tom Sawyer de Mark Twain en las que, además de retocar crudezas propias del habla de la época, se elimina la palabra nigger, que significa negro. Los alumnos se escandalizaban, arguyó el responsable: un profesor de Alabama que, en vez de explicar a sus escandalizables alumnos que los personajes de Twain usan un lenguaje propio de su época y carácter -Joseph Conrad tituló una novela The nigger of the Narcissus-, prefiere falsear el texto original, infiltrando anacronismos que encajen en las mojigatas maneras de hoy. Convirtiendo el ácido natural, propio de aquellos tiempos, en empalagosa mermelada para tontos del ciruelo y la ciruela.

Coincide la cosa con que el ministerio de Cultura francés, confundiendo la palabra conmemorar con la de celebrar, excluya a Louis-Ferdinand Céline de las conmemoraciones de este año, cuando se cumplen cincuenta del fallecimiento del escritor. Que fue pésima persona, antisemita y colaborador de la Gestapo -como, por otra parte, miles de compatriotas suyos-, y autor de un sucio panfleto antijudío titulado Bagatelle pour un massacre; pero que también es uno de los grandes novelistas del siglo XX, el más importante en Francia junto a Proust, y cuyo Viaje al fin de la noche transforma, con inmenso talento narrativo, una muy turbia sordidez en asombrosa belleza literaria. Eso demuestra, entre otras cosas, que un retorcido miserable puede ser escritor extraordinario; y que un artista no está obligado a ser socialmente correcto, sino que puede, y debe, situarnos en los puntos de vista oscuros. En el pozo negro de la condición humana y sus variadas infamias.

Así que, españoles todos, oído al parche. Suponiendo -tal vez sea mucho suponer- que quienes vigilan a golpe de ley nuestra salud física y moral sepan quiénes son Twain o Céline, imaginen las posibilidades que esto les ofrece para tocarnos un poquito más los cojones... ¿Qué son bagatelas como prohibir el tabaco o convertir en delito el uso correcto de la lengua española, comparadas con reescribir, obligando por decreto, tres mil años de literatura, historia y filosofía éticamente dudosas?... ¿A qué esperan para que en los colegios españoles se revise o prohíba cuanto no encaje en el bosquecito de Bambi?... ¿Qué pasa con esas traducciones fascistas de Moby Dick donde se matan ballenas pese a los convenios internacionales de ahora?... ¿Y con Phileas Fogg, tratando a su criado Passepartout como si desde Julio Verne acá no hubiera habido lucha de clases?... ¿Vamos a dejar que se vaya de rositas el marqués de Sade con sus menores de edad desfloradas y sodomizadas antes de la existencia del telediario?... ¿Y qué pasa con la historia y la literatura españolas?... ¿Hasta cuándo seguirá en las librerías la vida repugnante de un asesino de hombres y animales llamado Pascual Duarte?... ¿Cómo es posible que al genocida de indios Bernal Díaz del Castillo lo estudien en las escuelas?... Y ahora que todos somos iguales ante la ley y el orden, ¿por qué no puede Sancho Panza ser hidalgo como don Quijote; o, mejor todavía, éste plebeyo como Sancho?... ¿A qué esperamos para convertir lo de Fernán González y la batalla de Covarrubias en el tributo de las Cien doncellas y doncellos?... ¿Cómo un machista homófobo y antisemita como Quevedo, que se choteaba de los jorobados y escribió una grosería llamada Gracias y desgracias del ojo del culo, no ha sido apeado todavía de los libros escolares?... En cuanto a la infame frase Viva España, que como todo el mundo sabe fue inventada por Franco en 1936, ¿por qué no se elimina en boca de numerosos personajes de los Episodios nacionales de Galdós, donde afrenta a las múltiples y diversas naciones que, ellas sí, nos conforman y enriquecen?... ¿Y cómo no se ha expurgado todavía El cantar del Cid de las 118 veces que utiliza la palabra moro, sustituyéndola por hispano-magrebí de religión islámica, y buscándole de paso, para no estropear el verso, la rima adecuada?

