¿No somos máquinas? Un robot es información, cualquier ser vivo es información. Lo que recibimos por los sentidos es información que cambia nuestra información interior. Lo que ocurre en nuestro cerebro es que se transmite información química de unas neuronas a otras. Elimina ese antropocentrismo. Otra cosa es que nosotros seamos capaces, por ahora, de crear inteligencia artificial y vida artificial.
Todo sistema totalitario tiened a eternizarse y hacerse omnipresente y considera cualquier alternativa como herejía. Pero recordemos que herejía es pensar de otra manera y no hay forma de dialogar si no se piensa de otra manera. La esencia de la democracia es la disidencia. Todo sistema, por muy democrático que se presente, que elimina la disidencia, por los métodos que sea, violentos o no, es un totalitarismo. Las democracias actuales son un claro ejemplo de ello. El colmo de la opresión y la eliminación de la libertad de pensamiento es cuando se piensa, incluso, que no hay alternativas. Éste último pensamiento es el de la mayoría de la población, prueba irrefutable del estado totalitario en el que vivimos. Vivimos en democracias clausuradas, lo contrario de la democracia que debe ser una sociedad abierta. Pero la apariencia de pluralidad y de libertad de pensamiento es cada vez mayor. Ahora, incluso, con las redes sociales. Falso, toda tecnología amplifica la realidad social material. Las nuevas tecnologías no son el detonante de nada, sólo amplificadores. No nos dejemos engañar con el pan y el circo de las nuevas tecnologías.

Me ha parecido estupendo tu artículo, Esteban. El asunto de la justificación ética de las acciones políticas es de importancia, sobre todo cuando éstas justifican el colonialismo (genocidio y etnocidio.) De lo que se trata es de pura ideología del poder para sostener su acción ante la ciudadanía. Y, como bien dices, es cuestión que se ha repetido a lo largo de la historia. Podríamos decir que es propio de la condición humana, de ahí tu escepticismo sobre el tema de que en un futuro se pueda llegar a una ética universal. Yo pienso igual, pero considero, al modo kantiano, que la acción política debe dirigirse por la idea regulativa de una ética cosmopolita. Los estados-nación, que aparecen en la modernidad, tiene que dejar paso, sin claudicar de su existencia, eso es imposible y, probablemente no deseable porque abriría las puertas a una dictadura mundial, a una legislación ético-política internacional vinculante, no sólo de buenas intenciones. Creo que el siglo XXI debe contemplar esta posibilidad y creo, además, que es el camino que debemos emprender si intentamos solucionar los problemas globales a los que la humanidad se enfrenta. Si no somos capaces de esto me temo que nos adentramos en una época de barbarie semifeudal. Una época de fascismo de las grandes corporaciones que se dividirán lo que queda del pastel. Un caos civilizatorio, en definitiva. Urge, pues, una salida ética-política cosmopolita y esto sería la antesala de una nueva historia de la humanidad. Pero, a mi modo de ver, todo apunta hacia lo contrario, una época nihilista caracterizada por el fascismo económico y político, la tecnobarbarie, la hiperburocratización, el hiperindividualismo y el hipercnsumo. En suma, el fin de la modernidad y el triunfo de la posmodernidad con su gran engaño. El progreso es contingente y, de la misma manera que conquistamos el concepto de persona y dignidad, hoy en día y, paradójicamente, lo hemos perdido enmascarado de democracia. Y ésa ha sido la justificación ética, la democracia, del imperialismo actual, que no es sólo de EEUU, sino mundial. Algo así como sostienen Hardt y Negri en “Imperio” y “Multitud”.
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Las revoluciones necesitan de los ciudadanos. Los ciudadanos alcanzan su mayoría de edad cuando su estado de opresión y miseria supera sus fuerzas. Entonces la ciudadanía se transforma en la luz y el poder en la oscuridad. La libertad está de parte de los ciudadanos y el miedo con el poder. El poder es más débil de lo que nos parece, lo que ocurre es que tenemos demasiado miedo y preferimos la seguridad de que todo siga igual. Por supuesto que la ciudadanía por sí sola tampoco va hacia ninguna parte, necesita de organización, de ideas reguladoras, para no caer en la barbarie, el caos y la tiranía. Pero el hecho de que los individuos se echen a la calle es una prueba de madurez y de plantar cara a la corrupción del poder. En Oriente Próximo también se nos está señalando a nosotros con el dedo. Por dos razones, primero porque hemos apoyado los regímenes totalitarios de esos países musulmanes, engañados por el miedo al islamismo y, en segundo lugar, porque aquí, en plena Europa se está desmantelando el estado social ante nuestras narices por parte del fascismo económico y con la cooperación de nuestros representantes políticos y nosotros sin hacer nada. El neoliberalismo está ganando todas las batallas, esperemos y sigamos el ejemplo de lo que es ser un buen ciudadano, que no gane la guerra.
