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Filosofía desde la trinchera

Diario de un escéptico.

La utilidad de lo inútil.

"Que no es una ciencia productiva resulta evidente ya desde los primeros que filosofaron; en efecto, los hombres -ahora y desde el principio- comenzaron a filosofar al quedarse maravillados ante algo, maravillándose en un primer momento ante lo que comúnmente causa extrañeza y después, al progresar poco a poco, sintiéndose perplejos también ante cosas de mayor importancia...Ahora bien, el que se siente perplejo y maravillado reconoce que no sabe...Así pues, si filosofaron por huir de la ignorancia, es obvio que perseguían el afán de conocimiento y no por utilidad alguna." ARISTÓTELES.

Acabo de leer un magnífico librito de Nuccio Ordine publicado con este título en la editorial Acantilado y me ha hecho recordar de dónde viene uno, cual es la tradición de Occidente, el valor de la ciencia, el conocimiento, el arte y la filosofía. Me ha recordado el valor del saber, inmensamente mayor que el valor del tener y del intercambio mercantil. Me ha recordado los fundamentos teóricos de Europa a los que hemos renunciado cayendo en un reduccionismo barato, pueril y extremadamente peligroso, el de la utilidad y, sobre todo, el confundir la utilidad con el valor del mercado. Este último reduccionismo ha creado un mundo unidimensional en los que los ciudadanos, en pro de la utilidad de toda actividad humana se han convertido en esclavos del mercado, clonados por el mismo patrón, sin pensamiento y sin ser.

Tanto la ciencia en sus orígenes, que es lo mismo que la filosofía, es un saber que es estrictamente inútil, y ésa es su gran virtud, lo que lo convierte en teoría que únicamente obedece al afán del conocer por el mero hecho de saber, instigado este afán por la curiosidad y el asombro o admiración ante el misterio de lo real. Misterio que se resuelve por el ejercicio de la razón, desinteresadamente saber qué es lo que subyace debajo de esos fenómenos enigmáticos que nos maravillan. Y este proceder es el cultivo del alma. Las artes la ciencia y la filosofía nos humanizan. Esa es la utilidad de su inutilidad.

Pero el problema no está en los griegos, que distinguen muy bien entre técnica y teoría, sino que comienza en el Renacimiento, cuando se produce una ruptura, con el nacimiento de la ciencia moderna en el siglo XVII, entre el saber técnico, ligado ya para siempre a la ciencia (aunque ésta siga existiendo como saber puro y teórico) y las llamadas humanidades: las artes, la historia y la filosofía. El principio que empieza a declararse es que el saber no sólo tiene como objetivo el saber, sino el hacer. “Saber para poder”. El concepto de utilidad introduce la finalidad. El saber no tiene el fin en sí mismo, sino fuera de él y a eso se le llama la utilidad. El saber es tal en tanto que es útil y útil significa que sirve para transformar el mundo y dominarlo. Los saberes que no tienen esta dimensión dejan de ser saberes, son inútiles y despreciados. La visión del mundo ha cambiado. El siguiente paso, que comienza con el desarrollo del capitalismo y llega a nuestros días, es cuando lo útil se reduce a la utilidad económica. Entonces todo el conjunto de la sociedad se somete al valor omnipresente y omnipotente del mercado. Todas las relaciones sociales, las relaciones con la naturaleza y las relaciones de trabajo, son relaciones mercantiles. Las instituciones, tenemos el caso paradigmático de la educación, se reducen al valor del mercado. El ciudadano deja de ser tal, para convertirse en mera mercancía, que es lo único que tiene valor evaluable económicamente.

Pero esto es la barbarie y no tiene nada que ver con la tradición europea, al menos en sus orígenes, ni tampoco con el humanismo del Renacimiento, ni con la libertad y la dignidad que la razón ilustrada nos aporta. Lo que ha sucedido es que se han reducido, de forma bárbara, las capacidades y las diferentes dimensiones de la existencia humana. La vida, la existencia, el quehacer diario, no se reducen a lo útil, y menos a la utilidad económica. Eso sin mencionar que la actividad teórica científica, que realizan los científicos por pura admiración, siguiendo el antiguo espíritu griego, después se ha transformado, sorprendentemente e inesperadamente en algol útil, y además en algo económicamente útil. Pero si sustituimos la actividad teórica del científico nos estamos quedando sin el manantial del que brota el saber. Y eso está ocurriendo porque el saber se ha reducido al saber económicamente útil. Es el único financiado.

