Blogia

Filosofía desde la trinchera

Ha sido todo un placer compartir página con José Miguel López en La Gaceta Independiente. Tu artículo magistral. Nada que objetar. Plenamente de acuerdo. Sólo una cosa, tu discurso es universal, nadie de la clase política se dará por aludido. Cuando empieces a señalar un poco más con el dedo, entonces vendrán las críticas e incluso amenazas de denuncias. Estos son unos trepas, farsantes, inmorales, mediocres y hay que demostrárselo en los casos particulares. Eso es lo que les duele. Los discursos universales, los perversos, tienen el cinismo, incluso de aplaudirlos. Eso me pasó a mí en la radio y en el Eco de los Barros. La reflexiones generales, muy bien, como si no fuesen con ellos. Cuando se concretan en un caso particular y denuncias, desde esos mismos presupuestos generales, la corrupción, el déficit democrático, el vasallaje de los electores, la compraventa del voto, el maquiavelismos del gobernante, en fin todo eso que tú señalas, entonces van y te echan. Casi te consideran persona non grata. Reconocen los méritos de un torero, por cierto alumno mío en ética, era muy buen muchacho, eso sí, pero no reconocen los méritos intelectuales de alguien que no pertenezca al partido o esté en la onda del mismo… Miseria de personajes. El intelectual debe ser la conciencia crítica de su tiempo. La misión del intelectual es la de la libertad. Por eso la derecha y la izquierda se nos quedan estrechas. La actividad del intelectual es la denuncia del abuso del poder. Éste intenta aplastar la libertad de una y mil formas. Las democracias en las que vivimos son farsas. Han sido raptadas por el poder político y económico. El primer tiende, por sí mismo, a la acumulación y lo que hace es instrumentalizar al hombre. La economía actual es una perversión de la razón ilustrada. A eso se le llama neoliberalismo. Pero el liberalismo en sus orígenes era otra cosa. Era una defensa de la propiedad, por su puesto, pero también de la persona. El neoliberalismo elimina la libertad y, por tanto, a la propia persona. Su nombre ni siquiera es correcto. Mientras que el liberalismo defiende la libertad como el máximo valor que se encarna en la persona y su dignidad, el neoliberalismo, al instrumentalizar a la persona, convertirla en objeto, en el sentido de mercancía, elimina la dignidad. Aquel hallazgo kantiano que hereda tanto el republicanismo como el liberalismo. Pero lo de hoy no es más que perversión totalitaria, al modo de los fascismos del siglo XX, de la razón ilustrada.

 

            En cuanto al poder político. Estos no son más que marionetas al servicio del primero. Mientras que no muestren voluntad política de frenar la voluptuosidad del economicismo, así hemos de pensar. Pero, a su vez, el poder político, internamente, es antidemocrático y corrupto. Sólo quiere, como bien analizas, perpetuarse en el poder. Hay que tener una condición amoral para querer dedicarse a la política profesional. Lo curioso es que con unas cuantas reformas tendríamos una política más sana, lo que nos llevaría a una ciudadanía más independiente y a una mayor salud democrática. Por ejemplo, reforma de la ley electoral: esto aumentaría la pluralidad parlamentaria, se ajustaría más al ideal de una persona un voto, y eliminaría el poder de los nacionalismos que se ejerce en forma de chantaje y que es una traición al voto de los ciudadanos y su ideología. Pues ni los nacionalismos, ni los partidos mayoritarios quieren esto. Otra cosa, reforma de la ley de partidos. Aquí hay que incluir financiación. Ésta debe ser equitativa desde el estado y por los afiliados. Eliminación de la financiación privado. Esto sería un duro golpe a la corrupción, sobre todo, municipal. Eliminación de la disciplina de voto y, por último, listas abiertas. Pues nada de nada. A los partidos mayoritarios y nacionalistas, los que viven de la política, no de buscar el bien para la polis, no aceptan estas reformas. Lógico, para ellos sería una sentencia de muerte. De esta suerte, la clase política se ha convertido en una casta que sólo mira para sí, viola el principio de igualdad de todos ante la ley, la libertad individual, el respeto a las minorías y los principios básicos de la democracia. Una casta que delira sin entender para nada a la ciudadanía, salvo como mercancía. Los ciudadanos son su mercancía que compran en las campañas electorales. Los partidos, internamente, son una jauría de chacales en busca de poder y representación. La democracia está herida de muerte.

