Todo esto viene de mucho más lejos. La monarquía fue impuesta por el antiguo régimen. La transición no fue exactamente un modelo. Existe realmente una transición violenta. Esto se ha intentado ocultar. Por otro lado, hubo una cesión de la izquierda inaudita. En definitiva, estos que nos gobiernas fueron los auténticos listos y supieron ver por donde iban los tiempos a nivel mundial. Por eso han triunfado durante tantos años. Fueron participes del nuevo orden mundial y lo crearon o participaron en su creación. La educación española participa de ese nuevo orden. Por eso, la solución de los problemas es global, siempre lo sugiero. La educación, ni es una burbuja ni un problema en sí, sino una consecuencia. Y el problema está en todos los países “desarrollados”; es decir, los neoliberales. El problema es global. Nuestra democracia hizo su transición con la UCD en manos de las fuerzas del movimiento nacionalcatólico, la segunda transición la hizo con el PSOE, que se plegó a las fuerzas del neoliberalismo, que desde los setenta empezaban a liderar el mundo. Uno de los resultados de ese neoliberalismo es el tipo de educación que tenemos en los países de la OCDE. Nada nuevo, engaño. El problema es que, en España, como veníamos desde la nada, por poco que hiciesen estos progres en universalizar el estado de bienestar y profundizar en la socialdemocracia, pareció un mundo. De ahí que vivamos en un país de “señoritos satsfechos” que diría el insigne Ortega.
Es muy necesario hoy en día recuperar el pensamiento de pensadores como Ortega. Los progres pueden llamarme facha o reaccionario; pero, la verdad, es que los fachas son ellos, los reaccionarios-progres, ellos. La democracia, y eso desde sus orígenes, léanse el discurso fúnebre de Pericles, es el gobierno de la mayoría para que los mejores ocupen el gobierno. Pero sólo es posible por medio de la educación de la mayoría, pero no por la retórica, demagogia y el engaño, si no por la razón. Como decía el viejo Platón “La retórica es al alma lo que la cosmética al cuerpo.” Por eso hay que recuperar la verdadera enseñanza, la que busca la excelencia, la meritocracia, y esto no está reñido con la igualdad. Lo que ocurre es que estos progres han confundido la igualdad con la igualdad aritmética. No existe igualdad ontológica, sino democrática. Y esto significa, igualdad de oportunidades, no mediocracia. Lo que sucede es que al poder le interesa la mediocracia. De ahí el sistema de educación que tenemos, un auténtico atentado contra la igualdad en nombre del engaño de la igualdad. La domesticación por medio del meoliberalismo está en marcha. La sociedad es obediente y sumisa. El hombre masa triunfa. Pero Ortega se equivocaba, detrás del hombre masa están las fuerzas del gran poder. Y éste es el que crea y moldea a tal hombre masa que parece el que realmente manda. Falso, el poder lo excede. El hombre masa es simple marioneta. Y eso se le olvidó a Ortega.
La caída de Europa.
El momento histórico que vivimos es decisivo para la humanidad. Puede hacerse real esa ideología del fin de la historia y el choque de civilizaciones. Dos ideologías inventadas por el poder del neoliberalismo para dominar el mundo de forma totalitaria, desde el pensamiento neoliberal o, más claramente, la libertad del mercado, o la barbarie del mismo. La caída de Europa, no es sólo la caída económica de una potencia mundial, la que Europa representa; sino que es la caída de la modernidad. La construcción de Europa arranca desde los griegos con la conquista del logos frente al mito y el poder de la superstición. Y con la conquista de la democracia ateniense, que conlleva el concepto de ciudadano: isonomía e isegoría. A esta tradición hay que sumarle el cristianismo, con su aporte ético, fundido con el estoicismo, y, también, su historia de crimen y alianza con el genocidio. La globalización de Europa desde el Renacimiento se hizo por medio del poder militar y económico que llevaron consigo el colonialismo. Una historia de exterminio y opresión. Pero con la ilustración comienza a ponerse límites a este abuso, así como se ponen las bases para un pensamiento universalista y cosmopolita. Esta razón ilustrada también se pervierte y de ella emergen los grandes totalitarismos del XX y del XXI. Hoy en día nos encontramos en el totalitarismo del neoliberalismo.