Por fortuna no leen, ni creo que en el futuro lo hagan. Tranquilos. El peligro es mínimo. Menos mal que esos pretenciosos analfabetos, dueños del Boletín Oficial, no han abierto un libro en su puta vida.

Indignación y resistencia.

 

            Si quereos cambiar el mundo, para empezar, es necesario indignarse, para ello, hace falta tener dignidad, considerarse un hombre, no mercancía. Y esto es lo que somos para los poderes. Y es necesario pensar esto muy en serio a la hora de votar. ¿Qué somos para nuestros representantes, personas o mercancías? Si somos lo segundo lo mejor es no votar. Voto en blanco. Una buena lección de educación para la ciudadanía, es decir, política, y ética, para nuestros representantes. Que no son más que eso, nuestros representantes. A los que es menester recordarles que no tienen el poder. Aunque tácticamente lo tengan, pero no les corresponde legalmente. El poder es del pueblo. Y es necesario que éste coja las riendas de su destino y se enfrente a la hipocresía, a la farsa, a la mentira, al engaño, a los halagos y participe críticamente, no interesadamente. El voto no es interesado, es de principios. La sociedad cambia cuando los ciudadanos son realmente tales. Cuando son vasallos no son más que la rueda de transmisión del poder totalitario y caciquil. La democracia, que no es ni mucho menos en lo que estamos, exige de ciudadanos. Exige de virtud pública, no de seguidores, fans, fanáticos, incondicionales, pesebristas, tradicionalistas, inconscientes, farsantes… quiere virtud pública, ejemplaridad, compromiso, pensamiento, autoconciencia, crítica, asumir el error. Señores, no estamos en democracia, estamos en una partitcoracia oligárquica. El ciudadano no es nada, salvo un instrumento en manos de los partidos. Nunca los partidos contarán con él, salvo en la campaña electoral, es necesario recuperar los ideales de la democracia, del poder del pueblo. Pero para ello es necesario desenmascarar la falsedad del poder y la connivencia de los ciudadanos. Hemos sido nosotros, conscientemente engañados, los que hemos permitido éste estado de cosas. No se puede permitir, desde la ética más elemental, que un albañil esté subido en un andamio hasta los sesenta y siete años y un diputado, sin ni siquiera calentar el sillón, a los siete años de “trabajo” tenga derecho a la pensión completa. No es de recibo que los ciudadanos, el estado, pague la crisis provocada por el capital y los banqueros y ahora repartan dividendos y a nosotros nos demanden apretarnos el cinturón. No es admisible que nuestros representantes políticos formen parte de corporaciones empresariales internacionales después de abandonar la política. Es necesario una regeneración política, ya. Y el ciudadano es el que en definitiva tiene el poder de poner y quitar. Si reducimos la democracia a su última expresión, podemos decir que ésta es la capacidad que el pueblo tiene de poner y quitar a los gobernantes sin derramamiento de sangre. Pero cuando el pueblo pierde esta capacidad es que es un súbdito, un vasallo, o, peor, un enchufado o un cliente del sistema. Que no nos engañen más con palabras bonitas de democracia y soberanía del pueblo. Mentira. Esto es una tiranía de los partidos y los ricos que viven en estrecha comunión. En nuestras manos está la capacidad de indignación y de recuperar la democracia, el poder del pueblo. Y a esto es a lo que se llama resistencia, lo que salvó a Europa del nazismo. Pero antes es necesario que recuperemos la virtud civil y saber que todos pertenecemos a la polis y que la virtud de ésta, la justicia, depende de la nuestra, la prudencia.

