Tanto arremeter contra la razón universal ilustrada, tanto multiculturalismo, tanto relativismo cultural, tanto pensamiento políticamente correcto, tanta izquierda progre y ñoña…pues nos lleva al fanatismo. Más vale que nuestros gobernantes leyesen el “Tratado teológico-político” de Spinoza que es el libro que realmente abre las puertas de la Ilustración y toma conciencia de que la única forma de acabar con el fanatismo es por medio de la separación de la razón y la fe. Hoy, con tanta tontería, mencionada más arriba, nos hemos vuelto débiles y los fanatismos, de todos lados: tecnocientíficos, políticos y religioses nos llueven por todas partes. Las conquistas de la vieja Europa se hunden en la barbarie.
El tábano.
No, nada de hablar demasiado. Creo que haces una buena descripción de la sociedad patriarcal y cómo es una perversión. Yo lo comparto perfectamente. Y, siempre lo he dicho. Lo que pasa es que no he hablado de sociedades patriarcales hasta conocer tus teorías. Luego haces una descripción somera de las diferentes épocas de la historia basándote en el patriarcado y el dualismo y creo que estás acertada y que no te gusta mirar por esas gafas. Que las de Ciorán son muy pesadas. Aquí hay un punto en el que no coincido. Sería muy extenso, pero voy a ser muy breve porque lo podemos ir tratando poco a poco. (Es que eres un surtidor de ideas y lo que nos pasa a los filósofos es que cada una de ellas las analizamos hasta la saciedad. Suelo decir que el método de la filosofía es en espiral pensar sobre lo mismo siguiendo un camino en forma de espiral. Por eso parece que estamos diciendo siempre lo mismo, pero no.) pero antes una cosa que me ha gustado que has dicho, lo de H Hesse y Sidharta. Pues la imagen que utiliza es precisamente la del eterno fluir siempre de lo mismo del filósofo griego, presocrático, Heráclito. Que nos decía, que todo es un eterno fluir, que nada permanece, que el mundo, fíjate, es la unidad de los opuestos. Y, cosa curiosa. Nietzsche arremete contra toda la cultura occidental destrozándola a martillazos “Ecce homo o de cómo se filosofa con el martillo” Declara a Platón el gran impostor, realmente es el que inventó el dualismo. El mundo de las ideas frente al mundo de las apariencias, cuerpo y alma y así sucesivamente. Y al cristianismo: platonismo para el pueblo. Y el cristianismo, donde el pensamiento dualista, patriarcal, moralidad de los débiles (porque la moral es el triunfo de los débiles, el hombre superior está por encima del bien y del mal, otro dualismo) es la mayor mentira, el mayor engaño, la mentira universal de occidente, lo que ha producido mayor dolor y sufrimiento en la historia de la humanidad. Y el origen de todo se encuentra en la tragedia griega. Por eso su primera obra es “El origen de la tragedia”. Allí rastrea cuál es el origen de la tragedia, porque en un principio había una unidad. Pero, poco a poco, se va produciendo la escisión, con la separación entre los personajes y el coro (que representa la voz del pueblo, el super yo o la conciencia moral). Y esa escisión es debida al triunfo de Apolo (el dios de la razón, la mesura, la sabiduría, la filosofía), frente al dios Dionisio (el espíritu de la danza, la alegría, la noche, los contrarios, la embriaguez, la confusión, la vida, en definitiva). Desde entonces andan en lucha el espíritu apolíneo sobre el dionisiaco. En el segundo no hay ni dualidad, ni moral, ni patriarcado, ni tiempo (teoría del eterno retorno). Lo que hay es vida. Por eso afirma que el hombre para llegar al superhombre (el artista supremo) debe sufrir tres transformaciones (En “Así habló Zaratustra”): primero es un camello y lleva todo el peso de la moral (la dualidad) en su joroba, después se transforma en león y dice ¡No!, es cuando toma conciencia del engaño y reniega de él, pero aún tiene que sufrir la última transformación. El león debe hacerse niño: jugar. En el niño no existe el tiempo, no hay reglas y todo es juego y todo lo que hace es una recreación del mundo y placentero. En el niño sólo hay deseo, pero no hay ni bien ni mal, ni tú, ni yo, ni naturaleza y yo. Hay una unidad en continua recreación de sí misma. Ése es el superhombre (nada que ver con el nazismo como se le ha achacado), la ausencia de dualismo, el que en cada acto se crea a sí mismo. Pues al único que salva de todos los filósofos es a Heráclito. Con todo esto quiero decir que hay una corriente de pensamiento no dualista en occidente y una defensa del cuerpo y los deseos. El cuerpo y los deseos empezaron a ser negados por Platón y el cristianismo los extirpó. Pero Grecia y Roma eran tremendamente hedonistas. Por eso, Epicuro, el defensor del deseo “No hay vida feliz sin placer” ha sido siempre anatema para el cristianismo. Y esto tiene que ver con lo que me preguntas de la virtud. Cómo va a ser la castidad una virtud, en todo caso una perversión, eso es moralina cristiana. Al cristianismo sólo le ha interesado el sexto mandamiento, lo de no matar, no robar, eso se les ha olvidado. El cristianismo es la moral de la hipocresía y del resentimiento, de ahí la negación del cuerpo y de los deseos de éste.
