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Filosofía desde la trinchera

Diario de un escéptico.

Un apunte más sobre el desastre educativo.

Vamos a ver. Ya he dicho muchas veces que los males de nuestra educación, me refiero a la LOGSE, pero que se perpetúan de alguna manera en la LOMCE, es la obligatoriedad hasta los dieciséis años, sin dar salida en esa edad que va de los catorce a los dieciséis para otro tipo de educación. A esto hay que sumarle la promoción automática. Te encuentras alumnos que acumulan más de diez o doce asignaturas pendientes y que están en cuarto esperando acceder a la ESPA o, simplemente, por estar, porque no tienen otra cosa mejor que hacer. Verdaderamente la ley construye el espacio social en el que esto se puede dar. Pero ya he hablado muchas veces de la ley y sus fundamentos. Hoy quiero hablar de algo mucho más particular: los padres y la educación.

Solemos decir también que la educación, y como están los alumnos, es culpa y fiel reflejo de la sociedad. Cierto. Pero esto no es más que una generalidad que no viene a decir nada. Yo he utilizado muchas veces este argumento, pero he analizado en qué consiste la sociedad en que vivimos y de qué manera ello repercute en los alumnos. Y eso es concretar. Y hoy quiero hacerlo más todavía con respecto a los padres. Cuando hablo de padres, aunque utilice el plural, no estoy haciendo una generalización, eso invalidaría el argumento, simplemente me refiero a un número significativo, no tienen ni que ser mayoritario, aunque pudiera serlo.

Para empezar, el primer error, la LOGSE-LOE introduce a los padres en el proceso educativo. Esto es una barbaridad, aunque lo veamos como algo normal porque ya estamos acostumbrados. El papel de los padres, y es el que no suelen hacer, es el de educar a los hijos, los profesores, sobre todo en secundaria, enseñamos materias, disciplinas y hasta competencias y, también transmitimos valores, cuando se dejan, claro. Pero no tenemos que educar. El profesor de matemáticas de segundo de bachillerato no puede estar diciendo que no se habla en clase o que no se tiran los papeles al suelo, ni si quiera el de primero de la ESO, sino para enseñar matemáticas y transmitir valores. Pero valores intelectuales: la curiosidad, la admiración, la perplejidad ante la inmensidad del conocimiento, la pasión por el saber… y morales: el respeto y la tolerancia, que es el fundamental, el compañerismo, la solidaridad, la equidad y justicia, la prudencia, la paz y la mesura… y éste es el nivel educativo y es lo que el profesor debe hacer. Lo que llamamos educación, más bien urbanidad, que llamaban los sibilinos jesuitas, de los que tanto aprendí, es cuestión ineludible de los padres. Y los padres tienen la obligación de transmitirla al hijo, tanto en la teoría como en el ejemplo. Y esta educación no puede delegarse en los profesores porque ellos no están para eso. Simplemente. Cada uno en su lugar y que cada palo aguante su vela. Ya está bien de paños calientes. No se manda a los hijos a los centros de enseñanza para que los eduquen en el último sentido de la palabra que le hemos dado, sino para que los enseñen y les transmitan valores universales. La educación es algo que tiene que venir ya dado, sea un buen o mal alumno. Y si es un mal alumno desde el punto de vista de la educación, del comportamiento, la ley debería tener los instrumentos para mandarlo a casa a que ese alumno sea educado por sus padres o tutores o vaya donde tenga que ir. Los institutos no son refugio de caprichosos, malcriados, egoístas, graciosillos de turno, maltratadores, ni personal que boicotee las clases con su charlatanería banal que se la podía guardar para casa o para con sus amigos. Decía que el error provenía ya de la incorporación de los padres en el proceso de enseñanza. Dicho con claridad meridiana. Los padres no pintan absolutamente nada en el proceso educativo y espero que se me entienda. Sobre todo, como decía Nietszche, que no se me malinterprete. El proceso de enseñanza, independientemente de lo que digan los pedagogos, que ésa es otra, se da entre el profesor y el alumno. Es un proceso que además es vertical, del profesor al alumno, también independientemente de lo que digan los psicopedagogos. Ya en muchos otros lugares he desmontado sus argumentos. Pues bien, en este proceso, en el que se transmiten conocimientos y valores, no cabe nadie más. Por eso los padres no pueden intervenir, ni opinar, ni dictar nada, sobre las programaciones, las clases que cualquier profesor da (además de que eso viola la libertad de cátedra, que, por cierto, ya sólo le queda el nombre). Es decir, que no tienen por qué ocupar órganos de dirección del centro y menos el máximo órgano que es el Consejo Escolar. Ahora bien, eso no quiere decir que los padres se informen periódicamente sobre el proceso educativo de sus hijos, que vengan a escuchar al tutor y a los profesores oportunos para informarse sobre el proceso de aprendizaje y la calidad humana del alumno (su hijo). Eso es preocuparse por el futuro del hijo. Eso es seguir educando al hijo. Porque es estar pendiente de lo importante.