TRIBUNA: RAMIN JAHANBEGLOO

Regreso a Córdoba

RAMIN JAHANBEGLOO  21/10/2010

En 1848, Karl Marx comenzaba su Manifiesto comunista con estas famosas palabras: "Un fantasma recorre Europa: el fantasma del comunismo". Hoy otro fantasma la recorre: el de la intolerancia. Una de las tareas fundamentales en la Europa de hoy es apoyar los esfuerzos para cultivar el espíritu de coexistencia dentro de las sociedades europeas.

Para muchos, y en especial para quienes recibieron una educación musulmana o judía, la ciudad de Córdoba es sinónimo del espíritu de coexistencia y diálogo entre pensadores de distintas tradiciones religiosas. Todo el mundo sabe que, en la Córdoba medieval, las tres confesiones abrahámicas convivían en relativa paz y armonía. Los musulmanes reconocían a judíos y cristianos como "pueblos del Libro" y, en general, les dejaban que practicasen su propia fe y sus costumbres. La tolerancia era un principio básico de la cultura andalusí, y los estudiosos musulmanes, judíos y cristianos tuvieron la posibilidad de desarrollar unos conocimientos comunes de teología, astronomía, matemáticas, filosofía, teoría social y leyes.

Los pensadores no musulmanes que visitaban España pudieron estudiar las obras de filósofos musulmanes y las versiones árabes de los clásicos griegos y traducirlas al latín. Santo Tomás de Aquino citaba las obras de Ibn Rushd (Averroes) e Ibn Sina (Avicena) y utilizó sus comentarios como modelo filosófico. Igual que Ibn Rushd, santo Tomás pensaba que la filosofía no era propiedad exclusiva de una tradición, una nación, una fe, y que el discurso racional podía vencer a la lógica fanática de la violencia.

En cuanto al rabino Moisés Maimónides, que también nació en Córdoba, tuvo, como Ibn Rushd, una cualidad filosófica y cultural fundamental: la capacidad de superar la intolerancia, la ignorancia y el odio. En su obra cumbre, Guía de perplejos, que está considerada como una piedra angular de la filosofía racional judía de la Edad Media, Maimónides destacaba la importancia y la influencia de la filosofía musulmana en su sistema de pensamiento y rechazaba el punto de vista de los teólogos que opinaban que las cosas que sucedían en el mundo eran consecuencia de la intervención directa de Dios. Él decía que "es preciso buscar la verdad venga de donde venga".

Ibn Rushd y el rabino Maimónides no tuvieron miedo de desafiar las opiniones de la época y aspiraron a construir una sociedad que valorase la libertad religiosa y el debate filosófico abierto. Esa es la importancia de lo que podría llamarse "paradigma de Córdoba" como modelo social aceptado universalmente de experiencia intercultural y como esfera pública en la que los judíos, cristianos y musulmanes europeos lograron vivir, traba

-jar y estudiar juntos y fomentar una cultura de tolerancia. Al hablar de ese paradigma estamos refiriéndonos a la interacción y el debate intercultural entre los tres grupos y a un foro cívico común en el que unos valores diferentes pudieron coexistir independientemente de sus orígenes étnicos y religiosos.

Este proceso de comprensión mutua era un proceso de escuchar al otro y aprender de él, y esa concepción del mutuo aprendizaje está muy unida a las vidas de las personas y las comunidades culturales en la Córdoba medieval. Los momentos fluidos de creación artística y filosófica y de diálogo intercultural y el vínculo nacido de una nueva indagación moral conjunta contra el prejuicio y el fanatismo destructivos de la época fueron posibles gracias a la dinámica integradora generada por los espacios de confianza y solidaridad.

El paradigma de Córdoba es un modelo de reconciliación y colaboración entre unos europeos de distintas comunidades religiosas que contribuyeron a recomendar y, sobre todo, estimular el aprendizaje entre culturas.