 

            Hace unos pocos días leía un librito de Staphane Hessel, y prologado por José Luís Sanpedro, ambos cuentan con 93 años a sus espaldas, que se llama “Indignaos”. No pretendo hacer ninguna reseña de este libro, es lo suficientemente corto y conciso como para que el libro sea su propia reseña. Sólo quiero arrancar desde esta obra magistral, de la ética y la política, mi reflexión. En primer lugar cuando veo a hombres que a esta edad en la que la mayoría estaremos muertos y que siguen luchando contra la injusticia y que no han perdido la capacidad de indignación, me embriaga una sensación de impotencia y de admiración. Yo no podría. O, acaso, yo no puedo, y a mi edad. Estos hombres son ejemplos, ejemplares de la ética civil, del compromiso del ciudadano con la polis. Uno a su lado se ve empequeñecido, pero aprende. Y aprende que lo último es la renuncia y la cobardía. A que la historia ha progresado no por leyes deterministas, no por la voluntad de los tiranos, no por las fuerzas de la economía, que no es más que la fuerza de unos pocos que ostentan el poder, sino por el esfuerzo ético de unos pocos. Por personas que han creído, precisamente en eso, en que somos personas, no cosas. Es a toda esa legión de luchadores morales a los que les debemos nuestra comodidad y bienestar. No se lo debemos al avance tecnocientífico, por sí sólo, éste necesita de la ética y la política, tampoco al avance del mercado, éste sin regulación ético-política, nos lleva a la barbarie. Se lo debemos a los que han apostado por la polis. Es decir, por la política, en su sentido originario griego: por el interés público. Y por eso este libro, que va dirigido a los jóvenes, es un revulsivo para la actualidad. Un nonagenario, redactor superviviente de los derechos humanaos, llama a los jóvenes a la indignación. Y ésta es la gran validez de su obra. La vejez y la experiencia de un hombre que vivió en un siglo atroz, convulso, genocida, pero, a la vez, triunfal porque fue capaz de proclamar los derechos humanos, que pide a los jóvenes que se indignen ante las injusticias actuales. Las injusticias actuales no son menos que las de hace unas décadas. Estamos asistiendo al triunfo de la mediocridad, de la mercancía frente al sujeto, de la barbarie frente a la ética, de la idiotez frente a la solidaridad y la inteligencia. Estamos ante la tecnobarbarie, hipnotizados por el poder de seducción de la tecnología, de los discursos vacíos. Y, mientras tanto, la maldad genocida impera en el mundo. Pero no sólo en el tercer mundo, que eso, hipócritamente, lo damos por hecho, para poder sobrevivir en nuestro estado de opulencia, sino en las sociedades del bienestar. Cada vez las diferencias entre ricos y pobres aumentan, cada vez la brecha tecnológica y digital es mayor. El acceso a los alimentos y al agua potable es más limitado, los recursos energéticos alcanzan su cenit. Y nosotros nos conformamos. Sólo queremos seguir consumiendo. Nuestra felicidad ha sido hipotecada. Sólo, quizás, la miseria nos salvará de nuestra ignorancia, egocentrismo e insensibilidad.

"Esta cultura capitalista de cinco siglos ha agotado ya sus posibilidades"

José Luis Sampedro. Escritor y Economista. Cree que el mundo está en la era del desconcierto y que va hacia otro modelo. La única salida es la educación y el pensamiento

PEIO H. RIAÑO MADRID 20/03/2011 08:00 Actualizado: 20/03/2011 12:14

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Desde luego como una catástrofe espantosa y como una amenaza extraordinaria. Si sucediera una explosión estilo Chernóbil, alcanzando a Tokio la radiactividad, sería horrible. Lo que ha ocurrido en Fukushima es el resultado de un exceso de confianza en el ser humano. Soy de los que hace años pensábamos que el desarrollo sostenible es mentira, que lo que llevamos adelante es insostenible.

¿Por qué seguimos adelante?