La vida tiene distintas dimensiones, la utilidad es una y la mercantil es una de estas. Pero el deleite estético, la contemplación, la amistad, el juego, la familia. Y luego los valores políticos: libertad, fraternidad, igualdad y justicia forman parte de un hombre integral, de un ser libre en una sociedad libre, regida por la ética y no por el mercado. Y son estas múltiples dimensiones las que abarcan las humanidades: los saberes estrictamente inútiles. Y ahí está precisamente su valor. No sirven para nada, salvo para ser, que no es poco. Pero hoy en día este inmenso saber de siglos ha sido abandonado precisamente por su valor, su inutilidad, ha sido relegado al pasado y con ello estamos en un extremo peligro, estamos cayendo en la barbarie, en la ausencia de pensamiento, de sensibilidad, de libertad y estamos vendiendo nuestra vida al diablo. Nos estamos convirtiendo, bajo el paradigma del pragmatismo y utilitarismo, en esclavos del mercado en auténticos autómatas de visión plana incapaces de ver en profundidad porque el saber acumulado de siglos le ha sido arrebatado. El saber que nos construyó como personas y ciudadanos es despreciado, vilipendiado y arrinconado. Estamos perdiendo la humanidad que es la utilidad de lo inútil y la estamos cambiando por un egoísmo-hedonista con sede en el consumo que es el motor que alimenta al mercado. El hombre actúa en función de sus valores. Si los valores han desaparecido y sólo queda el valor del mercado, el hombre deja de ser tal y se convierte en cosa que se puede consumir. Es el ideal del mercado: convertirlo todo en objeto de consumo, incluido al propio hombre y las instituciones sociales que lo rigen y gobiernan.

Por ello es menester recuperar esa inutilidad y de ahí su utilidad. El humanismo nos recuerda que somos seres dentro de un cosmos en el que no ocupamos el centro precisamente. Pero nuestra vida es un disfrute de los sentidos y la razón, sin ir más allá de este disfrute. La razón, por su parte, nos hace accesible el conocimiento. Pero el valor del conocimiento es la libertad, pero no la del mercado, sino la de la persona. Somos en tanto que somos libres, sujetos autónomos, ahí radica nuestro ser: en la dignidad. Por eso el conocimiento es un camino hacia la libertad. Y hacernos más libres es hacernos más persona y más ciudadano. Y ésta es la utilidad de lo inútil: hacernos, en una palabra, humanos.

Epílogo. La fortuna y la necesidad como condición de la felicidad.

            Cada vez considero más que la felicidad no es el objeto de la vida, sino, como he defendido muchas veces, la libertad y la virtud. Pero es el caso que sin un cierto bienestar la vida es imposible. Pero, incluso, no ya cultural y espiritualmente, sino desde el punto de vista más animal y biológico. Pero, claro, es que resulta que la felicidad, mejor llamarla bienestar, por ser la primera algo que tiene connotaciones religiosas y filosóficas, depende, en gran medida, de la fortuna, de la suerte. Es una lotería. Pero entonces entra en juego aquí el problema de la libertad. Si nuestra vida depende en parte de nuestra libertad, de las acciones que tomamos, las cuales tendrán sus consecuencias: viviremos más o menos bien o no (además de afectar al prójimo), entonces está claro que nuestro bienestar está, al menos, condicionado por la libertad. Pero, ¿y si como cada vez sospecho más, no es este el caso? Entonces estaríamos hablando de la inexistencia de la libertad, me refiero a la libertad que tenemos de constituirnos como personas, no a la libertad política, ésa es otra historia. Y si hay una ausencia de la libertad para construirnos, para habérnosla con nuestras circunstancias, que diría Ortega, entonces nuestro bienestar está en manos de otros factores. La fortuna, que decían los clásicos o los condicionantes causales que nos marcan las ciencias: desde la historia hasta la física. Es decir, que todo el conjunto de leyes que estas ciencias describen, muy importante señalar las neurociencias, condicionan lo que de alguna manera somos. Que, en definitiva, no es más que información. Y que la confluencia entre estas leyes y su entrecruzamiento es lo que hemos llamado fortuna, o suerte, o azar y sobre ello no tenemos ningún dominio. Estamos absolutamente sometidos.

            Esto me lleva a pensar en el sabio Spinoza, al que es el momento de releer, igual que a Cioran y de nuevo la tranquila sabiduría de los estoicos, que nos decía que todo se reducía a una única substancia, un único ser, absolutamente determinado, donde no cabe el azar y todo se reduce a la necesidad de la causalidad. Y esa sustancia es la sustancia infinita, o dios, o la naturaleza. Es la postura teológica-filosófica denominada panteísmo. Dios es la naturaleza o la naturaleza (el universo) es dios. Y esa substancia infinita tiene infinitos atributos, pero nosotros sólo percibimos dos (espacio y tiempo). Y, a su vez, cada atributo tiene infinitos modos de ser, que son los seres particulares que observamos en el universo. Pero en realidad todo es apariencia porque el ser es uno. En fin, de todo ello se deduce, por la vía de la necesidad, que todo está determinado y que la libertad no es más que apariencia. Por tanto, nuestro bienestar o malestar vendrá determinado o bien por el determinismo férreo, o por el azar ciego. Pero, si seguimos a Spinoza, o los sabios estoicos, entonces resulta que nuestra felicidad consistiría en la aceptación de nuestro ser. Y en ello consistiría nuestra libertad y la alegría de vivir. En aceptar lo inevitable, eliminar el deseo, identificarse con la ley universal del cosmos para diluirse en él. Algo, también, muy similar a la sabiduría budista.