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Patente de corso
Pronúnciese «elegetebé»
Hay varios cantamañanas convencidos de que la lengua no pertenece a quienes la hablan, sino a quienes deciden retorcerla a su antojo a golpe de guía y decreto. Me refiero a esos individuos de ambos sexos -ellos dirían individuos e individuas de ambos géneros- que se atreven, con la osadía de su ignorancia, a lo que ni siquiera pretende la Real Academia Española; que hace ortografías y gramáticas para ordenar y clarificar la parla castellana, pero no establece prohibiciones o valores morales -más allá de las marcas informativas vulgar, despectivo, peyorativo, culto o coloquial- sobre lo que la peña debe decir por la calle, en el bar donde no fuma, o en su casa. Pero hay gente, como digo, segura de que basta poner etiquetas de incorrección política o publicar guías normativas para que el habla de la sociedad se ajuste, sin más, al objetivo buscado. Y como en este país de tontos del ciruelo eso da votos, raro es quien no acaba apuntándose por iniciativa propia -el récord de imbecilidad socialmente correcta, aunque muy disputado, lo tiene de momento la Junta de Andalucía- o bajo presión del qué dirán, financiando verdaderos disparates; que luego, presentados con mucha gravedad y esmero, reservan al político de turno, cargo paniaguado o talibán de pesebre -a menudo se hacen la foto juntos, encantados de haberse conocido-, un lugar en los informativos regionales, o en los telediarios.
La penúltima es valenciana, a cargo del Consejo de la Juventud de allí; que con la colaboración del ayuntamiento local presentó hace un par de semanas su Guía del lenguaje no heterosexista: curioso documento donde, junto a reflexiones oportunas sobre la diversidad sexual y la necesidad de su reconocimiento social, los autores también se meten sin rubor a resolver, en cuatro líneas, complejas honduras de la lengua y su uso. Por ejemplo, manifestando que su objetivo es ser, modestia aparte, «herramienta útil y directa de lucha contra el patriarcado y el heterosexismo a través del lenguaje», a fin de que la creencia de que la gente suele ser heterosexual y adscrita a un sexo determinado -la guía, por supuesto, dice género- «vaya desapareciendo de la sociedad»; por ejemplo, evitándose «esquemas que presupongan la existencia de un padre y una madre». Con especial atención, teniendo presente la diversidad de situaciones familiares actuales, a «rechazar la presunción de heterosexualidad» en las personas. Lo que, dicho en corto, significa dirigirse siempre al prójimo en términos ambiguos y poco comprometidos sobre el sexo de su presunto padre y su señora madre, aunque los tenga. Por si acaso. Y aunque el interlocutor aparente ser varón o hembra -quizá porque lleve bigote o luzca unas tetas de la talla 98-, no dar nunca por sentado que es una cosa u otra, no vayamos a ofenderle la sensibilidad. Etcétera.
Estoy seguro de que esa pandilla de bobos socialmente correctos, que se extiende cual mancha de aceite de oliva virgen, no se da cuenta del lío en que está metiendo a la gente -recuerden a la pobre mujer que habló en la radio de subsaharianos afroamericanos-. De la confusión a que nos expone cuando mezcla conceptos lógicos y respetables con desvaríos de género y génera, con radicalismos idiotas que camuflan la entraña del asunto: la necesidad indiscutible de orientar a la sociedad hacia un cambio de mentalidad y actitudes, haciendo justicia a colectivos sometidos al ninguneo y al desprecio. Sin embargo, para eso hacen falta cultura e inteligencia, elementos poco habituales en la clase política y sus clientes subvencionados. Es más fácil apuntarse dos capotazos en plan caricatura, tachando de reaccionario, machista y homófobo a quien discrepe de las maneras o, con toda la razón del mundo, se chotee del negocio. Ya me dirán ustedes qué suerte puede correr una causa, por noble y razonable que sea, cuando se aliña con estupideces como que es necesario proscribir la expresión «relaciones entre chicos y chicas», por excluyente, cambiándola por «relaciones sexuales»; o cuando se afirma que la palabra homosexual se usa de forma limitadora e «invisibilidad» a las lesbianas, y debe sustituirse de inmediato, por escrito y en el habla cotidiana, por las siglas LGTB. Que engloban a lesbianas, gays, transexuales y bisexuales, y además queda más corto y manejable «por economía lingüística».