Toda lucha ha sido la lucha por el poder. Unas civilizaciones se suceden a las otras porque le arrebatan el poder. Pero, lo común de la historia europea, es que a lo largo de toda ella ha habido un intento de universalización de la ética y la política. Un intento de estar por encima de la propia barbarie que ella ocasionaba. Un intento de conseguir un progreso ético-político real. Por eso, la caída de Europa no sólo representa la caída de un poder económico que a los Estado Unidos, China y los países emergentes puede interesar, sino la posibilidad de un modelo ético-político para una sociedad global. La lucha como digo es una lucha por el poder. El fin de la historia no es más que la ideología para justificar el credo del neoliberalismo y el choque de civilizaciones es la ideología que nos permita luchar sin escrúpulos contra los poderes económicos emergentes, con especial atención a China. Y esta es la historia. Pero, ni los Estados Unidos, que representan al credo neoliberal, ni los países emergentes, ni China son la solución. Parece que algunos quieren ver una alternativa en China. Creo que se engañan. China ha adoptado el neoliberalismo en su política exterior, eso, por un lado, por otro, participa de la ortodoxia económica: el crecimiento ilimitado dentro de un planeta limitado. Su poder es, su poder económico. Su socialismo no es más que la caricatura de un totalitarismo atroz y de un genocidio. China se ha convertido en la máxima productora mundial siguiendo el catecismo neoliberal. Ha conseguido abrir sus fronteras a las grandes multinacionales a las que les interesa producir allí, porque, simplemente, es más barato. Y esto a costa de los trabajadores. Esto no es un país socialista. Es un totalitarismo. Que la mayor parte de la riqueza esté en manos del estado no significa socialismo, ya que el estado participa en el esquema neoliberal. Hombre, que el estado posea la mayor parte de la riqueza debería garantizar la redistribución de la riqueza, eso es algo que habría que analizar. Lo que yo digo es que no existe una bondad ético-política en el sistema chino. Internamente son un régimen totalitario, externamente se rigen por el libre mercado jugando perfectamente desde la sabiduría china milenaria que les ha permitido usar la fuerza del oponente para vencerlo, eso es lo que están haciendo con los Estados Unidos y sus aliados.
De tal forma, pues, considero que China no es una vía que abra las puertas a una sociedad más justa. China será el relevo en el poder económico y militar en unas décadas, pero seguiremos instalados en el totalitarismo. Es más, durante estas décadas se profundizarán los problemas de recursos energéticos, agua, alimentos, etc., con lo cual las puertas del fascismo están abiertas. El choque entre los Estados Unidos y China es un choque por el poder. Dos países que liderarían dos bloques. Es, por ello, que considero, que la caída de Europa es la caída de la esperanza en la construcción de una civilización global y plural con una ética cosmopolita integradora. Los valores están ahí desde la ilustración, el ideal político lo tenemos desde Kant, hay que repensarlos y llevarlos a la praxis actual por medio de la creación de instituciones internacionales que velen por estos valores y estén por encima del poder de la fuerza y del capital. Lo que nos jugamos con la caída de Europa es el olvido de esta conquista ético-política milenaria, que ha aprendido de sus espantosos errores, pero que, a su vez, ha creado el cuerpo de conocimientos que nos permitan evitar el abismo del fascismo y la barbarie hacia el que los más poderosos nos dirigen.
TRIBUNA: LEANDRO DESPOUY
Garzón y la universalidad del derecho a la verdad
Es desconcertante que el magistrado sea juzgado por lo mismo que, de su mano, España exportó a América Latina: perseguir hasta el final a quienes habían cometido los mismos crímenes que perpetró el franquismo
LEANDRO DESPOUY 10/12/2010
Aunque previsible, resulta asombroso el impacto que ha tenido en la opinión pública internacional la suspensión y el enjuiciamiento posterior del magistrado andaluz Baltasar Garzón. Pero lo más llamativo continúan siendo las múltiples y desconcertantes acusaciones que se le formulan aunque, claro está, todas se enlazan con aquella originaria presentada por los grupos de ultraderecha, que marcó con nitidez la impronta ideológica de las sucesivas denuncias.
Lo cierto es que juristas, políticos, intelectuales, numerosas víctimas y ciudadanos del mundo entero siguen con creciente inquietud las noticias procedentes de España a la espera de un veredicto que defina la situación de quien supo darnos tan buenas y alentadoras noticias como fueron el pedido de extradición de Pinochet o el impulso de las causas contra los argentinos Ricardo Cavallo, Adolfo Scilingo y otros. Además lo hizo, en todos los casos, avalado por la Audiencia Nacional y el Tribunal Constitucional español que, por ejemplo, declaró competente la jurisdicción española para el juzgamiento de masacres cometidas en Guatemala hace décadas. En su coherente aplicación de la jurisdicción universal, Garzón y España aportaron al mundo valiosos precedentes en el campo de los derechos humanos y en particular en la realización del derecho a la verdad en tanto que derecho inalienable e imprescriptible cuya exigibilidad jurídica alcanza a todos los Estados.
