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Filosofía desde la trinchera

Estimado Joaquín,

 

He leído muy rápido tu artículo de réplica a mis reflexiones sobre la lectura que hago en “Pensamientos…” depende desde el ángulo que lo mire, pues estoy de acuerdo contigo, o no. De todas formas creo que malinterpretas mi intención. Lo que hay debajo de mis palabras es un discurso contra toda forma de poder. Y esa es mi línea de argumentación y donde cobra sentido lo que digo. De todas formas me parece muy bien argumentada tu réplica. Y haré una defensa en la línea que vengo diciendo, además de apoyarme en el hecho de que todo en la vida es entretenimiento, un pasar el tiempo. Cuando la vida y la historia del hombre careen de sentido, como buen escéptico, todo es pasar el tiempo. Sobrevivir, mientras que dejamos nuestra información genética. La cultura es la forma que la especie humana ha inventado para tal menester. Los valores son provisionales, si bien algunos preferibles a otros. Por eso creo que el conocimiento es superior al mero entretenimiento, pero sin que el conocimiento no deje de ser entretenimiento. Lo único que hacemos en esta vida es pasar el tiempo, desde la cuna a la tumba. Nuestra enfermedad mortal es el tedio y contra él nos afanamos. Pero la lucha y el afán dan lugar a productos culturales distintos. Unos surgen de la maldad intrínseca del hombre, otros de la esperanza en un mundo mejor, otros de la utopía que, al final, se convierte en totalitarismo, y otros, en fin, de la estupidez. Y ésta es tremendamente contagiosa. Si fomentamos la estupidez producimos esclavos. Y yo no quiero esclavos, ni siervos, aunque esto es imposible, por la propia condición humana, pero, mientras menos, mejor. Y, sobre todo, en una democracia, porque en última instancia la estupidez de la mayoría me afecta a mí. Y esto te parecerá elitista. Es una de tus críticas. Pero siento decirlo. Pienso que una democracia que no defienda el elitismo, la meritocracia, es una farsa, una dictadura del mediocre, una pantomima de democracia y libertad, un relativismo endeble y avasallador que confunde la virtud con el vicio, el entretenimiento con la virtud, lo universal con lo particular. Por eso el contexto de mi discurso es el del poder. La imaginación se puede fomentar de muchos modos, no sólo con malos libros. Es más, se fomenta mejor con buenos libros. Además no es cierto que a través de la lectura de malos libros, de malas películas, de mala televisión, se pueda acceder después, salvo en contadas ocasiones, a una literatura superior, un cine superior… y sostengo lo mismo que dices. Porque aquel que se distrae con Tartini, que escucho en este momento, siente el mismo placer que el que se distrae con la música pasajera del verano anterior. El efecto bioquímico en nuestro cerebro es el mismo. Pero los valores que emanan de Tartini, y el cómo se llega a apreciar el violín de tal autor no son cosas que se desprendan del placer de la música ligera y ocasional. Existen los clásicos en todos los ámbitos. Y son tales porque han tocado una nota de la universalidad del hombre. No se puede fomentar una lectura devaluada de El Quijote, éste hay que leerlo, cuando se pueda, pero como es, esos planes de fomento de la lectura de los centros no son más que vulgaridad y adoctrinamiento. Existe una literatura infantil desde los griego para acá accesible absolutamente a los niños. No hay que idiotizar, hay que ilustrar. Ese intento vano de adaptación de los clásicos de la literatura a la lectura en los centros no es más que un fomento de la ignorancia. Es un intento de infantilizar definitivamente a la población. Es crear estúpidos. Y, además, es pensar que el niño es estúpido, cuando no lo es. Lo que le falta es formación y eso es lo que hay que darle. Pero en una enseñanza devaluada, desprestigiada en la que lo importante es la competencia y no el contenido, la forma y no el fondo; el fomento de la lectura es un narcótico, no una liberación. Entender la lectura meramente como entretenimiento es un error. E, insisto, que hasta el sabio más grande, el mayor científico, se entretienen con su trabajo, si no, nunca lo harían, éste produce un placer estrictamente bioquímico perfectamente descriptible, pero de su actividad emana algo superior, un bien para él mismo y el resto del hombre. El otro entretenimiento del que me hablas es puro narcisismo. Y, por lo demás, fomentado por el poder, una ideología. Y toda ideología es una forma de dominio y opresión. Entender la lectura sólo y fundamentalmente como entretenimiento es opio para el pueblo, es alienación y narcisismo consumista.