De manera que, señoras y caballeros, ha nacido otra estrella. Según la guía valenciana, usted y yo deberemos decir en adelante, so pena de ser llamados fascistas homófobos, «Día del orgullo LGTB» -pronunciado elegetebé, ojo-, «comunidad LGTB» y «LGTBfobia». El puntazo, sin embargo, viene al final, cuando la guía se refiere a condenables «expresiones heterosexistes com ara donar per cul». Lo que significa que, a partir de ahora, tampoco podremos utilizar la gráfica, rotunda y siempre útil -especialmente en España- expresión «vete a tomar por culo». Por elegetebefóbica.

Primero. Nadie ha dicho que ocurriesen de la noche a la mañana, pero sí en cuestión de décadas. La democracia, a nivel mundial, no la española, que salió viciada y blindada desde la constitución, para que sea lo que es, lleva en crisis cuatro décadas. Y desde 1970 ya hay modelos sociales y económicos alternativos que tienen que ver con los modelos de crecimiento.
Eso que llamas tan básico, no debe serlo, cuando la inmensa mayoría vota a los dos partidos que no lo quieren porque desde la constitución está resuelto a su favor. Izquierda Unida y UPyD, no son ninguna utopía, sino opciones serias y presentan alternativas. No identifica IU con el comunismo, ni éste con la Unión Soviética. De todas formas el marxismo está anclado en el modelo capitalista. Es necesaria una reforma del mismo que tiene que ver con el ecosocialismo. Éste último implica una regeneración de las relaciones humanas y de éstas con la naturaleza, desde la perspectiva de los límites de la biosfera de la que somos parte necesariamente. Una redistribución de la renta y una redistribución del trabajo. En última instancia una política económica del decrecimiento. Y esto, que no sé si te sonará, pero que no desarrollo, por lo amplio y técnico del asunto, no es ninguna utopía. Entra dentro de lo que llamaríamos una ingeniería social fragmentaria, que es lo contrario de una utopía. En cuanto a UPyD, no presentan una alternativa económica, pero sí democrática que es conveniente tener en cuenta. Esas opciones no son utópicas, son, dadas las circunstancias de engaño, ignorancia y miedo, inviables, de momento. La utopía, más bien, la distopía, es el modelo en el que vivimos que es el neoliberal que tiene a la base un dogma y es el crecimiento ilimitado y que liga éste, imposible de suyo, por el principio de entropía, al desarrollo social y democrático. Otro mito y farsa. El país llamado a sustituir a los EEUU. es un totalitarismo y tiene un ritmo de crecimiento del diez por ciento. El desarrollo económico no implica el desarrollo social y democrático. Ahora bien el desarrollo democrático si implica la redistribución de la riqueza y del trabajo. Es la socialdemcoracia, que no ha muerto como ideología, ni como forma de organización social, sino que frente a ella ha triunfado la ideología del mercado. Y una de las estrategias de éste ha sido sumir en la ignorancia y el hedonismo individualista al ciudadano convirtiéndolo en siervo-señor, mientras que se cree libre, pero es esclavo, al modo de Matrix o de la caverna platónica. Si unimos la socialdemocracia, que no ha muerto, insisto, y que muchos creyeron renacer en el 2008, como forma viable de organización, al pensamiento ecológico que arranca del discurso de Roma de 1970 de “Los límites del crecimiento” tenemos el andamiaje para un modelo social viable y más justo. Y si a esto le sumamos, lo que para mí es de necesidad, una política económica de decrecimiento, esteremos en buen camino. Pero mientras que se siga en esa actitud escéptica-nihilista, y autosatisfecha, porque todavía no nos ha llegado el hambre, entonces la distopía avanza con paso firme. Esta distopía es la utopía de la tecnobarbarie y el progreso y que puede acarrear un colapso civilizatorio. Pero, no pasa nada, no es el primero, pero sí sería el primero global. Acabaríamos, en un decrecimiento necesario en la que el poder estará en manos de las grandes corporaciones que habría ido sustituyendo a la ciudadanía y sus representantes, la política. Por su parte, la población se iría viendo mermada por catástrofes, guerras y epidemias. Todo en cuestión de décadas. Ya llevamos cuatro, y el monstruo empieza a enseñar sus colmillos. El mal radical ha existido en el siglo XX y los ciudadanos, por ignorancia, complacencia, pereza y cobardía lo consintieron. Pero también hubo una resistencia que tuvo su efecto y de la que surgió la socialdemoracia de la que todavía somos beneficiarios (sanidad, educación, becas, pensiones, justicia, redistribución fiscal…), aunque cada vez menos. Insisto, la utopía es la neoliberal, pero vivimos bajo ese sueño. Una joven manifestante en París, el año pasado, sostenía una pancarta en una manifestación que lo dice todo “Queremos vivir como nuestros padres”. La regresión es ya un hecho dentro de la ideología del progreso. El que se sienta a mirar la historia es arrastrado por el ángel exterminador de la misma.
