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Filosofía desde la trinchera

Ésa es una de nuestra fuerza. El poder utiliza el miedo para gobernar. Pero él también tiene miedo. La tiranía utiliza el miedo y la fuerza por su propio miedo. De ahí surge su espiral de violencia.

Muchas gracias amigos y compañeros por sus comentarios. Creo que han desarrollado muy bien y con sugerencias de provecho el tema que se exponía en el artículo. He aprendido de vuestras aportaciones. Jesús, efectivamente el saber clásico ha sufrido una entropía en manos de la tecnocracia actual, sobre todo cuando nos referimos a la pedagogía. Raus, cada vez pienso más en el asunto de Platón. Me gustaría leer tus sugerencias, la verdad es que la democracia nos lleva a un callejón sin salida, como bien observó Platón. Pero su teoría, por muy bien intencionada que fuese, caía en un totalitarismo que anulaba al individuo. Platón nunca creyó en él. Ya sé que el ciudadano es una construcción social y que procede, fundamentalmente, de la ilustración, y que, probablemente, no todos quieran esa carga. En tanto que ciudadano significa ser autónomo y libre. Pero es preferible un estado de derecho a una tiranía. Además, la actual sociedad es bastante similar al estado platónico. Lo que se da es un gobierno tecnocrático, tanto a nivel económico, como pedagógico. Las elecciones no son más que pura transición. Pero, de todas formas, estamos en un estado de derecho, no realizado, por supuesto, pero ahí está. De todas maneras, insisto, en que sigo dándole vueltas a lo de Platón, porque, en definitiva, el hombre necesita de mitos para sobrevivir. La sociedad platónica se basa en el mito de la caída, la nuestra en el del progreso. Dos caras de la misma moneda. Atticus, muy interesantes tus reflexiones. La filosofía es un saber práctico y, en tanto que tal, un saber del arte del buen vivir, pero no se queda ahí. Efectivamente, el saber filosófico es un saber transformador. Y eso es muy relevante. Si entendemos la filosofía de un modo genérico, como un saber cosmológico, o como cosmovisión, ello implica que esa visión general del mundo y de la vida produce una actitud ante la realidad y esa actitud, una forma de valorar que implica, siempre una acción. Por eso es necesario estar vigilantes, porque hay muchas filosofáis peligrosas que han generado totalitarismos. Hoy en día vivimos bajo la capa del posmodernismo, falsa filosofía y peligrosa en manos del poder. Lo pero es cuando las filosofías se convierten en ideologías del pueblo y se hacen inconscientes. Ése es el caso del posmodernismo en las sociedades tardocapitalistas. Por eso es necesario el saber filosófico como saber transformador de la realidad. De ahí que al poder le interese descafeinar el saber histórico y el filosófico. Son enemigos potenciales y peligrosos para el poder. Por eso, Maximiliano, a la dirección de los centros educativos y a la inspección, les suena a chino este tipo de discursos, incluso pueden hacer hasta burlas de él. No tienen ni idea de todo esto. Sólo desde su ignorancia prepotente pueden defender lo indefendible, que no es ni más ni menos que lo que están haciendo. Mariano, por esta razón no lo entienden. Lo curioso es que su realidad es delirante y, desgraciadamente vivimos todos instalados en ella. Y esto es un grabe problema, los tecnócratas que nos gobiernas se recluyen en una apariencia de saber y manipulan los contenidos, casi hasta extinguirlos, para fomentar la ignorancia. El saber histórico-filosófico cobra mayor importancia mientras más cerca estamos de la crisis y mientras más cerca estamos de la quiebra de nuestra civilización. Y esa es nuestra situación. El saber histórico filosófico, como la historia de la ciencia o de la literatura, es un saber de autoconciencia que nos permite recuperar lo universal de la humanidad y que nos hace darnos cuenta de que no hay nada nuevo bajo el sol.

 

            Maricruz, hay que defender las humanidades, efectivamente. Pero yo hablo del espíritu humanista. No creo en la separación entre el saber humanístico y el científico. Esto no es más que una artificialidad burocrática que ha producido monstruos de dos cabezas. Lo de las dos culturas, no es más que un mito. El surgimiento del saber moderno en el Reacimiento nace desde el ideal humanista que contempla a un hombre completo. Es cierto que la especialización impide el cultivo de diversos saberes, también es cierto que cada cual tiene cualidades para ámbitos distintos. Pero la especialización es cosa posterior en la educación. En la enseñanza media debe haber una presentación de todos los saberes, fundamentalmente desde su dimensión histórica, que es donde cobran sentido. Es una cosa que me ha enseñado el estudio y la enseñanza de la historia de la ciencia, tanto a los alumnos de ciencias, como a los de humanidades. En la enseñanza media hay que evitar, en todo lo posible, la especialización. Otra cosa, con la LOGSE-LOE, no han salido perjudicadas sólo las humanidades, sino las ciencias puras también. Y esto es porque a los legisladores no les ha interesado un saber por el saber, sino un saber hacer. La última prueba la tenemos en las competencias, el no va más de la tecnobarbarie.