 

            Que la literatura no nos hace mejor, por su puesto. Pero esto es una cuestión ya bien antigua. Tanto Sócrates como Platón defendían el intelectualismo moral. Es decir, que el conocimiento de la virtud me hacía virtuoso. Nada de esto es cierto del todo. Es verdad que el conocimiento puede hacer reflexionar, pero no produce una virtud. Fue el discípulo de Platón, Aristóteles, el que deshace el entuerto y nos dice que la virtud es fruto del esfuerzo, el conocimiento puede ayudar, pero nada más. La virtud emerge del ejercicio, del esfuerzo continuado. Por eso virtud en latín es fuerza. En griego es excelencia, el que está por encima de la media, el que destaca en una destreza. Pero para destacar en una destreza es necesario el esfuerzo. Por eso el sentido latino y el griego se unen. Para alcanzar la excelencia es necesaria la fuerza, el ejercicio. Y esto contradice a la tesis de que la lectura sea fundamentalmente entretenimiento. El atleta obtiene placer en su ejercicio, el músico en su práctica, el científico en su investigación. Pero todo ello requiere del esfuerzo, de la práctica continuada. De haber convertido nuestra acción en un hábito: en una virtud destacable. Si reducimos la lectura a mero entretenimiento estamos fomentando la debilidad. Y de la debilidad surge el vasallaje. Somos súbditos en la medida en la que no somos capaces de esforzarnos por ser libres. La lectura no nos hace mejores, el esfuerzo por la buena lectura sí, al menos nos hace constantes. Y, además, la buena lectura requiere de formación y ésta de un esfuerzo para adquirirla. Y la formación, en tanto que conocimiento es ya un acto de liberación, porque conocer es luchar contra las apariencias, los mitos y las máscaras. La defensa de la lectura como entretenimiento es una equivocación típica de la crisis de valores, mejor filosófica, en la que vivimos. Se nos despacha este tipo de lectura, o esta forma de entenderla, para narcotizarnos, cosa que al poder le interesa. Ninguno de los autores que citas se ha dedicado a una literatura de entretenimiento en el sentido que yo digo. Son auténticos sabios que para escribir han leído mucho. Un libro suyo tiene un fondo de información tremendo que a esos autores les ha requerido un esfuerzo ímprobo y les ha proporcionado un saber. Que, o bien lo podrían haber transmitido en forma de ensayo, o bien, de literatura. Por su puesto que sus libros entretienen, porque son historias bien contadas. Y el hombre es un ser de historias, que se alimenta de cuentos. Nuestro diálogo interior es un fantasear continuo. El pensar es un diálogo con uno mismo en el que la imaginación es importantísima. Pero sin conocimiento ése diálogo interior es pobre y casi vacío. Los autores que citas, cuando hablan de entretenimiento, se refieren a que una buena novela, puede decir lo que sea, pero, primero, debe entretener. Efectivamente, si no, no es novela o literatura. Es otra cosa. Pero al final debe deleitar, y esto entra dentro de las capacidades superiores del goce. Y, además, si enseña, pues mucho mejor. Pero, por otro lado, otra cosa importante, cuando mantenemos que el valor máximo de la lectura es el entretenimiento, entonces dejamos al margen otros géneros literarios, como son los ensayos y la lectura especializada. Te aseguro que ambos entretienen y producen placer, pero para llegar a disfrutar de ellos es necesario la formación y el esfuerzo. En definitiva, el conocimiento. Y tampoco este conocimiento, ya sea científico, filosófico o histórico nos hace mejores, lo mismo que la lectura de la buena literatura. La ética no tiene que ver con el conocimiento, como he demostrado antes, sino con el ejercicio. Y éste tiene mucho que ver con la educación. Y esto es importante porque la educación es la que debe crear los hábitos intelectuales y morales. Pero cuando la educación fomenta la mediocridad, entonces, apaga y vámonos. Por eso, porque la educación está como está, es decir, imperan teorías que defienden que se aprende jugando, que hay que motivar. Pues es ahí donde cobra sentido la tesis reduccionista de la lectura como entretenimiento, como juego. Pues no señor. La lectura es un placer que requiere del esfuerzo, del hábito y la costumbre. En un mundo narcisista, hedonista y egocéntrico como en el que vivimos es en el que cobra sentido el valor supremo del entretenimiento, porque éste es referido sólo al ego, no al nosotros. La buena literatura y el conocimiento pueden ayudarnos a trascender ese yo narcisista con el que todos nacemos, no nos garantizan nada, como digo, pero sí son un puente, porque ellos mismos requieren del esfuerzo, hacia la virtud, hacia la trascendencia del yo y la superficialidad del placer inmediato del mero entretenimiento. Pero, en última instancia, son nuestros actos los que cuentan. Pero, como la ideología que sustenta a la enseñanza nos quiere hacer ver que todo es juego y entretenimiento entonces el esfuerzo y la virtud quedan desalojados de la tarea educativa y, de resultas, la lectura se convierte en un mero entretenimiento. Y como el nivel es tan bajo, para poder entretener es necesario la más burda vulgaridad o, peor aún, la vulgarización de los clásicos. Todo está atado y bien atado. Es el triunfo del relativismo que no es más que el triunfo del yo narcisista y caprichoso que es el que a la sociedad en que vivimos les interesa que haya. No un yo ilustrado, ni contestatario, ni solidario. Si no pasivo, sumiso, obediente, distraído, narcotizado y entretenido, eso sí. Eso es, pan y circo, hasta en la escuela. Y hoy, para más inri hasta en la universidad.

 

Un saludo y muchas gracias por tu reflexión y tus críticas.

