La esperanza es intrínseca a la naturaleza humana. Es lo que nos permite sobrevivir por encima de nuestra propia finitud. Pero si perdemos los referentes de la esperanza: primero perdimos a dios, en manos de los ateísmos, luego la justicia, la verdad y la bondad, en manos de la posmodernidad, entonces nos hundimos en la miseria del nihilismo, la desesperación y el relativismo. A menos que optemos por un escepticismo esperanzado.
Diario de un escéptico.
Dos fascismos recorren Europa.
Es conocido que el Manifiesto Comunista comienza con la frase: un fantasma recorre Europa, es el fantasma del comunismo. Pues hoy en día son dos los fantasmas, aliados entre sí, y además, destructivos de todo lo que es Europa y de las máximas conquistas de la humanidad. Esos fantasmas son: el fascismo neoliberal y el fascismo político. Incluso podemos hablar de la cara y la cruz de una misma moneda. Si estos fantasmas toman cuerpo y se hacen totalmente reales, Europa está acabada y nos habremos sumergido en la barbarie, el odio y el totalitarismo.
El neoliberalismo es un fascismo porque es una forma totalitaria de gobierno. La intención del neoliberalismo es, en pro de la supuesta libertad del individuo y, por ello, su supremacía sobre el estado, la acumulación de las riquezas en las manos de los más fuertes económicamente. Es una ultradefensa del capitalismo que se alimenta de un ataque al estado y a todo lo que él representa en tanto que salvaguarda de los derechos civiles: libertad, igualdad, fraternidad, sociales: educación y sanidad y sociales: vivienda y trabajo. Nos engañan con que este estado es un estado protector que engaña al individuo y lo aniquila, cuando realmente es el que salvaguarda su libertad. El neoliberalismo es un reduccionismo económico. La libertad no tiene ningún sentido para él. No es más que la libertad del mercado, del tener, del dinero. Que, por otro lado, no es una libertad, sino una esclavitud. Esa libertad es una ficción. Porque la libertad no consiste en el tener, sino en el ser. Por eso la intención del fascismo neoliberal es la de crear una ideología del deseo. Por otra parte, la ideología neoliberal es reduccionista, elimina todos los valores, salvo el valor del mercado. Eso implica que la libertad es ficticia, porque es la libertad del mercado y ésta no es ni libertad ni nada, es desigualdad. Porque la libertad consiste en comprar, poseer. Pero el dinero es el límite de mi posesión, luego soy esclavo. Pero aún peor, soy esclavo de mis deseos. De lo que la sociedad del hiperconsumo me obliga a poseer. Porque es esta sociedad la que produce mi sistema de valores con el que yo veo el mundo y esos valores son engañosos y reduccionistas: son los del mercado, la juventud, el éxito y el tener. Y esto genera a una serie de individuos, que aun creyéndose ciudadanos son vasallos satisfechos que sólo son capaces de ver su propio deseo, su propio ombligo. Esto impide la capacidad crítica; impide la posibilidad de ver al poder de forma crítica. Al contrario, se le rinde vasallaje. Es una forma sutil, pero perfecta de esclavismo.
Pero la situación de bienestar absoluto, de crecimiento desmesurado, no podía durar siempre. De ahí, que desde el final de los años noventa se produzcan una serie de crisis económicas, tanto en EEUU, como en Europa. Y las fórmulas para salir de esta crisis ha sido el ultraliberalismo. La eliminación de lo que quedaba de socialdemocracia y, sobre todo, de socialismo. La derecha económica ha triunfado en Europa. Y con ella ha arrastrado nuestras mayores conquistas, que son la democracia y los derechos humanos. Pero no sólo esto, sino que ha traído la pobreza, la miseria, la desigualdad, la indigencia, la inhumanidad… Ha fracasado estrepitosamente. Pero sigue insistiendo en su política, porque su intención es el dominio de Europa, por parte de los países céntricos, con respecto a los del sur. Es un nuevo imperialismo alemán en el que los países periféricos quedan relegados al sector servicio y a la recolección de mano de obra barata y, de momento, especializada. Pero éste es otro tema. Lo que ha traído consigo el fracaso de las políticas neoliberales es el fascismo político: el totalitarismo. Ante los problemas de paro, miseria, pobreza, se responde, no con un discurso social. Sino con un discurso excluyente: xenofobia, nacionalismo, exaltación de los pueblos y las razas…que ha de ser dirigido por caudillos salvadores. Y el régimen que deben imponer es el totalitario. Este fantasma se extiende por Europa haciéndose realidad velozmente. Arremete contra la democracia, contra el ciudadano, contra la dignidad. Es un movimiento mesiánico que necesita sus sacrificios. Bueno, como mesiánico es también el neoliberalismo. Y es la otra cara de la misma moneda. Dos ideologías para un mismo sistema: la posmoderna y la fascista. Pero ambas son reconvertibles y están a un paso. La una, el posmodernismo relativista, nos lleva a la otra. Si todo vale, que es el lema del posmodernismo (ideología neoliberal creadora de zombis) entonces la opinión que más vale (porque ya no hay ni ideas ni ideales, solo creencias, opiniones y mitos) es la del más fuerte. Y entonces se instaura el totalitarismo, el régimen del terror y la barbarie. Pensemos y pongamos nuestro empeño en volver a los orígenes de Europa: Grecia, Jerusalén, el Renacimiento, el Humanismo y la Ilustración o Europa será un erial de barbarie.
Desde la perspectiva de la muerte.
Recuerde el alma dormida,
avive el seso e despierte
contemplando
cómo se passa la vida,
cómo se viene la muerte
tan callando;
cuán presto se va el plazer,
cómo, después de acordado,
da dolor;
cómo, a nuestro parescer,
cualquiere tiempo passado
fue mejor.
…
Ved de cuán poco valor
son las cosas tras que andamos
y corremos,
que, en este mundo traidor,
aun primero que muramos
las perdemos.
Dellas deshaze la edad,
dellas casos desastrados
que acaeçen,
dellas, por su calidad,
en los más altos estados
desfallescen.
Jorge Manrique. Coplas a la muerte de su padre.