 

            Efectivamente, Francisco Javier, el siglo XX ha arremetido contra la razón y ha caído en el nihilismo. Lo cual ha favorecido la aparición de los fascismos. El posmodernismo es otra forma de nihilismo que vivimos contemporáneamente. Por eso estamos asistiendo a una emergencia del fascismo, ya estamos instalados en el económico y nos situamos en la antesala del político. Por eso urge recuperar la razón y el pasado. Y por ello pienso que la ilustración es un proceso inacabado. Es atacada por los dogmáticos de la fe y por los nihilistas de la razón.  Emilio, efectivamente, coincido con su análisis, todo este proceso, creo, que obedece al pensamiento débil. Al pensamiento políticamente correcto. Una falsa filosofía que se ha convertido en tiranía. En el lenguaje del gran hermano que estructura nuestro pensamiento y cuadricula nuestra visión de la realidad. Insisto que por eso es necesario recuperar los análisis teóricos e históricos, para recuperar una buena perspectiva y para poder ejercer la crítica desde sus fundamentos, con la intención de que nuestro saber sea un saber transformador. Claro que sí, podemos sustituir, persona por ciudadano. Digamos que persona es una categoría filosófica, mientras que ciudadano es social. Pero realmente, son lo mismo, lo que se conquista en la ilustración es que los individuos sean ciudadanos, hombres libres, desde el punto de vista del sujeto (pensar, expresarse y creer en libertad) y desde el punto de vista social (actuar en la polis conforme a nuestras creencias.) Una cosa si me gustaría matizar, la persona es tal, o el ciudadano, en tanto que es sujeto de respeto, no es instrumentalizable. Ahora bien. Aquí hay que tener cuidado, el respeto es hacia las personas, no hacia sus opiniones. Las opiniones y creencias, así como las ideas, están sujetas al debate público. Muchas de ellas pueden ser peligrosas para la polis y, por ello, no se pueden respetar. La posmodernidad ha confundido el respeto a las personas con el respeto a las opiniones; eso es una consecuencia del relativismo. Y aquí viene también al caso, como muy bien sugiere Juan Poz lo de la cosificación. La posmodernidad, y nuestro sistema particular español, ha trivializado a la persona convirtiéndola en instrumento. Creo que debemos atender muy seriamente a las consecuencias de esto, como señala Juan.

 

            En fin, muchas gracias a todos por vuestro enriquecedores comentarios. Creo que tenemos varias ideas para seguir profundizando en ellas. Saludos.

 

Virtud y libertad. Aristóteles y Kant. Una nueva enseñanza.

 

            Como ya he señalado en muchas ocasiones las teorías pedagógicas cometen errores de bulto fundamentalmente debidos a su afán de cientificismo y por su contaminación del pensamiento o ideología posmoderna. Creo que es necesario recordar a los clásicos para no perder el norte. Los tiempos modernos, que valoran la hipermodernidad como verdad absoluta, menosprecian el pasado e idolatran al presente y el porvenir. Son los nuevos dioses posmodernos, pues el hombre no vive sin mitos. Y el posmodernismo ha producido los suyos. Busca el paraíso en un eterno presente de autosatisfacción, indiferencia, disfrute hedonista egocéntrico y demás entelequias del individualismo antisolidario y, más aún, antihumano. Por eso es necesario recuperar el humanismo, porque éste piensa al hombre desde la categoría de lo universal. Como decía Terencio, no lo olvidemos, hombre soy y nada de lo humano me es ajeno. Esta universalidad es la que niega el posmodernismo desde su relativismo subjetivista que, paradójicamente, no salva al sujeto, sino que lo condena a la individualidad; es decir, a un paso de la instrumentalización objetiva. A medida que avanzamos en esta sociedad hipermoderna, hipercapistalista, hiperconsumista, hiperdesarrollada…, retrocedemos en humanidad. En realidad no existe ningún avance, salvo el que se dirige hacia la barbarie. Una barbarie fascista que se nos impone desde las reglas sacrosantas del mercado y desde una democracia tutelada económico-políticamente. Todo desde el mito del progreso. A la barbarie en nombre del progreso. Todo paso adelante en esta dirección es un paso atrás. Por esto, y mucho más que en otra ocasión contaré, es necesario recuperar a los clásicos y su saber. Y más sabiendo que el hombre es universal, tanto espacial como temporalmente. El olvido del pasado debido al fervor entusiasta del presente nos precipita en la ignorancia, en un infantilismo ingenuo, pero grotesco, porque el pasado está ahí, no lo podemos olvidar. Nos empeñamos en borrarlo creando una especie de nuevo pensamiento que no es más que ideología para el pueblo, alimento mediático para vaciar las conciencias y eliminar la acción. Alimento para entretener, mientras los privilegiados se reparten el mundo.

 