Como relator especial de la ONU tuve a mi cargo, en 2006, la redacción del informe en el que el derecho a la verdad fue formalmente reconocido (E/CN.4/2006/52). Dos párrafos de ese informe (30 y 34) destacan con interés la situación de España. Todavía recuerdo el entusiasmo con que muchos diplomáticos en Ginebra, entre ellos algunos españoles, celebraron su aprobación en la Comisión de Derechos Humanos -hoy Consejo- de las Naciones Unidas.
Un nuevo clima se vivía en el mundo. Teníamos la sensación de haber hecho retroceder las murallas de la impunidad hasta lograr el derrumbe del negacionismo. La verdad comenzaba a recorrer los mismos senderos de exigibilidad que el derecho a la justicia, y la memoria se transformaba en uno de los motores más genuinos de la reconstrucción histórica.
Cuando se aprobó mi informe, en España se había encomendado a la entonces vicepresidenta de Gobierno, María Teresa Fernández de la Vega, la tarea de articular la comisión encargada de restablecer la memoria sobre los crímenes del franquismo. No obstante los importantes avances producidos, ese loable propósito valorado por las víctimas ha ido encontrando graves dificultades, crecientes obstáculos sembrados para silenciarlo. En este contexto, las acciones contra Garzón representan, para muchos, una suerte de contragolpe de la historia y la valiente trayectoria del magistrado agiganta aún más los enigmas que envuelven su enjuiciamiento.
Injusta, sorprendente e ingrata paradoja del destino. España construyó prestigio en el campo de los derechos humanos enarbolando los principios de la jurisdicción universal de los que Baltasar Garzón es un noble exponente, pero al obrar de esta manera se presenta ante el mundo como todo lo opuesto, olvidando que uno de los relatos míticos que más la identifica pondera la hazaña de quien ganó una batalla decisiva solo con su leyenda. Hoy, más que los valores de El Cid, lo que muestra ese relato es que las causas trascienden a los hombres y que de poco sirve aniquilarlos física o moralmente porque quienes han hecho historia perduran en ella.
Si la ONU reconoció en 1985 el terrible Genocidio de los armenios entre 1915 y 1923 a pesar de la tenaz oposición de la diplomacia de Turquía, y más recientemente la Comisión Europea (2007) y el Parlamento Europeo (2010) condenaron la subsistencia del artículo 301 del Código Penal turco que castiga su mención y por el que centenares de intelectuales -tal el caso del premio Nobel Orham Pamuk- son reprimidos en ese país, ¿cómo no considerar válida y legítima la reconstrucción histórica de los crímenes del franquismo en un país europeo y democrático como España?
Es un tanto sugestivo y desconcertante que Garzón sea juzgado por lo mismo que, de su mano, España exportó a nuestra América Latina no hace tanto tiempo: el noble servicio de perseguir hasta el final a quienes habían cometido los mismos crímenes que perpetró el franquismo. Ironías aparte, parece un revival de la historia, en el que los espejitos de colores solo se pueden vender en las colonias, pero se prohíben y castigan severamente en la metrópoli.
Resulta llamativa esta férrea resistencia a incursionar en la memoria desde el mundo del derecho. ¿Abarca la negativa al conjunto del pueblo español o se ha incrustado en un sector retrógrado de la sociedad? ¿Teme la justicia española el impacto moral de reconocer la aberración jurídica propia de hechos que muchos califican de genocidio? ¿O acaso teme que se desvele que aquella sangrienta contienda fue, más que una guerra civil, una auténtica cacería que se prolongó por décadas? Cada día resulta más difícil imaginar que una sociedad pueda considerarse madura si desconoce aspectos trascendentales de su propia historia. El carácter inexorable del conocimiento de la verdad nos permite afirmar, desde una perspectiva histórica, que verdad, justicia y reparación son componentes inescindibles de una sociedad democrática, y que, lejos de debilitarla, la nutren y la consolidan.