 

Juan Pedro.

Eso por no hablar de los descubrimientos de lo que podríamos llamar el mundo del espíritu, la ética, el derecho y la política. En especial la ética que es la base de las otras dos. El gran proyecto del hombre es el proyecto ético. La ética ha sido las tablas de náufrago que nos han permitido sobrevivir. El invento de los derechos humanos y de los estados de derecho, o democracias, son indispensables para entender el mundo hoy en día. Y lo hicieron los hombres del pasado. Los jóvenes desconocen esto, por ignorancia, el propio ímpetu de la juventud y la maltrecha educación. Y este desconocimiento es una de las claves de que estemos asistiendo al desmantelamiento de la ética de los derechos humanos y de la democracia. Todo eso se lo debemos a los hombres del pasado, a los actuales, como sigamos así, les deberemos el desierto de lo real, que es en lo que se está convirtiendo el mundo.

Las nuevas tecnologías de la comunicación, ahora aplicadas dogmáticamente a la educación, provocarán una revolución en nuestras capacidades cognitivas. Hay como una alianza diabólica entre tecnociencia y filosofía, qué digo, ideología, posmoderna. Como una armonía preestablecida. ¿O serán lo mismo o la hybris de los griegos? Nos dirigimos a la tecnobarbarie contentos, orgullosos e inconscientes.

TRIBUNA: ANDREU JAUME

In memóriam

Internet se está convirtiendo en la celebración en la pantalla de un continuo presente. Incluso le delegamos nuestra capacidad memorística, la herramienta -y la defensa- más preciosa que tenemos como individuos

ANDREU JAUME 21/02/2011

Cuando Grecia transitó de una cultura oral a una cultura escrita merced a la invención del alfabeto, la memoria, uno de los atributos esenciales del hombre, pasó de ser una práctica ancestral a un concepto más problemático y, desde entonces, no ha dejado de ser objeto de las más variadas meditaciones, sobre todo en los momentos en que la civilización ha experimentado importantes seísmos, ya sea la creación de la escritura, la invención de la imprenta o ahora, de un modo todavía incierto pero acuciante, la revolución digital.

Ya Platón, en Fedro y en boca de Sócrates el ágrafo, expuso el problema, candente en el clima intelectual de su tiempo, que suponía la escritura para la memoria, en tanto que el alfabeto podía inducir al olvido, pues el hombre, por culpa de esos nuevos e impertinentes signos, se confiaría poco a poco y acabaría por abdicar de su capacidad memorística, de su verdadera sabiduría, burdamente usurpada por una ilusión de conocimiento. Al mismo tiempo, detrás de la escandalosa expulsión de los poetas de la República platónica, tal vez se esconda, como señaló el helenista británico Eric. A. Havelock, una impugnación de la doctrina oral, de las formas y encantos de la épica, de su ritmo, de su autoridad, para instaurar una nueva conciencia, formada por una nueva sintaxis y un lenguaje fundamentalmente teórico. Fue una larga travesía que nos llevó del verso a la prosa, del canto a la lectura. En esa crisis surgió la idea de individualidad, que es una mutilación y un destierro. De todos modos, a pesar de la transmutación vivida, la literatura, tanto en la tragedia como en la lírica, nunca abandonó su morada original e invocó siempre el fantasma de la oralidad, como un perro que ronda la tumba de su amo.

La fascinación por la memoria artificial perduró y se complicó a lo largo de los siglos. Las discusiones filosóficas en torno al asunto han sido muchas y muy complejas, sobre todo cuando, a lo largo del Renacimiento, se difundió en Europa la imprenta y eclosionó el humanismo. Se vivió entonces una encendida polémica -entre herméticos y erasmianos, entre brunia-nos y ramistas-, cuyos rescoldos todavía humeaban a principios del siglo XX.

Quizá dentro de poco empiece a interpretarse la gran literatura del siglo pasado como el Apocalipsis de la memoria, el momento en que la parábola de Homero se cerró en la obra, pongamos, de un Joyce o un Borges. La memoria, ya se sabe, es el fundamento de la sabiduría, cuyo arquetipo es la ceguera, fuente del conocimiento interior. Joyce escribió el Ulises a lo largo de la Primera Guerra Mundial, cuando se desmoronaba una idea de la civilización y él mismo se quedaba ciego lentamente. En el exilio de Trieste concibió la que acaso sea la última épica, el relato de un día en la vida de un hombre donde sintetizó la historia de la lengua inglesa y cifró la literatura occidental mediante la calculada inmersión en el mar de su prosa de fragmentos, cuidadosamente dispuestos, de Shakespeare, Dante y Homero. En este sentido, leer hoy el Ulises produce una emoción inesperada. Basta tocar la tecla de uno de esos fragmentos para que suene el órgano de toda la tradición y se nos hiele la sangre.

