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Filosofía desde la trinchera

TRIBUNA: MANUEL FRAIJÓ

La mirada crítica y necesaria de Hans Küng

El gran teólogo lleva medio siglo diseñando el perfil de una Iglesia humilde, fiel al mensaje de Jesús, atenta a las necesidades del mundo y siempre dispuesta a reformarse. La UNED le nombra ahora doctor honoris causa

MANUEL FRAIJÓ 25/01/2011

Han pasado 15 años desde que 1.300 personas, emocionadas y puestas en pie, aplaudían la última clase magistral de Hans Küng. No menos emocionado que su auditorio, el gran teólogo enfilaba la salida del abarrotado salón de actos musitando un apenas perceptible "me gustaría seguir contando con su afecto". Era el día de su jubilación.

España, país que tantas veces ha visitado y donde sus libros alcanzan una extraordinaria difusión, siempre le ha honrado con su afecto; pero estaba pendiente la tarea de plasmarlo en imágenes, de otorgarle relieve y solemnidad. Es lo que se propone hacer la UNED el próximo 27 de enero, a propuesta de su Facultad de Filosofía. Lo hicieron, antes que ella, otras 14 universidades de diferentes países. Hans Küng, además de ser uno de los más destacados teólogos actuales, ha prestado notables servicios a la filosofía, especialmente a la Filosofía de la Religión. Es más: pertenece a una tradición, la alemana, que no separa la teología de la filosofía. Casi todos los grandes teólogos alemanes crearon apasionantes teologías filosóficas. Es posible incluso que el paso del tiempo, tan inmisericorde con las creaciones humanas, solo respete aquellos proyectos teológicos hondamente enraizados en una rigurosa y exigente reflexión filosófica. Es, sin duda, el caso de Hans Küng (Sursee, Lucerna, 1928).

Todo comenzó en 1957 con una fascinante tesis doctoral. Llevaba por título La justificación. Doctrina de Kart Barth y una interpretación católica. Küng se atrevió con un tema que, desde los inicios de la Reforma, había dividido a católicos y protestantes. Con coraje y juventud, tendió puentes de diálogo y comprensión. Barth dio un simpático visto bueno a la obra, calificando a su autor de "israelita sin dolo" y deseándole que viniera sobre él el Espíritu.

En la década de los sesenta suscitaron gran entusiasmo y esperanza obras como Estructuras de la Iglesia (1962) y La Iglesia (1967). Küng dibujaba el perfil de una Iglesia humilde, fiel al mensaje de Jesús, atenta a las necesidades del mundo y siempre dispuesta a reformarse. Ni en los momentos más conflictivos de su relación con la Iglesia pensó Küng en abandonarla. El suyo es un servicio crítico, vigilante, incómodo y arriesgado, pero necesario. En 1965, en el transcurso de una entrevista privada, Pablo VI le hizo una "oferta de trabajo" que hubiera podido cambiar su biografía: lo cuenta, con envidiable maestría literaria, en el primer volumen de sus memorias, Libertad conquistada (p. 553 ss.). "Cuánto bien podría hacer usted (...) si pusiera sus grandes dotes al servicio de la Iglesia", le dice el Papa. Küng le responde: "¿Al servicio de la Iglesia? Santidad yo ya estoy al servicio de la Iglesia". Pero el Papa se refería a la Iglesia específicamente romana y añadió: "debe confiar en mí". De nuevo Küng: "yo tengo confianza en Su Santidad, pero no en cuantos están en su entorno". La oferta no fue aceptada y Küng continuó su camino de profesor universitario.

Un camino que le condujo, si seguimos la secuencia cronológica, a un estudio intenso, guiado por el método histórico crítico, de la figura de Jesús. En 1974 vio la luz uno de sus libros más geniales, Ser cristiano. Era, sigue siendo, una obra repleta de información histórica y pasión creyente. Se afirmaba la fe cristiana de siempre, pero se expresaba de forma diferente. Küng no partía de fórmulas abstractas. Su punto de arranque era el gran protagonista de la aventura cristiana: Jesús de Nazaret.

Pero el teólogo sabe que tiene siempre una cita con lo último de lo último. San Pablo dice que Cristo es de Dios. Dios es, en efecto, el asunto final de la teología, su noche y su día, su prueba máxima.

Küng afrontó este reto en su monumental obra ¿Existe Dios? Respuesta al problema de Dios en nuestro tiempo (1978). A sus páginas se asoman todas las sacudidas experimentadas por el tema "Dios" desde que Descartes dio carta de ciudadanía a la duda. Küng responde afirmativamente a la pregunta por la existencia de Dios. Sin Dios, afirma, el ser humano quedaría sin suelo firme bajo los pies. En el horizonte aparecería el sinsentido. Sinsentido al que hacen frente algunas religiones con la promesa de la resurrección. Küng se atrevió también con este tema en su libro ¿Vida eterna? (1982).

