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Filosofía desde la trinchera

Reflexiones marginales

Nacho, entiendo lo que dices, pero reo que tú no entiendes lo que yo quiero decir cuado hablo de neoliberalismo. Tampoco hablo yo de que el socialismo al estilo de los totalitarismo sea una alternativa. Es bien cierto que perecieron, pero no del todo ellos solitos. Además son una forma de totalitarismos que he analizado en el artículo como una perversión de la razón ilustrada, que se basa en el mito del progreso y en la consideración de que existen unas leyes universales de la historia que las estudiaría la economía. Pues, curiosamente, el neoliberalismo, como doctrina económica –después tiene también una ideología que es la que pasa al pueblo- parte de los dos mismos principios. Para más aclaración puedes acudir a la obra de Stiglitz, premio Nobel de economía y antiguo director del Banco Mundial. Su obra fundamental, “El malestar en la globalizaión.”

 

            Sí es cierto lo que dices que el liberalismo filosófico no se puede separar del económico. Por su puesto, éste nace en Locke y este autor considera que la libertad es la de la propiedad, la de la vida y la de la aplicación de la ley. Ahí está el origen economicista del neoliberalismo. En cuanto a Adam Smith hay que tener en cuenta que no separa la economía de las ciencias morales. Pero el problema de la aparición de la economía como ciencia, que ha heredado el neoliberalismo, es una perversión de la razón ilustrada. Primero separa la economía del factor humano y ético, después de los procesos naturales, de ahí que la economía sólo contemple el crecimiento en un planeta limitado sin tener en cuenta los factores naturales. No puede haber un crecimiento ilimitado en un planeta limitado. Viola el principio de entropía. En tercer lugar, siguiendo el modelo de las ciencias empíricas, la economía pretende una explicación de la historia eliminando los factores sociales, morales e históricos. Es decir, razón instrumental. Objetivizaión. Y, encima, los economistas creen que se puede predecir el futuro de las historia conociendo estas leyes. Falso, porque esto es reduccionismo y, además, desde Popper, uno de los padres del liberalismo del siglo XX, al que siempre he seguido y, creo, que ni la derecha ni la izquierda lo ha entendido, sabemos que no se puede predecir con certeza absoluta el futura. Simplemente es un límite del conocimiento. Sería largo de explicar, lo dejamos para otra ocasión.

 

            También dices que las multinacionales están sujetas a los estados. Esto es enteramente falso. Ha aparecido este verano una obra de un miembro de la ONU, que se titula, “La armadura del capitalismo”. Aquí se demuestra con claridad, como la organización de las multinacionales, crean un conjunto de leyes que trascienden a los estados y cómo estas grandes corporaciones presiona al poder político.

 

            Y, por último, cuando hablas de lo del 40% de la administración pública creo que te equivocas o trastocas los datos. España, a pesar de haber desarrollado un estado de bienestar, que era inexistente en el franquismo, está a la cola de la UE de los 15. Esos otros países están más desarrollados económicamente y sus estados de bienestar son ampliamente superiores. Ver la obra de Viçent Navarro al respecto (puedes consultar su blog). Ligar estado de bienestar o socialdemocracia a imposibilidad de desarrollo económico es un mito y engaño del neoliberalismo. Por cierto, he dicho que tanto el PSOE, como el PP participan del mismo pensamiento. Los males de la enseñanza son la epidermis de toda esta ideología que procede de la ilustración. Por su puesto que los ejemplos que pones como promoción automática,…son cosas que se podrían corregir con una nueva ley, y en eso estamos. Pero no interesa. Y, los pedagogos, aunque tremendamente culpables, no son más que comparsas de esta ideología. Ya lo demostré en otro artículo donde ligué la pedagogía con el empirismo y el relativismo.

Muchas gracias, Nacho, por tus sugerencias. Un abrazo.

Gracias, Juan, por tus palabras. Desde luego que siempre se puede mirar hacia delante y trascender los límites. Aunque en mi artículo no lo he hecho yo me declaro un pesimista esperanzado. Pero para pasar a la acción hay que partir del análisis de la realidad para saber con qué fuerzas hemos de vérnoslas. De todas formas no he querido dar una visión determinista de la historia. Soy un defensor de la libertad y por eso lucho contra cualquier forma de determinismo. Pero la ausencia de determinismo no quiere decir inexistencia de regularidades, tendencias, accidentes y decisiones personales que cambian y dirigen la historia.

La ciencia en sus orígenes estaba íntimamente ligada con la vida teórica. Esto quiere decir que la intención, en principio, era la de conocer por el hecho de conocer. El hombre se queda maravillado ante el mundo y esto le produce perplejidad. No sabe en qué consiste. Es el reconocimiento de su ignorancia. El afán de explicarse el mundo le lleva a la búsqueda de un orden. Por eso, la gran conquista intelectual de la humanidad, es concebir todo lo que hay como un cosmos: orden que obedece a una ley interna. Pero la ciencia es, también, transformación. Y ésta es nuestra herencia del renacimiento. Saber para prever, prever para dominar. La ciencia actual es una unión de ambas partas. Una nos lleva a la contemplación y, la otra, a la dominación. Pero esta última dominación nos hace, de alguna manera, esclavos. Toda la cultura es una forma de adaptación. La técnica es una de las formas culturales más exitosas en este aspecto. Pero toda forma de adaptación es una forma de esclavitud. Nuestra supervivencia depende de ella. La ciencia, pues, es un camino de libertad y de servidumbre. No hay más que echar un vistazo a la historia del hombre.