            Todo esto está muy bien, pero lo que ahora me preocupa es que los que no somos sabios, sólo gente de a pie, como mucho filósofos, tomamos cada día decisiones que construyen nuestra vida, además de afectar a la de los que nos rodean y, a veces, decisiones radicales, en el sentido de que producirán un cambio radical en nuestra vida, quizás irreversible, casi siempre. Y estos son los dilemas con los que nos vemos enfrentados a veces. Y digo bien, dilemas, las dos o más opciones que se nos plantean son posibles. Y por ello los dilemas no tienen solución porque cualquier solución es viable. Los problemas, en cambio, tienen solución. En nuestra vida, en tanto que estamos constituidos éticamente, nos las tenemos que haber siempre con dilemas. Sólo la sabiduría y la prudencia nos pueden ayudar; pero, ¡son tan inalcanzables!

                                Isegoría.

 

            La isegoría es uno de los pilares de la democracia. Un invento griego que hemos heredado y que, como tantas otras coas, es constitutivo de nuestra cultura. Aunque los nuevos vientos neoliberales y mercantilistas quieran borrar el pasado y con él nuestra identidad y la posibilidad de transformar la sociedad y el futuro. Los otros dos pilares de la democracia son la isonomía (igualdad ante la ley) y la autonomía (que el pueblo se da a sí mismo la ley). Pero sólo voy a hablar de la primera, la isegoría o libertad de expresión, de pensamiento y de tener las propias opiniones (si es que tal cosa existe, pero ése es otro tema).

            Pues bien, lo que yo mantengo es que el ideal democrático, pues la democracia, al contrario que los totalitarismos, no es una utopía, es alcanzar el máximo de autonomía, isonomía e isegoría. Si fallan algunas de ellas, pues nos encontramos con un déficit democrático con lo que ello conlleva, que no es, ni más ni menos, que la pérdida de la ciudadanía. Pues bien, sospecho que la libertad de expresión, de pensamiento y de opinión ha sido socavadas desde el principio en nuestra democracia; y que la libertad de expresión y de opinión que tenemos no es más que mera apariencia. Eso sí, esta situación es mejor que un totalitarismo tiránico. Ahora bien, ese déficit democrático, lo que nos quiere decir es que no estamos en una tal democracia, sino en un autoritarismo, pongámosle el nombre que queramos. En primer lugar, hay que distinguir la libertad política, de la mera libertad de expresión. Pues bien, la primera fue sustraída con el pacto constitucional, que después fue refrendado por el pueblo. Y eso es así, porque la Constitución fue tutelada por poderes fácticos extraños a ella y no vigilada y realizada por una Asamblea Nacional, con lo cual no hubo realmente, un proceso constituyente. Y, luego, lo que de allí salió fue una norma general, la Constitución, que, en realidad potenciaba el bipartidismo y éste, no era otra cosa que dos formas diferentes de hacer la misma política. Es decir, que los partidos mayoritarios habían sustraído la libertad política al pueblo, esto es, la libertad de pensar y realizar un modo distinto de sociedad, como por ejemplo, una república. Los dos partidos políticos habían aceptado la monarquía, también el partido comunista. Y tanto éste, como el partido socialista, habían renunciado al marxismo. Ahora bien, si el partido socialista deja de ser republicano y marxista, entonces no hay ninguna alternativa real de izquierda. Pero como la gobernanza del país pasaba por el voto a alguno de estos partidos (que en el fondo defendían lo mismo: el capitalismo europeo. Véase las dos primeras legislatura de Felipe González: OTAN, reconversión industrial, ley laboral que implicaba flexibilización…) o a los nacionalistas, pues ello implicaba que la libertad política había sido secuestrada por los partidos. Y eso hasta la actualidad. De ahí la necesidad de un proceso constituyente si queremos recuperar nuestra libertad.

            Por otro lado, la libertad de expresión es muy relativa. Realmente podemos decir lo que queramos, o lo que creemos que pensamos, pero eso es irrelevante. Nuestras opiniones, sobre todo si son disidentes con el establishment, no llegan a ninguna parte. En primer lugar, la opinión se genera en los grandes medios de comunicación que están al servicio de los  partidos políticos, esos que han arrebatado nuestra libertad y quieren construir nuestro estado de opinión, y que a su vez constituyen un poder económico. A mayor poder económico mayor poder de difusión. De esta manera, el pensamiento alternativo, disidente…tiene poco alcance y, además, tiene que luchar contra la opinión establecida como verdad. Porque los medios de comunicación van transformando la opinión de los ciudadanos (convirtiéndolos en esclavos) de tal forma que se transforman en creencias.

            Ese es otro punto, la opinión individual, de lo que menos tiene es de individual. Es una opinión construida por el poder en la que la inmensa mayoría de las personas cree. Incluso hay un lenguaje para expresar su pensamiento, porque el lenguaje es la vía del pensamiento y este la forma de ver e interpretar el mundo. Así, nuestra libertad de expresión no es más que una distracción, el estado de opinión, no es del ciudadano, sino que pertenece al pueblo. Y, cuando las opiniones críticas y disidentes llegan un poco más lejos de lo normal. Cuando el poder se siente amenazado, pues utiliza la fuerza, para empezar demoniza esas opiniones y las tacha de extremistas y contrasistema y luego utiliza el poder judicial para amedrentar. Y cuando el poder político tiene una mayoría absoluta pues construye una ley de seguridad ciudadana absolutamente autoritaria. Y ya sabemos cómo se las gasta las mayorías absolutas: todo para el partido, a través del voto del pueblo, pero sin el pueblo. Ciertamente no nos representan y tienen secuestrado nuestro pensamiento. Algunos acuden a artes dantescas en este afán.