En la Argentina se juzgó a los principales responsables del plan de exterminio organizado por el terrorismo de Estado en el célebre e inédito juicio a las tres primeras juntas militares que ocuparon el poder entre 1976 y 1983, y aunque más tarde se establecieron límites a la persecución penal con las leyes de "punto final" y de "obediencia debida" y el presidente Carlos Menem indultó a todos los que habían sido condenados o estaban por serlo, nada impidió que 30 años más tarde la Corte Suprema de Justicia de la Nación declarara la nulidad de esas medidas legales y reencauzara el juzgamiento de esos crímenes. Incluso bajo la vigencia de los decretos de indulto y amnistía, los jueces siguieron adelante con los famosos "juicios de la verdad", que permitieron profundizar las investigaciones aun cuando el Estado había renunciado transitoriamente a la pretensión punitiva. Jamás, en democracia, un juez fue acusado de prevaricar cuando reclamaba esta apertura o declaraba la inaplicabilidad de las leyes, o exigía que la investigación sobre la suerte de los desaparecidos siguiera su curso. Tampoco se le imputó tamaño improperio a la Corte Suprema de Justicia que reabrió las causas y posibilitó el castigo irrestricto de todos los crímenes cometidos durante el terrorismo de Estado.
España por la aplicación progresiva de la jurisdicción universal y Argentina por el reconocimiento absoluto del derecho a la verdad conforman los principales precedentes internacionales y nacionales, respectivamente, de un juzgamiento ejemplar de los crímenes contra la humanidad. Recientemente, a partir de una querella de las víctimas, la justicia argentina ha formulado un requerimiento para juzgar los crímenes del franquismo en aplicación de la jurisdicción universal. ¿Cómo responderá España? ¿Va a investigar a pesar de la amnistía de 1977 o dirá que esta última le impide hacerlo y, de esa manera -en un acto de involuntaria reciprocidad- abrirá los cauces de la jurisdicción argentina?
Inspirada en la aplicación de una doctrina universal, España ha sido el país que con mayor fuerza y coherencia ha solicitado a otros Estados el esclarecimiento de la suerte corrida por los españoles víctimas de estos crímenes fuera de sus fronteras. Cada año, en Argentina, la Embajada de España recibe la cálida y conmovedora visita de los familiares de españoles allí desaparecidos. La pregunta es si seguirá haciéndolo. ¿Tendrá España la autoridad moral y la misma fuerza que ahora para reclamar ante los gobiernos? ¿Serán sus reclamos tan eficaces e imperativos como lo han sido hasta el presente?
El impúdico strip tease informático con que Wikileaks desnuda las frivolidades de la diplomacia internacional, confirma con crudeza que las lacerantes comprobaciones que realizáramos cinco expertos de la ONU (E/CN.4/2006/120 ) sobre la situación de los detenidos en la Bahía de Guantánamo eran el resultado de una planificación estatal que comprometía y compromete a individuos determinados como responsables de violaciones gravísimas de los derechos humanos susceptibles de ser calificadas de "crímenes contra la humanidad". Ello explica las encarnizadas batallas de la diplomacia estadounidense contra la aplicación de la jurisdicción universal y la lucha de Garzón. Más aún, los cables confirman que en este combate los enemigos nacionales cuentan con poderosos aliados en el nivel internacional. Léase Bush, Rumsfeld y compañía
Los jueces españoles tienen el deber moral de evaluar las previsibles consecuencias que tendrá en el mundo tamaño retroceso, no solo en el campo de los derechos humanos, sino también en la imagen y credibilidad del país. Nadie entiende el espanto que despierta en algunos sectores del pueblo español revisar hechos mucho más lejanos que los nuestros, sobre todo, luego de haber estimulado y acompañado con éxito una experiencia como la argentina, donde el esclarecimiento del pasado fecundó y fortaleció nuestra transición democrática.
En cualquier caso, es legítimo preguntarse cuántos años más podrá la cultura española continuar cerrando las ventanas a su propia historia. Tal vez una década o dos. Mientras tanto, es importante para todos que en esta larga y postergada toma de conciencia no perdamos, por necedad o ingratitud, a nuestros principales baluartes.

Un peligro, el poder se alía con los ciudadanos convirtiéndolos en vasallos. Los halaga, los complace, para dominarlos. Es la forma de justificar la fuerza, no la razón. Un totalitarismo se caracteriza por el triunfo de la razón de la fuerza frente a la fuerza de la razón. Pero con la enseñanza que tenemos, qué podemos esperar, sino la barbarie y el fascismo.
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Demencial y bochornoso. Encima ellos se lo creen. Pero, como dice Franciso Javier, la situación es general. PISA es un engaño internacional. Es el triunfo del poder del capital y del posmodernismo. Se persigue la ignorancia y se consigue. Se usurpa la excelencia, y se consigue. Sin excelentes no hay sabios ni protestas. Se persigue la uniformidad y se consigue bajo el pensamiento único de los dictados psicopedagógicos. Es la barbarie del fascismo al que nos encaminamos.