La lección para la Europa actual está clara. Si los europeos desean combatir todas las formas de xenofobia, discriminación y exclusión social, el paradigma de Córdoba, que puede interpretarse como una celebración de la diversidad cultural y religiosa, debe servir de modelo, fuente de inspiración y ejemplo.

Un modelo que, ante las crisis que Europa afronta hoy, nos recuerda que el verdadero diálogo entre diferentes comunidades étnicas y religiosas implica un proceso de internalización del "otro", es decir, el mecanismo que nos permita hacer nuestros los rasgos culturales ajenos. Dicho de otra forma, debemos preguntarnos hasta qué punto y de qué forma la dinámica social y política de la Europa actual puede configurar la naturaleza del intercambio cultural.

Si el paradigma de Córdoba sigue siendo tan relevante es porque todavía nos ofrece unas líneas maestras utilísimas para impulsar el proceso de adaptación y aceptación mutua en Europa. Hoy, la pregunta fundamental que deben responder Europa y los europeos es cómo superar su miedo al islam y promover el modelo cordobés en vez de la lógica de la reconquista española de hace seis siglos. Por supuesto, a esa pregunta le sigue otra: cuál es la mejor forma de que Europa y los europeos comprendan y acepten sus orígenes islámicos, mientras que los musulmanes de Europa deben revisar su percepción del islam como una religión que no es europea.

La discusión sobre la identidad europea y sobre el papel pacífico y positivo de los musulmanes en el futuro moral y político de Europa está relacionada, en parte, con la necesidad de conocer mejor las experiencias pluralistas y de diálogo en la historia europea. Y el lugar en el que se experimentó la pluralidad como un valor superior en Europa fue la ciudad de Córdoba.

En la actualidad, no son muchos los europeos que tienen una memoria cultural de la coexistencia pacífica del islam y Occidente en Córdoba. A excepción de quienes viven en España, los demás europeos, desvinculados de su historia, se han acostumbrado de tal forma a la imagen del islam como una religión de violencia y conquista que tienden a ignorar las repercusiones de la experiencia no violenta de Córdoba y su práctica del pluralismo cultural. Sin embargo, en parte por los procesos simultáneos de unificación europea y globalización, la dinámica del contacto entre Europa y el islam ha reabierto los viejos debates sobre la crisis de identidad europea.

La Europa del siglo XXI posee una diversidad indiscutible, pero las controversias a raíz de que Suiza decidiera prohibir la construcción de minaretes y los encendidos debates sobre el burka en Francia son ejemplos de las dificultades existentes. Esos enfrentamientos solo sirven de altavoz para las opiniones más intolerantes y excluyentes, que retratan al otro como el enemigo supremo.

Por eso, la pregunta que surge es: ¿puede superar Europa su actitud intolerante y negativa respecto al islam? Y la segunda, más importante aún: ¿pueden olvidarse los musulmanes europeos de su obsesión por buscar culpables y encauzar las energías positivas de sus comunidades hacia un nuevo espíritu de conversación intercultural y cooperación interconfesional en Europa?

Más allá de una historia compartida de violencia y sufrimiento, la relación de Europa con el islam es la de una experiencia única de coexistencia social y empatía cultural. Ha llegado la hora de regresar a Córdoba y reactivar esa experiencia.

Nacho, entiendo lo que dices, pero reo que tú no entiendes lo que yo quiero decir cuado hablo de neoliberalismo. Tampoco hablo yo de que el socialismo al estilo de los totalitarismo sea una alternativa. Es bien cierto que perecieron, pero no del todo ellos solitos. Además son una forma de totalitarismos que he analizado en el artículo como una perversión de la razón ilustrada, que se basa en el mito del progreso y en la consideración de que existen unas leyes universales de la historia que las estudiaría la economía. Pues, curiosamente, el neoliberalismo, como doctrina económica –después tiene también una ideología que es la que pasa al pueblo- parte de los dos mismos principios. Para más aclaración puedes acudir a la obra de Stiglitz, premio Nobel de economía y antiguo director del Banco Mundial. Su obra fundamental, “El malestar en la globalizaión.”