De nuevo el tema de la muerte al que nunca se puede ser ajeno. Ya lo decía Platón, filosofar es prepararse para la muerte, pero un sabio Spinoza nos decía desde su alegría intelectual, que en nada piensa menos el sabio que en la muerte. De cualquiera de las maneras la muerte es un tema eterno e inevitable. Tan inevitable como el que la muerte es algo inminente. Algo que está ahí, y que, de alguna manera pone sentido a la vida. La vida sin muerte no tiene sentido. Lo mismo que la vida, conocida la fecha y causa de la muerte, tampoco tiene sentido. Conocemos de la muerte lo justo para que nos dé el sentido de nuestra existencia: que vamos a morir. “Morir tenemos, ya lo sabemos” que dicen los monjes de clausura con juramente de silencio, salvo este saludo. Lo cual nos recuerda que hay que tener presente el recuerdo de la muerte.
Ya decía también Heidegger que somos seres avocados a la muerte, que ese es nuestro sentido y nuestra angustia. Porque eso nos marca un tiempo, nos hace temporales. Convierte nuestro ser en un existir. En la medida que tomamos conciencia de nuestra mortalidad, la tomamos de nuestra limitación y finitud. Pero el hombre aspira a lo contrario, a lo infinito, a persistir. Por volver a Spinoza, todo ser intenta permanecer en su ser. Y el hombre no iba a ser menos, lo que ocurre es que nosotros procuramos permanecer en nuestro existir. Lo cual es una contradicción, y eso genera nuestra angustia metafísica, porque en el existir va la muerte implícita, como la conciencia. Una piedra es, una persona existe. Dios, en el caso improbable de su existencia sería un ser en el que esencia y existencia, como decían los escolásticos, coincidiría. Su ser y su existir serían lo mismo: ser necesario, es decir, que no puede dejar de ser. Pero, de todos modos, como decía Borges, creo, la teología es un género de ficción. Así que ciñámonos a la antropología. No tendríamos proyectos, ni nos interesaría el futuro, sin el conocimiento, más o menos consciente, de nuestra propia muerte. Sin la consciencia de nuestra temporalidad o de ser seres arrojados, literalmente, en el tiempo o en nuestro existir. Somos arrojados al tiempo y nos las tenemos que arreglar como podamos. Y no hay ni manual de instrucciones ni repetición de la jugada. Estamos dotados de emociones, sentimientos, razón y memoria y a partir de ello, haciendo un uso supuesto de la libertad, libertad condicionada, debemos construir nuestra existencia que, inexorablemente, está abocada a la extinción. La muerte es pasar del todo a la nada, del ser al no ser, de ser uno (tener consciencia) a ser muchos (todas aquellas individualidades que nos componen y aquellas que el propio proceso de descomposición (putrefacción) generan. Y esa nada vuelve al todo a través de un conjunto de reacciones físico-químicas. Porque nada se crea ni se destruye, sino que se transforma. Pero la unidad sistémica que nos constituía como un yo desaparece para siempre. Vence el principio de entropía. Todo tiende al mínimo estado de energía. La muerte es menor energía que la vida, como lo frío lo es de lo caliente. Y nos aferramos a nuestro cuerpo inservible y caduco como tabla de náufrago. Aquella tabla de náufrago en la que hemos navegado desde que nacimos y en la que nos hemos afanado. Pero esa tabla se ha ido desgastando, se ha convertido en añicos.
Y esto si hablamos de nuestro yo biológico al que vemos a diario deteriorarse. A nuestro yo psicológico y cultural le ocurre lo mismo. Por eso es que los viejos se quejan de la falta de ganas, y no es sólo porque el cuerpo, como se dice, no les acompañe, es que realmente nuestra voluntad se va extinguiendo. A pesar de que queremos persistir en el ser, no morir, porque es un imperativo biológico. Pero la vejez conlleva la desgana, la dependencia, la humillación, la perspectiva de nuestra falta de autonomía, la mirada a la muerte frente a frente cada mañana, como si fuese un milagro el haber sobrevivido un día más. Y todo se va perdiendo, y todo va careciendo de importancia, todo se vuelve plano y gris. Por eso el viejo siente la soledad, huye de ella porque le enfrenta a la muerte. Porque el viejo empieza a carecer de horizontes, porque empieza a ver claro que su único horizonte es la muerte. La vida, el tiempo, su biografía ha sido un eterno dejar, un dejar aquello que no se eligió, o que no se pudo elegir, la vida se contempla como un camino de bifurcaciones no vividas, con lo cual se transforma en una línea que es, se supone, el sentido que quisimos darle a ella desde nuestra libertad. La vida como tarea, que decía Ortega. Pero ya no hay tarea, hay una espera desesperada. Es lo común, hay viejos esperanzados y con proyectos y tareas, quien ha dicho que no. Porque uno de sus proyectos ha sido hacer de la vida un proyecto, una pasión, una tarea y no pensar en la muerte porque alcanzaron la sabiduría, o bien naturalmente, o bien, por medio del estudio y la reflexión.