Porque los dirigentes están inspirados en dos ideas: una, la potencia extraordinaria de la técnica. La técnica ha logrado resultados tan fabulosos, que parecería que podría conseguir lo que quisiera. Y se piensa que ocurra lo que ocurra la técnica lo resolverá y que si se agota el petróleo, la técnica sacará, como pensaba Franco, oro del granito del Escorial. La otra idea es que la religión nos dice que los humanos tenemos un alma inmortal, que, como dice la Iglesia católica, el hombre es casi divino porque Dios lo hizo a su imagen y semejanza. Animado por esa esperanza inmaterial y por una técnica se cree que se puede hacer lo que quiere.

"Nos están educando al revés: para consumir. La alternativa es educar para ser mejores"

¿Nos hemos creído más de lo que somos?

Nos creemos dioses y hacemos lo que no podemos hacer, y que si fuésemos racionales no necesitaríamos hacer. Desde los tiempos de Grecia la humanidad ha progresado técnicamente de una manera fabulosa, pero no hemos aprendido a vivir en paz, a convivir, a no matar al vecino. Las palabras favoritas de esta cultura son productividad, innovación y competitividad. Somos muy poderosos en técnica y muy ignorantes y faltos de sabiduría. El exceso de ciencia no está compensado por la manera de usarla.

¿Eso ha pasado con la energía nuclear?

"Han dado la universidad a los financieros y los financieros lo que quieren es ganar dinero"

Eso es lo que pasa con lo nuclear: es una energía importante, pero no sabemos usarla. Verá, no hemos logrado con la energía nuclear lo que sí hemos logrado con el petróleo: el progreso del petróleo es el motor de explosión, pero de la energía nuclear no hemos inventado el motor de explosión. No dominamos la técnica nuclear y mientras tanto nos arriesgamos a catástrofes como la de Japón.

¿Qué le parece la actitud del pueblo japonés?

Me está admirando profundísimamente. Lo que veo en la televisión, las caras de la gente: no las hay aterradoras, desesperadas, llorosas. No hay gestos como hemos visto en Haití, muy comprensibles por otra parte. Pero en Japón hay una serenidad verdaderamente ejemplar. El civismo japonés debe darnos una lección a todos. Tengo una admiración profunda por ese pueblo. Cómo se comportan, cómo cooperan. El pueblo japonés en estos momentos es admirable, como con frecuencia el pueblo es mucho más admirable que los gobiernos.

"Se han degradado los valores. ¿Cómo puede ser un político imputado un ciudadano modelo?"

¿El progreso nos ha dejado sin control?

Progreso es una palabra que implica un fin, un objetivo, como en un viaje. ¡Pero aquí no saben dónde van! No sólo no saben dónde van, lo malo es que ni siquiera saben dónde quieren ir. Sarkozy, Berlusconi y otros que prefiero no nombrar en castellano y en inglés no saben lo que quieren. Vivir en paz es un objetivo, pero para eso deben educarnos y estamos haciendo todo lo contrario.

¿Ante esta catástrofe nos haremos más humanos?

"Cuantas más catástrofes haya, más se desacreditan los que nos conducen a las catástrofes"

Ojalá sirviera al menos para eso, pero me temo que no, porque estamos muy mal dirigidos. Además, se nos enseña muy mal. La solución a largo plazo de todo es la educación, la preparación de los seres humanos. Ahí sí tendríamos que hacer progreso y desarrollo. Lo primero es que la gente razone y piense por su cuenta. Nos están educando al revés, nos educan para producir y consumir. Nadie nos prepara para ser más humanos, para ser mejores. Dicen que no hay alternativa a este desarrollo, cómo que no: ser mejores en vez de tener más cosas. La alternativa es educar para ser mejores.

Creo que eso no aparece en ningún plan de estudio.

Verá, la mayoría de las personas no llegamos a ser lo que podríamos ser. Porque el desarrollo no es ser tanto o mejor que los otros, sino todo lo que uno pueda llegar a ser. Casi nadie, yo el primero, llega a todo lo que pueda ser. Todavía soy aprendiz de mí mismo. Ojalá nos hiciera más humanos esta catástrofe, para sabernos miembros de la naturaleza y no dioses.