La discrepancia y la disidencia como fundamento del diálogo, la democracia y el respeto al otro. Todo ello ha sido anulado de nuestras democracias de ahí su precaria existencia. En su lugar se ha establecido el relativismo de las opiniones o la equivalencia de las mismas y de esta manera se ha anulado al verdadero saber y se ha creado la apariencia de la libertad de expresión. Y el pueblo, creyéndose libre por poder opinar de todo y que sus opiniones sean respetadas, por principio, se ha convertido en esclavo de sus propias opiniones y de sus creencias. Y, de esta manera, el poder los conduce, cual rebaño obediente, hacia donde a él le interesa. Mientras, el disidente, es convertido en un paria, un inadaptado. Pero mientras sigan existiendo estos parias y unos finos hilos de comunicación con la sociedad, todavía habrá esperanza.

Democracia y educación.

 

Queda claro que en cualquier régimen autoritario o totalitario la educación viene dirigida por el poder. Lo que no está claro es que eso ocurra en las democracias. Lo que yo voy a mostrar aquí es que eso también ocurre en democracia, sobre todo cuando éstas han dejado de ser tales y el logos nos es el centro, sino, en nuestro caso, el mercado.

La democracia surge en Atenas como realización del diálogo. Y éste se realizaba en el ágora. La característica del ágora es que es un lugar vacío, la plaza rodeada de los edificios públicos. Y nos preguntamos quién habita el ágora. El ágora está ocupada por el logos: la razón, el discurso, el lenguaje, la argumentación… Y es esto lo que hace posible la democracia y la educación. Porque el diálogo es asumir que nadie tiene la razón, por tanto, tampoco la verdad, sino que la razón es compartida y, a su vez, instrumento de la conquista de verdades provisionales que habrá que ir perfeccionando con el tiempo. Ahora bien, cuando este espacio ocupado por el logos es desalojado por la fuerza y ocupado por algún poder, religioso, militar, tiránico…entonces se acaba el diálogo y se acaba la democracia y todo lo que ello conlleva. En nuestros días ese espacio lo ocupa el mercado. De ahí que nuestras democracias sean partitocracias oligárquicas, democracias de muy baja intensidad en la sque los ciudadanos son cada vez más vasallos y menos ciudadanos.

Nuestra democracia al ser representativa acaba en partitocracia. El problema es que se gobierna para el partido, el partido busca el poder. La educación se convierte en un arma del poder a través de la cual transmitir el pensamiento único.

Sin embargo el objetivo de la educación debería ser la ciudadanía y la libertad. Es el objetivo con el que nace la educación moderna desde la Ilustración. Pero ya en el siglo siguiente lo vio claro Niestzche y se dio cuenta de que la educación es una forma de adoctrinamiento de masas. Los objetivos de la educación como los contenidos son marcados por el poder y el poder no quiere ni libertad, ni disidencia, sino obediencia y sumisión. En un totalitarismo está claro que la educación es un instrumento del poder. Pero la democracia no escapa a esto. Tanto en su conjunto o estructura, el poder en tanto que tal, trata de perpetuarse, como particularmente, en este caso el partido que gana las elecciones pretende encontrar en la educación un vehículo de transmisión de su ideología.

En cuanto al mito de la democracia dentro de la educación. Pues eso es algo que ha venido con la nueva pedagogía. Y aquí el problema es que hay zonas donde la democracia no existe ni se puede aplicar y una de ellas es precisamente el proceso de aprendizaje. La nueva pedagogía lo que hace precisamente es intentar democratizar este proceso convirtiéndolo en un proceso horizontal (maestro-alumno) De ahí el sofisma de que hay que enseñar a aprender a aprender y de ahí lo de las competencias. El proceso de aprendizaje es vertical y va desde el que no sabe al que sabe. Por supuesto que se puede hacer mediante un diálogo socrático, en muchos casos, que no siempre (el alumno tiene que aprender conceptos y memorizarlos y, a partir de ellos aprender. Desde la nada no se puede aprender), pero en este diálogo el que pregunta ya sabe la respuesta y dirige el aprendizaje, el camino que ha de seguir el que aprende. Le ayuda a reconstruir el conocimiento, pero previamente él tiene ya el conocimiento. Y para que el conocimiento quede fijado el alumno deberá memorizar, fijar conceptos y esto es lo que requiere del esfuerzo. Si seguimos el modelo horizontal la educación se convierte en una mediocracia. Y eso ha sido lo que ha ocurrido con el modelo LOGSE-LOE. Ahora bien, esto procede de un mal entendimiento del concepto de igualdad. La igualdad se refiere a la igualdad de oportunidades, no un igual aprendizaje para todos, ni una igualdad natural u ontológica. Y este falso concepto de la igualdad se une a otro falso concepto que es el de la obligatoriedad. Si la educación es obligatoria, necesariamente es un instrumento del poder. Ahora bien, el que no sea obligatoria no implica que no sea accesible absolutamente a todo el mundo: desde la educación infantil al doctorado. Una educación pública y gratuita desde la infancia al doctorado. Así, concluyendo, el proceso de aprendizaje debe ser vertical porque ésa es su propia naturaleza y no puede ser democrático, porque las diferencias existen y son reales. Y ese proceso vertical basado en el esfuerzo y el respeto a la autoridad intelectual y moral se convierte en una meritocracia. Pero de ésta ya hablaremos en otro momento.