Pero el final, la resurrección, conduce al origen, a la creación, al comienzo de todo. Es el tema que aborda en El principio de todas las cosas. Ciencia y religión (2007). Las últimas páginas constituyen un rotundo "no" a la "nada", una apuesta por "la otra vida" que, incluso si al final se pierde, habrá ayudado a vivir esta con más ilusión y esperanza.

Sobre sus ilusiones y esperanzas vuelve, en tono personal, casi confidencial, en el libro Lo que yo creo (2011).

Desde que, incomprensiblemente, un 15 de diciembre de 1979, el papa Juan Pablo II "premió" esta hoja de servicios a la Iglesia retirando a este brillante defensor de la fe cristiana la venia docendi y declarándolo "teólogo no católico", Küng se adentró en terrenos por los que no suele transitar el teólogo.

Nacieron así sus voluminosos estudios sobre las religiones: El judaísmo (1991), El cristianismo (1994) y El islam (2004). Previamente, en 1984, había visto la luz el volumen El cristianismo y las grandes religiones, en el que se sienta al cristianismo a dialogar con el islam, el hinduismo y el budismo. Küng no olvida que la secularización es un fenómeno casi exclusivamente occidental; en el resto del mundo, las religiones siguen configurando la realidad. Es, pues, necesario contar con su impulso.

Desembocamos, por último, en su más reciente aportación, la dedicada a la ética. H. Küng es fundador y presidente de la Fundación Ética Mundial, con sede en Tubinga y Zúrich, pero con representación en numerosos países. Representantes de la educación, la cultura, la religión y la política acuden a esta fundación en demanda de orientación en valores y compromiso educativo. El sustrato teórico de esta fundación se encuentra en su libro Proyecto de una ética mundial (1990). Su autor está convencido de que, sin un consenso ético básico sobre determinados valores, normas y actitudes, resulta imposible una convivencia humana digna, tanto en pequeñas como en grandes sociedades. Un consenso que solo es alcanzable mediante el diálogo y el mutuo reconocimiento y aprecio. La ética mundial debe partir de un principio tan básico como antiguo: "todo ser humano debe recibir un trato humano".

Finalmente: dejó escrito Hegel que los grandes hombres no son solo los grandes inventores, "sino aquellos que cobraron conciencia de lo que era necesario". A tales hombres pertenece, creo, el pensador al que estos días se propone honrar la UNED. Acabamos de enumerar algunos de sus méritos.

Desde luego, Küng nunca podría ser el destinatario del exabrupto que su gran amigo, el antiguo canciller socialdemócrata Helmut Schmidt, espetó a un grupo de periodistas. Cansado de que le reprocharan su realpolitik y su falta de espíritu utópico (gobernó Alemania después del carismático Willy Brandt), les obsequió, medio en broma, medio en serio, con un "el que tenga visiones que vaya al médico".

Evidentemente la UNED no ha invitado al profesor Küng para "enviarlo al médico", sino para añadirle a nuestro claustro de profesores y agradecerle su espíritu visionario, sus utopías y sus esperanzas de días buenos, mejores que los actuales, para el futuro de todos de los seres humanos.

La identidad cristiana de Europa.

 

Vuelve el debate sobre la identidad cristiana de Europa. Creo que es una polémica política que ignora la historia de las ideas. Y creo que es una polémica ideológica cargada de xenofobia, racismo y exclusión. Y, por supuesto, pienso que es una polémica que hunde sus raíces en los mitos del nacionalismo y de la identidad. No existen identidades nacionales ni culturales. Toda cultura, civilización es un proceso histórico que se encentra en devenir, en continuo cambio. Las culturas, y más las civilizaciones, se construyen a través del sincretismo de ideas, religiones, creencias, mitos…Por tanto, eso de la identidad lo que genera es un modo de sociedad cerrada e inmovilista, que desprecia al otro, al distinto, al forastero. La identidad es un discurso totalitario y separatista, es un mito y una ilusión que mantiene a la ciudadanía en estado de alienación. Como toda creencia acrítica es una deformación de la realidad. Pero una deformación excluyente que pretende ser la verdad. Por eso los discursos de la identidad y los nacionalistas, que participan de ellos, son totalitarismos dogmáticos y fanáticos.