 

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            La vida humana es un producto de la evolución. Ello significa que obedece al azar y la necesidad. La especie humana, igual que es,  podría no haber sido o ser de otra manera, esa es nuestra contingencia, como la del resto de los seres vivos. De la misma manera, pensar que el hombre está sólo en el universo no es más que egolatría procedente de nuestro espíritu mítico-religioso. Otra cosa es encontrar formas de vida en el universo, y saber cuál es su estructura. La vida, como las diversas formas de organización que existen en el universo, debe ser algo normal, al menos, en este universo. Pensar lo contrario no es más que teología antropocéntrica.

De la perversión de la razón ilustrada a la posmodernidad, el neoliberalismo y el declive de la enseñanza.

 

            Nuestra tradición occidental moderna surge del renacimiento y se ensalza en la ilustración. El renacimiento y, con el resurgimiento de la ciencia, con la revolución científica, dan confianza al hombre en el poder de sus facultades del conocimiento para acceder a la naturaleza. Pero surge también el ideal tecnológico. Baçon declara que el objetivo del conocimiento es el poder sobre la naturaleza. “Conocer para prever, prever, para dominar”. La ciencia del renacimiento no surge sólo de un ímpetu teórico, como en los griegos, sino que lleva aparejado el concepto de técnica como dominio de las fuerzas de la naturaleza. El conocimiento tiene una dimensión práctica importante que determina el desarrollo de la modernidad y la Edad Contemporánera y que tiene mucho que ver con la aplicación de las ciencias a la enseñanza. El siglo de las luces es una época marcada por el optimismo. La razón nos permite conocer el mundo y liberarnos de las supersticiones. Por eso la razón será el camino que debemos seguir para eliminar el poder absoluto. Aquí ocurre lo mismo que cuando aplicamos la razón a la naturaleza. Con ello podemos acceder a la naturaleza y dominarla. Si aplicamos la razón al ámbito social y moral: ético-político, nos liberaremos del poder basado en la superstición. Todo ello nos llevaría a la conquista de la libertad. Ésta sería la consecución de la aplicación de la razón. Atrévete a saber decía Kant. Y esto nos lleva al conocimiento de aquello que nos oprime. Por eso los ilustrados, optimistas que eran, ligaban la educación de las masas con la libertad. Por eso son los primeros defensores de la educación universal que liberaría al pueblo. Por mi parte, nada tengo que objetar al ideal ilustrado. Sigo pensando que la ilustración nos hace libres. Pero hay un pequeño problema: identificar ilustración con educación. Aquí, el optimismo ilustrado, se viene abajo. Las razones son múltiples, para empezar, como decía La Boête en La servidumbre humana voluntaria, el hombre rechaza su libertad por miedo y comodidad. Precisamente lo que decía Kant, en el miedo y la pereza residen nuestra autoculpable minoría de edad. Pero hay otras razones que explican la no identidad entre ilustración y educación y que tienen que ver con la perversión de la razón ilustrada que nos ha llevado a los totalitarismos, la posmodernidad y el fascismo nihilista actual. Que, por lo demás, lo vemos campar por sus anchas en el sistema educativo y las leyes que lo sostienen.

 