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Vamos a ver la justicia si lleva a la igualdad, siempre que ésta sea de oportunidades. La igualdad es una consecuencia, no es algo de lo que se pueda partir. La justicia viene dada, es algo de lo que se parte, por imperativo legal tras la aprobación de un conjunto de leyes. La libertad es el germen del que puede surgir la justicia, pero sólo la justicia, a su vez, el sistema de leyes, puede garantizar la persistencia de la libertad. Libertad e igualdad son compatibles siempre desde un marco que las limita y las regula que es la justicia. Y, todo ello, sólo es posible desde un marco más general y previo que las pone como praxis política, es decir como algo que hay que conquistar, porque la democracia no es ni será nunca algo hecho y dado de una vez, que es, como digo, la democracia.

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Pero es que en la antropología impera un mito que es el del relativismo en todas sus versiones y esto, desde los tiempos de Sócrates y ahora, en la actualidad, queda demostrado que es un error sin caer ni en absolutismos, ni en etnocentrismos. El relativismo en la actualidad es defendido por el posmodernismo y éste como ideología solapada del poder nos está haciendo un tremendo daño. Es la cuartada para el gobierno del más fuerte y para, en el fondo, defender un discurso fuerte, nada relativista, al contrario, absolutista y de carácter religioso, que es el neoliberal. Y, por último, hay más antropología que la oficial u ortodoxa, como ocurre igual con la economía. El relativismo es un peligro y nos lleva a la degeneración moral y política.

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Sobre la nueva enseñanza que pretende una innovación total. Contra el prejuicio y el tópico de las clases magistrales para desacreditar la educación como proceso que va del que sabe al que no sabe y quiere aprender.

¿Qué es una clase magistral? A mí me han dado pocas, pero cuando lo han hecho mi cerebro se ha conmovido y mi ser entero. Por otro lado esa innovación no es tal, es algo ya sabido desde siglos, como la educación emocional, ya Aristóteles lo decía en la “Ética a Nicómaco”, y Platón lo decía con su teoría del alma al decir que el alma racional debe guiar a las pasiones o emociones o sentimientos y que en ello ha de basarse la educación. Sócrates inaugura el diálogo, la mayeútica, ahora lo llaman, con un sofisma y una tautología, aprender a aprender porque lo han vaciado de contenido. El problema es que la psicopedagogía cree descubrir cosas ya descubiertas, eso por un lado y, por otro, su cientificismo la ha hecho caer en un empirismo ramplón que se ha dejado muchas cosas en el tintero a la hora de tratar la educación por el hecho de no ser observables en el sentido neopositivista, como es el caso de la voluntad, la disciplina, la autoridad, el hábito, la costumbre. Por mi parte no me resisto al cambio, precisamente en este momento estoy leyendo tres libros a la vez de pedagogía (recogidos en J.A. Marina, Talento, motivación e inteligencia. Las claves de una buena educación. Ed. Ariel) en el que se mezcla lo tradicional con los nuevos descubrimientos de la psicología y la pedagogía que vienen a confirmar mucho de lo tradicional. Y cuidado con lo nuevo muchas veces no son más que espejismos, en el caso mejor, y en el peor, intereses económicos, como en el caso de las nuevas tecnologías, otro mito, para vender cacharrería. Y con ello no quiero decir que no sean interesantísimas las posibilidades de las nuevas tecnologías en la educación.

Y sigue:

Como siempre, Paco, te vas por los cerros de Úbeda, personalizar no está dentro de la argumentación. Pero te responderé con algo que ya escribí en un diario filosófico “Pensamientos contra el poder”, decía: “me temo que cada vez soy peor profesor y quizás mejor filósofo” y ahora añado que, para los mejores, quizás en algunos momentos haya sido un maestro. Lo que sí te digo es que el fin del conocimiento es la comunicación, hacer partícipe al otro, provocar la inquietud, la admiración y el reconocimiento de su propia ignorancia. Esto abre las puertas de la motivación. ¿Puede hacerse esto con todos los alumnos y en todos los niveles? Pues no. Ese es el fallo de la ley, la obligatoriedad. Ni el sermón de la montaña conmovería a gran parte de nuestro alumnado. Ah, por cierto, se me acaba de ocurrir, magistralmente enseñaba Jesús de Nazaret, como todos los sabios que en el mundo han sido.

