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Filosofía desde la trinchera

Réplica al profesor D. Manuel Montanero Fernández.

 

Mi más sincero agradecimiento al profesor D. Manuel Montanero Fernández por su respuesta crítica a mi artículo que, a su vez, criticaba uno suyo anterior. Mi artículo se titulaba La ideología que subyace a Bolonia. El suyo Los cinco axiomas de la doctrina anti-pedagógica. Doy las gracias por la crítica porque es de esta manera como se aprende. Decía Diógenes el perro que se aprende más de un bastonazo que de las adulaciones. Así que asumo el bastonazo para con él espabilarme y no dormirme en los laureles. Lo que sucede es que el autor, a mi modo de ver yerra el tiro, o el bastonazo, por seguir con el símil. Además, pienso que es un poco irrespetuoso en el tono, pero esto puede ser percepción mía. Me parece que hay cierto tono despectivo hacia el autor y hacia las humanidades. No sé de qué rama del saber procede el señor Montanero, pero si le digo, ya de entrada, que un científico que no sea humanista, no llega a la categoría de tecnócrata. Y, además, añado que lo que nos une a la tradición occidental, desde el renacimiento, por no hablar de los orígenes clásicos, es el humanismo. El problema es que cuando la razón ilustrada se pervierte y se convierte en omnipoderosa y omniexplicativa caemos, de nuevo, en la religión y la ideología. Y de manos de ellas en los totalitarismos. El ejemplo claro lo tenemos en el siglo XX. Uno de esos totalitarismos tiene su expresión en lo que se llama el cientificismo. La ciencia como el único discurso verdadero sobre la realidad. Y la razón científica como criterio de organización de la vida social. A mis alumnos los intento vacunar de esto con una frase del nada anticientífico, físico y filósofo Mario Bunge: “hay más verdades en una guía de teléfonos que en toda la ciencia junta.” Y la guía de teléfono no es ciencia. Ahí tienen para pensar. Y aquí participa la pedagogía, que, en gran parte no es una ciencia, si somos estrictos, sino técnicas, ideología y filosofía. Pero antes de abordar alguno de estos temas y fundamentarlos quisiera pasar a la estructura del artículo, que, a mi modo de ver, deja mucho que desear y se derrumba por sí mismo.

 