            Otra idea básica de la ilustración y que es el sustrato que vertebra todo este camino que nos lleva a la perversión de la razón ilustrada (cuando digo esto me refiero a que la razón ilustrada se convierte en razón absoluta; o bien en su expresión científica: cientificismo, o, en su expresión política: utopía totalitaria), es el mito de la idea de progreso. Los ilustrados, como optimistas que eran, y no les faltaban, de alguna manera, razones para ello, pensaban que el desarrollo de la humanidad, el progreso hacia un mundo mejor, venía marcado por el progreso en las ciencias, las artes y la tecnología. Relacionaban causalmente el progreso tecnocientífico con el ético-político. Hay dos errores fundamentales aquí. El primero es que no hay nada que garantice, ni es empíricamente observable, que el progreso de las ciencias y la técnica garanticen un mundo ética y políticamente mejor. Más bien parece ser que el desarrollo tecnocientífico está ligado a cierta perversión moral. Pero de esto ya habló Rousseau en su famoso Discurso sobre el origen de las ciencias y las artes. Por cierto, el primer ilustrado que pone en duda la idea de progreso. Ésta es la primera dificultad que la historia, y en concreto la del siglo XX y comienzos del XXI, la constatan. La segunda gran dificultad es que la idea de progreso es un mito, es decir, una creencia que se instala en nuestra visión del mundo y que damos por algo obvio. Me explico brevemente, aunque el punto es de importancia porque es el núcleo de la perversión de la razón ilustrada. La idea de progreso es un mito que se basa en la secularización de la idea de historia del cristianismo. El progreso, su idea, es un mito, una creencia e, incluso, un autoengaño, como señala Gray en Perros de Paja. El siglo de las luces batalla contra la superstición religiosa y pretende separar el trono del altar y la ciencia de la religión. Pero las ideas fundamentales que subyacen a la religión, en lo que es la filosofía cristiana, permanecen. Y éste es el caso de la idea de progreso. Lo que está claro es que la humanidad, en tanto que especie, y el hombre en tanto que individuo, no tienen ningún sentido, salvo el estrictamente biológico o natural. Y ésa es la historia. Todos los mitos, las religiones, la filosofía y, por último, la ciencia, pretenden dar un sentido a la vida humana y su historia. Nosotros procedemos del cristianismo, como de la tradición griega, y éste nos ofrece una visión de la historia que consiste en la historia de la salvación del hombre. Es decir, que lo que ocurre en la historia tiene un significado. Que dios no nos ha abandonado del todo, como se suele decir, dios aprieta, pero no ahoga. Nada ocurre porque sí, dios es la voluntad última y ha creado al hombre, como dueño y señor de la naturaleza y con libertad de obedecer o no sus mandamientos. La historia de la humanidad es la historia de la salvación, en la que hay un principio y un final. Es decir, un progreso, desde la caída, el pecado original, hasta el fin de los tiempos, en el que dios vendrá a juzgarnos y si lo hemos obedecido se nos promete el paraíso. Por eso la historia de la humanidad es la historia del progreso hacia el paraíso huyendo del mal. La ilustración asume acríticamente esta idea, la seculariza, no se da cuenta de su origen mítico. No reconoce que la historia de la humanidad no tiene sentido. Serán Nietzsche y Darwin los que lo verán claro. Por eso el primero nos dice que no nos veremos libre de dios mientras no nos veamos libres del lenguaje. Claro, en éste residen las estructuras mentales con las que comprendemos el mundo, entre ellas el mito del progreso que procede directamente de la idea de dios. El segundo, pone al hombre en pie de igualdad con los animales, con lo que el hombre se reduce al azar y la necesidad, su existencia es tan contingente como la de los demás seres vivos. La evolución no tiene ningún sentido ni dirección, es la mezcla del azar y la necesidad. La razón ilustrada tenía que haber pensado este límite. Es decir, que el progreso de la humanidad hacia un mundo mejor, ético-políticamente hablando, es contingente. Algo así pensaba Kant, y eso que éste era un profundo creyente. El progreso de la humanidad no es algo automático, ni viene marcado por leyes de la historia, ni del desarrollo tecnocientífico, sino que depende de la voluntad humana, de sus decisiones, en última instancia. Pero la mayor parte de la ilustración no lo entendió así, y mucho menos su epígonos del XIX y el XX. Por el contrario, ligaron, acríticamente, la razón científica con el progreso moral. Eliminaron, de esta manera, el ámbito de lo moral y humano, para ser sustituido por la razón científica, por la razón de las ciencias naturales. Y de ahí lo que surge es una razón absoluta y omniabarcativa que lo explicaría todo. Pero esta razón es instrumental, como la llamó la escuela de Frankfurt, es decir, que se dirige a los seres naturales, no a lo humano. Pero, claro, cuando la razón instrumental la dirigimos a lo humano, instrumentalizamos al hombre, lo convertimos en objeto. Ésta es la perversión de la razón ilustrada. La pedagogía, en su afán de presentarse como ciencia, sigue el modelo positivista e intenta entender el proceso de aprendizaje desde el positivismo empirista. El resultado de ello es la alienación de los sujetos, en este caso, del alumno y el profesor. La pedagogía, en este sentido, acaba con las personas y las convierte en objeto. Pero, lo que es de risa, es que la pedagogía, como hemos demostrado en otras partes, no es una ciencia natural, ni puede, ni debe serlo. Mejor debería acercarse al arte y resolveríamos muchos problemas.

 

            Pues bien, la idea del mito del progreso se incardina en la concepción de la razón ilustrada que se expresa en el conocimiento científico. Me explico con más sencillez. La ciencia, con su confianza plena en la razón, y con el empuje de que el uso de la misma nos hace progresar hacia un mundo humanamente mejor, pretende conocer cuáles son las leyes que gobiernan a la naturaleza, al hombre y a la sociedad. Si descubrimos estas leyes –y desde la idea de la dominación del mundo por el hombre- podremos intervenir, no sólo en la naturaleza, sino en la misma historia del hombre. Y de aquí surgen todas las utopías totalitarias, de derechas o de izquierda, por muy diferentes que sean ambas tienen a la base la idea de progreso: la conquista de una sociedad perfecta, la conquista del paraíso. Esta perversión ilustrada nos encaminó a los totalitarismos del siglo XX. Pero aún no hemos escarmentado de ello. En el ámbito de la enseñanza, como he señalado antes, y hemos demostrado en otros lugares, estamos en pleno positivismo al que también había que añadirle el constructivismo, pero esto tiene que ver con el posmodernismo del que hablaré después.

 

