

Absolutamente de acuerdo, Manolo. No se puede sacralizar. Esto nos lleva a dogmatismos y, peor, fanatismos como señalas. Carpediem toca un tema muy delicado: los límites del conocimiento. Pero creo que estos no se pueden relacionar con la actitud creyente de muchos científicos. Desde la objetividad la ciencia excluye a la creencia en tanto que ésta intenta explicar el mundo. Pero éste es sólo un aspecto de la creencia. La actitud religiosa es una forma de estar en el mundo, es la forma primigenia de estar en el mundo, es la forma adaptativa que nos permitió sobrevivir, cuya primera forma fue precisamente algo similar al animismo. Por tanto, nuestra creencia en lo anímico, lo sagrado, lo espiritual, tiene una raíz filogenética. Es el centro del origen de la cultura. Nuestro cerebro está diseñado para creer, es un fabulador de realidades, léase al neurofisiólogo Llinas, “El cerebro y la construcción del yo”. Lo que quiero decir con ello, es que el origen de la creencia no es el hecho real de que la ciencia no puede explicar la totalidad. El conocimiento científico tiene límites bien marcados. Estos límites son internos y externos Los que tienen que ver con los límites sociopolíticos e históricos). Los internos vienen por nuestra propia construcción cognitiva. Hay que tener en cuenta, y esto es uno de los grandes enigmas de la evolución, que nuestros cerebros no evolucionaron para hacer ciencia, ni la música de Bach, que ahora escucho, sino como respuestas adaptativas. Por esos nuestro cerebro, su construcción es, digámoslo así, chapucera. Su estructura es el fruto de construcciones que se amontonan y que han ido sirviendo como respuestas adaptativas. El conocimiento es una consecuencia colateral. Pero es que, además, tanto la percepción del mundo, como su entendimiento está ligado a nuestra propia estructura. Con la tecnología hemos trascendido ampliamente los sentidos, aunque no totalmente, por supuesto, pero nuestros conceptos, la sintaxis con la que entendemos-construimos la realidad, condiciona esa realidad. Esto es un resultado también de la teoría cuántica, sin, por ello, caer en el subjetivismo, como muchos científicos y filósofos hicieron. La objetividad consiste en que todos tenemos unas categorías, heredadas filogenéticamente, universales para acceder a lo real, pero la realidad que conocemos es construida por estas categorías. Otros seres inteligentes tendrían otra forma de ver el mundo. La objetividad clásica, la diferencia radical entre sujeto y objeto, es otra rémora de la modernidad antropocéntrica. Ya se dio cuenta Kant de ello. La realidad es mucho más amplia que el conocimiento y la objetividad. O, el mismo Spinoza, al que siempre vuelvo, tanto en ontología, como en ética. Si la realidad es la sustancia infinita, tiene infinitos atributos y cada uno de ellos infinitos modos. Los atributos que conocemos son la extensión (hoy hablaríamos de las cuatro dimensiones) y el pensamiento). Y, desde este pensamiento (el del homo sapiens) es desde el que tenemos acceso a la materia. Así que el límite del conocimiento no es un x ignotum, sino una imposibilidad estructural y ontológica. Este camino de humillación también nos pone en nuestro lugar. Como decía Carl Sagan, no somos más que una voz en la gran fuga cósmica.