            Hay dos grandes éticas en la historia de occidente, que se suelen presentar como contrapuestas, pero que no lo son tanto. Creo que las dos se pueden complementar y nos pueden aportar un poco de luz sobre los pilares ético-filosóficos de la educación. Estos discursos éticos son los de Aristóteles y Kant. Empecemos por el griego. Aristóteles es el primero que distingue la ética de la política. También, frente a Platón y Sócrates, considera que la ética no es un saber científico, si no un saber práctico. El saber sobre la acción humana y sus fines. Ya tenemos aquí una enseñanza fundamental. El discurso que versa sobre los actos humanos que tienen que ver con la ética y la política no es un saber necesario, científico, si no un saber práctico. Nota para los engreídos psicopedagogos, el padre de toda la ciencia antigua saca del saber científico, tanto a la ética como a la política, así como a la técnica y los saberes poéticos. El afán cientificista de los psicopedagogos ha convertido al hombre en objeto, instrumento; uno de los males de la pedagogía actual como ya hemos analizado en otro lugar, fundamentalmente en “La perversión de la razón ilustrada”. Ya Aristóteles sabía que cuando hablamos de la acción humana, hablábamos del ser posible. La acción humana se dirige a fines, a realizar su propia finalidad, que no es ni más ni menos que la felicidad y la justicia. Es importante señalar que, el viejo Platón consideró a la ética igual que la política, identificación de ambos discursos, pero, además defendió, lo que se ha dado en llamar el intelectualismo moral o platónico-socrático. Y éste viene a sostener que la virtud, objeto de la ética y la política, se aprenden, es decir, que no tienen que ver con la acción, sino con el conocimiento. Y al poderse aprender su ejercicio depende de su conocimiento. La virtud es una conquista intelectual. Éste argumento estuvo muy bien para intentar refutar al relativismo de los sofistas, similar al posmoderno, sólo que éste está amplificado por los medios de comunicación de masas. Pero venía con una carga del diablo. En definitiva una paradoja o un dilema para toda la humanidad. Y digo esto porque Platón, basándose en lo comentado anteriormente sumado a otras cosas más que no es el lugar aquí de comentar, llega a una concepción totalitaria del estado. Es decir, el gobierno debe ser, según Platón, para negar la validez de la democracia, el de los mejores, pero los mejores son los sabios. Los sofistas, ni siquiera saben que no saben, están instalados en sus discursos teóricos, el pueblo, es dúctil y se amolda al discurso demagógicos de los poderosos. Por eso la democracia es un gobierno injusto, porque es el gobierno de los ignorantes y demagogos, aquellos que siguen sus pasiones. El remedio es que el gobierno sea el de los sabios, los que conocen la virtud. De ahí que Platón considera que la virtud se puede aprender como aprendemos el teorema de Pitágoras. Pero si esto es así, se legitima el totalitarismo. Una sociedad comunitarista en la que el individuo se reduce a función del estado. Y la enseñanza está en manos de esos expertos que son los filósofos gobernantes. Les suena esto, ¿no? Es lo mismo, pero sin la profundidad platónica y las grandes verdades que nos encontramos en su obra, que ocurre ahora mismo con el poder de los tecnócratas, en nuestro caso, los psicopedagogos.

 

            Pero volvamos a su discípulo Aristóteles. La ética se ocupa de la acción humana y la acción humana se dirige a la conquista de la felicidad. La felicidad, por su parte, consiste en la virtud. Pero ésta ya no se puede aprender, debe ser objeto de la praxis, es decir, de la práctica y el ejercicio. La virtud, decía el filósofo, es la elección del justo medido. Medio que se da entre dos vicios, uno por exceso y otro por defecto. Los vicios son las pasiones que zarandean al alma, que la dirigen de un lado a otro arbitrariamente. Cada cual, como por supuesto, no somos iguales, tiene ciertas tendencias, ciertos vicios particulares. El vicio, al ser una pasión, nos dirige. Si actuamos conforme al vicio, que es nuestra naturaleza, a mi me gusta decir que es la entropía del alma, entonces somos esclavos. El cobarde es esclavo del miedo, el temerario es esclavo de su inconciencia. La virtud del justo medio, el valor, la valentía, es ser capaz de elegir entre estas dos pasiones que arrastran al alma. Pero si el alma se ve arrastrada, o bien por la temeridad, o bien, por la cobardía, el intelecto, la parte racional del alma, la voluntad, aquello que los cientificistas perdieron porque es un inobservable, tiene que esforzarse por resistirse a esa pasión. Lo fácil es dejarse llevar por el miedo y quedar paralizado por la inacción, lo difícil es actuar. Ser valientes. La valentía no elimina el miedo, lo domina, que no es poco. El valiente, el héroe, no es inmune al miedo, es más fuerte que su propio miedo. Está por encima de él. Por eso la virtud en latín es fuerza. Para alcanzar la virtud se requiere fuerza, un ejercicio continuado, un esfuerzo. La conquista de la virtud es similar a la práctica deportiva, no se consigue de buenas a primera, no es ningún don, no se produce por motivación, ni jugando. Sino echando toda la leña en el asador. Es decir, en nuestra vida. Nunca seremos valientes si no nos ejercitamos en ello. Pero, nótese también, que la virtud en griego es excelencia. El que consigue un comportamiento virtuoso está por encima de la mediocridad, de todos aquellos que se someten al vicio, a la entropía del alma. Pero, si el vicio esclaviza, la virtud libera. Esto nos lleva a una idea muy interesante. La virtud es el camino hacia la libertad. La libertad no consiste en hacer lo que me de la gana, eso es el capricho; es decir, estar sujeto a las pasiones, esclavitud. La virtud al dominar las pasiones me libera del vicio y, redundantemente, me hace libre. Mi libertad es el dominio de la pasión, el sobreponerme por encima de mi mismo, de mi tendencia al desorden. Pero, claro, para ello, necesito del esfuerzo, de la práctica continuada. Hasta que esta práctica se convierta en una costumbre un hábito. Entonces seré plenamente virtuoso y viviré instalado en la libertad. Si nos damos cuenta, éste es un discurso absolutamente contrario al que mantiene la pedagogía actual con su teoría de la motivación y el juego, con la teoría constructivista y, la última moda, la inteligencia afectiva. Todo esto no son más que cortinas de humo que lo que intentan ocultar es una perpetuación de un poder absoluto y omnimodo sobre los ciudadanos. Si los ciudadanos no conquistan su libertad, son perfectamente domesticables, por eso el posmodernismo, y la ideología política que lo apoya, son profundamente contrailustrados, en definitiva, un fascismo. Lo que pretenden es anular a la persona y convertirla en objeto, instrumentalizarlo. Pero un objeto sumamente maleable, indiferente e inconsciente y exento de voluntad, profundamente adaptable, de esta manera será perfectamente domesticable. La enseñanza, junto con los medios de desinformación y reconstrucción de la persona, son los vehículos que nos llevan hacia este nuevo fascismo que ya asoma peligrosamente sus colmillos. El neolenguaje que han creado, y el pensamiento aparejado a él, están haciendo casi imposible la crítica. Eliminan la posibilidad de la disidencia. Y no hay democracia, libertad ni dignidad sin la posibilidad de la disidencia.