            Pero me dirijo ahora al análisis del sistema de producción en el que nos apoyamos. Éste es, indudablemente el sistema capitalista. Pero resulta que capitalismos ha habido muchos, los hay de diferentes colores. El caso es que el que triunfa como pensamiento hegemónico, como pensamiento único, es el modelo neoliberal. Así andamos desde hace cuarenta años. Este modelo sustituyó, y sigue haciéndolo paulatinamente, a la socialdemocracia. A grosso modo podemos decir, que la socialdemocracia, que se funda en el estado de bienestar, es un sistema de producción capitalista en el que el mercado se regula, en gran parte, para lo que se refiere al la justicia social, por el estado. El neoliberalismo, es una doctrina económica, un catecismo, que lo llama Stiglitz, en la que se pretende, falsamente, además, desvincular la política de la economía. Cuando el estado ha sido necesario se tira de él. Además, les interesa un estado fuerte en el ámbito de la seguridad y de la protección de sus mercados frente a mercados emergentes. El neoliberalismo no tiene nada que ver con el liberalismo filosófico que defiende la libertad, pero no reduce ésta a la libertad de la propiedad y el mercado. La doctrina neoliberal se apoya en la idea de que la historia se mueve por las leyes que rigen la economía. Y los neoliberales creen que las conocen. Entonces ellos lo que piensan es que las leyes que regulan la historia y que nos llevan hacia una sociedad feliz, son las leyes del mercado. De ello se desprende que la política no debe intervenir, para nada, en el mercado. Como se ve nos enfrentamos a una visión totalitaria de la historia, del hombre y de la economía. La economía pretende conocer las leyes que rigen la historia: falso. De ello se deriva que el hombre es un objeto de la economía. Por tanto, se instrumentaliza al hombre. De lo que se trata es de eliminar la libertad de los individuos y la voluntad política. En consecuencia, la ética y la política se objetualizan. Pero para conseguir todo esto es necesario crear una ideología, un pensamiento único. Y fue precisamente la caída de los regímenes socialistas la que dio el pistoletazo de salida para la emergencia de este pensamiento único, en realidad ausencia de pensamiento. Hemos llegado al fin de la historia, anuncia Fukuyama, como lo hicieran ya Hegel, y lo pronosticara Marx, es la muerte de las ideología. El neoliberalismo nos explica el camino inexorable de la historia. Muerte del pensamiento, la resistencia es absurda, porque la historia se rige por leyes naturales que son las de la economía ortodoxa, que, por suerte, no es la única, hay otras. Pero esta ideología neoliberal tiene que acallar las consciencias y para ello produce una transformación de los valores. La maquinaria que alimenta el crecimiento económico, lo único que le interesa a los neoliberales, es el consumo. Por tanto, es necesario producir un individuo que viva por y para el consumo. Esto significa que hay que hacer coincidir felicidad con placer hedonista y con el tener efímero. Claro, el resultado de todo ello es el de un ciudadano hedonista egocéntrico que es incapaz de pensar más allá de sí mismo y que vive en una insatisfacción extrema. Un individuo esclavo de sus deseos. O un señorito satisfecho que diría Ortega en su clarividente, La rebelión de las masas. Este individuo desideologizado, convertido en autómata ha perdido los antiguos valores: lo único que le interesa es el éxito, el dinero, la juventud, la fama… Todo lo que corresponde a la esfera de los valores universales, libertad, igualdad, justicia, está fuera de su visión del mundo. Este individuo, al dejar de ser sujeto, al claudicar de su libertad se convierte en algo maleable. Su lema es la adaptabilidad para sobrevivir. No el de la transformación de un mundo injusto. Y esta es la ideología que triunfa en nuestra sociedad: en los padres y en los alumnos. Por eso cambiar las leyes de educación es difícil, porque estamos todos sumergidos en este pensamiento único fruto de la perversión de la razón ilustrada. Y esto nos ha llevado al nihilismo del sujeto. El sujeto está vació, su contenido es el del consumo compulsivo, su ser es el tener y éste pasa por el desechar continuamente. Pero este nihilismo de la conciencia es la antesala del fascismo, ahora ya económico, y pronto político. Es más, la corrupción de la democracia como sistema nos está llevando al fascismo. ¿Qué es sino la aplicación de las leyes de educación sino fascismo enmascarado de democracia formal?

 

            Pero falta el último punto de unión de toda esta ideología que explica la eficacia política de la nueva pedagogía y de sus leyes educativas. Me refiero al posmodernismo. Éste es un movimiento de reacción a la ilustración, precisamente porque la razón se había absolutizado y nos llevó a los totalitarismos políticos del XX. Pero erraron. Su lema es que los grandes discursos de la humanidad habían terminado. A partir de ahí se introduce el todo vale. El relativismo epistemológico, moral y político. Y ahí hacen su agosto las teorías constructivista en educación. El centro del proceso de enseñanza ya no es el profesor como vehículo de transmisión del conocimiento, ya no, porque el conocimiento se ha relativizado, sino que es el alumno, que reconstruye, desde su subjetividad, el saber. Total, como todo vale, que pinta el profesor, si los discursos de la humanidad son fallidos. Y este relativismo mina la autoridad del profesor. Si el conocimiento carece de valor, el profesor que es el vehículo de éste carece de toda autoridad. Pero este relativismo es una de las causas de la corrupción de la democracia como sistema. Si todo vale, la opinión que se impone es la del más fuerte. Y el más fuerte ahora es el poder económico que nos ha inundado con la ideología que hemos esbozado. Y, claro, las leyes que del poder político surgen, como éste está sometido al poder económico, pues no hacen más que replicar la doctrina neoliberal. O, dicho de otra manera, crear las condiciones sociales, políticas y humanas que hagan posible la extensión de la doctrina neoliberal. Y no otra cosa es lo que han hecho las leyes de educación.

Réplica al profesor D. Manuel Montanero Fernández.

 

Mi más sincero agradecimiento al profesor D. Manuel Montanero Fernández por su respuesta crítica a mi artículo que, a su vez, criticaba uno suyo anterior. Mi artículo se titulaba La ideología que subyace a Bolonia. El suyo Los cinco axiomas de la doctrina anti-pedagógica. Doy las gracias por la crítica porque es de esta manera como se aprende. Decía Diógenes el perro que se aprende más de un bastonazo que de las adulaciones. Así que asumo el bastonazo para con él espabilarme y no dormirme en los laureles. Lo que sucede es que el autor, a mi modo de ver yerra el tiro, o el bastonazo, por seguir con el símil. Además, pienso que es un poco irrespetuoso en el tono, pero esto puede ser percepción mía. Me parece que hay cierto tono despectivo hacia el autor y hacia las humanidades. No sé de qué rama del saber procede el señor Montanero, pero si le digo, ya de entrada, que un científico que no sea humanista, no llega a la categoría de tecnócrata. Y, además, añado que lo que nos une a la tradición occidental, desde el renacimiento, por no hablar de los orígenes clásicos, es el humanismo. El problema es que cuando la razón ilustrada se pervierte y se convierte en omnipoderosa y omniexplicativa caemos, de nuevo, en la religión y la ideología. Y de manos de ellas en los totalitarismos. El ejemplo claro lo tenemos en el siglo XX. Uno de esos totalitarismos tiene su expresión en lo que se llama el cientificismo. La ciencia como el único discurso verdadero sobre la realidad. Y la razón científica como criterio de organización de la vida social. A mis alumnos los intento vacunar de esto con una frase del nada anticientífico, físico y filósofo Mario Bunge: “hay más verdades en una guía de teléfonos que en toda la ciencia junta.” Y la guía de teléfono no es ciencia. Ahí tienen para pensar. Y aquí participa la pedagogía, que, en gran parte no es una ciencia, si somos estrictos, sino técnicas, ideología y filosofía. Pero antes de abordar alguno de estos temas y fundamentarlos quisiera pasar a la estructura del artículo, que, a mi modo de ver, deja mucho que desear y se derrumba por sí mismo.