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Antonio, muy bueno tu comentario, lo he leído después de poner el mío. Desde luego que las cosas en la historia de las ideas son de largo alcance. No hubiese habido ilustración sin cristianismo, ni derechos humanos sin un fray Bartolomé de las Casas. Pero la lucha ilustrada, curiosamente, fue contra la iglesia como institución de poder que utiliza el miedo y la superstición para esclavizar. El concepto de progreso no es ilustrado, lo que sucede es que la ilustración lo seculariza. El concepto de progreso viene del cristianismo-judaísmo y su visión de la historia. También en la mentalidad griego ocurre algo similar. Tenemos el mito de la caída, que, también se recoge en el génesis. Y que es la otra cara del progreso. La ilustración seculariza estos mitos y los convierte, desde la razón absoluta, la instrumental que llamaron los franfurtianos, en un instrumento de poder absoluto. Es lo que llamo la perversión de la razón ilustrada. Y, precisamente, el neoliberalismo, con su fin de la historia, muerte de las ideologías y pensamiento único, es la última utopía-distopía, basada en la idea del progreso. Por eso considero que la ilustración es un proyecto inacabado porque se pervirtió en sus orígenes. Y es verdad, precisamente lo interesante ahora, que además niega de plano la ideología neoliberal, es lo que está ocurriendo en oriente próximo y también en Latinoamérica y lo que puede ocurrir en Europa, en Grecia están en ello, como apuntas. La historia no ha terminado, ni se rige por leyes necesarias. Y los ciudadanos tenemos un papel en la misma, a veces incluso de forma directa y anárquica pero con capacidad de autoorganización. Luego la ciudadanía asume las ideas que ya habían sido creados décadas antes y que vienen del fondo de la historia y de las que eran inconsciente porque vivían en un sueño de apariencias. Y es el hambre, la miseria y el atentado contra la dignidad, lo que hace que la ciudadanía tome conciencia. Aquí Marx sigue teniendo razón.
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Rafael, soy filósofo, y considero que la historia es contingente, no adivino o economista, que creen en el destino y las leyes universales de la historia. Lo que pasa es que a las personas les gustan las mentiras piadosas y acomodaticias...somos seres de creencias. Nunca podremos saber lo que nos ocurrirá en el futuro, ni el fin de nuestros días, pero nos gustaría saberlo. Toda la cultura es un intento de llenar este hueco, este sinsentido… Lo que si es cierto es que nuestra muerte y el fin de la humanidad serán hechos consumados algún día. Lo que me preguntas es, precisamente, lo que todas las utopías prometen…la planificación social del futuro. Es necesario desarraigar ese pensamiento de nuestra conciencia.