 

            Si bien Europa no tiene una identidad cristiana, eso no quiere decir que no existan unos orígenes cristianos de Europa. Pero claro, lo que esto significa es que el cristianismo ha contribuido a la formación de Europa, pero no es su identidad. La civilización europea hunde sus raíces en la Grecia clásica, con el origen del pensamiento racional y la democracia, después en Roma con su teoría del derecho y la noción de ciudadano. El cristianismo participa en la fundación de Europa en la medida en la que se convierte en una religión sincrética que auna la filosofía griega, la política y el derecho romano y las religiones del misterio. El propio cristianismo se entiende porque se hace europeo, es decir, griego y romano. El cristianismo no hubiese pasado de ser una secta judía sin los principios filosóficos que hereda de los griegos, como es el de providencia y razón universal y el de hombre universal: el cosmopolitismo de los estoicos. Hay que hacer notar aquí, que, precisamente, si hay una filosofía que caracteriza al imperio romano es la estoica. No hay cristianismo sin estoicismo. Como tampoco lo hay sin el platonismo y Aristótoles. Bien es verdad, también, que con la desaparición de Roma, en la que algo tiene que ver el cristianismo, pues éste perseguía el reino de los cielos en la tierra, la universalidad de la iglesia, la ciudad de dios de Agustín de Hipona, pues lo que queda es la cristiandad. En la cristiandad reside la unidad de Europa en la Edad Media. Pero ésta no es ninguna época envidiable. Lo que se forja es un pensamiento único, intolerante y dogmático. Pensamiento que excluye la ciencia, la filosofía y el resto de las religiones, tanto las paganas, como las del libro. Europa no se recuperaría de esta oscuridad hasta el Renacimiento y la Ilustración.

 

            Pero es justo señalar también, que existen unas raíces islámicas de Europa. Mientras que ésta estaba sumida en la oscuridad del medievo, se produce un esplendor en la cultura de Al-Andalus, una Ilustración en el siglo XI, de la cual Europa es heredera y, más aún, sin la cual no hubiese sido posible el Renacimiento ni el surgimiento de la ciencia moderna. La cultura musulmana de Al-Andalus trajo la sabiduría griega al continente. Tradujo las obras clásicas de la filosofía y la ciencia griega, cuando en Europa nadie sabía griego. Y la tarea no sólo fue la de meros transmisores, sino la de creadores, tanto científicos, como filosóficos. También conquistaron el ideal de la tolerancia religiosa y lo practicaron, así como la supremacía de la razón sobre la fe, como la teoría de la doble verdad de Averroes, filósofo musulmán cordobés, demuestra.

 

            Pero si Europa tiene alguna identidad es precisamente la de la ilustración. Discurso que, de suyo, niega la identidad. La ilustración hace posible la crítica de la religión, en especial del cristianismo, que estaba aliado al poder y proclama el laicismo, concepto inseparable de la democracia. La ilustración produce el concepto de persona, eso sí, inspirándose en el cristianismo, que será la base tanto de la democracia como de los derechos del hombre y del ciudadano. Será precisamente en este pensamiento, sanamente racionalista, crítico con las diferentes formas de poder, defensor de la dignidad del hombre en tanto que un fin en sí mismo, germen del laicismo y de la democracia, por ello, de la libertad de conciencia y de expresión, lo que nos identifica como europeos. Es este el discurso, no identitario, que nos identifica. Y, desde mi opinión, es el proyecto inacabado que es necesario recuperar en esta nueva época de oscuridad, subjetivismo y relativismo.

 

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Vargas Llosa. El sueño del celta.

 

            De nuevo Vargas Llosa me deleita con una de sus magistrales novelas. Y de nuevo su tratamiento de las ideas y su reflexión sobre las mismas es más complejo, con más aristas y matices, que lo que suele ser en sus ensayos. Discrepo profundamente con el neoliberalismo que el flamante Nobel defiende que, a mi modo de ver, procede de una mala lectura de Popper y Hayek. Creo que su postura es simplista y poco matizada, a la par que llena de prejuicios. Pero en sus novelas, cuando aborda cuestiones políticas, el tratamiento es mucho más complejo. Eso es lo que ocurre en esta novela, como también sucede en La fiesta del chivo, con la que, a mi manera de ver, guarda cierto parecido, si bien esta última es más vital, ligera y con un ritmo más asequible a la lectura. La reflexión en La fiesta del chivo emana de los propios acontecimientos. El tema aquí es el totalitarismo y la arbitrariedad del poder tiránico. Son las diferentes peripecias que se nos narran en esta magistral novela las que nos llevan a la reflexión sobre la arbitrariedad del poder absoluto, la ausencia de moral del poderoso, el miedo y la cobardía del tirano, cuando, curiosamente, ostenta un poder absoluto. En cambio, en El sueño del celta hay un tratamiento más reflexivo, no hay una trama llena de peripecias y acontecimientos. Hay más reflexión, más investigación interior. Es una reflexión política, filosófica y psicológica del protagonista Roger Clissement en la celda que es la antesala de su muerte. Una reflexión sobre el sentido de su vida incardinado al sentido de sus luchas políticas contra la opresión. Una reflexión también sobre la creencia, la muerte, el miedo, el dolor y la enfermedad.

