Evidentemente lo que se nos está proporcionando desde la ciencia es otro mito mesiánico. Y el problema de este mito mesiánico es que mientras perdemos energías en la creencia y la espera de este mito alimentado por el mito del progreso y la religión del cientificismo, perdemos la posibilidad de resolver y enfrentar los problemas reales a los que la humanidad se presenta. Esto no es más que charlatanería. Y lo digo desde el más profundo amor a la ciencia y al conocimiento. Pero es que estos señores, en nombre de la ciencia, han invadido el terreno de la filosofía y la ética a las que, previamente, han declarado muertas y desaparecidas en combate. Esto no es más que un reduccionismo simplón y una huida hacia adelante. Me quedo con el segundo volumen de Jorge Riechmann de su trilogía de ensayos sobre la ética de la autocontenciaón. “Gente que no quiere ir a marte”.
Diario de un escéptico.
Pero hay que tener en cuenta que hoy vivimos inmersos en otra religión que nos impone sus valores a fuego y que tiene sus cientos de miles de muertos diarios. Es la religión del progreso, el cientificismo digitalista, el mercantilismo neoliberal capitalista. Y, todo ello, está perfectamente trabado y unido. No son cosas separadas. Forman un cuerpo ideológico religioso tan peligroso como las religiones tradicionales. Es necesario recuperar el proyecto ilustrado porque lo que vivimos es una Ilustración desbocada.
El fanatismo está aquí y en el gobierno. El catolicismo muestra su cara más fanática, intransigente, antihumanista, reaccionaria que posee. El germen del fanatismo está en las tres religiones del libro. La diferencia es haber pasado por el tamiz de la Ilustración o no. Se nota que en España la Ilustración nunca llegó y nos quedamos en una cultura de sacristía, superstición e irracional.
Y, por otro lado, nos encontramos con que la extrema derecha no existe en España porque ha sido absorbida, pero no neutralizada, por el PP.
La sociedad del malestar, la sociedad del cansancio. Hemos creado una cultura en los últimos cuarenta o cincuenta años que reduce al hombre a un mero objeto que es tratado, considerado y medido científicamente. Un objeto que tiene una única misión: consumir y trabajar para consumir. Los valores tradicionales han muerto, las religiones tradicionales, también. Sólo nos quedan los nuevos ídolos que la sociedad de consumo de masas nos ofrece de forma rápida. No nos da tiempo de agotar uno cuando se nos ofrece otro. Se nos ha exigido que tenemos que estar al cien por cien en nuestro trabajo. Nuestro trabajo ya no es tal, sino que es precariado. El individualismo egoísta nos acecha, la competitividad crece. La soledad y el sinsentido aumentan. Pero el sistema tiene la solución, a la par de que se inventa enfermedades (las multinacionales farmacéuticas) tiene preparado todo un arsenal de pastillas, fundamentalmente: ansiolíticos y antidepresivos para tratar a los supuestos enfermos. Cuando en realidad la enfermedad es la sociedad. A esa medicación acuden tanto personas realmente enfermas (angustia y depresión endógena que se dispara por factores externos con facilidad) y exógenas: causas externas transitorias. El caso es que estas últimas cada día aumentan más. Y estas medicinas, los ansiolíticos en particular, crean una fuerte adicción de la cual es difícil salir. De modo que una sociedad enferma crea enfermos imaginarios que lo que hacen, en definitiva, es obedecer al propio sistema, quedarse sin mecanismos intelectuales de defensa, sin poder pensar que lo que hay que hacer es transformar la sociedad, que ellos son víctimas. Es una forma más de control. El viejo “soma” de “Un mundo feliz” de Husley.