Por poner una fecha, podríamos decir que tras la Segunda Guerra Mundial se llevó a cabo un progresivo desprestigio de la memoria en todos los ámbitos. Una nueva pedagogía se impuso en la escuela y, de pronto, recitar versos era de derechas y la cultura una fiesta. Ya en los años ochenta, en Estados Unidos, un porcentaje muy elevado de alumnos admitía que solo recordaba lo que había vivido. En Europa no tardamos mucho en importar la moda. Y en esas estábamos cuando nos sorprendió Internet, un invento prodigioso que sin duda abría nuevas perspectivas al respecto, una segunda vida para el conocimiento. Pero ¿qué ocurre en realidad?

Una nueva sociedad digital se está extendiendo de una manera vertiginosa. La mutación, profunda y traumática en tantos aspectos, ha llegado en un momento política y económicamente muy inestable. Todo está alterado, la educación vive momentos bajísimos, la Universidad hace agua. Con este panorama, Internet no puede ser más que un pobrísimo reflejo del mundo que le rodea. Aunque sus fundamentos teóricos permitan todavía acariciar la quimera de la alfabetización universal, de la máxima difusión científica, no sé hasta qué punto se está animando la diversidad y la riqueza intelectuales que podríamos aportar.

La literatura siempre había dependido de la memoria. Se escribía porque se había leído. La pulsión creadora nacía por emulación de las lecturas que a uno le habían formado. Ahora parece que estemos ante un cambio de paradigma. En las escuelas de Escritura Creativa, muchos aprendices aseguran inocentemente que ellos quieren escribir, pero que no les interesa leer. Quizá la literatura se convierta en algo terapéutico o vuelva a sus orígenes primitivos, es decir, religiosos. Quién sabe. Por un lado, Internet podría ayudar a consolidar la memoria humana de una manera distinta, más provechosa, tal vez, pero en lugar de una apropiación lo que se está llevando a cabo es un proceso de disociación o aun de sustitución. Delegamos en la Red nuestra capacidad memorística, que es la herramienta -y la defensa- más preciosa que tenemos en tanto que individuos.

De la ceguera como arquetipo de la sabiduría y la memoria, hemos pasado a una hipervisión que celebra en la pantalla un continuo presente. En la industria editorial -y en general en lo que llamamos cultura- se está dirimiendo el asunto solo en términos económicos, cuando antes deberíamos abordar un problema epistemológico. Está claro que el libro electrónico acabará por imponerse. Y lo que debemos hacer es tratar de analizar lo que eso significa. Somos hijos todavía de una idea de Biblioteca y de Enciclopedia -summae de la memoria- que quizá ya no sea válida porque ya no es posible. Si hay que desechar esa idea, habría que encontrar otra fórmula y no dejar que ese concepto sea devorado por una caricatura de sí mismo. Hace poco se ha celebrado el décimo aniversario de Wikipedia, una organización que no es en absoluto reprobable mientras no sea la única fuente que se utiliza en todo el orbe. En un espacio que debería ser abono de variedad y excelencia se está instituyendo una versión cada vez más anquilosada, infantil y aburrida de la realidad.

Internet necesita urgentemente una hermenéutica, una interpretación que sea capaz de explicar su nueva sintaxis, su nuevo alfabeto, qué ocurre con la lectura o qué supone, por ejemplo, la desaparición de la "página" por algo que se parece de nuevo al códice. Hay que hacerlo, además, sin miedo a la disidencia, pues otro fenómeno incomprensible es que todo lo digital se ha revestido de un aura sagrada, donde solo cabe la afección, so pena de fulminante ostracismo.

Uno de los padres de la realidad virtual, Jaron Lanier, se ha atrevido a discrepar del uso que se está haciendo del invento que contribuyó a crear en los años ochenta en Silicon Valley. Lo hace en uno de los ensayos más deslumbrantes de este principio de milenio: You Are Not a Gadget (Nueva York, Knopf, 2010; en España se publicará próximamente en Debate). Mientras sigue celebrando e investigando las extraordinarias posibilidades de la virtualidad, no le tiembla el pulso a la hora de denunciar lo que a su juicio supone una seria amenaza para la humanidad. Resulta escalofriante enterarse, por boca de un experto, del estado mental de quienes gobiernan el tinglado: científicos respetables que están convencidos de que la Red ya ha cobrado vida o de que pronto se conformará un solo texto, una Singularidad suprema, madre incluso de una nueva escatología. Dice Lanier: "Es realmente extraño oír a mis viejos colegas en el mundo de la cultura digital proclamarse los verdaderos hijos del Renacimiento sin darse cuenta de que utilizar ordenadores para reducir la expresión individual es una actividad retrógrada y primitiva, por muy sofisticadas que sean las herramientas". Quizá la memoria sea ya el menor de los problemas.