 

            Sí es cierto lo que dices que el liberalismo filosófico no se puede separar del económico. Por su puesto, éste nace en Locke y este autor considera que la libertad es la de la propiedad, la de la vida y la de la aplicación de la ley. Ahí está el origen economicista del neoliberalismo. En cuanto a Adam Smith hay que tener en cuenta que no separa la economía de las ciencias morales. Pero el problema de la aparición de la economía como ciencia, que ha heredado el neoliberalismo, es una perversión de la razón ilustrada. Primero separa la economía del factor humano y ético, después de los procesos naturales, de ahí que la economía sólo contemple el crecimiento en un planeta limitado sin tener en cuenta los factores naturales. No puede haber un crecimiento ilimitado en un planeta limitado. Viola el principio de entropía. En tercer lugar, siguiendo el modelo de las ciencias empíricas, la economía pretende una explicación de la historia eliminando los factores sociales, morales e históricos. Es decir, razón instrumental. Objetivizaión. Y, encima, los economistas creen que se puede predecir el futuro de las historia conociendo estas leyes. Falso, porque esto es reduccionismo y, además, desde Popper, uno de los padres del liberalismo del siglo XX, al que siempre he seguido y, creo, que ni la derecha ni la izquierda lo ha entendido, sabemos que no se puede predecir con certeza absoluta el futura. Simplemente es un límite del conocimiento. Sería largo de explicar, lo dejamos para otra ocasión.

 

            También dices que las multinacionales están sujetas a los estados. Esto es enteramente falso. Ha aparecido este verano una obra de un miembro de la ONU, que se titula, “La armadura del capitalismo”. Aquí se demuestra con claridad, como la organización de las multinacionales, crean un conjunto de leyes que trascienden a los estados y cómo estas grandes corporaciones presiona al poder político.

 

            Y, por último, cuando hablas de lo del 40% de la administración pública creo que te equivocas o trastocas los datos. España, a pesar de haber desarrollado un estado de bienestar, que era inexistente en el franquismo, está a la cola de la UE de los 15. Esos otros países están más desarrollados económicamente y sus estados de bienestar son ampliamente superiores. Ver la obra de Viçent Navarro al respecto (puedes consultar su blog). Ligar estado de bienestar o socialdemocracia a imposibilidad de desarrollo económico es un mito y engaño del neoliberalismo. Por cierto, he dicho que tanto el PSOE, como el PP participan del mismo pensamiento. Los males de la enseñanza son la epidermis de toda esta ideología que procede de la ilustración. Por su puesto que los ejemplos que pones como promoción automática,…son cosas que se podrían corregir con una nueva ley, y en eso estamos. Pero no interesa. Y, los pedagogos, aunque tremendamente culpables, no son más que comparsas de esta ideología. Ya lo demostré en otro artículo donde ligué la pedagogía con el empirismo y el relativismo.

Muchas gracias, Nacho, por tus sugerencias. Un abrazo.

Gracias, Juan, por tus palabras. Desde luego que siempre se puede mirar hacia delante y trascender los límites. Aunque en mi artículo no lo he hecho yo me declaro un pesimista esperanzado. Pero para pasar a la acción hay que partir del análisis de la realidad para saber con qué fuerzas hemos de vérnoslas. De todas formas no he querido dar una visión determinista de la historia. Soy un defensor de la libertad y por eso lucho contra cualquier forma de determinismo. Pero la ausencia de determinismo no quiere decir inexistencia de regularidades, tendencias, accidentes y decisiones personales que cambian y dirigen la historia.