La imagen determinista y mecanicista del mundo hizo posible el surgimiento de la ciencia y su gran apoteosis. Sin esa simplificación la ciencia hubiese sido imposible. Pero, como sabemos, el mundo es más complejo. Lo material no se puede reducir a la razón mecánica que se explica por la causalidad eficiente. Ni siquiera la misma física clásica es del todo determinista. En el fondo está el tema de la libertad, pero no lo voy a abordar aquí. La misma física clásica bajo sus ecuaciones lineales llega al problema de la probabilidad con la teoría de los gases. Y aquí está ya planteado el problema. Esa probabilidad es objetiva o subjetiva. Si es lo último sería incertidumbre. Es decir, falta de conocimiento. Esa fue la opción de muchos. Sin embargo algunos pensaron que la probabilidad era objetiva. En dos sentidos, en tanto que la podemos tratar matemáticamente, ley de los grandes números. Y, en segundo lugar, es un aspecto de la naturaleza. Es decir, en la naturaleza ocurren cosas estocásticamente. Esto es importante porque abre el camino a la ciencia del siglo XX. La física cuántica plantea el problema en su forma más profunda a partir de los principios de indeterminación de Heisenberg y el experimento de la doble rendija. Todo ello nos hace pensar que la realidad material es distinta a la imagen que nos ofrece el mecanicismo clásico. Ya no podemos hablar de corpúsculos, sino de amplitud de probabilidad que se representan en el espacio de Hilbert. El experimento de la doble rendija exige otro concepto de materia que se adapta al de amplitud de probabilidades. Ahora bien, esto no elimina la posibilidad de predicción. La física cuántica está a la base de gran parte de nuestra tecnología, es decir, los fenómenos cuánticos son perfectamente predecibles. Es más, la teoría cuántica ha sido, epistémicamente, de las más exitosas. Otra cosa es que haya, como lo llamaba Popper, un gran embrollo cuántico, en el que hay planteado problemas filosófico-científico de trascendencia. Pero, en su dimensión pragmática, la mecánica cuántica es una de las teorías más exitosas de toda la ciencia.
Lo bueno es que, sin renunciar a la objetividad, al realismo crítico y a la racionalidad crítica, todo esto nos exige una nueva concepción de la materia en la que el azar es importantísimo y de ahí se deriva la emergencia. De estados básicos surgen estados más complejos. Por otro lado, ese nuevo concepto de materia se ha alimentado también de otros desarrollos científicos procedentes del ámbito de la matemática y el estudio de fenómenos complejos como el clima. Estas teorías son fundamentalmente tres, la teoría de los fractales, la teoría de la complejidad y la teoría del caos. A ello hay que sumarle la teoría general de sistemas, procedente de la biología. Este conjunto de teoría no violan, ni la objetividad, ni el realismo, ni la posibilidad de predicción. Pero sí nos ofrecen una nueva forma de ver la materia que es más profunda y menos simple. Y de esta nueva visión de la materia surge la idea del materialismo emergentista. Todo es materia, pero en la propia estructura de la materia (no entender aquí corpuscular, porque esto es una traición de nuestra imaginación) está la capacidad de organización que genera, por sí misma, estructuras sistémicas superiores. Es la idea de estructuras disipativas del Nobel y bioquímico Prigogine. Estas estructuras sistémicas superiores son cada vez más complejas y se producen relaciones causales de retroalimentación. Entender desde la complejidad, el emergentismo, las relaciones sistémicas,… las relaciones entre hombre y naturaleza, sería la base de un nuevo paradigma, que sustituye al mecanicista, que beneficiaría al propio hombre. Pero, un aviso, detrás de todo esto hay ciencia, no magia ni misticismo. Lo que sucede es que la ciencia cada vez se parece más a una visión mística del mundo. No debemos salir del panteísmo de Spinoza. Dios o naturaleza, naturaleza o dios.
La evolución no para nunca. El ser humano no es nada especial. Vamos a ver. Desde la teoría puntual de la evolución puede haber un estado de equilibrio en el que no hay evolución. El error viene de la idea filosófica que subyace a la teoría sintética de la evolución, que consiste en pensar que hay un progreso en la evolución. La evolución, ni es progresiva, ni constante, ni tiene un sentido y, menos, una finalidad. Todas las especies existentes están perfectamente adaptadas, hasta que desaparecen por inadaptación al cambiar el medio. Pero otro error, que viene de la teoría ortodoxa, es la separación radical entres ser y medio. Todo ser vivo transforma el medio. Si no hubiese sido así, por poner un ejemplo extremo, no habría aparecido el oxígeno en la atmósfera debido a las cianobacterias, lo cual le acarrearía su propia destrucción. El hombre transforma el medio, efectivamente, pero, no puede exceder el medio. La cultura, todo aquello que excede la naturaleza, pero que procede de ella, es nuestra forma de adaptación al medio que conlleva, como en todos los seres vivos, una transformación a nuestro favor de ese medio. Las relaciones entre los seres vivos crean y producen el medio, éste debe ser incluido dentro de la evolución. Cuando hay un equilibrio, las relaciones son de simbiosis, ahora bien, puede ocurrir que las relaciones sean parasitarias. En tal caso se puede terminar con el huésped o éste, con el parásito. En el cado del homo sapiens es esto último lo que puede ocurrir. El hombre no puede acabar con la biosfera, ni aunque se lo proponga, como dice Margulis.