 

            El autor comienza diciendo que se sorprende de las cosas que digo. No entiendo esa sorpresa. O bien quiere decir que ya nadie cuestiona el plan Bolonia, ni la LOGSE, y que lo mío, por tanto, es poco menos que una salida de tono o una herejía. Si es una salida de tono el se sorprendería, porque no es ya de recibo que alguien defienda mis tesis. Así que, quizás, yo debería ser analizado por un psiquiatra, para que revisase mi cableado y ser reparada la avería para que, de esta manera, el pensamiento establecido, no se sorprenda ya más de mis salidas de tono. O bien, lo que digo es una herejía. Si es una herejía significa dos cosas. Herejía viene del griego y significa disentir. Hoy en día lo llamamos libertad de pensamiento, que cada vez hay menos por la corrupción sistémica de la propia democracia. Son las aporías a las que hemos llegado en la democracia, régimen que supuestamente garantiza las libertades. La otra parte es que si alguien disiente es que hay un pensamiento establecido como el verdadero o el válido, por eso discrepar de él levanta sorpresas. Como no creo estar, de momento, afectado psíquicamente, pues opto por el segundo sentido de la sorpresa. Es decir, el autor se sorprende de mi disidencia, de pensar de otra manera, de la heterodoxia. Esto dice mucho en su contra. La historia del pensamiento es la historia de la discrepancia y la heterodoxia. Y, la universidad, como los centros de secundaria antaño, deben ser los guardianes de nuestro saber y tradición. Y ésta es la tradición racional y crítica. Y se ejerce mediante el diálogo, no mediante la descalificación, que, a mi modo de ver, es lo que se lee entre líneas. Primero dice que se sorprende y durante todo el artículo no deja de citar mi nombre utilizando subliminalmente la retórica del dedo acusador. Es decir, se piensa desde la verdad y se señala al hereje, no como el disidente o el heterodoxo, sino como el desviado de la doctrina oficial que él representa y es guardián. Es la estrategia del san Benito. Aquello que se les colgaba –desde los tribunales de la Inquisición- a los herejes, para que nadie olvide quiénes son. Por eso, insisto, el tono es descalificativo, no argumentativo. Luego señala que en mi artículo rápidamente me centro en la LOGSE y la secundaria, lo que es, según dice él, mi obsesión. Y, de esta manera sigue, calificando, mejor descalificando (obsesión) y a esto, que es lo único que hace en las primeras líneas y en el tono general del artículo, se le llama, argumentos ad hominem, es decir, una falacia. Los argumentos tienen que dirigirse a los argumentos, no a las personas que sostienen los argumentos. Esto es elemental en la argumentación, tanto en la cotidiana, como en la científica. Por eso hace lo mismo con el autor de la obra Panfleto antipedagógico Ricardo Moreno, al cual me honra conocer personalmente y del que he reseñado su obra. Con un par de comentarios particulares cree desmontar toda la obra, por supuesto, descalificando, no argumentando. Y, lo mismo hace con los profesores de universidad firmantes del manifiesto anti-Bolonia que, por supuesto, señala que casi todos son de humanidades. De nuevo el tono descalificativo del autor. Entre líneas se leería que los de ciencias son más serios y aceptan Bolonia, que es la verdad. Hay muchos errores y prejuicios en estas afirmaciones que, insisto, no son argumentales, sino meras descalificaciones. El autor vive inmerso en la división de las dos culturas, considerando, sin motivo, una superior a la otra. Esto es una ideología, o una mala filosofía, la positivista o cientificista. Cuando uno rechaza la filosofía, se queda con la peor de todas o, al menos, es inconsciente de aquella que sustenta sus principios básicos y, por tanto, esa filosofía se convierte en dogma. Eso le pasa al autor y a la mayoría de los pedagogos. Cuando yo hablo de los pedagogos, no me refiero a todos. Sería un error argumental, porque sería tomar la parte por el todo, sino que me refiero al pensamiento pedagógico dominante. El que subyace a la ley educativa, tanto a Bolonia, como a la LOGSE-LOE. El autor dice, como señalé antes, que me obsesiono con la secundaria. Bien cierto es. Pero mi obsesión o, mejor, pasión, es la ilustrada. La enseñanza y la educación deben ir encaminada a la consecución de la libertad. Lo que a mi me preocupa es que la transmisión de conocimientos y valores que es lo que deben hacer los maestros y profesores, conduzca a la libertad. La educación, en su aspecto fundamental, corre a cuenta de los padres. Otra cosa es que estos hayan abandonado su tarea. También sostiene que, como me obsesiono con los pedagogos, no me he fijado que Bolonia comenzó hace diez años a partir de una serie de acuerdos europeos que cita en su artículo. Acuerdos que se convertirán en directrices para la consecución del plan Bolonia. Efectivamente, por eso digo que yerra el tiro. Es, precisamente, la ideología que subyace a esos acuerdos y a la Unión Europea lo que yo critico. Y esa ideología se llama neoliberalismo, que tiene una larga tradición filosófica, pero que se instala entre nosotros, como pensamiento único, desde hace cuarenta años. Esto es lo que hay que criticar. Los pedagogos no son tan importantes. Digamos que sus doctrinas han servido y sirven para engrasar la maquinaria. Porque, insisto, el pensamiento pedagógico hegemónico es ideología, no ciencia. Por lo tanto, al decir que todo procede de esos acuerdos, sin darse cuenta, me ha dado la razón. Y, para terminar con el análisis de la estructura del artículo, pasamos a lo que llama los axiomas de la doctrina anti-pedagógica. Otro error argumental. Si el autor pretende señalar que el pensamiento anti-pedagógico es una doctrina, entonces no puede hablar de axiomas. Se nota que tiene la lección bien aprendida porque ya me conocía yo esos “axiomas”. Los axiomas rigen para la matemática y la lógica, son verdades evidentes desde las que se parte para la deducción de los futuros teoremas. Esas verdades evidentes, en tanto que tales, son indemostrables. Son aquello de lo cual parte el pensamiento formal para la demostración. El autor, entonces, debería haber dicho dogmas. Que son las verdades de una doctrina que se asumen por fe, es decir, acríticamente, sin argumentación previa, creencias. Esos cinco “axiomas” en los que no voy a entrar uno a uno porque están mal formulados, como digo, están expuestos de forma simplista, sin tener en cuenta que algunos de los “axiomas” que allí se citan son consecuencias de un duro trabajo de reflexión y de análisis. Es decir, consecuencias, no axiomas ni dogmas. Otros son meramente errores de bulto tomados de los manifestantes anti-Bolonia, no de los críticos de la pedagogía hegemónica. Quizás en otro momento haga una crítica a estos cinco puntos. Pero de momento basta con el análisis lógico y estructural del artículo. Para solventar esta falta haré una declaración de principios, muy sintética, sobre mi pensamiento, que no se puede encuadrar en estas simplezas. Además de agradecer al autor la crítica, como hice al principio, también le quiero agradecer que haya puesto mi nombre al lado de personas tan sabias y de reconocido prestigio nacional e internacional como es Ricardo Moreno, por cierto, catedrático de Matemáticas, y los firmantes del Manifiesto anti-Bolonia. Eso es para mí un honor.