Lo que te quería comentar, Mari Cruz, tiene que ver con el asunto de la política. A mi el discurso de Vargas Llosa me parece magistral, desde el punto de vista literario. Como sabes, por el artículo que te mandé, no comparto su posición política, que creo que es un error de entendimiento. Ha tomado el neoliberalismo como la única democracia y esto es un pensamiento único y da lugar a un totalitarismo o sociedad cerrada en términos de Popper. Pero todo esto está, de forma muy sintética, en mi escrito. En lo que no coincido contigo es en el hecho de que no se deba mezclar en su discurso la política con la literatura. Es más, toda la obra literaria de Vargas Llosa, está insuflada de política, de lucha contra la opresión, de denuncia de la arbitrariedad del poder, de justicia social... Otra cosa es su ensayo político. Creo que su literatura es fantástica, me parece estar leyendo a un clásico del XIX cuando lo leo. En fin, que en su vida hay una unión entre el quehacer literario y la reflexión política. Señalas una cosa muy importante, con la que estoy de acuerdo, pero que me preocupa. Es el asunto de los tópicos. Afirmas que su discurso está lleno de tópicos, libertad, totalitarismos. Bien, el problema es que, ¿cómo es posible que conceptos e ideas tan importantes han podido convertirse en tópicos?, ¿cómo la ciudadanía se ha hecho tan escéptica en el asunto político o público y en política? Dos son, para mí, las explicaciones fundamentales. La primera es la desvergüenza y desfachatez de la clase política. Casi no es necesaria la argumentación en este caso, es una evidencia a los sentidos. La segunda razón es que, el poder, ha creado una serie de valores a partir de los cuales lo público no es algo interesante o de importancia. Es una creación de un neolenguaje, que a su vez crea un sentimiento y una acción, que diría Unamuno, que hacen del ciudadano un vasallo en el sentido de que deja la política en manos de la clase política. Y esto es lo que al poder le interesa, tanto al político, como al que lo trasciende, el económico. Y esto es un problema grave, porque esto significa la antesala del fascismo político. Creo que estamos asistiendo al fascismo económico, pero estamos en el preámbulo del fascismo político. Han creado el estado de ánimo para que desesperemos de la política. Han convertido la libertad, la opresión, el totalitarismo, la justicia social, el hambre y la miseria en el mundo… o bien, en tópicos, o en discursos demagógicos, los han vaciado de sentido. Por eso es necesario una regeneración de la sociedad civil, es necesario pensar en la cosa pública, denunciar a nuestros gobernantes. Reconstruir una verdadera república, frente a la demagogia oligárquica y partitocracia en la que vivimos. Pero para eso es necesario el poder de los ciudadanos. El fascismo del siglo XX, entre sus múltiples causas y detonantes, contó con la connivencia de la ciudadanía. Esto, creo, sinceramente, debe servirnos como aviso.
El dolor de ahora es parte de la felicidad de entonces.
Creo que ésta es una frase que pertenece a la película tierra de penumbras. Sentencia que dice el profesor a sus discípulos cuando reflexiona sobre la enfermedad de su mujer. Excelente película y excelente interpretación. La causa del dolor es el deseo y éste nos arrastra hacia la felicidad, por eso el deseo es bifronte: dolor y sufrimiento. El que quiere y desea, padece. Ya lo decía Buda, “he tenido un hijo, me ha surgido una cadena.” Felicidad y tristeza son inseparables, incluso en la alegría se teme perder el objeto de tal sentimiento. La salida es la estoica. Distancia frente al deseo. Pero la entramada complejidad de la vida hace esto casi imposible. El sabio debe renunciar a mucho, entre otras cosas, a los vínculos más cercanos. Si no es así, o es un egoísta o un parasito o un insensible. Como siempre digo, para resolver este dilema, es mejor fomentar la virtud, en tanto que fuerza y excelencia. La felicidad es engañosa, aparente y arbitraria. Es mudable y caprichosa.
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Claro, por eso el paraíso no está hecho para el hombre. Todos los mitos que intentan explicar el sufrimiento humano parten de una desobediencia, de un estado primitivo y feliz que el hombre abandona por orgullo, vanidad, en suma, insatisfacción. Es el carácter hibrido de nuestra naturaleza. También es nuestro carácter proteico, no podemos parar, siempre en construcción y transformación de la naturaleza, depravándola.