Por otro lado, decir, que el hombre no es ninguna especie definitiva. Esto conlleva un sentido finalista de la evolución, un sustrato teológico-filosófico. El hombre es una especie más, que está aquí como resultado del azar y la necesidad y, su fin, depende de esas mismas leyes. Soy más partidario del equilibrio puntuado que del neodarwinismo, por los problemas filosóficos y científicos que se le plantean a éste. Los cambios siguen existiendo, pero hay que tener en cuenta que los cambios, por ejemplo, en el cerebro no tienen que tener un aspecto morfológico. Por ejemplo, existe una tesis, la de los monstruos comportamentales, según la cual, un cambio adaptativo tiene que ver con la conducta, con la forma de actuar del ser vivo. En tal caso, podemos entender a los superdotados como avanzadillas de la evolución. Siempre, por supuesto, teniendo en cuenta que no hay ni tendencia ni sentido.
Por otro lado, hay que hacer notar también, que en el homo sapiens hay que contar con lo que podemos llamar tecnoevolución. Nuestro conocimiento científico está sirviendo para transformarnos. Hay dos vías abiertas que se retroalimentan: la cibernética con la cual se podrán incrementar nuestras capacidades generando ciborgs, organismos biológicos y cibernéticos (simplemente tener un marcapasos es el inicio de un ciborg) y, por otro lado, la ingeniería genética en sus dos aplicaciones. Una eliminar desde el inicio las malformaciones y enfermedades de origen genético y, por otro, la potencialización de nuestras facultades y defensas. Todo esto abre un nuevo camino de la evolución humana. Ahora bien, en este caso sí seria finalista, porque estaría dirigida por las intenciones del hombre. Y aquí es donde podría surgir un debate ético-político.
PENSAMIENTO
Lo que siempre son los otros
MANUEL CRUZ 04/12/2010
Lo específico del dogmático no es tanto que no esté dispuesto a debatir como la forma en que plantea el debate
El título del presente artículo bien pudiera servir como apresurada definición del dogmático. Definición que viene a destacar, de entre los diferentes rasgos que convergen en la figura, el de que el dogmático nunca se reconoce a sí mismo como tal. Quizá porque (¿interesadamente?) tiende a confundir dogmatismo con fanatismo, que es más bien la actitud característica de quien se aferra a sus ideas o principios con tanta vehemencia como falta de espíritu crítico, y eso le hace sentirse al dogmático a salvo de la imputación.
Lo específico del dogmático, pues, no es tanto el hecho de que no esté dispuesto a debatir, como la forma en que plantea el debate. Obsérvese que digo la forma, porque el fondo en cierto sentido podríamos considerar que está claro: el dogmático entiende que el conjunto de sus opiniones no admite contradicción ni controversia (de hecho, es así como queda definido en el Diccionario de uso del español, de María Moliner: "Se dice de la persona que no admite contradicción en sus opiniones"). Sin embargo, a diferencia del fanático, no acepta que su inflexibilidad sea debida a ninguna abdicación de su capacidad reflexiva, ni cree que la ausencia de toda duda deba atribuirse a adhesión acrítica a dogma alguno, sino que, por el contrario, tiende a interpretar la propia firmeza como la prueba inequívoca de la solidez de las tesis que defiende.