 

            Y paso ahora a la última parte de mi exposición que, en realidad, tiene que ver con todo lo que he escrito sobre educación, que no es poco, y que el señor Montanero puede rastrear en mi obra y desde ahí podremos discutir, no desde esos cinco “axiomas”.

 

            Soy un racionalista crítico, como señalaba Popper, un filósofo tambaleante de la ilustración. Hoy, con el triunfo del posmodernismo, unido al neoliberalismo, quedamos pocos de estos. Somos o, mejor, nos identifican, con los reaccionarios. Más bien prefiero formar parte de la resistencia. Como filósofo que comparte los ideales de la ilustración creo que estamos embarcados en un gran proyecto ético de la humanidad, un proyecto que es provisional. No está garantizado el progreso ético-político. Siempre puede haber retrocesos y los ha habido. Y hoy en día estamos en uno de ellos. Vea la última obra testamental del historiador de las ideas Tony Judt Algo va mal”. O de la del también recientemente fallecido José Vidal Beneyto La corrupción de la democracia. Por cierto, las he reseñado para la Gaceta Independiente. La LOGSE y Bolonia son ejemplos claros de estos retrocesos. La ideología que nos sustenta hoy en día es el resultado de una perversión de la razón ilustrada. Perversión que se expresa en el cientificismo y la tecnocracia. Y aquí está el error de la pedagogía hegemónica. Ésta pretende ser una ciencia, cuando no lo es. Sus fundamentos son el pragmatismo de Dewy, el positivismo y el constructivismo. Todos ellos los he criticado desde la epistemología y un autor, mucho más sabio que yo, catedrático de filosofía y pedagogo, lo hace en su última obra Gregorio Luri La escuela contra el mundo. Razones para el optimismo. Hay una unión también, en el caso español, entre la doctrina de izquierdas predominante, como reacción al franquismo, y la nueva pedagogía. Es la política progre de la izquierda realmente existente (la que tiene capacidad de gobernar, no la real) que ha confundido tantos términos. La pedagogía hegemónica participa de dos paradigmas erróneos. En primer lugar está el empirismo. Esta filosofía pensaba que la ciencia se reduce a experiencia. La psicología y la pedagogía en su afán de asemejarse a la física y la química pues intentaron cumplir con los ideales del empirismo. Por eso elaboraron teorías del cerebro llamadas de la caja negra. Lo que nos interesa es lo empírico, lo que se puede constatar, el cerebro no lo podíamos estudiar, no nos sirve para nada. Esto es el conductismo. De aquí procede la teoría de la motivación. El profesor lo que debe hacer es motivar. Lo que pasa es que esta doctrina deja atrás toda una herencia que es la de la educación de la voluntad. Por eso aquí hay una unión con lo progre. La enseñanza es juego, dinamizar, diversión. No se puede exigir, ni traumatizar al niño. Hay que darles libertad. Pues no señor, gran error, no hay libertad sin obediencia a la ley. Y esta debe ser interiorizada por la autoridad, la del padre, primero, y la del profesor, después. La autoridad de este último es una autoridad epistémica y moral. Nada se consigue sin esfuerzo y disciplina. Una vez interiorizada la ley, el alumno, el individuo, debe hacerla suya y así será libre. De la otra manera, mediante la teoría de la motivación, lo que fomentamos es el deseo y éste nos esclaviza, nos vuelve caprichosos y débiles. Por eso nuestros centros de enseñanzas están plagados de señoritos satisfechos, que diría el insigne Ortega. La ley permite esta aberración, y hay una ideología pedagógica debajo, que se vende como ciencia, que la respalda. Es necesario recuperar la educación de la voluntad si queremos recuperar la virtud y el deber del ciudadano. Lo cual nos conducirá a individuos libres, aquellos, que no tienen como objetivo sólo el de la adaptación (objetivo fundamental de Bolonia), sino el de la transformación social. El engaño de Bolonia es el de la competitividad, neoliberalismo, ley del mercado, y el de la adaptabilidad. El objetivo es la adaptación al mundo cambiante, no cambiar el mundo. Es decir, que se asume, de entrada, la falta de libertad. Esto es, que el desarrollo técnico-científico y económico determinan nuestras vidas y a nosotros sólo nos queda adaptarnos. Y esa adaptación es el triunfo en la vida. No he visto nunca una expresión tan clara de pensamiento único, es decir, ausencia de pensamiento, como ésta, salvo las totalitarias a las claras. Lo nuestro es un totalitarismo débil, pero totalitarismo que, además, relega al ostracismo al disidente.