Pero decía que lo íbamos abandonando todo, lo que fuimos, lo que construimos, los hijos que tuvimos, las amistades y enemistades, las riquezas y posesiones. Todo se va alejando poco a poco de nosotros. Y aquí quería llegar para mirar la vida desde la perspectiva de la muerte y que nos sirva como experiencia y aprendizaje filosófico. La muerte es la nada, la ausencia de sentimientos y de un yo que es el que alberga los sentimientos. La muerte, en este sentido es la serenidad. Y, con el tiempo, será el olvido. Todos seremos olvidados. Algunos serán reconocidos por sus obras en los distintos ámbitos de la cultura. Pero existencialmente son olvidados. Los muertos, de alguna manera, persisten en la memoria de los vivos, pero cuando estos mueren, desaparecen. No está mal que queden las obras de uno, que de alguna manera expresan lo que fueron. Pero esto no es inmortalidad si no hay un yo que sea su sustrato, ese yo es el que desaparece con la muerte. Acumular conocimientos tampoco nos sirve entonces, ya nos lo dice el Eclesiastés. Todo empeño en acumular, ya sean bienes materiales, como espirituales no es más que vanidad de vanidades. Pues bien, la muerte es la expresión de la serenidad, aunque no exista un yo y del olvido. Dentro de cien años nadie nos recordará, ni sabrá de nuestras pasiones, de nuestros celos, rencores, amores, odios, diversiones aficiones. La vida es un frenesí que nos arrolla hacia la muerte. Frenesí del que no queda nada. Pues sería interesante mirar a la vida desde esta perspectiva, desde la perspectiva de la nada. Desde la perspectiva de la inevitabilidad de la nada, desde esa nada que es la ausencia de pasiones. Y es esa nada la que debemos vivir como anticipo en nuestra vida. Nada importa, porque todo pasa inevitablemente, inexorablemente. Nos vamos haciendo viejos y caducos. Si anulamos nuestro yo, como nos recomiendan los viejos sabios y algunas religiones encomiables, recuperaremos nuestro ser. Ya decíamos que el hombre no tiene ser, sino existencia. Pero es que nuestra existencia es fruto de la temporalidad y ésta del deseo. Y el deseo constituye el yo. Si abandonamos, mirándonos a nosotros mismos desde la perspectiva inexorable de la muerte, desde la única certeza que tenemos, que vamos a morir, tarde o temprano, todo deseo, entonces abandonamos la existencia. No existimos, sino que somos. Y, quizás, nos quede la alegría intelectual de la que hablaba el gran sabio, Sapinoza, de vivir, simplemente. Escapar de la rueda de la existencia es escapar del imperativo del deseo, de nuestro propio yo que se alimenta de pasiones. Pero sólo son lícitas las pasiones adecuadas, aquellas que consideramos buenas, como la alegría, que es el pilar. Por eso una mirada de la vida desde la perspectiva de la muerte es terapéutica. Nos reconcilia con la nada, con el olvido, lima las asperezas de la vida, elimina o apacigua los deseos, tranquiliza cuando estamos desasosegados, porque nos recuerda que todo tiene un final. Por eso una buena vejez, la que es una culminación de una vida buena, nos reconcilia con la vida, nos da la serenidad, porque hemos perdido el fuego de los sentimientos. La serenidad de la muerte nos hace percibir la vida y nuestra existencia, como lo que es, apariencia, un afán inútil, una lucha perdida. Sólo los sentimientos nobles nos pueden ayudar a vivir, todo lo demás es superfluo. Desde la serenidad de la muerte, los altibajos de los deseos no existen, la vida aparece plana. Pensar en la muerte tranquiliza, como un narcótico que nos hunde en la nada del sueño al que nos dirigimos y que encima no sabemos cuándo va a llegar. Todo sufrimiento es inútil. Pasado el tiempo forma parte de nuestra memoria, como nostalgia, como una herida, mal o bien cicatrizada, depende de la sabiduría que hayamos tenido a la hora de resolver el trauma. Sartre decía que la vida era una pasión inútil, pienso que no tiene porqué serlo. Hay que fomentar los afectos (sentimientos) positivos, aquellos que nos encaminan al bien y no producen sufrimiento. Pero no hay que estar atados a nada, puesto que los sentimiento, y aquí no somos libres, los tenemos, más bien nos tienen. Desprenderse de ellos y verlos desde la perspectiva de la muerte, de la nada, es de lo que se trata. O disolverse en ellos hasta convertirse en su dueño, puesto que ya que no somos libres de tener sentimientos de lo que se trata es de dominarlos. No se trata de eliminar la tristeza o no, sino de ser dueño de ella, de sumergirte en ella sin ser absorbido, de no negarla, porque es tu propia naturaleza. Y la tristeza, la melancolía, en su justa medida, no son malos afectos, no son como la ira, el odio,…estos sí destruyen el ser, son un cáncer del alma. Y son estos sentimientos destructivos, que nos producen infelicidad, los que deben ser mirados desde la perspectiva de la muerte, la nada y el olvido. Quién recordará dentro de cien años el objeto de nuestra ira, de nuestro desprecio, de nuestra indiferencia, que nos corroe ahora. Ahora bien, todo sentimiento que participe en la alegría (que es el objeto propio del vivir), como la amistad, el respeto, el amor, la justicia, la templanza, la buena educación…no deben ser rechazados, sino fomentados, siempre y cuando nosotros seamos los dueños. Porque con el tiempo también serán nada. Y la muerte –desde su perspectiva- debe enseñarnos a desprendernos de todo. Y en esta tarea consiste prepararse para la muerte, que decía Platón. Y cuando uno ya está preparado, pues en nada piensa menos que en la muerte (porque vive desde la perspectiva de ella: desde el todo y la nada, que vienen a ser lo mismo) como decía Spinoza. Y así quedan nuestros dos sabios reconciliados en su pensamiento sobre la muerte y nosotros, espero, con la vida.
Donde habite el olvido.
Donde habite el olvido,
En los vastos jardines sin aurora;
Donde yo sólo sea
Memoria de una piedra sepultada entre ortigas
Sobre la cual el viento escapa a sus insomnios.
Donde mi nombre deje
Al cuerpo que designa en brazos de los siglos,
Donde el deseo no exista.
En esa gran región donde el amor, ángel terrible,
No esconda como acero
En mi pecho su ala,
Sonriendo lleno de gracia aérea mientras crece el tormento.
Allí donde termine este afán que exige un dueño a imagen suya,
Sometiendo a otra vida su vida,
Sin más horizonte que otros ojos frente a frente.
Donde penas y dichas no sean más que nombres,
Cielo y tierra nativos en torno de un recuerdo;
Donde al fin quede libre sin saberlo yo mismo,
Disuelto en niebla, ausencia,
Ausencia leve como carne de niño.
Allá, allá lejos;
Donde habite el olvido.
Luis Cernuda.
El pensamiento del poder.
“La filosofía es considerada por la gente común como chorrada, por los sabios como "algo que está ahí" y por los gobernantes como absurda.”