            El autor comienza diciendo que se sorprende de las cosas que digo. No entiendo esa sorpresa. O bien quiere decir que ya nadie cuestiona el plan Bolonia, ni la LOGSE, y que lo mío, por tanto, es poco menos que una salida de tono o una herejía. Si es una salida de tono el se sorprendería, porque no es ya de recibo que alguien defienda mis tesis. Así que, quizás, yo debería ser analizado por un psiquiatra, para que revisase mi cableado y ser reparada la avería para que, de esta manera, el pensamiento establecido, no se sorprenda ya más de mis salidas de tono. O bien, lo que digo es una herejía. Si es una herejía significa dos cosas. Herejía viene del griego y significa disentir. Hoy en día lo llamamos libertad de pensamiento, que cada vez hay menos por la corrupción sistémica de la propia democracia. Son las aporías a las que hemos llegado en la democracia, régimen que supuestamente garantiza las libertades. La otra parte es que si alguien disiente es que hay un pensamiento establecido como el verdadero o el válido, por eso discrepar de él levanta sorpresas. Como no creo estar, de momento, afectado psíquicamente, pues opto por el segundo sentido de la sorpresa. Es decir, el autor se sorprende de mi disidencia, de pensar de otra manera, de la heterodoxia. Esto dice mucho en su contra. La historia del pensamiento es la historia de la discrepancia y la heterodoxia. Y, la universidad, como los centros de secundaria antaño, deben ser los guardianes de nuestro saber y tradición. Y ésta es la tradición racional y crítica. Y se ejerce mediante el diálogo, no mediante la descalificación, que, a mi modo de ver, es lo que se lee entre líneas. Primero dice que se sorprende y durante todo el artículo no deja de citar mi nombre utilizando subliminalmente la retórica del dedo acusador. Es decir, se piensa desde la verdad y se señala al hereje, no como el disidente o el heterodoxo, sino como el desviado de la doctrina oficial que él representa y es guardián. Es la estrategia del san Benito. Aquello que se les colgaba –desde los tribunales de la Inquisición- a los herejes, para que nadie olvide quiénes son. Por eso, insisto, el tono es descalificativo, no argumentativo. Luego señala que en mi artículo rápidamente me centro en la LOGSE y la secundaria, lo que es, según dice él, mi obsesión. Y, de esta manera sigue, calificando, mejor descalificando (obsesión) y a esto, que es lo único que hace en las primeras líneas y en el tono general del artículo, se le llama, argumentos ad hominem, es decir, una falacia. Los argumentos tienen que dirigirse a los argumentos, no a las personas que sostienen los argumentos. Esto es elemental en la argumentación, tanto en la cotidiana, como en la científica. Por eso hace lo mismo con el autor de la obra Panfleto antipedagógico Ricardo Moreno, al cual me honra conocer personalmente y del que he reseñado su obra. Con un par de comentarios particulares cree desmontar toda la obra, por supuesto, descalificando, no argumentando. Y, lo mismo hace con los profesores de universidad firmantes del manifiesto anti-Bolonia que, por supuesto, señala que casi todos son de humanidades. De nuevo el tono descalificativo del autor. Entre líneas se leería que los de ciencias son más serios y aceptan Bolonia, que es la verdad. Hay muchos errores y prejuicios en estas afirmaciones que, insisto, no son argumentales, sino meras descalificaciones. El autor vive inmerso en la división de las dos culturas, considerando, sin motivo, una superior a la otra. Esto es una ideología, o una mala filosofía, la positivista o cientificista. Cuando uno rechaza la filosofía, se queda con la peor de todas o, al menos, es