 

            Volviendo a Aristóteles lo que habíamos visto es que la conquista de la virtud necesita de la voluntad y el esfuerzo y que esto me lleva a la libertad. Esto último lo he añadido yo. En los clásicos no existía este discurso sobre la libertad, pero está hay, sin ser nombrado. Pero es que, además, es lo que me sirve de puente de unión del pensador antiguo con el ilustrado Kant. La ética kantiana es una ética del deber. No es una ética material como es el caso de la aristotélica. No tiene contenido. La acción debe dirigirse al cumplimiento del deber. Y el deber es cumplir con la máxima moral universal, lo que se llama técnicamente el imperativo categórico. Expongo aquí dos formulaciones. 1. obra siempre de tal forma que tu máxima moral pueda convertirse en principio de acción de cualquiera. No se nos dice lo que debemos hacer, sino que aquello que debemos hacer, lo haría cualquier otro. La pretensión de Kant es crear una moral universal. Pero no entramos aquí en esta discusión técnica. Lo que a nosotros nos interesa es sacar conclusiones de todo esto y ponerlo en relación con Aristóteles y su concepto de virtud y con la enseñanza. 2. obra siempre de tal forma que considere a los otros como un fin en sí mismo. Esta formulación es mucho más sugerente que la anterior. Lo que nos viene a decir es que el hombre es tal porque es un sujeto, persona, dotado de dignidad. Su dignidad consiste en que su vida en un fin en sí mismo, que está sólo en sus manos, autonomía, libertad. Kant identifica la libertad con la autonomía. Y en tanto que el hombre es persona, sujeto de dignidad, no pude ser instrumentalizado; es decir, tratado como objeto. Hay que advertir aquí que toda forma de poder totalitario es una forma de violar esta máxima moral universal. Es decir, es una forma de objetualizar e instrumentalizar a las personas. El poder lo que persigue es que los “ciudadanos” dejen de ser tal y se conviertan en siervos. Precisamente la ilustración consistió en el camino contrario. (Independientemente de los logros y fracasos de la misma.) Y ese camino contrario se lleva a cabo de la mano de la libertad en tanto que autonomía. Y en ello entramos ahora. Pero advirtamos también antes que nuestras democracias dirigidas por un pensamiento basado en la razón instrumental, una perversión de la ilustración, pretenden objetivar al hombre. De esta manera podemos entender el discurso político que defiende las supuestas ciencias pedagógicas. Estos conocimientos lo que hacen es convertir al hombre en objeto intercambiable, eliminan el concepto de fin en sí mismo y, con él, el de persona.

 

            La virtud era esfuerzo y nos liberaba de la pasión, en una palabra, nos hacía libres. En Kant la libertad es el cumplimiento del deber. Pero esto también requiere su esfuerzo. Aquí hay también, como hemos comentado ya, un añadido, el respeto al otro como otro yo. Mí ética, así como la acción política, no puede violar el hecho de que el otro es un fin en sí mismo, en tal caso seré un inmoral. E, incluso, si anulo absolutamente la persona del otro seré un tirano, en esto consiste el mal radical del que tenemos buen ejemplo en el siglo XX. De nuevo la libertad se alza a través del esfuerzo. Y esto se entiende mejor si ligamos el concepto de libertad con el de autonomía e ilustración. Para Kant la ilustración es la salida del hombre de su autoculpable minoría de edad. Esta autoculpabilidad consiste en la comodidad y la pereza. Es más fácil que otro piense por ti, es más fácil obedecer que actuar. De nuevo las pasiones son las que nos esclavizan. Pero Kant considera que la ilustración se consigue por el conocimiento, no cae en el intelectualismo platónico, sino que relaciona, conocimiento con libertad. Y ya tenemos los tres pilares: voluntad, conocimiento y libertad (autonomía). Kant considera que la ilustración es atreverse a pensar por uno mismo. Y éste pensar por sí mismo –para lo cual hay que vencer a la pereza y la comodidad- nos libera de la obediencia al otro. Es decir, es la base de la autonomía. Conocer es vencer el poder de la superstición. El poder se mantiene en tanto que el pueblo, o los ciudadanos, no son capaces de pensar por sí mismos, sino que obedece sumisos a los dictámenes que del mismo poder emanan. Pensar por uno mismo es disentir, enfrentarse al poder. Y esto es virtud, en tanto que fuerza y excelencia. Pero, como vemos, toda la corriente pedagógica actual pretende, aunque su discurso está plagado de palabras rimbombantes como libertad, democracia…, que ya han perdido su valor por su mal uso, es lo contrario de la ilustración. No pretenden que los futuros ciudadanos sean libres y autónomos, ni virtuosos. Pretenden que sean domesticables, sumisos. Por eso los tratan como objetos, por eso dicen practicar una ciencia en la que la ideosincracia personal desaparece. Y los métodos son maquinales, la estimulación, el juego, el entretenimiento. En definitiva, los mismos que utilizamos para la domesticación de cualquier animal, incluido lo de la intelgenca afectiva. ¿Quién no sabe que para convivir con un perro no es necesario la afectividad, pero, no lo olvidemos, también la disciplina? Se pretende olvidar el esfuerzo, porque éste nos hace libres y la libertad es la disidencia. De lo que se trata es de que el pueblo sea tal, masa o señoritos satisfeho en lenguaje de Ortega siempre certero en estos análisis, y no ciudadanía. El poder dirige al pueblo a través de la educación y lo intenta convencer de qué es lo mejor para él. Para todo ello ha creado toda una ideología, con tintes científicos, que son la superstición de nuestro tiempo. Tras la muerte de dios hemos inventado otros ídolos a los que rendimos culto. Pero la ilustración, en tanto que libertad, es la lucha contra la superstición. Por eso nuestro deber es desenmascarar todo este mito que nos ahoga, nos asfixia y nos despersonaliza.