Hace poco apareció este comentario en mi muro de Facebook. Claramente era un comentario dirigido contra mí y mi actividad como filósofo. Pero a mí me parece que la frase tiene mucha más enjundia de la que el autor le daba y su intencionalidad, que a estas alturas, pues es algo que no me quita el sueño. De entrada cambiaría la palabra filosofía por la de pensamiento crítico, para no confundir la filosofía como profesión y algo a lo que se dedican unos pocos, con el pensamiento crítico que es, o más bien debería ser, propiedad de todos los ciudadanos. En segundo lugar, cambiaría sobre todo la tercera parte de la sentencia. Al poder el pensamiento no le resulta absurdo, es más, lo tiene en gran valía y vive de él y controla a partir de él. Y eso es lo que quiero demostrar. De modo que la tercera parte quedaría de este modo: al poder le parece inútil y peligroso. Tampoco concuerdo con la segunda parte, pero no es objeto de esta reflexión.
El pensamiento, o la filosofía siempre existen. Es un bucle del que no nos podemos librar. La crítica al pensamiento crítico es una forma más de pensamiento. Ahora bien, aquí hay una cuestión importante. Al poder no le interesa el pensamiento crítico, que tiene como característica esencial: la disidencia, heterodoxia e inconformismo. Es la enseñanza del maestro Sócrates al que le costó la vida. La primera víctima del pensamiento libre frente al poder. Por eso al poder el pensamiento no le parece absurdo, sino peligroso. Se dice también que “a la gente común la filosofía le parece una chorrada”. Bueno, habría que mirar las acepciones de chorrada, pero nos quedamos con la de tontería o sinsentido o estupidez con la que se pueda perder el tiempo. Absolutamente de acuerdo. Y no sólo a gente común, sino muchos altos cargos de la administración, por ejemplo en educación, y de la economía y del poder político mismo, cuajado de ignorantes. Pero no es que la gente común y demás personal indocumentado que piensa de tal forma, lo piensen autónomamente, de forma libre. Es decir, que no han llegado a tan magistral idea después de un largo estudio de años de toda nuestra tradición occidental filosófica, científica, humanista, artística, política, y tras una larga reflexión y, con dudas, y la máxima prudencia enuncian tal sentencia. No, dicho exabrupto nace de la plena ignorancia, del vacío de conocimientos y de la domesticación. Dicho de otra manera, otros, más listos, que ocupan el poder y quieren seguir ocupándolo y que están muy bien formados en ciencias, filosofía, economía y humanidades, saben que lo importante es que el pueblo piense que pensar críticamente es una tontería, una chorrada, una pérdida de tiempo. Esta crítica es vieja. Ya aparece en El Gorgias de Platón cuando a Sócrates se le acusa de dedicarse a la filosofía a su edad, que eso es cosa de la juventud. Pero que, pasada ésta, hay que dedicarse a cosas más serias y productivas. El poder elabora todo un pensamiento, harto complejo, del que a la sociedad llegan una serie de máximas que él asume, desde su ignorancia, y las defiende dogmáticamente cual si fueran creencias. Y, todo ello, desde la idea de la libertad de expresión y la equivalencia de las opiniones. Ni hay libertad de expresión: sino regurgitar lo que el poder transmite por los medios de desinformación de masas, ni hay equivalencia de opiniones. Éste es el engaño, para el populacho, la chusma (recuerdo que fueron los filósofos los que rescataron al pueblo de ser considerados chusma a ser considerados ciudadanos y sujetos de dignidad. Ojala todas las chorradas fuesen como ésta) que el poder utiliza para evitar la tentación del pensamiento crítico en el que las opiniones se confrontan, de ninguna manera son equivalentes.
Por último, al poder le interesa que el pueblo piense que las humanidades, la filosofía, el pensamiento crítico, sean cosas inútiles. Efectivamente. Desde el pensamiento (filosofía) sobre la que se cimenta la sociedad en la que vivimos el pensamiento crítico es inútil, como un poema, una novela, la historia, toda la tradición humanística, los derechos humanos, la democracia. Porque todos estos valores son éticos y políticos, no se pueden cambiar en el mercado, no tienen valor mercantil. Por eso mismo son peligrosos porque lo que queremos es construir una sociedad reducida al mercado. De ahí que al poder le interese ofrecer la imagen de saber absurdo, porque quieren hacernos ver que lo único que tiene sentido es lo económico. Pero resulta que, el pensamiento crítico, las humanidades, lo que hacen y han hecho durante siglos es convertirnos en humanos, civilizarnos. Sacarnos de la barbarie. Por eso, hoy en día, estamos en peligro de caer en la barbarie. Y la sentencia que encabeza este escrito lo demuestra.
Chil Rajchman. Treblinka. Seix Barral. 2014.
Un viaje a la condición humana: olvido, deshumanización, esperanza.
Una nueva obra sobre el Holocausto. Pero como toda obra nueva sobre el tema es absolutamente actual. Porque en definitiva se habla de la condición humana, de su universalidad, de la capacidad intrínseca de producir el mal, de la supervivencia, de la despersonalización, del fracaso del hombre, también de su superación, su esperanza y desesperación. Una obra absolutamente desencarnada. Una descripción aséptica de lo que ocurría en el campo de concentración de Treblinka contado por un superviviente. Un campo destinado a la muerte. En el que observamos toda la maquinaria racional y tecnológica puesta al servicio del exterminio del hombre por el propio hombre.
Un exterminio que comienza por la deshumanización. Se trata de convertir en cosa, en objeto al hombre. De esa manera la empatía que pudiese producir su sufrimiento queda anulada. Pero esa despersonalización no es sólo de cara al verdugo, sino que se produce en la propia víctima. Ésta al ser despojada de sus posesiones al llegar al campo, al ser desnudados, pierde su dignidad y se encaminan como animales dóciles, como ganado, al matadero, asumiendo sumisamente su destino. Otro factor interesante de esta maquinaria de exterminio y despersonalización es que el trabajo de toda la cadena que configura el plan de exterminio lo llevan a cabo los mismos que, tarde o temprano, serán exterminados. Los verdugos, los asesinos, como son llamados en la obra, único juicio de valor, el resto es descripción, un diario, por eso es desolador, se encargan de la vigilancia y de eliminar a todo aquel que se salga de las normas. O, simplemente, por puro capricho o diversión son eliminados de mil y una maneras para ver cuál es la mejor.
