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Filosofía desde la trinchera

Diario de un escéptico.

Es insoportable la actitud moral paternalista y acusadora de la iglesia en España. No es de recibo que una organización religiosa, sostenida con dinero público, casi absolutamente, quiera marcar las reglas morales de toda una sociedad éticamente plural, o, lo que es lo mismo, democrática. Es, simplemente, un acto de cara dura, de sinvergüenza, en el sentido moral de la palabra. Es decir, aquel que no siente vergüenza de las consecuencias de los actos. La iglesia debería callar. O, mejor, pedir perdón a toda la sociedad española por sus crímenes, no sólo del pasado de la inquisición, centro europeo del terror, sino de su connivencia con el franquismo, absolutamente demostrada por los historiadores. Su último gran crimen fue la participación activa en el genocidio franquista y su plan de exterminio. La iglesia no tiene vergüenza. Tenía que asumir que se debe autofinanciar y no chupar de la teta del estado y luego pretender, habiendo sido una organización absolutamente criminal, dar lecciones de moral. Esto es de juzgado de guardia. Y no se deberían permitir estos discursos que atentan contra la libertad de acción y de pensamiento de todos los españoles. Para empezar hay que cortarles el grifo del dinero a estos señores, en segundo lugar hay que desalojarlos de la escuela pública y en tercer lugar, hay que aclararles qué lugar ocupan, en pie de igualdad, con el resto de españoles y organizaciones no gubernamentales y religiosas. Y, por último, deberían pedir perdón por los crímenes del genocidio franquista de los que fueron, no sólo consentidores, sino personal muy activo y comprometido.

 

Sobre todo lo del mito rouseauniano del buen salvaje, que, ni si quiera el mismo Rousseau defendió. Los nuevos pedagogos deberían leer de nuevo el Emilio de Rouseau. El objetivo de la educación es alcanzar la virtud y si se educa en ella es porque la tendencia natural es el vicio y es de lo que partimos. Lo del buen salvaje no está en el Emilio sino en el Discurso sobre el origen de la desigualdad entre los hombres. Y el mismo Rouseau, cuando habla del estado primitivo, nos dice que éste nunca existió, que está contando un cuento, una alegoría para que entendamos en qué consiste la bondad y la virtud hacia la que debemos caminar. De nuevo partimos del vicio o de la tendencia al mal. Los niños no son ni enteramente inmaculados ni perversos demonios. Son animales sociales que se construyen a través de sus relaciones. Y son éstas las que los convierten en una cosa o la otra o, lo más normal, una mezcla en perpetua lucha interior. Los pedagogos se inspiran en Rousseau, pero éste habló metafóricamente. Su intención era la crítica del progreso. Es decir la unión de progreso científico técnico y bondad ético-política. Fue el primero que se dio cuenta de este error ilustrado que ahora los pedagogos, como los economistas ortodoxos repiten. Y así nos va.

Percibimos más el acoso simplemente porque se ha amplificado, como se ha amplificado todo en esta sociedad del desbordamiento total.

La superpoblación es un problema medioambiental. Pero la solución de las élites es la eliminación de gran parte de la población. Esa no es la solución. En realidad, es la misma que ha habido a lo largo de la historia con las guerras, las hambrunas y las epidemias. Pero hoy la tecnología nos ha hecho pasar por encima de ello y de ahí el crecimiento de la población. Probablemente la naturaleza nos tenga reservada algunas sorpresa, ya sabemos el problema que se nos viene encima con los antibióticos, por ejemplo, pero mientras, ¿cuál es la solución? Desde luego que el exterminio, no. Creo que hay una vía que es el decrecimiento y el fin del capitalismo tal y como lo conocemos. Y la crisis en la que estamos quizás sea el principio del fin.