¿Están preparadas las universidades a ello?

Esto que se acaba de implantar, la universidad con salsa boloñesa, es la muerte de la universidad. La universidad era un templo de sabiduría. Esto que hacen ahora es una escuela politécnica. Han dado la universidad a los financieros y los financieros lo que quieren es ganar dinero. Eso implica que lo que se enseña es saber hacer cosas, pero no saber cómo son las cosas.

Hemos pasado a hablar de la cultura como producto, legitimada por su aportación al PIB. Otras virtudes como la verdad o la belleza han dejado de ser importantes. ¿Qué le parece?

A eso se responde de una manera: el PIB no es la medida del bienestar.

¿Por qué han cambiado las reivindicaciones y ahora se prioriza la defensa de la libertad al fin de las injusticias?

Siempre que se use la palabra libertad hay que pensar para quién. La libertad para el pobre quiere decir que no me opriman. Pero la libertad para el rico es que me dejen las manos libres, que yo haré lo que me dé la gana y entonces explotaré a quien haga falta. Cuando me hablan de libertad recuerdo siempre el lema de la revolución francesa. Le voy a contar algo que explicaba en clase hace años: la libertad vuela como las cometas. Vuela porque está atada. Usted coja una cometa y láncela, no vuela. Pero átela una cuerda y entonces resistirá al viento y subirá. Cuál es la cuerda de la cometa de la libertad: la igualdad y la fraternidad. Es decir, la libertad responsable frente a los demás.

¿Por qué no interesan las injusticias?

Porque se han degradado los valores. Al declarar que todo es mercancía, que todo es dinero, que el PIB y la cultura son dinero... ¿Qué es la corrupción generalizada? Simplemente que hay hombres en venta y otros dispuestos a comprarlos. ¿Hay mayor degradación que esto? Hoy no se respeta nada: hay altos cargos jactándose de ser imputados y pensando que la gente cree que es un tío grande porque no lo para nadie. ¿Cómo puede ser un político imputado un ciudadano modelo?

José Saramago decía que el capitalismo nos había adocenado.

Claro, y qué razón tenía. La democracia no es el gobierno del pueblo en ningún sitio. ¿Qué se vota? Lo que nos hacen que votemos. En la infancia, llega un cura y mete en la cabeza dogmas. Eso empieza a condicionar el pensamiento y el pensamiento debe ser libre, más que la libertad de expresión. Si con la libertad de expresión lo que expresa es lo que le dicen que diga, no interesa. Lo que importa es lo que pensamos.

¿Necesitamos una revolución más que nunca?

Lo que necesitamos es reeducarnos. Puede que catástrofes como la nuclear induzcan a pensar que lo que estamos haciendo no está bien. Se censura a los jóvenes porque no tienen sentido político. No es que pasen, es que quieren otra cosa. Mire usted, que cambiaremos es seguro. Otro mundo es seguro, la Historia es cambio. Ahora mismo pasamos por un momento que yo llamo de barbarie porque se han degradado todos esos valores que comentamos. Es una etapa de desconcierto hacia otro modelo distinto. Esta cultura capitalista de cinco siglos ha agotado ya sus posibilidades.

Ya, pero los culpables de la crisis han salido indemnes.

Claro, porque tienen el poder. ¿Qué hace Europa en estos momentos? Nada. No estamos ya en manos de los financieros, sino en las tres o cuatro grandes empresas de valoración de la confianza. ¿Qué han hecho los gobiernos? ¿Han suprimido los paraísos fiscales? ¿Han corregido la conducta de los bancos? ¡Ni hablar! Los bancos que crearon la crisis en 2008 hace tiempo que se han repuesto tranquilamente y anuncian sus beneficios, mientras los parados siguen parados. Se llamen como se llamen, todos los gobiernos actúan obedeciendo a los intereses del capital.

¿Qué espera de las generaciones más jóvenes?