La ciencia en sus orígenes estaba íntimamente ligada con la vida teórica. Esto quiere decir que la intención, en principio, era la de conocer por el hecho de conocer. El hombre se queda maravillado ante el mundo y esto le produce perplejidad. No sabe en qué consiste. Es el reconocimiento de su ignorancia. El afán de explicarse el mundo le lleva a la búsqueda de un orden. Por eso, la gran conquista intelectual de la humanidad, es concebir todo lo que hay como un cosmos: orden que obedece a una ley interna. Pero la ciencia es, también, transformación. Y ésta es nuestra herencia del renacimiento. Saber para prever, prever para dominar. La ciencia actual es una unión de ambas partas. Una nos lleva a la contemplación y, la otra, a la dominación. Pero esta última dominación nos hace, de alguna manera, esclavos. Toda la cultura es una forma de adaptación. La técnica es una de las formas culturales más exitosas en este aspecto. Pero toda forma de adaptación es una forma de esclavitud. Nuestra supervivencia depende de ella. La ciencia, pues, es un camino de libertad y de servidumbre. No hay más que echar un vistazo a la historia del hombre.

 

                                   ***

 

            La vida humana es un producto de la evolución. Ello significa que obedece al azar y la necesidad. La especie humana, igual que es,  podría no haber sido o ser de otra manera, esa es nuestra contingencia, como la del resto de los seres vivos. De la misma manera, pensar que el hombre está sólo en el universo no es más que egolatría procedente de nuestro espíritu mítico-religioso. Otra cosa es encontrar formas de vida en el universo, y saber cuál es su estructura. La vida, como las diversas formas de organización que existen en el universo, debe ser algo normal, al menos, en este universo. Pensar lo contrario no es más que teología antropocéntrica.

De la perversión de la razón ilustrada a la posmodernidad, el neoliberalismo y el declive de la enseñanza.

 

            Nuestra tradición occidental moderna surge del renacimiento y se ensalza en la ilustración. El renacimiento y, con el resurgimiento de la ciencia, con la revolución científica, dan confianza al hombre en el poder de sus facultades del conocimiento para acceder a la naturaleza. Pero surge también el ideal tecnológico. Baçon declara que el objetivo del conocimiento es el poder sobre la naturaleza. “Conocer para prever, prever, para dominar”. La ciencia del renacimiento no surge sólo de un ímpetu teórico, como en los griegos, sino que lleva aparejado el concepto de técnica como dominio de las fuerzas de la naturaleza. El conocimiento tiene una dimensión práctica importante que determina el desarrollo de la modernidad y la Edad Contemporánera y que tiene mucho que ver con la aplicación de las ciencias a la enseñanza. El siglo de las luces es una época marcada por el optimismo. La razón nos permite conocer el mundo y liberarnos de las supersticiones. Por eso la razón será el camino que debemos seguir para eliminar el poder absoluto. Aquí ocurre lo mismo que cuando aplicamos la razón a la naturaleza. Con ello podemos acceder a la naturaleza y dominarla. Si aplicamos la razón al ámbito social y moral: ético-político, nos liberaremos del poder basado en la superstición. Todo ello nos llevaría a la conquista de la libertad. Ésta sería la consecución de la aplicación de la razón. Atrévete a saber decía Kant. Y esto nos lleva al conocimiento de aquello que nos oprime. Por eso los ilustrados, optimistas que eran, ligaban la educación de las masas con la libertad. Por eso son los primeros defensores de la educación universal que liberaría al pueblo. Por mi parte, nada tengo que objetar al ideal ilustrado. Sigo pensando que la ilustración nos hace libres. Pero hay un pequeño problema: identificar ilustración con educación. Aquí, el optimismo ilustrado, se viene abajo. Las razones son múltiples, para empezar, como decía La Boête en La servidumbre humana voluntaria, el hombre rechaza su libertad por miedo y comodidad. Precisamente lo que decía Kant, en el miedo y la pereza residen nuestra autoculpable minoría de edad. Pero hay otras razones que explican la no identidad entre ilustración y educación y que tienen que ver con la perversión de la razón ilustrada que nos ha llevado a los totalitarismos, la posmodernidad y el fascismo nihilista actual. Que, por lo demás, lo vemos campar por sus anchas en el sistema educativo y las leyes que lo sostienen.