Y curioso es también como se llega a los campos de exterminio. Hay dos tipos fundamentales. A aquellos que se les ha prometido un trabajo, que vienen de los guetos y que ya, de alguna manera se barruntan lo peor, y que al llegar, si no han muerto o han sido asesinados en el tren donde han sido obligados a subir con todas sus posesiones, para después serles expoliadas, van a ser divididos y separados, hombres de mujeres, padres e hijos. Nada tiene sentido social ni moral. Son objetos y así han de ser tratados. Van a ser exterminados. Pero en todo este proceso se les sacará incluso su rendimiento. Se les confiscará la ropa, las joyas, el dinero y todas sus posesiones. Y después de pasar por las cámaras de gas serán desposeídos de sus piezas de valor, como dientes de oro o plata, que serán arrancados de cuajo, por sus mismos compañeros, esos que antes han tomado sus ropas y las han ordenado, quienes los han rapado, porque su pelo también será aprovechado. Por eso muchos de los presos acaban en el suicidio. Cada mañana aparecen como mínimo dos o tres ahorcados en los barracones. U otra forma de suicidio, incumplir las normas para que los guardianes los eliminen con un disparo en la nuca. La mejor forma de estar en Treblinka es estar muerto. La desesperación es total, la seshumanización llega al límite.
En los verdugos confluyen dos ideas que hacen posible su deshumanización. La primera es la ideología nazi y fascista. La de la raza aria superior y el odio al judío, al comunista, al gitano, homosexual…y, por otro, la obediencia ciega al sistema, la bananalización del mal, que lo llamo Hanna Arendt. Esta mezcla de odio y obediencia deja las conciencias perfectamente tranquilas y hace de estos verdugos asesinos y genocidas personas normales cuando están fuera del campo, e, incluso, “cultos”, que no humanistas.
La otra forma de llegar al campo es tremenda, también basada en el engaño, pero más cruel. Son aquellos que han sido hechos presos, sin conciencia de ello: ingleses, americanos, franceses, que podían encontrarse de vacaciones en algún país conquistado por Alemania. Y, precisamente, se los montaba en trenes de lujo, a familias enteras, y se les comunicaba que los llevaban a cualquier lugar de vacaciones, un viaje de placer. El choque debería ser brutal al llegar a Treblinka y bajar del tren y ser apuntados por los guardianes y separados de sus familias despojados de todas sus posesiones y desnudados. En fin, la obra es escarnecedora, porque es una descripción, apenas sin reflexión, ni juicios de valor. Se cuenta el proceso del exterminio con toda la normalidad del mundo. Como cuando llega Himmler al campo y se queda mirando la fosa de cadáveres, cientos de miles, y tras un rato (esto fue después de la derrota de Stalingrado, el comienzo del fin de la guerra) y afirma que los cadáveres deben desaparecer. Que no debe quedar ni rastro de lo que allí está ocurriendo. Y entonces comienza la construcción de hornos crematorios que funcionarían día y noche. Se estima que en diez meses, tirando por las cuentas más bajas, se exterminaron a tres millones de personas. Hablamos de exterminio, no de guerra.
Y porqué de nuevo un libro de esto. De algo que todo el mundo sabe. El tema es, a mi modo de ver, como señala el autor y en un formidable epílogo de Grossman, el del olvido, la memoria, la justicia y la esperanza. Si olvidamos lo que ocurrió estamos perdidos, primero porque no rendimos culto a los muertos y, segundo, porque no nos enfrentamos al demonio interior de la condición humana. Esto lo hemos hecho nosotros la humanidad. Cualquiera podríamos haber participado. Es más, participamos de grandes males. Es lo que llamamos el mal consentido. Pero incluso podríamos participar más directamente resguardándonos en el latiguillo de que obedecíamos órdenes, de que el sistema es el que hay y hay que obedecer. Es lo que hacemos continuamente por cobardía. No nos atrevemos a la disidencia, ni a la desobediencia civil, simplemente por miedo o ignorancia, obecedemos. Y, la capacidad de realizar el mal radical está en todos. Porque, como decía Terencio, hombre soy y nada de lo humano me es ajeno. Si cambian las circunstancias ya veríamos cómo actuábamos. Los héroes son pocos y los cobardes, la mayoría. Y la omisión es culpa. Es connivencia. Está perfectamente documentado la participación de intelectuales y científicos en este Holocausto, como lo está también el silencio cómplice de la sociedad civil. Se conocía, aunque no fuese en detalle, lo que estaba ocurriendo. La memoria, la historia, que es la que nos ofrece esa memoria es absolutamente necesaria. No se puede ni ocultar ni obviar. Debe estudiarse en los planes de estudio, como la guerra civil en España, como el resultado de un golpe de estado y un posterior plan de exterminio y genocidio, del que aún no se ha recuperado la memoria. Increíble. Y recuperar la memoria no es invocar al rencor, sino a la justicia y, de paso, a la esperanza. Si reconstituimos la justicia en el pasado tendremos la esperanza de pensar en un mundo mejor para que el mal radical no se vuelva a producir. Y otra consecuencia importante del recuerdo es que el mal radical no solo es el que se produjo en el Holocausto, sino que se ha producido durante todo el siglo XX, la diferencia es la racionalización y mecanización tecnológica que le dieron los alemanes del nazismo, pero el siglo XX y lo que va del XXI está plagado de genocidios y exterminios. El propio sistema capitalista es una forma de exterminio. Como reza el título de un libro: “El crecimiento mata”. Crecer, acumular riqueza, ha sido posible a costa de otros. Ha sido posible a costa de un neocolonialismo que se nos derrumba, que ha producido, desequilibrios políticos, guerras, hambre, miseria, migraciones masivas…y un agotamiento del planeta del que hemos sobrepasado sus límites. Es necesaria la historia para recordar. Y es necesaria la filosofía para saber de dónde vienen las ideas. Porque bajo el mantra de “para qué sirve la filosofía” nos encontramos filosofías absolutamente peligrosas que justifican el mal radical. Como decía el filósofo Reyes Mate especialista en el judaísmo y en la memoria histórica, en una conferencia en Cáceres, quizás un poco excesivamente, el pueblo judío estaba exterminado ya en el sistema hegeliano. Las ideas, unas veces justifican y otras producen los hechos. El estudio de la historia de la filosofía es absolutamente necesario para entender el pasado y pensar un futuro, no utópico por supuesto, que nos dé esperanzas, si es que cabe, sobre una sociedad más justa o feliz. O, para el escéptico sin esperanza, para entender por qué nuestra historia no tiene un final feliz, ni puede tenerlo.