He vivido la guerra y después de la guerra qué había. La ilusión era el bienestar, la ilusión era el Seiscientos. Pero hoy hay jóvenes con ideales. Que las cosas cambiarán estoy seguro. Cuantas más catástrofes haya, más se desacreditan los que nos conducen a las catástrofes. La gente no reacciona contra los banqueros. Pero el banquero es como el tigre, no es malo, devora porque es tigre. El banquero se forra contra quien sea porque es banquero, pero al banquero lo crea la sociedad, lo ensalza la sociedad que tiene como dios supremo el dinero. No es que sean malos, es que son banqueros todavía habrá que compadecerlos [ríe].

¿Por qué los gobiernos están degradando la enseñanza pública?

Porque tienen miedo y hacen concesiones a la Iglesia. Pero a los poderosos, cuantas más concesiones se les hace, más exigen, son insaciables. Fíjese lo que está haciendo Esperanza Aguirre con la enseñanza en la Comunidad de Madrid. Lo esencial de la enseñanza es el profesor y hay que crear profesores, pero claro, para eso se necesitan apoyos a la escuela. Que se recorten los presupuestos de enseñanza es un desastre.

¿Cómo ve España después de las próximas elecciones generales?

Me temo que, como siempre, perderá uno de los dos partidos. El PP si tiene la victoria no se la ha ganado. Llevan años pidiendo, pero sin decir cómo hacerlo. El señor Rajoy jamás ha tenido una idea y para una vez que fue al público con un papel apuntado, le hicieron una pregunta cantada y pactada, y no supo qué contestar. Rajoy sería hoy el presidente ideal de Europa, porque entonces Europa no haría absolutamente nada. Me temo que va a ser derrotado el PSOE, pero seguiremos como hasta ahora porque no cambiarán las cosas. El PSOE está haciendo programas de la derecha en asuntos como la educación. Es un gobierno capitalista que depende de los financieros, como el PP. La diferencia es que el PP se regodeará apretando los tornillos de la explotación.

¿Cómo es posible que intelectuales como Vargas Llosa defiendan en su discurso del Nobel la existencia de las armas de destrucción masiva?

El intelectual, por definición, está en contra de las autoridades. Entre los economistas hay dos tipos: los que se dedican a hacer más ricos a los ricos y los que pretendemos hacer menos pobres a los pobres. Con los intelectuales literarios pasa lo mismo: los hay que dan la razón al ataque de Irak y los que estamos en contra. Aquello fue in crimen de lesa humanidad que no ha prescrito.

¿Tiene claras cuáles son las conclusiones de esta crisis?

Le contestaría con una sola palabra: entropía. Todo lo que nace muere. Cuando nacemos empezamos a morir. Yo llevo 94 años viviendo, es decir, 94 años muriéndome. Es un proceso vital. Todos los imperios anteriores entraron en decadencia. ¿Qué duró el imperio español, cuánto el auge francés, qué queda del imperio británico, cuánto ha durado el imperio norteamericano? Ya se ha acabado: EEUU no domina como en 1945. Tiene un Ejército más fuerte, pero no es el amo del mundo. Ahora tiene en frente a China, Brasil y Rusia.

¿Qué perspectivas hay?

El matemático Poincaré decía: "El caos es un orden que no conocemos". Pues ahora estamos en un orden que no conocemos. ¿Y qué perspectivas hay? Pues el próximo orden. ¿Cómo será? No lo sé. Tengo mis ideas, pero no lo sé.

Maravilloso.

¿El orden?

No, usted.