 

            El protagonista de la obra, inspirado en un personaje histórico, es un aventurero irlandés que se convierte en diplomático del reino y eso le hace ir hasta el Congo donde permanece quince años y después a la Amazonia, donde permanecerá dos años más. Tras estas peripecias, que comentaremos seguidamente, se hace defensor de la causa independentista irlandesa. Roger Clissement se dirige al Congo en busca de aventuras, descubrimientos, exotismo. Pero lo que descubre es el poder destructor del colonialismo. Descubre la opresión. Pero la maestría de Vargas Llosa nos muestra a un personaje confundido. Un ciudadano británico, diplomático, embajador del reino, que se siente traicionado. Es aquí donde, al encarnarse el pensamiento, en la complejidad de la vida real, los pensamientos y las ideas ya no resultan ser tan simples. Por eso Vargas Llosa, en mi opinión, aborda mejor estos temas desde la literatura que desde el ensayo. En la literatura vemos personas con ideas, ideas que les confunden, ideas de las que dudan, conversiones, escepticismo, desesperanza, es decir, la vida misma. Roger Clissement se desengaña y se desencanta. Se cree un enviado del progreso y la civilización. Cree en la justicia de su causa, en el carácter benefactor de la corona británica. Pero lo que encuentra es la opresión, en este caso del reino de Bélgica en el Congo. Descubre el genocidio y el etnocidio, que se estaban dando lugar –y el lector avisado tiene que ser capaz de extrapolar esta situación a nuestras nuevas formas de colonialismos y esclavitud, también en nombre del progreso- con la connivencia del imperio británico. No hay progreso que exportemos, ni civilización superior. Lo que hay es una explotación brutal de los indígenas, una destrucción de sus culturas, sus medios de vida y su propia existencia, sólo con el fin de explotar sus riquezas para el mantenimiento de la metrópolis. El discurso de la colonización como civilización del bárbaro, como exportación del progreso científico y el avance moral y político, resulta no ser más que una ideología bajo la que se esconde, pura y simplemente, el etnocidio y el genocidio. El mismo desengaño tendrá cuando viaja a la Amazonia. Lo que se encuentra es un mercado en que las multinacionales dominan y engañan a los políticos. El mercado crea sus reglas, la máxima producción y la máxima riqueza, a costa del aborigen. El mercado promete el bienestar por medio del trabajo, pero lo que hace es destruir la selva, el hogar del aborigen y convertirlo en esclavo, una mano de obra bien barata. Toda la vida de Roger se dirige a la denuncia de estas explotaciones, tanto en el Congo, como en la Amazonia. Y obtiene sus éxitos. Su inteligencia y su corazón están con el débil. Para eso ha tenido que sufrir una profunda transformación interior. Ha tenido que descubrir que el pensamiento hegemónico no era más que engaño, ideología. Se ha tenido que rebelar contra los poderes establecidos. Su lucha interior no es menor que los problemas que su actitud valiente le irán ocasionando con respecto al poder.

 

            Pero, poco a poco, nuestro personaje, se va sensibilizando con la causa independentista irlandesa, a la par que se enfrenta a la corona británica de la que reniega al hacerse y autoproclamarse irlandés. Es éste el sueño del celta. Roger reivindica la identidad irlandesa en la cultura celta e idioma gaélico. Pero, es curioso, como Vargas llosa, enemigo del nacionalismo, tesis que comparto, se muestra tremendamente comprensivo con el protagonista. No se ve una crítica al falso concepto de identidad, sí al fanatismo con el que algunos lo defienden y si realmente merece la pena matar y morir por estas ideologías. Pero hay una línea de unión importante, que yo comparto, en la lucha del protagonista contra el colonialismo y en la defensa del nacionalismo. Podemos pensar que el nacionalismo es una idea equivocada, que la identidad es un mito. Pero el Nobel no sitúa aquí la lucha de su protagonista en la defensa de la independencia irlandesa de la corona británica. La lucha se sitúa en la idea de explotación. Lo que une la maldad moral del colonialismo y la lucha independentista es lo mismo: la explotación y dominación del fuerte por el débil. Podemos participar o no del nacionalismo y la teoría de la identidad. Pero lo que sí queda claro es que donde hay oprimidos hay injusticia, donde el ser humano es tratado como objeto, hay injusticia, donde la dignidad no cuenta, hay injusticia y la lucha debe dirigirse contra el poder que hace posible esta injusticia. Por eso la lucha es la lucha por la dignidad de las personas. En suma una excelente obra literaria y una profunda reflexión politico-filosófica.