No sé si esta iniciativa (la reunión de los máximos científicos en España: http://sociedad.elpais.com/sociedad/2014/09/26/actualidad/1411753317_144584.html) es buena o hace de la ciencia un espectáculo. Supongo que lo es. Pero lo que sí está claro es el nivel de analfabetismo que inunda nuestro país. Los españoles no son capaces de nombrar a ningún científico importante, actual o histórico, pero tampoco son capaces de nombrar a ningún filósofo, poeta, pintor, arquitecto. Nada de nada. Y, mucho menos, el significado de su obra. Es absolutamente lamentable. Sigo insistiendo en el dilema platónico: la democracia no es un gobierno justo porque es el gobierno de los ignorantes. Dicho de otra manera. Un país no puede ser democrático cuando el periódico más vendido es el Marca, creo y cuando la televisión se reduce a programas basura de los que se vierten falsos valores que, como diría Rousseau, corrompen al hombre. Ante todo esto la educación, encima, tal y como está, tiene muy poco que hacer.
De nada, Miriam. Supuse que te iba a interesar. La actitud es la del respeto. Por eso al mundo árabe le falta una Ilustración que es la que acaba con la superstición religiosa, con su poder, con su relación política con el estado y la relega a su lugar natural que es la creencia privada. Por supuesto que están autorizados a intervenir en el debate público, pero desde la isegoría, la misma posibilidad de hablar y expresar ideas y creencias para todos. Entonces tienen que verse obligados a admitir las ideas del otro y dialogar con él en pie de igualdad, no desde la postura de la posesión de una supuesta verdad. Esa es una de las conquistas de la Ilustración que costó siglos y cintos de miles de muertos. Y, aún hoy, el cristianismo quiere ser una voz especial. Por otro lado el pueblo debe ser educado en el hecho religioso y su historia, no adoctrinado. Porque somos animales religiosos, en primer lugar, y porque somos hijos de nuestra tradición la cual debemos conocer. Así mismo, la pérdida de la religión es una pérdida de valores, de ética y de espiritualidad. Por eso es necesario su conocimiento. El hombre, como ser religioso, busca otros dioses. Y los dioses que se nos ofrecen hoy en día son tan peligrosos como los tradicionales: el éxito, la eterna juventud, la belleza, el dinero, las nuevas tecnologías, vivir el momento (pero no en sentido espiritual, sino hedonista-nihilista) De ahí tanto desasosiego. Porque en estos dioses no hay espiritualidad, no emana el bien ni la justicia, todo lo contrario, fomentan la ignorancia, la competitividad y el egoísmo. El ateísmo, que también es mi postura, no debe nunca abandonar la ética. Debe ser militante. Es decir, tiene que intentar convencer a los demás de las supersticiones en las que viven, ya sean religiosas o falsas espiritualidades, o pseudocientíficas. El ateísmo debe ir acompañado de una ética civil que es el laicismo que implica una democracia radical, no lo que tenemos ahora. Me alegro que te haya interesado.
Todo nacionalismo es mítico. Es decir, todo nacionalismo es un irracionalismo y se alimenta del milenarismo mesiánico. Así surgieron en el siglo XIX y así siguen siéndolo en el XX. El español, lo mismo. Y lo hemos sufrido en su mayor esplendor durante el franquismo, todos. Y ahora lo volvemos a sufrir con nueva fuerza con el gobierno de la derecha. Pero el nacionalismo independentista catalán es de libro. Cumple todas las características de lo que es el mesianismo en el mito nacionalista. ¡Qué le vamos a hacer! Así es la historia. Se independice o no Cataluña, lo que me da exactamente igual, no evita la verdad histórico-filosófico e incluso teológica de la relación del nacionalismo con el mito y, por cierto, de su exclusión democrática. Porque es una creencia compartida, una ideología, una religión y no una idea que se pueda discutir. Y la democracia, que no la hay en ningún lado, por otra parte, se alimenta de ideas, del logos, no de creencias.
La educación acabará privatizada prácticamente en su totalidad. Los centros públicos serán marginales y su gestión se parecerá más a una gestión privada-empresarial que a un servicio y función pública. Se ataca a la educación pública, a la sanidad pública, a la justicia…y se ataca a los funcionarios, sustentadores del estado. El camino está claro. Lo que quieren los poderosos está claro. Una escisión clara entre ricos y pobres, fuertes y débiles, élite y marginados. Y, si de paso, todos esos marginados van muriendo, pues nos encontramos un alivio para el problema de la superpoblación.