Schopenhauer y Cioran son los dos grandes pesimistas, pero no por ser ni patriarcales ni dualistas. El primero fue precisamente el que trajo el budismo a occidente. Y fue el budismo el que lo hizo pesimista y el segundo era un estudioso de las religiones, compañero de M. Eliade, el mayor historiador de las religiones del mundo y el mejor conocedor de las religiones orientales. Eran íntimos amigos aunque acabaron discrepando. Lo que pasa es que, tanto uno como otro, han buceado en las profundidades de la naturaleza humana y han visto sus fantasmas, su lado oscuro. El hombre es un ser limitado, a medias. Que se intenta terminar de construir a través de la cultura, pero no lo consigue nunca, ni lo conseguirá. Es su sino. Simplemente es que somos así. Nuestra vida es un haz de momentos felices y momentos desgraciados rodeados de indiferencia y, en el peor de los casos, aburrimiento: la enfermedad mortal, tedium vitae. La cultura no nos acaba de colmar nunca. Por eso queremos volver al seno materno. Y muy bien que nos lo enseñó Freud. Por eso estoy contigo y pienso que una sociedad matriarcal seria inmensamente más feliz. Estaríamos más cercanos a la naturaleza, no habría prácticamente ni violencia, ni dualismo. Pero no puede existir una sociedad matriarcal perfecta porque eso significaría que seríamos sólo animales, pero resulta que somos animales culturales y esa es nuestra condena. Mientras, podemos recuperar e intentar construir una sociedad matriarcal. Provocar ese cambio revolucionario de paradigma. Pero sin olvidar que nuestro ser es la autoconciencia y ésta nos hace darnos cuenta de nuestra incompletud, lo que significa sufrimiento. Eso sí, hay que buscar los modelos de vida que produzcan menos dolor y sufrimiento, tanto a nivel individual como social.
No, nada de hablar demasiado. Creo que haces una buena descripción de la sociedad patriarcal y cómo es una perversión. Yo lo comparto perfectamente. Y, siempre lo he dicho. Lo que pasa es que no he hablado de sociedades patriarcales hasta conocer tus teorías. Luego haces una descripción somera de las diferentes épocas de la historia basándote en el patriarcado y el dualismo y creo que estás acertada y que no te gusta mirar por esas gafas. Que las de Ciorán son muy pesadas. Aquí hay un punto en el que no coincido. Sería muy extenso, pero voy a ser muy breve porque lo podemos ir tratando poco a poco. (Es que eres un surtidor de ideas y lo que nos pasa a los filósofos es que cada una de ellas las analizamos hasta la saciedad. Suelo decir que el método de la filosofía es en espiral pensar sobre lo mismo siguiendo un camino en forma de espiral. Por eso parece que estamos diciendo siempre lo mismo, pero no.) pero antes una cosa que me ha gustado que has dicho, lo de H Hesse y Sidharta. Pues la imagen que utiliza es precisamente la del eterno fluir siempre de lo mismo del filósofo griego, presocrático, Heráclito. Que nos decía, que todo es un eterno fluir, que nada permanece, que el mundo, fíjate, es la unidad de los opuestos. Y, cosa curiosa. Nietzsche arremete contra toda la cultura occidental destrozándola a martillazos “Ecce homo o de cómo se filosofa con el martillo” Declara a Platón el gran impostor, realmente es el que inventó el dualismo. El mundo de las ideas frente al mundo de las apariencias, cuerpo y alma y así sucesivamente. Y al cristianismo: platonismo para el pueblo. Y el cristianismo, donde el pensamiento dualista, patriarcal, moralidad de los débiles (porque la moral es el triunfo de los débiles, el hombre superior está por encima del bien y del mal, otro dualismo) es la mayor mentira, el mayor engaño, la mentira universal de occidente, lo que ha producido mayor dolor y sufrimiento en la historia de la humanidad. Y el origen de todo se encuentra en la tragedia griega. Por eso su primera obra es “El origen de la tragedia”. Allí rastrea cuál es el origen de la tragedia, porque en un principio había una unidad. Pero, poco a poco, se va produciendo la