Saramago. In Memoriam.

Por Juan Pedro Viñuela

 

En este 2010 ha fallecido el insigne escritor portugués y Nobel de literatura, José Saramago. Sirvan estas breves palabras y algunos de sus pensamientos como recordatorio del que fue un escritor que nunca separó, pues no puede ser de otro modo, la estética de la ética. Un escritor comprometido con la humanidad. Un hombre pesimista sobre la condición humana, pero lleno de vitalidad y esperanza. Saramago es el ejemplo de intelectual que aún puede sobrevivir en nuestro tiempo. Cuando se dice, interesadamente, porque se pretende mantener el relativismo posmoderno, la comodidad, la indiferencia y la falta de sensibilidad, que los intelectuales han dejado de tener un lugar en el mundo. No es cierto, y la muerte de Saramago es un ejemplo de la pérdida de un intelectual. Un hombre de ideas y sentimientos. Un hombre de compromiso universal. Su horizonte es la humanidad y su meta la justicia social. Un hombre que no está subordinado a ningún tipo de poder, que es crítico con el poder en cuanto tal. Un pensador y artista que pretende cambiar el mundo con sus palabras. Que las palabras, piensa, tienen un sentido revolucionario. Y que la revolución es un pequeño cambio y que empieza por la toma de conciencia. Saramago es todo esto y mucho más. Por eso es un intelectual. Un hombre incómodo para el poder. Un hombre, coherente y consistente. Sin medias tintas, ni tibiezas. Un hombre que se arriesgaba con sus palabras, que, incluso, pudiendo estar equivocado, a veces, pero siempre abierto al aprender. Un hombre de sorprendente imaginación y creatividad que las pone al servicio de la humanidad. Porque el artista, el intelectual, digo yo, se debe al pueblo. No es el pueblo el que le debe a él. Su sentido y su existencia están abocados a la humanidad. La actividad intelectual y artística, cuando pierde este norte se convierte en narcisista, en vanidad de vanidades y, en última instancia, en bagatelas.

 

            Saramago nos sorprendió con sus grandes noveleas, con sus ensayos y declaraciones. Con su compromiso político inquebrantable. Muestra de una honestidad y honradez fuera de toda duda. Cuando todos huyen, Saramago se mantiene en pie, incombustible, haciendo gala de una entereza radical. Sigue siendo comunista, cuando cae el muro de Berlín, y veinte años después. Cuando toda la izquierda cobarde ha dimitido. Saramago supo aunar la impronta ética del marxismo, su ideal de justicia, libertad e igualdad, con los ideales éticos de la democracia. Y son esos ideales, que proceden de una izquierda radical, no extrema, que eso es otra cosa, los que le permiten criticar la democracia realmente existente. Una democracia que no es más que una fantasmada, una ceguera, como nos viene a decir en Ensayo sobre la ceguera. Una farsa en la que los políticos engañan al pueblo, mientras bailan al son de los mercados. Por eso, el intelectual es una voz crítica, una voz ética, dirigida a la conciencia del pueblo. Una voz que intenta desenmascarar los engaños del poder. Saramago sabe todo esto. Y sabe que la democracia ha perdido sus valores éticos que proceden de la ilustración, que el único valor es el del dinero y el éxito, la lucha egoísta de todos contra todos. Pero, al no renunciar al discurso de izquierda radical, a su impronta ética, aquel legado del Manifiesto comunista de Marx, revitaliza la democracia con esos ideales éticos que la izquierda realmente existente, al claudicar frente al neoliberalismo y al pensamiento único, han tirado por la borda.

 

            Su discurso se dirige contra los mitos que el poder ha ido formando para dominar al pueblo, ya sean religiosos o políticos. Su crítica a la religión es inmisericorde, como lo es a la política. No debemos olvidar esa magnífica obra que es el Evangelio según Jesucristo, en el que se nos muestra a un Jesús de Nazaret humano, demasiado humano. Una obra que desmitifica al cristianismo, pero que acerca a la humanidad. Jesús deja de ser un mito y se hace humano. Lo importante es la ética, no la dogmática. Igual sucede en su penúltima obra, Caín: una burla irónica de la verdad de las escrituras.