Pero esto no es lo que hay. Lo que hay y abunda es una mala educación y una falta de valores tremenda. Sí, que procede de la sociedad, pero también digo que no todo el mundo es como la sociedad dicta. Si el niño ha aprendido en casa que lo importante es el dinero y que el profesor es alguien con muchas vacaciones, pues ya ha perdido el profesor su valor de dos formas. Primero porque lo que hace no le da dinero, salvo para vivir con normalidad y, en segundo lugar, se le está llamando vago. Cuando, en realidad, un profesor está todo el día trabajando para la enseñanza, que no consiste sólo en dar clases. Y que una hora de clase no se puede contabilizar, como se hace, también desde la administración, como una hora de trabajo apretando un tornillo. Una hora de clase tiene detrás cientos de horas de estudio y de trabajo, de esfuerzo y de disciplina y de amor y pasión por el saber. Pero las cosas no funcionan así. El profesor suele ser considerado un don nadie. Qué valor tiene compara con un futbolista famoso, yo que sé, Ronaldo, no me sé ahora mismo otro. Procuro no estar al tanto de esto y de sus trifulcas más que nada por salud intelectual. La mayoría de la sociedad tiene un mayor reconocimiento hacia un equipo de futbol o un jugador que con respeto al sistema de enseñanza o un profesor. ¿Quién es un profesor comparado con un número uno del futbol? ¿Qué es la educación comparado con que gane la liga mi equipo? Que sólo hay dos, por lo visto, como en política ¡Qué país más pobre y poco imaginativo! Y en esas estamos, que lo que aprende el niño en casa son unos falsos valores, de los que se desprenden la falta de respeto y consideración al profesor. Pero, por si fuésemos poco, parió la abuela. Y resulta que la propia administración considera a los profesores los culpables del mal estado (yo diría ya sin estado) de la educación. Y entonces es cuando los padres no van a los institutos a seguir el proceso educativo de sus hijos, su aprendizaje, su maduración moral. Sino que van a que su niño tiene que aprobar por que él lo dice y punto. Que su hijo estudia mucho, que es que es así y no sigo por guardar la mesura. Y se echan encima del profesor exigiéndoles el aprobado o hacen una reclamación a la inspección que, como sabemos, siempre encuentra algo, más o menos inventado, para dar la razón al alumno. Con lo cual el profesor queda totalmente desacreditado. O, cuando un padre te llega, encima, fuera de las horas de visitas o tutoría de padres a pedirte explicaciones de por qué le has puesto un parte de disciplina a su hijo. Eso es intromisión total (ante la cual uno se siente amenazado) porque te está diciendo cómo debes hacer tu trabajo: cuando poner parte de disciplina o cuando no. Venga ya, hombre. Hay que transmitir valores a los hijos y no precisamente los del éxito, el dinero fácil, el engaño al estado, la belleza pasajera de la juventud, el todo vale mientras que no te cojan, el que todas las opiniones son válidas. No señor. De ninguna de las maneras. El profesor es la autoridad y requiere de un respeto absoluto por parte de los padres y de los alumnos (independientemente de que se equivocará mil veces, pero ya hay mecanismos internos de corrección de esos errores) y no son precisamente los padres y los alumnos los que juzguen al profesor y pongan en evidencia su quehacer. Eduquen a sus hijos en el respeto a todo el mundo, a todo ser vivo, en el amor a los libros y al conocimiento, en la práctica deportiva, en el compañerismo, en la amistad, en la sinceridad y, muy importante, en la valentía (ser responsable de lo que uno hace) en la curiosidad, en el respeto a las instituciones y al estado, en la búsqueda del saber y no en la imposición de las opiniones particulares. Éste es un gran reto que todos tenemos (me incluyo) como padres. No escojamos el camino fácil de echar balones fuera y las culpas para el otro. Seamos valientes, como digo, asumamos lo que somos, lo que hacemos y lo que podríamos llegar a hacer y ser con nuestros esfuerzo y trabajo. Es un gran programa educativo. Pero, primero, los alumnos deben venir educados. Los institutos no pueden ser centros carcelarios llenos de cámaras para vigilar el daño que al inmobiliario causan los alumnos, esa falta de respeto por lo público, o, peor, a otros alumnos. A mí me da vergüenza ver estas cámaras. Pero, lamentablemente, son necesarias porque parece que han persuadido al personal de algunas malas conductas. Y, en el futuro, nos aguarda más…