La república filosófica

JUAN JOSÉ TAMAYO  16/01/2011

En un delicioso diálogo entre Borges y Ernesto Sábato, este pregunta qué opina de Dios. Borges: "¡Es la máxima creación de la literatura fantástica! Lo que imaginaron Wells, Kafka o Poe no es nada comparado con lo que imaginó la teología". Un siglo antes se le había adelantado Marx al afirmar que la religión es la realización fantástica de la esencia humana. Esa idea es la culminación de dos procesos que pone en marcha la modernidad en su crítica de la religión: la interpretación antropológica del cristianismo y la desmitificación de los textos del Nuevo Testamento.

Quien lleva a cabo la más radical lectura antropológica de los dogmas del cristianismo es el filósofo alemán Feuerbach en la más emblemática de las obras del ateísmo humanista del siglo XIX, La esencia del cristianismo, donde asevera que la religión es el sueño del espíritu humano, la esencia divina es la esencia humana, hablar de Dios es hablar del ser humano y el misterio de la teología es la antropología. El libro hizo furor entre los jóvenes hegelianos, hasta el punto de que uno de sus dirigentes, Arnold Ruge, resumió así la nueva situación político-cultural: "Dios, la religión y la inmortalidad quedan depuestos y se proclama la república filosófica".

Quienes llevan hasta sus últimas consecuencias el humanismo de Feuerbach son otros dos filósofos alemanes: Marx y Nietzsche. Para Marx, la lucha contra la religión es la lucha contra el otro mundo, del que la religión es el aroma espiritual. Una vez que ha desaparecido el más allá de verdad, la tarea intelectual consiste en averiguar la verdad del más acá. Ahora, la crítica del cielo se convierte en la crítica de la tierra, la crítica de la religión pasa a ser la crítica del derecho y la crítica de la teología se torna crítica de la política.

Nietzsche da un paso más. Una vez que Dios ha muerto y se ha demostrado vana la promesa de salvación en otro mundo después de la muerte, la única fidelidad a mantener es a la tierra y la respuesta a la pregunta por el sentido hay que buscarla en la historia: "¡Hermanos míos, permaneced fieles a la tierra!", es su exhortación compulsiva en Así hablaba Zaratustra.

El proceso de desmitificación del Nuevo Testamento tiene lugar en la Ilustración y llega a su zenit con la conferencia pronunciada por el teólogo Bultmann en 1941 sobre Nuevo Testamento y mitología, en la que propone un ambicioso programa cuya idea central es la existencia de una distancia abismal entre nuestra concepción del mundo, que es científica, y la que ofrece el Nuevo Testamento, que es mítica. Es esa imagen la que hay que desmitificar, cree Bultmann, para que emerja el mensaje central del Evangelio, que es palabra viva de salvación para la humanidad. Este programa, asumido por los teólogos cristianos en diálogo con la modernidad, toca de lleno la línea de flotación de los dogmas del cielo, el infierno y, por supuesto, el purgatorio, cuya existencia fue negada por Lutero por carecer de base bíblica. ¿En qué quedan, entonces, los premios que prometían y los castigos con que amenazaban los predicadores de los Novísimos en nuestra infancia nacional-católica? ¿En pura "creación de la literatura fantástica"?

TRIBUNA: MARIO VARGAS LLOSA

Lo privado y lo público

PIEDRA DE TOQUE. Wikileaks no trata de combatir una "mentira", sino de satisfacer una curiosidad morbosa de la civilización del espectáculo. Assange más que un luchador libertario es un exitoso animador

MARIO VARGAS LLOSA 16/01/2011

Desde que comencé a leer sus libros y artículos, debe hacer de eso unos 30 años, me pasa con Fernando Savater algo que no me ocurre con ningún otro de los escritores que prefiero: que casi nunca discrepo con sus juicios y críticas. Sus razones, generalmente, me convencen de inmediato, aunque para ello deba rectificar radicalmente lo que hasta entonces creía.

Opine de política, de literatura, de ética y hasta de caballos (sobre los que no sé nada, salvo que nunca acerté una sola apuesta las raras veces que he pisado un hipódromo), Savater me ha parecido siempre un modelo de intelectual comprometido, a la vez principista y pragmático, uno de esos raros pensadores contemporáneos capaces de ver siempre claro en el intrincado bosque que es este siglo XXI y de orientarnos a encontrar el camino perdido a los que andamos algo extraviados.

Todo esto viene a cuento de un artículo suyo sobre Wikileaks y Julian Assange que acabo de leer en la revista Tiempo (número del 23 de diciembre de 2010 al 6 de enero de 2011). Ruego encarecidamente a quienes han celebrado la difusión de los miles de documentos confidenciales del Departamento de Estado de los Estados Unidos como una proeza de la libertad, que lean este artículo que rezuma inteligencia, valentía y sensatez. Si no los hace cambiar de opinión, es seguro que por lo menos los llevará a reflexionar y preguntarse si su entusiasmo no era algo precipitado.