 

            Mi primer encuentro con Saramago fue a través de Ensayo sobre la ceguera. Lo leí casi de un tirón. Y me dejó literalmente obnubilado. La impresión que dejó en mi alma fue para siempre. A partir de ahí me fui haciendo con su obra anterior y fui siguiendo sus nuevas publicaciones con puntualidad, hasta la última, El viaje del elefante. Todos sus escritos son grandes metáforas de la realidad social y humana. Son historias que van más allá de la trama, pretenden señalar hacia algo. Y hacia ese algo al que apuntan es donde encontramos su mirada ética y política de la realidad humana. Ensayo sobre la ceguera es una construcción que viene a simbolizar la ceguera paulatina de la población. Una ceguera sin causa que se va contagiando a todo el mundo. Es la ignorancia del pueblo frente al poder. Pero es también su impotencia. Como contrapunto escribe, pasados unos años y con diversas obras de por medio, como La caverna, La balsa de piedra, Ensayo sobre la lucidez. En esta última, de repente el pueblo reconquista la lucidez, se enfrenta al poder, pero el poder lo sitia. El final es dramático, sino trágico. El pesimismo de Saramago sobre el mundo en el que vivimos se hace notar. Aunque él no deje de luchar porque podamos construir un mundo mejor. Sería necesario alcanzar una masa crítica para poderse enfrentar al poder y producir algún cambio. Pero si la inmensa mayoría vive instalada en la ceguera que el poder ha creado para ellos, la salida es imposible. La injusticia se irá extendiendo frente a la ceguera de la población. Iremos admitiendo, sin ver, el totalitarismo que desde, la así llamada democracia, se nos impone. La caverna es una obra también apasionante. Precisamente éste lugar viene simbolizado por una gran ciudad hipermoderna, en la que tenemos todo, pero de la que somos esclavos. Una ciudad como un gran centro comercial. La libertad está fuera, en no depender en nada de esto. Pero el sentido de la historia es la eliminación del mundo exterior. Es como si nos adentrásemos por nuestro propio pie y voluntad, en la caverna. El engaño está consumado. El progreso de la humanidad fagocita otras formas de existencia, como le pasa al protagonista de esta obra. En fin, una crítica al progreso y la tecnobarbarie, ese nuevo mito de la modernidad. La obra de Saramago es imprescindible para entender este mundo en el que vivimos. Una obra hecha desde la estética, la mejor estética, pero sin perder de vista la ética, lo que debe ser un intelectual. Una obra comprometida y en diálogo con el poder. Un pensamiento dirigido contra los mitos, contra la vanidad humana, contra las miserias más humanas, pero que nos hacen humanos. Una escritura, la de Saramago, puntillista y puntillosa. Excelsa y excelente, en una palabra.

 

Pensamientos.

 

En ningún momento de la historia, en ningún lugar del planeta, las religiones han servido para que los seres humanos se acerquen unos a los otros. Por el contrario, sólo han servido para separar, para quemar, para torturar. No creo en Dios, no lo necesito y además soy buena persona

 

Para qué sirve el arrepentimiento, si eso no borra nada de lo que ha pasado. El arrepentimiento mejor, es sencillamente cambiar

 

Sólo si nos detenemos a pensar en las pequeñas cosas llegaremos a comprender las grandes

 

He aprendido a no intentar convencer a nadie. El trabajo de convencer es una falta de respeto, es un intento de colonización del otro

 

El hombre más sabio que he conocido en toda mi vida no sabía leer ni escribir

 

Somos la memoria que tenemos y la responsabilidad que asumimos, sin memoria no existimos y sin responsabilidad quizá no merezcamos existir.

 

Si las conociéramos, las cosas del cielo tendrían otros nombres.

 

La derrota tiene algo positivo, nunca es definitiva. En cambio la victoria tiene algo negativo, jamás es definitiva.

 

Sí, soy pesimista, pero yo no tengo la culpa de que la realidad sea la que es.

 

Me gustaría escribir un libro feliz; yo tengo todos los elementos para ser un hombre feliz; pero sencillamente no puedo. Sin embargo hay una cosa que sí me hace feliz, y es decir lo que pienso.

 

No encontró respuesta, las respuestas no llegan siempre cuando uno las necesita, muchas veces ocurre que quedarse esperando es la única respuesta posible.

 

El éxito a toda costa nos hace peor que animales.

 

Antes nos gustaba decir que la derecha era estúpida, pero hoy día no conozco nada más estúpido que la izquierda.

 

El bien y el mal no existen en si mismos, y cada uno de ellos es sólo la ausencia del otro.

 

Es mentira que el Nobel sirva para fomentar la literatura del país al que pertenece el galardonado. Para lo único que vale es para engrosar la cuenta corriente del autor.

 

La vejez empieza cuando se pierde la curiosidad.

 

Pienso que todos estamos ciegos. Somos ciegos que pueden ver, pero que no miran.

 

Cuanto más te disfraces más te parecerás a ti mismo.

 

La mejor manera de defender los secretos propios es respetando los ajenos.

 

El tiempo no es una cuerda que se pueda medir nudo a nudo, el tiempo es una superficie oblicua y ondulante que sólo la memoria es capaz de hacer que se mueva y aproxime.