Vivimos un serio peligro con nuestros jóvenes. Muchos de ellos, en especial los menos informados, menos cultos y marginados sociales están defendiendo a capa y espada el franquismo. Con un desconocimiento total. Lo llevo viendo varios cursos, pero el número aumenta, a la par que la falta de argumentos acompañada de la ignorancia y la violencia a la hora de defenderlos. Les falta conocimiento histórico, les falta memoria, les falta conocimiento de la historia de las ideas. Les sobran móviles, internet, futbol… y miles de tonterías y caprichos más. Es lamentable que en cursos de ética y hasta de segundo de bachillerato en historia de la filosofía, se tenga uno que enfrentar a estos señores, por llamarles de alguna manera. Porque uno es respetuoso y considera a todos personas. Pero estos señores están defendiendo en mis narices, en una clase, el genocidio. Es el derrumbe ideológico de Europa. Ha triunfado, o casi, el fascismo económico. Y este mismo fascismo está animando y provocando el resurgimiento de las ideologías fascistas del siglo XX. El camino a la barbarie. Pero no es que sólo vayamos a ser vasallos, sino que muchos serán aniquilados si estas ideologías míticas, fascistas y asesinas triunfan.

Los servicios públicos van desapareciendo a pasos agigantados. El estado se reduce. Si no nos enfrentamos a esta barbarie retrocederemos varios siglos. En definitiva, estamos asistiendo a una desilustración y desdemocratización. Nos estamos convirtiendo, bueno, somos ya, semivasallos.

El mundo con su globalización financiera va a la hecatombe civilizatoria. Nuestra crisis es de civilización no sólo de sistema productivo. El sistema de producción capitalista ya no funciona. Este sistema se ha convertido y vive del robo. La crisis es el anuncio, precisamente por el agotamiento de este sistema, de un nuevo sistema capitalista organizado desde las multinacionales que crean un orden legal ficticio superior a los estados y que estos se ven obligados a obedecer. Y, de esta manera, se perpetra el robo y la extorsión. Frente a ellos lo que nos queda es la localización por medio del decrecimiento.