 

            Otro error clave de la pedagogía es el constructivismo. Aquí, la filosofía a la base es el idealismo. Se cree que el alumno es capaz de construir el conocimiento por sí mismo, como si no hubiese aprioris biológicos universales y aprioris históricos. De aquí se desprende que el centro del proceso de enseñanza es el alumno. El papel del profesor es el de “dinamizador”. Y esto, unido a las nuevas tecnologías y el mito de que con ellas alcanzaremos el ideal educativo del aprender a aprender con un profesor desplazado del centro de la educación se transforma en una ideología tremendamente peligrosa. Y en ellas se unen lo neoliberal (mito del progreso tecnocientífico) con las ideologías pedagógicas: doctrinas acríticas que pernean todo el sistema de enseñanza. Hoy, no es que la pedagogía sea un instrumento para ayudar al profesor en sus clases y a los alumnos cuando tengan problemas, sino que se ha pretendido transformar en un saber científico universal que pretende decir en qué consiste la tarea de enseñar y cómo debemos hacerlo. Si fuese lo primero, bienvenida sea, pero, de la otra forma, se convierte en un dogma. Y pedagogías hay muchas. Lo esencial es recuperar el papel central del profesor en la enseñanza y de los padres en la educación. Los pedagogos son técnicos o guías que pueden ayudar en los momentos puntuales, pero no la ideología que oriente el sistema. Pasa como con la medicina. Los problemas morales hoy en día se han medicalizado. Es decir, que al relegar nuestra libertad en manos del médico, dejamos de ser personas y nos convertimos en instrumentos. Y eso es lo que ha ocurrido con la pedagogía al querer convertirse en una ciencia. Lo que llamo la perversión de la razón ilustrada. Esta perversión es la razón instrumental, que es la propia de las ciencias naturales. El problema es que cuando tratamos de estudiar las relaciones humanas desde la razón cientificonatural, instrumentalizamos al hombre. Y eso es lo que hace la pedagogía vigente. Instrumentaliza al alumno, al profesor y a las relaciones entre ambos.

 

            Los veinte años que llevamos de LOGSE han mostrado su tremendo fracaso, los datos están ahí, por más que se intente encubrir, véase al respecto la obra de Francisco López Rupérez, en ésta no hay discurso, todo son datos y estadísticas. No se pueden enmascarar con medidas como el aumento hasta los dieciocho años de la enseñanza obligatoria. El ideal de la educación comprehensiva nos ha llevado a la mediocridad. El sano ideal ilustrado de la educación universal nos ha llevado, de la mano de la LOGSE, al fracaso escolar y la promoción automática, para no frustrar al niño. Menuda demagogia. Se ha confundido la igualdad de oportunidades, principio básico en democracia, con la igualdad ontológica. Y esto, junto con la promoción automática, ha dado lugar a la disminución de los contenidos, las adaptaciones curriculares, la diversificación, el plan de refuerzo, en fin… todo por enmascarar el fracaso escolar que procede de la doctrina de la motivación y de la eliminación de la autoridad del profesor y de las ideologías progres de la izquierda española. La excelencia de los alumnos, salvo los que están blindados genéticamente y familiarmente contra la LOGSE, es una excepción. Pero, por suerte existe y es todo un placer.

 

            Ahora entran a saco en la universidad, y no es que ésta fuese un mar de rosas, lo contrario. Necesita una reforma inmensa en sus estructuras arcaicas y su sistema endogámico. Pero como digo, la ideología es la neoliberal. Los pedagogos son comparsas, sus doctrinas hacen posible que el futuro ciudadano sea menos ciudadano y más súbdito. Y esto a la sacrosanta libertad del mercado (otro mito) le interesa. El alumno es futura mercancía en el fuerte y cada vez más deshumanizado mercado laboral. Ése es el objetivo, los pedagogos son los ideólogos, sin ser, ni conscientes de ello, en su gran mayoría. Y, por debajo, la ideología del progreso. El mundo es el que es y no puede ser de otra manera. Pero es que, además, es el mejor de los mundos posibles (vieja doctrina leibniziana que hereda la ilustración), dirigido por la tecnociencia y la economía. El factor humano: es decir, la libertad, ha sido reducido a la razón instrumental. Una utopía nos aguarda, un nuevo mundo feliz. El neoliberalismo es la utopía del siglo XXI, con sus orígenes en el XX. Pero hace tiempo ya que se ha tornado en una utopía negativa. Me alegro de formar parte de la resistencia. Me parece muy bien que usted dé sus clases a la boloñesa, yo, entre tanto, me esforzaré en dar alguna magistral clase magistral, si alguna vez lo consigo. Mis más respetuoso saludos.