Vamos a ver, lo que aquí sucede es que se confunde la clase magistral con dictar apuntes. Y eso no es así de ninguna de las maneras. La clase magistral motiva por sí misma. Es una transmisión de conocimientos, valores y pasión. Otra cosa es, como señala Maricruz, que haya que tener entretenidos a todos los alumnos. Pero eso es otro problema, no de la clase magistral, ni se soluciona con las nuevas tecnologías. Ése es el problema de la obligatoriedad de la ESO hasta los dieciséis años y prorrogable y de nuestro sistema de promoción. Es decir, que el error viene de la ideología LOGSE  de fondo. El repudio de las clases magistrales, y digo en el sentido magistral, no dictar viejos apuntes o leer un libro de texto, es una consecuencia del propio sistema. De lo que se trata es de mantener entretenidos, de enseñar entreteniendo, porque, para lo que hay que enseñar, pues es suficiente. Por eso la clase magistral, que es la mejor manera de transmitir conocimientos de una forma rápida y homogénea, como dice Jesús San Martín, es denostada por todos. Ya no se trata de conocimientos, sino de meras competencias vacías y con una intención clara de instrumentalización del alumno para el futuro. Lo que, por otra parte, es un atentado contra la dignidad de las personas. De lo que se trata es de convertir a los ciudadanos en instrumentos, de ahí lo de la adaptabilidad y las competencias, eso es un todo. La clase magistral es un vehículo de transmisión del saber irremplazable y absolutamente necesario, y que exige del profesor un conocimiento profundo de su materia. Un conocimiento que siempre debe ir actualizándose. Es un deber de nuestra profesión, no la formación psicopedagógica, eso es adoctrinamiento. No entiendo ese comentario sobre la filosofía, mis clases han sido siempre magistrales, en cuanto al método, no sé en cuanto a calidad, –y utilizo las nuevas tecnologías como el que más- pero mi explicación de Platón, de ahora, muy poco tiene que ver con la explicación cuando terminé mis estudios universitarios, que no son más que una mera introducción. El profesor que ejerce la clase magistral no es un papagayo, tiene como fin provocar al alumno, utiliza el dialogo, la mayeútica, y las tecnologías modernas si vienen al caso también. Pero el error logsiano es confundir los fines con los medios. Creer que la utilización de las nuevas tecnologías o el aprender a aprender es el fin. Pero no es así, eso no son más que medios. El fin es la transmisión de conocimientos, valores y pasión, todo lo demás son pamplinas. Pero ya lo sabemos, el problema es de fondo y lo hemos discutido mucho. Esto no interesa a la ideología LOGSE que emana del poder que quiere convertir a los ciudadanos en instrumento, meros números del mercado, tanto del consumo, como del trabajo. La defensa de las clases magistrales es la defensa de la ilustración. El conocimiento es el vehículo de la libertad. Y ésta es entendida como autonomía. Y la autonomía es la capacidad de pensar por uno mismo. Pero no se puede pensar desde la nada, primero son necesarios los conocimientos. A medida que estos van incrementándose el alumno puede ir soltándose e iniciar su propio caminar: relacionar, investigar; pensar, en definitiva. Pero, claro, este ideal ilustrado, está muy lejos del posmodernismo, que hunde sus raíces en la antiilustración: en el relativismo y el nihilismo. Si el conocimiento es relativo, no merece la pena transmitirlo, porque cualquier opinión es equivalente y válida. Y esto nos lleva directamente al vacío del nihilismo. Por eso las nuevas pedagogías no son más que formalismo, pura cáscara, tautologías mistéricas, como eso de aprender a aprender y otras máximas del oráculo. Ya decía Kant que a la paloma le gustaría que no existiese el aire para así poder volar más libremente, pero, en realidad puede volar porque el aire ofrece una resistencia. Lo mismo sucede con el aprender. Necesitamos de unos conocimientos para poder pensar por uno mismo, desde la nada y el vacío no se aprende nada. Además, señor Gilles, si usted se da cuenta, lo que he hecho en todo el escrito es una actualizacin de los clásicos a los que usted cita, para desenmascarar el engaño de los psicopedagogos y el poder. Disculpe mi arrogancia, pero usted no conoce a esos clásicos ni la psicopedagogía y yo, como filósofo –que llevamos dentro el ser educadores, el germen socrático- he pretendido darle una clase magistral, disculpe mi osadía, simplemente sigo a Sócrates, el gran pedagogo. Un saludo a todos.

TRIBUNA: JOSÉ MANUEL SÁNCHEZ RON

Juventud, maldito tesoro

En la investigación científica hay que identificar a los genios cuando aún no han eclosionado. En cambio, en España exportamos personas en cuya formación se han gastado cuantiosas sumas y puesto esperanzas

JOSÉ MANUEL SÁNCHEZ RON 19/02/2011

El pasado es patrimonio del recuerdo y fuente de experiencia. El presente, el fugaz hogar en el que vivimos, que se nos escapa sin que podamos retenerlo. Y el futuro es un territorio extranjero que todos queremos visitar, y para el que nos esforzamos en prepararnos aunque no estamos seguros de cuán lejos podremos adentrarnos en él; solo sabemos que será el país en el que morarán los que vienen detrás de nosotros.

Pienso en esto mientras leo las encuestas que señalan que España tiene la tasa de paro más alta de la Unión Europea para menores de 25 años: algo más del 40%. Y enlazo esta noticia con la recientemente acordada ampliación de la edad de jubilación. ¿Cuándo llegarán a tener derecho a esas jubilaciones esos jóvenes que se adentran en la treintena sin haber podido cotizar a la Seguridad Social, o habiéndolo hecho durante muy poco tiempo? ¿De qué futuro serán ciudadanos?