"¿Huir? ¿Para qué? En cierta medida ¿no es cierto que parte de aquello de lo que se huye en realidad forma parte tuya? ¿No es mejor plantar cara? ¿No es mejor también no hacer nada (simplemente dejar estar hasta que pase, al fin y al cabo todo pasa)?" Miriam Al Adib

En realidad huir no se puede nunca, me refiero al caso de las emociones. Porque sería huir de nosotros mismos. Podemos huir de una situación insoportable y no es cobardía es afirmación de nuestro yo. Es supervivencia y es encomiable, porque a veces no huimos de situaciones por cobardía. En ese caso huir es un acto de valentía. Incluso el suicidio, como huida frente a unas circunstancias invivibles, es encomiable y un acto valeroso. No se puede plantar cara a lo inevitable, la muerte de un ser querido, por ejemplo, se tiene que asumir. Por eso no podemos huir de las emociones. Las tenemos que hacer nuestras y ser sus dueños. Estar por encima de ellas. Y, en cuanto a las circunstancias, mientras que sean condicionantes sólo, es decir, las que nos construyen condicionándonos, pues hay que lidiar con ellas, como decía Ortega y Gasset en su famosa frase, que nunca se cita entera, “Yo soy yo y mis circunstancias, si no las salvo a éstas, no me salvo yo.” En la segunda parte es donde está la miga del asunto. Salvar las circunstancias es lidiar con ellas hacerlas mías, es la tarea de mi vida, es lo que me convierte en un yo y un yo absolutamente particular. En un creador de mi propia existencia. Y esta tarea no debe ser una lucha, y menos contra lo inevitable, como hemos dicho, sino una tarea, nuestro quehacer vital, que decía Ortega. Y así haríamos de nuestra vida una obra de arte.
Ahora bien, también nos queda la actitud del observador. Del que está por encima de las circunstancias. Pero incluso éste actúa. Lo único que sucede es que no está implicado en las emociones. Pero ésta es una actitud superior: es la del místico. Y esto ya es otro tema.

El neoliberalismo nos ha aplastado. No existen los trabajadores a la antigua usanza, que se conocían, que se veían dentro y fuera del trabajo. Existe el precariado. Personas que compiten ferozmente por unos euros a los que no pueden renunciar porque otro se los llevará. El trabajo es aislado, no se conoce a los compañeros. No existe algo así como conciencia de trabajador, ni de ser explotado. A los obreros se les obliga a hacerse autónomo y, de esa manera, dejan de ser lo que realmente son, trabajadores. Y si la empresa fracasa, el fracaso es suyo también. Mientras tenemos el espectáculo de la política, porque eso es la política, mero espectáculo. Y los políticos unos señores en connivencia con el verdadero poder que no ha sido elegido por nosotros, que son las grandes multinacionales, los grandes bancos privados y, como no: FMI, BM y demás fuerzas financieras. Todo ello y mucho más nos ha convertido en siervos a la par que nos ha extirpado la conciencia y sin ella no hay acción. Somos zombis.

Es absolutamente necesario que el problema del cambio climático sea un problema, además de científico-técnico y político, estrictamente moral. Es un problema de responsabilidad de nuestros actos. De las consecuencias catastróficas que tienen nuestros actos basados en un modo de vida. Lo que hacemos hoy afecta al presente en otros lugares y al futuro. A las siguientes generaciones. De ahí, el principio de responsabilidad que proponía Hans Jonas. Si no se inicia un diálogo desde este principio, imperativo podríamos decir, ético no vamos a ninguna parte. Sólo le daremos vueltas al problema y no nos implicaremos. Sin embargo, como seres morales que somos este problema requiere de nuestra implicación porque afecta a los otros. Y nos construimos como personas, seres inevitablemente morales, en relación con los demás.

El discurso ético siempre tiene que estar por encima del científico. Hoy en día la tecnociencia está por encima del discurso ético y, peor aún, el mercantilismo, sustentado en una psedociencia, la economía neoliberal u ortodoxa, está por encima de la tecnociencia: la ha convertido, como todo, en mera mercancía.