El viaje no termina jamás. Solo los viajeros terminan. Y también ellos pueden subsistir en memoria, en recuerdo, en narración... El objetivo de un viaje es solo el inicio de otro viaje.

Las tres enfermedades del hombre actual son la incomunicación, la revolución tecnológica y su vida centrada en su triunfo personal.

Soy un comunista hormonal.

El poder lo contamina todo, es tóxico. Es posible mantener la pureza de los principios mientras estás alejado del poder. Pero necesitamos llegar al poder para poner en práctica nuestras convicciones. Y ahí la cosa se derrumba, cuando nuestras convicciones se enturbian con la suciedad del poder.

¿Qué clase de mundo es éste que puede mandar máquinas a Marte y no hace nada para detener el asesinato de un ser humano?

Es un bosque que navega y se balancea sobre las olas, un bosque en donde, sin saberse cómo, comenzaron a cantar pájaros, debían de estar escondidos por ahí y de repente decidieron salir a la luz, tal vez porque la cosecha ya esté madura y es la hora de la siega...

Ahora, no hay duda de que la búsqueda incondicional del triunfo personal implica la soledad profunda. Esa soledad del agua que no se mueve.

El nombre que tenemos sustituye lo que somos: no sabemos nada del otro.

Dentro de nosotros existe algo que no tiene nombre y eso es lo que realmente somos

 

Ciorán. En los cien años de su nacimiento.

 

            Se cumplen cien años del nacimiento de Ciorán. Como recordatorio de uno de los filósofos escépticos del siglo XX, se me ha ocurrido releer una de sus obras. No precisamente de las más conocidas, como son En las cimas de la desesperación o Ese maldito yo. Se trata de Historia y utopía. Una obra absolutamente imprescindible en la que se analizan los conceptos de historia y utopía desde el escepticismo, pero, como siempre, en el caso de Ciorán, con una carga ética y política. La obra me parece de una gran actualidad, porque, en definitiva, lo que realiza es una crítica a los conceptos de historia y utopía, desde la idea de progreso. Y la crítica que hace a ésta se basa en la crítica a la religión cristiana, la crítica a los mitos y la necesidad que el hombre tiene de creencias y de mitos; es decir, de autoengañarse.

 

            La relectura de esta obrita me ha recordado cuales pudieron ser los indicios de mi actual pensamiento. Y, curiosamente, cómo han coincidido, desde una racionalización que he ido haciendo posteriormente, con las máximas de Ciorán. Es curioso como el pensamiento va trabajando a nivel inconsciente. Cómo aquello que leíste hace décadas y que causó un gran impacto se va, poco a poco, materializando en tu visión del mundo. La primera vez que leí está obra, como todo Ciorán, me pareció sorprendente. Me sentí tremendamente identificado con su pensamiento. No en vano era un escéptico, como lo había sido yo siempre y lo sigo siendo. Es eso que te ocurre a veces cuando lees o escuchas a una persona con la que te sientes tremendamente identificado y nos decimos: eso era lo que yo pensaba, pero nunca lo he llegado a decir. Incluso las obras más duras de Ciorán, En las cimas de la desesperación o Ese maldito yo, me hacían reír, por esa coincidencia y porque yo tenía un barrunto de ese pensamiento en mi alma, además de haber cabalgado, a mi manera, sobre esas cimas, y la situación se me antojaba graciosa. Pero nunca había llegado a expresar esos pensamientos. Digamos que vieron la luz a la par que descubría la obra de Ciorán. Dicho de otra manera, la obra del autor rumano me trasladó al interior de mi pensamiento, hizo consciente lo que bullía en mi interior y no acababa de explicitarse. Pero mi talante, no ha sido el poético, como es el caso de Ciorán, sino el de filósofo racionalista crítico. Yo he optado por la argumentación, no por la literatura. Aunque las ideas de Cioran sean filosóficas sus escritos son obras literarias, más que filosóficas. Nunca ha sido ése mi estilo, por más que me guste leerlo. Yo necesito de la argumentación. Por eso una segunda lectura, de Historia y utopía, en este caso, me ha sorprendido de nuevo, pero desde otra perspectiva. Durante quince años he ido trabando un discurso racional y crítico de la historia, el progreso y la utopía, que no es más que una racionalización del pensamiento de Ciorán. Con argumentos sesudos, con pruebas, partiendo de una idea limitada y revisada de razón ilustrada, desde el escepticismo, pero sin perder la esperanza en un futuro mejor. En definitiva, con escepticismo, pero con vitalidad, como le ocurriera a nuestro filósofo adoptado por París y que adoptó, él mismo, la lengua de los ilustrados para escribir. De nuevo, la relectura del autor ha servido como un revulsivo. A pesar de irme diciendo en cada momento, esto ya lo sé, esto ya lo sé. Me voy viendo casi veinte años atrás leyendo con pasión este libro y, como, a partir de entonces, he ido elaborando todo ese discurso que no es más que una reconstrucción racional del pensamiento de Ciorán.