Algunos, cada vez más, de un futuro en otras tierras. Estoy pensando en las ofertas de trabajo que otros países (notablemente Alemania) están haciendo a nuestros jóvenes. Y ahora es diferente a otros tiempos; ahora, exportamos personas en cuya formación España ha gastado cuantiosas sumas y puesto esperanzas: la esperanza de un futuro mejor, más próspero.

"Prosperidad" es una palabra poliédrica, engañosa. Vivimos durante unas décadas prosperando; una vieja nación que retomaba con energía su camino tras casi medio siglo retrasada. Retrasada en lo político, pero también en aquello que más contribuyó a configurar el siglo XX: la ciencia y la tecnología.

Aunque se ha hablado mucho de esta cuestión, querría añadir aquí algunos detalles relacionados con el asunto que me ocupa ahora, el de la juventud. Para ello, recordaré un episodio de la historia de un centro científico de excelencia: el Laboratorio Cavendish de Cambridge (Inglaterra). Fundado en 1871, este laboratorio tuvo como primer director a James Clerk Maxwell (1831-1879), una de las glorias de la ciencia universal. Cuando falleció, la Universidad ofreció el puesto a otro científico sobresaliente, lord Rayleigh (1842- 1919), pero en 1884 este dimitió: quería dedicarse a sus investigaciones y poseía medios económicos suficientes para hacerlo de forma privada. La Universidad anunció entonces que aceptaría candidatos para el puesto. Se presentaron cinco candidaturas: Richard Glazebrook (1854- 1935), Joseph Larmor (1857-1942), Osborne Reynolds (1842-1912), Arthur Schuster (1851-1934) y Joseph John Thomson (1856-1940). A pesar de no ser el más conocido ni el que contaba con más experiencia, el elegido fue Thomson. Tenía entonces 28 años y daría décadas de gloria a su Universidad. Bajo su dirección, el Cavendish se estableció como uno de los laboratorios líderes en la física mundial (el propio Thomson identificó allí, en 1897, al electrón como la carga eléctrica elemental, un trabajo que le reportó el Premio Nobel de Física en 1906).

Lo que hizo la Universidad de Cambridge es algo difícil, pero muy importante: identificar el genio cuando este aún no ha eclosionado; el genio que necesita de poder y medios para producir todo lo que lleva dentro. La historia enseña algo que podemos comprender en bases neurofi-siológicas y culturales: que en ciencia la creación de conocimiento realmente original suele deberse a jóvenes. Isaac Newton (1642-1727) identificó en 1666 algunos de los elementos básicos de la ciencia que luego dotaría de una base más estructurada; Évariste Galois (1881-1832) y Hendrik Abel (1802-1829) murieron, cuando apenas se habían abierto a la vida, dejando tras de sí una obra que revolucionó la matemática; el annus mirabilis de Albert Einstein (1879-1955) fue 1905, cuando ni siquiera trabajaba en una universidad; Werner Heisenberg (1901-1976) creó la mecánica cuántica, una de las grandes construcciones científicas de la historia, con 24 años; y James Watson (nacido en 1928) desentrañó, junto a Francis Crick, la estructura del ADN en 1953. De Watson, precisamente, es la siguiente cita, que extraigo de su último libro, Prohibido aburrirse (y aburrir): "Cuanto mayor sea el científico que elijas para dirigirte la tesis doctoral, más probabilidad habrá de que te veas trabajando en un tema que tuvo sus mejores días hace mucho, tal vez antes de que nacieras. Hasta los científicos maduros que aún conservan todas sus luces suelen empeñarse en poner más ladrillos sobre una construcción que ya tiene suficientes estancias".

Al recordar hechos históricos como estos, pienso en España y en las promociones de científicos e ingenieros que se han graduado en nuestras universidades en las últimas décadas. Pienso que esas promociones han producido los jóvenes mejor formados de la historia de nuestro país. Algunos han logrado introducirse en el sistema educativo e investigador, y también (menos, porque de estas existen muy pocas) en industrias relacionadas con la I+D, pero rara vez, si es que alguna, se les ha dado la autonomía, la responsabilidad y los medios necesarios para que los verdaderamente sobresalientes puedan dar rienda suelta a su potencial. Acaso por eso, porque se han desanimado con lo que sucede con los que les preceden, puede que las nuevas generaciones no sean igual de capaces. O no hemos sabido, o no hemos querido, hacer lo que hizo Cambridge con Thomson. Nos hemos esforzado, eso sí, en "recuperar cerebros", tarea esta sin duda conveniente, aunque hasta cierto punto. Porque aun siendo fenomenales científicos, sin que haya que hacer otra cosa que agradecer su esfuerzo a los que han decidido regresar (a tiempo parcial o completo), es preciso reconocer que esos retornos suelen producirse cuando lo mejor de su producción científica ya ha tenido lugar. Lo que hay que hacer es evitar que los Cirac, Barbacid, Izpisúa u otros, emigren cuando aún han producido poco; recuperarlos cuando hace tiempo que se han establecido es mucho menos interesante, aunque ayude. Me acuerdo, en este sentido, de algo que Severo Ochoa repitió con frecuencia cuando regresó definitivamente a España: "He vuelto porque en Estados Unidos no quieren a los viejos". Se refería, claro está, al mundo de la investigación científica. Y creo que entendía que ya podía aportar poco y que tenía que dejar su lugar a otros más jóvenes.