 

Mientras mejores sean los alumnos, mejor se hace el profesor y más se exige a sí mismo. Y acaso algún día con la ayuda de sus alumnos uno llegue a ser maestro. Eso significa enseñar en la libertad y desde la libertad.

Magnífica reflexión para mañana partiendo de la obra de nuestro común amigo Esteban Mira. Sólo hay una cosa que no comparto. Estoy contigo en que no existe ninguna razón ni argumento sólido contra la tesis del exterminio y que existe una unión entre capitalismo e imperialismo y esto nos lleva al exterminio del otro por la propia lógica del capital. Pero en lo que disiento es en que la naturaleza humana sea bondadosa de por sí y que el mundo precolombino fuese un paraíso. Eso es falso. La naturaleza humana es la de un animal gregario, recolector y cazador. Desde el neolítico la guerra está instalada entre nosotros. Hay sistemas de producción que la fomentan más que otros. El capitalismo que se empieza a globalizar, como Marx bien analiza en el Manifiesto Comunista, lleva la guerra al exterminio. Siempre ligado éste a ideologías que son el alimento del pueblo para ser la mano ejecutora del poder. Es el caso de la ideología del nacionalcatolicismo que echa a los judíos y los musulmanes de Al- Andalus y los tortura y reprime, así como extermina al indio. Y, desde entonces para acá seguimos en las mismas. Con esto no quiero demonizar la naturaleza humana, como sugieres tú, sino ser realista. El hombre ha sido capaz de grandes hazañas éticas, como de también es el protagonista de su propia autodestrucción. El realismo, en este caso me remito a Kant, “el fuste torcido de la humanidad”, una unión entre Rousseau y Hobbes, nos lleva a la idea regulativa de la paz perpetua. Y ésta pasa por la búsqueda de una ética cosmopolita que sería la base de una legislación internacional. Necesitamos leyes porque no somos buenos de modo natural, pero construimos leyes basadas en la ética y las obedecemos porque somos lo suficientemente buenos para ello. Sin estos presupuestos no podemos entender ni la destrucción de las indias ni a un fray Bartolomé de las casas y el derecho de gentes.

 

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            No hay derechos sagrados, esto es ya metafórico, pero considero que la libertad unida a la justicia y la fraternidad son los derechos humanos inalienables. Pero estos derechos no son más que la guía ética de la humanidad. Son conquistables. Primero los descubrimos y, después, debemos esforzarnos en llevarlos a la ley y a la praxis de la misma. La ilustración los proclamó y consideró, ingenuamente, que educación es lo mismo que ilustración. ¿Un alumno recen salido de la ESO es un hombre libre de pensamiento? Es el error del optimismo ilustrado que dio lugar a tanta barbarie en la historia. La razón se idolatró y se convirtió en una diosa. Eso dio lugar a la perversión de la propia razón ilustrada y de la propia ilustración con ella. El objetivo de la educación debe ser la libertad de los individuos, pero dudo que necesariamente exista una unión entre libertad y felicidad. Sospecho desde hace ya bastante, que la felicidad es algo muy accidental e, incluso, bioquímico. Otra cosa es que la justicia social sea la base de la conquista de la felicidad. Justicia y libertad como condición de posibilidad de felicidad. Condición suficiente, pero no necesaria, que dirían los lógicos y matemáticos. Pero yo he dejado ya de pensar que la educación sea el vehículo de la libertad. Si entendemos educación en el sentido más amplio y profundo del término, desde luego que sí. Ahora bien, si la entendemos ligada al estado, no, rotundamente. La educación, al menos en España y en gran parte del mundo capitalista, es adaptación. Es decir, control. Se nos promete la felicidad por medio de la obediencia sumisa, sin ser conscientes de que somos obedientes. El neolenguaje confunde obediencia con adaptabilidad. Y de todo ello sale un individuo inconsciente de su propia esclavitud. Un subproducto del sistema. Feliz y acomodado, pero esclavo, por lo menos en el ámbito del pensamiento. Y, además, instalado en la pseudolibertad del relativismo de las opiniones. Pensar que todas las opiniones son respetables e iguales. ¡Menuda farsa y baile de marionetas! La libertad es algo demasiado importante como para dejarla en manos de una ley de educación…

Cuando  la amistad surge del amor por lo eterno, la amistad entre los espíritus más excelsos, entonces las fronteras del tiempo y el espacio no cuentan. Porque los intereses perennes de la humanidad no han cambiado. Tienen que ver con el bien, la justicia, la belleza y la verdad. Cuando son esos intereses los que unen a los amigos, cimentados en la empatía natural, la amistad se trasciende. Pero lo normal es que la amistad sea interesada o mediatizada por intereses particulares. Entonces no se trata de amistad, propiamente dicha, sino de interes o simbiosis, que no está nada mal, pero cae dentro de las fronteras del espacio y el tiempo. Por eso Aristóteles decía que la auténtica amistad se da entre hombres libres. Y esa debe ser nuestra aspiración…