inconsciente de aquella que sustenta sus principios básicos y, por tanto, esa filosofía se convierte en dogma. Eso le pasa al autor y a la mayoría de los pedagogos. Cuando yo hablo de los pedagogos, no me refiero a todos. Sería un error argumental, porque sería tomar la parte por el todo, sino que me refiero al pensamiento pedagógico dominante. El que subyace a la ley educativa, tanto a Bolonia, como a la LOGSE-LOE. El autor dice, como señalé antes, que me obsesiono con la secundaria. Bien cierto es. Pero mi obsesión o, mejor, pasión, es la ilustrada. La enseñanza y la educación deben ir encaminada a la consecución de la libertad. Lo que a mi me preocupa es que la transmisión de conocimientos y valores que es lo que deben hacer los maestros y profesores, conduzca a la libertad. La educación, en su aspecto fundamental, corre a cuenta de los padres. Otra cosa es que estos hayan abandonado su tarea. También sostiene que, como me obsesiono con los pedagogos, no me he fijado que Bolonia comenzó hace diez años a partir de una serie de acuerdos europeos que cita en su artículo. Acuerdos que se convertirán en directrices para la consecución del plan Bolonia. Efectivamente, por eso digo que yerra el tiro. Es, precisamente, la ideología que subyace a esos acuerdos y a la Unión Europea lo que yo critico. Y esa ideología se llama neoliberalismo, que tiene una larga tradición filosófica, pero que se instala entre nosotros, como pensamiento único, desde hace cuarenta años. Esto es lo que hay que criticar. Los pedagogos no son tan importantes. Digamos que sus doctrinas han servido y sirven para engrasar la maquinaria. Porque, insisto, el pensamiento pedagógico hegemónico es ideología, no ciencia. Por lo tanto, al decir que todo procede de esos acuerdos, sin darse cuenta, me ha dado la razón. Y, para terminar con el análisis de la estructura del artículo, pasamos a lo que llama los axiomas de la doctrina anti-pedagógica. Otro error argumental. Si el autor pretende señalar que el pensamiento anti-pedagógico es una doctrina, entonces no puede hablar de axiomas. Se nota que tiene la lección bien aprendida porque ya me conocía yo esos “axiomas”. Los axiomas rigen para la matemática y la lógica, son verdades evidentes desde las que se parte para la deducción de los futuros teoremas. Esas verdades evidentes, en tanto que tales, son indemostrables. Son aquello de lo cual parte el pensamiento formal para la demostración. El autor, entonces, debería haber dicho dogmas. Que son las verdades de una doctrina que se asumen por fe, es decir, acríticamente, sin argumentación previa, creencias. Esos cinco “axiomas” en los que no voy a entrar uno a uno porque están mal formulados, como digo, están expuestos de forma simplista, sin tener en cuenta que algunos de los “axiomas” que allí se citan son consecuencias de un duro trabajo de reflexión y de análisis. Es decir, consecuencias, no axiomas ni dogmas. Otros son meramente errores de bulto tomados de los manifestantes anti-Bolonia, no de los críticos de la pedagogía hegemónica. Quizás en otro momento haga una crítica a estos cinco puntos. Pero de momento basta con el análisis lógico y estructural del artículo. Para solventar esta falta haré una declaración de principios, muy sintética, sobre mi pensamiento, que no se puede encuadrar en estas simplezas. Además de agradecer al autor la crítica, como hice al principio, también le quiero agradecer que haya puesto mi nombre al lado de personas tan sabias y de reconocido prestigio nacional e internacional como es Ricardo Moreno, por cierto, catedrático de Matemáticas, y los firmantes del Manifiesto anti-Bolonia. Eso es para mí un honor.