Savater comprueba que en esa vasta colección de materiales filtrados no hay prácticamente revelaciones importantes, que las informaciones y opiniones confidenciales que han salido a la luz eran ya sabidas o presumibles por cualquier observador de la actualidad política más o menos informado, y que lo que prevalece en ellas es sobre todo una chismografía destinada a saciar esa frivolidad que, bajo el respetable membrete de transparencia, es en verdad el entronizado "derecho de todos a saberlo todo: que no haya secretos y reservas que puedan contrariar la curiosidad de alguien... caiga quien caiga y perdamos en el camino lo que perdamos". Ese supuesto "derecho" es, añade, "parte de la actual imbecilización social". Suscribo esta afirmación con puntos y comas.

La revolución audiovisual de nuestro tiempo ha violentado las barreras que la censura oponía a la libre información y a la disidencia crítica y gracias a ello los regímenes autoritarios tienen muchas menos posibilidades que en el pasado de mantener a sus pueblos en la ignorancia y de manipular a la opinión pública. Eso, desde luego, constituye un gran progreso para la cultura de la libertad y hay que aprovecharlo. Pero de allí a concluir que la prodigiosa transformación de las comunicaciones que ha significado Internet autoriza a los internautas a saberlo todo y divulgar todo lo que ocurre bajo el sol (o bajo la luna), haciendo desaparecer de una vez por todas la demarcación entre lo público y lo privado hay un abismo, que, si lo abolimos, podría significar, no una hazaña libertaria sino pura y simplemente un liberticidio que, además de socavar los cimientos de la democracia, infligiría un rudo golpe a la civilización.

Ninguna democracia podría funcionar si desapareciera la confidencialidad de las comunicaciones entre funcionarios y autoridades ni tendría consistencia ninguna forma de política en los campos de la diplomacia, la defensa, la seguridad, el orden público y hasta la economía si los procesos que determinan esas políticas fueron expuestos totalmente a la luz pública en todas sus instancias. El resultado de semejante exhibicionismo informativo sería la parálisis de las instituciones y facilitaría a las organizaciones anti democráticas el trabar y anular todas las iniciativas reñidas con sus designios autoritarios. El libertinaje informativo no tiene nada que ver con la libertad de expresión y está más bien en sus antípodas.

Este libertinaje es posible sólo en las sociedades abiertas, no en las que están sometidas a un control policíaco vertical que sanciona con ferocidad todo intento de violentar la censura. No es casual que los 250.000 documentos confidenciales que Wikileaks ha obtenido procedan de infidentes de los Estados Unidos y no de Rusia ni de China. Aunque las intenciones del señor Julian Assange respondan, como se ha dicho, al sueño utópico y anarquista de la transparencia total, a donde pueden conducir más bien sus operaciones para poner fin al "secreto" es a que, en las sociedades abiertas, surjan corrientes de opinión que, con el argumento de defender la indispensable confidencialidad en el seno de los Estados, propongan frenos y limitaciones a uno de los derechos más importantes de la vida democrática: el de la libre expresión y la crítica.

En una sociedad libre la acción de los gobiernos está fiscalizada por el Congreso, el Poder Judicial, la prensa independiente y de oposición, los partidos políticos, instituciones que, desde luego, tienen todo el derecho del mundo de denunciar los engaños y mentiras a los que a veces recurren ciertas autoridades para encubrir acciones y tráficos ilegales. Pero lo que ha hecho Wikileaks no es nada de esto, sino destruir brutalmente la privacidad de las comunicaciones en las que los diplomáticos y agregados informan a sus superiores sobre las intimidades políticas, económicas, culturales y sociales de los países donde sirven. Gran parte de ese material está conformado por datos y comentarios cuya difusión, aunque no tenga mayor trascendencia, sí crea situaciones enormemente delicadas a aquellos funcionarios y provoca susceptibilidades, rencores y resentimientos que sólo sirven para dañar las relaciones entre países aliados y desprestigiar a sus gobiernos. No se trata, pues, de combatir una "mentira", sino, en efecto, de satisfacer esa curiosidad morbosa y malsana de la civilización del espectáculo, que es la de nuestro tiempo, donde el periodismo (como la cultura en general) parece desarrollarse guiado por el designio único de entretener. El señor Julian Assange más que un gran luchador libertario es un exitoso entertainer o animador, el Oprah Winfrey de la información.

Si no existiera, nuestro tiempo lo hubiera creado tarde o temprano, porque este personaje es el símbolo emblemático de una cultura donde el valor supremo de la información ha pasado a ser la de divertir a un público frívolo y superficial, ávido de escándalos que escarban en la intimidad de los famosos, muestran sus debilidades y enredos y los convierten en los bufones de la gran farsa que es la vida pública. Aunque, tal vez, hablar de "vida pública" sea ya inexacto, pues, para que ella exista debería existir también su contrapartida, la "vida privada", algo que prácticamente ha ido desapareciendo hasta quedar convertido en un concepto vacío y fuera de uso.