Ya que hablas de ilustrar, ¿se pensó alguna vez que caería el antiguo régimen y que se proclamarían los derechos del hombre y del ciudadano? ¿Se pensó que se daría fin al régimen esclavista? Mira, el estar sumergido en un pensamiento nos impide ir más allá. Nuestras democracias están secuestradas por un pensamiento único, el neoliberal, del que una gran mayoría participa inconscientemente. Cuando no se ven alternativas es que todo está por hacer. Para empezar, estudiar las alternativas. Cuando se dice que no hay alternativas, desde la comodidad de la ideología y la creencia dominante, entonces es que se está rendido de antemano. En definitiva eso es un triunfo del poder. Algo similar ocurrió en la segunda guerra mundial. Hubo una connivencia de la ciudadanía y de gran parte de la intelectualidad. El poder subyuga, y una de las formas de hacerlo es por la ideología y el miedo. El hombre quiere la libertad pero la vende por un plato de lentejas, prefiere la comodidad, a pesar de perder su libertad.
Pero en nuestra democracia las cosas son peores. El bipartidismo es un efecto de la constitución y de las leyes de partidos y electoral. Son éstas las que habría que cambiar. Los partidos mayoritarios no quieren, pero a gran parte de la ciudadanía sí le interesa. Hay diversos caminos para conseguir esto que nos daría una democracia más sana, pero para ello no hay que quedarse parados y pensar que sólo existen dos partidos. Sólo hay dos alternativas, que en el fondo son la misma, porque nosotros nos lo creemos, existen otras opciones políticas. Y existe la opción política de cambiar a los partidos y a los sindicatos más importantes desde dentro. Pero eso exige la participación en esos movimientos. Hay que afiliarse y cambiarlos desde dentro. Los partidos políticos y los sindicatos, tal y como están establecidos hoy en día, son obsoletos. Tienen los días contados. Urge cambiarlos desde dentro. Si queremos una democracia más plural es requisito indispensable cambiar la ley de partidos y la ley electoral. Los partidos deben ser abiertos, no listas cerradas. Todos deben tener la misma subvención pública. Y hay que prohibir la subvención privada, ése es el fondo de la corrupción y de que los partidos se olviden del pueblo y gobiernen para sus intereses. Hay que eliminar la obediencia de voto e introducir la democracia en os partidos. La ley electoral tiene que tomar como circunscripción electoral a la comunidad, y no a las provincias. Esto nos acercará más al ideal de la democracia, un ciudadano un voto. De la otra forma, se pierden inútilmente cientos de miles de votos. Es una desfachatez. Todas estas cosas las defienden algunos partidos. Pero es que, además, es de sentido común, y deberían defenderlos los mayoritarios, pero estos gobiernan para sí mismos. No los votemos, simplemente. Voto en blanco. Desobediencia de la ciudadanía. El poder tiene miedo a las concentraciones, la desobediencia civil, las huelgas, la abstención, el voto en blanco. Todo eso está en nuestras manos. También se pueden hacer agrupación de electores que pongan zancadillas a los partidos mayoritarios. En definitiva, hay que implicarse. Se pueden hacer cosas, primero informarse, después actuar. Pensar que no hay alternativas, cuando estamos en una fase final de la democracia es haber sucumbido al engaño y la pereza. La democracia, y la nuestra en particular, exigen de una renovación desde sus fundamentos. El poder ciudadano no puede ser menospreciado. Los gobernantes nos temen. Eso es lo que está ocurriendo en Murcia, lo que ha ocurrido en Extremadura, lo que sucede en el próximo oriente. Si no vemos alternativas somos peones en manos del poder, hemos claudicado y nos hemos vuelto cómplices.
TRIBUNA: FELIPE GONZÁLEZ
Davos y la política
FELIPE GONZÁLEZ 04/02/2011
Cuando se produjo la implosión del sistema financiero global allá por el otoño de 2008, fundamentalmente en Estados Unidos y Europa, porque Japón llevaba muchos años en una prolongada crisis, hubo un clamor general para que los responsables políticos intervinieran. Dejar caer a Lehman Brothers, primer banco de inversión del mundo, se consideró un error y el pánico se propagó por todos los países centrales. La recesión mundial fue la consecuencia de ese estallido.
Algunos consideramos que la política, ausente en la era de hegemonía del pensamiento de la "mano invisible del mercado", de la desregulación, estaba de vuelta. Los irresponsables que con sus malas prácticas nos llevaron a esta catástrofe, se agazaparon y pidieron a gritos ser rescatados.
Parecía, en efecto, que aunque fuera a un coste inmenso, la política como representación de los intereses generales, empezaba a tomar las riendas del mercado para desarrollar un marco regulatorio y un sistema de control que evitara la galopada de los movimientos de capital puramente especulativos, de la proliferación de esos "derivados" sin registros contables ni conexión con la economía real o de los bonus escandalosos para accionistas y ciudadanos.