 

            Y paso ahora a la última parte de mi exposición que, en realidad, tiene que ver con todo lo que he escrito sobre educación, que no es poco, y que el señor Montanero puede rastrear en mi obra y desde ahí podremos discutir, no desde esos cinco “axiomas”.

 

            Soy un racionalista crítico, como señalaba Popper, un filósofo tambaleante de la ilustración. Hoy, con el triunfo del posmodernismo, unido al neoliberalismo, quedamos pocos de estos. Somos o, mejor, nos identifican, con los reaccionarios. Más bien prefiero formar parte de la resistencia. Como filósofo que comparte los ideales de la ilustración creo que estamos embarcados en un gran proyecto ético de la humanidad, un proyecto que es provisional. No está garantizado el progreso ético-político. Siempre puede haber retrocesos y los ha habido. Y hoy en día estamos en uno de ellos. Vea la última obra testamental del historiador de las ideas Tony Judt Algo va mal”. O de la del también recientemente fallecido José Vidal Beneyto La corrupción de la democracia. Por cierto, las he reseñado para la Gaceta Independiente. La LOGSE y Bolonia son ejemplos claros de estos retrocesos. La ideología que nos sustenta hoy en día es el resultado de una perversión de la razón ilustrada. Perversión que se expresa en el cientificismo y la tecnocracia. Y aquí está el error de la pedagogía hegemónica. Ésta pretende ser una ciencia, cuando no lo es. Sus fundamentos son el pragmatismo de Dewy, el positivismo y el constructivismo. Todos ellos los he criticado desde la epistemología y un autor, mucho más sabio que yo, catedrático de filosofía y pedagogo, lo hace en su última obra Gregorio Luri La escuela contra el mundo. Razones para el optimismo. Hay una unión también, en el caso español, entre la doctrina de izquierdas predominante, como reacción al franquismo, y la nueva pedagogía. Es la política progre de la izquierda realmente existente (la que tiene capacidad de gobernar, no la real) que ha confundido tantos términos. La pedagogía hegemónica participa de dos paradigmas erróneos. En primer lugar está el empirismo. Esta filosofía pensaba que la ciencia se reduce a experiencia. La psicología y la pedagogía en su afán de asemejarse a la física y la química pues intentaron cumplir con los ideales del empirismo. Por eso elaboraron teorías del cerebro llamadas de la caja negra. Lo que nos interesa es lo empírico, lo que se puede constatar, el cerebro no lo podíamos estudiar, no nos sirve para nada. Esto es el conductismo. De aquí procede la teoría de la motivación. El profesor lo que debe hacer es motivar. Lo que pasa es que esta doctrina deja atrás toda una herencia que es la de la educación de la voluntad. Por eso aquí hay una unión con lo progre. La enseñanza es juego, dinamizar, diversión. No se puede exigir, ni traumatizar al niño. Hay que darles libertad. Pues no señor, gran error, no hay libertad sin obediencia a la ley. Y esta debe ser interiorizada por la autoridad, la del padre, primero, y la del profesor, después. La autoridad de este último es una autoridad epistémica y moral. Nada se consigue sin esfuerzo y disciplina. Una vez interiorizada la ley, el alumno, el individuo, debe hacerla suya y así será libre. De la otra manera, mediante la teoría de la motivación, lo que fomentamos es el deseo y éste nos esclaviza, nos vuelve caprichosos y débiles. Por eso nuestros centros de enseñanzas están plagados de señoritos satisfechos, que diría el insigne Ortega. La ley permite esta aberración, y hay una ideología pedagógica debajo, que se vende como ciencia, que la respalda. Es necesario recuperar la educación de la voluntad si queremos recuperar la virtud y el deber del ciudadano. Lo cual nos conducirá a individuos libres, aquellos, que no tienen como objetivo sólo el de la adaptación (objetivo fundamental de Bolonia), sino el de la transformación social. El engaño de Bolonia es el de la competitividad, neoliberalismo, ley del mercado, y el de la adaptabilidad. El objetivo es la adaptación al mundo cambiante, no cambiar el mundo. Es decir, que se asume, de entrada, la falta de libertad. Esto es, que el desarrollo técnico-científico y económico determinan nuestras vidas y a nosotros sólo nos queda adaptarnos. Y esa adaptación es el triunfo en la vida. No he visto nunca una expresión tan clara de pensamiento único, es decir, ausencia de pensamiento, como ésta, salvo las totalitarias a las claras. Lo nuestro es un totalitarismo débil, pero totalitarismo que, además, relega al ostracismo al disidente.

 

            Otro error clave de la pedagogía es el constructivismo. Aquí, la filosofía a la base es el idealismo. Se cree que el alumno es capaz de construir el conocimiento por sí mismo, como si no hubiese aprioris biológicos universales y aprioris históricos. De aquí se desprende que el centro del proceso de enseñanza es el alumno. El papel del profesor es el de “dinamizador”. Y esto, unido a las nuevas tecnologías y el mito de que con ellas alcanzaremos el ideal educativo del aprender a aprender con un profesor desplazado del centro de la educación se transforma en una ideología tremendamente peligrosa. Y en ellas se unen lo neoliberal (mito del progreso tecnocientífico) con las ideologías pedagógicas: doctrinas acríticas que pernean todo el sistema de enseñanza. Hoy, no es que la pedagogía sea un instrumento para ayudar al profesor en sus clases y a los alumnos cuando tengan problemas, sino que se ha pretendido transformar en un saber científico universal que pretende decir en qué consiste la tarea de enseñar y cómo debemos hacerlo. Si fuese lo primero, bienvenida sea, pero, de la otra forma, se convierte en un dogma. Y pedagogías hay muchas. Lo esencial es recuperar el papel central del profesor en la enseñanza y de los padres en la educación. Los pedagogos son técnicos o guías que pueden ayudar en los momentos puntuales, pero no la ideología que oriente el sistema. Pasa como con la medicina. Los problemas morales hoy en día se han medicalizado. Es decir, que al relegar nuestra libertad en manos del médico, dejamos de ser personas y nos convertimos en instrumentos. Y eso es lo que ha ocurrido con la pedagogía al querer convertirse en una ciencia. Lo que llamo la perversión de la razón ilustrada. Esta perversión es la razón instrumental, que es la propia de las ciencias naturales. El problema es que cuando tratamos de estudiar las relaciones humanas desde la razón cientificonatural, instrumentalizamos al hombre. Y eso es lo que hace la pedagogía vigente. Instrumentaliza al alumno, al profesor y a las relaciones entre ambos.