¿En qué se reconoce entonces al dogmático? Por lo pronto en que, visto que no puede clausurar las discusiones con ningún recurso del tipo "¡hasta aquí podríamos llegar!", "pero usted, ¿por quién me ha tomado?", "en ese caso, ¡apaga y vámonos!" (u otras modalidades de muerte súbita del debate con las que los fanáticos de cualquier signo obturan la posibilidad de que sean puestas en cuestión sus más profundas convicciones), acostumbra a recurrir a un tipo de estrategias, en apariencia más respetuoso con las reglas del juego de la libre discusión, pero orientado a un único fin, a saber, el de desactivar las críticas.
En alguna ocasión he propuesto describir al dogmático como aquel tipo que, a cualquier objeción que se le ponga, replica siempre y sin vacilación alguna "más a mi favor". Pretendía señalar con esta descripción que, aunque el propio dogmático acostumbre a ignorarlo, este proceder en último término podría ser blanco de las críticas del mismísimo Popper, quien, en reiteradas ocasiones, señaló que el rasgo más característico de las doctrinas metafísicas (en especial las de inspiración hegeliana: véanse al respecto las clarificadoras consideraciones de Gianni Vattimo al principio de su Adiós a la verdad) es precisamente el hecho de que son capaces de neutralizar cualquier elemento eventualmente falsador de su doctrina, darle la vuelta, hacerlo jugar a su favor y convertirlo en prueba de su verdad.
Otra figura del dogmático, susceptible de recubrirse de más actualizados ropajes, es la del que impugna sistemáticamente el dato, la situación o incluso el testimonio que pudieran poner en tela de juicio sus convicciones apelando a criterios presuntamente metodológico-formales. Tampoco se presenta esta otra figura, conviene subrayarlo, como enemigo del conocimiento (rasgo que lo identificaría de manera explícita con el fanático más obtuso), sino como el apasionado defensor de un conocimiento máximamente riguroso y fiable. Las preguntas que pueden operar como indicadores de que estamos ante esta variante del dogmático acostumbran a ser del siguiente tenor: "¿de dónde has sacado el dato?", "¿en qué fecha se hizo la encuesta?", "¿me estás hablando de países de nuestro mismo entorno?", "¿qué metodología siguieron los investigadores?", y similares. Estrategias que apenas consiguen ocultar el propósito último de negar la potencialidad heurística -y, eventualmente, impugnadora- de la información o dato que su interlocutor ha presentado como crítica.
Probablemente nada resultaría más fácil, llegados a este punto, que ceder a la tentación de intentar ilustrar las ideas precedentes con algún ejemplo cercano en el tiempo o en el espacio y señalar con el dedo a algunos de los muchos filósofos, políticos y científicos sociales que cuadrarían con las descripciones precedentes. Pero mucho me temo que, de actuar así, le estaríamos haciendo un flaco favor a las ideas expuestas en este papel. Porque repárese en que, como se ha subrayado desde el primer instante, en demasiadas ocasiones la deriva dogmática se alimenta, paradójicamente, del que, a primera vista, podría parecer su más eficaz antídoto: la razón. Cosa que ocurre no sólo cuando la utilizamos para producir ingeniosas hipótesis ad hoc (Descartes quizá haya sido el más acerado crítico de esta extraña variante de trampas al solitario al que parece tan proclive el ser humano), sino también, y tal vez sobre todo, cuando hacemos acopio de argumentos para cargarnos de razón, en vez de para cuestionar nuestras propias convicciones, que es la única vacuna conocida contra el dogmatismo.
Por eso se puede afirmar, con escaso temor a equivocarse, que probablemente no haya mayor dogmático que el incapaz de percibir su propio dogmatismo, de idéntica forma que no hay mayor sectario que el que ve sectarismo en todas partes menos en su propia secta (a la que no acostumbra a considerar secta, sino iglesia, por cierto). Peor para todos, pero, sobre todo, peor para el propio dogmático. Quizá el dogmatismo venga a constituir una de las formas que tiene el pensamiento de morir. Porque, a fin de cuentas, ¿qué es la muerte sino precisamente eso que siempre le pasa a los otros?.