La decadencia de occidente. Sin esperanza. Destino: la barbarie.
Se han impartido en mi centro educativo dos conferencias bajo el rótulo de Educación en valores. El problema surge cuando me entero de que van esas conferencias. Entonces tomo conciencia de que, realmente, estamos asistiendo al fin de la civilización occidental heredera de Grecia, Roma y Jerusalén. Es el fin, al menos que un cambio drástico lo evite. Y, además, es el fin de la civilización. Porque lo que hemos construido, nuestra herencia, es la civilización. Fuera de ella tenemos la barbarie. Y cuando hablo de nuestra herencia me refiero a los fundamentos, no a la historia de occidente que, por supuesto, también es una historia de barbarie. Por eso lo que se nos avecina es la tecnobarbarie y la barbarie económica. Ambas unidas con el cemento ideológico posmodernista y las ideas, mejor creencias, neoliberales.
Pues bien, vean ustedes mismos lo que se consideran valores hoy en día. La primera conferencia lleva como título Emprendimiento social (team emprende). El paréntesis y su contenido no lo he puesto yo, venía en el papel informativo. Es la manía de copiar los términos en inglés, como si en el castellano no tuviésemos vocabulario suficiente. Todo empezó hace años cuando en lugar de curso o cursillo, se empezó a denominar “master”. Eso sí, no es lo mismo. El master te va a costar una pasta gansa porque un master enseña más que un curso, aunque significan lo mismo y se nos cuente lo mismo. Pero fue el inicio de la privatización e idiotizasción de la sociedad y, en especial, del sistema educativo. Ahora, dependiendo, por tres mil o por seis mil euros, o mucho más, te compras un master. Son objetos de consumo. Porque ya, en realidad, no son un saber, sino un saber hacer. Es decir, te gastas la pasta y, encima, sales domesticado. Esto es, que pagas dos veces: una el master y otra con tu mano de obra dócil. Pero vamos con el tema del valor que se nos “vende”, porque todo es un mercado, no lo olvidemos, y ha de enseñarse lo rentable. El resto es pérdida de tiempo y palabrería. El valor es el del emprendimiento. Vaya palabreja ésta que se nos está colando. Su pronunciación es insoportable y lo que significa es peor todavía. El valor en alza hoy en día en la educación es el de la competencia del emprender. Se supone que el emprendedor es el que emprende cosas. Es decir, hace cosas. Pero, claro, no va a ser lo mismo, construir o hacer algo útil para el mercado y la sociedad tardocapitalista en la que vivimos, que emprender la tarea de escribir un poema, que lo mismo ni se nos ocurre nada en meses y nos dedicamos, simplemente, a pasear y leer. No. Esto no, esto es ser un parásito social. Como ya hiciese Platón en su república, aunque por otros motivos más fundados, habría que echar a los artistas de la ciudad, la polis, son unos cuentistas y vividores e, incluso, algunos, bebedores. Muy mal ejemplo. Mala gente. De modo que el emprender queda reducido a lo que de toda la vida hemos llamado un empresario, un trabajador autónomo. Pero aquí hay un engaño. Lo que al gran capital le interesa es que no haya obreros sino emprendedores, es decir obreros con capacidad de emprender tareas innovadoras y con capacidad de adaptarse a cualquier cambio, de tal forma que beneficien a la gran empresa. Una forma estupenda de acabar con la dignidad humana, de cosificar al hombre y de convertirlo en un ser unidimensional. Un ser dirigido al mercado y por el mercado. Claro, junto con el valor de ser un emprendedor va también el de la competitividad. Porque si eres emprendedor, tienes que competir con el resto. Porque no todas las ideas van a triunfar. Se crea así a un hombre isla que deja de tener contacto con el resto de los trabajadores y que piensa en el otro como un enemigo. Es decir, que con esto se nos vende el valor económico, al que se reduce la condición humana, y el egoísmo y la violencia, como añadidos. El gran capital, de un plumazo, acaba con la clase trabajadora. No es que los haya dividido, es que los ha convertido en islas.
Y yo me pregunto, dónde están los valores que con tanto esfuerzo hemos conquistado en nuestra civilización occidental: la igualdad, la libertad y la fraternidad. Por poner los ideales políticos de la modernidad. Dónde se ha quedado la lealtad, la magnanimidad, el respeto, la tolerancia, el amor a la verdad y al bien, el placer estético, la prudencia, la templanza, la valentía, la solidaridad, la amistad, el amor… Todo se ha disuelto en valor económico. Incluso la vida privada está mercantilizada. Primero entraron los pedagogos en la educación y eliminaron la importancia del profesor y del conocimiento, ahora entran los economistas y reducen los valores a lo meramente económico y transforman el saber en un saber intercambiable en el mercado. El resto es patraña. Esto, lo miren como lo miren, es la barbarie.
La segunda conferencia llevaba como título “Motivación INVICTUS (autoestima)”. Tal y como está, yo no he tocado nada, bastante feo queda ya así. El siguiente valor, entonces es la autoestima. Cómo no. De lo que se trata es de que el personal tenga confianza en sí mismo. Si no cómo va a ser un buen emprendedor. Además de lo que se trata es de competir. Y si tienes que hacerlo, pues no puedes ser un timorato, tendrás que tener autoestima, y no necesitar abuela, tú solito te las arreglas, porque tienes que desarrollar un ego impresionante. Y, para eso, desde luego, tienes que valorarte como el mejor y no pensar en los demás. Porque, en definitiva, se nos prepara para la guerra: la guerra del mercado en el que todos tenemos que competir y quedarse fuera significa morirse de hambre. Aquí no hay lugar para melancólicos, tímidos, escépticos, dubitativos, esto es la selva del mercado, es la guerra, es la competitividad y el triunfo del más fuerte. Y para ello hay que empezar teniendo una saludable autoestima. Eso sí, el otro, no es otro yo, sino el enemigo que me puede quitar el puesto de trabajo, el ascenso, en fin, un no humano. Se deshumaniza a la humanidad para que no nos sea doloroso ver la miseria a nuestro alrededor. El pobre y miserable lo es, en definitiva, como siempre ha defendido la ideología capitalista, porque se lo merece o no ha hecho nada para salir de ahí. Se acabaron las grandes conquistas de la caridad cristiana, del amor al prójimo, de la fraternidad universal de los estoicos y de la revolución francesa, transformada en el discurso progre, en solidaridad. Volvemos a perder la humanidad: la dignidad, la autonomía y la libertad. Todos tenemos que dar el mismo perfil (otra palabreja). No se admiten diferencias. El perfil del hombre saludable, confiado plenamente en sí mismo y competitivo. Se acabó el hombre y se acabó la polis. Se nos ha convertido en mercancías unidas por los lazos del mercado, no por los del humanismo. Y para conseguir esta distopía bárbara es necesario “educar” a los súbditos. Comienza la barbarie, comienza el totalitarismo. Pocas esperanzas nos quedan.