 

            Los veinte años que llevamos de LOGSE han mostrado su tremendo fracaso, los datos están ahí, por más que se intente encubrir, véase al respecto la obra de Francisco López Rupérez, en ésta no hay discurso, todo son datos y estadísticas. No se pueden enmascarar con medidas como el aumento hasta los dieciocho años de la enseñanza obligatoria. El ideal de la educación comprehensiva nos ha llevado a la mediocridad. El sano ideal ilustrado de la educación universal nos ha llevado, de la mano de la LOGSE, al fracaso escolar y la promoción automática, para no frustrar al niño. Menuda demagogia. Se ha confundido la igualdad de oportunidades, principio básico en democracia, con la igualdad ontológica. Y esto, junto con la promoción automática, ha dado lugar a la disminución de los contenidos, las adaptaciones curriculares, la diversificación, el plan de refuerzo, en fin… todo por enmascarar el fracaso escolar que procede de la doctrina de la motivación y de la eliminación de la autoridad del profesor y de las ideologías progres de la izquierda española. La excelencia de los alumnos, salvo los que están blindados genéticamente y familiarmente contra la LOGSE, es una excepción. Pero, por suerte existe y es todo un placer.

 

            Ahora entran a saco en la universidad, y no es que ésta fuese un mar de rosas, lo contrario. Necesita una reforma inmensa en sus estructuras arcaicas y su sistema endogámico. Pero como digo, la ideología es la neoliberal. Los pedagogos son comparsas, sus doctrinas hacen posible que el futuro ciudadano sea menos ciudadano y más súbdito. Y esto a la sacrosanta libertad del mercado (otro mito) le interesa. El alumno es futura mercancía en el fuerte y cada vez más deshumanizado mercado laboral. Ése es el objetivo, los pedagogos son los ideólogos, sin ser, ni conscientes de ello, en su gran mayoría. Y, por debajo, la ideología del progreso. El mundo es el que es y no puede ser de otra manera. Pero es que, además, es el mejor de los mundos posibles (vieja doctrina leibniziana que hereda la ilustración), dirigido por la tecnociencia y la economía. El factor humano: es decir, la libertad, ha sido reducido a la razón instrumental. Una utopía nos aguarda, un nuevo mundo feliz. El neoliberalismo es la utopía del siglo XXI, con sus orígenes en el XX. Pero hace tiempo ya que se ha tornado en una utopía negativa. Me alegro de formar parte de la resistencia. Me parece muy bien que usted dé sus clases a la boloñesa, yo, entre tanto, me esforzaré en dar alguna magistral clase magistral, si alguna vez lo consigo. Mis más respetuoso saludos.

 

Mientras mejores sean los alumnos, mejor se hace el profesor y más se exige a sí mismo. Y acaso algún día con la ayuda de sus alumnos uno llegue a ser maestro. Eso significa enseñar en la libertad y desde la libertad.