¿Qué es lo privado en nuestros días? Una de las involuntarias consecuencias de la revolución informática es haber volatilizado las fronteras que lo separaban de lo público y haber confundido a ambos en una representación en la que todos somos a la vez espectadores y actores, en la que recíprocamente nos lucimos exhibiendo nuestra vida privada y nos divertimos observando la ajena en un strip tease generalizado en el que nada ha quedado ya a salvo de la morbosa curiosidad de un público depravado por la frivolidad.

La desaparición de lo privado, el que nadie respete la intimidad ajena, el que ella se haya convertido en un espectáculo que excita el interés general y haya una industria informativa que alimente sin tregua y sin límites ese voyerismo universal es una manifestación de barbarie. Pues con la desaparición del dominio de lo privado muchas de las mejores creaciones y funciones de lo humano se deterioran y envilecen, empezando por todo aquello que está subordinado al cuidado de ciertas formas, como el erotismo, el amor, la amistad, el pudor, las maneras, la creación artística, lo sagrado y la moral.

Que los gobiernos elegidos en comicios legítimos puedan ser derribados por revoluciones que quieren traer el paraíso a la tierra (aunque a menudo traigan más bien el infierno), qué remedio. O que lleguen a surgir conflictos y hasta guerras sanguinarias entre países que defienden religiones, ideologías o ambiciones incompatibles, qué desgracia. Pero que semejantes tragedias puedan llegar a ocurrir porque nuestros privilegiados contemporáneos se aburren y necesitan diversiones fuertes y un internauta zahorí como Julian Assange les da lo que piden, no, no es posible ni aceptable.

Vamos a ver, Fernando, ya sé que no comentas la ley, y eso es lo que se pide. Y en cuanto a lo de los humos, ya te dije que hacías una comparación inconmensurable. Son cosas muy distintas. Y no se reduce, tú que eres químico a humo blanco y humo negro. La mayor parte de los humos de una refinería, ni siquiera son blanco, como bien sabes, pero ésta no es la discusión, porque como digo son cuestiones inconmensurables que tú aprovechas para echar leña a un fuego que está ya apagado. En cuanto a lo de la salud, me parece que no le has dado, en mi comentario, a leer más. Para mí la salud es un valor, pero no el principal, y si lees mi comentario, lo de la salud es una forma de dominio a través del miedo, venga de donde venga, ya sea desde los discursos polítcamente correctos, o desde los apocalípticos ecologistas, me dan igual. Para mí el valor más importante, de la persona, es la dignidad, y ésta se puede tener con una salud absolutamente deteriorada, incluso, deteriorada voluntariamente. Y las cuestiones que se comentan en el artículo son muy importantes, como para pasar de largo y traer, a contrapelo, esta polémica, ya caduca, que tenemos en nuestra localidad. Polémica irracional que tiene que ver con el poder y no con la razón. Y es, precisamente, el poder, el que resuelve definitivamente el asunto. En este caso el poder económico. La crisis económica cancela definitivamente un proyecto demencial. Pero, como casi siempre, a historia se mueve por el poder de la fuerza y no la fuerza de la razón.

 

            En cuanto a lo de la crítica con tu partido, me parece muy bien lo que dices. Pero, aquí, como en las antiguas cartillas militares, hay que decir, que el valor se le supone. Es de suponer la crítica dentro del partido. Pero, francamente, no me la creo, de ti sí, pero no algo general, si no, qué me dices de la disciplina de voto y de los expedientes cuando se desobedece, y de las listas cerradas… ¿de dónde salió el candidato para Extremadura? No, los partidos no son democráticos, no aceptan la crítica, las corrientes disidentes dentro de un mismo partido son penalizadas. Lee al socialista y diputado del PSOE, Santesmeses ¿Por qué no se discute seriamente una ley de partidos, por qué no se discute seriamente una ley electoral, cuando realmente se hace un flaco favor a la democracia? Pues porque no interesa. Y punto. Comparto y confío en que tú desde tu posición realices la crítica pertinente y adecuada a tu partido y creo que es la única manera de que la política mejore. Yo mismo animo a los jóvenes y en particular a mis alumnos a que deben participar en política afiliándose a partidos y sindicatos, para poder cambiarlos desde dentro. Pero, las estructuras, de momento, están tremendamente anquilosadas, y eso no se puede negar. De modo que me parece estupenda tu postura crítica y la creo, ya te dije, pero no es lo que aprecia la ciudadanía. Algo falla. En cuanto al comentario final, los trapos sucios se lavan en casa. Creo que esto se puede decir de una estructura privada, como una familia, no de una institución, como es un partido político. Precisamente, la ley de partidos debe garantizar la transparencia, pero esto, no lo habrá mientras que no cambie esta ley, entre otras cosas, la financiación…Un saludo.