 

            Otra idea básica de la ilustración y que es el sustrato que vertebra todo este camino que nos lleva a la perversión de la razón ilustrada (cuando digo esto me refiero a que la razón ilustrada se convierte en razón absoluta; o bien en su expresión científica: cientificismo, o, en su expresión política: utopía totalitaria), es el mito de la idea de progreso. Los ilustrados, como optimistas que eran, y no les faltaban, de alguna manera, razones para ello, pensaban que el desarrollo de la humanidad, el progreso hacia un mundo mejor, venía marcado por el progreso en las ciencias, las artes y la tecnología. Relacionaban causalmente el progreso tecnocientífico con el ético-político. Hay dos errores fundamentales aquí. El primero es que no hay nada que garantice, ni es empíricamente observable, que el progreso de las ciencias y la técnica garanticen un mundo ética y políticamente mejor. Más bien parece ser que el desarrollo tecnocientífico está ligado a cierta perversión moral. Pero de esto ya habló Rousseau en su famoso Discurso sobre el origen de las ciencias y las artes. Por cierto, el primer ilustrado que pone en duda la idea de progreso. Ésta es la primera dificultad que la historia, y en concreto la del siglo XX y comienzos del XXI, la constatan. La segunda gran dificultad es que la idea de progreso es un mito, es decir, una creencia que se instala en nuestra visión del mundo y que damos por algo obvio. Me explico brevemente, aunque el punto es de importancia porque es el núcleo de la perversión de la razón ilustrada. La idea de progreso es un mito que se basa en la secularización de la idea de historia del cristianismo. El progreso, su idea, es un mito, una creencia e, incluso, un autoengaño, como señala Gray en Perros de Paja. El siglo de las luces batalla contra la superstición religiosa y pretende separar el trono del altar y la ciencia de la religión. Pero las ideas fundamentales que subyacen a la religión, en lo que es la filosofía cristiana, permanecen. Y éste es el caso de la idea de progreso. Lo que está claro es que la humanidad, en tanto que especie, y el hombre en tanto que individuo, no tienen ningún sentido, salvo el estrictamente biológico o natural. Y ésa es la historia. Todos los mitos, las religiones, la filosofía y, por último, la ciencia, pretenden dar un sentido a la vida humana y su historia. Nosotros procedemos del cristianismo, como de la tradición griega, y éste nos ofrece una visión de la historia que consiste en la historia de la salvación del hombre. Es decir, que lo que ocurre en la historia tiene un significado. Que dios no nos ha abandonado del todo, como se suele decir, dios aprieta, pero no ahoga. Nada ocurre porque sí, dios es la voluntad última y ha creado al hombre, como dueño y señor de la naturaleza y con libertad de obedecer o no sus mandamientos. La historia de la humanidad es la historia de la salvación, en la que hay un principio y un final. Es decir, un progreso, desde la caída, el pecado original, hasta el fin de los tiempos, en el que dios vendrá a juzgarnos y si lo hemos obedecido se nos promete el paraíso. Por eso la historia de la humanidad es la historia del progreso hacia el paraíso huyendo del mal. La ilustración asume acríticamente esta idea, la seculariza, no se da cuenta de su origen mítico. No reconoce que la historia de la humanidad no tiene sentido. Serán Nietzsche y Darwin los que lo verán claro. Por eso el primero nos dice que no nos veremos libre de dios mientras no nos veamos libres del lenguaje. Claro, en éste residen las estructuras mentales con las que comprendemos el mundo, entre ellas el mito del progreso que procede directamente de la idea de dios. El segundo, pone al hombre en pie de igualdad con los animales, con lo que el hombre se reduce al azar y la necesidad, su existencia es tan contingente como la de los demás seres vivos. La evolución no tiene ningún sentido ni dirección, es la mezcla del azar y la necesidad. La razón ilustrada tenía que haber pensado este límite. Es decir, que el progreso de la humanidad hacia un mundo mejor, ético-políticamente hablando, es contingente. Algo así pensaba Kant, y eso que éste era un profundo creyente. El progreso de la humanidad no es algo automático, ni viene marcado por leyes de la historia, ni del desarrollo tecnocientífico, sino que depende de la voluntad humana, de sus decisiones, en última instancia. Pero la mayor parte de la ilustración no lo entendió así, y mucho menos su epígonos del XIX y el XX. Por el contrario, ligaron, acríticamente, la razón científica con el progreso moral. Eliminaron, de esta manera, el ámbito de lo moral y humano, para ser sustituido por la razón científica, por la razón de las ciencias naturales. Y de ahí lo que surge es una razón absoluta y omniabarcativa que lo explicaría todo. Pero esta razón es instrumental, como la llamó la escuela de Frankfurt, es decir, que se dirige a los seres naturales, no a lo humano. Pero, claro, cuando la razón instrumental la dirigimos a lo humano, instrumentalizamos al hombre, lo convertimos en objeto. Ésta es la perversión de la razón ilustrada. La pedagogía, en su afán de presentarse como ciencia, sigue el modelo positivista e intenta entender el proceso de aprendizaje desde el positivismo empirista. El resultado de ello es la alienación de los sujetos, en este caso, del alumno y el profesor. La pedagogía, en este sentido, acaba con las personas y las convierte en objeto. Pero, lo que es de risa, es que la pedagogía, como hemos demostrado en otras partes, no es una ciencia natural, ni puede, ni debe serlo. Mejor debería acercarse al arte y resolveríamos muchos problemas.