Magnífica reflexión para mañana partiendo de la obra de nuestro común amigo Esteban Mira. Sólo hay una cosa que no comparto. Estoy contigo en que no existe ninguna razón ni argumento sólido contra la tesis del exterminio y que existe una unión entre capitalismo e imperialismo y esto nos lleva al exterminio del otro por la propia lógica del capital. Pero en lo que disiento es en que la naturaleza humana sea bondadosa de por sí y que el mundo precolombino fuese un paraíso. Eso es falso. La naturaleza humana es la de un animal gregario, recolector y cazador. Desde el neolítico la guerra está instalada entre nosotros. Hay sistemas de producción que la fomentan más que otros. El capitalismo que se empieza a globalizar, como Marx bien analiza en el Manifiesto Comunista, lleva la guerra al exterminio. Siempre ligado éste a ideologías que son el alimento del pueblo para ser la mano ejecutora del poder. Es el caso de la ideología del nacionalcatolicismo que echa a los judíos y los musulmanes de Al- Andalus y los tortura y reprime, así como extermina al indio. Y, desde entonces para acá seguimos en las mismas. Con esto no quiero demonizar la naturaleza humana, como sugieres tú, sino ser realista. El hombre ha sido capaz de grandes hazañas éticas, como de también es el protagonista de su propia autodestrucción. El realismo, en este caso me remito a Kant, “el fuste torcido de la humanidad”, una unión entre Rousseau y Hobbes, nos lleva a la idea regulativa de la paz perpetua. Y ésta pasa por la búsqueda de una ética cosmopolita que sería la base de una legislación internacional. Necesitamos leyes porque no somos buenos de modo natural, pero construimos leyes basadas en la ética y las obedecemos porque somos lo suficientemente buenos para ello. Sin estos presupuestos no podemos entender ni la destrucción de las indias ni a un fray Bartolomé de las casas y el derecho de gentes.

 

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            No hay derechos sagrados, esto es ya metafórico, pero considero que la libertad unida a la justicia y la fraternidad son los derechos humanos inalienables. Pero estos derechos no son más que la guía ética de la humanidad. Son conquistables. Primero los descubrimos y, después, debemos esforzarnos en llevarlos a la ley y a la praxis de la misma. La ilustración los proclamó y consideró, ingenuamente, que educación es lo mismo que ilustración. ¿Un alumno recen salido de la ESO es un hombre libre de pensamiento? Es el error del optimismo ilustrado que dio lugar a tanta barbarie en la historia. La razón se idolatró y se convirtió en una diosa. Eso dio lugar a la perversión de la propia razón ilustrada y de la propia ilustración con ella. El objetivo de la educación debe ser la libertad de los individuos, pero dudo que necesariamente exista una unión entre libertad y felicidad. Sospecho desde hace ya bastante, que la felicidad es algo muy accidental e, incluso, bioquímico. Otra cosa es que la justicia social sea la base de la conquista de la felicidad. Justicia y libertad como condición de posibilidad de felicidad. Condición suficiente, pero no necesaria, que dirían los lógicos y matemáticos. Pero yo he dejado ya de pensar que la educación sea el vehículo de la libertad. Si entendemos educación en el sentido más amplio y profundo del término, desde luego que sí. Ahora bien, si la entendemos ligada al estado, no, rotundamente. La educación, al menos en España y en gran parte del mundo capitalista, es adaptación. Es decir, control. Se nos promete la felicidad por medio de la obediencia sumisa, sin ser conscientes de que somos obedientes. El neolenguaje confunde obediencia con adaptabilidad. Y de todo ello sale un individuo inconsciente de su propia esclavitud. Un subproducto del sistema. Feliz y acomodado, pero esclavo, por lo menos en el ámbito del pensamiento. Y, además, instalado en la pseudolibertad del relativismo de las opiniones. Pensar que todas las opiniones son respetables e iguales. ¡Menuda farsa y baile de marionetas! La libertad es algo demasiado importante como para dejarla en manos de una ley de educación…

Cuando  la amistad surge del amor por lo eterno, la amistad entre los espíritus más excelsos, entonces las fronteras del tiempo y el espacio no cuentan. Porque los intereses perennes de la humanidad no han cambiado. Tienen que ver con el bien, la justicia, la belleza y la verdad. Cuando son esos intereses los que unen a los amigos, cimentados en la empatía natural, la amistad se trasciende. Pero lo normal es que la amistad sea interesada o mediatizada por intereses particulares. Entonces no se trata de amistad, propiamente dicha, sino de interes o simbiosis, que no está nada mal, pero cae dentro de las fronteras del espacio y el tiempo. Por eso Aristóteles decía que la auténtica amistad se da entre hombres libres. Y esa debe ser nuestra aspiración…