Hay un tremendo prejuicio en torno a la clase magistral. Ésta no tiene nada que ver con el dictar viejos apuntes, o seguir un libro de texto, que es lo que hacen la mayoría. La clase magistral es creadora, inquietante, inquisidora ante el saber de los alumnos, deslumbrante, conmovedora para el que es capaz de participar y se une en la comunidad de diálogo que ha creado el maestro. Y, por su puesto, son irrepetibles. Cuando uno empieza a no ser capaz de dar dos clases iguales está empezando a dar clases magistrales. La repetición es lo contrario de una clase magistral. El prejuicio contra las clases magistrales es el experimento progre de que el profesor tiene que estar en la misma altura que el alumno. Vamos, la democratización del proceso de aprendizaje, algo muy progre, pero que es una aberración, además de una mentira. No todo es democratizable, ni debe serlo, porque crea problemas, como ha sido el caso de nuestro sistema educativo.

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Lo que le digo a mis alumnas. No hay independencia ni libertad real para las mujeres sino es por la independencia económica, por el trabajo. Lo importante es encontrar un trabajo que te realice, claro. Pero, a la vez, esto plantea dos problemas, uno es que el trabajo es el arma a través del cual el capitalismo nos esclaviza. Hoy en día incluso el trabajo está dejando de existir y se está transformando en precariado. Y, en segundo lugar, como decía alguien al que leí hace poco, la mujer ha salido de casa, pero el hombre no ha entrado, con todo lo que ello conlleva.

 

Pero es que en la antropología impera un mito que es el del relativismo en todas sus versiones y esto, desde los tiempos de Sócrates y ahora, en la actualidad, queda demostrado que es un error sin caer ni en absolutismos, ni en etnocentrismos. El relativismo en la actualidad es defendido por el posmodernismo y éste como ideología solapada del poder nos está haciendo un tremendo daño. Es la cuartada para el gobierno del más fuerte y para, en el fondo, defender un discurso fuerte, nada relativista, al contrario, absolutista y de carácter religioso, que es el neoliberal. Y, por último, hay más antropología que la oficial u ortodoxa, como ocurre igual con la economía. El relativismo es un peligro y nos lleva a la degeneración moral y política.

Me encanta coincidir con los creyentes, pero esto sólo ocurre cuando no son fundamentalistas teológicos, sino seguidores de la ética evangélica. Al fin y al cabo, creyentes y ateos, procedemos de la filosofía griega y la religión cristiana. Esos pilares son irrenunciables por muy afilosófico o ateo que uno sea, o ignorante de la filosofía y la religión. Ambas forman parte de nuestro inconsciente colectivo o de la cultura.

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Lamentable e impresentable. Yo no entiendo como la ciudadanía en general permite esto, menos como los simpatizantes y los militantes lo permiten. Está claro que vivimos en una democracia de cartón y que es necesario refundarla. De lo contrario aceptemos de una puñetera vez que estamos y queremos ser dominados por una casta, una élite impresentable y corrupta. Pero si lo admitimos no tenemos el derecho de llamarlos así, porque somos nosotros los que lo permitimos votándolos.

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Cierto, la LOMCE, es un engaño, pura retórica. No se trata de un modelo meritocrático, dentro de una democracia, que es lo suyo. Sino de un modelo competitivo inspirado en el capitalismo salvaje. En cuanto a la autoridad también es cuestionable. El profesor como autoridad legal no es algo necesario si el marco educativo fuese distinto. La LOGSE ha democratizado la enseñanza convirtiéndola en algo horizontal, ése es su modelo pedagógico, y eso, entre otras razones, arruina el aprendizaje y la autoridad del profesor. Hay que entender que hay ámbitos no democráticos, como es precisamente el proceso de aprendizaje y es aquí donde surge la autoridad moral e intelectual del profesor, por un lado, y la meritocracia, por otro. Sin abandonar al que menos da de sí, pero fomentando la excelencia. Y esto está ya en el discurso fúnebre de Pericles sobre la democracia. La democracia no es igualdad ontológica, sino de oportunidades y nada más. La democracia, en la enseñanza, debe fomentar la excelencia intelectual y, para eso sólo hace falta autoridad intelectual y moral del profesor.

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Ejemplaridad moral y política. El secreto de la no exclusión es la concepción del hombre como uno, como humanidad. Ése debería ser el imperativo moral de todo dirigente político. Pero el problema es que, de hecho, en el mundo de la política la moral ha sido tirada por el desagüe.

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Democracia y educación.

 

Queda claro que en cualquier régimen autoritario o totalitario la educación viene dirigida por el poder. Lo que no está claro es que eso ocurra en las democracias. Lo que yo voy a mostrar aquí es que eso también ocurre en democracia, sobre todo cuando éstas han dejado de ser tales y el logos nos es el centro, sino, en nuestro caso, el mercado.