 

            Pues bien, la idea del mito del progreso se incardina en la concepción de la razón ilustrada que se expresa en el conocimiento científico. Me explico con más sencillez. La ciencia, con su confianza plena en la razón, y con el empuje de que el uso de la misma nos hace progresar hacia un mundo humanamente mejor, pretende conocer cuáles son las leyes que gobiernan a la naturaleza, al hombre y a la sociedad. Si descubrimos estas leyes –y desde la idea de la dominación del mundo por el hombre- podremos intervenir, no sólo en la naturaleza, sino en la misma historia del hombre. Y de aquí surgen todas las utopías totalitarias, de derechas o de izquierda, por muy diferentes que sean ambas tienen a la base la idea de progreso: la conquista de una sociedad perfecta, la conquista del paraíso. Esta perversión ilustrada nos encaminó a los totalitarismos del siglo XX. Pero aún no hemos escarmentado de ello. En el ámbito de la enseñanza, como he señalado antes, y hemos demostrado en otros lugares, estamos en pleno positivismo al que también había que añadirle el constructivismo, pero esto tiene que ver con el posmodernismo del que hablaré después.

 

            Pero me dirijo ahora al análisis del sistema de producción en el que nos apoyamos. Éste es, indudablemente el sistema capitalista. Pero resulta que capitalismos ha habido muchos, los hay de diferentes colores. El caso es que el que triunfa como pensamiento hegemónico, como pensamiento único, es el modelo neoliberal. Así andamos desde hace cuarenta años. Este modelo sustituyó, y sigue haciéndolo paulatinamente, a la socialdemocracia. A grosso modo podemos decir, que la socialdemocracia, que se funda en el estado de bienestar, es un sistema de producción capitalista en el que el mercado se regula, en gran parte, para lo que se refiere al la justicia social, por el estado. El neoliberalismo, es una doctrina económica, un catecismo, que lo llama Stiglitz, en la que se pretende, falsamente, además, desvincular la política de la economía. Cuando el estado ha sido necesario se tira de él. Además, les interesa un estado fuerte en el ámbito de la seguridad y de la protección de sus mercados frente a mercados emergentes. El neoliberalismo no tiene nada que ver con el liberalismo filosófico que defiende la libertad, pero no reduce ésta a la libertad de la propiedad y el mercado. La doctrina neoliberal se apoya en la idea de que la historia se mueve por las leyes que rigen la economía. Y los neoliberales creen que las conocen. Entonces ellos lo que piensan es que las leyes que regulan la historia y que nos llevan hacia una sociedad feliz, son las leyes del mercado. De ello se desprende que la política no debe intervenir, para nada, en el mercado. Como se ve nos enfrentamos a una visión totalitaria de la historia, del hombre y de la economía. La economía pretende conocer las leyes que rigen la historia: falso. De ello se deriva que el hombre es un objeto de la economía. Por tanto, se instrumentaliza al hombre. De lo que se trata es de eliminar la libertad de los individuos y la voluntad política. En consecuencia, la ética y la política se objetualizan. Pero para conseguir todo esto es necesario crear una ideología, un pensamiento único. Y fue precisamente la caída de los regímenes socialistas la que dio el pistoletazo de salida para la emergencia de este pensamiento único, en realidad ausencia de pensamiento. Hemos llegado al fin de la historia, anuncia Fukuyama, como lo hicieran ya Hegel, y lo pronosticara Marx, es la muerte de las ideología. El neoliberalismo nos explica el camino inexorable de la historia. Muerte del pensamiento, la resistencia es