Por cierto, del estudio de los valores y de la tradición occidental se encargan los filósofos. No creo que sea una casualidad que hayan reducido el curriculum de filosofía en un setenta y cinco por ciento, y que precisamente han eliminado: Educación para la Ciudadanía, Ética e Historia de la Filosofía. ¡Serán miserables!, si me lo permiten.
La felicidad y la amistad II
Vivo sin vivir en mí
Y tan alta vida espero
Que muero porque no muero.
Vivo ya fuera de mí,
Después que muero de amor;
Porque vivo en el Señor,
Que me quiso para sí:
Cuando el corazón le di
Puso en él este letrero,
Que muero porque no muero. Santa Teresa de Ávila.
¿Y la amistad entre hombre y mujer es posible sin mediación sexual, o está sometida a éste interés particular? Difícil y apasionante tema del que cada cual tendrá su propia experiencia.
Ante todo, para intentar un acercamiento a una respuesta, imposible, por otro lado, hay que tener en cuenta que el amor es una cuestión cultural. Que forma parte de nuestra segunda naturaleza y que emerge estrictamente de lo biológico que tiene como fin la reproducción. Pero, claro, sobre esta base biológica surge el amor y también la amistad como formas culturales. Por eso existen múltiples formas de amor a lo largo del tiempo y las culturas. Si nos vamos a nuestros orígenes griegos tenemos la referencia fundamental de Platón en sus dos obras, El Banquete o del amor y Fedro o de la belleza. Las dos hablan del amor-amistad sólo que desde diferentes perspectivas, el primero desde lo que le ocurre al sujeto y el segundo desde cuál es el objeto del amor. Y en ambos casos se presenta de forma dialéctica. Es decir, el amor entendido como un proceso que va desde lo particular a lo universal. Por eso el primer discurso de El Banquete está basado en un mito. Eros, el dios del amor, arrebata la conciencia del enamorado, de ahí la ceguera de éste, su estado de locura y alienación. Como nos dice después Ortega. Y el último discurso es el de Sócrates, que asume los anteriores discursos en lo universal. En definitiva el amor es identificado con el deseo. Y el deseo es siempre de algo que no se tiene. Si lo tenemos no hay amor. Ahora bien, también queremos no perderlo. El amor en tanto que carencia busca realizarse en la posesión de lo que no tiene. Y lo que le falta al amor, que ya no es un dios, es precisamente: la verdad, la belleza, el bien y la justicia. Por eso entre los griegos el amor es entendido como búsqueda de la belleza que unifica todo lo demás. El amor es la tensión que sentimos cuando buscamos “engendrar en la belleza”: buscamos y encontramos la belleza en un cuerpo, después en todos los cuerpos, más tarde, en la naturaleza, posteriormente en la ciencia (las leyes que rigen la naturaleza: la verdad) y, por último, en la justicia: las leyes que rigen la ciudad. Y todo esto en su totalidad nos lleva a la belleza en sí. La amistad entre hombre y mujer, entendida desde esta perspectiva del amor, se puede considerar, perfectamente, como una búsqueda de la belleza y la verdad. Pero, claro, y aquí está la cuestión, en el mundo griego, para empezar, este amor-amistad se da entre los varones acomodados que tienen tiempo para la filosofía y el arte. Y, para seguir, la sexualidad no es un tabú, sino algo natural. De aquí la homosexualidad griega. Por ello, para ellos nuestra pregunta carece de sentido. Los griegos amaban el cuerpo. Aunque en Platón está el germen del dualismo cuerpo-alma, persiste el espíritu dionisiaco, aunque bastante extirpado ya, como denuncia Nietzsche. Pero, claro, nuestra civilización tiene tres patas: la griega, la cristiana y la romana. Y es el cristianismo, de la mano fundamentalmente de Agustín de Hipona, interpretando a Platón, “el cristianismo es platonismo para el pueblo”, decía Nieztsche, el que va a considerar el cuerpo como el origen del mal, sobre todo en lo que a la sexualidad se refiere. Y la mujer va a ser la parte que más pierde en todo esto; porque nos vamos a encontrar toda una fundamentación mitológico religiosa del patriarcado que durante siglos aplastará a la mujer y cuya visión aún permanece. La sexualidad sigue siendo tabú, el espíritu dionisiaco fue aplastado definitivamente hasta que es recuperado por Nietzsche y el romanticismo y pensado por Freud. Y es en éste último en el que nos vamos a fijar. Freud lo reduce todo al instinto o pulsión del placer y al de muerte. De tal forma que toda relación, desde la infancia a la muerte, viene mediada por el principio del placer. El principio del placer abarca la sexualidad, no se reduce a ella. Es decir, que no tiene como objetivo la procreación. Y, desde aquí sí podemos aventurar una respuesta. La relación de amistad entre hombre y mujer viene mediatizada por el principio del placer, pero como toda relación. Puede ser que haya más carga sexual en esta amistad, lógicamente, por imperativo biológico. Por eso la amistad entre hombre y mujer es más inquietante, estimuladora, se dan más la confidencia y los silencios, es más impulsiva y menos serena, porque en el fondo siempre está esa sexualidad del principio del placer acechando. Y el tabú de la sexualidad heredado del cristianismo, cristalizado en forma de represión, guiando nuestros impulsos.