escisión, con la separación entre los personajes y el coro (que representa la voz del pueblo, el super yo o la conciencia moral). Y esa escisión es debida al triunfo de Apolo (el dios de la razón, la mesura, la sabiduría, la filosofía), frente al dios Dionisio (el espíritu de la danza, la alegría, la noche, los contrarios, la embriaguez, la confusión, la vida, en definitiva). Desde entonces andan en lucha el espíritu apolíneo sobre el dionisiaco. En el segundo no hay ni dualidad, ni moral, ni patriarcado, ni tiempo (teoría del eterno retorno). Lo que hay es vida. Por eso afirma que el hombre para llegar al superhombre (el artista supremo) debe sufrir tres transformaciones (En “Así habló Zaratustra”): primero es un camello y lleva todo el peso de la moral (la dualidad) en su joroba, después se transforma en león y dice ¡No!, es cuando toma conciencia del engaño y reniega de él, pero aún tiene que sufrir la última transformación. El león debe hacerse niño: jugar. En el niño no existe el tiempo, no hay reglas y todo es juego y todo lo que hace es una recreación del mundo y placentero. En el niño sólo hay deseo, pero no hay ni bien ni mal, ni tú, ni yo, ni naturaleza y yo. Hay una unidad en continua recreación de sí misma. Ése es el superhombre (nada que ver con el nazismo como se le ha achacado), la ausencia de dualismo, el que en cada acto se crea a sí mismo. Pues al único que salva de todos los filósofos es a Heráclito. Con todo esto quiero decir que hay una corriente de pensamiento no dualista en occidente y una defensa del cuerpo y los deseos. El cuerpo y los deseos empezaron a ser negados por Platón y el cristianismo los extirpó. Pero Grecia y Roma eran tremendamente hedonistas. Por eso, Epicuro, el defensor del deseo “No hay vida feliz sin placer” ha sido siempre anatema para el cristianismo. Y esto tiene que ver con lo que me preguntas de la virtud. Cómo va a ser la castidad una virtud, en todo caso una perversión, eso es moralina cristiana. Al cristianismo sólo le ha interesado el sexto mandamiento, lo de no matar, no robar, eso se les ha olvidado. El cristianismo es la moral de la hipocresía y del resentimiento, de ahí la negación del cuerpo y de los deseos de éste.
Schopenhauer y Cioran son los dos grandes pesimistas, pero no por ser ni patriarcales ni dualistas. El primero fue precisamente el que trajo el budismo a occidente. Y fue el budismo el que lo hizo pesimista y el segundo era un estudioso de las religiones, compañero de M. Eliade, el mayor historiador de las religiones del mundo y el mejor conocedor de las religiones orientales. Eran íntimos amigos aunque acabaron discrepando. Lo que pasa es que, tanto uno como otro, han buceado en las profundidades de la naturaleza humana y han visto sus fantasmas, su lado oscuro. El hombre es un ser limitado, a medias. Que se intenta terminar de construir a través de la cultura, pero no lo consigue nunca, ni lo conseguirá. Es su sino. Simplemente es que somos así. Nuestra vida es un haz de momentos felices y momentos desgraciados rodeados de indiferencia y, en el peor de los casos, aburrimiento: la enfermedad mortal, tedium vitae. La cultura no nos acaba de colmar nunca. Por eso queremos volver al seno materno. Y muy bien que nos lo enseñó Freud. Por eso estoy contigo y pienso que una sociedad matriarcal seria inmensamente más feliz. Estaríamos más cercanos a la naturaleza, no habría prácticamente ni violencia, ni dualismo. Pero no puede existir una sociedad matriarcal perfecta porque eso significaría que seríamos sólo animales, pero resulta que somos animales culturales y esa es nuestra condena. Mientras, podemos recuperar e intentar construir una sociedad matriarcal. Provocar ese cambio revolucionario de paradigma. Pero sin olvidar que nuestro ser es la autoconciencia y ésta nos hace darnos cuenta de nuestra incompletud, lo que significa sufrimiento. Eso sí, hay que buscar los modelos de vida que produzcan menos dolor y sufrimiento, tanto a nivel individual como social.