Lo primero fue el rescate. Centenares de miles de millones de dólares o euros, en Estados Unidos o en Europa, se destinaron al saneamiento de las entidades financieras en crisis. Y aún más, según los casos, a paliar los efectos en la economía real de los países occidentales. Sin excepciones, el impacto de este esfuerzo financiero, recayó sobre el déficit y sobre la deuda de los países afectados. Es decir, sobre los ciudadanos.
A continuación empezó una lucha distinta. La política parecía dispuesta a limitar los despropósitos que se habían producido en el funcionamiento anómico de los mercados. Se pretendía acabar con la enorme cantidad de ingeniería financiera sin base real; con la ausencia de contabilidad de operaciones llenas de humo que iban creando la burbuja que terminó por estallar. Incluso se estaba pensando en cómo limitar las operaciones a futuro que tensionan al alza los precios de las materias primas -incluidas las alimentarias-. En definitiva, lo que se estaba buscando es que la política gobernara a los mercados y no fuera gobernada por estos.
Las escenas vividas en Davos indican algo muy diferente. La política a la defensiva y los representantes del sistema financiero rescatado al ataque. Merkel y Sarkozy defienden el euro ante las dudas planteadas sobre su capacidad de supervivencia. "Es nuestra moneda y la vamos a mantener". "No se engañen, saldremos de esta situación y no dejaremos caer a ningún país del euro", etcétera.
Los analistas financieros, los felices rescatados por las arcas públicas, los que no advirtieron la que se nos venía encima con sus prácticas intolerables, están crecidos. Vuelven a pronosticar y a recomendar a los políticos qué es lo que deben hacer. Su lenguaje suena así: "No se ocupen de nosotros, ni de nuestros bonos, ni de cómo y con qué productos debemos operar, ocúpense de reducir sus deudas y controlen sus equilibrios presupuestarios". "O sea, nos tienen que dejar a nuestro aire, que hagamos lo que queramos y ustedes deben ocuparse de sus asuntos. Si no nos dejan tranquilos no habrá créditos para la economía productiva".
O sea, muchos de ellos estaban quebrados, como Lehman Brothers, fueron rescatados con dinero público, es decir con endeudamiento de los Estados, provocaron una catástrofe que continúa en la economía real. Y, ahora, vuelven a dictaminar sobre lo que deben hacer los políticos, poniéndolos a la defensiva. Es demasiado descaro para que la opinión pública no esté indignada, aunque hayan logrado que lo esté más con los responsables políticos.
En estos momentos estamos soportando de nuevo las operaciones a futuro sobre granos, es decir sobre la alimentación. Una mala cosecha en Rusia, más los incendios, produce una supresión de exportaciones. Lo que afecta a la oferta mundial no es significativo por sí mismo, pero los movimientos especulativos tensionan al alza los precios en todas partes. En el norte de África, por mirar cerca de nosotros, nos encontramos con una nueva "revuelta del pan", aunque mezclada con el trasfondo de ansia de libertad de mucha gente.
Y nos sentimos inermes. Cualquier especulador puede comprar siete cosechas de arroz o de trigo, o de..., con un afianzamiento del 5% de su valor estimado. La presidencia francesa del G-20 intenta recuperar la idea de una tasa, bien sea mínima, a los movimientos de capital. Si el movimiento no es especulativo, la tasa será indolora. Si lo es, y se repite cada 24 o 48 horas, empezará a pesar en los especuladores. Es una buena idea que nos retrotrae a la nonata tasa Tobin.
Pero si, como temo, no sale adelante, se podría cortar de raíz este movimiento que provoca hambre y desesperación en el mundo, exigiendo un afianzamiento del 60%. Menos trámites de acuerdos imposibles -hasta ahora- y poner cara la especulación salvaje, aumentando en serio el riesgo para los actores.
Pero, en fin, es solo una parte de esta fronda que nos llevó a la crisis y que teníamos la esperanza de que la política, de vuelta, pudiera racionalizar. En los debates de Davos parece que esa esperanza se convertirá en melancolía y que de nuevo incubaremos la siguiente burbuja financiera. Entonces nadie tolerará que se vaya al rescate de los que la provocan, a costa de tanto sufrimiento.