La democracia surge en Atenas como realización del diálogo. Y éste se realizaba en el ágora. La característica del ágora es que es un lugar vacío, la plaza rodeada de los edificios públicos. Y nos preguntamos quién habita el ágora. El ágora está ocupada por el logos: la razón, el discurso, el lenguaje, la argumentación… Y es esto lo que hace posible la democracia y la educación. Porque el diálogo es asumir que nadie tiene la razón, por tanto, tampoco la verdad, sino que la razón es compartida y, a su vez, instrumento de la conquista de verdades provisionales que habrá que ir perfeccionando con el tiempo. Ahora bien, cuando este espacio ocupado por el logos es desalojado por la fuerza y ocupado por algún poder, religioso, militar, tiránico…entonces se acaba el diálogo y se acaba la democracia y todo lo que ello conlleva. En nuestros días ese espacio lo ocupa el mercado. De ahí que nuestras democracias sean partitocracias oligárquicas, democracias de muy baja intensidad en la sque los ciudadanos son cada vez más vasallos y menos ciudadanos.

Nuestra democracia al ser representativa acaba en partitocracia. El problema es que se gobierna para el partido, el partido busca el poder. La educación se convierte en un arma del poder a través de la cual transmitir el pensamiento único.

Sin embargo el objetivo de la educación debería ser la ciudadanía y la libertad. Es el objetivo con el que nace la educación moderna desde la Ilustración. Pero ya en el siglo siguiente lo vio claro Niestzche y se dio cuenta de que la educación es una forma de adoctrinamiento de masas. Los objetivos de la educación como los contenidos son marcados por el poder y el poder no quiere ni libertad, ni disidencia, sino obediencia y sumisión. En un totalitarismo está claro que la educación es un instrumento del poder. Pero la democracia no escapa a esto. Tanto en su conjunto o estructura, el poder en tanto que tal, trata de perpetuarse, como particularmente, en este caso el partido que gana las elecciones pretende encontrar en la educación un vehículo de transmisión de su ideología.

En cuanto al mito de la democracia dentro de la educación. Pues eso es algo que ha venido con la nueva pedagogía. Y aquí el problema es que hay zonas donde la democracia no existe ni se puede aplicar y una de ellas es precisamente el proceso de aprendizaje. La nueva pedagogía lo que hace precisamente es intentar democratizar este proceso convirtiéndolo en un proceso horizontal (maestro-alumno) De ahí el sofisma de que hay que enseñar a aprender a aprender y de ahí lo de las competencias. El proceso de aprendizaje es vertical y va desde el que no sabe al que sabe. Por supuesto que se puede hacer mediante un diálogo socrático, en muchos casos, que no siempre (el alumno tiene que aprender conceptos y memorizarlos y, a partir de ellos aprender. Desde la nada no se puede aprender), pero en este diálogo el que pregunta ya sabe la respuesta y dirige el aprendizaje, el camino que ha de seguir el que aprende. Le ayuda a reconstruir el conocimiento, pero previamente él tiene ya el conocimiento. Y para que el conocimiento quede fijado el alumno deberá memorizar, fijar conceptos y esto es lo que requiere del esfuerzo. Si seguimos el modelo horizontal la educación se convierte en una mediocracia. Y eso ha sido lo que ha ocurrido con el modelo LOGSE-LOE. Ahora bien, esto procede de un mal entendimiento del concepto de igualdad. La igualdad se refiere a la igualdad de oportunidades, no un igual aprendizaje para todos, ni una igualdad natural u ontológica. Y este falso concepto de la igualdad se une a otro falso concepto que es el de la obligatoriedad. Si la educación es obligatoria, necesariamente es un instrumento del poder. Ahora bien, el que no sea obligatoria no implica que no sea accesible absolutamente a todo el mundo: desde la educación infantil al doctorado. Una educación pública y gratuita desde la infancia al doctorado. Así, concluyendo, el proceso de aprendizaje debe ser vertical porque ésa es su propia naturaleza y no puede ser democrático, porque las diferencias existen y son reales. Y ese proceso vertical basado en el esfuerzo y el respeto a la autoridad intelectual y moral se convierte en una meritocracia. Pero de ésta ya hablaremos en otro momento.

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Vamos a ver la justicia si lleva a la igualdad, siempre que ésta sea de oportunidades. La igualdad es una consecuencia, no es algo de lo que se pueda partir. La justicia viene dada, es algo de lo que se parte, por imperativo legal tras la aprobación de un conjunto de leyes. La libertad es el germen del que puede surgir la justicia, pero sólo la justicia, a su vez, el sistema de leyes, puede garantizar la persistencia de la libertad. Libertad e igualdad son compatibles siempre desde un marco que las limita y las regula que es la justicia. Y, todo ello, sólo es posible desde un marco más general y previo que las pone como praxis política, es decir como algo que hay que conquistar, porque la democracia no es ni será nunca algo hecho y dado de una vez, que es, como digo, la democracia.

 

Cada vez creo más en la fuerza de las ideologías, ahora que dicen que han muerto, y, sobre todo, en las conspiraciones. Nunca pensé que un racionalista crítico como yo acabase defendiendo teorías conspirativas de la historia, pero es que los hechos son tozudos.