Excelente comentario, Ruben. La filosofía, como actividad crítica, como saber de segundo orden, debe analizar la ciencia en su dimensión ética y prevenirnos de los dogmatismos que pueden llevarnos incluso a los totalitarismos. Esto es así porque la ciencia está implicada en la sociedad. Y por eso es necesario un conocimiento de las relaciones entre ciencia, tecnología y sociedad. Cuando yo hablo de la necesidad del estudio de la ciencia en su dimensión histórica me refiero al periodo de formación, no en la actividad de investigación. Por otro lado, la filosofía, el pensamiento crítico, y eso lo olvidamos, porque participamos del cientificismo, tiene un aspecto positivo. La cuestión ética y política, forman parte de su ámbito. Y, aunque las ciencias, fundamentalmente a partir de la biología evolutiva, la etología, la psicología evolutiva, etc, aportan luz y conocimiento sobre la naturaleza humana, la reflexión en el ámbito ético y político, así como la propia acción, dependen de la filosofía. Nuestra cultura tecnocientífica nos hace olvidar los grandes logros de la filosofía, que, además, son condición de posibilidad del desarrollo tecnocientifico. Me refiero, por ejemplo, a la democracia, como forma de gobierno o a los derechos humanos como guía ética, política y judicial de la humanidad.
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Excelente reflexión, David. Esto es algo, que como Antonio, me planteo continuamente. Tus reflexiones han dado una forma más clara a mis ideas. La dimensión histórica en la enseñanza está abandonada por conveniencia de la ideología del poder. El conocimiento del pasado nos lleva a la posibilidad de un pensamiento crítico y disidente. El Pasado es entendido casi como una justificación de nuestro presente paradisíaco. Si no conocemos el pasado, nuestras raíces, no podemos proyectar el futuro. Y, como sabemos, el objetivo fundamental de la educación es la adaptabilidad, no la capacidad de transformación de la realidad. Por eso, el pasado no interesa. O, interesa, mejor, de forma falseada. Si queremos individuos felices y adaptables, como señala Raus., es necesario que sean ignorantes de su pasado y que su mente, desde el conductismo y el constructivismo, sea concebida como una tabula rasa. Gran error y, sobre todo, gran engaño manipulador. Con ello, los teóricos de la educación, quieren convertir a ésta en un experimento de ingeniería social al mejor modo orwelliano.
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La hipótesis de Gaia es tremendamente interesante. Ha sido atacada de acientífica, pero ello es un error. Porque lo que ha sucedido es que los que la atacaban tenían una concepción mecanicista de la ciencia y la realidad. La teoría de Lobelock no es acientífica, sino que supone un tipo de relación en la realidad que entra dentro de la teoría de sistemas. Desde esta teoría los fenómenos no se entienden de forma separada, como unidades autónomas que se vinculan por medio de la causalidad eficiente, sino como un conjunto de relaciones complejas, no direccionales, de las cuáles surge propiedades emergentes nuevas. Así podemos entender la teoría de Gaia, desde la concepción sistémica. Esto no es confundir la tierra con un ser vivo, con conciencia y demás. Sino considerarla como un sistema con propiedades emergentes. Y es en esta situación en la que podemos entender la relación entre el hombre y la naturaleza o el planeta. Somos parte del sistema y estamos en relación necesaria con él. Pero nuestra relación puede ser simbiótica o parasitaria. En el caso de la primera deberíamos asumir nuestra igualdad natural u ontológica con el resto de seres naturales y nuestra interdependencia con respecto a ellos. La relación parasitaria, que es a la que nos ha llevado nuestro desarrollo cultural desde el neolítico, sin posible vuelta atrás, tiene dos salidas. O la muerte del receptor o la del parásito. Lo que es seguro es que el hombre no puede con la ecosfera. Puede cambiar las relaciones del sistema, de lo cual saldrá perjudicado. Pero, la vida y la ecosfera continuarán. En definitiva, si seguimos así, al hombre habría que entenderlo como una infección para el sistema, pero no un cáncer. Una infección, en todo caso, fácilmente curable. Los tiempos geológicos son inmensos y el homo sapiens es insignificante dentro de ellos.