El acoso entre los menores es algo más común de lo que nos parece. Este acoso es auténticamente criminal. Destroza la vida del acosado, se ve absolutamente indefenso. En torno a él se hace el silencio más ensordecedor. La cobardía les juega una mala pasada. Sus compañeros no se atreven, por miedo, dicen, a denunciar el caso. Y el acosado se ve obligado a sufrir en solitario, sin ningún apoyo, esa auténtica tortura que dejará una huella en su vida inolvidable, tanto que la transformará, sufriendo para siempre de angustia, miedo, depresión… eso si es que no acaba con ella por medio del suicidio. La juventud está un tanto enloquecida y las nuevas tecnologías amplifican ese estado y las lleva fuera de control. Los acosos aumentan. Los jóvenes han perdido el norte de las reglas y normas que rigen la sociedad. Son pequeños egoístas-tiranos a los que se les ha dado todo y están acostumbrados a ver que todo está permitido, que la corrupción rampla por doquier y que es inaccesible a la justicia. No encuentran ejemplaridad pública. Y donde la tienen, en el lugar más cercano, sus padres y sus profesores, en general, pues no la reconocen. Es más, la rechazan. E, incluso, se burlan. Todo esto crea un clima de invulnerabilidad que hace que la rebeldía se torne en moneda común y que los casos de acoso proliferen. Es un grave problema que debe comenzar por la ejemplaridad pública de las instituciones que demuestren que no todo vale, que existe algo así como la responsabilidad y la dignidad y el respeto a las personas.

Este es el ejemplo clarísimo de nuestro nivel cultural. Lo siento, pero así no puede funcionar una democracia. Los medios de desinformación y control de masas son responsables, claro, y, sobre todo su dueños, que son los que quieren el control de nuestras mentes. Pero ello no nos exonera de nuestra parte de responsabilidad. Por España no pasó la Ilustración, sólo la tocó y los ridiculizamos. Pero, lo peor es que aún está muy lejos. Una democracia como el gobierno de los ignorantes no es una democracia es demagogia. Y eso desde hace veinticinco siglos. Que no es nuevo, vamos.

“La última vez que me invitaron a intervenir en un programa televisivo me advirtieron enseguida de que podía hablar de todo menos de literatura. ¿La razón? Que los jóvenes no leen y que el público del programa al que me invitaban era mayoritariamente joven. La advertencia no me pilló por sorpresa, pues ya en otra ocasión, no sé si en esa o en otra televisión, tras aceptar acudir a ella, me habían aconsejado que no hablara más de un minuto y medio seguido porque, según el presentador, a partir del minuto y medio “el espectador normal desconecta”. Fue el último programa al que acudí. Desde entonces, cada mañana rezo una oración, la única en todo el día: “¡Señor, sálvame de mis compatriotas!”. Julio Llamazares

Los programas basura buscan opiniones, creencias, formar espectáculo. No buscan el saber. Y así siguen alimentando el relativismo de las opiniones, el todo vale, el desprecio del intelectual (desgraciadamente muchos de los que se dicen tales se prestan al juego), del sabio, del científico. Y de esta forma el verdadero saber queda oculto en el mero entretenimiento que encima alimenta las bajas pasiones del pueblo.

La verdad tiene muchas caras y las circunstancias tanto de la persona como del tiempo son mudables. No existe algo así como la verdad. La verdad tiene matices y esos matices tienen que ver con la interacción con la persona. Muchas veces la verdad es la que uno quiere que sea. Otras es necesario desvelar la verdad para iluminar al que anda perdido. Otras es necesario decir la verdad porque el otro la demanda. Otras, el otro demanda que no digas la verdad porque la sabe. Otras, demanda que no le digas la verdad porque la verdad es su autoengaño, su pequeño o gran delirio que lo salva del sufrimiento. Otras la verdad es necesaria para sacar del engaño que ejerce el poder sobre nosotros, los más débiles. La verdad, a secas, suena como algo unívoco, con un solo sentido. La verdad es algo que se da en relación con. Y es esa relación la que la construye. Como ejercicio de reflexión o meditación yo propongo que pensáramos en la frase de los evangelios cuando Jesús dice, yo soy la Verdad, y Pilatos responde: ¿y qué es la Verdad?

Ya está bien de la intromisión de la moral privada en la ética civil. El religioso o teólogo tiene la libertad de expresión de sus ideas y creencias, pero no de arremeter contra principios universales como el de la dignidad de la persona. Su moral particular puede ser aceptada como un punto de vista particular a discutir y tener en cuenta en el ámbito de lo público y puede ser seguida por cualquiera que sea creyente, pero no puede tener la intención de imponerse a la sociedad en su conjunto. ¡Qué lejos estamos del laicismo!