En 2005 -es solo un ejemplo, pero importante por su significado institucional-, el Ministerio de Sanidad y unas pocas empresas españolas (Banco Santander, El Corte Inglés, Inditex, La Caixa y PRISA) se unieron para "refundar" el Centro Nacional de Investigaciones Cardiovasculares, dependiente del Instituto de Salud Carlos III. Aun entendiendo que la naturaleza de este centro es particular (la investigación traslacional tiene sus características propias), no comparto algunas decisiones que se tomaron entonces, como la del importante puesto que se dio en el organigrama del nuevo centro a Valentín Fuster (al que, por supuesto, no hay sino que agradecer su disposición), ni el que se firmase un convenio -que implicaba una importante contribución económica por parte española- con el Hospital Monte Sinaí de Nueva York, en el que trabajaba desde hacía mucho Fuster. Hubiera preferido que se buscasen los jóvenes Thomson españoles y que se les diese la oportunidad para mostrarse a sí mismos plenamente en un centro bien dotado. Aun siendo importante disponer de buenas relaciones internacionales, más lo es probar las propias fuerzas, aspirar a ser los mejores. Porque si de lo que se trata es de generar riqueza a través de la ciencia, para así ser un país menos dependiente, entonces no vale únicamente con mejorar, hay que estar, ya, entre los mejores.

Si todo sigue igual, muchos de nuestros jóvenes más capaces, los Thomson potenciales, terminarán sino en el paro, frustrados, limitados o contribuyendo permanentemente a la ciencia de otros países. Ya sé que así se contribuye, finalmente, al acerbo científico común de la humanidad, pero egoísta como soy para con mi patria, querría que este fuese un hogar más propicio para la ciencia y, aún más, para sus jóvenes. Si a esta nueva emigración -forzosa también- se le llama "globalización", entonces: ¡maldita globalización!

TRIBUNA: RAFAEL ARGULLOL

Europa cobarde, Europa libre

RAFAEL ARGULLOL  16/02/2011

El lado oscuro de Europa lo conocemos bien: durante cinco siglos -hasta el pasado- nuestro continente colonizó y saqueó el resto del mundo. En América los europeos acabaron con poblaciones enteras y civilizaciones imponentes, y en el África de hoy todavía son bien visibles las fronteras del expolio, con ese mapa geométrico trazado en las cancillerías europeas para repartir el botín y que, al no respetar las tradiciones e identidades locales, ha sido después, tras las independencias de esos países, motivo continuo de conflictos sangrientos. Tampoco Asia se libró, por supuesto, de la furia depredadora e imperial europea, que durante mucho tiempo consideró a antiguas civilizaciones del calibre de la china o la india como productos primitivos y exóticos. Con razón, ese lado oscuro ha sido estudiado minuciosamente por los historiadores, porque durante cinco siglos la globalización dirigida por Europa, casi siempre con violencia, preparó el escenario del mundo que ahora contemplamos. Los no europeos nos recuerdan a menudo nuestro lado oscuro, para reprocharnos el pillaje sufrido o simplemente para justificar situaciones actuales, y muchos europeos también nos lo recordamos de tanto en tanto, bien por sinceridad, bien para gozar de una buena conciencia.

Lo que no es nada evidente es que unos y otros nos acordemos, aunque sea levemente, del lado luminoso de Europa. Es posible que los no europeos se muestren insensibles a cualquier indicio de esta luz, sea porque la desconozcan o desprecien, sea porque la "rica" y "tecnológica Europa" interesa por otra cosa, como tierra de migración, y no por sus supuestos valores morales y espirituales (es difícil aceptar la moralidad y la espiritualidad de la cultura que te ha oprimido).

Más extraordinario es que los propios europeos no parezcan ya en condiciones de reconocer, con cierta convicción y consecuencia, el lado luminoso que también alimenta su herencia. Dicho brutalmente: una Europa cobarde y acomodaticia se ve incapaz de defender su patrimonio espiritual, al que sistemáticamente camufla u oculta con el ánimo de preservar privilegios económicos que hagan más llevadero el implacable declive. Como si estuviera vencida de antemano, Europa disimula su mejor legado para conservar, triste y groseramente, prebendas para las que intuye que hay una fecha de caducidad.