absurda, porque la historia se rige por leyes naturales que son las de la economía ortodoxa, que, por suerte, no es la única, hay otras. Pero esta ideología neoliberal tiene que acallar las consciencias y para ello produce una transformación de los valores. La maquinaria que alimenta el crecimiento económico, lo único que le interesa a los neoliberales, es el consumo. Por tanto, es necesario producir un individuo que viva por y para el consumo. Esto significa que hay que hacer coincidir felicidad con placer hedonista y con el tener efímero. Claro, el resultado de todo ello es el de un ciudadano hedonista egocéntrico que es incapaz de pensar más allá de sí mismo y que vive en una insatisfacción extrema. Un individuo esclavo de sus deseos. O un señorito satisfecho que diría Ortega en su clarividente, La rebelión de las masas. Este individuo desideologizado, convertido en autómata ha perdido los antiguos valores: lo único que le interesa es el éxito, el dinero, la juventud, la fama… Todo lo que corresponde a la esfera de los valores universales, libertad, igualdad, justicia, está fuera de su visión del mundo. Este individuo, al dejar de ser sujeto, al claudicar de su libertad se convierte en algo maleable. Su lema es la adaptabilidad para sobrevivir. No el de la transformación de un mundo injusto. Y esta es la ideología que triunfa en nuestra sociedad: en los padres y en los alumnos. Por eso cambiar las leyes de educación es difícil, porque estamos todos sumergidos en este pensamiento único fruto de la perversión de la razón ilustrada. Y esto nos ha llevado al nihilismo del sujeto. El sujeto está vació, su contenido es el del consumo compulsivo, su ser es el tener y éste pasa por el desechar continuamente. Pero este nihilismo de la conciencia es la antesala del fascismo, ahora ya económico, y pronto político. Es más, la corrupción de la democracia como sistema nos está llevando al fascismo. ¿Qué es sino la aplicación de las leyes de educación sino fascismo enmascarado de democracia formal?

 

            Pero falta el último punto de unión de toda esta ideología que explica la eficacia política de la nueva pedagogía y de sus leyes educativas. Me refiero al posmodernismo. Éste es un movimiento de reacción a la ilustración, precisamente porque la razón se había absolutizado y nos llevó a los totalitarismos políticos del XX. Pero erraron. Su lema es que los grandes discursos de la humanidad habían terminado. A partir de ahí se introduce el todo vale. El relativismo epistemológico, moral y político. Y ahí hacen su agosto las teorías constructivista en educación. El centro del proceso de enseñanza ya no es el profesor como vehículo de transmisión del conocimiento, ya no, porque el conocimiento se ha relativizado, sino que es el alumno, que reconstruye, desde su subjetividad, el saber. Total, como todo vale, que pinta el profesor, si los discursos de la humanidad son fallidos. Y este relativismo mina la autoridad del profesor. Si el conocimiento carece de valor, el profesor que es el vehículo de éste carece de toda autoridad. Pero este relativismo es una de las causas de la corrupción de la democracia como sistema. Si todo vale, la opinión que se impone es la del más fuerte. Y el más fuerte ahora es el poder económico que nos ha inundado con la ideología que hemos esbozado. Y, claro, las leyes que del poder político surgen, como éste está sometido al poder económico, pues no hacen más que replicar la doctrina neoliberal. O, dicho de otra manera, crear las condiciones sociales, políticas y humanas que hagan posible la extensión de la doctrina neoliberal. Y no otra cosa es lo que han hecho las leyes de educación.