Cuando se cumplen veinte años de la LOGSE y el fracaso es generalizado nadie se da por aludido, ni intenta poner remedio. Los responsables políticos siguen en sus treces defendiendo lo indefendible y la pseudociencia de la pedagogía sigue reinando en los centros de enseñanza. La excelencia entre los alumnos se perdió, salvo que por razones estrictamente genéticas, algunos están blindados contra la LOGSE. El profesorado ya es, en su mayoría logsiano por formación. Las oposiciones vieron reducido su temario y aumentado los temas logse. Además el curso de prácticas es un adoctrinamiento en toda regla. Los que no proceden de la logse se han acomodado en el miedo y la cobardía. Obedecen sumisos las consignas del poder. De lo que se trata es de burocratizar para entretener y controlar. Y, además, ahora, con el efecto de la enseñanza defensiva. Las programaciones deben ser aquello a lo que los profesores se pueden agarrar en caso de berrinche de un alumno por ser suspendido. Me niego rotundamente. Los alumnos, en el periodo de reclamaciones, deben venir a aprender de sus errores. Y, en el caso de que el profesor corrigiendo se haya equivocado, pues rectificar la nota. La actitud del alumno debería ser la del aprender. Pero esto ya no existe, el alumno lo único que pretende es aprobar asignaturas. En la ESO aprobaba autmáticamente, ahora, en el bachillerato, una vez viciada su voluntad, quiere que le aprueben. Como digo, me niego, y que los apruebe la inspección, que en definitiva es lo que quieren, enmascarar el escandaloso fracaso escolar en el que nos han metido. Pero, ¡ojo!, fracaso escolar significa ignorancia. Y ésta ignorancia y mediocridad ha llegado ya a los profesores. Y cuando vengan los del Plan Bolonia, con sus clases a la boloñesa, no te quiero ni contar, el acabose. De qué se podrá hablar. Serán replicantes, autómatas que podrán ser sustituidos perfectamente por los ordenadores. Ése es otro de los sentidos de las TIC en los centros, la sustitución del profesorado. Para ello hay que hacer de éste un ignorante y un instrumento. El éxito de la LOGSE ha sido y, por lo que podemos ver en el horizonte, será abrumador. Sólo nos queda la resistencia activa. Una resistencia quintacolumnista. De momento, aunque no se sabe por cuanto tiempo, el acto de dar clase es irreductible, pero ya suenan las trompetas de Jericó contra nuestra atalaya…

TRIBUNA: PETER SINGER

Promesas incumplidas

PETER SINGER  10/10/2010

En 2000, los dirigentes del mundo se reunieron en Nueva York e hicieron pública una Declaración del Milenio, en la que se prometía reducir a la mitad la proporción de personas que padecen pobreza extrema y hambre en 2015. También prometieron reducir a la mitad las personas que carecen de agua potable y saneamiento, avanzar hacia la escolarización primaria completa y universal de los niños de todos los países, reducir en dos terceras partes la mortalidad infantil y en tres cuartas partes la mortalidad materna y luchar contra el sida, el paludismo y otras enfermedades. Esas promesas, reformuladas como objetivos concretos y mensurables, pasaron a ser los Objetivos de Desarrollo del Milenio (ODM).

El mes pasado, 10 años después, los dirigentes del mundo volvieron a Nueva York para celebrar una cumbre de Naciones Unidas que aprobó un documento titulado Mantener la promesa, en el que se reafirmó el compromiso de alcanzar dichas metas de aquí a 2015. ¿Qué posibilidades tenemos de mantener las promesas?