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La necesidad de un mesías, un salvador, un paraíso es connatural al hombre. Forma parte de la esperanza, pero esta esperanza, generalmente da lugar a la creación de infiernos en la tierra, las menos hace posible un avance ético-político de la humanidad.

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                               Teocracia o ley del aborto.

                Les suelo decir a mis alumnos que nuestra civilización se asienta sobre dos pilares: uno en Atenas, la filosofía y la ciencia y otro en Jerusalén, el origen del cristianismo que cuajaría definitivamente en Roma y éste sería un tercer pilar con su estado, su derecho, sus comunicaciones, su ciudadanía y su inmenso sincretismo. Pues bien, cae el imperio romano y retrocedemos ocho siglos. Llega una época de barbarie, oscurantismo, superstición, vasallaje y teocracia. Es decir que el fundamento de la ley social va a residir en la ley divina. Pues esto es lo que está ocurriendo en nuestra España en la que se aúna el dios mercado con el dios cristiano más reaccionario y sectario. Y lo digo por lo que está ocurriendo con el aborto y lo que llevamos soportando, en todos los gobiernos, y en todo el mundo, con la eutanasia.

                Hay varios errores que me gustaría señalar. El primero de ellos es la primacía que se da a la vida como valor fundamental. Es obvio que la vida es uno de los valores fundamentales. Es más, y no hay que confundir, la vida es el soporte de los valores y los bienes, en realidad, no es un valor en sí. Pero el cristianismo considera que la vida es un valor, es más, es un don divino. Es decir, que es un regalo otorgado por dios y que, por ende, no nos pertenece. De ahí que ni aborto ni eutanasia, ni suicidio asistido, ni cuidados paliativos. Pero el catolicismo tiene la vocación de universalidad, para eso se llama católico (universal) y pretende que su creencia, siempre particular, sea convertida en ley universal. Pues bien, a esto se le llama teocracia y es un atropello contra la libertad de conciencia, de creencia y de acción. Las leyes en una democracia deben ser abiertas, es decir, que dejen margen a las prácticas que se derivan de las creencias particulares, siempre que éstas no atenten contra la dignidad de la persona y contra la propia democracia. Porque la tolerancia también tiene sus límites que son, precisamente, los de la intolerancia.

                En segundo lugar, en el caso del aborto, se atenta contra el derecho de la mujer a decidir sobre su propia vida. Se antepone un “derecho” con fundamento teológico del no nacido, que ni siquiera es persona, aunque lo sea en potencia, sobre la persona real y en acto. Esto es una auténtica barbaridad moral. Es la pérdida de la dignidad de la mujer, de su autonomía y de su libertad. Es caer en la desigualdad entre hombre y mujer que la iglesia defiende y practica. La lucha por la igualdad ha sido ardua y ha dejado muchos cadáveres en la cuneta, como para que ahora, un gobierno pseudodemocrático, la tire por la borda. El fundamento de la ley no puede caer nunca del lado de la religión, sino de los principios éticos que animan el espíritu de los derechos humanos. Bastante tiene la mujer con sufrir la violencia de género, cuyo origen está también en la tradición cristiana que la considera inferior y posesión del hombre así como la vía de la entrada del mal en el mundo, como para verse ahora tutelada por un estado inspirado en el más rancio catolicismo. Un catolicismo que ha olvidado la ética evangélica.

                Una tercera observación es sobre el no nacido. ¿Quién es el gobierno y la iglesia a sus espaldas para permitir el sufrimiento atroz y de por vida de una persona? Esto sólo se puede entender desde el fanatismo, el sadismo y la hipocresía (claro porque los ricos, como lo han hecho siempre, se irán a abortar a otro país) Y esto es el resultado de anteponer la vida como valor supremo a la dignidad y la felicidad. Es lo mismo que ocurre con la eutanasia, aunque a ésta le dedicaremos otro escrito. La vida sin dignidad no merece la pena de ser vivida y uno debe ser libre de decidir si quiere seguir viviendo o no. Pero en el caso del no nacido no se puede ni siquiera plantear la cuestión. A éste se le obliga por ley a vivir en el sufrimiento. Y se condena a los padres a una existencia limitada al cuidado del hijo enfermo y sufriente. Doble condena, el cuidado permanente y soportar el sufrimiento de tu hijo. Cuando un hijo es todo lo contrario, es alegría, afirmación de la existencia, su cuidado es una proyección hacia el futuro, verlo crecer es ir vislumbrando su autonomía, que algún día, aunque nos duela, se hará total. Un hijo es libertad y dignidad. Pero la moral católica nos enseña la resignación, que en el fondo no es más que resentimiento.

Mi deseo a todas las mujeres en particular y a la sociedad en general de que esta ley nunca se lleve a cabo.

 

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Me encanta coincidir con los creyentes, pero esto sólo ocurre cuando no son fundamentalistas teológicos, sino seguidores de la ética evangélica. Al fin y al cabo, creyentes y ateos, procedemos de la filosofía griega y la religión cristiana. Esos pilares son irrenunciables por muy afilosófico o ateo que uno sea, o ignorante de la filosofía y la religión. Ambas forman parte de nuestro inconsciente colectivo o de la cultura.