 

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            Señor Carpedien, que por cierto ya me gustaría saber quién es usted, y no hablar con una máscara. Bastante que le contesto y pierdo, literalmente, mi tiempo. Mire usted, a mí no se me ha nublado el sentido. Usted, no ha comentado nada del artículo, ni de mi comentario. Usted hace un juicio de valor, que no se permiten en un discurso racional, sobre mi persona. Dice que no me ponga nervioso, nervioso, de qué. De defender la libertad, mira, nunca me ha temblado el pulso al defenderla públicamente y lo hago a diario, en mi trabajo, en mis escritos y en mi relación, problemática, intelectualmente habando, con los poderes. Y nunca me he puesto nervioso. Mire usted, mi discurso no pertenece a lo azul o lo rojo, como usted dice, hay muchos matices que creo que ni alcanzaría a comprender. En su discurso, confunde las churras con las merinas. Y desde luego que eso no es una contradicción, pero si contradictorio, y hay una diferencia, pero era sólo un aviso porque se le podría haber acusado de demagogia. Y yo considero que decía usted verdades, pero dentro de la estructura de su discurso perdían validez, de ahí mi advertencia. Insisto, es la primera vez que se me confunde tan claramente con un ala política, no ni siquiera ideológica o de ideas, lo cual significa que el que no ha entendido nada ha sido usted. Insisto, lea el artículo, sin pasión, mi reflexión, que es lo mismo, pero con cinismo o acidez. Pero confundir esto con ser un rojo o un azul y, por tanto, un dogmático, va mucho. Mire usted, llevo toda mi vida intentando aclararme mis ideas y a eso se le llama escepticismo. Y de ese proceso surge la crítica racional, que es lo que practico y que  consiste, ni más ni menos, que en desenmascarar los engaños, las supersticiones, los mitos, las creencias, las opiniones comunes y vulgares, y eso es todo… y se le llama, en su raíz latina, escéptico, algo muy distinto a dogmático. Y no tengo ningún dogma ni nueva verdad que aportar, es más, como señalaba Ortega, vivo como un vagabundo intelectual, nunca demasiado a gusto en ninguna postura. Me parece de muy mal gusto, esa afirmación de que “hoy no das una”, qué juez es usted, si no presenta pruebas, salvo algún error tipográfico…venga ya…argumente y no vuelva al insulto y la fácil descalificación. Y, desde luego, que seguiré con mi monólogo, diálogo interior, pues a eso se le llama pensar. Saludos.

 

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            Si es que el mundo se ha vuelto loco. Todo vale y todo se puede decir. Es increíble. Pero todo tiene su explicación, el posmodernismo, la anulación de los discursos racionales, la muerte del arte, de la ética y de la política. Un mundo de trepas y oportunistas. A lo mejor somos frutos de un genio maligno, que decía Descartes, o de una civilización extraterrestre que experimenta con nosotros…Se ha perdido el sentido, la esquizofrenia es total.

 

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            ¿Y con este alarde de dinero se soluciona la enseñanza? La cosa es más fácil, cambiar la ley. Culpabilizaron a la familia y al entorno sociocultural, ahora, al profesor. Ahora resulta que la dedicación se traduce en un mayor número de aprobados. Y que la carrera profesional se ve en que el profesor, como tiene más dedicación, rinde más y aprueba más a medida que pasan los años. Hombre, por dios, si estos señores se cargaron la carrera académica del profesor de enseñanzas medias. Si toda promoción, para cobrar sexenios, productividad, que llaman, formación permanente, no son más que cursos de los centros de formación del profesorado y de los sindicatos. Pero, hombre, por favor, qué saben estos de lo que es la promoción académica, si no habrán visto ni un libro ni en pintura.

 

Un poco de sentido común. Justicia es equidad, es decir, a cada cual lo suyo. Y esto lo contemplaba la anterior ley. Posibilidad de elegir y convivir. La actual ley es una anulación de la libertad. Es una forma de coacción, por tanto, digna de un régimen totalitario. Pero si no nos rebelamos contra la bajada de sueldo, la reforma laboral,…que atentan contra nuestra libertad, nuestros derechos y nuestra dignidad, cómo lo vamos a hacer ante una ley que levanta tantas pasiones y tan pocos argumentos, ni jurídicos, ni éticos… Yo también soy no fumador, y como lo fui, pues me molesta especialmente el humo del tabaco. Pero aborrezco los discursos de la salud pública, que son engañosos y lo que, en el fondo pretenden, es adoctrinar, domesticar y controlar a la ciudadanía con la artimaña más antigua, el miedo. El hombre renuncia a la libertad por el miedo a las consecuencias de ejercerla…vieja sabiduría.