Durante muchos años he denunciado -y sigo denunciando- las tropelías históricas de Europa, pero desde hace tiempo encuentro necesario recuperar un sentimiento de autoestima fundamentado en lo que vengo llamando, aquí, el lado luminoso. Curiosamente esta necesidad se me hizo más patente a grandistancia de las fronteras europeas, en Benarés, durante las muy estimulantes conversaciones con el pensador indio Vidya Nivas Mishra acerca de las afinidades y distancias entre las mentalidades europea e india, que culminaron en un libro conjunto.

Aunque soy un gran admirador de la tradición hindú y Mishra -fallecido poco después en un accidente de automóvil- era un hombre en extremo convincente, pronto me di cuenta de que estábamos situados en miradores radicalmente diferentes. Mientras en mis palabras aludía siempre al "yo" -un "yo" bastante desamparado, por cierto, falto de cobertura religiosa o ideológica, al menos en mi caso-, Mishra siempre se refería a "nosotros", pero no a un "nosotros" puramente actual, sino a una entidad colectiva que se remontaba cuatro milenios atrás. (Los mismos, elocuentemente, de existencia de Benarés, junto con Damasco la ciudad más antigua continuamente habitada). Esta circunstancia, pensé entonces, a lo largo de nuestras charlas, otorgaba una imbatible superioridad al punto de vista de Mishra sobre el mío.

Ese hombre, me dije, habla con la enorme seguridad de saberse acompañado por millones de compatriotas cohesionados por el flujo continuo de miles de años, en tanto que yo -¡otra vez el solitario yo!- tenía que presentarme como representante exclusivo de mí mismo y, cuando aludía al pasado, tenía que hablar de un río, el de la civilización europea, constantemente interrumpido por diques y cambios abruptos de cauce. Mi posición en el diálogo era claramente desfavorable pues, frente a la fortaleza de la continuidad que dibujaba mi interlocutor, yo, como europeo, no podía dejar de mencionar nuestros constantes virajes y revoluciones, de la antigüedad clásica al medievo cristiano, del renacimiento a la ilustración y a la modernidad. Europa se había negado y reinventado constantemente de manera revolucionaria hasta el punto que, en nosotros, tradición y revolución se requerían mutuamente y eran, casi, una misma cosa.

En Benarés, tan lejos de Europa, me di cuenta de que este era, precisamente, el rasgo esencial del pensamiento europeo y que, si bien era cierto que a lo largo de la historia habíamos ejercido como invasores y expoliadores implacables, no era menos cierto que habíamos conseguido desarrollar un "instinto" para la crítica y la autocrítica del que carecían, por lo que yo sabía -aunque, desde luego, podía equivocarme- las otras regiones del mundo. En el último día de nuestras conversaciones traté de explicarle esta singularidad europea a Vidya Nivas Mishra aludiendo al destino de Antígona y al hecho de que, en la tragedia de Sófocles, se daba carta de naturaleza a la libertad individual como el motor de la condición humana. Le añadí que, con este presupuesto, era imposible que el pensamiento no fuera el escenario de la crítica y la autocrítica, y que la historia no fuera sino una sucesión de revoluciones, de sacudidas ansiosas de libertad, que obligadamente me dejaban a mí en soledad frente a sus milenios de comunidad espiritual. Pero no estoy seguro de que me comprendiera pese a su permanente sonrisa afable e inteligente.

Y creo, en efecto, que este es nuestro lado luminoso, el haz de libertad que brilla en medio de la oscuridad a la que, con tanto afán sangriento y codicioso, hemos contribuido. Hemos destruido mucho pero, en la estela de Antígona, hemos apostado con frecuencia por la libertad de conciencia, incluso contra la omnipresente "razón de Estado" (confundida, en ocasiones, con la "razón de Dios") en la que encuentran cobijo tantas tradiciones del mundo que nos rodea.

Esta es la gran lección del humanismo europeo, antiguo y moderno, lección que los europeos actuales, sumidos en la molicie mental y refugiados en una concepción gélida y burocrática de Europa, se empeñan en olvidar. La vergonzosa actitud de la comunidad europea ante los recientes acontecimientos en los países del norte de África -todos ellos antiguas colonias europeas- no son sino la lóbrega coronación de un silencio culpable que se repite ante cada hecho que incomoda la seguridad senil y avariciosa de un continente que omite cualquier construcción moral ante la vigilancia de los "mercados". Europa calla ante cualquier atropello de los derechos individuales -proceda este de reyezuelos, como los de Túnez o Uzbekistán, o de emperadores, como en el caso chino-, siempre temerosa de que cualquier gesto le suponga la definitiva retirada de prebendas que -y esto aumenta el miedo- consideran ya medio perdidas bajo la espada de Damocles de la decadencia.

Y este es, sin duda, el camino peor porque, afortunadamente obsoleta su función saqueadora, la única auténtica riqueza de futuro que le queda a Europa es Antígona. Quiero decir: la reivindicación de la libertad individual de conciencia, el derecho a la crítica, la necesidad de la autocrítica. Esta, la razón del individuo, es el bien único, espléndido, que todavía podemos exportar y que aún puede ganarnos un respeto en el mundo. Acobardados y sumisos ante la razón de Estado solo nos queda prepararnos para ser unos obedientes y eficaces esclavos.