Lo de la energía nuclear es algo complejo. Fue una batalla que ganaron los ecolgistas hace décadas, con argumentos contundentes. Pero ha resurgido el tema como efecto rebote del cambio climático derivado de la energía obtenida con recursos fósiles. Es el argumento fuerte que las multinacionales eléctricas y nuestros gobernantes han introducido. Pero se les olvida el problema de la caducidad de ese tipo de energía, que es igual que la de las fósiles, no son renovables. Lo de la peligrosidad y el tremendo problema del almacenamiento es algo ya definitivo, bueno, todo lo definitivo que la ciencia permite, claro. La apuesta es por la innovación tecnológica a base de otro tipo de energías renovables que, además, lleven aparejado la justicia social. Es decir, un ssitema energético diversificado (existen muchos modelos teóricos de ellos), que no esté en manos de unas pocas multinacionales que ponen firmes a los gobiernos y a los ciudadanos. Todos los temas ecológicos, si no los ligamos a la cuestión social, quedan en cuentos de hadas. En teorías del buen salvaje y del taparabos. Por eso es necesario un discurso político que afronte estos temas desde un nuevo orden social, no desde el perjuicio o no al medio ambiente o a la salud humana, esto último son subcapítulos del problema real: la supervivencia de la civilización. Pero un nuevo orden, al que me atrevo a llamar ecosocialismo, requiere de un nuevo modelo económico que rompa, de una vez por todas, con el mito de la política del crecimiento. Si queremos salvar la civilización, o, más bien, salvarnos, es necesario el decrecimiento. Y esto no es una utopía, la utopía, que más bien, se transforma en distopía, es pensar que podemos seguir así mucho tempo. Vivimos un sueño y un engaño a costa de tres cuatas partes de la humanidad. Seamos responsables, que era el principio ético propuesto por  Hans Jonas, del otro, aunque no esté presente, del distante tanto en el espacio, el extranjero, como en el tiempo, las futuras generaciones. Saludos y disculpad las manías pedagógicas de un viejo profesor.

Todo es confuso. Como lo de Japón. Realmente el relativismo se ha hecho carne. Los medios cuentan una verdad, el poder otra parecida, las redes sociales algo totalmente distinto. Todos pueden hacer un montaje. En definitiva lo que interesaba al poder es el relativismo para que todo se pueda defender y nada se puede creer. El poder está venciendo. Las redes sociales se proclamaban como el acceso a la libertad, pero producen mayor confusión, porque pueden ser también un montaje, teledirigidas. Y, por su propia naturaleza, son un caos. La información es horizontal en la red, o en red, no hay forma de ir a las fuentes para verificar. Por eso las nuevas tecnologías han aumentado la información pero han disminuido el conocimiento y la veracidad. Eso sin contar con la función de entretenimiento que juegan. Un pan y circo tremendamente sofisticado. Matrix o la Caverna de Platón.

Carta a María

Por Arturo Pérez-Reverte

Tienes catorce años y preguntas cosas para las que no tengo respuesta. Entre otras razones, porque nunca hay respuestas para todo. Y además, he pasado la vida echando la pota mientras oía a demasiados apóstoles de vía estrecha, visionarios y sinvergüenzas que decían tener la verdad sentada en el hombro. Yo sólo puedo escribirte que no hay varitas mágicas, ni ábrete sésamos. Esos son cuentos chinos. De lo que sí estoy seguro es de que no hay mejor vacuna que el conocimiento. Me refiero a la cultura, en el sentido amplio y generoso del término: no soluciona casi nada, pero ayuda a comprender, a asumir, sin caer en el embrutecimiento, o en la resignación. Con ello quiero sugerirte que leas, que viajes, y que mires. Fíjate bien. Eres el último eslabón de una cadena maravillosa que tiene diez mil años de historia; de una cultura originalmente mediterránea que arranca de la Biblia, Egipto y la Grecia clásica, que luego se hace romana y fertiliza al occidente que hoy llamamos Europa. Una cultura que se mezcla con otras a medida que se extiende, que se impregna de Islam hasta florecer en la latinidad cristiana medieval y el Renacimiento, y luego viaja a América en naves españolas para retornar enriquecida por ese nuevo y vigoroso mestizaje, antes de volverse Ilustración, o fiesta de las ideas, y ochocentismo de revoluciones y esperanzas. O sea, que no naciste ayer.