Porque estamos solos somos sociables. No somos como los animales sociales cuya esencia es la sociabilidad. Somos seres incompletos que buscan la completud, nuestra realización, a través de los demás. Pero tampoco nos identificamos del todo con los demás, nuestro yo no se disuelve en un yo colectivo (de ahí el intento de los ritos religiosos, las drogas, la diversión…anular al yo). Y es “Ese maldito yo” que decía Cioran el que nos acompaña y nos ofrece la soledad. Parece paradójico, pero inevitablemente estamos solos y, en los momentos difíciles: tristeza, melancolía, desesperación es cuando más sentimos nuestro yo y, por tanto experimentamos más profundamente nuestra soledad y alejamiento de todo y de todos. Es otro rasgo de la condición humana. Por eso buscamos la felicidad, pero esto es una quimera.
Sí, efectivamente. Pero, para desear eso, hay que tener esperanza de que, algo, al menos, se pueda conseguir. Cualquier deseo se alimenta de la esperanza de conseguir lo deseado. Por muy pequeño o grande que sea lo deseado. Además, la naturaleza del deseo (el sentimiento, el afecto) es el mismo ya deseemos grandes cosas, como pequeñas, como meros vicios y maldades. Y debajo subyace la esperanza. La desesperación es la antesala de la muerte. Ya nos lo decía con la mayor claridad del mundo el amigo Cioran en su “En las cimas de la desesperación”
Yo creo que más que todo eso la cuestión es la esperanza. El que tiene esperanza, tiene vida. El que pierde la esperanza, ya sosegadamente y con argumentación filosófica o por la propia vida y la Fortuna está abierto a la muerte. De ahí que el hombre invente los mitos y la religión y estos le da y alimentan su esperanza natural. El hombre es un ser de esperanza. Por eso la angustia es la desesperación. De ahí que Heidegger, cuyo concepto filosófico central es la angustia, diga que el hombre es un ser para la muerte. Y de ahí, también, que el cristianismo considere a la esperanza como una de las tres virtudes teologales.
"El suicidio seduce por su facilidad de aniquilación: en un segundo, todo este absurdo universo se derrumba como un gigantesco simulacro, como si su solidez no fuera más que una fantasmagoría sin más realidad que una pesadilla". Ernesto Sabato, El túnel.
Coincido contigo. El punto de inflexión en el tema del pacifismo está en Kant en “La paz perpetua”. Aquí considera que el mal radical del hombre es la guerra. No sabía él hasta donde iba a llegar ese mal radical y, además, auspiciado por la perversión de la razón ilustrada. De lo que se trataba era de conseguir una alianza libre de repúblicas libres. Entendiendo por libre el ideal ilustrado: la autonomía y la mayoría de edad. Pero eso lo pensaba como ideal político. No como utopía realizable. Esto es importante tenerlo en cuenta. En cuanto el ideal de la razón se transforma en utopía, caemos en los totalitarismos de la razón. Kant, a pesar de ser un entusiasta de la razón ilustrada, reconoce sus límites. El progreso de la humanidad no es necesario, necesita del empuje y de la voluntad humana. Lo mismo que la mayoría de edad no se alcanza biológicamente, sino que requiere del esfuerzo y puede no alcanzarse nunca.
Una cosa que echo de menos en tu exposición son las críticas a los movimientos pacifistas que hubo antes de la segunda guerra mundial. Ante la tiranía inevitable ¿es legítimo el pacifismo? He estado revisando el concepto de banalidad del mal con mis alumnos estos días y creo que el mal radical se produce inevitablemente cuando el ciudadano normal no interviene. Asume el status quo de las cosas. Cierto, estos no son pacifista, son gente común desideologizadas. Pero los pacifistas, ¿qué deberían hacer en estos casos? Arendt dice que hay tres tipos de hombres: los nihilistas, los dogmáticos y la gente común. Los dos primeros sucumben fácilmente a las ideologías salvadoras y totalitarias. El hombre común, no actúa, se deja llevar. Cumple con su deber. He aquí la banalidad del mal. Y luego he estado viendo un documental “El juego de la muerte” en el que hay una adaptación del experimento de Miligran en el que se demuestra el poder que tiene la autoridad sobre la mayoría de las personas, de tal forma que les puede llevar a matar por obedecer órdenes y estando alejados de la víctima: la pueden oír, pero no ver. Esto me hace pensar sobre el pacifismo. Es decir, que no es nuestra postura natural, lo cual no implica que sea loable luchar por ella como fin o quiliasmo de la historia, que diría Kant.