Como ha señalado el filósofo de Yale Thomas Pogge, la tarea se ha vuelto más fácil reduciendo los objetivos. Como la población del mundo está aumentando, reducir a la mitad la proporción de personas que padecen hambre significa que no se reducirá su número a la mitad. Pero algo peor iba a venir. Cuando se reformuló la Declaración del Milenio, la base para el cálculo de la proporción que reducir a la mitad no se fijó en 2000, sino en 1990, lo que significaba que los avances ya logrados podían contribuir a la consecución del objetivo y este pasó a ser el de reducir a la mitad "la proporción de personas del mundo en desarrollo", lo que constituye una gran diferencia, porque la población del mundo en desarrollo está aumentando más rápidamente que la población del mundo en conjunto.

El efecto neto de todos esos cambios, según los cálculos de Pogge, es que, mientras que en 1996 los dirigentes mundiales prometieron que en 2015 podrían reducir el número de personas desnutridas a no más de 828 millones, ahora solo prometen reducir a 1.324 millones el de las que padecen pobreza extrema. Como la pobreza extrema es la causante de una tercera parte, aproximadamente, de todas las muertes humanas, esa diferencia significa que todos los años morirán unos seis millones de personas más por causas relacionadas con la pobreza que si se hubiera mantenido la promesa original hecha en Roma.

En cualquier caso, según un reciente informe de Banco Mundial / Fondo Monetario Internacional, no vamos camino de conseguir siquiera el objetivo mundial inferior de reducir a la mitad la proporción de personas hambrientas. El aumento de los precios de los alimentos el año pasado hizo que el número de personas que padecen hambre rebasara los 1.000 millones. Que así sea, mientras las naciones desarrolladas despilfarran toneladas de cereales y soja alimentando a animales y la obesidad alcanza proporciones epidémicas, socava nuestras afirmaciones sobre el valor igual de toda la vida humana.

El objetivo de reducir a la mitad la proporción de personas que padecen pobreza extrema está al alcance, pero principalmente por el progreso económico habido en China y la India. En África, un decenio de crecimiento económico alentador está reduciendo la proporción de la población que vive en la pobreza extrema, pero no con la suficiente rapidez para reducirla a la mitad de aquí a 2015.

Son mejores las noticias sobre la consecución de la paridad sexual en la educación. También tenemos grandes posibilidades de alcanzar el objetivo de reducir a la mitad la proporción de personas de los países en desarrollo que carecen de agua potable, pero lograrlo también en el caso del saneamiento ha resultado más difícil.

Sin embargo, respecto de los objetivos relativos a la salud ni siquiera nos acercamos. La mortalidad materna está disminuyendo, pero no con la suficiente rapidez. Más personas con sida están consiguiendo los antirretrovirales baratos y su esperanza de vida ha aumentado, pero el acceso universal sigue quedando lejos y la enfermedad se está extendiendo, aunque más lentamente. Se han logrado avances en la reducción del paludismo y del sarampión y la tasa de mortalidad infantil ha bajado, pero no se alcanzará el objetivo de su reducción en dos terceras partes.

Durante mucho tiempo, los países ricos han prometido reducir la pobreza, pero sus palabras no han ido acompañadas de las medidas adecuadas. Para lograr avances sostenibles en la reducción de la pobreza extrema, harán falta mejoras en la cantidad y la calidad de la ayuda. Solo unos pocos países -Dinamarca, Luxemburgo, Países Bajos, Noruega y Suecia- han alcanzado o superado el modesto objetivo del 0,7% del PIB para la ayuda extranjera al desarrollo, pero, sin una reforma del comercio y medidas contra el cambio climático, una ayuda mayor y mejor no bastará.

De momento, parece muy probable que, cuando llegue 2015, los dirigentes del mundo no habrán cumplido sus (atenuadas) promesas, por lo que serán responsables de permitir las muertes innecesarias, todos los años, de millones de personas.