Para conocerte, para comprender, lee al menos lo básico. Estudia la Mitología, y también a Homero, y a Virgilio, y las historias del mundo antiguo que sentó las bases políticas e intelectuales de éste. Conoce al menos el alfabeto griego y un vocabulario básico. Estudia latín si puedes, aunque sólo sea un año o dos, para tener la base, la madre, del universo en que te mueves. Da igual que te gusten las ciencias: ten presente          -como siempre recuerda Pepe Perona, mi amigo el maestro de Gramática-, que Newton escribió en latín sus Principia Matemática, y que hasta Descartes toda la ciencia europea se escribió en esa lengua. Debes hablar inglés y francés por lo menos, chapurrear un poco de italiano, y que el estudio del gallego, del euskera, del catalán, que tal vez sean tus hermosas y necesarias lenguas maternas, no te impida nunca dominar a la perfección ese eficaz y bellísimo instrumento al que aquí llamamos castellano y en todo el mundo, América incluida, conocen como español.

Para ello, lee como mínimo a Quevedo y a Cervantes, échale un vistazo al teatro y la poesía del siglo de Oro, conoce a Moratín, que era madrileño, a Galdós, que era canario, a Valle-Inclán, que era gallego, a Pío Baroja, que era vasco. Rastrea sus textos y encontrarás etimologías, aportaciones de todas las lenguas españolas además de las clásicas y semíticas. Con algunos de ellos también aprenderás fácilmente Historia, y eso te llevará a Polibio, Herodoto, Suetonio, Tácito, Muntaner, Moncada, Bernal Díaz del Castillo, Gibbon, Menéndez Pidal, Elliot, Fernández Álvarez, Kamen y a tantos otros. Ponlos a todos en buena compañía con Dante, Shakespeare, Voltaire, Dickens, Stendhal, Dostoievski, Tolstoi, Melville, Mann. No olvides el Nuevo Testamento, y recuerda que en el principio fue la Biblia, y que toda la historia de la Filosofía no es, en cierto modo, sino notas a pie de página a las obras de Platón y Aristóteles.

Viaja, y hazlo con esos libros en la intención, en la memoria y en la mochila. Verás qué pocos fanatismos e ignorancias de pueblo y cabra de campanario sobreviven a una visita paciente a El Escorial, a una mañana en el museo del Prado, a un paseo por los barrios viejos de Sevilla, a una cerveza bajo el acueducto de Segovia. Llégate a la Costa de la Muerte y mira morir el sol como lo veían los antiguos celtas del Finis Terrae. Tapea en el casco viejo de San Sebastián mientras consideras la posibilidad de que parte del castellano pudo nacer del intento vasco por hablar latín. Observa desde las ruinas romanas de Tarragona el mar por el que vinieron las legiones y los dioses, intuye en Extremadura por qué sus hombres se fueron a conquistar América, sigue al Cid desde la catedral de Burgos a las murallas de Valencia, a los moriscos y sefardíes en su triste y dilatado exilio. En Granada, Córdoba, Melilla, convéncete de que el moro de la patera nunca será extranjero para ti. Y sitúa todo eso en un marco general, que también es tuyo, visitando el Coliseo de Roma, la catedral de Estrasburgo, Lisboa, el Vaticano, el monte San Michel. Tómate un café en Viena y en París, mira los museos de Londres, descubre una etimología almogávar en el bazar de Estambul o una palabra hispana en un restaurante de Nueva York, lee a Borges en la Recoleta de Buenos Aires, sube a las pirámides de Egipto y a las mejicanas de Teotihuacán. Si haces todo eso -o al menos sueñas con hacerlo-, conocerás la única patria que de verdad vale la pena.

 

El autor cede este artículo expresamente a “La Bulla” para su publicación. ©Arturo Pérez Reverte. XLSemanal. 12.11.2000. www.perezreverte.com