 

            La historia no tiene ningún sentido. El invento del sentido de la historia procede del mito cristiano de la caída y de la redención. El hombre como ser que puede salvarse. No existe, ni salvación individual, ni colectiva. La historia no está fijada. La idea de un fin de la historia, de un sentido, de un progreso es la idea de la historia de la humanidad como historia de la salvación del hombre. La muerte de dios, que comienza a anunciarse en la ilustración y que, después, se materializa en las filosofías ateas del XIX, acaban con la idea de historia. Si dios ha muerto, nada tiene sentido, ni la historia, ni la moral, ni la política…nada. El escepticismo nos lleva al nihilismo  de Schopenhauer o al vitalismo de Nietzsche que sólo afirma la voluntad de poder, el ser individual irrepetible del acto creador, la transformación del camello en niño. Pero igual que llegamos al ateísmo y sus últimas consecuencias, también se produjo un fenómeno de huída o escape ante este vacío antropológico y ontológico. La huída consiste en la aparición del pensamiento político utópico. Y en esto consisten los historicismos que hunden sus raíces en la visión cristiana de la historia y en la idea de progreso, íntimamente ligadas. Pero la idea de progreso se alimenta, a su vez, del espejismo ilustrado de la equiparación entre progreso tecnocientífico y progreso ético-político. La idea de historia del cristianismo en la ilustración se seculariza y se le añade el optimismo ilustrado del progreso. Y eso es lo que heredará todo pensamiento utópico político del futuro. El historicismo y la creencia en la idea del progreso. La historia se rige por leyes necesarias que marcan un principio y un final. La historia tiene sentido. Pero entre el principio y el final hay un progreso hacia algo mejor. El Apocalipsis, con el advenimiento del reino de los cielos, se transforma en utopía. Pero el pensamiento político utópico, como todo pensamiento sobre la historia como un proceso determinado se transforma en la práctica en totalitarismo. Y ésta es la explicación de todos los totalitarismos del siglo XX. Y, que conste, el último es el pensamiento único neoliberal. El pensamiento totalitario anula al individuo. Éste se pierde en el sentido último de la comunidad. La sociedad elimina la libertad. Todos los ciudadanos se convierten en servidores del fin último de la historia, su utopía, su redención. Políticamente se toman las armas para eliminar, como sea, al disidente. Pero, el hombre, como ser caído, como ser a medias, que es, necesita de las creencias. Sustituye sus creencias religiosas por los ideales políticos. Admite su servidumbre, delega su libertad en nombre del ideal utópico. Confunde justicia universal, con eliminación de la libertad individual. Los totalitarismos han sido de izquierdas y de derechas. Pero también la democracia ha generado un nuevo totalitarismo, con base en la idea de progreso tecnocientifica. En nombre de la democracia, hemos abandonado la libertad, hemos permitido y, permitimos, un estado intervencionista en nuestras vidas, que nos anula como personas; y un mercado que regula nuestro ser, el consumo. Nos reducimos a mercancías. A la par que el mercado pone las reglas de la política. Todo, para servir al dios del progreso, el nuevo dios, el del crecimiento económico y la extensión de la democracia, más bien pensamiento neoliberal. Y todo este proceso, igual que los totalitarismos clásicos, produce miseria y muerte. Ya lo he dicho más de una vez, repitiendo el libro de un economista, el crecimiento mata. No podemos vivir sin sentido de la historia, sin utopías. Delegamos nuestra libertad en ellas. Necesitamos el autoengaño. Por eso es necesario un sano escepticismo vital, para recordar que el hombre es un ser limitado, que la razón no es totalizadora, que es limitada. Que en última instancia tenemos que confiar en ella. Que el progreso tecnocientífico es una hybris que trae el mal y el bien indisolublemente unidos. Que el progreso es, en parte, abandonar lo que somos, renunca a nuestra naturaleza y regreso, esto es, más barbarie. Progreso y barbarie se identifican. Que las conquistas ético-políticas, son parciales, provisionales. Que todo se puede perder por la borda de las ilusiones utópicas. Que el pensamiento utópico debe ser entendido, al modo kantiano, como una idea regulativa de la razón práctica-política, pero como un final de la historia inevitable. La historia depende de nuestras opciones y elecciones provisionales. El progreso y la catástrofe dependen de ello, como en nuestra vida particular. No hay salvación, ni aquí, ni en el más allá, ni política, ni religiosamente. Pero el hombre se empeña en autoengañarse, porque el hombre, como comentaba yo en nota al pie, en la primera lectura de Ciorán, es un ser a medias. Ése es el sentido de la caída o del pecado original, nuestra incompletud. Pero ésta la intentamos llenar de discursos absolutos, ya sean políticos o religiosos. Y ése es el error. La cuestión es ser capaz de vivir en la intemperie, en la provisionalidad, construyendo parcialmente el futuro y velando por el presente. Pero sin utopías, sin creencias. Persiguiendo valores universales, pero no absolutos. Y, la democracia es, precisamente, el régimen político parcial y provisional. El que no admite verdades absolutas, sino provisionales, consensuadas. Lo que el hombre, en definitiva, puede dar de sí. Pero la democracia se pervierte por dos motivos, el hombre necesita de verdades absolutas, aunque sea la felicidad egocéntrica del consumo, del tener, la pura transitoriedad, la anulación de su conciencia y por eso cede su libertad. No es capaz de vivir en la soledad de la muerte de dios y lo que ello supone. El otro mal es la tendencia del poder a hacerse absoluto. Y, para ello, de lo que necesita es de un pensamiento único que sirva como ideología alienante de la población. Pensamiento que, en definitiva, no es más que la promesa de una nueva utopía. De esta manera, la propia democracia cae en la trampa del totalitarismo.