En fin, la filosofía ha tenido como temas fundamentales el amor y la muerte. Ahora son también objeto de la ciencia. Pero, por mi parte, creo, que es el arte: la literatura, la pintura y la música, el que nos abre las puertas al “entendimiento” de todo esto. Pero el arte muestra, no demuestra nada, ni falta que le hace. Y muestra lo inefable. Y el amor, la amistad, la muerte forman parte de lo inefable.
La felicidad y la amistad.
Un escéptico sin esperanza acaba convirtiéndose en un nihilista. Aunque parezca contradictorio el escéptico mantiene la esperanza porque su actitud no es la negación, como popularmente se le atribuye, sino la búsqueda. Lo que ocurre es que el escéptico, desde la razón, duda y desconfía, pero desde el corazón mantiene la esperanza, aunque desde la provisionalidad. Y esto viene a cuento de que hoy voy a hablarles de la felicidad y la amistad. Desde muchos años acá, como saben, estoy convencido que lo importante en la vida es la libertad y la dignidad. Que la felicidad tiene que pasar a segundo plano e, incluso, que ésta, en el mundo posmoderno e individualista en el que vivimos no es más que una forma de control sobre el pueblo para convertirlos en súbditos divertidos. Pero todo ello no quiere decir que la felicidad, en su sentido más profundo, no sea una dimensión fundamental, yo diría que connatural, del hombre. Todo hombre, como nos decía Aristóteles, busca el bien supremo y a esto es a lo que llamamos felicidad. Y ésta consiste en la conquista de la virtud moral y la virtud intelectual. Y la conquista de ambas requiere esfuerzo y ejercicio. La virtud moral es elegir el justo medio entre dos vicios. No es la eliminación, sino la mesura. Por eso es la prudencia la que nos hace elegir el justo medio y la fortaleza la que nos mantiene en el ejercicio de la virtud hasta que ésta, se convierte en hábito. Y es curioso que este ejercicio de la virtud nos hace libres, porque el vicio moral, como el físico, nos hace esclavos, la virtud nos hace libres. Y por aquí hay una unión entre felicidad y virtud. Las virtudes intelectuales son el cultivo de las ciencias, el arte, la filosofía, todo aquello que es la contemplación intelectual. Y como nuestra propia naturaleza es la racionalidad, pues nuestro fin propio es el cultivo de ella y de ese cultivo, más el ejercicio de las virtudes morales surge la felicidad, el bien supremo, que, en definitiva, es un placer. Y aquí se nos une el pensamiento aristotélico con Epicuro y el hedonismo. La felicidad reside en el placer. No se concibe una vida feliz sin placer. Pero el placer está en la mesura. Toda desmesura es proteica, como ha ocurrido con la civilización occidental, y autodestructiva. Infelicidad y desgracia.
Pero resulta que tanto Aristóteles, como los hedonistas no se conforman con decir que la felicidad está en la virtud, sino que hablan de los bienes, que son aquellas cosas que podemos poseer y que nos hacen la felicidad más accesible. Y ambos coinciden que el mayor bien es la amistad. Sin amistad no hay posibilidad de felicidad. El hombre es un ser social y necesita de compañía, amigos y comunicación. Pero la amistad auténtica está sólo al alcance de los que han alcanzado la virtud. Generalmente la amistad está regida por el interés propio, el egoísmo. Es necesaria, pero es una amistad inferior. La amistad superior es la que se tienen dos hombres que hablan desde la contemplación, desde el mundo de la inteligencia, la razón y la sensibilidad. Es el complemento de la sabiduría, porque el conocimiento sin comunicación es un conocimiento que no acaba de realizarse. Y esta amistad es desinteresada, porque tiene un interés común, el mundo del espíritu o de la cultura o de la inteligencia. Esta amistad lo que produce es una comunión de los espíritus de ahí la sensación de habitar en un mismo pensamiento, una misma conciencia, de identificación plena con el otro, aunque haya desacuerdos en la conversación, un sentimiento de complicidad. Esta amistad no está sometida a las leyes del tiempo. Al no haber interés de por medio la separación sólo puede producir nostalgia, nunca rencor y menos odio, como ocurre en las amistades regidas por el interés propio, aunque sea el mero interés de no estar solos. La amistad de los hombres nobles salta por encima del mundo físico y se instala en el mundo de la conciencia. De ahí esa sensación, pasado el tiempo, de complicidad, intimidad, simultaneidad, cuando se vuelve a hablar con el amigo. En fin, que la virtud más la amistad del hombre noble es una garantía de auténtica felicidad. El hombre noble también puede alimentarse con la amistad de los hombres del pasado o del presente a través de la lectura porque ésta es la conversación de la humanidad. Pero aquí hay ya una mediación y una falta de la presencia física que es fundamental.
Hay un tema muy interesante que es el del amor y la amistad. En primer lugar el enamoramiento, que nos hace felices y pletóricos, en realidad es un estado transitorio, una distorsión de la conciencia, que decía Ortega, o una idealización cristalizada, que diría Stendhal. Éste no supera la prueba del tiempo. Más bien es un mecanismo biológico dirigido a la procreación. De ahí su duración, de uno a tres años, después la idealización se convierte en rutina y tiempo que todo lo destruye. Pero como somos animales culturales pues resulta que tras el enamoramiento, pues puede surgir el amor, que sería la amistad que queda tras los rescoldos del enamoramiento una vez destruido por el tiempo. Pero esta amistad también está sometida al interés y por eso decía Ortega que el enamoramiento es algo que a uno le pasa, pero que el amor es tarea. Por ello, quizás es muy difícil que la amistad que surja de este amor sea la amistad del hombre noble, no digo que no pueda ser, que en muchos casos lo es. Además en la amistad a través del amor intervienen otros factores, como es la convivencia, un proyecto de vida en común, en fin, múltiples factores, que lo mismo que unen indisolublemente, pueden separar irremediablemente.
¿Y la amistad entre hombre y mujer es posible sin mediación sexual, o está sometida a éste interés particular? Difícil y apasionante tema del que cada cual tendrá su experiencia y que dejamos para otra ocasión.